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Full text of "Bosquejo histórico de la República Oriental del Uruguay"

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Bosquejo histórico de la 
República Oriental del Uruguay 



Francisco A. Berra 



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Bosquejo histórico de la 
República Oriental del Uruguay 



Francisco A. Berra 



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I 



BOSQUEJO HISTÓRICO 

De u 

REPÜBLICA ORIENTAL 

DEL ÜRUGÜAY 



rTHE NEW YvO'^-K: 

PÜBLiC u)'-F\nY 



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1 




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BOSQLEJO HISTORICO 




DEL URUGUAY 

POR 

F. A. BERRA, abogado, etc. 



GUA&TA EDICIÓN 

RBFU1IB2DA T CONBIDERABLEllSNTfi AUMENTADA 

el Áator 



MONTEVIDEO 

FRANCISCO YBARHA, EDITOR 

Ubreria Arfentlna 

iüb, CALLE RINCÓN, Y CÁMARAS 112 

/* (Esquina Plaza ConstitociOo) 

y 1895 

PROPIEDAD DEL CDiTOft 



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4 



A LOS LECTORES 

DE LA CUARTA EDICIÓN 



La presente edición del Bosquejo histórico de la 

Rei'Cblica ORIEM AL i>KL Ukuguay dilicre Considerable- 
mente de las anteriores por varios conceptos, pero 
sobretodo por el plan } por las materias que comprende. 
Será útil» pues, que demos á conocer brevemente las 
mejoras y que expliquemos su razón de ser, para que 
el lector las juzgue sin necesidad de que se engolfe en 
li lectura de la obra. 

I 

Los hechos humanos uo ocurren de modo inconexo y 
m orden, sino que hay entre ellos enlace y sucesión 
lógica, pues que unos son causados por otros anteriores. 
Y, como el estudio de la historia obedece al propósito 
de conocer qué efectos se han seguido á determinados 
aconiccimientos en circunstancias dadas, para inferir 
r^las de conducta aplicables á las acciones ñituras, se 
deduce que el historiador debe presentar ios hechos 



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6 



A LOS LECTORES 



80^1 n el orden y la dependencia que realmente han 

teiiHlo. 

El Autor del Bosquejo procedió así en las ediciones 

anteriores, puesto (jue rosuiiiió los principales antece- 
dentes cada vez que la explicación de algún hecho lo 
reí|uorfa. Pero, habiendo advertido que esta manera 
Uo üubirar por ocasiúa satisíace eu medida muy escasa 
la necesidad intelectual de los lectores^ porque impide 
íibarcar el cuadro de todas las circunstancias que luílu- 
yen en la producción de una época histórica, ha refor- 
mndo esta parte del plan exponiendo, antes que los 
sucesos de un lapso de la iiisioria uruguaya, los princi- 
pales hechos externos deque hayan dependido aquellos 
sucesos. 

Es así que precede á la obra una introducción gene* 
ral, en la cual se describe el estado de las civilizaciones 
de EuiX)i)a y de América, y más especialmente de 
Esi)ana y del Río de la Plata antes de la conquista, con 
el lin de que el lector se explique sin esfuerzo como 
pudieron dominar los españoles á tantos pueblos ameri- 
canos A pesar de la gran desigualdad del número de 
combatientes, y como la civilización importada y las 
instituciones establecidas por los conquistadores fueron, 
con todas sus ventajas y defectos, propias de ia civi- 
üzación más adelantada de los tiempos. 

Y, como los hechos de la Banda oriental han depen- 
dido muy particularmente del estado y de las relaciones 
políticas de España, de Portugal y del Brasil, el Autor 
ha hecho preceder cada hbro de historia uruguaya por 
un libro en el cual ha resumido la historia de aquellos 
países, en cuauLo interesara para cxj)licar los acontecí- 



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Á LOS LBCTORBS 



alientos del Rfo de la Plata que en seguida se proponía 
eiponer. 

De esta manera habrá conseguido que los estudiantes 

tengan nociones completas y claras, y, lo que no es 
o^os importante, que sean ellos mismos quienes for- 
sos convicciones, mediante el propio ejeracio 
natural de su inteligencia. 

11 

Los historiadores del T'ni^ny han acostumbrado 
narrar el descubrimiento, conquista y colonización del 
Paraguay, como si fliesen hechos de la historia uru- 
;?uaya. Más de un historiador de iu dominación española 
ha habido qae no se ha ocjipado de otra cosa que de la 
dominación española del I^iraguay, bajo el título de 
historia uruguaya. Este concepto se ha arraigado de 
tal manera, que por haberse resumido en pocas páginas 
del Bosquejo las cosas del Paraguay en la edición ter- 
cera, se ha dicho que el Autor elevó su edíflcio histórico 
sobre bases muy estrechas. 

Sin embai^, necesario es que se reconozca que se 
ha incurrido en un error de tanto bulto, que sólo 
puede explicarse por inadvertencia en los primeros que 
lo cometieron y por rutina en los continuadores. 

El Parag'uay ha estado siempre geográficamente tan 
separado de la Banda oriental del Uruguay, y su con- 
quista y colonización precedieron de tanto tiempo á la 
conquista y colonización del territorio uruguayo, y tan 
independiente ha sido desde el origen la suerte de 
ambos países, que ao sólo es aberración inexcusable el 



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8 



A LOS LECTORES 



presentar la historia paraguaya como oriental, sino que 
no hay motivo racional ni para resumirla á manera de 
antecedente histórico, como la hay para resumir las 
historias de España, de Portugal y del Brasil. 

El Autor ha ehiuinado, pues, del cuerpo de la übra^ 
en la presente edición, la historia del Paraguay, y sólo 
ha puesto algunos apuntes en la Introducción, como 
datos curiosos que le han servido de motivo para dar 
idea de instituciones coloniales que es útil conocer, 
aunque ao se hayan adoptado en la Banda oriental y 
son, por lo mismo, extraños á su historia. 

III 

Pero, si así debe pensarse del Paraguay, uo de Bue- 
nos Aires y del extenso territorio á que ha servido y 
sirve de < a[)ital, y (j\ie se extiende del Pilcomayo al 
cabo de Hornos. La Banda oriental íUé colonizada des* 
pués que la gobernación de Buenos Aires flié instituida, 
y fué constantemente parte de la provincia de Buenos 
Aires ó de las Provincias-unidas, hasta 1817, y auu 
después de 1825, hasta que se le dió la independencia 
de que hoy goza. Como las autoridades de la Banda- 
oriental dependieron en todo ese tiempo de las princi- 
pales que tuvieron su asieuio en Buenos Aires, así en 
tiempo de la dominación española como después de la 
revolución de 1810, la suerte de los orientales ha estado 
subordinada á las vicisitudes de la administración y á 
los movimientos de la política bonaerense y argentina. 

De aquí que no se pueda tratar la historia uruguaya 
con prescindencia de la historia argentina, como algu- 



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Á LOS LECTORES 



aos han preiendido, llegando hasta calificar de ^ histo- 
ria aporteñada » la que se ha escrito del Uruguay con 
abundantes referencias á la de Buenos Aires. 

£sta correlación es de dos clases. Desde luego se vé 
que los sucesos occidentales tienen respecto de los 
orientales el mismo valor de antecedentes que tienen 
los sucesos de Portugal y del Brasil. Pero además existe 
la relación del todo á la parte, on virtud de la cual las 
instituciones y los hechos argeníüm^ son instituciones 
y hechos orientales, asi como muchos de los sucesos 
más importantes de la Banda oriental son sucosos 
argenímos^ no tanto porque se hayan reaUzado en esta 
parte del territorio argentino, sino porque son hechos 
que interesaron á toda la comunidad de los pueblos 
orientales y occidentales ; es decir, á la gobernación de 
Buenos Aires, al virreinato ó á las Provincias-unidas. 

E&ia es la razón porque el Autor ha resumido la his- 
toria argentina en seguida de resumir la española, la 
portuguesa y la brasileña, y porque ha comprendido 
en ese resumen de historia ai^entína los principales 
acontecimientos de la Banda ó provincia oriental. Así 
se vé fácil, clara y completamente cuales han sido las 
relaciones del Uruguay con el todo de que tué parte 
dependiente, y se prepara al lector para leer con pro- 
vecho la subsiguiente narración especial y detallada de 
los hechos uruguayos: 

IV 

De lo expuesto precedentemente se inñere que el 
Autor ba concebido su plan de modo que sirva la obra 



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A LOS LECTORES 



á las personas que conocen poco ó han olvidado la his- 
toria de los [»aíses reluciunados con la Banda oriental 
que se han mencionado. Son muy numerosas las per- 
sonas del pueblo que están en tal caso. Es sabido, ade- 
más» que en las escuelas y en los colólos se enseña la 
historia nacional antes que la de países extranjeros. 
Luego, el plan adoptado por el Autor da al Bosquejo 
condiciones de comprensibilidad especialmente adecua- 
das á la instrucción popular y á la que se da en los 
establecimientos de enseñanza. 

Por oti*a parte, como en los antecedentes se resumen 
en muy poco espacio las historias de Europa, de Amé^ 
rica» de España, de Portugal, del Brasil, del Para^ay, 
de las provincias ariientinas y de la llanda oriuiital, 
estas nociones sintéticas destinadas principalmente á 
&cilitar la cabal inteligencia del libro, pueden em- 
picarse para dar un curso muy breve de historia gene- 
ral. Pero su importancia más apreciable consiste en 
que permite aplicar á la enseñanza de la Instoria el 
principio pedagógico universaimente conocido con el 
nombre de desarrollo concénMco, El lector aprende en 
el Bosquejo ante todo los hechos culminantes; y cuando 
ha explorado, por decirlo asi, el campo del estudio y ha 
dominado su conjunto, pasa á tratar la misma materia 
más circunstanciadamente, con mucha más facilidad 
de inteligencia y de memoria que si de una vez sola 
abordase toda la complicada red de acontecimientos. 

Ei Autor se propuso realizar este plan en todo el libro ; 
pero, siendo muciias sus ocupaciones y poco el tiempo 
de que puede disponer para trabajos extraños á su pro- 
fesión, no ha podido ejecutarlo, para la fecha en que ha 



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k LOS LECTORES 



debido imprimirse esta edición, sino hasta el momento en 

que, vencido Artillas y refugiado en el Paraguay, quedan 
lo& portugueses adueuados de ia provincia uruguaya. 
Como es de esperarse que el Bosquejo no sea menos 
í^licitado en lo futuro que en lo pasado, la próxima 
edición aparecerá totalmente reformada seg^n el plan 
loe el Autor ha aplicado en sus dos priuieros tercios. 

V 

Otra novedad importante de la cuarta edición está en 

la elección de materia. Los tratados de historia ui'u- 
guaya se han ocupado exclusivamente de los hechos 
administrativos v militares, como si fueran los únicos 
importantes ó los más importantes que en un país 
ocurren. 

Tienen importancia, sui duda niní,''una, porque de ellos 
se derivan á menudo sucesos de trascendencia* Pero ni 
es tanta que requieran la abundancia fatigosa de por- 
menores, con que se les suele relatar, ni tan exclusiva 
qoe ningún otro orden de hechos merezca una parte del 
espacio que á ellos se consagra. 

El Autor piensa que los hechos administrativos y 
Uiiiitáres no del»en ocupar luizar en un compendio his- 
tórico, sino cuando son de tal importancia, que iiayan 
generado alteraciones graves en la vida i)olítica ó civil 
deles pueblos, y que deben darse á conocer sin más 
detalles que los necesarios para demostrar cómo influye- 
ron en lo venidero. Y piensa por otra j)arte que tanto ó 
más que aquellos sucesos interesa conocer las costumbres 
I>opulares y las instituciones, porque en ellas está ver- 



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Á LOS LBíTTORES 



daderamente la raí;; y la fuerza eficiente de todos los 

acontecimientos iuiuianos. 

Consecuente con estas ideas» el Autor se ha detenido 
muy poco á describir batallas, y no ha cuidado de |>ar- 
licularizarse con act iuüe¿> iiiíii^iiilicantes ; peix) en 
cambio ha descripto costumbres de todas clases, ha 
dado á conorer insniuciuiies y lia diseñinlo cuidadosa- 
mente el cuadro de la lucha de los ¿grandes sistemas 
políticos del Río de la Plata, con el fin de que los lecto- 
res se den cuenta, por este medio, de nuu has cosas que 
se imaginan ó se niegan hoy en día falsamente, ix)rque 
se supone que la civilización de la América era, hace 
setenta ó cien años, la misma que ahora es. 

Desgraciadamente son muy escasos é incompletos los 
documentos á que el Iiistoriftdor pueda recui^rir para 
conocer la vida civil de los pueblos ui^banos y rurales de 
aquellos tiempos, y esos mismos no siempre íljan la 
época en que tales ó cuales costumhres duminalKUi, por 
manera que exponen á incurrir en anacronismos de 
más ó menos gravedad. El Autor ha usado con la dis- 
creción que ha podido ios documentos que ha tenido a 
mano, entre los cuales merecen citarse especialmente 
las obras de Azara y el Montevideo antiguo de don 
Isidoro De-María. (1) No puede tener la >aiisiaccióü de 
haber sido completo, ni enteramente verdadero, porque 
el serlo no ha dependido de su voluntad ni de sus 
medios. Pero ha tarazado una nueva dirección en obras 
nacionales de este género, y espera que con olio hará 

(1 ! 1,1 Amor e<fá muv .igiatl«'i ¡tlo a rstr svúor por la * aljalUní>iilad con qiw 
\v li.i I * rmitiilo que usaru lilireineiile de \m noticias que lU <mi la inleie&anle 
obra ciiuda. 



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A LOS LECTORES 



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más bien que si por no incurrir en inevitables errores 

se hubiese absieiiido de dará su refundición el carácter 
que en su concepto debe tener. 

Á estas adiciones se debe el aumento de volumen do 
la obía. Mas no por ésto se habrá aumentado la fatiga 
de los lectores. £1 cansancio no depende tanto del 
námero de páginas que se lee como fio la materia leída, 
l.'na página llena de nombres y de lechas fatiga mucho 
más que veinte de una relación de costumbres. La his- 
toria, tratada couio loes, en esta edición del Bosquejo, 
tiene la propiedad de ser tau amena, interesante y fácil 
romo útil. 

VI 

El criterio con que el autor lia escrito el Bosquejo 
merece algunas consideraciones. 

£1 fin práctico de la historia no es satisfacer la curio- 
sidad, ni aun exaltar el sentimiento patriótico, como 
muchos creen incurriendo.engi^avísimo error : es servir 
de guiñ á la conducta ftitura de los hombres, mostrando 
cuales son ios efectos que fatalmente se siguen de deter- 
minados hechos verificados en determinadas circuns- 
tancias. 

Por tanto, es condición esencial de la historia : que 
los hechos y sus efectos sean narrados con entera fran- 
queza y exactitud, sean buenos ó malos, agradables ó 
desagradables ; y que esos hechos y efectos sean juzga- 
dos con austera imparcialidad, sin detenerse á conside- 
rar si los juicios humillarán el sentimiento nacional ó si 
causarán el orgullo del pueblo. Ningún interés legítimo 
esui reñido con la verdad, ni con la justicia. 



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Á LOS LECTORES 



El juicio de los hechos históricos suele ser mateiúa de 
apreciaciones diversas, cuyo valor moral y práctico 
conviene dilucidar, aunque sea brevemente. 
Cuando los hechos son remotos puede ocurrir : 
P Que algunos de los actores pertenezcan á una 
civilización adelantada. 

2. ^ Que los demás actores pertenezcan á pueblos 
iiiueho menos civilizados. 

3. '' Que ambas civilizaciones» ó una de ellas» sean 
atrasadas respecto de la presente. 

Y cuando de lales hechos se trata opinan unos que 
deben juzgarse comparándolos con las ideas que eran 
propias del pueblu a que los actores pertenecieron, en 
la época en que se desenvolvieron los acontecimientos ; y 
otros opinan que todos los liechos, por remotos que sean, 
deben juzgarse según las ideas del presente. Si se adopta 
la primera de estas opiniones, se reputarán hechos 
correciíísimos ios de los pueblos que obraron según las 
ideas que tenían, aunque ahora esté demostrado que 
esas ideas eran erróneas 6 malas ; pero, si se adopta la 
segunda opinión» se reputarán malos todos los hechos 
que no se conformen con las ideas presentes» aunque se 
hubiesen ajustado á las ideas de su época y lugar. 

¿ Cuál de las dos opiniones es la verdadera { ¿Cuál es 
la falsa ? Es fácil demostrar que una de ellas no existi- 
ría» si no se confundiesen las expresiones ^ explicar un 
hecho « y - jitstíficar un hecho, « que tienen significa- 
ción prolUiidameüte diversa. Si, por ejemplo, las creen- 
cias religiosas impusieron á un pueblo el deber de 
niuüiar en vida, sin necesidad niuguna, ;í las personas 
de todo pueblo vencido en la guerra» se expHcatian per* 



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X LOS LECTORES 



15 



fedamente esas mutilaciones y el gozo con que se ejeeu* 
taran, pues los autores tuvieron tales ideas, que creyeron 
ese acto meritorio y grato á la divinidad. Pero nos- 
oíros, si bien esiaríiimos convencidos de que aquellos 
antepasados obraron según su conciencia, pensaríamos 
ahora, con arreglo á nuestras ideas, que tales mutila- 
ciones eran actos abominables, y que el pueblo que los 
ejecutaba fué un pueblo feroz. No reputaríamos buena 
su conducta, no la tendríamos por justa, no la justifica* 
riuinos. Pensaríamos que aquellas atrocidades íUeron 
determinadas por un error de opinión, y que este error 
las hizo inevitables ; pero no negaremos que la opinión 
ibé errónea, no pondremos en duda que la costumbre 
fué horriblemente mala, no vacilaiemos en declarar 
que el pueblo que así pensaba y obraba era un pueblo 
salvaje. 

£sta iiipótesis tiene su realidad en la vida humana. 
En cada época, en cada nación, y en cada clase popular 
prevalecen ciertas ideas; y, como nadie obra ordinaria- 
mente sino en conformidad con sus opiniones, resulta 

que los actos humanos se suelen ajustar á las ideas que 

rigen en ei tiempo y en el lugar en que ocurren ; es 
decir á las ideas de que participan los actores. 

Suele suceder también, á menudo, que las circuns- 
tancias impiden obrar segán ios principios que los 
autores profesan, y aun que obligan á obrai' de modo 
que los actores no quisieran. 

Los contemporáneos de esos hombres los juzgan según 
las ideas de su época y de su clase social : reputan 
bueno todo lo que se conforma con el modo de pensar 
común, malo todo lo que no se conforma ; es decir que 



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16 A L«>S LECTORES 

justifican ó no los hechos, en virtud de tal principio. 

Los juzgan además según las circunstancias externas 
que hayan influido en el obrar. Sí han sido causa do 
que los lioiiilires ejecutaran algo á pesar de no creerlo 
bueno, reputan maia la acción, pero consideran á la vez 
que los actores ftieron obligados á ejecutarla; y, así 
como por ser mala no la juhiiíican, por haber sido 
forzosa juz^n á los actores Ubres de responsabilidad y 
los absuelven. 

Viene medio siglo, un siglo, vanos siglos más taixie 
el historiador, nacido y educado en un pueblo mucho 
más adelantado, cuyas ideas diñeren, ])or lo mismo, de 
las que prevalecían cuando aquellos hechos se verifi- 
caron. K-^e historiador no puede prescindir del modo de 
ser de sus antepasados ; no puede pretender racional- 
mente que un pueblo imbuido por ideas que diAeren de 
las suyas, ó necesitado de obrar por circunstancias 
distintas de las que al historiador rodean, observara 
una conducta iiorual á la que él observaría acomodán- 
dose al modo de pensar y al estado de las cosas en el 
momento en que vive. La lógica natural de los sucesos 
requiere que estudie, además que los hechos, las ideas 
y las demls circunstancias que los determinaim, y que 
demuestre la relación que hu1>o entre los primeros y los 
úlumos. Requiere que crjjüí^uc la lógica de los aconte- 
cimientos. 

{ Se deduce de aquí que el historiador debe prescindir 

de las doctrinas que ligen en el lugar y tiempo en que 
escribe? De manera alguna. 

Vaí lo moral, como en lo físico, progresan las cien- 
cias. Teorías que no ha mucho se consideraban verda- 



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Á LOS LECTORES 



Í7 



lleras son hoy desechadas por falsas, y otras nuevas las 
reemplazan en la dirección de la vida. 

Si por algo existe la ciencia y se desenvuelve mediante 
la coDsagrucióu de los talentos más preclaros, es porque 
reconoce y ha reconocido el mundo en todo tiempo la 
necesidad de que en las industrias y en las relaciones 
humanas de toda ciase se conformen las acciones con 
las leyes de la naturaleza ; cuya certeza es la razón 
[)oniue los cuidadanos y los gobiernos inculcan á los 
pueblos, desde la infancia, los progresos que realiza el 
aiSn de los sabios. 

El historiador es un obrero de esta labor universal 
encaminada á hacer progresar á los hombres. Su misión 
consiste : en estudiar los sucesos pasados, sus causas y 
sus efectos ; en demostrar qué leyes presiden el enca- 
denamiento de los grandes actos humanos ; en discernir 
en qué cumplieron y en qué infringieron las genera- 
ciones extinguidas las nociones que ahora se reputan 
verdaderas ; y en inferir cómo las consecuencias funes- 
tas se han debido al error, y cómo se habrían evitado 
si se hubiesen conocido y aplicado las verdades descu- 
t'ienas ¡losteriormente. Estas investigaciones y demos- 
traciones van al mismo íin que todas las demás de la 
ciencia : al fin de conocer la naturaleza, y la necesidad 
de acomudarlo todo á sus fuerzas y á sus leyes, para 
que las generaciones presentes y venideras eludan las 
faltas en que incurrieron las pasadas, ya [)or el temor 
de que la sanción natural haga seguir las faltas de más 
¿ menos graves desventuras, ya por la esperanza de que 
la observancia de las buenas ideas sea fuente de bie- 
nestar. 

3 



I 



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18 



A LOS LECTOKKS 



Si el historiador debiera contraerse á juzgar á los 

hombres y los acontecimientos se^ún el criterio, verda- 
dero ó íalso, de lu época eii ([xw íigunuron los primeros 
y ocurrieron los segundos, resultaría ({ue hoy reputaría 
líueno y pt*rfecto 1<> qiiu btieno y perfecto i)arerió en 
tiempos anteriores* á pesar de que los progresos de la 
ciencia hubiesen demostrado que lo que antes pareció 
períecto y bueno lúe en realidad defectuoso y malo ; y 
con proceder tan anacrónico la historia seniría, no 
como fuerza impul^-iva de progresos morales y mate- 
riales que obrara en armonía con las fuerzas civilizar 
doras de las demás ramas de la ciencia, pero sí como 
un poder reaci lunario aplicado á difundir y á perpetuar 
en la humanidad los errores de todos los siglos. 

Bl historiador debe constatar si tales acciones {Midie- 
ron ocurrir ó no de otro modo que como ocurrieron, 
dadas las ideas y las circunstancias del medio en que se 
realizaron; pero tiene también el deber de demostrar 
que lo hecho en otros tiempos en concepto de bueno no 
lo ñié realmente ; y que, si sus autores merecen ser 
disculpados en consideración á su ignorancia y á su 
educación» no por eso ha sido legitima su conducta, 
no por eso merece que la posteridad la repute moral y 
justa. No es razonable esperai' del l)árbaro más que 
barbarie, ni del salraje más que salvsyismo ; pero el 
bárbaro será siempre bárbaro ; el salvaje, salvaje ; y 
serán la barbarie y el salv^ismo, barbarie y salvajismo 
siempre. 

Así piensa el Autor. Tal es el criiei io que ha aplicado 
en el Bosquejo histórico. En esta edición» mucho más 
que en las anteriores, se esmera por dar á conocer las 



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A LO^ Li¿CTORES 



19 



<:oudiciones de los pueblos cuya historia escribe, y las 
circunstancias que influyeron en los sucesos. Cumple 
esta parte de sus deberes con toda la imparcialidad que 
ha podido ; y asi ha sido justo con el pasado. Pero, 
considerando que la historia debe servir para corregir 
las ideas y para moralizar las costumbres del porvenir, 
juzga ios hombres y los hechos segün los principios que 
hoy reciben universal acatamiento ; los aplaude si son 
buenos, los condena si son malos ; y los condena, sobre 
todo, si son malos según las ideas que rigen en lo pre- 
sente y según las ideas qixo regían cuando los hechos 
se verificaron. 

Este modo austero de tratar la historia no será del 
agrrado de los que por cálculo hacen alarde de patriotas 
encubriendo y aun ensalzando cuanto merece vituperio ; 
no lo será tampoco de los que ingenuamente han sen- 
tado plaza de chauc mistas, que de iodo esto abunda en 
el Uruguay como en todas partes ; pero la austeridad 
es lo que más conviene, por dura que sea, á los inte- 
reses morales del pueblo ^ lo que mejor satisiace las 
exigencias de todo corazón verdaderamente patriota y 
iioni*ado. 

Montevideo, 1895. 



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Bosau£JO uisióaico 

DE Lk 

REPÜBLICA ORIENTAL 

DEL UROGUAT 



LIBRO PRIMERO 



INTRODUCCIÓN GENERAL 
La coiiquista de la Banda occidental del Uruguay 



CAPÍTULO I 

LA BDKOPA Y LA. AMÉRICA Á PRINCIPIOS D£L SIQLO XVI 

I. — Desenbrimleiito de Amériea 

Aunque parece cierto que varios siglos antes habían 
üag^o ya al continente americano algunos europeos» 
esa emigración había sido suspendida y olvidada, razón 
por la cual no se conocía en Europa la existencia de un 
continente occidental cuando á fines del siglo XV lo 
descubrió el genovés Cristóbal Colón, puesto al servicio 
de los reyes de Aragón y de Castilla. 

En esa misma época los portugueses habían empe* 
fado á llamar la atención del Mundo por sus descubri- 
luieatos á lo largo de la margen occidental del África, y 



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22 BOüQLiiJü tílSTÚRlCt» 

por haber descubierto el camino marítimo de las Indias,. 

doblando el cabo de luieiia-esperanza. 

Elstos iiechos contemporáneos do ilus naciones vt»ci- 
nas, fueron el origen del gran (K>derio que ambas tuvie* 
ron y de las grandes rivalidades que causaron durante 
más de tres siglos muchas de las más graves vicisitudes 
de su historia. 

II. — hm UMriMMM á iKtediilot del dflo XTI 

La América no tenía nombre ^^ ^ irráfico general 
cuando (uó desrul)ierta por Culón, ni tuvieron idea de 
sus dimensiones los primeros que la ocuparon. Su cono- 
cimiento se extendió poco á poco, á favor de las expío* 
raciones que hicieron navegantes y conquistadores en 
varios jmntos de las costas orientales y occidentah^s. 
Desde que se reconoció que es un coniinenie se le llamó 
el Attevo mundo^ nombre que se emplea todavía. Los 
españoles solían llamarle, sobre todo en lenguaje ofi- 
cial, las Indias , i>en) luego se ereneralizó también el 
nombre de A?né^ica^ y prevaleció \k)V úlLimo. Esta 
denominación le vino de que Américo Vespucci ó Ves- 
pucio, que vligó por las nuevas tierras algunos ailos 
después del descubrimiento, publicó varias cartas 
geográficas de las regiones 4iie había visitado, á las 
cuales denominaban, segtin se dice, amcricas, y de que 
esta denominación se extendió de las cartas á la cosa 
que ellas representaban. 

Los descubridores hallaron el territorio aaicricanu 
poblado en toda su extensión por una raza de hombres 
distinta de las que habitaban la Europa y el África» y 
semejante á la que habitaba el Asia ; es decir que no 
era blanca como la primera, ni ne*:ra ( ouiu la segunda, 
y sí de un color intermedio que variaba entre el ama- 
rillo, el rojo, el bronceado y el aceitunado más ó menos 



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I>£ LA REPÚBLICA ORIENTAL D£L URUGUAY 23 



oscuro. La raza americana ha sido dividida por razones 
cuyo valor cieiitííico no está comprobado, en ocho 
grandes sub-raziis que ocupaban : la californiana, la 
roja y la mejicana, el Oeste, el centro y el Sud de Norte- 
américa; la caribe, la peruana, la hrasilefia, la pam- 
peana y la araucana, el Norte, el Oeste, el Este y el 
Sud de la América meridional. Cada sub-raza se dividía 
en variedades, á las cuales llamaron naciones los espa- 
ñoles que las conocieron y describieron. El número de 
lenguas que entre todas baldaron no es menor, segtin 
se afirma, que 400; ni son menos de 2^000 los dialectos 
qae de estas lenguas nacieron. Tan gran número de 
maneras de hablar da idea de lo muy dividida que 
estaba la población americana, y do la duración que 
habían tenido tales divisiones, pues las lenguas y los 
dialectos no se forman sino mediante el transcurso de 

m 

muchos años. 

La civilización de los americanos era muy desigual. 
En las regiones que se extienden al Norte del it^iuio, en 
éste y al Sur, al Oeste de los Andes, estaba bastante 
adelantada. Estos pueblos poseían, en mayor ó menor 
grado, nociones de varias ciencias; cultivaban la escul- 
tura, la arquitectura y la literatura, en alguna de cuyas 
artes habían producido obras monumentales; habían 
progresado en la agricultura; ejercían varías industrias 
manufactureras, y son muy dignas de estudio sus insti- 
tuciones civiles, religiosas y políticas, así como la orga- 
nización social, sobre todo en los grandes imperios de 
M^ico y del Perú. Pero, fuera de allí, las poblaciones 
americanas eran mucho menos civilizadas ó entera- 
mente salvajes. Industrias y gobierno eran en ellas tan 
nidimeniarios, tan imperfectos y escasos, que apenas 
bastaban para impedir que se negara su existencia. 



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24 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



III. — Los habitantes del Uragnar en tiempo de la conquista 

Kn las regiones próximas al río de la Plata estaban 
situadas las sub-razas brasileña y pampeana. La primera 
habitaba el Brasil, Corrientes y el Paraguay principal- 
mente. La segunda ocupaba el espacio comprendido 
entro el Atlántico y los Andes, y la Patagonia y el 
Chaco. Los individuos de ambas tenían el cabello negrro, 
lacio, grueso y duix), y poca ó ninguna barba. Pero 
diferían en que mientras los brasileños eran de color 
amarilloso tirando á rojizo muy pálido, rostro circular, 
ojos frecuentemente oblicuos, nariz corta y delgada, 
l)()ca mediana poco saliente, labios finos, rasgos afemi- 
nados y fisonomía dulce, los pampeanos ó pampas 
tenían color de aceituna moreno ó marrón oscuro, 
rostro alargado, ojos horizontales, nariz muy corta y 
abierta, boca grande, labios gruesos, rasgos varoniles 
muy pronunciados, y expresión fisonómica fría, á 
menudo feroz. 

Una de las naciones brasileñas, la gnaranitica, que 
se distinguía por la claridad de su color, se había exten- 
dido por el Sud del Bri\sil, Corrientes y el Paraguay; y 
otra de las naciones pami)eanas, la charrúa, de color 
casi negro, habitaba entre los ríos Uruguay y Paraná. 
Varias naciones ocupaban la zona comprendida entre 
la laguna Merim y el Uruguay, el río de la Plata y el 
río Negro. Si esas naciones pertenecían todas á la sub- 
raza pampeana ó á ésta y á la brasileña, es cosa que se 
ha discutido y que no está todavía l)ien averiguada. No 
se duda do (jue parte de la nación charrúa vivía sobre 
la margen izquierda del Plata, entre el Uruguay y el 
cabo de Santa-María, internándose haoia el Norte unas 
veinte ó treinta leguas. Y, aun cuando naturalistas de 
reputación han opinado hace medio siglo que á la 



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DE LA KEPÜBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 25 



misma nación pertenecieron los demás pobladores, 
parece que estudios hechos después tienden á dem(3Strar 
que la nación guaraní se había corrido desde el lirasil 
á las tierras que lindan con la margen occidental de la 
ia^na Merim, y aun á las márgenes del rfo Negro y 
á las islas del Uruguay situadas frente á la desem- 
bocadura de aquel aüueute, en grupos que se dis- 
tinguían con los nombres de guenoas^ martidanes^ 
éhanáSy etc. (1). 

Los guaraníes estaban atrasadísimos en conocimien- 
tos é industrias. Los más no contaban sol)re cuatro 
tmidades; pocos llegaban á diez. Ingerían semicruda la 
carne, porque la encontraban más sabrosa que cocida 
é asada. Eran muy diestros en la pesca y en la caza y 
algo se dedicaban á la a«7ricultiira, cuya ocupación 
demuestra que sus j^arot^o^ ó estaciones en un punto 
determinado solían ser duraderas. No se vestían : sólo 
se cubrían por delante desde la cintura hasta algo más 
arriba que las rodillas; pero se adornaban con plumas, 
con collares y con brazaletes. Vivían en chozas, nave- 
gaban en piraguas y se acostaban en hamacas, cuyas 
cosas todas ellos mismos construían, así como los vasos 
(le barro cocido que usaban para beber ó empleaban 
para encerrtar en ellos los esqueletos antes de deposi- 
tarlos bajo de tierra deíinitivamente. Más atrasada aún 
en la industria de los charrúas. No conocían la nave- 
gación ni la agricultura. Hombres y mujeres se cubrían 
parte del cuerpo c on mantas de cuero. Sus viviendas se 
componían también de cueros, sostenidos por cuatro 
palos» y tácilmente se desarmaban y eran transporta- 

(1) Don Jo&é H. Figueira descubriu, íiácq. al^;uiiui ai^ is, en la purle orieulal 
4i MUí lerrttorio numerosos túmulos que coiiienían restos humanos del tipo 
MieOo. Hace poco el misino teftor, en excavaciones que hizo en las islas 
M rio Negro como individuo de la OmináH de /i<tl9ría arntricatui pirthM» 
halló restos que le inJaccn á creer que pertenecen al mismo tipo* 



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26 Bk.>(¿1:EJv H1:STÓR1C0 

dos, así que la caza escaseaba y les inducía á trasla- 
darse á parajes en que más abundara. Tanto los gua- 

rani< c inv los chamí-ts hacían ¡nstiuuiciiios y armas 
de madera ó de piedra, nunca de cuerpos metálicos. 
Esto se debe á qae no sabían elaborar ni trabajar los 
metales. Pero pulían lien la madera y la piedra, sir- 
viéndose de piedras más duras < 1\. 

Los gnaranís y los charrúas se reunían en pequeños 
grupos ó tribus. Aquéllos reconocían la autoridad de un 
jefe en ca la tribu. Este jefe, ^ je lo era civil y miliiai , 
y se llamaba tubicha, era desangre nuiile y adquiría el 
mando por herencia. Los súbditos ó mboyás le presta- 
ban el homenaje de labrar la tierra, de sembrar, de 
recogerlos ir utos, de edificar las chuziis y de servirle 
en las guerras que sostuviera con tribus de otxas 
naciones. Los charrúas^ más independientes ó indisci- 
plinados, no obedecían ú obedecían apenas en tiempo 
de paz a ea^ique aliruno, sino que cada individuo obral)a 
según su voluntad, una vez que desaparecía por la edñd 
la subordinación natural de la familia. En tiempo de 
guerra elegían para jefe al más valiente y feroz y á él 
seguían mientras duraban las hostilidades. 

£1 carácter de losguaranís era manso, afable, tranco, 
hospitalario. Amaban su libertad y la defendían con 
bravura contra la fuerza ; pero cedían fácilmente á la 
persuasión. Ese amor de su libertad era causa de que 
no acertaran á formar extensas unidades por la agrega* 
ción de tribus, ni en momentos en que corrían pelig^ro ; 
por manera que, si bien dotados de valentía, eran débi- 
les por el número. Los charrúas diferían también i)aji> 
este respec^to. Eran falsos, alevosos ; nunca respetaban 
sus compromisos ; no sentían amistad respecto de nacio- 
nes extranjeras, sino fría y aparente ; pero en los casos 

(I) Se ve en éfto que guarsitit y cbarnias «staban, por tu civiUxación, en U 
•dad de piedra, período neolítico. 



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f 

DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 27 

de peligro sabían unirse y mantener esa unidad mien- 
tras les fuera útil. Y no se unían solamente las tribus 
charrúas que habitaban al naciente del Truíruay: solían 
mancomunar sus fuerzas con las que vivían al occidente. 
Estas alianzas solían Terificarse principalmente con los 
minuanes. 

La íTucrra era la ocupación principal de todas estas 
! naciones ; mas aun en esto había diferencias. £1 gua- 
raní recibió su nombre de su temperamento guerrero, 
como que en su lengua quiere decir lo mismo que 
guerra. Hacíala sin elegir terreno, en donde se encon- 
trara con el onetnigo, y se lanzaba contra el en com- 
{ pleto desorden. No usaba ninguna arma defensiva ; las 
ofensivas eran la flecha, la honda, la bola y la macana 
(especie de clava.) Era cruel con los prisioneros. Si éstos 
eran mujeres y niños, los esclavizaban ; si eran hom- 
bres, los alimentaban con cuanto tenían hasta engor- 
darlos, y luego los mataban en actos solemnes, los des- 
pedazaban menudamente, y repartían los trozos entre 
todos los que hubieran tenido parte en la guerra, para 
que los comieran. Los charrúas, como que eran anda- 
riegos, dados á la rapiña, y en extremo belicosos, ha-* 
liaban en cualquiera pequeñez motivo para emprender 
una guerra. Solía decidirse ésta en junta de jefes de 
familia, y llevarla contra las tribus guaraníes con prefe- 
rencia. Envestían al enemigo como lo hacían los gua- 
ranís, y procurando amedrentarlo á lUerza de gritos 
que aturdían. Carecían también de armas de defensa, y 
ofendían con flechas, lanzas, mazas y l)olus arrojadizas. 
Todo su afán se reducía á matar muclios enemigos. El 
más honroso titulo de un charrúa era la constancia del 
número de sus víctimas ; y se dice que para que füese 
duradero y ptiblico, acostumbraba dai^e en el cuerpo 
tantos cortes como eran las pelanas que por su mano 
ultimaba. 



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28 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



IT. lm «uw^ms á prtMtftM dd sirto xn. 

En tiemix)S antiquísimos la civilización del mundo 
estaba concentrada en el Asia, principalmente en la 
China y en la India ; y, segün el testimonio de la his- 
toria y los vestigios que aún existen de aquel tíempo, 
esa civilización fué tan adelantada, que no ha tenido 
igual posteriormente baju ciertos respectos De allí se 
extendió al Ai'rica, alcanzando gi*an esplendor en el 
Egipto. Luego pasó á Europa, y primeramente á Grecia, 
en donde brillaron tanto las letras, las artes, la filosofía 

y la política que sus ubra.N asiunln :ui lodavía y sirven 
de modelo. Después civilizóse la Italia bajo la direc- 
ción de Roma, y los romanos llevaron sus adelantos con 
sus conquistas famosas, al resto conocido del mundo, 
manteniendo á la vez á gran altura las letras y las 
artes, que imitaron n los «j-i'iegos, constitnyondo la 
legislación, en (pie fueron maestros por nadie y nunca 
superados, y haciendo progresar la política, en la cual 
sobresalieron también. 

El imi>erio romano abarcaba en el si^rlo IV toda la 
parte meridional de la Europa, desde el Atlántico hasta 
sus límites orientales ; la parte occidental del Asia desde 
el hoy denominado Mar negro hasta el Golfo arábigo, y 
toda la parte septentrional del África bañada por el 
Mediterráneo. Al norte de este inmenso imperio exis- 
tían los pueblos germánicos incivilizados, destructores 
y nómadas, llamados bárbaros por los romanos, que se 
distinguían entre sí con los nombres de ris¡go(J<ts, iijrodos 
<lel Oeste) oslrogodos^ (godos del Esíe) y ¿palos, (godos 
rezagados al Norte) alanos^ suevos, vándalos, burgun- 
dos, francos, seyones, anglos, lombardos, etc. Estos 
pueblos hicieron correrías hacia el Sud en varias oca- 
siones siendo rechazados en todas ; i>ero en el siglo IV 



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I 

I 

i 

DB Uk RSPÚBUCA ORIENTAL URUGUAY 29 

pasaron por el Norte del Asia á la Europa las terribles 
hordas de los hunos, cayeron sangrientamente sobre 

ellos y determinaron las grand« s invasiones que unos 
} otros verilearon ai ¿ud durante ese biglu y ios siguien- 
tes, eo los cuales ocuparon» dominaron y destruyeron 
d imperio romano. Los francos habitaban ya parte de 

lo que es ahora Francia ; los visi^rodos se ampararon de 
otra parte y descendieron hasta i¿spana, en cuyo terri- 
tofio se situaron también los suevoSt los alanos y los 
vándalos ; los lombardos los hérulos ftieron á parar 
en Italia; los ostr0"4odu.s se sítuaruü al Norte del Mar 
adiiáüco ; los gépidos más al Norte ; los hunos amena- 
laron» mandados por su rey Atila, con entrar en Roma ; 
y los sajones y los anglos crasaron el mar de la Man- 
cha. Los germanos devastaron Luda la Europa, como 
ios hunos ; por rivalidades y por ambición se combatie- 
roQ cruelmente entre sí, aniquilándose á menudo en una 
serie no interrumpida de guerras, y así debilitados die- 
ron lugar á que Carlomagno, rev de Francia, los atacase 
y venciese sucesivamente y Uegase á reunir en un solo 
imperio casi todos los estados occidentales de la Europa 
romana y íjr«TnKÍnica, á fines de siglo VIH y principios 
del IX. Pero este imperio no sobrevivió á su autor. 

Desde que Carlomaguo falleció se formaron varios 
estados, cuyos reyes se debilitaron por efecto de las 
gut-rras a que la ambición los arrastró. Sus [)roiiombres, 
dueños de extensas tierras desde que los bárbaros inva- 
dieron, eran señores dentro de los límites de sus domi- 
Bies respectivos, y como tales ejercieron poder soberano 
solare lodos los que en ellos habitaban, de modo que 
dictaban leyes, impomau contribuciones, acuñaban 
noneda, administraban justicia, hacían la guerra, y 
obligaban al servicio de sangre; es decir que cada 
señorío fué un pequeño estado independiente y cada 
^or un monarca absoluto. Repartían sus tierras entre 



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30 BOSQUEJO HISTÓRICO 

stis hombres 6 sus vasallos, así como los Uiuiiies y cuanto 
iuera explotable, mediante un contrato en que se esU* 
pulaban las oblígacioiies y los derechos, y descendían 
luego, en orden casi jerárquico, los villanos, los manos 
nnf.c7'fas, los síe7H'os, el vulgo. Las tierras thidas por el 
seílor constituían el feudo ; quienes las recibíau eran los 
feudatarios. Los señores dependían débilmente del rey; 
pero eran soberanos omnipotentes respecto de sus súb- 
ditos, de cuyas vitlas y de cuyo honor disponían como 
querían, pues el siervo ora poco menos que lin esclavo. 
De aquí que, mientras los señores vivían en la opulen- 
cia y gozando de una libertad ilimitada, los plebeyos 
vivieran oprimidos y en la más espantosa miseria. Esta 
situación era para el pueblo tanto más desírraciada, 
cuanto los señores se ¡^vian de ellos para satisfacer 
sus pasiones en incesantes guerras con otros señores, 
6 para servir á su rey en guerras no menos san^ientas 
con monarquiuí» extranjeras, cuyas guerras todas se 
resolvían en despojo de soberanos. 

Se vé por todo lo dicho que la £uropa estaba, cuando 
se descubrió la América, enteramente preocupada por 
empresas de dominación y de conquista ; y que tan con- 
quistadores eran los civilizados como los bárbaros. 

El modo de hacer la guerra dilería mucho del que 
estamos acostumbrados á ver. Se empleaban entonces, 
como en tiempos más remotos, armas que tenían por 
objeto ofender al enemigo ó deíeaderse; pero eran 
variables el número y la l'orma. Las armas ofensivas 
más usadas al comenzar el siglo XVI eran : la espada 
y el puñal ó daga ; la maza y el hacha ; la lanza, la 
alabrirda y la pica; el arco, la azagaya y la ballesta; la 
iionda y el arma de fuego. La espada, el puñal y la 
<iaga, aunque de formas y dimensiones variables, son 
cosas demasiado comunes para que haya necesidad de 
•describirlas. Sólo conviene notar que la espada solía ser 



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DE LA REPÚBLICA ORlE^íTAL DEL URUGUAY 31 



más lar^a y de más peso que las que hoy se usan, y 

que el puñal y la daga soliaii llevarse pendientes de la 
tintura, ya adelante, ya atrás del cuerpo. La maza era 
un trozo de madera, de forma á menudo cónica alar- 
gada, guarnecida de hierro, que se manejaba tomán- 
dola por el extremo correspondiente al vértice y servía 
para dar golpi's. La alabarda se parecía á la vez al 
hacha y á la lanza : tenía, como ésta, un asta larga que 
terminaba en una hoja de hierro afilada y puntiaguda; 
y, como aquélla* una media luna añlada en uno de los 
i^xtremos de una especie de cuchilla que cruzaba en la 
()arte iníerior dé la hoja. La pica, hierro agudo asegu- 
rado en una asta, dió mucha importancia al arma de 
infantecfa. El arco, usado desde tiempos antiquísimos, 
vino á alternar con la azagaya', especie de dardo ó lanza 
corta que se arrojaba con la mano, y con la ballesta, 
que era un arco armado en una caja semejante á la de 
un flisil, que servía para arrojar con gran fuerza dar- 
dos y saetas ^jruesas. Se usó también desde muy aatiLiruo 
la hüuda, para arrojar piedras con mucha mayor vio- 
lencia que con la mano, y puede decirse que fué un 
perfeccionamiento de este modo de ofender la aplicación 
á la guerra que se hizo de la pólvora desde el siglo XIV. 
La primera arma de fuego fue el <■ ifión. No se tardó me- 
nos de un siglo en adoptar un arma de fuego portátil, 
que lo fúé el cañón ó culebrina de mano, y más tarde 
el arcabuz. El servicio de estas armas era mucho más 
pesado, lento e insegmo t^ue el de las parecidas que se 
emplean ahora. Era indispensable aplicarles una mecha 
para que hicieran fUego» y apoyarlas en una horquilla 
para apuntar. Y, como no bastaba un solo hombre para 
manejarlas, se empleaban dos : uno [)ara sostener y 
apuntar y otro para a[)licar la meclia. Aunque tenían 
sobre todas las armas usadas hasta entonces la ventaja 
de herir á mayor distancia y con mucha mayor flierza. 



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32 BOSQUEJO HISTÓRICO 

era tan molesto su empleo y tau imperfecto su resul- 
tado, que Uegó un escritor célebre á predecir que no se 
tardarla mucho en renunciar al arma de fiiego. 

Sin eniljargo, no ha sido necesario vivir en nuestros 
días para conocer cuanto liabia de aventurado en ese 
vaticinio* Antes de generalizarse el uso de las culebrinas 
de mano y los arcabuces, se empleaban como armas de 
defensa el casco, la armadura de mallas y el bruíiuel. 
£1 casco preservaba la cabeza ; la armadura defendía 
el cuerpo y las extremidades ; el broTiuel, especie de 
escudo, sujeto al brazo izquierdo, completaba la defensa 
parando gol])es. A la armadura de mallas aventajó y 
sustituyó la armadura de planchas metálicas, que cubría 
la cabeza, el cuello, el pecho, el vientre, los muslos, 
las piernas, los brazos, las manos y los pies ; y, como 
por sí sola defendía suticientemente del arma blanca, 
los que la usaban abandonaron el escudo. Esta era la 
armadura de los noUes. Los plebeyos que iban á la 
guerra llevaban defensas mucho más ligeras, causa por 
la cual sucedía que, mientras en una baialla morían 
unos pocos caballeros, la mortandad de los subditos era 
de muchos centenares ; y que fUera comCin el hecho de 
que cada prohombre contase muchas víctimas al termi- 
nai*se la acción, sin que él hubiera recibido ofensa 
alguna en su cuerpo, aunque abundaran las de su yelmo 
y de su coraza. Pero desde que entraron en jue^afo las 
nuevas armas se conoció que había que dar mayor resis- 
tencia á la armadura ; se engrosaron las chapas, 
aumentó su peso, y hubo que suprimir poco á poco las 
piezas menos importantes, conservando las destinadas 
á defender la cabeza y el pecho ; esto es, el casco y la 
coraza. 

No es difícil concebir el influjo que ejercieron todas 
esas costumbres en el carácter de los hombres. Por ser 

la guerra un heclio en que se juega la suerte y la vida^ 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 33 



maeve por sf sola á gravedad, á firmeza de resoluciones» 

y á escasear miramientos. Ki tener que matar 6 morir 
anima á matar sin consideración ; y la costumbre de 
sentir y de obrar asi en el campo de batalla da al carác- 
ter una dureza que peraste en los intervalos de paz. 
Los guerreros cuidaban además de que esta condición 
de su carácter no se doliiliiai-a mientras descansaban, 
porque entendían que conservándola eran más temibles 
en la pelea que si la perdiesen. Agréguese que los moti- 
vos comunes de las guerras eran de los que más tienen 
el poder de encon n los ánimos, y que el uso del arma 
blanca aumenta mucho el ardor de los combatientes y 
estimula los sentimientos sanguinarios, y se concluirá 
de formar la convicción de que los europeos tenían que 
ser ásperos, duros de corazón y poco pródigos de con- 
sideraciones, por la fuerza de las circunstancias en que 
vivían. 

Contribuía también á ello en gran manera el estado 
de la instrucción páfolica. Los bárbaros del Norte des- 
truyeron, no sólo la obra política de los romanos, sino 
también su bxiüante civilización. El latín, que se había 
generalizado en todos los dominios de Roma, como 
efecto de la anidad del imperio, se corrompió desde que 
los invasores se repartieron el territorio é influyeron 
en la lengua y en las costumbres de los pueblos con 
quistados con las suyas propias. La literatura latiai 
áejó de ser comprensible ; los maestros latinos desapa- 
recieron ; cesó toda enseñanza, y en la ignorancia más 
absoluta cayeron los pueblos para el sigilo VI, no obs- 
tante que los bárbaros, como cristianos que eran, liabían 
respetado la existencia de los conventos católicos. Nadie 
se avergonzaba de ser ignorante, ni comprendía la uti- 
lidad de no serlo. Al contrario, lleíró á rayar en lujo el 
carecer de instrucción, por elemental que fuera. Estci 
«xplica porqué eran tan pocos los que leían y escribían, 

3 



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34 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



aunque fuera muy inoorTefiaiueiiie. El lanaiisiuo reli- 
gioso y la supersticióa se desaiTollaron á favor de la 
profunda ignorancia en lo alto y en lo bajo de las socie- 
dades ; el Santo Oficio persiguió despiadadamente i los 
que pública y |)rivadaineute no (Iciiuxtraluin por actos 
y palabras la más ciega suuu^ióu álas doctrinas y á los 
hombres de la Iglesia, y los papas ejercían como repre- 
sentantes de Dios la primera potestad espiritual y tem- 
poral del Mundo, hasta el i>unto de disponer como que- 
rían del poder de reyes y emperadores. 

Este deplorable estado de cosas no distaba mucho, 
sin embargo, en los comienzos del siglo XVI, de sufrir 
un profundo cambio. La invención de las armas de 
fuejQTO había empezado á disminuir la diferencia de los 
medios de ataque y defensa de que dis[)onian los seño- 
res y los siervas ; y, al conocerse éstos relativamente 
más ftiertes que antes, habían de empezar á influir en 
el orden público de modo <pie no fuese tanta como iiabia 
sido la diferencia de poder enti^e la nobleza y la monar- 
qaia. La imprenta, inventada á mediados del siglo XV, 
favorecería la reproducción y la circulación de los libros, 
y la instrucción del pueblo. Se abrían ya univei'sidades ; 
en ellas se volvía á ebludiar la literatura clásica, y 
renacían las letras, las artes y las ciencias, y fomen- 
tábanlas los reyes atrayendo á su corte á los más nom- 
brados representantes y disi^ensándoles sus favores. 
Estos proírresos, bien que no muy acentuados todavía, 
no tardarían en dar á la razón liuoiana posesión de sí 
r:nsma y en preparai*la para emanciparse tanto de la 
autoridad de la I^'lesia como de la autoridad del poder 
pclitico. Luego, descubriendo» los [tortugueses el camino 
marítimo á la India á lo largo de las costas de Africa, 
y los españoles la América, daban causa á que el comer- 
cio exterior, concentrado en las ciudades italianas del 
Mediterráneo hasta entonces, se repartiera más en 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 35 

Europa y ganara nuevas é inmensas plazas, que serían 
promotoras de la indu^ria y fuentes de incalculables 

riquezas. 

""Tal era, en i^us i ui^us prominentes, el estado general 
de la Europa en los momenlos eu que se iuiciaba la 
vida histórica del Río de la Plata. 

T. — Los espaAoles al principio del si^lo XYI 

Como que España es una nación europea» le convenía* 
m el primer cuarto del siglo XVI, mucho de lo que se 
acaba de escribir en general de Europa. Hay, sin 
embargo, ciertas particularidades que será útil consig- 
nar, para que se vea que existían notables diferencias. 
La España había sido conquistada por Roma, y entrado á 
aer parte del imperio romano. Cuando los pueblos de la 
Oennania invadieron el Sud de I jirupa, los suevos y los 
visigodos se fijai'on en la península, hacia el año 500 : 
los primeros sobre el Atlántico y los segundos en el 
resto del país. Dos siglos después los visigodos habían 
absorbido el riinu de los suevos; pero en el sigilo VIII 
viüieroQ del Al'riea lus árabes y conquistaron toda la 
España, menos una pequeña parte monta nosa del 
Noroeste, constituyendo el famoso Cali/alo de Córdoba, 

Los árabes se condujeron en la conciuisia de España 
mucho más benigu.inientc que los bárbaros del Norte. 
Los españoles tuvieron la libertad de conservar sus 
leyes y sus jueces. Los cristianos pudieron también 
profesar su culto ; y los judíos, que muchos lo eran, 
fueron tratados con consideraciones á que no estaban 
acostumbrados. De aquí resultó que vencidos y vence- 
dores vivieran en amistad, y aun mezclados, y que se 
llamase arabizados 6 mozárabes á los españoles que así 
aceptaban la autoridad de los gobernantes nuisuhnanes. 
Varios de estos soberanos son célebres por lo mucho 



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3(5 BOSQUEJO HISTÓRICO 

que favorecieron las industrias, el comercio, las artes» 
las letras, la filosofía, la instrucción, la higiene, la 
medicina y el ])ienestar del piiel)lo. Los centros princi- 
pales de estos brillantes progresos, que contrastaban 
con la barbarie del resto de Buropa, flieron Granada y 
Córdoba. Asombran aún á los viajeros los monumentos 
íine se conservan de aquella época. El pueblo cristiano 
se mantuvo» empero» muy distante de imiiar al maho- 
metano en sus grandes progresos artísticos, cientiñcos é 
industriales. Puede decirse que fiieron los judíos los 
únicos que, después de los musulmanes, se disting-uieron 
por su ciencia, por su industria y por su riqueza. Des- 
pués de tantos esplendores, el Califato de Córdoba fué 
presa de una proftanda anarquía, la cual dió lugar á 
que se declarasen independientes, en el |)rimcr tercio 
del siglo XI, ios gobernadores que dependían del Califa» 
y á que surgiesen» por lo mismo, numerosos pequefios 
estados nial avenidos, que debilitaron Inmensamente el 
poder moral y material de los árabes. 

Mientras tanto, los cristianos del Norte se ocupaban 
de reconquistar el terreno que habían perdido. Un rey 
de Francia recuperó, á mitad del siglo octavo, una 
fracción situada más allá de los Pirineos. Parlo Magno 
les tomó, medio siglo después, mayor extensión al Sud» 
hasta el río Ebro. Los cristianos espafioles que se habían 
conservado independientes en las montañas del Noroeste 
avanzaron á su vez. En 1030, cuando se fraccionó el 
calitato» los españoles habían reivindicado todo el 
espacio limitado por el Atlántico, los Pirineos y la 
cadena de sierras que por el Norte da ;viruas al Tfijo. Á 
principios del siglo XIII habían llegado hasta este río y 
más al Sud del Ebro. Á mediados del siglo XIV habían 
perdido los árabes sus monarquías de Zaragoza, Toledo, 
Badajoz, Seviü i y Córdoba, y sólo les quedaba el terri- 
torio de Granada, el cual fué reconquistado el mismo 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DBL URrorAY 37 

ifio en que se descubrió la América. (1492) Se dice 



I i|ue en esta guerra de cristianos y moros, que duró 
ocho siglos, se dieron m is de tres mil batallas. \ Prueba 
admimble de lo que podiaa entonces las autipatias de 
rdigión y de raza ! 

Pero influyó también mucho el espíritu guerrero de 
los tiempos. Couio bi no les bastara á los es[»aíioles, 
para satisfacer ese sentimiento^ la empresa de recupe- 
rar el terreno que habían conquistado los sarracenos, 
sostuvieroii t iitre sí guerras numerosas, cuyo objeto fué, 
como en el resio de Europa, arrebatarse el i)oder los 

I r^es unos á otros» como medio de engrandecer su 
estado. Los dos primeros reinos que formaron los espa- 
ñoles independientes fueiou ios pequeños de León y 
Asturias. Galicia íUé lomada por el (altimo, el cual 
desapareció á su vez absorbido por el de León á prin* 
dpios del siglo X. Por el lado del Este se formó, para 
el siglo XI, el reino de Sancho con las provincias 
vascongadas y con Castilla, que había pertenecido al 
feino de León. No tardó el reino de Sancho en dividirse 
en cuatro, los cuales se reunieron ó se separaron varías 
ve^es alternativamente, ya extendiendo sus dominios, 
ya disminuyéndolos. Á principios del siglo XIII se dis- 
tinguíanlos estados de Portugal» León, Castilla, Navarra, 
V Aragón. Agregáronse más tarde los reinos de Val«n- 
*cia. Murcia, Sevilla y Córdoba; así romo al de Av-món 
las islas mediterráneas Baleares, Sicilia y Cerdeua. 
Algunos aSos después de mediar el siglo XV se habían 
reducido todos estos estados á los cuatro de Portugal, 
Castilla, AraíJÓn ícon sus islas del Mediterráneo) y 
Navarra. Habiendo heredado Isabel la ratóllca el reino 

I de Castilla, y su marido Femando el de Aragón, se 
anieron ambos reinos y, después que reconquistaron á 
Granada, Fernando, ya viudo, y hecho regente de su 
jemo Felipe I, se apoderó de Navarra. Así quedó sujeta 



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38 ba^QUEJa msiólua) 

toda Espafia á una sola corona, con excepción de 

Portuc*al, que siguió íbrni.iiidr) reino independiante, por 
haber resistido con éxito las leaiativas de conquista. 

Mientras los reyes católicos dai>an unidad política á 
casi toda la España, y engrandecían sucesivamente su 
poder interior, obraban en el extranjero por mantener 
y ensanchar sus posesiones. Ganaion los franceses el 
Roseilón, territorio situado sobre el extivmo orientad 
de ios Pirineos; les conquistaron el teiTitono de 
les, al Sud de Italia, formando con la isla siciliana las 
Dos Siciiéná, (¿uitaron ú Veri»'cia varios puertos que 
poseía eu las costas NapoiiUmas, llevamu la guerra ai 
África, en donde obtuvieron triunfos» y se hicieron 
dueños de ^ran parte de la América. 

Pero, si por medio de las ai nías dieron grandeza á 
España, la perjudicaron por medio de la política. Bn 
efecto : en los diez años que si^ieron á la toma de 
Granada expulsaron de sus posesiones á los que profe- 
sat)an el judaismo y el mahometismo ; es decir, á todos 
Ion que j>i'iii "¡pi luiente representaban l'^^s progresos 
intelectuales y materiales de la Península. Y como, \yor 
otra parte, establecieron en Sevilla el Tribunal de la 
inquisición, presidido por el fraile Torquemada, que se 
hizo lamoso pi)r lo horrible de su conilucia, pues persi- 
guió con la ho^^ruera á cuantos daban la menor señal de 
no profesar la religión católica con fanatismo, sentaron 
las causas de una decadencia industrial, artística, lite- 
raria y citíniííica que había de sobrevenir pronta e ine- 
vitablemente. 

TI* ^ Com^meiÓB de los pueblo^ aioeri^'anos j cwvpMS 

Por la lectura de los cuatro articuh)s que preceden 
se habrán notado las analo^jías y las diferencias que ai 
principiar el siglo XVI había entre americanos y euro- 



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DB LA REFÚBUCA ORIBNTÁL DEL URUGUAY 39 



pees. Se parecían ea que todos olios eran insubordi - 
nados dentro y conquistadores fíiera de sus estados ó 

tribus, en que no respetaban la autoridad del soberano, 
ni la independencia de las naciones, sino mientras les 
convenia ó no podían dominarlas. Se parecían en la 
crueldad y el valor con que hacían la guerra, y en que 
eran comunes algunas de las armas ofensivas que usa- 
ban y también en que eran muy a^ierridos; pues así 
como los indios estaban habituados á pelear continua- 
mente entre sí, los espafioles habíanse ejercitado no 
menos continua mente peleando por unos señores 6 
reyes contra ou us, en las guerras con los moros y en 
las campañas de Italia. 

Pero diferían mucho, sobre todo con las poblaciones 
del Plata, bajo otros respectos. Los europeos eian 
muchísimo más inteligentes; sabían mucho más en 
toda clase de materias; estaban mucho más organiza- 
dos, disponían de medios de acción mucho más eñcaces; 
y. particularmente en la guerra, eran mucho más |)ode- 
rusas algunas de sus armas oíensivas, usaban uruias 
d^OQSívas de que carecían completamente los guaranís 
y los pampeanos, y no peleaban muchedumbres desor- 
'ienadas, sino ([ue iban á la guerra tro[>as especial- 
mente preparadas y organizadas para pelear según 
^^^gUs de táctica y aun de estrategia, que ya entonces 
litó tenían los europeos, auutjue incomparablemente 
laenos adelantadas que ahora. 



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40 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



CAPITULO II 

EXPLORACIÓN Y CONQUISTA DE LA BANDA OCCIDENTAL 

DEL URUGUAY 

TIL — B«M«krtaüMito MBiode ia Plato. ExykcMltMS ét CéM» 

Descubierta la América, los «lescubridores dieron 
noticia en la Península de las poblaciones indígenas 
que hallaron y de las cosas que vieron, haciendo con- 
cebir esperanzas de adquirir grandes riquezas en las 
nuevas tierras. La ambición de monarcas y vasallos se 
despertó, estimulada tanto como por aquellas í)'1:.| lec- 
tivas, por el deseo de superar á los portugueses en 
grandeza y gloría, y á su impulso se organizaron suce- 
sivas expediciones destinadas á explorar y á conquistar 
en el Nuevo mundo. 

Una de ellas es la que en 1515 partió del puerto de 
Lepe, b(go el mando de Juan I»íaz de Solís, quien ya 
en 1508 y en 1512 había emprendido otros viajes en 
i^rual dirección. Anduvo este navegante hacia el Sud, 
llegó á principios de 151(3 á la desembocadura de un 
gran rio, al cual denominó Mat' dulce por creerlo un 
brazo de mar, entró en él, llegó hasta la confluencia 
délos ríos Paraná y Uruguay, se^jnn se cree, si bien 
no hay certeza respecto de este lugar, y, queriendo 
tomar posesión de la tierra á nombre de su rey, según 
entonces se usaba, desembarcó, acompañado de algu- 
nas personas, y confiado en las demostraciones, al 
parecer cordiales, que los indígenas le hacían ; pero 
Solís y los acompañantes fueron acometidos y muertos. 

Lo que Solís creyó un mar dulce, era el rio que 
llamamos de la Piala, En la margen izquierda tuvo 



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DB LA RFPÚBUGA ORIENTAL DEL URÜGUAT 41 

lugar el desembarque y muerte del descubridor. Los 
indígenas eran los charrúas. Los compañeros de Solís 
qae habían quedado en las naves regresaron á España, 

en donde dieron la triste noticia de lo ocurrido. 

Pocos años después salió de la Península Sebastián 
Caboto al mando de tropas, con la intención de ir ai 
Pacíflco; pero al llegar al Río de la Plata penetró en 
él, subió hasta el Uruguay, y, mientras un subalterno 
suyo exploró las orillas de este rio liasta el San Salva- 
dor» en donde quedó fondado un fuerte y guarnecido, 
él se dirigió al Paraná, flindó otro fuerte, (Sancti Spiri- 
tus) llegó hasta ei río P)ormejo y ordenó su exploración, 
no sin haber tenido que vencer en sangriento combate 
la oposición de los indígenas. Se dice que aquí recibió 
de éstos varias piezas de plata elaborada. Ya se sabe 
que üo i)odíaii ser obra de aquellos indios; pero Caboto 
las atribuyó á su industria, se imaiíinó que había cerca 
ricas minas de aquel metal, y de tal modo iniundió su 
creencia en España, que denominaron rio de la Plata 
al descubierto por Solís y á su afluente, el Paraná. 

Tin. — ThilH^OT ie Meato» 

Sncedió á Caboto don Pedro de Mendoza, quien armó 

una ñuta á su costa, coa permiso del rey, y llegó al río 
<ie la Plata en 1535 con más de 2,500 hombres, entre 
ettos muchos nobles, é inició los trabcyos de la conquista 
hndando con algunas chozas, en la margen derecha de 

aquel río,' la ciudad de Buenos Aires, dispuesto, se^^án 

parece, á establecer en ella el asiento del gobierno civil 

y militar que había de tercer con el título de adelan^ 
f9do. Pero no pudo lograr su fin. 

Aquellas tierras estaban habitadas, como se ha dicho, 

por indios pampas. Si bien los espn fióles íueron recibi- 
dos pacificamente por ellos, les correspondieron con la 



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42 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



dureza propia de su carácter, irritaroQ su ánimo, y por 
esta causa fueron tan hostilizados, que no pudieron 

permanecer, á pesar de la fuerza relativamente grrande 
que tenían á su dis¡H)bi i jii, abandonaron la colonia, y 
trasladáronse á Sancti Spiritus. 

Mendoza, desengañado, volvió á* España dejando 
encargado del g obiei no á don Juan de Ayolas. Este 
siguió hacia el Norte y entró en el río que lleva el 
nombre de Paraguatft fundó la ciudad de la Asunción, 
y se internó con fuerzas en el territorio del Oeste. AUT 
tuvo que luchar con los indios; mató á muchos, p^ 
fué niuerto por ellos á su vez. Por causa de esta muerte 
quedai^on los couqui:siadores sin adelantado; es decir, 
sin gobernante. 

VL ^ Elefetdft j tramM Ae Ynda 

Los conquistadores de estas regiones recibieron del 
rey la íácultad de elegir gobernante interíno, cuando 
el poder quedaba acéfalo por un acontecimiento impre- 
visto. Los colonos la Asunción usaron ese derecho 
nombrando al general Domingo Martínez de Yrída, 
después de muerto Ayolas, para que igerciera las ñin- 
ciones de éste mientras el Rey no proveía al adelan* 
tazgo. Yrala, que ya se había hecho conocer ventajo- 
samente como hombre de gobierno y como militar, 
organizó por primera vez en estas regiones la adminis* 
tración de los cabildos, fundó una iglesia y varios otros 
ediíicios púl)licos, señaló los líniit-es de la Asunción, y 
se esmeró por establecer vínculos de amistad entre sus 
compatriotas y los naturales, influyendo porque se 
casaran aquéllos con las h^as de éstos. Además enseñó 
agricultura y varios oficios á los indios. Con tan meri- 
torias acciones inüuj'ó benéücamente en la suerte de 



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liK LA REPÚBLICA OKIEM AL DEL URUGUAY 43 

todos los moradores y se hizo digno de grata me- 
moria. 

Admiulstriieiéii de Alvar Núüez (Jnbeza de Taea 

Estaba el gobernador interino comprometido en los 

mencionndos trabajos, cuando vino el segundo adelan- 
tado, (ion Alvar Núñez Cabeza de Vaca, con 70ü iiom- 
bres, en 1542. Alvai* Náñez tomó el mando, hizo la jus- 
ticia de nombrar su segando á Yrala, y luego se ocupó 
en someter las tribus indígenas, empleando tan pronto 
medidas enérgicas como actos de ^'enerosidad; de modo 
que llegó á ser respetado por los indios en consideración 
á su poder y á sus sentimientos elevados. Habíale preo- 
cupado, desde que solicitó el adelantazgo, el problema 
de abrir comunicaciones terrestres entre la Asunción y 
el Perú. Aürmada su autoridad en la colonia de la 
Asunción, se propuso poner en práctica sus proyectos, 
preparóse para ello y se puso él mismo en camino, 
dejando á Yrala encargado del gobierno interinamente. 
Todos los esfuerzos que se hicieron no bastaron para 
vencer las dificultades que opusieron la naturaleza del 
terreno y la estación lluviosa en que se inició la 
f iiipresa; la tropa no tardó en mostrarse descontenta, y 
fué necesario que regresase sin satisfacer su anhelo. 

Este fracaso hizo cundir el disgusto entre los oficiales 
qoe estaban á su servicio, porque lo atribuyeron á 
iíiconveniencia de las medidas tomadas para establecer 
la comunicación. Quejábanse además muchas personas - 
de sus actos administrativos, juzgándolos menos acer- 
tados que los de Yrala. Los descontentos se amotina- 
ron, por último, aprovecliando la ausencia de este capi- 
fán : líeimsieron y engrillaron á Alvar Núñez» y lo man- 
daron preso á España, de donde no volvió, aunque ñié 



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44 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



absueltOt después de mucho tiempo, por las autoridades 
que tenían á su cargo los asuntos de las Indias. 

XI. — tkfwiia el — di » 4e InUa 

Los españoles de la Asunción pensaron desde luego 
en suplir la autoridad del adelantado y nombraron» 

pnvñ qu<^ ejeiviera el gobierno por seirii! la vez, á 
Yrala. Se dice que este aceptó el uoiubramieiUo contra 
m voluntad, aunque no faltan qufenes lo suponen el 
instigador oculto de los hechos ociuridos, con el ánimo 
de suplantar al adelantado. 

Sea de esto lo (iue fuere, el hecho es que asumió el 
mando supremo. La anarquía so^l^*vino, porque ios 
{)artidarios del desgraciado Alvar Núúez reñían con los 
de Yrala ; el desorden influyó con su mal ejemplo en las 
trüms indígenas ; algunas se sul)levaron y el goberna- 
dor tuvo que reprimir la sublevación, para lo cual 
empleó medios tan severos como blandos habían sido 
los que usara su antecesor. Esta conducta le atn^o la 
adhesión entusiasta de sus compairiuias, más inclina- 
dos á la severidad que á los mi ra ni lentos generosos. 
Afianzado así su poder» pensó en llevar á cabo los 
proyectos de Alvar NAñez. Los españoles de la colonia 
se ofrecieron á acompañarle, i)ersuadidos de que licita- 
rían á su fin con tan distinguido jefe, y de que auinea- 
tarían su fortuna con los metales y cosas preciosas que 
hallaran en el Perú. Se emprendió la expedición y 
llegó ésta á la frontera de su destino ; pero Yrala, mal 
recibido por las autoridades, y jK'or .secundailo por los 
oficiales, que ya se habían cansado de sufrir y de obe- 
decerle, tuvo que regresar sin otras venUgas que la de 
algunas ovejas y gran número de indios que su gente 
tomara en el tránsito. 

La ausencia de Yrala fue funesta para la colonia de la 



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DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 45 



Asunción : se suscitaron rivalidades entre algunos ofí- 
ciales que quedaron, estalló la guerra civil, y la anar- 
quía llegó á dominar nuevamente por todas partes. 

Cuando volvió la expedición, había desaparecido el 
sustituto de Yrala y otros habíanse apoderado de la 
dirección de los negocios públicos. El Gobernador cas- 
tigó con el suplicio á los principales culpables, tranqui- 
lizó al pueblo y se dedicó en seguida á formar aldeasi 
en las cuales repartió los indígenas poniéndolos ai ser- 
vicio de las familias españolas, bajo el gobierno inme- 
diato de alcaldes y la inspección de oficiales españoles. 

Eiie hombre, cuyos servicios lo colocan en el número 
de los buenos gobernantes que en aquellos lejanos 
tiempos tuvo el Río de la Plata, no obstante el reparto 
de los indios y la tolerancia del concubinato, falleció 
en 1557, á los 70 años de edad, con general sentimiento 
de españoles y americanos. 

XIL — Lm Meomieadas de Míos 

Se ha dicho en el artículo anterior que Yrala repartió 
los indios vencidos entre las üimilias españolas. Este 
reparto no fué invención suya. Cuando Cristóbal Colón 
conquistó las tierras por él descubiertas se prodigo este 
hecho : que los indios eran machos, que era necesario 
enseñarles la religión y alguna industria, y reducirlos 
á la imposibilidad de sublevarse, para (|ue ios españoles 
güsaran de paz; y que tal instrucción y sometimiento 
serían muy difíciles, si se Ies dejase en libertad, aparte 
de que los mismos indígenas no podrían vivir, mezcla- 
dos con los españoles, porque careciendo de oficios, no 
ganarían lo indispensable para su subsistencia. Colón 
pensó que lo más conveniente para todos sería repartir 
la población entre las familias españolas, con cargo de 
que les enseñasen en cambio de utilizar su trabajo. A 



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46 BOSQUEJO HISTÓRICO 

esia leparlicióii se le Ihuaó encomienda ; repartir así los 
indios era enconenciarlos ; y quienes los recibían eran 
encomenderos 6 comendatarios. 

Los conquistadores cjue siguieron á Colón tomaroii 
por refrln su ejeinj lo y enruniriidai'oa indios. Esto fué 
lo que iiizo Yrala en el Paraguay. 

.Las encomiendas fueron de dos clases : de ¡/anaconas 
y de mitayos. Los encomendados yanaconas 8er%'ían á 

su Señor Oh Lotln rl afuj v lo aoumpañ;it>:in cii «\iso de 
guerra. Le estaban enteramente someiidos. Esta clase 
de encomienda fué la primera que se usó, y los asf 
encomendados eran generalmente indios aprisionados 
en la guerra, «Kunii. alos por la fuerza de las ai mas. 
Los indios sometidos voluntariamente ó aliados, como 
más fáciles de gobernar, gozaban de más libertad. 
Elegían un terreno, formaban un pueblo, recibían las 
autoridades espaíi<das (]u«' habían de regirlos, se divi- 
dían en eneoUiieiidas, cad¿i una de las cUvde^ tenia su 
cacique, disponían de si mismos con relativa libertad, 
pero con el fin de que se acostumbraran á arrendar 
voluntariamente sus servicios, se les obligaba al prin- 
cipio á arrendarlos por un corto tienii)0 cada año, 
medianil' un precio. Este servicio forzoso se llamaba 
mita^ de donde les vino á los obligados el nombre de 
indios de mita y el de mitat/os. 

Pero sucedí»'» ^ue los encomenderos no enseñaban á 
los indios más que lo que estos necesitaban >aber pai*a 
enriquecerlos, que los mitayos fueron igualándose á los 
yanaconas, y que se servían los encomenderos de unos 
y otros como si fueran sus esclavus, obli::aiidolos á un 
trabigo exeeaivo, sin permitirles lu liberuid ni el iles- 
canso debidos, tratándolos con dureza no permitida por 
las leyes, y hasta vendiéndolos, prestándolos ó dándo* 
los en prenda. Los indíi:enas eran considerados mfís 
como cosas que como personas; dependían poco menos 



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DE LA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 47 



que en absoluto de sus comendatarios. Los reyes de 
España prohibieron las encomiendas en cuanto tuvieron 
noticia de lo que sucedía, y mandaron dar libertad á 

todos los indios encomendados; pero el abuso se había 
¿echo costumbre y las providencias reales fueron 
desoídas. Convencidos los reyes, por la experiencia de 
muchos años, de que no conseguirían curar el mal, lo 
toleraron procurando disrainuirlo, y mandaron en dife- 
rentes fechas : que los indios dependieran del Rey en 
lo futuro; que no se les diera en encomienda como 
esclavos, ni á título de servicio personal, y sí obligando 
á ios comendatarios á docinucirlos, á defender sus per- 
sonas y bienes y á tratarlos bien. Se señalaría modera- 
damente el tributo que los indios debieran al Rey, y lo 
pagarían á los encomenderos, sin estar obligados á 
más. Los encomenderos quedarían obli^^'^ados, por la 
delegación que gozaran, á acudir al servicio del Rey y 
defensa del reino, toda vez que fuera menester, no 
como vasallos ordinarios, y sí como feudatarios, pres- 
tando juramento de fidelidad. Los indios cambiaban así 
su condición de esclavos por la de tribuiarius; y punjuc 
no se abusase ni aún de este concepto, proliibieroa los 
rqres que asignaran tales tributos otros gobernadores 
que los que hubiesen recibido facultad especial, y que 
' Jera; i cari emiendas á personas que no fueran merece- 
doras y de bien. 

Los indios del Río de la Plata, de Tucuman y del 
Paraguay flieron objeto de disposiciones especiales en 
íavor lie su libertad y de su bieiiesiar. No debían trí- 
bulo sino desde los 18 anos de edad y podían pagarlo 
en dinero ó en frutos. No podían ser encomendados para 
servicio personal, ni empleados en sacar yerba-mate, ni 
sacados fhera de su pueblo, sino á distancias limitadas 
V con íines determinados por la lev. Las indias na 
jodian ser obligadas á amamantar hijos de españoles- 



y" 



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48 



BOSQUEJO HISTÓRIGO 



mientras estuviese vivo el sayo. Podiaa ser arrendados 
los servicios de los indios, pero pagándoles el jornal 

mínimo tasado por la ley, y estaba prohibido mantener- 
los con solo la íruta del algarrobo. 

C!on tales providencias no desaparecieron del todo los 
abusos ; pero sin duda disminuyeron mucho. Los indí- 
genas tuvieron á los reyes constantemente en su favor; 
si hubieran sido tratados como las leyes mandaban, 
habrían sido tan bien enseñados* gobernados y respeta- 
dus como lo permitieran las instituciones y las costum- 
bres de ?iquelIo¿ tiempos; pero no cabía en lo humana- 
mente posible que todos, ni los más de los que venían á 
la América fueran recomendables por su prudencia y 
por sus virtudes, y de ahí que la benévola iiuención de 
los gobiernos de España no fuera realizada en America 
tan fielmente como debiera serlo. 

XIII. — Más desórdenes. — O^bkmo de Tersara. 

Dej(5 Yrala ocupando su puesto á uno de sus yernos, 
que falleció al poco tiempo, habiéndose dado á conocer 
como buen administrador. Los españoles eligieron 
entonces (1558) jKira g(>bernador á otro yerno, que lo 
era D. Francisco úrúz de Vergara, Gobernó éste en paz 
durante un afl>, mas tuvo que sofocar en los dos 
siguientes la sublevación de lo^ indios del Paraguay y de 
la provincia de Guayrá, (situada al Nordeste, á ambos 
lados del Paraná) los cuales estaban descontentos del 
trato que recibían de los encomenderos. Se restableció 
el sosiego en las encomiendas, debido á la gran supe, 
riohdad de los españoles en organización y en armas; 
pero no tardó en interrumpirse en la Asunción, en donde 
las pasiones tenían constantemente desasosegados á los 
que veían en el poder una fuente de satisfacciones. Ver- 
gara se resolvió á marchar á la capital del Perú, con 




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D£ LA Ri^CbUCA ORIENTAL DKL URUGUAY 4 9 

Qi designio de que el Virrey lo confirmase en la gober^ 

nación, cuyo puesto temió perder por suresos desagra- 
(kbieSy aunque de carácter privado» que ocurrieron entre 
personas de su fiumlia, Saponen unos que esta determí- 
nación (ué espontánea, y otros qne flié sugerida con el 
propósito de que dejara el poder. Sea lo ([ue fuere, es 
lo cierto que sus adversarios consiguieron cfue se le des- 
pegase de la autoridad que había ejercido, así que el 
Viney intervino en el asunto. 

XI?. — CMIeiao ^ Cáeem y de Ortli de Zémle 

Diebo virrey nombró para reemplazar á Vergara, y en 

calidad de adelantado, á su oíicial D. Juan Oniz de 
Zárate, á condición de que había de solicitar de la 
Corona de España la confirmación del nombramiento. 
M lo hizo y obtuvo la ratificación, comprometiéndose 
á importar en sus dominios cantidad de ganado vacuno, 
lanar, caballar y cabrío de los que poseía en su pro- 
piedad del Perá, á extender las conquistas, á flindar 
poblaciones y encomiendas de indios, en cambio del 
udtiiaülazgo para sí y uno de sus sucesores, y otras 
prerrogativas. Zárate fué muy desgraciado en su vi^e 
de Bspafia á la Asunción, pues combatido primero en 
el mar por las tempestades y después en las márgenes 
(Jei Plata y del Uruguay por los indígenas, perdió con- 
siderable parte de los hombres y cosas que traía y salvó 
él mismo con lo poco que le quedaba, debido á la pro- 
tección que le prestó I). Juan de Garay, que descendió 
apresuradamente á lo lai*go del Paraná con tai objeto, 
al saber la crítica situación en que tenían al tercer 
adelantado las dificultades de la naturaleza y la bravura 
♦le los charrúas. 

Salvo de peligros, fuudó más al Norte, sobre la mar- 
gen izquierda del Uruguay, algo distante del lugar que 

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50 ' BOSQUEJO HISTÓRICO 

hoy ocupa, no sin liaber librado sangrienta batalla á 
las tribus charrúas de Taboba» Abayuba y Zapicán, el 
pueblo de San Salvador, abandonado luego, y se dirigió 
á la Asunción, dejando en el nuevo pueblo una petj^ueüa 
fuerza. 

Pero» á los disgustos que llevaba de su viaje se agre- 
garon otros en el Paraguay, originados principalmente 

por la noticia de que durante su ausencia liabían ocu- 
rrido graves trastornos entre los españoles, por los cua- 
les el gobernador interino FeUpe de Cáceres había sido 
depuesto y engrillado y apoderádose del poder un tal 
Suárez Toledo, así como por la mala acogida que le 
hizo el pueblo á quien iba á gobernar, y falleció de 
pesar poco después, (1575) segtm parece, aunque se dice 
también que fué envenenado por los parciales del usur- 
pador que le precedió en el gobierno. 

XT* — GoMem Interino de Gamj' 

Antes ih- inni ir dispuso Ortiz do Zarate, usando el 
dercclio que ei gobierno de la Península le había acor- 
dado, que le sucediera en el adelantazgo el que contra- 
jera matrimonio con una hija que tenia en Chuquisaca. 
Kfi virtuíl de esta disposición vino á í<er el cuarto ade- 
lantado don Juan Torres de ra y Aragón ; pero como 
no pudiera tomar posesión del cargo por el momento, 
encomendó el gobierno á Garay. Éste afirmó ]K)r las 
armas la autoridad española en el Paraguay, fundó 
poblaciones, y se dirigió después hacia el Sud con el 
pensamiento de establecer una colonia en paraje que 
sirviera de escala á las eíiibarcaeiones (jue hacían la 
carrera entre Es]»aña y la Asunción, á la vez que fuera 
centro de las comunicaciones que en el porvenir se efec- 
tuasen por los princiiuales ríos que concurren á formar 
d Piala. Li paraje elegido fué próximo al riachuelo, 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 51 

eñ donde fundó la actual ciudad de Buenos Aires, (1580) 
algo distante del punto en que la habíu fundado Men- 
dosa. Los querandis opusieron una terrible resistencia 
ahora, como 45 años antes ; pero la lucha de dos civi- 
lizaciones tan desiguales había de dar por resultado 
que los salvóles fuesen definitivamente vencidos, y lo 
flieron en una gran batalla, á pesar del muy escaso 
número de tropas de que disponía el conquistador. Esta 
hazaña es una de las más notables que se realizaron en 
el curso de la conquista del Río de la Plata, llevada á 
cabo á fuerza de valor y de audacia» y la fundación de 
Buenos Aires uno de los hechos más fecundos. 

El u i unto alcanzado aseguraba la permanencia de la 
üueva colonia, aunque no su tranquilidad, pues que 
ios indígenas, raza belicosa» no cesarían de molestar á 
los colonos. Pudo Garay pretender escarmentarlos por 
la fuerza ya que tanto á la fuerza debía ; eini)ero, pre- 
firió someieilus por la persuasión, mandando cerca de 
ellos misioneros cristianos que los convirtieran á la ve« 
á la creencia de la Iglesia y á la autoridad de la Corona. 
La experiencia había demostrado que los españoles 
ha!)ían extendido y asegurado mucho más su imperio 
f)or los medios suaves que por la violencia de las armas. 
Cerca de cuatro años empleó Garay en organizar y en 
acrecentar la población de Buenos Aires, y en asegu- 
rar la paz, después de los cuales í'iu' sorprcndidt) y 
muerto por los minuanes, á orillas del Paraná, en viaje 
para Santa Fe> Hombre de grandes cualidades, es mere* 
ceder de que su nombre sea pronunciado con reconoci- 
miento. 



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52 



Bosquejo hií>tühico 



XYl. — Trak»^io6 de Torres Xaranete y de Taires de Ver» j Ara«te 

Á Garay sucedió, en ausencia del adelantado, el 
primo de éste Juan de Torres Navarrete, durante cuya 

administración se fundaron otras poblaciones y se 
repartieron los indios, com'o era costumbre, entre 
encomenderos» en los territorios cercanos al Paraná. 

El adelantado Torres de Vera y Aragón Uegó al Para- 
guay en 1587, trayendo los f^anados que /árate se 
había ol «ligado á importar. Halló anai quizada y desmo- 
ralizada la colonia; se esforsó por restablecer el orden, 
por extender las conquistas, y por llevar á las tribus 
indígenas la fe del cristianismo ; {.ero, cansado de tan* 
tas dificultades como eran las que se le presentaban y 
empobrecido, renunció sus derechos y se retiró á 
Espaüa (1591). 

XVII. — Oobierno de Ueniando Ariaü de üaaTedrm 

Fue nombrado, des[>ues de Torres de Vera y Aragón, 
Don Hernando Arias de Saavedra (llamado comunmente 
Hemandarias) para gobernador del Paraguay. Es de 

notarse que Arias fué paraguayo, pues nació en la 
Asunción. Nunca se había visto á un criollo elevado á 
esta dignidad, y era cosa que los españoles evitaban^ 
tanto por no dar á los hijos del país demasiado poder» 
temerosos de que se formara y generalizara el senti- 
miento del americanismo, cuanto por no excitar los 
celos de los prohombres, que se creian en el derecho de 
gobernar á titulo de conquistadores, que valia tanto 
como el de señores del país conquistado. Es indudable 
que si se hi/u una excepción en favor de Hernandarias, 
fué por lo emparentado que éste estaba con los prime* 
ros conquistadores del Rio de la Plata, por el alto con- 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 53 

cepto en que por tal razón se le tenía, y porque sus 

ideas y sentimientos eran demasiado favorables á 
Kspaüa para que nada tuvieran que temer los españoles. 

Durante su administración, varias veces interrum- 
pida, y relativamente duradera, se continuó en memo- 
rables acciones de guerra la conquista sobre los indios ; 
iiuho manifestaciones en ei sentido de dar ensanche al 
comercio excesivamente restringido por las leyes; se 
fundaron las Misiones paraguayas, con ánimo de civi- 
lizar pacíficamente á los salvajes, y se sostuvo ante el 
^•onsejo de Indias el pensamiento de dividir en dos 
^bemaciones la administración de lo que constituía 
hasta entonces el Paraguay. Hemandarias es conside- 
rado el último de los conquistadores del Río de la Plata, 
y el primero de sus írobernantes naturales. Su gobierno 
tUé laborioso y bien intencionado, y dió el ejemplo de 
no haber servido para enriquecer al que tuvo en su 
mano la suma del poder de la gobernación. 

XTUL — La Mnqoisla en ei Uterior de la Banda oeeldentai 

Como se ha visto, los conquistadores que siguieron 
la ruta de Solts no se ocuparon de dominar más que el 

terrilurio del I'araíjuuy propiamente dicho, el de 
Guayrá, que se extendía á ios dos lados del alto Paraná, 
ambas márgenes del biyo Paraná y la izquierda del río 
de la Plata. No debe pensarse, por ésto, que gozaban 
<le independencia los pueblos diseminados en el interior, 
hasta la cordillera de los Andes. Los españoles que 
habían conquistado las tierras que ahora pertenecen al 
Perú y á Chile enviaron en la segunda mitad del siglo 
i XVI varias expediciones más acá de los Andes, y ésas, 
I desgraciadas unas, felices otras, vinieron sojuzgando 
I por las armas y por la acción persuasiva de religiosos 
misioneros, las numerosas tribus que hallaron, flin- 



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54 B4»swcej'^ histórico 

dando poblaciones y dando encomieadas. Así nacieron 

varias de las ciadaces que son ahora capitales de pro 
TÍncia; j los iodios someüdos fuaron taniofi, qae» ¿egiía 
ae caenta, nno aoio de aquellos conqnistadixies repartió 
entre 56 encomesuleros cerca de cincuenta mil Indios. 

Con la acción simultánea, aunque independiente, de 
los conquistadores mediterráneos j ríbereik» quedó 

asegurada la domina^nón d-:- la.s extensas tierras que 
median entre el Uruguay y ios And^>^ v -ntre Buenos 
Aires y los límites septentrionales del Paraguay. Las 
zonas que aún quedaban libres del poder extranjero, si 
bit;n r-onside-rables, no serían ya un peligro para el 
gobierno y la prosperidad de ios nuevos estahlecimien- 
tos, y recibirían, en el curso de los tiempos futuros, el 
p^íulaíino influjo de las civilizaciones que se suce- 
dí r^ran. 

En los hechos que hasta aquí se han narrado iiay 
cuatro cosas que principalmente Uaman la atención : la 

conquista, el orden civil del pueblo conquistador, el 
orden civil del pueblo conquistado, y el infliyo que tales 
sucesos habían de ejercér en las comarcas platenses. 

Se nota desde luego que los combates hanse librado 
entre un corto número de españoles y un número r- la- 
tívarnente grande de indígenas, y que estos solían sacar 
la i)eor parte. £1 triunfo constante de los menos se 
explica sin esftierzo por la superioridad de los medios de 
ataque y de defensa. Pero á pesar de esta diferencia, 
ns^imbro causa el valor moral y físico que necesitaron 
los europeos para lanzarse en barcos muy defectuosos, 
A través de océanos imponentes, á dominar y residir en 
dilatadas (¡erras desconocidas y llenas de peligros, en 
Ins cuales se verían privados del bienestar y de los 
auxilios á que estaban habituados en su patria. Eran 



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DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 55 

empresas que revelaban un pueblo heroico, verdadera- 
meaító legendario. Dora tenía que ser para los vencidos 
la conquista de tierras y pueblos ; pero ya se ha visto 
que talaba en las prácticas seculares de todo el mundo : 
americanos y europeos, africanos y asiáticos, tenían la 
costumbre de iaiponerla y de soportarla alternativa- 
mente, según fuese la suerte de las armas. Los salvajes 
no poíiian extrañarla, pues que se los aplicaba la ioy 
de la íuerza, que era su propia ley. 

Foé grande la anarquía en que vivieron loí conquis- 
tadores. No se la podría explicar atribuyéndola sólo á 
li satisfacción de maiular, pues poco liala^üefio había 
en los primeros tiempos del gobierno del Paraguay. Su 
explicación debe buscarse en el modo de ser general 
de los pueblos europeos, acostumbrados á rivalidades y 
ú arhitrariedad^iS hereditarias. t*n los cuales se desarro- 
llaban las pasiones espontáneamente, determinando 
rejertas, duelos* desórdenes y guerras que hoy se ten- 
drían [.or neuróticos. La anarquía era un mal de los 
tieiapos. La Asunción del Paraguay era, b^jo este 
aspecto, una representación del mundo. 

Los indios acostumbraban comerse á los vencidos en 
h í; lid ra, ó matarlos simplemente, ó someterlos á una 
esclavitud tan bárbara como ellos lo eran. Los españo- 
les, pueblo civilizado, les dieron el raro ejemplo de no 
comerse ni matar á los que en la guerra tomaban, salvo 
los casos de rebelión en los cuales eran muertos con 
frecuencia loa promotores ó jefes principales, no á titulo 
de enemigros» sino por reprimir los graves delitos de que 
eran causantes. Sometían á los vencidos al sistema de 
ks enconaien<las, por juzgar que era una necesidad de 
la conquista. Ellos eran pocos, y los conquistados 
muchos y habituados á vivir sin trabajar, sin gobierno 
y sin género alguno de disciplina. } Cómo mantenerlos 
libres y á la vez ordenados bajo la autoridad del con- 



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56 B05QUBJO HISTÓRICO 

quislador ? Era absolutamente imposible. Era necesario 
habituarlos á la civilización europea» y esta babituación 

requería que si' les enseñase á trabajar y á observar las 
leyes que regían las relaciones iu*ivaclas y públicas ; es 
decir á la subordinación de la moral y del derecho. No 
Ies ocurrió nada más adecuado que repartir á los natu- 
rales entre los euroj^eos, para (lue en el trato de ellos 
aprendiesen lo que liabían menester para vivir después 
con libertad. Consideraban» pues» á los indios coma 
incapaces de obrar regularmente en una sociedad cultn, 
y los encomenderos venían á ser una especie de curado- 
res. Los soberanos» algunos eclesiásticos (no todos) y 
gentes de otras clases procuraron que ese régimen fuera 
en los hechos suave, benigno, humanitario como su fin. 
Los arios dr severidad y aun de crueldad esluvier.>n, 
emi>ero, harto generalizados en toda la América. 
Nacian, en parte, de que los europeos» fuesen ó no 
españoles, habían endurecido su carácter por el natural 
influjo de l.'is furiosas guerras á que sin tregua se dcMli- 
caban hacía siglos; y en parte se debían también á que 
los indígenas eran» por razón de sus hábitos» difíciles de 
reducir al trabajo y á la disciplina. 

Dos siglos v medio larsros han transcurrido desde hi 
époíM á que ha llegado esta narración» y las naciones 
iñás civilizadas conquistan aún» y no ha desaparecido 
de sus dominios la esclavitud, y menos la servidumbre. 
Iv'o es de extrañar, por lo mismo, la -conducta que en 
aquellos tiempos remotos observaron los conquistadores 
de la América. Mas» si las circunstancias de lugar y tiempo 
sin^en para explicar y excusar los actos humanos, no 
sirven para legitimar los que por virtud de su propia 
naturaleza no se recomiendan. La conquista ha sido 
parte» siempre, de las costumbres internacionales ; pero» 
las más de las veces ha sido también un abuso de la 
fuerza» una violación del derecho llevada á cabo por 



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DE Ul república ORIENTAL DEL URÜOÜAT 57 



satisfacer ambiciones ó rencores. £1 hombre ha nacido, 
desde que existe su especie, para ser libre; y el estado 
no ha debido formarse con otro fin que el de irarantir 

esa lihortíid i>or los medios estrictamente indis|)ensables. 
Verdad que entre estos medios se cuenta el de privar de 
la Kbertad ; pero no se le emplea sino contra aquellos, 
índiTÍdaos 6 estados, que abusan de ella en perjuicio 
del derecho de terceros ; y, aun entonces, la privación 
áa de ser tan limitada, que baste para asegurar el 
dmcbo amenazado y no anole la personalidad moral y 
vindica d*- la entidad sujeta á coacción. Los americanos 
no habían sido un peligro para ios eui opeos, puesto que 
no se trataban, ni aun se conocían. No fué justo, pues, 
que at destruyesen sus instituciones y se les redujese á 
li s^rvidtimbre por la fuerza. Cierto que esta verdad no 
na podido ser respetada, mienu^as no fué generalmente 
conocida, y el estado de las ideas que prevalecían en el 
y\^\o XV basta para excusar á los españoles. Pero hoy, 
que sabemos cuan crróne; miente se pensaba entonces, 
no podemos juzgar los hechos de nuestros antepasados 
como los juzgraron ellos. 

El derecho de propaganda es y ha sido siempre un 
derecho de los indiviiluos y de los pueldu8 ; y no sólo 
un derecho, sino también un deber. Los españoles ejer- 
cieron ese derecho, cumplieron ese deber en América, 
nmque equivocando los medios : propagaron sus ideas, 
sus creencias, sus instituciones, sus costumbres y sus 
industrias en la medida posible ; exploraron la América 
y la dieron á conocer al resto del Mundo. Las transfor- 
maciones que en la civilización americana verificaron, 
yapara íines del siglo XVI,- ftieron grandes efectiva- 
la^te ; pero mucho más lo eran por su virtualidad, 
puesto que de su natural desenvolvimiento llegarían á 
reportar incalculables ventajas los americanos y la 
humanidad entera en los futuros siglos. 



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LIBRO 8E6UND0 



España, Portugal, el Brasil y bl Rio de la Plata 

H.VSTA 18 lü 

XX. ^ Expüeadfo preTia 

Se antepuso, á la breve nai I cü íum jue precede de la 
conquista de la Banda occidental del Uruguay, uiia 
idea samarísima del estado de las civilizaciones europea 
y americana, y especialmente de las española y rio- 
pláteiisr, con el fin de que el lector apreciara los 
hechos de la coníjuista mejor y con más facilidad que 
si careciera de aquellos conocimientos. 

La causa ocasional de la conquista y colonización de 
la Banda oriental fue la larga lucha sostenida enti'e la 
Banda occidental y el Brasil por dominar aquel terri- 
torio. Las vicisitudes de esta lucha dependieron á sa 
vez de las relaciones políticas de España y de Portugal. 
Y, como en esa larga coiuienda triunfaron al tin los 
españoles en las márgenes del Plata y del Uruguay, la 
Banda occidental extendió á la oriental la autoridad de 
las instituciones judiciales y [eolíticas generales, implantó 
en esta instituciones locales iguíil^^s á las suyas, y la 
gobernó como parte integrante de la dominación espa- 
ñola del Plata. 

Dadas estas relaciones, no es difícil comprender lo 



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D£ LA KEPCBUCA uRI£NTAL DEL URLGCAT ^ 

oecesaiio que es tener alguna noción de las mstíta<io- 
nes que en común tuvieron iodos los puebiu.-^ del Rí»» de 
la Plata mientras duró la dominación española, y de 
cámo se desenvolvieron los sucesos en Espafia, en 
Ponuíral, en el Brasil y en vi Pa'o de la Plata mientras 
se operó la conquista y colonización de la Banda 
oriental. Tales ideas pueden suministrarse de paso que 
se narra la historia particalar de este pafs ; pero algu- 
nas no encontrarían fácil acomodo, otras producirían 
d electo de interrumpir la ilación del relato, y además 
las nociones dadas ocasionalmente no tendrían la yírtod 
de hacer percibir el conjunto de las relaciones polfticaSt 
económicas y administrativas fjue obran en los sucesos 
uruguayos, cuyo defecto engendraríagraves oscuridades, 
errores y deficiencias de concepto. 

Parece, pues, conveniente trazar ante todo los 
trnuides rasgos de la historia de aquellos cuatro p^^lses 
relativa á los siglos XVI, XVII, XVIII y principio del 
XK^ y describir las principales instituciones que rigie- 
ron las colonias del Río de la Plata, sin perjuicio de 
recordar y de ampliar, si es necesario, los hechos en 
que se ftmden los acontecimientos del Uruguay, á 
medida que las oportunidades se presenten. 

Tal es el propósito á que corresponde el libro pri- 
mero. 

CAPÍTULO I 
España desde bl siglo xvi haísta 1810 

TSL — £spafa imnte el reinado de la dinastia anstriaca 

Muertos Felipe I y Fernando el catóhco, pasó en 
1516 la corona de España al hijo de aquél, Carlos I, 
soberano de los Países Bajos y del Condado de Borgofia, 
4ue fué proclamado también emperador de Alemania 



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60 BOSQUEJO HISTÓRICO 

Imjo el nombre de Carlos V, con el cual se le designa 
más firecuentemente. Se levantaron contra él la nobleza, 

el clero y las comunidades de Castilla; pero íüeron 
vencidos y desaparecieron úíjMc entonces las antiguas 
libertades de España. No taixió en manifestarse la riva- 
lidad de Carlos y de Francisco I, rey de Francia: 
ambos se hicieron la guerra en Italia, con tan mala 
suerte del seírundo, que cayó prisionero en Pavía. 
Carlos se pronunció contra la reforma religiosa de 
Lutero, con cuyo motivo sostuvo sangrientas guerras, 
como lo fueron siempre las religiosas. Combatió asw 
mismo en Áfnc ». V después de nuaierusas campañas 
en las cuales no igualaron los reveses á las viciorias, 
hastiado ya del poder, renunció á la triple soberanía 
de Espafta, Alemania y América. Engrandeció sus 
doiíiijiios de los Países B.íjos con varias adquisiciones; 
libró á Flandes y al Artois del homenaje que rendían á 
Francia; ocupó el Milanesado, conquistó Túnez, 
dominó con su poder la Europa toda y elevó á Espalla 
á tanta altiir.i, que fué en su tiempo la nación m;ís 
poderosa del Mundo. Al abdicar dejó á su henaano las 
posesiones alemanas y las españolas y americanas á su 
hijo Felipe II. 

Felipe se distinguió por su gran ambición y por su 
fanatismo. Pretendió á In vez sofocar el i)roiesianti^ino 
y apoderarse de Europa, y este doble proi)ósit^ lo com- 
prometió en continuas guerras. Triunfó en Italia» venció 
á los turcos en Lepante y conquistó el reino de Portugal 
en 1580, pero Francia pudo recuperar territorios fron- 
terizos que había perdido. Llevó la inquisición á Sicilia 
y á los Países Bsyos, é intentó concluir con el poder de 
Inglaterra, pero se separan de su dominio varias pro* 
vincias holandesas, y la fiini^sa Arma^h invencible 
mandada contra los inirleses es destruida en un combate 
y por una tempestad. Al fallecer Felipe II en 1598» 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 61 

quedó España horrorizada por la inquisición, arruinada 
y sin sangre. 

Le siguieron, uno después de otro, Felipe líl hasta 
1621, Felipe IV hasta 1665, y Carlos, el hechizado, 
hasta 1700, pertenecientes, como los anteriores, á la 
íkinilia de Austria. Ninguno de ellos i^aló en talento y 
carácter á Carlos I y á Felipe II. Al contrario, se hicie- 
ron notar todos por su incapacidad, por su apatía y por 
su superstición. Abandonaron el gobierno á uünistros 
tan altaneros como ineptos, que comprometieron á 
España en guerras externas funestísimas, sin haber 
acertado á satisfacer sus necesidades internas. La 
corona perdió algunas posesiones en América, (1681) y 
en Europa, el dominio de Portugal, (1640-1663) el 
Artois, el Rosellón, el Sud de Flandes y el Franco 
Condado durante el siglo XVII; no disminuyeron el 
despotismo religioso ni el político; aniquiláronse la 
agricultura, el comercio y todas las demás industrias ; 
á penas quedaron insigniflcantes restos de la marina; 
se anuló totalmente el prestigio de su política exterior 
del remo; y hasta el respeto que merecía, siquiera 
fiiese por las grandezas pasadas y la presente desgracia, 
Uegó á rebajarse tanto, que las potencias celebraron 
congresos ]j;ira decidir cómo habían de repartirse entre 
sí el lerriiorio de ia Península. 

XXII. — £siMiúa bi^o la dinastía borbónica 

La rama borbónica de lus capetos reinaba en Francia 
desde 1589, y ocupaba el trono Luis XI\', apellidado al 
grande^ cuando falleció Carlos II. Deseaba dominar ese 
monarca en España. Opúsose el celo de las otras nació- ' 

ues, pero consiguió que al infeliz Carlos II se le indujese 
a testar en favor de Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV 
y nacido en Francia, quien tomó la corona con el nom- 



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-62 BOSQUBJO HISTÓRICO 

bre de Felipe V. La casa de Auísiria no se resignó á 
perder ua trono que había ocupado, auiique malamente, 
por espacio de dos siglos, y alegó que el derecho de 
sucesión favorecía al archiduque Carlos. Los españoles 
se dividieron, tomando unos el partido de los borbones 
y otros el de los austriacos. Dividiéronse también las 
potencias : Inglaterra, Prusia, Holanda, Saboya, y más 
tarde Portugal, hicieron causa común con el Austria; 
Francia, como era cousi*nn<Mto, defendió á los espa- 
ñoles que sostenían á Felipe V. Ux guerra se hizo euro- 
pea; duró trece años y terminó por el tratado de 
Utrecht. Las potencias reconocieron el derecho del 
sucesor borbónico de Carlos II, pero en cambio de Sici- 
lia, N.ipoles, Milán, Cerdeña, ios Países Bajos, Menorca 
y Gibraltar. Los catalanes ^continuaron todavía la lucha 
-después de la paz internacional de 1713; franceses y 
-españoles penetraron i>or asalto en Barcelona, y al 
vencer derogaron los tueros de los vencidos, que eran 
restos de la autonomía provincial española. I^o andu- 
vieron mucho mejor los asuntos americanos* Nuevo 
tratado celebrado en Utrecht el año 1715 obligó á 
Felipe V á entregar posc^siones á Portugal, ¡«revalié- 
ronse los portugueses de la debilidad de Espaíía para 
avanzar la línea de sus posesiones, y las discusiones 
continuaron á pesar del tratado de París concluido en 
1737. Entre tanto, í^I bien intenciunaiK) Felipe procuró 
reponer á la Península de sus quebrantos internos l)ajo 
la hábil dirección de ministros como el cardenal Albe- 
foni y don José Patiño. Si bien acosado por flrecuentes 
guerras, consiguió disciplinar el ejercito, comenzar la 
nueva formación de una marina, mejorar la adminis- 
tración pública y fomentar las letras y las ciencias, 
Jiasta el año 1746 en que terminó su reinado. 

Sucediéronle Femando VI hasta 1759 y Carlos III 
Jiasta 1788 en el empeño de hacer progresar á España, ^ 



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DE LA REPÚBLICA URiEMAL DEL URUGUAY 63 

£1 primero, auxiliado por Carvf^al, el marqués de la 

Ensenada» Jorge Juan, Peyoo y otros hombres eminen- 
tes, se propuso vivir en paz con la Europa firmando en 
1748 el tratado de Aquisgram, y con Portugal por 
medio de otro tratado, que se celebró en 1750» el cual 
decidió la larga contienda del dominio de las tierras 
situadas al Este del Uruguay. Creó numerosas institu- 
ciones científicas y literarias, protegió á los hombres 
itostres, hizo adelantar el comercio y las industrias, 
«amentó la escuadra hasta dotarla de 50 buques, y, á 
ia vez que rebajó los impuestos, hizo prosperar tanto el 
tesoix) público, que dejó en él al morir 3 millones de 
libras esterlinas. 

Carlos III comenzó su reinado devolviendo á Cataluña 
y á Ara^^-ón sus abolidos fueros y i)erdoiiando á las ciu- 
dades ios crecidos impuestos que desde anos atrás debían 
á la Corona. Hallábase Francia desde 175t> comprome- 
tida en la Guerra de siete ano^que sostuvo contra Ingia- 
tWTíi, cuando ultrajes cometidos por ésta obligaron á 
España á aliai^e á F!*ancia por el Pació de familia, 
Ü7(il) en el cual entraron también Nápoles y Turiu. 
Como el«Portugal se inclinara en fovor de Inglaterra, se 
extendió á él la guerra de los aliados. Los portugueses 
I»erdieron en Europa dos provincias y en América pla- 
xas fuertes y territorios que ocupaban, y los españoles 
fueron vencidos por Inglaterra en Cuba, en Manila y 
eo el castillo del Morro. Esta guerra terminó en 1763, 
jH>r el traindo de Fontainebleau, en el cual se pactó la 
íesüiución de las presas tomadas y de algunos de los 
territorios conquistados. Como los portugueses no respe- 
taron en América las cláusulas de este acuerdo, sino 
que tomaron posesión de tierras cuyo derecho habían 
recí>nocido á España, Carlos IIT les decían') la guerra 
<4ra vez ; los españoles consiguieron señalados tiiuoíbs 
m las márgenes del Plata y en Río Grande, y obtuvieron 



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Í>4 BUísyLKJU HISTÓRICO 

por el tratado de paz de 1777 que se les reconociese el 

dominio de las rilieras del río (Waiule del Sud, cuya 
paciiicaenai fué robu^ieoida por otro U'atado de comercio 
que ambas potencias subscribieron eu el Pardo el año 
1778. Con ocasión de la guerra de la independencia 
norte americana, favorecida por Francia, atacó España 
á In^Lrlaterra. La campaña í'u<» tremenda. Lñs ingleses 
perdieron varias posesiones : pero, si bien íavoreridos 
por las tempestades y empleando balas incendiarias 
(prohibidas por el derecho) consiguieron mantener el 
peíuiü de (li frailar, < aya reconquisui había sido una 
de las principales aspiraciones de Carlos UX. Entre tanto, 
este ilustre monarca, que tuvo el tacto de emplear hom- 
bres de grandes cualidades, como lo fiieron Campo- 
manes y los condes de Aranda y Floridablanca, expulsó 
íí los jesuiias, reüenó el poder de la inquisición, dió 
muy notable impulso al comercio, á la industria, á las 
letras, á las ciencias, á la hacienda, al ^ército y á la 
marina, y devolvió á España mucho del esplendor y del 
prestigio que en otros tiempos había tenido. 

Sucedióle Carlos IV hasta 1807. Débil, indeciso, [pere- 
zoso y nada afecto á las ocupaciones gubernativas, 
abandonó los negocios públicos á sus ministros. Fué- 
roulo al principio Floridablanca y el conde de Aranda ; 
pero, no habiendo eviiado que los revolucionarios de 
Francia llevaran al cadalso á Luis XVI, vino al poder 
don Manuel Godoy, que había interesado á los reyes 
por su hermosura, pero ahsohuamente incapaz para 
gobernar. Dueño de la voluntad de Caiios IV y de 5vU 
esposa María Luisa, atrajo en poco tiempo sobre Espafia 
las mayores calamidades imaginables. Declaró la guerra 
;i Francia revolucionada, obedeciendo á sug'estioncs de 
Ingflaterra, |>ur vengar la muerte de Luis XVI ; ios íran- 
ceses invadieron la Cataluña y las provincias vascon- 
gadas, y la paz, que se firmó en Basilea el afio 1795» le 



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DK LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 65 



costó la isla de Santo Domingo y la obligación de auxi- 
liar al vencedor con tropas. Al afio siguiente se unió á 

Francia para llevar la guerra á In?>laterra, y tuvo que 
sufrir la dexTOta de su escuadra en el cabo de San 
Vicente. La misma alianza lo obligó á enviar un ejér* 
cito contra Portugal en 1800, por impedir que Ingla* 
térra aprovechara los puertos do esta nación |>ara su 
comercio ; y si bien la paz celebrada en 1801 le permitió 
establecer buenas relaciones con los ingleses y retener 
la ciudad de Olivenza, no se resarcieron con ella los 
grandes sacrificios de la campaña, á los cuales se agregó 
la cesión de Luisiana con 6 navios y más de un millón 
de pesos á Francia y de Trinidad á los ingleses. En 
1801 tuvo que auxiliar á Francia con 15 mil hombres 
destinados á las guerras del Norte. Habiéndose roto las 
hostilidades entre Francia é Inglaterra en 1803, y exi- 
gido aquélla que España concurriese con 24 mil liom- 
bres, en cumplimiento del tratado de 1795, Carlos IV 
compró el derecho de abstenerse pagando un ñierte 
subsidio anual, })ero Inglaterra, que no aceptó est^ 
modo de ser neutral, apresó tres fragatas españolas que 
iban de América cargadas de plata y echó á pique otra 
(1804). Obligado entonces Carlos rvá aliarse con Francia, 
perdió en Traíalgüi- su brillante maiMna (1S05). Al año 
subsiguiente envía un ejército Napoleón contra Portugal 
por peijudicar el comercio inglés, pero ese ejército es 
acompañado por otro de España, la familia real portu- 
guesa huye con su tesoro al ]>rasil (1807) y el general 
íraücés proclama rey á Napoleón. En este mismo año 
había conseguido el emperador que Carlos IV le cediera 
d Norte de España, basta el Ebro, en cambio de sentar 
en el trono de Portugal á una hija del último y en el 
<íe Alg*arves á Godoy ; pero esta promesa no se cumplió, 
tomo se vé, y aquella adquisición fué el prólogo de una 
Monía sin cjjemplo. 



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60 



BOSgUKJU HISTÓRICO 



XXIII. — España In^o el imperio de Ñapóle^ I 

Lo resumido en el aríiVuIo antoiior da idea, auiiiiue 
iiicomideta, de lo desastroso del reinado de Carlos IV. 
España había agotado las flierzas materiales y morales 
acumuladas por los tres monarcas que le precedieron ; 
halu'a sido vrncida, humillada y explotada en el exterior 
y en el iiuerior, abochornada por desórdenes escanda- 
losos de la corte, tuvo además que ver desquiciarse 
cuanto signiflcaba alguna señal de progreso. Se ha 
dicho <¿ue, al entrar en el siglo XIX, la civilización 
española distaba más de un siglo de la civilización 
general de Europa. Y toda esta ruina se debía al iañi\io 
omnímodo de Godoy. Sin embargo, el rey y la reina 
seguían enamorados más que nunca de su favorito, y 
con tanius títulos y honores lo hal)ian culin.ulo, que no 
pareciendo suticientes los creados se crearon especial- 
mente para él, y aun los cegados monarcas lamentaban 
que su inventiva no les sugiriese otros mayores. 

El pueblo, que liabía estado cuiUemplando con estu- 
)inr y honda pena las desgracias del país y la conducta 
de los reyes para con la (Unesta personalidad que ellos 
mismos habían creado de la nada, concluyó por odiar 
á Godey, por persuadirse de que nada bueno había que 
esperítr ya del indolente Carlos IV, y ])or puaer todas 
sus esperanzas en el príncipe de Asturias. Éste, á su 
vez, más por ambición qu viitud, se declaró ene- 
miiro del favorito, y aspiró á arrebatar el trono d su 
padre. Tales ambiciones y enemistades fueron causa de 
que ociu'rieran en la corte sucesos muy escandalosos, 
éstos determinaron al pueblo á sublevarse en Arai\juez 
contra Godoy en Marzo de 1808, y el rey, temeroso de 
que bU favorito perdiera la vida, ab.iicó la comna en el 
principe de Astm^ias, quien lomó el nombre de Fer* 



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DE LA REI'CbLICA ORIENTAL DEL ÜRÜÜUAY 67 

nando VII, en medio de entusiastas festejos populares. 

Napoleón I, que perseguía el pensamiento de apode- 
rarse de toda la Península, aprovechó la oportunidad 
que le presentaron los desastres de España y los increi- 
bles desórdenes de la fanúlia real, para llegar á su fin. 
InTOcando la alianza que existía y las necesidades 
de la guoria de l'ortugal, obtuvo de ('arlos IV el per- 
miso de pasar un nuevo ejércitx>. Éste, dividido en 
varios cuerpos y constante de 100 mil hombres, entró 
en España por diversos puntos (Enero de 1808) y ocupó 
varias plazas imponaiucs. Esto hecho, el g'eneral 1 i an- 
ees que operaba en Portugal desde ISOC) proclamó rey 
á Napoleón (Febrero); Mural ocupó á Madrid mientras 
Carlos abdicaba, y cuando Femando VII entró en la * 
ciudad aclamado por el pueblo, se vió que el generalí- 
simo de las tropas riancesas le negó el reconocimiento 
de la autoridad real que acababa de recibir, y que, 
anunciando la venida del Emperador, indico á Carlos, 
á Femando, á toda la familia real y á Godoy á que 

^alierau al camino para rcci))irlo. 

Los tres fueron á Francia : Fernando con el ánimo de 
hacerse reconocer rey; Carlos, arrepentido de haber 
abdicado, con la pretensión de que su h^o le devolviera 
la corona ; y Godoy con la esperanza de conservar su 
posición mediante el resuiblecimiento de Carlos en el 
trono. Todos ellos buscaban en Napoleón I al juez de su 
derecho; pero el Emperador obligó en Bayona á Fer- 
nando á que abdicase en favor de su padre y á éste á 
que le entregase el cetro (i é\ mismo, con lo cual la 
larnilia napoleónica sucedió á los borbones (Mayo de 
1808). £1 emperador reunió en la misma ciudad un con- 
greso para que ratificase la cesión de Carlos y no tardó 
on nombrar á su heriiiciiio José Bonaparte rey de Ks- 
pauay de las Indias (Junio). 

En cuanto el pueblo se convenció de que los que 



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Bi>S4^U£JO HISTÓRICO 



pagaban por alia-los se habían convertido pérfidamente 
en coniiuUtadores, se levant«> en toda España espontá- 
neameate v comenzó á luchar individuo contra indivi- 
dúo írr"p"> c<intríi imipo, ejército contra ejército, niños, 
m'ijeros y hombros de Traf>ajo contra mi!it;uvs a;j:'uerri- 
dos^ con armas ó siü ellaa^ cada cual como podía. Sin 
concierto previo desconocióse en todas partes el derecho 
de la naoTO dinastía, proolamtise A Femando VII, cada 
provinria n'^inbn') \.inn j>f/>M para que !a gobernase, y 
todas enviaron después dipuutdos pai'a que compusiesen 
la Jtinfa siepre)fia de gobíei^no, así que los españoles 
^ marón la famosa batalla de Bailen (1808). Esta junta, 
instalada ♦mi Araiibit^T, tuvo que trasladarse .i Sevilla, 
> lue^) a la isla de León, en donde se constituyó tam- 
bit^n un Consfiio suprt*mo de regencia para que supliese 
la autoridad real unviitras Fernando VII estuviese 
detenido en Francia. Á k>s espiiüoies se unieron los 
iiijrUws on la puerra, y ésta continuó sangrienta y te- 
rrible durante seis anos. 



PORTUGAL DBSDE EL SIGLO XVI HASTA 1810 

XXIT. — KttSTMid€«hBÍeBto ét P^rtvnl ea f I sifla XTI 

Los descubrimientos hechos por los portugueses en 
Africa, Asia y América dieron á Poriu¿:al imporiaii<*ia 
suma y renombre. Esta monarqma estableció colonias 
por todas partes y se puso en relación con chinos y 
japoneses, por manera que su comercio, su marina y su 
poder político crecieron liiui ho en el d^M urso del siglo 
^^l. nnuíjue no tanto como hubieran aumentado silos 
colonos del Brasil hubiesen estado sometidos á una 



Capítulo ii 




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DE LA REPÚfiLlCA URIKKTAL DEL URUGUAY Ü9 

sabia organización y hubiesen sido más arreglados en 
su conducta. 

XXT. — Fortagal \m¡Q la dMlaacién etiiaftola 

Portugal fué conquistado por Felipe II en 1580, y con 

é\ pasaron al dominio de España las posesiones portu- 
guesas de América, Africa y Asia. Conocido es ya el 
despotismo con que la dinastía austriaca gobernaba en 
Espaüa. No era más blanda en los otros países que le 
obedecían. La tiranía que desplegó en todas partes el 
conde-ílu(iUc cU* olivares, primer ministro de Felipe IV, • 
8uper(> á la de Felipe il; y tanto, que, no pudiendo 
resistirla los catalanes, se sublevaron con el auxilio de 
la Francia por emanciparse. Portugal estaba airado así 
pc»r liaber perdido su indep(Mulencia como por la dureza 
exti*ema del gobierno, cuando sus nobles fueron llama- 
dos á la guerra que se seguía contra Cataluña. 

La irritación de los ánimos se aumentó con este 
motivo de tal modo, (|ue los pc t ni-iieses se rebelaron, 
se déelararon nidepeudieiues, y llamaron al trono al 
du^ue de Braganza con el nombre de Juan IV (IG40). 
La guerra duraba aún, cuando este rey fué sustituido 
por Alfonso VI, su hijo, en lObú. De conducta en 
exucmo desarreglada, pesó el nuevo rey como una 
desgracia en su patria. Su vida fue una sucesión de 
escándalos. Los ingleses le exigieron Bombay y Tánger; 
los holandeses se apoderaron de las colonias de las 
Indias. Pasó los tiltimos años de su vida en el encierro 
y murió adiado por su pueblo (1G83.). 

XXTI. — Fortag^al mo el inflijo de IngiaUrra 

A Aiioiiso sucedió su heru^ano Pedro II, que ejercía 
la regencia desde 1007. £n 1068 ajustó la paz con 



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70 BOSQUEJO HISTÓRICO 

España, quien reconoció la independencia de Portugal, 

si bieu quedándose con la africana de Ceuta. Hizo 
florecer el comercio y las arles y asegui(5 la i^a? de su 
reino contra eventuales ambiciones de España mar- 
chando de acuerdo con Inglaterra, la cual se prevalió 
después de estas relaciones para influir en la política 
portuguesa en favor de su interés comercial. Uno de 
los actos debidos á esta influencia filé el haber acom- 
pañado á inofleses y austríacos en la guerra que hicie- 
ron á España cuando vino la familia borbónica al trono 
de este estado, invadiéndolo y tomando las principales 
ciudades de Estremadura (1703). 

Muerto de apoplejía en 1706, vino al poder Joan V. 
biguio el ejemplo de su padre, haciendo causa común 
con el Austria, pero lo derrotaron ios franceses. Desde 
la paz celebrada en Utrecht (1713) gozó de tranquilidad 
y se dedicó á hacer prosperar las ciencias, las letras y 
las rentas públicas. Fundó la academia iwtuo^uesa y 
restringió el poder de la inquisición ; pero este espíritu 
no le impidió celebrar con fausto extraordinario las 
fiestas de la Iirlcsia. 

Su hijo José I ocupó el trono en 1750. Le acompañó 
el ministro marqués de Pombal, que se hizo célebre por 
sus actos de gobierno. No le permitieron los compro- 
misos con Inirlaterra absteníase de auxiliarla en la 
Guerra de siete años, que le fué desfavorable, pues que 
perdió dos provincias en Europa y posesiones en Amé* 
rica. Pero, hecha la paz en 1763, el ministro Pombal 
se aplicó á combatir la prepotencia comercial y política 
de los ingleses, abatió el poder de los nobles, expulsó á 
los jesuítas, reprimió á los inquisidores y dió notable 
impulso á la civilización. 

Pero vino lue^sro María I (1777), quien, como si 
hubiese traído el propósito de deshacer la obra que dió 
gloria al padre, restituyó su poder al clero, á la inqui- 



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DE hJL REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 71 

sidí^n y .í la nohlezfi, así como ronsintió que Inírlaterra 
Foáfiese á tercer su costoso iañi^o. Padeció larga 
meiancolia por la muerte de su marido y por fin vol- 
vióse loca por temores religiosos que le infundir) su 
»?onfesor. Durante el primero de estos esia l- ^ iiu ntales 
la suplió su hyo Juan en el gobierno como auxiliar 
(desde 1793) y después como regente (desde 1799). La 
revolucitli. íiancesa, que conmovió desde el primer día 
i'>dos ios tronos, obligaba á los monarcas á de^pieg^ar 
iDQCbo genio para conjurar el peligro ; pero Juan no lo 
turo. Lo habían educado su madre y los clérigos, y for- 
maron en él un místico ajeno á la vida re.il y á las 
necesidades del mundo. No fué difícil, .pues, imponerle 
ministros incapaces, susceptibles de servir dócilmente 
de Instrumento, y que éstos hicieran de él lo que qui- 
aeran. Entre los errores írrave^s de este frobierno sr>bre- 
saie el de haber secundado á España y á Inglaterra en 
la guerra que en 1793 declararon á la Francia republi- 
cana, por obedecer á la segunda, pues sacó de esa 
empresa la peor parte, tuvo que soportar la prei^otencia 
ilimitada que los ingleses ejerciemn en Lisboa, y se 
atrqo la malquerencia de Napoleón, que habla de serle 
limesta. 

UTIL Portagal mo el foén át lísfelete Bonanrte 

Halñendo sido enemigas Inglaterra y Francia cons* 

hntemente desde la muerte de Luis XVI, se propuso 
Napoleón combatir la preponderancia comercial de los 
ingleses; y como éstos disponían y abusaban de las 
complacencias de Portugal, así como los franceses 
tenían ^ran'^da la voluntad del rey de España, resulto 
(oe la monarquía lusitana tuviera que sufrir la guerra 
qoe en su territorio hacía Napaleón á los ingleses y que 
aquél contase para ello con la cooperación de Carlos IV» 



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72 BOSQUEJO HISTORICO 

Es así que en la guerra de 1600 mandó Napoleón á 

Portuprai un rjíTcitü francés, acoinpaiiado de otro espa- 
ñol, por desalqjar la iuüaoacia inglesa y cerrarle los 
puertos lusitanos. Los portugueses perdieron una parte 
de la Guayana y la plaza de Olivenza, y tuvieron que 
¡KiLiciv una fuerle suinci cü düicro. Vuelven los ingleses 
á conseguir ios favores del regente don Juan, y Napo- 
león á lucliar con loe ingleses, en cuanto de Cónsul 
1^ pasa á ser emperador de los firanceses. Don Juan, 
tcniLiuso de este despota, se mantuvo durante algim 
tiempo en actitud equívoca; pero, uiiiigado á declararse 
eneniiu*' de Francia ó do Inglaterra claramente, se 
decidió á ser amigo y aliado de Francia y de España y 
se obligó á cerrar los puertos de Portugal á la Gran 
Bretaña. En Noviembre de 1807 llenó á ordenar el 
secuestro de los subditos y de las propiedades inglesas 
existentes en Lisboa. 

El gobierno inglés ordenó inmediatamente el bloqueo 
del Tiijv, »• iiiuiii*'» al ri iiiciite re^^ente que le entregase 
la escuadra, ó que se sirviera de ella para trasladar 
la familia real al Brasil. 

Mientras tanto los ejércitos de Francia y España 
habían invadido el territorio portugués en son de 
guerra, y el primero estaba cerca de Lisl)oa. Viendo el 
Regente que su conducta para coa Inglaterra (dema- 
siado tardía quizás) no lo salvaba de la enemistad de 
Napoleón, aceptó la intimación del gobierno inglés, se 
embarcó en su escuadra con la familia real, lus minis- 
tros y las personas que componían la corte, y tomó ei 
camino del Brasil, publicando un decreto por el cual 
declaró que, habiéndole sido imposible conservar la 
neutralidad, ú pesar de liabcr agolado su tesoro y hecho 
ei sacrificio de cerrar los puertos á su antiguo y leal 
aliado el rey de la Gran Bretaña, había resuelto, por 
evitar al pueblo los peligros de una resistencia inútil al 



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DE LA RK1»ÚBLICA ORlEíiTAL DEL URL'ÜUAY 73 

ctiércilo que se acercaba á la capital, partir á sus esta- 
dos de la América }- íijar su residencia en Río de 
Janeiro hasta que se restableciese ia paz general de 
Europa. 

Rl general Junot, jefe del ejército invasori proclamó 

entonces á Napoleón rey de Portugal, á consecuencia 
de haber declarado el Emperador depuesta la dinastía 
de Braganza. Sin embargo» los ingleses ocuparon á 
Lisboa y la gobernaron como si les perteneciera, á 
pesar de haber enviado Francia en 1808, 1809 y 1810 
tres ejércitos para desalojarlos. 

CAPÍTULO III 

EL BRASIL HASTA 1810 

XXmL La gran lüm dlTltorla de las posesiones espauoUs 
7 p«rlagMM en IfHea» Isla y Amériea 

Los poríuOTeses habían hocbo, como ya se ha expre- 
sado, descubrimientos en las cosías occidentales del 
África y babían llegado á las Indias asiáticas doblando 
ei cabo de Buena Esperanza antes que los españoles 
hubiesen descubierto la América. Así que este descu- 
brimiento se efectuó, los reyes de España y Portugal 
soUciíaron del papa Alejandro VI que interpusiera su 
autoridad suprema, como representante de Dios que 
era, adjudicándoles el dominio de las tierras ya descu- 
biertas y que en adelante descubriesen sus súbdiios. 

El papa decidió que en adelante pertenecerían á 
Portugal las tierras que descubriese al Levante de una 
Knea meridiana situada á cien leguas de las islas 
.\20res y las de Cabo Verde, y que pertenecerían á 
España las que ésta descubriese al poniente de la 
misma línea meridiana. Pero, no habiéndose confor- 



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74 BOSQUEJO U16TÓKÍC0 

mado con esta decisión el gfobierno portugués, ambos 

soberanos celebraron en 1494 o\ tratado de Toi\ie>ill:is 
izando la línea meridiana divisoria á 3ú0 leguas al 
Oeste de Ca)>o Verde. 

XXIX. — DescnMuiiento y ex|»lorftei6ii del Brasil 

En Noviembre de 1499 salió de España Vicente 
Yáíiez Piüzun, cruzó el mai del Norte y llegó en Enero 
do 1500 á tierras desconocidas. El punto descubierto 
pertenecía á la costa del Brasil y estaba próximo al 
Amazonas. Descendió en otros pangos de la misma 
costa y hu'iTt) rei^resó á Esp¿ifia. 

Pedro Aivarez Cabral salió á su vez de Portugal 
mandando una escuadra que había de ir al Asia para 
ase^?urar las posesiones allá adquiridas. Pero, como 
marchara ú cierta distancia de las costa?> alriranas, las 
corrieutos del AilaiiiiiN», desconocidas entonces, lo 
arrastraron tanto de Este á Oeste, que dió sin pensar 
con tierra de que no tenía noticia, en Abril de 1500. 
Esa iierra era tambiea parte del Brasil y estaba cerca 
de Puerto Se^mro. 

Es decir que con intervalo de tres meses tuvo el 
Brasil dos descubridores: uno espafiol primero, otro 
portugués más tarde. Pero, más lista la corona de 
Portugal que la d»^ España, se apresuró á tomar iK>se- 
sión de los descubrimientos de Cabral y á hacerlos 
explorar, acaso en el concepto de que estaban com- 
prendidos en el hemisferio oriental del meridiano seña- 
lado ea el tratado de Tordesillas. 

XXX. — IaeertMaite« m«vb»4« ki IiMa41vlMria ea ÁMértoa 

Nació inmediatamente la cuestión de si los lugares 
descubiertos por Yáñez y Cabral estaban dentro de los 
límites de Portugal ó dentro de los de España. Calcu- 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 



lahm los españoles que la línea meridiana que separaba 
ambos 'lomiiiios pasaba por la boca del río Maraíión. 
Los portugueses sostenían que la linea pasaba mucho 
más al Oeste, y llegaron á pretender que por muy cerca 
del rio Uruguay. Según el primer parecer, no i)ertene- 
da á los portugueses más tierra americana que la 
situada al (tríente del meridiano 53, (longitud de París) 
pero según el segundo parecer les pertenecía la gran 
extensión situada al Este del meridiano 60. 

i Qn'wn «'>taba en lo verdadero ? Para saberlo liabría 
sido indispensable demarcar en el suelo los puntos por 
donde pasara la línea divisoria que en Tordesillas se 
acordó. Geógrafos nombrados por los dos gobiernos 
varias veces se reunieron para delimitar las posesiones, 
pero no pudieron resolver nada, porque mientras unos 
entendían que las 360 leguas debían partir de una isla» 
entendían los otros que debería partir de otra; aquéllos 
lomaban una legua como unidad de medida, y éstos 
oira de diferente loníritud: y, romo si estas desave- 
nencias no bastaran para diücultar la solución, se 
agregaba que los instrumentos, demasiado imperfectos, 
no daban á españoles y portugueses iguales resultados. 
Es decir que, no habiendo pudido entenderse sobre la 
demarcación de la línea divisoria, no podían ponerse 
de acuerdo las dos potencias sobre si tales ó cuales 
pontos dados pertenecían á una ó á la otra, de cuya 
incertidunilii o tenían que ¿urgir necesariamente nume- 
rosas disputas, 

XXXI. — Las eapitanias del Brasil 

EH rey de Portugal no se sintió arredrado por tales 
dificultades, sino que, aprovechándose hábilmente de 
btt circunstancias en que la política europea tenía 
absorbidas la atención y las flierzas de España, ocupó 



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7(> HoSyrEJO HISTÓRICO 

rápidamente casi toda la costa oriental de SuU Aiuérica* 
que queda al Norte de Santa Catalina» la dividió en 

capitatnas y lu rolonizi». Para \7y¿'¿ ias capiianias oran 
14. La más scpicniriunal era la de Gran Para; la más 
meridional la de San Vicente. Sus trentes al océano 
Atlántico eran muy desiguales. El mayor era el de 
Gran Pará, que contaba K^O 1oíj:ii as. Ei frente menor 
era de (> leguas. Los deiuas ucupaban términos iniei- 
medios, que se acercaban al máximo ó mínimo ; pero 
ninguno era mayor de 125 leguas ni menor de 25. La 
capitanía de San Vicente no tuvo latitud fija, pues á 
veces no [)asi'> al Sud de la isla de Santa Cataima y uiras 
voces se ha pretendido que llegara hasta el río de la 
Plata. £n cuanto á la extensión desde la costa hacia el 
Oeste, era indefinida : cada capitanía podía ocupar 
hasta donde los españoles iierinitieran. 

£1 rey ac^udicií cada oapiiania á un hidalgo u á una 
persona que se hubiese distinguido por sus servicios, y á 
titulo de recompensa. Los titulares podían disponer de las 
tion asy de los indiosdesu respectiva oa[»itanía con mucha 
libertad. Cada uno era gobernador y ca[)iián general; y 
estaba investido, por lo mismo, de autoridad política, 
civil y militar. Sus derechos y facultades eran semi-sobe- 
ranos, y pasaban ásus hijos hereditariamente. La corona 
se había resorvailu el décimo de lus productos y o l derecho 
de acuñar moneda. Como estos gobernadores eran inde- 
pendientes entre sí, y no había una autoridad superior 
que armonizase sus actos administrativos, cada capitanía 
fué gobernada como á su jefe le plug-o, y su admi- 
nistración difirió de la de las otras más u menos, 
según las aptitudes é ¡deas del gobernador. Aparte de 
estas diferencias, nacieron rivalidades y conñictos de 
derecho entre las capitanías, que no podían dirimii^se á 
juoiiudo de otro mudo que por la luoiza. El interés» de 
reprimir tales desórdenes, á la vez que el de dar unidad 



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DE LA REPt-BLICA ORIENTAL DEL ÜRÜOÜaY 77 



al gobierno como medio de que las fuerzas de unas 
capitaoias sirvieran para salvar de peligros á otras, 
movió al rey, en 1549. á abolir ali,nmos privilegios de 

los í^ol)ernadores y ;t establecer uno íreneral con plenos 
p. M iei os en materia civil y criminal, quien estableció en 
la había de Todos os Santos la capital del Brasil ó 
Nueva Lnsitania, fundando y fortificando la ciudad de 
San Salvador, conocida comunmente por el nombre de 
Hahia. Esta gobernación única dui^'> veintidós aíios. En 
1572 se dividió el Brasil en dos ¿robiernos: uno del 
Norte, con Bahía por capital, y otro al Sud, cuya capital 
se estableció en Río de Janeiro : pero cuatro años des- 
pués se restableció la gobernación única dándole asiento 
en Kio de Janeiro. 

Alfanas capitanías prosperaron en población é indus- 
tria, otras no. Todas tuvieron que luchar con los salva- 
j\s y las huís fueron teatro de desórdenes internos, 
debido á que los colonos que las poblaban no eran 
^empre de clase escogida y á que se incorporaban á 
ellas demasiado á menudo malhechores y gentes de 
malas costumbres que huían de la justicia de Portugal 
ó que las autoridades del reino coniinaban, 

XXXn. — La eolonla ae Saa FéqIo 

La capitanía de San Vicente merece atención especial 
\^rque era la m;í$ inmediata á las posesiones españo- 
las ríoplatenses, y porque en el interior de su territorio 
se fundó y floreció una colonia que gozó de mal renom- 
bre dorante mucho tiempo. 

Es la colonia de San Paulo, que se estableció hacia 
1554. La compusieron personas de diversas proceden- 
cías» entre las cuales abundaron las de ^ costumbres 
depravadas y aventureros indisciplinados. 'Esta pobla- 
ción se mantuvo durante más de un siglo sin sujeción 



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78 



al rey de Portugal, ni al gobierno general del Brasi 
ni al gobierno particular de San Vicente. Obró ce 
entera independencia de autoridades humanas, y < 
preciso agregar que también con indet^endencia de 1í 
leyes naturales que regulan la vida moral de los hon 
bres. 

Tomaron por mujeres, sin las formalidades que 1 
civilización prescribe, á las indias. Muchos de ellos, 
de los mestizos que engendraron, se mezclaron con le 
negros esclavos que el Brasil importaba del África y ú 
Europa, y resultaron de estas uniones íreneraciones d 
zambos y mulatos que compusieron la clase denominad 
de los mamelucos, casi nómada, de instintos bárbaroí 
incansable en sus correrías. 

Los portugueses esclavizaron á los indios salvaje 
como á los negros africanos. La condición de aquéllo 
fué más desgraciada en el Brasil que en las posesione 
españolas, porque mientras acá muchas leyes defendíai 
la libertad del indígena y no faltaban autoridades qu 
vigilaron el cumplimiento de la ley, allá faltó la proiec 
ción del monarca y los gobernadores se cuidaron poc( 
de hacer respetar el carácter humano de los salvajes 
Es así que se generalizó la compra-venta y la permutí 
de indios tanto como la de africanos. 

Los mamelucos se dedicaron, pues, á cautivar indi 
genas y al abigeato, y á comerciar con los hombres > 
las bestias, cuando no los empleaban ellos mismos er 
los campos que violentamente se apropiaran. Laí 
grandes distancias que solían recorrer, ya solos, ya ei 
unión con tribus salvajes aliadas, la audacia y el tesón 
que desplegaron, y la crueldad de que hicieron alarúe 
contribuyeron á extender por toda la América del Sud 
Va fama de sus empresas, y á qtie nadie oyese su nombra 
^una extí^nsa zona sin horrorizarse. 




V 



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HE LA REPÚBLICA 0R1£KTAL DEL URUGUAY 79 



£i firasil ha sido codiciado en diversas épocas por 

Tanas naciones europeas, pero principalmente por los 
franceses y los holandeses. Las primeras invasiones 
francesas se verificaron en el siglo XVI, por motivos 
rdi^'osos. La reforma de Lutero se había extendido al 
li-oJiodia Je Europa, y las autoridades de Francia y de 
España la perseguían terriblemente. El almirante 
francés Gaspar de Coligni, que profesaba el calvinismo» 
se hizo protector de los perseguidos y concibió el 
proyecto de íbrmai' <ju América colonias con los |)rotes- 
laiiies franceses que huyeran de la sangrienu iniole- 
ruda de los parlamenté y reyes católicos* La primera 
expedición, autorizada por el rey de Francia (Enrique II) 
jMrüó en lór)."} en ires buques de guerra bajo las « u-denes 
del vice-aliiiiraate Villegagnon, se apoderó de una isla 
próxima á Río de Janeiro, la fortificó, hizo construir 
chozas, y luego hizo acto de posesión de las tierras 
conLineníales poniéndoles el nombre ác Francia antár* 
tica. Á fines del año siguiente partió oira expedición 
en tres buques armados bajo las órdenes de Dupont, la 
c«al se unió en el Brasil á la anterior. Pero las discu- 
í5]nnes religiosas dividieron pronto á los franceses; 
muchos de ellos pasaron al continente« y allí ñieron 
atacados y muertos ó prisioneros por los portugueses á 
los doce años de ocupación, y los demás regresaron á 
Europa. Este suceso fué la causa de que se fundara la 
dudad de San Sebastián ó Río de Janeiro (1567). 

En 1611 partió otra flota de guerra, enviada por 
María de Médicis, reina regente de Francia por la 
íoinoridad de Luis XIII, la cual lomó posesión de Mara- 
tón y fiindó la ciudad de San Luis. El Brasil pertenecía 
entonces al rey de España. Los franceses fueron ata- 



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80 BOSQUEJO UISTÚRIGO 

cados á los tres afios de su ariil*u i>or fuerzas portu- 
guesas, y ol)Ii«¿adu.s á reürai^e d^ando los edificios y 
fortalezas que habían constraído« 

Transcurrió un siglo sin que los franceses intentaran 
nuevas conquistas en el Brasil. Declanula la g-uerra de 
sucesión á la corona de Espaúa, al encontrarse Francia 
y Portugal en campos opuestos pensó la primera en 
despojará la segunda de algunas de sus posesiones ame- 
ricanas, y envió una escuadra con 1000 hombres de 
tropa mandatk)b por Duclerc en 1710, y otra bajo las 
órdenes del célebre Duguay-Trouin con 5700 hombres 
en 1711. Duclerc atacó á Río de Janeiro y consiguió' 
penetrar en sus calles; poro, no pudiencio resistir el 
luego que se le hacía de las casas, tuvo que rendii-se 
cuando ya había perdido la mitad de so tropa. Murió 
él asesinado, v los heridos y prisioneros padecieron en 
las prisiones ele hambre y de miseria. La segunda 
expedición tuvo i<'*v olijeto vengar estas crueldades. 
Penetró en la bahía de Río de Janeiro afrontando el 
vivísimo fliego que le hicieron las baterías que defen- 
dían el puerto, desombarci'. 4000 hombres, intimó á la 
plaza la inmediata entrega de los autores de la muerte 
de Duclerc para hacer en ellos q'emplar justiciat y, 
como no fuera satisfecho, llevó el ataque, tomó los 
fuertes, recuperó 5ü0 i>risi<)neros de Duclerc y obligó al 
gobernador portugués á abandonar la plaza y á atrin- 
cherarse á poca distancia. Concluyó esta campaña 
recibiendo Duguay como indemnización 610 mil cruza- 
dos, 500 cajas de azúcar y :.^uO animales vacunoü, y 
volviendo con su escuadra á Francia. 

De mucha mayor importancia que estas invasiones 
füeron las que operaron los holandeses dunuiie el 
medio siglo que siguió al ano 1024. En este año partió 
una escuadra de 32 buques de guerra, armado cada 
uno con 28 á 36 cañones» y 1600 hombres de desem* 



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DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 81 



barco. Su jefe recibió la orden de apodfTarse de la 
capitanía de Bahía, y la cumplió tomando á viva fuerza 
la capital, y obteniendo de la mayoría de sus habí* 
tantesel juramento de fidelidad alas Provincias Unidas 
de Holanda. Pero, habiendo venido en el año siguiente 
una escuadra española y otra portuguesa, combinadas 
para retomar la ciudad con 12000 hombres de tropa, 
tuvieron los holandeses que capitular y volver á su país. 

Entonces propuso la Compañía de las Indias occiden- 
tales al Consejo de los Estados generales la conquista 
del Brasil y del África occidental como medio de per- 
judicar á España, su enemiga, y de hacer prosperar á 
los liolandeses comercial é indiistrialmente. El Consejo 
mencionado autorizó á la Compalíia para emprender la 
conquista equipando una escuadra de 70 buques y 
mandar á su bordo 8000 soldados y 5000 marineros. 

Esta guerra empezó en 1629 con una escuadra de 
46 buques y 70UO y iantos bombines, que partió írac- 
donada en pequeñas divisiones. Los holandeses se 
apoderaron sucesivamente de diversos puntos de la 
cosía brasileña sei)tentrional. Su posesión fué constan- 
temente disputada con sucesos diversos. Estos fueron 
en general favorables á la conquista. Pero desde media- 
dos del siglo XVII los portugueses vigorizaron su 
del'ensa; poco des[)ués of)tuvieron repetidas ventajas; 
Holanda suspendió sus exi)ediciones, y por liu, asegu- 
rada la independencia de Portugal, se entró en la vía 
diplomática. Interrumpiéronse las negociaciones varias 
v^ces, mas, prosegni(bis de nuevo, dieron por resultado 
que en 1654 se lirmara un tratado por el cual los 
holandeses evacuarían los puntos que ocupaban en el 
Brasil, y que en 1661 celebraran las Provincias Unidas 
> Portugal en la Haya un tratado de paz y de alianza. 

e 



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82 



Jíü:>QI;KJ<» HISTORICO 



XXXIV. — ProinreMM 4el Brasil. £1 TimiMto 

Las invasiones extranjeras tuvieron el efecto de esta- 

blecíM' vínctilos cstnv'hos ontre las ('a|>it:i;ií;is por ol 
ínteres ( (uinui de defendei'se, (ie hacer levantar imine- 
rosas fortirteaciones, de abrir extensas vías de comu- 
nicación, de desenvolver el comercio y las industrias, 
de v.iltii wi.ir íiiMTas y de templa!" <1 cai.'ií'rer. 

En la primera ihít-kI <l"l siglo XVill a<lrlantó la 
administración, la población creció y la explotación de 
minas tomó mayor importancia. 

El r«'V Josr I conslituvó el virreinato del Drasil, con 
re.sidencia en Río de Jaueii*o (1T(V2), y el ministro Pom- 
bal impulsó los progresos de la colonia de modo que 
honran su esclarecido nombre. 

Los suc*>os orurridos en Portii;;al en 1S07 vinieron 
á dar nu^'vo empuje á estos adelantos, jmes que al U'as- 
ladarse al Brasil la familia real trigo consigo la fuerza 
intelectual, el brillo y el prestigio de la corte. En 
cuanto llr2Ó el relíente ;i pnerto brasileño (Enero ISOS) 
dio un decrett> aboliendo oi sistema de monopolio que 
de antiguo existía, y permitiendo que se comerciara 
libremente con todas las naciones amip-as del mundo, 
á cuyas navos (piedaban abiertos l(»s pnoríos del Uí*asil. 
En Mar/(^ esíabbH^ió la capital Bahía, provisional- 
mente. En Abril declaró que todo brasileño i)odía pro- 
fesar cual |uier nulusma, sin exce[)ción de cosa ni de 
persona. 



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♦ 



VE LA RKTCBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 83 

CAPÍTULO IV 

KL KÍÜ DE LA I'LAIA UA8TA 1810 
SECCIU.N l 

OrganiiiJLciún política y adminisiraíica del Rio 

de la Piala 

XXXT. Be divide en di» ki gobenuetén del Pmngmj 

Asegurada la dominación de los pueblos situados 
entre los Andes y el Uruguay, pudieron los conquista- 
dores entregarse más libremente que hasta entízneos á 
colonizar el país y á organizar la administración pública, 
cosas ambas reclamadas por los intereses económicos, 
iii(»rales y políticos así de la¿> poblaciones del Río de ia 
Plata como de España. 

Hernando Arias de Saavedra había demostrado al 
^biemo de la Península que no sería fácil gobernar 
estas culonius, si la adiiiinistración tuviera, como habla 
«monees, el solo centro de la Asunción del Paniguay. 
La conquista del interior meridional se veriíicaba inde- 
pendientemente de af}uella autoridad, y los gobernantes 
tjue esa cuiiquista nHpiirió funcionaban con iirual inde- 
pendencia. jNO se re) )Utabaa gobernadores del Paraguay 
6 del Rio de la Plata ; eran gobernantes de Cuyo y del 
Tucumán, que era como decir de otros estados. Tai 
dualidad era incompatilde con los intereses primor- 
diales del Piala, pues el país, de los Andes al£sie, era 
geográficamente uno; la naturaleza lo separaba de 
Chile V del Perú, v tenía su natural vía directa de comu- 
ni» aciou, con el soberano y con toda la Europa, en el 



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84 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



gran río y en el Océano del Korte (Atlántico) que bañan 
sus costas. 

Por otra part<?, habíanse fundatlo otras eoluiiias, 
además de Buenos Aires, a lo largo del Paraná, las cua- 
les requerían la atención constante é inmediata de las 
autoridades. Situado el gobierno en la Asunción, y 
separado por lar¿jas distaiirias de sus (ioininios, ejercía 
el poder con irregularidad acrecentada por la iinper- 
fección y escasez de los medios de comunicación. Esto 
era peligroso hasta para la integridad del territorio 
conquistado, pues la tentativa de un corsario inglés por 
apoderarse de Martín García y la de un pirata de la 
misma nacionalidad por tomar á Buenos Aires revelaban 
que en los extrai\jeros empezaba á obrar la idea de 
arrebaiar ;i los españoles sus posesiones meridiu lu iles. 
Estaba claro que tal propósito sena tomeniaílo por el 
aumento de las colonias en námero, en población y en 
movimiento, como lo estaba que la de Buenos Aires 
adíiuini 1 I jirouto, por su situación, excejxñonal impor- 
tancia y cru la naturalnienie destinada^ servil' de cen- 
tro al desenvolvimiento de las poblaciones que vivían 
entre el Uruguay y los Andes. 

No íüé, pues, muy difícil a Hernando Arias llevar al 
ánimo del Rey la convicción de que era urgentemente 
reclamada la división del gobierno de estas regiones. 
Así filé que, conservando el territorio de Cuyo como 
parte de Chile y la provincia de Tucumán bajo la 
dependencia de su gobernador, separó en lü::^0 del 
gobierno del Paraguay, é hizo de ellas una gobernación 
aparte, dependiente del virrey del Perú, las tierras y 
poblaciones situadas entre el r.uaiíuay, el Brasil, el 
Plata, el Ailántico, Chile y Tucumáu. i'eservando al 
gobierno de la Asunción el territorio propiamente para* 
guayo, que se extendía del Río Paraguay hasta las 
sierras que dan aguas al río de igual nombre y al 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 85 

Paraná, y el territorio de Gua\ rá, que se comprendía 

entre dichas sierras v el Paraná, con más una vas(a 
extónsiüu hacia la izquierda de este río. Este estado de 
cosas duró hasta el año 1776. 

XXX>X ~ Se erea el firrehuito del Eio de la Fiat» 

Esta división no fué favorable á la prosperidad del 
Paraguay, porque, dada su posición geográfica, se vería 
alejado de las fuentes de civilización y carecía de fuerzas 
y elementos propios para engrandecerse ; pero fué 
benéfica á las regiones del Sud» las cuales progresaron 
con más rapidez en comercio, industrias, población y 
gobierno. 

Porque estos progresos aumentaron ia importancia 
de la provincia de Buenos Aires, los gobernadores que 
se sucedieron se vieron obligados constantemente á 
defender la inte^idad del territorio y ia tranquilidad de 
los pobladores contra pretensiones de poderes extran- 
jeros, y no era posible que un solo flincionario de su 
clase atendiera bien á necesidades tan multiplicadas, 
tanto menos cuanto su dependencia del lejano virreinato 
dei Perú le impedía proveer activamente las medidas 
que las circunstancias requerían. En virtud de estas 
causas y quizás también porque el Brasil era un vi* 
rreinato de>de 1702, el Rey creó en 177() el del Río de 
la Plata, comprendiendo en él las provincias de Char- 
cas, Santa Cruz de la sierra, Potosí, Paraguay, Tucu- 
mán, Cuyo y Buenos Aires ; es decir, todas las tierras 
que hoy pertenecen á las repribiicas argentina, uru- 
guaya, paraguaya y boliviana, y parte de lasque posee 
el Brasil. Este virreinato duró basta 1810. 



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80 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



XXXTII. » PmtaMiM ujrores y Bmres, paiiHit 

La Aaicrica se dividió primitivamente en dos frnuuics 
vineinalos, luego en ti*eíj, y por último en cuatro. Cada 
virreinato se dividía en provincias mayores, cada una 
estas en provincias menores, y cada provincia menor en 
sec« iones ó distritos. 

Ames que se hubiese erigido el virreinato del Río de 
la Plata, los territorios que lo compusieron pertenecían 
al virreinato del Perú. Entre sus provincias mayores 
figuraba una que tenia isU capital en Santiago de Chile 
y otra que la tema en La Plata, capital de la provincia 
de Charcas. A la primera estaban subordinados Cuyo y 
Tucumán ; eran parte de la segunda los territorios del 
Paraguay y d«' Hucnos Aires, los cuales, como se sabe, 
formaron una provincia mt^nor duranb^ la conquistii. 
Esta provincia mayor se dividió en dos cuando de parte 
de la gobernación del Paraguay se formó la de Buenos 
xVires : en una entraron las provincias menores del N«)rte 
y en la otra las del Sud. Pero no tardó en reconstituiré 
la primitiva provincia mayor, pasando á depender de la 
Plata las gobernaciones de Buenos Aires y del Paraguay. 

Erigido el virreinato del Río do la Plata, sus extensas 
tierras íormaron dus provincias mayores : una al Norte 
con La Plata por capital, y otra al Sud con su capital 
en Buenos Aires. Estas dos provincias constaban de 
ocho provincias mfnoros, denominadas también inien' 
dencicis y capiíankis gctierale^^ á imitación de las del 
Brasil, que fueron : las de Buenos Aires, Córdoba, Salta 
y Paraguay en la región meridional, y las de Potosí, 
Charcas, Cochabamba y La Paz en la región septen- 
triunai. 

Cada intendencia estuvo dividida en secciones admi- 
nistrativas cuyo námero no fué constantemente el 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 87 

mismo. Á principios del siglo XIX las principales divi- 
siones eran las siguientes : 

Buenos airj¿s : gobernaciones de Montevideo y dt' las 

Misiones occidentales y orientales del 
Uruguay. 

Sub-delegaciones de los partidos de San 

Miguel, de Yapeyú y de Concepci('>n, en 
quese dividía lagobernación de las Misio- 
nes y adeimislas de Santa Fe y Corrientes. 

Charcas : Sulhdelegacionesde ios partidos de Yam- 

paraes, Tomina, Pilaya y Oruro. 

Pakaüüay : Sul/'delei/ aciones de los partidos de (Can- 
delaria, Santiago, Villarrica, Curuguatí, 
Viilarreal. 

PoTosf : Sulhdelegaciones do los partidos de Porco, 

Chayanta, Chichas, Tarija, Lipes y 
Atacama. 

La Paz : Sub'delegaciones de los pai*tidos de Si- 

casica, Pacages, Omasuyos, Larec^a, 
Chulumani y Apoiobaii]l)a. 

CocHABAMBA : Sub-delcgociones de los partidos de 

Santa Cruz de la sienta. Valle Grande, 
Mizque, Elisa, Arque, Tapacarít Hayo- 
paya y Sacaba. 

Córdoba : Siíb-delegacioms de los partidos de Men- 
doza, San Juan, San Luis y Rioja. 

Salta : Sub-delegacionesáe los partidos de Tucu- 

ijiáñ, Saiiiiago del estero, C<íiaiuai'ca, 
Jujuí, Nueva Orán y Puma. 

XXXVm. — Institoeiones politieas y admialstratíTas 

En la cumbre de las funciones públicas do toda la 
Amanea conquistada por los españoles estaba el Rey 
de España. La América no era considerada una depen- 
dencia de España; el territorio de aquélla no era parte 



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88 BOSQUEJO HISTÓRICO 

integrante del territorio de ésta; America y España 
eran dos dominios distintos sometidos á un solo sobe- 
rano. El rey era rey de España y rey de América. 
P<tdí:v serlo de a(juóll:i y no lio ésta, ó de ésta y no de 
aquella. Es así que instituyó consejos ])ara gobernai' á 
Es|>aña y otro consejo para gobernar la América, con ^ 
residencia cerca del Rey. Este último se denominó 
Come/o 7*ca¡ (fe Indias, Creó un trihunal. residente en 
Ksi>afia, con ei nonil»r(^ de Casa de contraiación de las 
Iridias, y otro con el de Consulado de Indias, igual* 
mente domiciliado en la Península. 

Ap:i! te de esas autoridades que desde l^spaíia inter- 
venían en el gobierno de la America, ei Rey instituyó 
otras muchas que flincionaron en América. Cuéntanse 
en primer término los virreyes, que estaban á la cabeza 
de los virreinatos. Ai trente de las provincias ui.iyores 
íuncionaban las audiencias reales. Las provincias 
menores eran regidas por gobernadores intendentes, 
que eran también capitanes generales. Las secciones de 
estas provincias se coníial)an -i nohefmadores ]>olítico- 
militaros, y ios distritos habitados por indios á conrqi- 
dores. En las principales ciudades comerciales había 
un consulado, y» además, en todas las ciudades, villas 
y pueblos, cabildos, que se llamaron asiuiismo ayunta- 
mientos, regimientos y juntas. 

Véase ahora en los artículos siguientes qué funciones 
desempeñaban todas esas personas y corporaciones. 

XXXIX. ~ £t Bej 

Los reyes no eran eligidos por el pueblo en Europa, 
sino que venían al poder cbmo herederos de sus ante* 

cesores. va se les reconociese este deiNM^lio buenrtmentí^ 
ó ellos se lo hicieran acatar por la fuerza, ütras vecob 
los reyes de un país se imponían como tales á otro ú 
otros países, sin más título que el de haber sido vence- 



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0£ LA REPÚBLICA uRI£NTAL DEL URUGUAY 89 



dores en una (oruerra. Alinas veces lo eran en virtud 

tie piii'ios cvlc))ra<ios con otros revés, no siempre ospon- 
t^neimente, como cuando se hacían cesiones de tierras* 
£1 derecho ó la pretensión de«ocu| tr el trono de un 
fiaíses ne2"Ocio que en los sisrlos anteriores se ventilaba 
eatre los reyes, razón por la cual originó con irecuen- 
ds sangrientas gaerras internacionales. En ocasiones 
« discutía la stwesión al trono, como se decía, entre los 
?rande5 iseíioios del país, y de aquí se orijorlnaban ^le- 
nras civiles; pero como las familias de los reyes y prín- 
cipes estaban enlazadas en toda la Europa, sucedía que 
el éxiio de la f^uerra civil interesaba ;1 reyes extranje- 
ros {leiienecientes á las familias ó dinastías de los pro- 
tedientes, y que éstos intervenían en la contienda, 
dando carácter internacional á la guerra civil. De ahí 
las llamadas guerras dinásticas. La ciue motivó el 
Avenimiento de Felipe V al trono de España fué una 
de eOas, pues que se disputaron este trono la dinastía 
<Íe Austria v la borl)óniea. 

íiesde que Carlos I sucedió á Fernando el católico, 
tra reyes españoles, una vez en posesión del trono, 
instituían los poderes públiros, U ;4¡slaban, nombraban 
ftmcionarios y administraban según su voluntad. Fue- 
i^n soberanos y gobernantes á la vez. Su poder íUé 
absoluto. Á nadie reconocieron el derecho de contrade- 
cirlo 6 de limitarlo. El rey no debía obediencia á nadie, 
]¿ánada ; pero todos se la debían ai él. Los reyes 
decían de los individuos : « Mis súbditos «i, Mis vasa- 
Ui»*;ydel territorio nacional: « Mis dominios >♦ ; y 
<lel tesoro público : « Mi hacienda »»; y de las escuadras 
7 ejércitos : Mis armadas y tropas 9». Todo, hombres 
y cosas, era suyo, y de todo disponía como quería. 

Así, pues, España era nn dominio del rey; América 
^ra otro dominio. Por manera que no pertenecía la 
América á España, ni dependía de ella, sino que perte- 



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90 BlXf^QUBJil HISTÓRICO 

necia al rey y dei>t'ndia de el. Asi era ^ue iuü rc^cá 
decían •« Mis dominios de Indias Mi8 reinos de 
Indias, como de cosa diferente de «< Mis dominios de 

Es[»nfia - (') *i Mi< í'<'iii<»s de España No exisíía» pues, 
entre España y America vinculo jurídico directo; suíí 
relaciones consistían en pertenecer á un mismo rey, Y 
como todo pertenecía al rey en amlws países, se explica 
que el rey ijtlioase sus t(Soros de Amériea a las nece- 
sidades de E^paiia» y bU:> lucrzaü de Espaíia ú ia;> uece- 
sidades de América. 

Las disposiciones de los reyes se llamaban let/es, 
pratiñtátícas, dccveios y cédulas. Por uicdio de leyes 
laaiidahan euanio juziraban convonicnio á la i:<'aer;Ui- 
dad del Estado, como era la organización de las fun- 
ciones públicas, los impuestos, los derechos civiles y 
eomereiales, los delitos, l.ts pi'uas, ete. Las pra^^uiaii- 
eas ii-aíes eran leyes que tenían por objeto pnnci[)al- 
mente asuntos eclesi¿Lsticos. Los decretos reales iban 
diri^ndos á hacer cumplir convenientemente alguna 
ley ya diciada. Las leyes y pra^nnáticas eran acios de 
solK'iaiiia; los decrt'ios eraa actos d»' guliierno, de 
administración. Por medio de cédulas reales (que muy 
á menudo se convertían con el iienipo en leyes), conce- 
dían los altos íuncionarios alí^'-una «*"racia ó dieta l>an 
una pruvidencia parüeiilar. Decían al principio : - El 
Rey, 1 y éste iirmaba al íin con las palabras: « Yo el 
Rey. n El tribunal expedía el despacho así que estu- 
viera íiimado. Las leyes que los monarcas dictaron 
como reyes de España loiiuan varias colecciones, al^^-u- 
ñas de las cuales son lamosas por su sabiduría. La que 
se publicó en tiempo de Felipe II se llama Recopüación 
cmteUana. Las (pie dii'iaron desdo el descubrimiento 
de Auicrica, como reyes de ella, coleci lunarias varias 
veces, y resumidas, íorman otro c<h1íí?o, conocido con 
el nombre de Recopilación de las leyes de Indias, que 



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DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 91 



86 mandó observar en 1680, en tiempo de Carlos IL 
Poeteriormente se dictaron otras leyes, decretos y cédu- 
las ([ue han andado dispersos. 

XL. — £1 Consejo real de Indiais 

Deseosos los reyes españoles de gobernar debidameiue 
sus vastos dominios de la América, y juzgando que no 
deberían mesclarse los negocios de sus reinos de Europa 

con los lie su reino de América y que ni deberían servir 
los iiuercses de ésta los mismos altos fuiicionarios que 
atendían los asuntos relativos al interior de España y á 
la i>olítica europea, instituyeron un Consejo de las 
hidúís, residente en Madrid, conipuesto de un presi- 
Uenie, un gran canciller de las Indias, un crecido 
númei'o de cons^eros letrados, y además un fiscal, dos 
secretarios, un teniente de gran canciller, tres relato- 
res, un escribano, cuatro contadores, un tesorero 
general y oti'os funcionarios de menor importancia. 

Esto consejo tuvo la jurisdicción suprema de la Amé^ 
rica. Hacía las leyes, pragmáticas, ordenanzas y provi- 
siones de todas cla.^es, previa consulta al rey. Exami- 
naba las ordenanzas, constituciunes y esUiluLos que 
propusieran los prelados, capítulos y conventos de las 
religiones, así como los proyectados por los virreyes, 
audiencias y consejos de America, para que en virtud 
de su dictamen los aprobase el rey y mandase cumplir- 
los. Y, en general, le estaba encomendado todo lo que 
al gobierno, administración de justicia, buen trata- 
miento y conversión do los salvajes interesaba. Sus 
provisiones y mandamientos debían ser cumplidos y 
respetados en todas partes por toda clase de personas, 
y ningún otro consejo de los que funcionaban en España 
entendería en las cosas de América. 



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92 



BOSQl Wi» HLsTÓRICO 



XH iji í Ma de eoftlrmUielte 4e lat Indias 

Residió desde 15()3 en Sevilla, y desde 1718 en Cádix, 
un trihunni llamado Casa de aoniraiación, instítofdo 

par.i «¿ establecor y periK'tuar ^ el comercio de España 
con Aiiiérica. (]onstiilKi de un presidente, un tesorero, 
un contador, un factor, tres jueces letrados, un fiscal y 
varios otros ministros, cuyas ñinciones ftieron orga* 

nizadas de varios modos durante el largo üem¡K) de su 
duración. 

Su cometido era conocer de la guarda, ejecución y 
cumplimiento de las leyes que se referían ai comercio 

de América y á la naveíraí'i(')ii del Oc<'ano. Es así que 
entendía en el despacho y registro de las embarcaeio- 
nes que partían para las Indias y en la entrega de los 
caudales con que re^srresaban , y fallaba las causas que 

con motivo de ese comercio v navet:aci*>ii se siisci- 

• * 

tasen, íuesen de naturaleza mercantil ó criminal. En la 
materia civil cuyo conocimiento correspondiera á los 
jueces ordinarios, el actor podía entablar la demanda 

ante la Casa de contrataritui, siempre iiue los hechos 
hubiesen ocurrido en America ó durante el viaje, y el 
reo estuviese en Sevilla. Además este tribunal tenia el 
deber de hacer al Rey todos las indicaciones que juz« 

!?ara convenientes á la navegación 6 al comercio de 
America. 

XL1L — El C^BSilai* éb UMm 

Otra institución, que tuvo su asiento en Sevilla desde 
1543, y en Cádiz desde 1718, lUe el Consulado de Indias, 
llamado por las leyes Universtdad de los cargadores á 
las Indias. Era un tribunal compuesto de dos, primero, 

y luego de tres funcionarios llamados cónsules, cuya 



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DE LX REPÚBUCA ORIENTAL DEL ÜRUQUAY 93 

presidencia ejercía uno de ellos, el prior. Se reuDian 
todos los años los cargadores que traficaban en Amé- 
rica, p¡ir:i elegir, de entre ellos, treinta electores bien 
cuncepuiudos, cuyo oficio debía durar dos aüos. Los 
electores y los elegidos debían ser necesariamente 
españoles. Estaba prohibido que lo fueran extranjeros, 
ó sus hijos ó nietos. Esto¿> electores ele^j^ian .1 su vez los 
dos ó ti'es cargadores en forma secreta : uno para cón- 
sul prior, otro para cónsul segundo, y otro para tercero, - 
cuando se estableció. El cargo de éstos duraba un año, 
cuando los cónsules eran dos, y tres cuando aumentó 
su número ; no podían ser reelegidos en el año inme- 
diato; pero servían de consejeros á sus reemplazantes. 

£1 consulado conocía en las causas de los cargadores 
para las Indias. Se procedía ante él verba Iuilii te, sin 
íigura de juicio, * i>or la verdad sabida y la buena íé 
guardada. » No era permitida la asistencia de abogados, 
m la presentación de escritos hechos por ellos, porque 
los pleitos fuesen breves y no influyese en >u solución 
otro arto que el buen senado. Los cónsules podían, 
empero, consultar abogado antes de fallar. 

XLin. — £1 Virrey 

La imposibilidad de gobernar convenientemente toda 
la América desde España decidió á los reyes á nombrar 

representantes suyos en Méjico, en el Perú y en el 
Nuevo reino de Granada, con el nombre de c¿rre>/cs, á 
({uienes coniirieron el gobierno superior y la facultad 
<le hacer y administrar justicia, y de entender en todo 
lo que conviniera al sosiego, quietud, ennoblecimiento 
y pacificación de sus respectivos pueblos. Por ser exce- 
siva la extensión del virreinato del Perú y dificultarse 
su acción en el Río de la Plata por la interposición de 
los Andes, se acordó nombrar otro virrey para estas 



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94 BOSQUEJO HISTÓRICO 

regiones, como ya queda dicho en el articulo XXXV. 
Estos empleos eran confiados por el Rey á personas de 

distinción nacidas en España, con la condición de que 
liabíau de venir íl la América sin sus esposas, hijos, 
yernos y nueras* Esta regla no se observó, empero, tan 
rígidamente como lo prescribían las leyes, en los últi- 
mos tiempos de la dominación españolo. 

En ronformidad con el lin de tan alta institución, los 
virreyes tenían el cometido de difundir la religión cató- 
lica entre los indios; administrar y ejecutar la justicia; 
gol)ernar y defender sus distritos; premiar y crralificar 
á ios sucesores lie ios autores do des(nil>rinHenios, ¡uioi- 
ficación y ix>blación de las Indias; cuidar de que ios 
indios fueran bien tratados y conservados, y de que se 
hiciera bien el recaudo, administración, cuenta y 
Cül)raiiza de la real hacienda; de hacer lo que les pare- 
ciere y vieren que conviniese en todas las cosas, casos 
y negocios que se ofrecieren, proveyendo todo aquello 
que el Rey habría podido hacer y proveer, de cualquier 
calidad y condición que fuera, como si el mismo Kev 
gobernáis, en lo que no les estuviera especialmente 
prohibido. 

Los virreyes eran además capitanes generales de mar 
y tierra en las provincias de su virreinato, para cuyo 
efecto jx>dían valerse de luuar-tenientes y cai)imnes 
nombrados y removidos por ellos con entera libertad. 
Eran los presidentes de la audiencia que funcionaba en 
la misma ciudad que ellos, v podían presidir las oirás 
audiencias de su virreinato, siempre que accidental- 
mente se hallasen en el lugar de su asiento. Eran asi- 
mismo los gobernadores de las provincias de su car^o, 
incluso ius disiriiu> do ias audiencias. Podían perdonar 
los delitos á la par que el rey, y detener la acción de la 
justicia. En general no podían los virreyes inmiscuirse 
en los asuntos judiciales en que las audiencias deljían 



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liK LA KEi^BLlCA ORIENTAL DEL URCÜUAY 95 

conocer, ni aun con su voto cuando presidian las sesio- 
nes, como tampoco podían las MuUiencins invcidir las 
atribuciones gubernativas del virrey ; pero podían fallar 
en primera instancia en los juicios que tuvieran indios 
6 españoles contra indios. En tal caso se deducía la 
apelación jK-^ra anie la audiencia real y csia íallaba en 
se^ninda instancia. 

£1 domicilio del virrey del Río de la Plata llamábase 
real palacio y funcionaban en él, además que el virrey : 
un secretario de cámara, tros oüciales, uu archivero y 
un asesor general del virreinato. 



^ XLIY. — La Audiencia real 

La audiencia real se componía de un presidente y 
cuatro ó más oidores, al cual se agregaban uno ó varios 

fiscales, un alíjuacil maym , un teniente de irraii can- 
ciller y oíros liiiiiisiros y oüciales de menor importau- 
cia. Á veces había, además de los oidores, varios 
alcaldes. Dependían estas diferencias de la importancia 
\ cantidad de los asuntos en que tenían que intervenir 
los ministros. Todos los ftmcionarios solían ser espa- 
ñoles, y su nombramiento venia del Rey, 

Las audiencias conocían ea los juicios civiles y cri- 
luí:ki1« s en que hubiesen intervenido y pronunciado 
seníencia jueces inferiores, y de cuyas sentencias se 
hubiera interpuesto primera ó segunda apelación. £s 
decir que conocían en segunda y tercera instancia. 
También conocían en primera instancia, si se trataba 
lie personas muy principales, 6 de crímenes muy gra- 
vee. Además intervenían administrativamente en lo 
relativo al nombramiento ó elección de ciertos funcio- 
narios del orden judicial, y cuidaban de que se diera á 



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96 BOSQUEJO Hl&TÓRICO 

los indios buen traiauiieuto. Las audiencias gozabao 
de mucha consideración» y el priviie^o de comunicarse 
directamente con el Rev. 

Cuando hahía en la audiencia uidures y alcaldes, 
a(]uéllos conocían de lo6 asuntos civiles y éstos de los 
criminales; pero» cuando no habia más que oidores, 
ellos conocían en las dos clases do procesos. Los fiscales 
promovían l(»s pleitos (pie !iiU'r<'>al):in al íis< n ó Á la 
vindicui publica, y defendían en ellos el cumplimiento 
de la ley. Si había un fiscal solo» intervenía en lo civil 
y en lo criminal; si eran dos, uno intervenía en los 

asuntos de una clase y el uliu en los de la oira ela.se, ó 
se repariiau ambas clases de asuntos de modo que su 
trabajo Aiese igual. Los alguaciles mayores tenían el 
oficio de vi*?¡lar el orden de día y de noche, de prender 
[)or orden judicial, y sin orden en raso de delito íra- 
ganie, en las ciudades en que i*e:5Ídian las audiencias. 
£1 teniente de gran chanciller tenia la guarda del sello 
real que las audiencias recibían solemnemente cuando 
les era enviado por el Rey; cuidaba de marcar con el, 
en cera colorada, las provisiones de la audiencia; con- 
servaba en armarios los procesos terminados y las 
pragmáticas y órdenes reales. 

Antes (¡ue se insLituyera el virreina! o del Río de la 
Platit, estuvieron sujetas las colonias que compusieron 
la gobernación del Paraguay á la audiencia de La Plata» 
(ciudad de la |)rovincia de Charcas) una de las varias 
(jue había dentro del extensísimo virreinato del Perú. 
Años después de haberse creado la gobernación de 
Buenos Aires, es decir en IGdl» se instituyó la Audien- 
cia real de Buenos Aires, cuya jurisdicción comprendió 
las provinciiis ó gobernaciones del mismo nombre, de 
Tucumán, y del Paraguay. Se iiisuió recién el año de 
1763, fué suprimida nueve aíios más tarde (1772), en 
virtud de real cédula de 1771, y restablecida en 1785, 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 97 

por cédula de 1783 con motívo de haberse constituido 
poco antes el virreinato del Río de la Plata. 

Esla íiudiencia, presidida por el virrey, eia servida 
por un regente, cinco oidores, un fiscal ile lo civil y real 
haciendat un fiscal de lo criminal y protector de indios, 
im honorario, un alguacil mayor, un chanciller, dos 
relatores, un aírente fiscal de lo civil, otro de lo crimi- 
nal, dos escribanos de cámara, dos porteros, un 
abogado defensor en lo civil, dos en lo criminal, dos 
escribanos receptores, seis procuradores, un repartidor, 
un receptor de penas de cámara, y un tasador de 
costas. 

XLT. — Lm Inteadeates y 1m Golieraai^ira 

Era de reíala que los jcrobernadores iiul)iesen nacido en 
iáspaña. Debían ser nombrados por el rey. Los virreyes 
estaban facultados para nombrarlos interinamente ; por 
manera que los agraciados con este nombramiento 
interino tenían que solicitar del rey la confirmación, ó 
sólo servían hasta que viniera á sustituirlos otro con 
nombramiento real. Los nombrados tenían que inven- 
tariar sus bienes, para que constase cuánto poseían al 
í nírar en el desempeño de la gobernaciiHi ; y que dar 
üaozay prestar juramento de que desempeñarían su 
empleo según las leyes, lealmente, y del modo que más 
conviniera. No podían casarse en el lugar de sus ítan- 
ciones ; ni emplear en los puestos civiles (') militares i)er- 
aonas que hubiesen nacido en el país, ó que fuesen 
parientes suyos dentro del cuarto grado; ni hacer 
tratos ni contratos de ninguna clase. 

Antes de erign*se el virreinato, el gobernador de 
Buenos Aires presidía la audiencia real mientras la 
hubo. Como tal presidente, no podía votar, pero sí 
firmaba los proveídos con los oidores ; nombraba las 

7 



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98 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



|Xirs()iia8 que habiuu de ejecutar las disposiciones de la 
audiencia ; conmutaba las penas de destierro que los 
oidores hubiesen impuesto ; [)odía requerir el parecer 

de cualqiu» ! oidt»r en asunios de ffohierno; conocía, 

« 

acompaíiado por alcalde, en los juicios criminales que 
se iniciasen contra los oidores y ñscales de la audiencia; 
sumariaba á los oidores que hubiesen infringido la pro* 

hibición de casarse, 6 que liul»iesen cometido Ml;juna 
arbitrariedad en el desem|)efio de su cai^; y cuando 
ocurría duda acerca de si algún asunto incumbía á él ó 
á la audiencia, prevalecía su parecer. La audiencia 
podía advertirle, si se excedía en el uso de sus f?icuUa- 
des; pero si no reconocía su exceso, se cumjdía su pro- 
videncia, sin perjuicio de que el tribunal diera cuenta 
al Rey. Si faltaba de presidir las sesiones de la audien- 
cia, le suplía el uiiior más antiíTuo ; pero si faltaba 
de desempeñar el gobierno, la audiencia lo reempla- 
zaba. 

Aparte de la presidencia que algunos ejercían, los 

firobernadores tenían ainjílias facultades, acrecentadas 
por el cargo de capitán general que les era anexo. Como 
simples gobernadores, administraban la hacienda de la 
provincia, proveían empleos civiles y cuidaban de que 
fueran bien des<Mn peñados, dispuníuii que se hicieran 
las obras públicas necesarias, cuidaban de que se 
respetasen las policías que á si se daban los indios, de 
que se ^^uardasen sus costumbres, en cuanto no se 
opusieran á la relÍL'i*'>n, y de que nadie, ni sus caciques, 
les diera maU)S tratos; tomaban las medidas necesarias 
para que se diñindiese la doctrina católica entre los 
indíi^enas, y de que éstos ñieran sometidos á las reglas 
de la vida civilizad;» ; fundalniii pueblos, señalaban la 
jurisdiccitm que liabiau de tener y les decretaban las 
autoridades porque se habían de regir, y administraban 
justicia conociendo en los juicios que procedían de los 



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DE LA REi'ÜBLlCA ORIENTAL DEL URUGUAY 99 

jueces inferiores por apelaci(5n. de alguna de las imanéis. 
Como capitanes g^enerales tenían además á su cargo e 
loando de las fuerzas, la dirección de las operaciones de 
guerra, y la administración de todo lo relativo al ramo. 

Después de erigido el virreinato, los intendentes 
ocupáron el puesto que los gobernadores habían tenido 
en las provincias menores, con sus facultades políticas 
y militares ; por manera que tuvieron á su car^, como 
decía la cédula de su insiiiución, - los cuatro r unos de 
justicia» policía, hacienda y guerra, » con toda la 
jurisdicción y facultades necesarias, pero dependiendo 
del vierrey en lo gubernativo y de las audiencias en lo 
Judicial, y recibiendo el nombramiento del monarca 
( orno era de regla. La intendencia de Buenos Aires 
estaba desempeñada por el mismo virrey, (razón por la 
cual tenia éste las atribuciones propias de los dos 
cargos) y servían además en ella : seis oficiales de 
secretaría, un agregado y un escribano. 

gobernadores que se nombraron dentro de algu- 
nas intendencias no podían tener, pues, la amitplud de 
poderes que habían tenido los primitivos gol)ernadores, 
porque se oponía á ello la institución de los intendenies, 
á quienes se había atribuido lo más principal de sus 
cometidos. Pero torcieron, en la medida reclamada por 
la región que habían de servir, algunas facultades 
i>olíticas y militares. 

XLTI. — El Consolsdo 

El consulado era un tribunal compuesto de un prior 
y varios cónsules, todos elegibles, como en el consulado 
de Sevilla. Electores y elegidos debían ser personas 
nacidas en España. Bajo la presidencia del consulado 
cesante se reunían en los primeros días de cada año los 
<iue tercian el comercio por cuenta propia y elegían el 



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100 



número de electores reglamentario, que solía ser de 
(luiiice, treinta, 6 más ó menos, por medio de cédulai> 
cerradas, para que el voto fuera secreto. Los electores 
se reunían después y elegían el prior y los cónsules» así 
como varios diputados para que auxiliasen, habiendo 
necesidad, en la expedición de los asuntos. El primer 
consulado ¡uo se instituyó en América tuvo asiento en 
el Perú. £1 de Buenos Aires se flindó estando ya por 
terminar el siglo XVIII, (1794) y ftié servido por un 
prior, du6 cónsules, {V y 2**) un asesor, un escribano y 
dos porteros-alguaciles. 

£1 consulado tenia el encargo de sustanciar y fallar 
todos los pleitos que se promoviesen en materia mer- 
cantil, ftiese terrestre ó marítima, ó entre comerá iantes 
y sus auxiliares de comercio. No podía intervenir ningún 
letrado en las defensas» ni era permitido á los litigantes 
presentar escrito de letrado, ni invocar leyes, sino que 
el actor debía exponer verbaimente los liechos y la |)eti- 
ción con sencillez y contestar de igual modo el reo. £1 
consulado procuraba ante todo que los adversarios se 
conciliasen mediante la intervención -de parientes y 
amigos; y entraba á conocer en el caso que fiuu^a impo- 
sible el avenimiento. Su fallo no debía gustarse tanto 
á la ley como á la equidad, segán las circunstancias. Sí 
alguna de las partes se creía airraviada por la senten- 
cia, apelaba para ante el oidor ú oidores de la audiencia 
encargados de conocer en la segunda instancia de tales 
juicios ; y lo sentenciado por ellos era €gecutado por el 
prior y los cónsules. 

XLTn. — Los CmegMotts 

Los corregidores podían ser nombrados por el virrey 

ó ix;r los intendentes con carácter intenno ; pero solo el 
rey podía nombrarlos en propiedad. Estaban obligados. 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 101 



romo los luieiideiaes y gobernadores, á inventariar sus 
Menes, á prestar fianza de buena conducta y á jurar ; 
y, como ellos, no podían casarse en el lugar de sus fun- 
• iones, ni tener empleados naturales del país, ni tratar 
ni contratar. Sus principales funciones eran las de juz- 
gar las cuestiones civiles ó criminales que en los dis- 
tritos de indígenas encomendados ocurrieran entre 
españoles, entre indígenas, ó entre indígenas y espa- 
ñoles. Tenían el encargo de permitir que los indios con- 
servasen su policía y sus costumbres en cuanto no ñie- 
ran incompatibles con los preceptos de la Iglesia, y de 
enseñarles á trabajar la tierra y otros oficios como se 
usaba en España, á fin de que no fueran haraganes y 
ganasen los medios de llevar vida cómoda y arreglada. 
Les estaba prohibido apropiarse en todo ó en parte 
1 ■ ñuto del trabajo indígena, así como el hacerlos tra- 
b^}ar para sí sin pagarles el justo precio. 

XLYIII- — Los CabUdos : su elección 

El cabildo, llamado también ai/urUamiento y regi' 
mierUo, tenía importancia especialísima en la constitu- 
dón de las colonias. Era una junta compuesta de 
número variable de personas, que oscilaba eiiti-e seis y 
doce, según fuera la importancia de los intereses que 
iiabía de manejar. 

BI cabildo formaba excepción á la regla de quiénes 
habían de ser los nomlirados y qni*'iies mnnbrasen. No 
era neresario, como respecto de las otras íunciones, que 
ios capitulares fuesen españoles ; estaba mandado por. 
las leyes que Aieran vecinos del lugar en que habían de 
servir, y podían serlo los nacidos en Esi>aua ó en Amé- 
rica. No era tampoco el Rey, ni el Consejo de ludias, 
ni el Virrey, el Intendente ó el Gobernador quien 
debiera nombrarlos, y si el cabildo mismo de la ciudad , 



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102 B06QUBJ0 HISTÓRICO 

villa ó |x)hlación en que tenía su asiento, y e&uiba rigu- 
rosamente prohibido á los gobernadores y demás minis- 
tros que influyeran de cualquier modo en la elección. 
Y, si bien s*' requería que los capitulares fuesen per- 
sonas distinguidas, como no abundaban los liombres 
instruidos en las más de las ciudades y villas, era per^ 
mitido que se eligiese á personas que no supiesen más 
(jue leer y escribir, y aun á quienes carecieran do este 
saber, si se trataba de pueblos de escasa importancia, 
siempre que tuvieran la condición de ser naturales, y 
vecinos bien conceptuados. Estas reglas solían tener 
una exeejxíión, y es (|iie el Rey nombraba á veces algu- 
nos capitulares con derecho vitalicio ó hereditario. 

Por lo que se vé que el cabildo era una institución 
popular, tanto si se mira á las cualidades que habían de 
tener los elegidos, como á las que debían tener sus elec 
tores. 

La elección se bacía todos los años, el día primero de 
Enero, por medio de cédulas cerradas, y en la casa 

capitular, no en la del gubcniador, ni en ninguna otra, 
porque no hubiera coacción. 

Los cabildos eran autoridades esencialmente locales. 
Cada ciudad, cada villa, cada lugar algo populoso, hasta 

donde al(*anzabasn respertivu jurisdicción, tenía el suyo. 

El fin de los cabildos era administrar todos ó casi 
todos los intereses comunes de su pequeño territorio. 
La justicia civil y criminal ; la policía ; las fiestas ; la 
luili i i ; la defensa de los menores de edad y de los 
pobres ; la belleza, comodidad y salubridad de la [)obla- 
ción ; los caminos vecinales ; los depósitos decretados 
por autoridad pública ; la hacienda que estos servicios 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 103 

requerían : entraban en el número de los cometidos 
capitulares. 

En estas materias gozaba el cabildo de completa 
autonomía. Sus miembros se reunían ai toque de cam- 
pana, al son de trompeta, por voz de pregonero, ó por 
citadón que el portero les llevara ; y, una vez reunidos 

en número suficiente, delil)eraban discutiendo y votando 
lo que juzgaban conveuieiite á la comunidad, como 
legisladores. 

Las sesiones se verificaban comunmente con asis- 
tencia (le los capitulares solos, y se decía que en tales 
Casos se celebraba cabildo cerrado. Pero en ocasiones, 
cuando el pueblo se hallaba agitado por asunto de 
extraordinario interés, se le convocaba á la sesión para 
que expusiera y defenfli< r;i sn parecer, y se decía que 
entonces había cabildo abierto. La asamblea tomaba en 
tales casos un carácter popular. 

L. — Olíelos partkElares de los eupItaUres 

Como las deliberaciones del cabildo necesitaban ser 
dirii^das y ejecutadas, y leyes había que.los capitulares 
tenían que aplicar ó hacer cumplir, era de regla que 
cada clase de función adniinisiraLiva fuese desempe- 
ñada por un individuo ; y así es que en los cabildos 
iiabia : un presidente ; dos alcaldes ordinarios, llamado 
uno de prifnera vara ó de primer voto, y el otro de 
segunda rara ó de seguíido voto ; un alcalde de her- 
rmndad ; un jitez de fiestas ; un juez de policía ; un 
ñndico procurador ; un defensor de menores ; un defenr- 
90r de pobres ; un decano ; un alférez reaU un fiel eje- 
cutor ; un depositario y un alguacil mayor. Había 
además uno ó varios alguaciles menores, y un escribano, 
Us capitulares recibían el nombre genérico áejttsticias, 
A ésta era su fünción, y el de regidores los demás. El 



üiyiliz 



104 BOSQUBJO HISTÓRICO 

a\'untaiiiionto de Buenos Aires cantaba con un alcalde 
de 1^ voto ; uno de 2^ ; cuatro regidores perpetuos, que 

lo eran : el aliruacil mayor, el alealde provinciaU el 
decano y ♦ l (le[)üsuario ¿general ; y seis regidores elec- 
tivos, entre los cuales se contalian : el alíérez real, el 
defensor ^neral de pobres, el de menores y el procu- 
rador >ímli<'0 í^eneral. 

La presideiu la del eabildo era deseiupeíiada por el 
gobernador, sin voz y con solo el voto de calidad ó pre- 
ponderante, si residía en el lugar, ó por el alcalde de 
l>rimer voto en el caso conirario, ó si faltaba acciden- 
taiiaeiue ;1 la sesión. 

Los alcaldes do primera y de segunda vara adminis- 
traban la justicia civil y criminal en primera instancia, 
auxiliados por asesores letrados, porque no sabían 
derecho. Cuidahan de que al pueblo no le faltara las 
provisiones más necesarias, si no había persona encar- 
gada especialmente de este servicio ; tasaban, auxilia- 
dos por otro capitular, los comestibles que vendían los 
regatoues, y el de primer voto suplía al í2robernador en 
las funciones de gobierno, cuando éste faltaba ó se 
incapacitaba. Ocupaban el primer puesto en los cabil- 
dos cuando presidían. 

El alcalde de h<M'mandad conocía en los juicios por 
delitos cometidos fuera de poblado, cuyas causas se 
llamaban de hermandad. 

El juez de fiestas estaba encargado de hacerlas guar- 
dar, y de aj>1irar á los infractores las penas que la ley 
y las ordenanzas habían establecido. 

£1 juez de policía tenía á su cargo todo lo que se 
relacionaba con el orden público, la limpieza y el arre- 
glo de la población. 

£1 síndico procurador defendía el interés del íisco. 
Era un fiscal. 

El defensor de menores tenía el deber de salir á la 



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« 

BE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 105 

defensa de los menores de edad, con ei ñn principal do 
que éstos no fueran peijudicados en sus personas, ni en 
sus bienes, por sus padres, tutores, ó parientes. 

El defensor de pobres debía defender á tudu persona 
que justiíicase que carecía de bienes bastantes para 
pagar un defensor en los Juicios que le promovieran 6 
que tuviera que iniciar. 

El decano representaba al cabildo en las ocasiones 
ea que hubiera de hablar en nombre de éste; y al pue- 
blo, si en nombre del pueblo había que expresarse; 
tenía las llaves de la ciudad, si ésta estaba dotada de 
puertas; ítuardaba una de las llaves del archivo; |)or- 
üiiüa ó negaba el uso de la palabra en las sesiones del 
cabildo; cuidaba de que nadie estuviera sentado 
debiendo estar en pie, ó con la cabeza cubierta debiendo 
tenerla descubierta; recibía de los alcaldes ct^santes la 
vani que les seiTÍa de insignia y la entregaba á los 
recientemente electos, y convocaba á los capitulares 
para celebrar sesión. 

El alférez real tenía por oñcio llevar la bandera ó 
pendón de la milicia, alzar el pend()n real en ciertas 
solemnidades y suplir á los alcaldes ordinarios cuando 
éstos estaban incapacitados para ftincionar. Le corres- 
pondía el puesto inmediato al alcalde. 

Al fiel ejecutor correspondía el cuidado de que la 
ciudad estuviese provista de lo más indispensable para 
la vida» de que los vendedores de víveres no engañasen 
á los compradores dándoles artículos de mala calidad 
6 escasa medida, y de castigar las infracciones que en 
esto punto se cometieran. 

Bl depositario guardaba los valores que hubiera que 
depositar por orden de la justicia ó de otro füncio- 
uario. 

Los alguaciles cuidaban de que se pagaran puntual- 
mente los impuestos, aprehendían delincuentes y reci- 



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106 BOSQUEJO HISTÓRICO 

bían y transmitían del cabildo las órdenes, y las hacían 
cumplir. 

El escribano llevaba el lil)r() <le actas y el de dc¡>óí>i- 
tos, autorizaba lus actos del lici ejeciuur, etc. 

Los cabildos designaban, en el acto en que elegían á 
sus sucesores, quiénes habían de desempeñar cada uno 
de lob ulicios descriptos. No podían ok iiir j)ara alcaldes 
ordinarios á regidores que estuviesen luncionando yn.; 
y como algunas de las otras funciones solían ser pro- 
vistas á veces por el n y con derecho vitalicio y aun 
heredii.irio, sólo existía libertad de elección respecto de 
los oficios vacantes. Excusado es advenir que los 
oficiales eran tantos cómo los oficios, cuando el número 
de los capitulares era el máximo permitido por la ley ; 
que cuando no, un iiii¿,ino capitular desempeñaba varios 
oficios, ó se suprimía alguno de cbios. Así, por ejemplo, 
había pueblos en que no se elegía más que un alcalde* 

SECCIÚ.N 11 

La población, ¿a instrucción y las induslrias del Bio 

de la Plata 

LI. — La emisnidóii á Anériea 

Apenas descubierta la América, juzgaron los espa- 
ñoles que podrían sacar de ella grandes riquezas á 

costa de poco trabajo, y fué ^'^eneral el deseo de trasla- 
darse á las Indias con el ánimo de volver poderosos. 
Este modo de pensar motivó una corriente de emigra- 
ción á que estaban muy poco acostumbrados los euro- 
peos, y que no tardó en alarmar á los estadistas de la 
Península, raz('»n |>or la cual se prohibió que los espa- 
ñoles emprendieran visge sin permiso de la autoridad. 
No se daba este permiso sino á los que venían á Amé- 



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I DE lA REPÚBUCA ORIENTAL DEL I7RÜGÜAT 107 

rica á desempel&ar algún empleo, ó á comerciar ó á 
ejercer alguna industria, ó por otrd cansa igualmente 

jLisiiticaiiva. Pero esta rigidez era burlada á pesjir de 
ias severas, penas con que se amenazaba á los iniracto- 
por parsonas que clandestinamente se embarcaban 

y fiemianecían oculios en los buquo iiasia que creían 
ciesapai^ecido el peligro de mosirarse á los compañeros 
de wis^. 

Estaba rigurosamente prohibido á los franceses, ita- 
lianos, ingleses, alemanes, y demás extranjeros el 
dirigirse á las Indias sin permiso del Gobierno español. 
Bste penniso se otorgaba rara vez y i)or causas muy 
extraordinarias. La prohibición fue sugerida por el 
temor de que los exiraiueros explorasen la América y 
de que se enriquecieran en ella, yendo luego á favorecer 
á los ;^^jbiernos enemigos de España. Se sabe ya que en 
aquellos liempos no había amistades internacionales 
estables* Continuamente en guerra las naciones, las que 
un día eran aliadas 6 neutrales eran enemigas al dia 
siguiente; por manera qne no se ttiaa confianza dura- 
dera en ninguna, y los gobiernos se precavían cuidado* 
sámente contra todas. 

Materia de largas y a[>asionadas controversias fué la 
idea de si los hijos de extrai\|eros nacidos en Espafía, 
podrían viajar á las Indias como los nacidos de españo- 
les en España. Durante los siglos XVI y XVII füeron 
igualmente conbiderados, toda vez que los padres 
extranjeros tuvieran domicilio permanente en la Penín- 
sula. Pero, á principios del XVIII, después de la guerra 
que motiv/i el entronizamiento de los borbones, ya 
porque aumentaran las desconfianzas de los españoles, 
ya porque quisieran reparar pronto las pérdidas que la 
tenaz lucha les había ocasionado, reduciendo el número 
de los que gozaran las venteas de la nacionalidad, el 
gobierno prohibió que los h^os de extranjeros se tras- 



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108 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



ladanin á ia América, á ao ser ciue los padres íueraa 
católicos, residieran en ESspaña desde diez años antes, 
• se hubiesen apartado de la nación á que hablan perte- 
necido y cüiilribuyeraii al rey como los demás vasallos 
(1726). Al año siguiente se hizo la proiiibición absoluta. 
En 1743 se restableció la regla de 1728; pero en la 
práctica Até muy restringido su cumplimiento, porque 
fueron diarias intvM'ininables las cuestiones de si en 
los padres í oucurrían todas las condicionéis espcciúca- 
das por la ley. 

LIX. ^ Iiii|H>rtmciéa jr escUritad de aMojuum 

£n los pueblos antiguos hubo hombres libres y hom* 
bres esclavos. Éstos eran tratados generalmente con 

crueldad v considerados como bestias, no como seres 
humauüs. Los bárl)aros que invadieron la Europa, si 
bien ftieron crueles también c^n los esclavos, humani- 
zaron algo su condición, pues no los igualaron á las 
bestias, sino que los trataron como á hombres de natu* 
raleza interior. Eu la edad inedia disminuvA mucho la 
esclavitud; pero al d'^scubrii^e la América exisUa aún. 
En esta época y en la que le siguió inmediatamente los 
esclavos eran en su mayoría africanos salvajes ó bárba- 
ros, pero la expulsión de judíos y árabes que se operó 
en España dió ocasión á que muchos de estos desgra- 
ciados fueran reducidos á la esclavitud. 

Los españoles empezaron á aprovechar en América 
el trabajo de h.> esclavos desde los primeros años de la 
conquista. El rey prohibió absolutamente al principio 
la introducción de esclavos en las Indias, no por com- 
batir la esclavitud, sino porque no cundiesen en las 
nuevas tierras las cosuiiiiltres y las creencias de los 
judíos y de los africanos. Pero las frecuentes alega- 
ciones de que el brazo del indio era insuficiente para la 



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DE LA REPÚBLICA ORUEMAL DEL URUGUAY 109 



labor de las minas y de las tierras indqjo á los monar* 

cas mu\ luego á dar licencias pura que se condujesen 
esclavos á Nueva España, Tierra Firme y el Perú á 
condición de que no fueran comprados en Cerdeña, 
Mallorca^ Menorca, ni en otro punto del Levante, 
(oriente) poniue eran de casta de moros. Las compras 
eran licitas si se iiacían en Portugal, en las islas de 
Gainea ó en Cabo Verde. Y, como ni aun así se impedía 
que los esclavos se adquirieran en aquellos pandes, 
porque en los últimamente nombrados habían encare- 
cido por efecto de las continuas demandas, el gobierno 
prohibió á mediados del siglo XVI que nadie condiúese 
esclavos á las Indias sin especial licencia real, bi^o 
penas de conli-scicioii, y de que volviesen á España los 
que fiieran berberiscos, moros judíos ó mulatos. Estas 
Ucencias particulares ñieron suprimidas á fines del 
mencionado siglo XYl y en su lugar se celebraron 
contratos ó alientos concediendo por cieno tiempo á 
una persona, á una compañía ó á un estado el privile- 
gio de vender esclavos en determinada región ó en toda 
la América. Los que obtenían estos asientos establecían 
factorías ó mercados de esclavos en uno de los puertos, 
y allí vendían su mercancía humana. 

Á pesar de que los portugueses, los holandeses y los 
ingleses solicitaron en varias ocasiones el derecho de 
hacer la trata de negros, los asientos fueron otorgados 
exclusivamente á particulares españoles en el resto del 
siglo XVI y en todo el XVIL Pero en cuanto la dinastía 
de Borbón ocupó el trono, es decir en 1701, el rey 
Felipe V celebró un traiudo con el de Francia, Luis 
XIV, que pertenecía á la misma rama borbónica, para 
qoe ésta hiciese la provisión de negros en las Indias. 
Francia cedió su puesto á Inglaterra en el tratado de 
Utrecht (1713) \a\>o íin á la guerra de sucesión, y 
ios ingleses tuviei'ou el privilegio hasta 1748. Se otorgó 



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110 BOSQUEJO HISTÓRICO 

el asiento posteriormente varias veces á españoles hasta 

17S0, en cuya íVcIim. con motivo de la -uerra que 
Espaüa y Francia hiciei^ou á InglatfTra, se dió á todos 
los españoles el permiso de vender negros en las 
Indias ; permiso que después se concedió también á los 

extranjeros. 

Hubo esclavos en el Río de la Plata desde el siglo 
XVI : por cédula real de 1356 se dispuso que no se 
cobrara en esta provincia por cada esclavo, más que 

ciento cincuenta ducados, ai más de 170 porcada negra 
procedente de Cabo Verde. 

En 1595 se fácuitó á Gómez Reynal para que intro- 
di^jese 600 esclavos anuales por el río de Buenos Aires. 
Á Gómez le sucedió en la posesión del derecho Rodrí- 
guez ('utiño durante ios primeros años del siglo XVÍI. 
No se tiene noticia de que se haya renovado la conce- 
sión en los asientos que el rey otorgó en el decurso dei 
mencionado siglo; pero, como la esclavitud estaba esta- 
blecida en el Brasil, y los mercaderes de esto país 
mantenían con los del Río de la Plata un comeix^io 
clandestino de relativa importancia, la venta de escla* 
vos en Buenos Aires y sus dependencias continuó á 
pesar de los obstáculos que le upusieroa las autoridades 
españolas. La trata de negros volvió á ser legal y á 
hacerse en bastante mayor escala cuando los franceses 
adíiuirieron el derecho exclusivo de comerciar en ellos. 
Los ingleses la continuaron con el celo que suelen 
aplicar en todas sus empresas, estableciendo, en el 
paraje conocido hoy por el retiro^ su factoría, que por 
extensión se denominó el asimlo, como el contrato. 

Anulada la concesión hecha á Inglaterra, continuó 
4a importación de negros al Río de la Plata, ya por 
asientos otorgados á particulares para que los condu- 
jesen del África directamente, ya por compras que se 
contrataban en otras provincias americanas. Mucííoü 



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DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 111 

de estos negros fiieron exportados mediante contratos» 
como artículos de comercio. El empleo de los esclavos 

no tomó en el Río de la Plata la magnitud que en 
algunos par^yes del Perú, de Tierra Firme y de Nueva 
fispaüa» porque no se explotaban minas en aquel país 
como en ¿tos, ni se cultivaban tanto las tierras. Muchos 

esclavos fueron destinados al servicio (iuiuéstico, en el 
coal se distinguieron geaeraimeute por su inteligencia 
y su fidelidad. 

LIIL — 3Iezcla y rango de las razas humanas 

Cómo se infiere de lo expuesto hasta aquí, varias 
razas concurrieron á componer la población americana 
desjuics del descubrimiento. El territorio estaba ya 
poblado, cuando los españoles lo invadieron, por la 
raza que cuenta, entre sus caracteres exteriores, el 
color bronceado ó aceitunado más ó menos obscuro de 
la piel. Á ella se agregó la blanca de los conquista- 
dores, y éstos inti'odiyeron la negra. Se reunieron, 
paes, en América las tres grandes razas en que se 
divide la especie humana. Los hijos que han nacido en 
América de personas de la misma raza, y por cuyo 
medio éstas se lian perpetuado en el Nuevo Mundo, se 
ban denominado : indígenas^ como sus padi*es, los de 
indios ; y criollos los de europeos y los de negros. 

Los hom!>res europeos no tardaron en tomar por 
Quieres á las americanas ; y, aunque más raros los 
ejemplos, los hubo de uniones de indios con mujeres 
europeas. De estos enlaces nacieron los mestizos, 11a- 

iLadus así por auionomasia. Los indios se unieron fre- 
c-uentemente con negras, y los negros con indias, y 
estas cruzas dieron generaciones de zambos. No ha 
sido muy raro que hombres ó mtyeres de la raza blanca 



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112 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



se enlazaran con migeres ú hombres de la raza negra. 
De estas relaciones sur^eron los mtdatos, 

Á su vez los iiiclividuos (le las ti*es razas Imn solido 
imirse ya con criollos ó riiestizos, \ a coa mulatos ó 
zambos, ya con los descendientes de estas mezclas, y 
se han formado así generaciones en las cuales se han 
fuiulido U» caracteres de todas las ra/as. 

La blanca lUe, durante la dominac ión españuia, ver- 
daderamente privilegiada. Los españoles eran, salvo 
muy contadas excepciones, los únicos llamados á desem- 
fH'fiar |Juestos pi'il>Ii('Os. Ellos fueron íamlmii, general- 
mente, los que explotaban las grandes industrias, ios 
que ejercían el comercio, y los que poseían el inflijo 
[tulítico y mucha parte del prestigio social. — Los crio- 
llos, hijos de espa fióles, no podían partieipar de las 
funciones aduiinisirativas, ni su consejo inüuía en la 
marcha política de las colonias ; la costumbre los ale- 
jaba también del comercio, sobre todo si procedían de 
iioliles. Descpiidiontcs do los <-(in(iUÍbíadores, 6 de ricos 
mercaderes, ó de altos funcionarios públicos en su 
mayoría, se dedicaban más á gozar de la fortuna ó de 
la posición de sus padres que á trabigar. El salón y 
la iglesia eran los lugares preferidos de su entroieni- 
miento. — Los mestizos seguían á los h^os de espa- 
ñoles en el orden descendente de la escala social, y 
venían luego los mulatos, los indios, los zambos y los 

negros que formaban la plebo, eran r»cnpados v\\ los 
trabajos rudos ó poco estimados de la colonia, y menos 
gozaban de la consideración de las clases superiores. 

Los trabajos, las guerras, las enfermedades conta- 
giosas, el descuido, el rigor del tratamiento, la vile/a 
moral lí que estaban más ó menos reducidos, fueron 
causas de que los individuos de las razas indígena y la 
alHcana, los mulatos y los zambos disminuyeran en 
número gradualmc ale, en vez de aumentar, ydeguo. 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 113 

algunas de estas clases tendieran á desaparecer [)or 
cuDipleto en los países que colonizaron los españoles y 
portugueses, ya al pasar del sií^lo XVIII al siguiente. 
Sa suerte no ba sido, sin embargo, idéntica en todas 
las regiones. Mientras en unas se han conservado más 
los indígenas, debido á que han dominado exclnsiva- 
mente extensas secciones del territorio hasta que el 
{HTOgi^o de la civilización les permitiera ser conside- 
rados á la par de los blancos ó poco menos, en otras 
han persistido los negros á favor de leyes y necesidaiU^s 
ecunórnicas que han determinado su importación en 
grande escala, y en otras ban crecido en número los 
mulatos por la fuerza de costumbres locales. 

En el Ilío de la Plata la población indígena ha sido 
en mucho tiempo más numerosa que la blanca, que la 
ocgra y que las mixtas. En ios primeros tiempos de la 
conquista, los españoles, los africanos, y sus b^os fue- 
ron, naturalmente, muy pocos, y el número de todos 
eüos vino aumentando de modo gradual ; pero nunca 
fueron muchos los negros, ni los mulatos ni los zambos. 
En las ciudades y villas fonnaban gran mayoría los 
españoles y los criollos, sus hijos ; en los pequefios pue- 
blos y en el campo, m1 contnirio, componían la miiyoría 
ó la casi totalidad los indígenas y los mestizos. Cálculos 
más ó menos aproximativos hechos en los primeros años 
J* 1 siglo XIX hacen creer que en todo el Río de la 
Piata había solamente 32 individuos de raza blanca, 
(incluyendo en esta ciíra los europeos y sus descen- 
die&les), por cada 120 de raza americana ; es decir^ 
[ioco más de la cuarta parte. El número proporcional 
■It, los de raza mixta era 74, y, seguramente, la mayoría 

este número era de mestizos. 



8 



114 



BOSQIEJU HiSTÚlUCO 



LIV. — La instmceión orfanluida 

Los españoles hallaron á los americanos suuüdos en 
la más crasa ignorancia. Fuera de las clases privile- 
giadas de los imperios de Méjico y del Perá, los indios 
no conocían más del mun<lo que lo que sns sonticios le 
daban á conocer sin ánimo ninguno de investigar, y las 
pocas nociones industriales que empíricamente se tras- 
mitían de padres á hijos. Los conquistadores no traje- 
ron ^^Tan caudal de conocimientos, como se ha dicho 
en la Introducción de esta obra, y, sobre todo, no 
importaron el afán de comunicar á los salvajes todo lo 
que sabían. Se pasó, pues, mucho tiempo sin que las 
autoridndes nensaran en difundir hi enseñanza primaria. 

£1 primer esfuerzo delil)erado que se liizo por trans- 
mitir nociones elementales partió de los misioneros. Más 
que en el de otros entró en el plan de los jesuítas la idea 
de fundar una (*sru»da al lado de cada iglesia, y no liabí i 
pueblo sometido t\ ellos que no tuviera la suya. En estas 
escuelas se enseñaba principalmente la doctrina cris- 
tiana ; y, como cosa de valor secundario, á leer y escri- 
bir. En las ciudades se amplia í>a este pros^rama con 
elementos de aritmética. Los cabildos contribuyeron 
mucho más tarde con algunos establecimientos prima* 
rios, pero fueron muy pocos y no mejoraron la exten- 
sión ni el carácter de la enseñanza. En las capitales de 
algunas provincias íondaron seminarios los obispos y 
colegios los gobiernas, en muy escaso número, en los 
cuales se estudiaba la gramática latina, la filosofía 
escolástica y la leoloíría. Fueron agregadas algunas 
nociones de física recién á m'^ ii idos ó á fines del siglo 
XVIII. Cada virreinato llegó á tener una 6 varias uni- 
versidades, que enseñaron comunmente el sacerdocio y 
ia abogacía. En pocas, y esioá fines del siglo meucio- 



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OB lá República. oíusntai# del Uruguay 115 

nado, se enseñó la medicina. Toda la enseñanza ca8i 
de ios seminarios, colólos y universidades se hacía en 
latía, por medio de libros que los estudiantes encomen* 
daban literalmente A la memoria. El carácter religioso 
era inseparable de toda clase de instrucción. 

La instrucción primaria era aprovechada solamente 
por los hijos de familias algo acomodadas. La inmensa 
mayoría del pueblo carecía completamente de ella. Á 
los estudios de los colegios y seminarios se entregaban 
los jóvenes de familias pudientes, y pocos de éstos los 
continuaban en la universidad. 

Los tres grados de la enseñanza se difundieron muy 
desig-ua luiente en el Río de la Plata. La elemental, poco 
extendida, estuvo en manos de religiosos, (principal- 
mente de los jesuítas hasta que ftieron expulsados), 
porque su institución, á la vez que los apartaba de las 
ocupaciones lucrativas á que so dedicaban las demás 
clases de personas con preferencia al magisterio, que á 
nadie podía enriquecer, ni aun salvar de la miseria, los 
(aducía á valerse de la escuela como medio de propagar 
sos creencias religiosas, y de subordinar á las doctrinas 
de la Iglesia el ci iterio con que se estudiaran las asig* 
naturas científicas y literarias. Las escuelas estaban 
generalmente adscriptas á los conventos; pero no las 
liabia en ios más, ni eran fiecuentadas i)or más de 30, 
40, ó 50 alumnos. El programa de la mayoría no 
compreadía más que la religión y la lectura. Algunas 
enseñaban además á escribir. La mujer participaba de 
«stos beneficios. Entre los monasterios que había en 
lodas partes, se contaba alguno acá y allá que se 
dedicaba á ensenar á rezar y á leer, y á veces á coser. 
Aunque poquísimas, había también escuelas seglares 
<;ue les estaban dedicadas, en las cuales se enseñaba io 
mismo que en las religiosas. 

La ensefianza que puede llamarse segundaria se daba 



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116 



BOSQUEJO HISTÓRIOO 



en seminarios y colegios, que no todas las intendencias 
tenían. La de Charcas contaba hacia 1800 con un semi- 

nario fundado en 15(C) y un cíjleirio que databa de 1621. 
Eu ei seuánano de San Crisiúbal, fundado por el deán 
y cabildo de la iglesia nieti*opolitana, se enseñaba 
teología, un poco de leyes civiles y canónicas» filosofia, 
gramática y latinidad. En el Real Colegio de San Juan 
Bautista, fundado por el Virrey del Perú, en&eñaban 
las mismas asignaturas que en el otro. Lo dirigieron 
los jesuítas mientras i)ermanecieron en él país, y 
despueís el clero serular, como al anterior. La inten- 
dencia de Tucumán enviaba su juventud al colegio de 
Nuestra Señora de Loreto, ftmdado en U>00,y al Colegio 
de Nuestra Señora de Monserrat, Aindado en 1085. En 
la intendencia de La Paz funcionó un seminario conci- 
liar, en el cual se enseñaba teología moral, tilosofía y 
latinidad á 10 estudiantes. El colegio seminario déla 
Santísima Trinidad, ñmdado en 1T74, enseñaba en la 
intendencia de Santa Ciniz de la Sierra teología moral, 
íilosíjiía y giamáüca. Años más tarde, en 1783, se 
laudaron en la intendencia del Paraguay el Keal Colegio 
seminario conciliar de San Carlos, en el cual se cursó 
teología dogmático-moral, teología escolástica, rtlosofía 
y latinidad; y en la intendencia de Buenos Aires el 
Keal Colegio de San Carlos, en el cual se fundieron dos 
cátedras de latín que se habían establecido en 1772 y 
otras dos de filosofía que se abrieron en 1773. El pro- 
grama del colegio comprendió estas materias : pnuia 
de teología, vísperas, nona, metafísica, lógica, latín y 
retórica, sintaxis y rudimentos* Los alumnos íüeron ttd 
en 1802. 

La dirección de estos establecimientos fué coníiada á 
clérigos, aunque ba^o la autoridad del virrey. Cada uno 
tenía un rector, un vice-rector y un cancelario ó minis^ 
tro. Los alumnos eran de dos clases : capistas y cok- 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 117 



gmks 6 seminarislas. Los capistas eran por lo común 
jÓTenes que por tener sus familias en el mismo lugar 

en que osta ha o\ rologio, asistían sólo durante el 
tiempo de las lecciones. Los colegiales y seminaristaSt 
al contrario, eran los que residían permanentemente en 
el establecimiento, sujetos á su disciplina en las aulas y 
lacra de ellas. Estos alumnos vivían en comuniil.id, 
según reglas monásticas, como si á todos se les educara 
para clérigos. Oían misa todos los días, en seguida de 
dejar la cama. Mientras comían guardaban silencio 
riguwwo, para oír la lectura de un libro de religión. 
Y fuera de estas horas rezaban varias veces al día. 
Toda la enseñanza estaba fundada en la autoridad de la 
iglesia. La fé y la memoria eran las únicas aptitudes 
paestas en ejercicio. La observación y la investigaciuu 
racional estaban proscriptas. 

Arriba de los colegios se encontraban las universida- 
des, porque en ellas se terminaban las carreras profe- 
sionales que en América podían esuidiarse. La primera 
universidad que tuvieron las poblaciones situadas al 
£8te de los Andes ÍUé la que en 1622 se flindó en la 
provincia de Tucumán por virtud de bula del papa 
Gre^'-orio XV y cédula de Felipe IV, con facultad de 
Conferir los grados de bachiller, licenciado, maestro y 
itíctoTn El curso de teología tenía las cátedras de prima, 
Tisperas, cánones, moral y escritura; el de derecho 
civil se componía de kis materias de prima y vísperas; 
y el de álosofía comprendía dos aulas : la de primero y 
la de segundo año. — Al año siguiente se instaló la 
Real y Pontificia Universidad de San Francisco Javier 
en la provineia de Clianvis. á consecuencia de bula y 
cMula del papa y rey nombrados. Las materias que en 
ella se enseñaron fiieron las mismas que se enseñaron 
en la de Tucumán v además dos años de latinidad. 
kmhos establecimientos tueron conñados á los jesuítas ; 



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118 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



pero en seL^uida de su expulsión vinieron á reemplazar- 
los los religiosos de san Marcos de Lima en Charcas y 
los de san Francisco en Tiicumán. 

Carlos III decreto en 1778 que se fundara otra uni- 
versidad en Buenos Aires, pero ese decreto no se ejecutó 
mientras los españoles dominaron la intendencia. Sin 
embargo, se abrieron escuelas especiales, con el fin de 
suplir basta cierto punto la falta, y de dar á la 
enseñanza extensión en sentido en que todavía no la 
había tenido en uiiíguna pai Lc del virreinato. Una de 
ellas fué la escuela de teología» cuyos cursos deberían 
durar tres años. En los dos primeros se enseñaría 
teología escolástico-dogmática y en el tercero teología 
moral. Pero, fundada en 1776, se suprimió en 1784. 
Otra de las escuelas fué la de náutica» que se creó en 
1796 con audacia revolucionaria, pues su programa 
había de comprender la aritmética, el álgebra, la 
geometría, la trigonometría, la cosmografía, la geografía 
y la hidrografía. Otra fué una Academia de dibiyo y 
escultura que fundó en el mismo año el Consulado, con 
no menos atrevimiento, animado por el propósito de 
ampliar sus cursos más adelante adaptándolos á la 
carrera del comercio. Ambas, pero principalmente la 
primera, dieron resultados satisfactorios; mas, como 
habían sido abiertas sin autorización del tley, hubo que 
solicitarla. La resolución de Carlos IV llegó á Buenos 
Aires hacia 1801: era de que se cerrasen aquellas 
escuelas, porque no necesitaba la America enseñanzas 
de puro liyo. Habiéndose creado el tribunal del proto- 
medicato, dispuso el mismo rey, mejor inspirado esta 
vez, que se estableciese una cátedra de cirugía y otra de 
medicina. La primera se abrió en 1801 y la segunda ea 
1802, con un profesor cada una. En esta escuela se 
formaron los primeros médicos nacionales del virrei- 
nato, que recibieron su diploma en 1806. 



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í 

DB LA REPÚBUCA ORISNTAL DEL URCOUAY 110 

Resulta de lo expuesto que cualquiera de los jóvenes 
rasdentes en toda la grande extensión del virreinato 

del Río de la Plata que quisiera estudiar la carrera 
ei^iasiásüca ó la abogacía, tenía que ir á la universidad 
de'nicuinán ó á la de Charcas; y que les fué indispen* 
>able trasladarse á Buenos Aires á los que quisieron 
ser médicos» y aun esto, recién á los tres 8iglo6 de 
cmnenzada la conquista. 

La ciencia económica estaba sumamente atrasada en 

los siglos XVÍ y XVII. Recién para fines del sigb XVIII 
hizo algunos progresos, pero bUs verdades abstractas 
96 habían difundido pbcoyse aplicaban escasamente. 
Esta es la causa de que no se tuviera idea exacta de la 
riqueza de las naciones cuando se descubrió la AnK-rica, 
Xii mucho después. Se pensaba en Europa que el indivi- 
doo más rico era el que tenía más dinero; y que así 
Umbién la riqueza nacional consistía en acumular gran 
eanüdad de moneda, 6 de metales que pudieran redu- 
cirse á moneda. 

Bate concepto indujo á los conquistadores y colonos 
españoles á buscar en América oro y plata; y á los 
reyes, á apropiarse una parte de estos metales á título 
<ie impuestos. Exploraron con ahinco todas las tierras 

iUe ocuparon. Hallaron ricas minas á lo largo del Mar 
del Sud, ^Océano Pacíüco), las explotaron y extrajeron 
plata y piedras preciosas en grandes cantidades. 
Aquellos países eran ricos porque abundaban en tales 
minas. Al contrario, los países en que no las hallaron, y 
qae sólo cultivaban la agricultura ó la ganadería, eran 
l>aises pobres. 

De aquí fluyeron dos consecuencias. Es una que 
Qúentras en los países tenidos por ricos se dedicaba la 



I 



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120 BOSQUEJO HisrróRico 

^ente en gran número al trabtgo de las minas, y 
aumentaba rápidamente la población, y el gobierno se 

aplk'iiba ron esmero á li;icerlos prosperar» en los teni- 
dos por pobres no se fomentaban las industrias ade- 
cuadas á ellos por la acción de los particulares, ni de 
los gobiernos, de modo que, habiendo en reaUdad 
abundantísimos elementos naturales de riqueza, las 
poblaciones se conservaban poco activas y pobres, y 
progresaban poco ea número por no apreciarlos como 
merecían. 

Y es la .segunda de las conseeuencias que, así como 
la industria ruinera tomó grandisimo incremento, no 
floreció ninguna otra. La menos desatendida fué la 
nfirricultura. Se cultivó la caña de azúcar en algunas 
rc^iiones: el añil, el cacao, el alg^odón, el caté, ol 
tabaco, el maíz y el trigo en otras. Juzgando que si en 
América se fabricara con la materia prima no tendrían 
las poblaciones americanas necesidad de importar 
mucbos de los productos manufacturados ó íiibriles que 
recibían de España, y que de aquí se seguiría ]ñ dis- 
minución del dinero llevado á la Península, se prohibió, 
salvo escasas excepciones, que en América se fabricar 
ran cosas que pudieran recibirse de Europa. Esta pro- 
liibición lu»^ una de las causas secundarias que inii>idie- 
ron á la industria tomar el vuelo que naturalmente 
hubiera podido tomar sin ella. 

Todos estos hechos, como que son generales, con- 
vienen parlicularmt-aie al iíío de la Plata. Lus españo- 
les no hallaron en él, como en M^ico, en el Perú y en 
Chile, minas de metales preciosos. Aun en la agricul- 
tura distaba mucho de igualarse á otras regiones : no 
se sacaba de sus tierras la caña do azúcar, ni la cas- 
carilla, ni el añil, ni el cacao, ni el tabaco, ni el cafe; 
ni se cultivaban el algodón y la cochinilla. En el 
siglo XVI se producía trigo y maíz, y ésta fué en los 



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í 



DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 121 

siguientes su producción agrícola digna de aten* 
dón. De los animales que abundaban en sus campos se 

aprovecharon la carne y el sel>o en todo tiempo, así 
como la lana de la vicuña. Más tarde se aprovechó el 
twto del ganado vacuno. La fabricación estuvo redu- 
cida, pues, puede decirse, hasta el último tercio del 
siglo XVIII, á la de harina, de bizcochos y de cecina 
^came salada seca), cuyos productos excedían á las 
necesidades del consumo local ya en el primer siglo de 
la conquista. Pero estas ramas de las industrias agrí- 
cola y pecuíU'ia eran poro estimadas; por la misma 
razón no se ensayaron otras que habrían podido desen- 
volverse poderosamente ; y de ahí que el Río de la Plata 
hubiese sido reputado pais pobre, durante más de dos 
siglos y medio. El reinado de Carlos III, tan benéfico 
para España, lo fué también para la América. Con ideas 
inás exactas del valor relativo de las industrias y de la 
libertad en explotarlas, untó al pensamiento de consti- 
tuir el virreinato del Río de la Plata el de modificar en 
sentido liberal las leyes que impedían á los hoplatenses 
airear útilmente sus iüerzas industriales, y lo puso en 
obra acordándoles la facultad de exportar á España y 
álas otras ])rovincias americanas los artículos que pro- 
íiHjese (1778). Desde esta fecha tomaron notable incre- 
msnto las industrias que ya se ejercían, y se desarro- 
llaron otras ; por manera que á flnes del siglo compren* 
día la producción, en cantidades relativamente grandes, 
caeros vacunos al pelo, cueros en correas, cueros de 
caballo» de camero, de lobo marino, de león marino, 
pides finas, pieles de cisne; carne salada, charque, 
sebo, aceite de ballena, grasa de ballena y de lobo 
üiarino; cerda de caballo, lana de oveja, de vicuña, de 
dpoca, plumeros; astas, barbas de ballena; harina, etc 



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123 



BOSQUEJO HISTÓRICX) 



LVl. - La navegaeléa 

Cediendo siempre coa lógica indecible al erróneo 
concepto de que España no podría enriquecerse de otro 
modo que excluyendo á todo el mundo de cualquier 

ganancia que piitliera hacerse en las Indias, ó con 
ocasión de las Indias, el gobierno prohibió sevei^amente» 
desde los primeros tiempos de la conquista, que se 
recibiesen en América otros buques que los de propie- 
dad (le españoles; y romo al principio emplearon éstos 
embarcaciones construi<las en el extranjero, aunque de 
propiedad suya, se prohibió en seguida el empleo de 
naves que no ñieran hechas en Espafia, á fin de que el 
dinero no saliera al resto de Europa, ni i>()r pagar el 
precio de buques. La América era propiedad de i^lspaña* 
y ésta quería usar sola el derecho de gozarla. Á tai 
punto se llevó el ri^or de aplicación de tal doctrina, 
que, icnierosos de quo por falta de navios de fabrica- 
ción española obligai^a la necesidad á emplear algunos 
de fabricación exirai^jera, se prohibió la venta á los 
6xtrai\ieros de los barcos hechos en España, y se alentó 
con pi'emios á los cun.>iructores nncionah.s. Á nu Uiados 
del siglo XViil se expidieron cédulas en virtud de las 
cuales se estimaron después como construidos en Es- 
paña los navios fabricados en cualesquiera puertos de 
las Indias. Se debió ésto á que las construcciones espa- 
ñolas eran insuíicientes para satisfacer las necesidades 
del tráfico, y á que por tal motivo los españoles habían 
tenido que comprar embarcaciones extrai^jeras. La 
medida iiu i¡a[iidió que se infrinirieran las leyes prohi- 
bitivas; por manera que hubo que repetir estas leyes 
varías veces en el curso del siglo XVIIL 

Cumplida esta condición, era indispensable que las 
naves que hacían la carreia á las In lias salieran de 



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( 

DB LA REPÚBLICA ORIBNTAL BEL URUGUAY 123 

(Miertos de España : no podía recibirse en ningún puerto 
de América, á no ser por gracia especialmente otor- 
gtda, buque al^runo proccdentx} de puertos extranjeros. 
Y aúü los que saliesen de España necesitaban licencia, 
y (precian de la libertad de elegir puerto* 

La licencia debía ser otorgada, al principio, por el 
rey para cada viaje. Más tarde, hacia 1535, se autorizó 
para concederla á los oficiales de la Casa de contrata- 
cióii, cuya práctica continuó constantemente, después 
de un corto tiempo en que la facultad estuvo reservada 
al Consejo real de Indias. (1609-1613) Con todo, ciertas 
naves gozaron el privilegio de navegar sin la licencia 
«ie la Casa de contratación, en virtud del permiso per- 
petuo que del Rey recibieron para villar á determina- 
dos puertos de América. 

Los buques provistos de licencia para las Indias no 
podían salir libremente de cualquiera puerto de España. 
En los primeros años del siglo XVI sólo estuvo habili- 
todo el de Sevilla, para despacharlos y recibirlos. Hacia 
liabilitó además el puerto de Cádiz, pero los 
«despachos estuvieron subordinados á las autoridades de 
Sevilla. Con motivo de haberse trasladado á aquella 
^dad en 1718 la Casa de contratación, se invirtieron 
ios papeles : ambos puertos siguieron despachando y 
K^ibiendo las naves mercantes, pero el de Sevilla 
quedó subordinado al de Cádiz. La ciudad de Málaga 
solicitó en 1667 que se le acordara, como á Sevilla y 
^'ádiz, ei privilegio de despedir y recibir por su |)ucrto 
ios buques de su propiedad que navegaran para las 
indias ; pero no le ftié concedido, porque se pensó que 
perjudicaría al rey y al comercio. Sin embargo, en el 
decurso del siglo XVIII fueron habiliudos los puertos 
de Málaga, Barcelona, Santander, Corufia, San Sebas* 
Üán y otros para que mandasen sus respectivas naos á 
^itrios puntos de América, y las recibiesen de retorno. 



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124 



606QUBJO HISTÓRICO 



Las islas Cananas gozaron desde mediados del siglo 
XVI la facilitad muy limitada y varias veces modificada 

do que sus l)ari^os hicieran el viaje de ida y vuelta de 
los puertos habilitados de las Indias. 

Tampoco pudieron las naves dirigirse á cualquiera 
puerto americano. Desde el principio del tráfico f<? 
dispu>o que los navios no tendrían más puerto habili- 
tado en Nueva España (M^ico) que el <le Veracruz ; ni 
en Tierra Firme (Venezuela) que el de Cartagena; ni las 
provincias del Perú que el de Portobelo (situado como 
ol anioiiov en el |?olfo (!♦• Darien.) Esta disposición rig-ió 
durante mucho tiempo. Recién en 1728 se habilité el 
puerto de Caracas para las procedencias de San 
Sebastián; cerca de medio siglo más tarde se habilita- 
ron los de Cuba, Snnto Dominíro, Puerto Rico y Margra- 
rita para los buques que i^rocedieran de los puertos 
habilitados de Espafta; y á los pocos afios de tomar 
esta medida (1778) se permitió que gozaran de igual 
autí^rización al/^'-iinos puertos de Chile y del Perú. 

Ku cuanto al Río de la Plata, estaba prohibido que 
entraran en sus puertos otros buques que los que desti- 
naban los conquistadores á transportar tropas, colonos, 
animales y mercancías en cumj)liniu nto de los contra- 
tos que otorgaban con el rey. Recién á principios del 
siglo XVII, consiguieron los habitantes de Buenos 
Aires, gracias á que el Portugal y sus posesiones perte- 
necían á la corona de España desde 1580, que se per- 
mitiera navegar á unas poquísimas embarcaciones 
propias entre su puerto y los del Brasil, Guinea é islas 
cercanas. Este permiso, que duró seis años, ñié reno- 
vado (le tres en tres anos varias veces por repetidas 
instancias y no sin vencer serias diíicuitades. Aunque 
en términos muy limitados, los buques mercantes 
empezaron á viajar entre el puerto de Buenos Aires y 
los de la Península durante la primera mitad dei siglo 



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I 



DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 125 

XVIII. Hasta 1778 la navegación con España no había 
podido exceder de dos buques anuales de á 100 tonela- 
da de porte cada uno, y no era mucho más considera- 
ble la permitida con las cosías del Brasil y del África. 
Ea aquella fecha el rey Carlos III se propuso cambiar 
completamente la situación del Rio de la Plata y, á la 
vez que le dió un virrey, le permitió que sus puertos se 
comunicasen libre mcnie con los de Es[)afia y los demás 
ie la América española. Esta libertad me tan favorable 
ala navegación, que los buques despachados en Buenos 
Aires á fines del siglo para los puertos de la Península 
faercm de 70á80 anuales. En 1803 entraron en los 
puertos del Río de la Plata 100 buques y salieron 102; 

1804 los entrados íUeron 148 y los salidos 83 ; en 
1^ entraron 136 y salieron 92. La ?ran mayoría de 
tttos buques fueron españoles, como es natural; pero 
ios hubo también franceses, ingleses, portugueses, 
hamburgueses, dinamarqueses, holandeses, prusia- 
etc., en cantidades que crecieron de año en afio. 

En los primeros años de la conquista salían las naves 
le España y volvían de América cuando á sus dueños. 
^ parecía bien y de á una, como hoy se acostumbra» 
Ptto si los españoles estaban codiciosos de las riquezas 
las Indias, no lo estaban menos los extranjeros. 
^ como á éstos no les favorecía el derecho de conquista 
como á aquéllos, ya que no podían navegar legalmente, 
^ di^a á piratear. Á los piratas, que abundaban en 
todo tiempo, se agregaban los corsarios en tiempo de- 
i^^uerra; y unos y otros f)erseguian la navegación es|)a- 
^la, sobre todo la que se mantenía entre España y los 
Pwtos americanos de Veracruz, Cartagena y Porto- 
Wo, Esta persecución obligó á los particulares á 
^'vimentar el porte y la tripulación de las embarcaciones 
y á armarlas, para facilitar la defensa. Mas, siendo esto 
insuficiente, el rey procuró protegerlas destinando en 



1. 



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126 



BOSQUEJO HISTORICO 



1520 la Á)'>na(ia de la guardia, conapiiesla de 4 ó 5 
buques, y poco después la Af*jnada de la avetia, á per- 
seguir los ladrones del mar» Ordenó además que los 
barcos regresaran de H^ico y Tierra Firme formando 
grupos, á fin de que pudieran auxiliarse recíprocameute 
en caso de iK;ligro« Como este medio hubiera dado 
buenos resultados, se prohibió que anduviesen buques 
sueltos entre aquellas tierras y la Península, y se mandó 
(loül ) que los mercantes que se dirigieran á Voracruz, 
Portobcio y Cartagena marchasen reunidos y militar- 
mente mandados, ó sea componiendo flotas^ y escolta- 
das i>or armadas (escuadras) de galeones^ b^o las 
órdenes do un eapiián general y de un almirante* 
Andarían todos juntos hasta llegar á las Antillas; aquí 
se dividirían ó irían : parte» hojo el mando del general, 
á Veracrii?, y los demás, bajo el mando del almirante, 
á Cartagena y Portobelo ; esiai iaii en estos puertos el 
tiempo i*eglamentario, se reunii ian luego en la Habana 
y regresarían á Espafia. Desde 1561 salían las flotas de 
los puertos españoles dos veces por año. Durante la 
guerra de sucesión al trono de España «jue se sostuvo 
al priQcipiar el siglo XVIII cesaron las ilotas y los 
navios navegaban sueltos á pesar de los peligros ; hecha 
la pa2 se dispuso (1720) que saliera una flota cada año 
para Portobelo y Cartagena y otra para Puerto Rico y 
Veraciiiz, pero sin perjuicio de la navegaaón aislada; 
desde 1757 salió una cada tres ó cuatro años y en 1778 
se suprimieron para siempre las expediciones con- 
voyadas. 

La uavegaeión al iiío de la Plata y á los puertos de 
Chile y del Pei*ú no estuvo si^jeta á las reglas de 
seguridad que se acaban de resumir. Por su escasa 

importai.ria, \n)v la distaiieia á que se liaeía, y por la 
éiioax en que comenzó, no tuvo necesidad de tantas 
precauciones. 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUOUAT 127 



LVII. — £1 comercio de mereancias 

No existió la libertad de comerciar con las Indias. 
Los nacidos en España, de padres españoles» con resi- 
dencia en su patria, no podían comerciar con las Indias 

sin obtetier permiso previamente a cada remesa. Nadie 
podía mandar mercadería desde puertos extranjeros; ni 
los extranjeros podían comerciar desde España; y ya se 
sabe que se tenía por extranjero aún al nacido en 
España, si eran extmnjeros los padres, y éstos no eran 
eatólicos, no habían renunciado á su patria, no pagaban 
tríbulo al rey y no tenían una residencia de más de diez 
años. Esta prohibición impuesta á los extrai jeros, no 
se cumplía, empero, fielmente, pues los nacidos íucra 
de España y sus hijos se valían de españoles para que 
éstos hicieran el comercio como suyo, mediante una 
comisión ó una participación en las ganancias. 

Lo dicho aí^erca de la navegación demuestra que, 
aún los españoles autorizados para ejercer acto de 
comercio, tenían que hacer sus remesas de puertos 
determinados de España á puertos determinados de 
América, en determinadas épocas del año. Así como las 
flotas con las mercancías españolas y los dueños se 
dirigían á Veraciniz, á Portobelo y á Cartagena, con- 
currían al primero de estos puertos los comerciantes 
de Nueva España, al segundo los del Perú, y al tercero 
los de Tierra Fuine, por sí ó por medio de represen- 
tantes, llevando consigo barras de oro y plata y otros 
íhitos. Reunidos en ellos los mercaderes de América y 
de Esi>aña hacían las compra-ventas y los cambios 
durante el tiempo señalado por la ley, y, terminado 
éste, los comerciantes de la Península volvían á ella 
con las cargas de frutos y de metales preciosos, que 
eran conducidos : aquéllos en las flotas, y éstos en los 



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128 BOSQU£JO HISTÓRICO 

«raleones, y se retiraban con lo < omprado los negocian- 
tes de America á sus respectivas plazas, desde doude 
distribuían las mercaderías á todas las proyindas del 
virreinato. 

Á rtn de (jue las romjira-veatas y trueques se hicieran 
moderaudo los precios por la concurrencia de muchos 
á un tiempo en demandar y en ofirecer^ se estableció en 
Portobelo, hacia 1575 una feria ó mercado, en el cual 
todos exhibían sus ohjeti's y o[)eraban m¿íá ó menos 
notoriamente, eviuíüdu¿e los abusos que de otro modo 
se cometían en cuanto al precio y á la calidad. La 
feria se estableció sólo en Portobelo, porque parece que 
los mercaderes del Perú se distingan de los demás de 
America por la mala fé con (jue procedían en sus tratos. 
Pero como la experiencia demostró que, además de 
moderarse los precios, se uniformaban éstos y se con- 
cluían las operaciones con rapidez suma, quedando los 
mercaderes y las naves habilitados para regresar a su 
origen al poco tiempo» con notable reducción en los 
gastos, los de Nueva España consiguieron que se esta- 
bleciera otra feria en Veracruz cu 1728. 

Era cosa sobreentendida que, en principio, todos los 
artículos que se reuiíiiesen á las Indias habían de ser 
elaborados en £s] aña ; pues siéndolo en el extranjero, 
aunque pasasen por España, perjudicaría la industria 
manufacturera y fabril de este país, y obligaiia á 
exportar una parte proporcional del oro y de la plata 
recibidos de América. 

Pero esta re¿rla sufría :.uaierosas excepciones en la 
práctica. Por un lado sucedía que ios fabricantes espa- 
ñoles no producían cuanto la América necesitaba, y 
era forzoso que los comerciantes ocurriesen á las 
fábricas de fuera del reino. Es así que los lienzos venían 
de Francia, Silesia, Sajonia, y algunas ciudades libres 
de Alemania á las casas que nacionales de estos países 



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BE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY. 129 



tenían establecidas en los puertos habilitados de 
España, y que también venían de fuera otros muchos 
artículos, como instramentos metálicos, objetos de cris- 
tal ó vidrio, el marfil, el papel, la cera, la especería, 
Ls sombreros, las medias, los botones, las telas listadas 
de lino, etc., á pesar de lo mucho que los españoles se 
qoqaban de que, yendo todo esto á América, á Francia, 
i Flandes, á Italia y á Alemania aprovechaba el oro con 
que .América lo pagaba, y á pesar también de los pre- 
mios que el Rey decretó más de una vez por estimular 
la fabricación nacional. Mas fberon inútiles tales medios 
para evitar los peijuicios, porque se mantenía intacta 
su causa principal, que era la habilitación de un par de 
puertos para todo el comercio de América, pues así 
estaba monopolizado todo el comercio de exportación 
[x^r unos pocos mercaderes y éstos forzaban á las 
fábricas á conformarse con los escasísimos precios que 
^aisierau darles, las privaban de ganar y de todo esti- 
mólo, y las ponían en la imposibilidad de prosperar y 
aun de sostenerse. 

Por otro lado tomó increíble fuerz t la corrupciíui de 
ioü funcionarios encargados de impedir ei conü*abando, 
asi en América como en España. No era raro, en 
tiempo de paz, que los comerciantes extranjeros desem- 
barcasen en las costas americanas sus mercancM'as, 
burlando la vigilancia de las autoridades ó contando 
con su connivencia. En tiempo de guerra de alguna 
potencia con España, se creían todos autorizados para 
prevalerse de la situación embarazosa de ésta y comer- 
^:iar francamente con sus colonias. Hay que agregar 
qae los franceses se prevalieron del privilegio de tener 
bctorfas en América, para comerciar más de lo que era 
lícito, y que los ingleses autorizados para recil)ir en 
frutos del país el precio de los negros que vendían, 
llevaron á tan alto grado el abuso en comprar produc- 

o 



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130 BOSQUEJO HISTÓRICO 

tos amer icanos y en vender los suyos i»iopioR, th*sde qxiv 
sucedieron á ios Iranceses en el goce del asiento, que eJ 
rey de Espaila, no consigoiendo corregir el mal de otrc 
modo, revocó el permiso en 1740, cuyo acto ftié origei 
de líi guerr.i que .unlias naciones sostuvieron hast.í 
1743. Al contrabando que se hacía ea América se agre- 
gaba el muy considerable que se hacía en los mismos 
puertos españoles, trasbordando mercancías de loa 
buques extranjeros á los dr' hi earrera de Indias, 
mediante un premio que se pagaba á los funcionarios 
públicos por consentir. La inmoralidad se hizo tan 
habitual, que, hecha pública, á nadie causaba escán- 
dalo. Era taui!>i<''n frecuente que las naves saliesen ea 
regla de los puertos de Cádiz y Sevilla; y que so pretexto 
de mal tiempo arribasen á otix>s puertos y allí comple- 
tasen su car^a con mercaderías extranjeras. 
* Todos estos hechos, nniy conocidos en Europa, dieron 
inari^aMi á que se dijera que España era la garganta por 
donde las dem<is naciones absorbían las riquezas de la 
América. 

No era permitido mandar lil)reniente á los puertos de 
ésta ni aun iodos los productos de las fábricas espa* 
ñolas. Entre las cosas cuyo comercio no podía hacerse 
sin permiso especial del rey estaban las alhajas de oro 
y plata, estos metales aunque no (Estuviesen hif>rados, 
las piedras y i>erias engastadas o por engastar» toda 
clase de moneda, aunque Aiese la de vellón. La prohibi- 
ción no era menos absoluta respecto de los libros de 
romance (¡ue ir;i taran de materias proíanas (') lUbulosjis, 
de las historias íin^ridas, de las ariuitó ofensivas y defen- 
sivas, y del hierro de Lieja, fuese en barras ó en obras, 
como azadones y clavos. Estas prohibiciones fueron 
dictadas desde el siglo XM. A mediados del siglo XVIII 
se prohibió introducir en America aguardiente de 
Levante, y algunos ahos después se publicó un regla- 



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I 



DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 131 



Dentó en que se indicaban menuduinente cuáles erau 
ios artículos en que se podía comerciar y cuáles no. 
Tales filaron las reglas generales que regieron el 

•'Mnercio exterior de la América. Á ellas se agregaron 
cas, dictadas especialmente para el Río de la Plata. 
Mientras fueron parte del virreinato del Perú, no tuvie- 
ra las provincias rioplatenses la libertad de comer- 
..u- directamente con España. Se prohibió a bbolu ta- 
féate este comercio desde que se inició la conquista, 
poique, como no producían Buenos Aires y el Paraguay 
«ro, ni plata, no tenían con qué pagar las mercaderías 
'lueles viniera de Europa, á uo ser f[iic tivajeseu aque- 
llos metales del Perú, de Chile ó de Potosí. Pero, trayén- 
üok»« resultarla que los comerciantes del Pacífico se 
Terían obligados á restringir sus negocios, con gran 
[i'rjuicio del iiioviiiiiento que se operaba ¡)or Portobelo, 
y no era sensato sacrificar tan cuantiosos intereses por 
^ivofecer á comarcas pobres como eran las del Plata. 
Ri06 este criterio en todo el siglo XVI ; y mientras 
tanto fué necesario que las poblaciones del Par.íguay y 

Buenos recibieran directa ó indirectamente del 
Perú, á lomo de muías, las mercaderías de que habían 
loeneRter* cuando no podían conseguirlas en mejores 
condiciones y clandestinamente de los dueños del asiento 
dd esclavos ó de las colonias portuguesas. 

No por eso dejaron de representar los mercaderes 
^ Buenos Aires con insistencia desda el siglo XVI que, 
8i la población no aumentaba y se carecía de lo más 
preciso para la vida, se debía á lo diticil y caro del sis- 
(eioa quo se seguía, no á imposibilidad de adquirir con 
propios productos lo que se necesitara ; y, concretando 
sus aspiraciones, solicitaron que se les j)erin¡tiera la 
entrada de todo género de ro|)as y mercaderías, ea la 
ioteligencia de que aquel puerto era el más adecuado 
it toda la costa, así como el cambio en el Brasil, Guinea 



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132 BUSQUEJu HtóluHitü 

ó islas inmediatas, (que entonces pertenecían á España) 

de los frutos projiios por ropa, i ierro y demás cosas que 
las pobiacioues necesitaban. El goUieruo accedió por 
vez primera en 1602 permitiendo á los bonaerenses que 
comerciasen en navios pro[)íos durante seis allos con los 

menciuii¿idos puertos, perú á condieión de que el total 
exportado no había de exceder de '¿úiK) láiiegas de 
harina» 500 quintales de carne salada y 500 arrobas de 
sebo, y de que no se exportaría cosa alguna á ninguna 
otra pane por mar ni |>or tierra. 

Quiso Córdoba aprovecharse de esn concesión para 
comerciar por la via de Buenos Aires ; el gobernador de 
la Asunción proveyó negativamente ; la audiencia de 
Charcas revocó esta providencia ; no obedeció el gober- 
nador y ocurrió en queja al Consejo de Indias ; y el Rey 
resolvió el conflicto prohibiendo á Córdoba y á todas 
las ciudades de la provincia de Tticumán el tercer el 
comercio que quería, á no ser en caso de mucha nece- 
sidad, previo consentimiento del Gol>ernador del Para- 
guay, y en la cantidad estrictamente indispensable. 
(1606) 

Al vencerse el plaío solicitó Buenos Aires una pr6- 
rros'a ilimitada en cuanto á las cosas y al tiempo, pju'a 
que las ocho ciudades que á la sazón había en la pro- 
vincia, comerciasen con los puertos españoles, condu- 
ciendo sus flrutos y los de retomo en buques propios ó 
arrendados. Informaron el ('onsulado de Indias y la Casa 
de contratación oponiéndose á la concesión porque, 
disminuido ya el comercio de América para entonces, 
más se perjudicaría desde que por abrirse un nuevo 
puerto á las jiruvuicias del PerA dismiiniiría el movi- 
miento mucixo más imi>oriante de Portobelo de moda 
que acaso las flotas tuvieran que viagar una ves cada 
dos años en vez de hacer un vii^e anual. El rey resolvió 
en 1618 declarando que no convenía al comercio en 



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D£ lA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 133 



general abrir la contratación con España por el Río de 
la Plata ; pero, no obstante, concedió á las ocho ciuda- 
des, por tres años, la facultad de enviar á los puertos 
españoles dos buques de cien toneladas cada uno, y de 
vender en las provincias interiores del Perú algunas de 
las mercaderías que trajesen de la Península, pagando 
en la aduana que para el efecto se estableció en Córdoba 
el 50 por ciento de ciertos derechos que los géneros 

debían. 

En los años posteriores se reprodi\jo muchas veces la 
petición de los comerciantes de Buenos Aires, y otras 
tantas la oposición de los del Perá y de España, quienes 
la fiindiiban en los perjuicios que sufría el comercio que 
se hacía por Tierra Firme y en que los pueblos del Plata 
tenían todo lo necesario para vivir y podían pasar sin 
vender los efectos de su industria, tanto más, cuanto 
su importancia era escasa. Por su parte agregaba el 
Consulado de indias que el comercio permitido al iíío 
de la Plata en los años anteriores había fomentado el 
Uíctto que hacía con las colonias portuguesas inme- 
a. atas. Y todos coüctJiUabaü en ([ue era iiuiispcnsable 
volver á la prohibición absoluta del siglo XVI. Pero el 
permiso de 1618 fué renovado durante todo el siglo XVII 
y tres cuartos del XVIII, sin la menor ampliación, á 
pesar de que la feria de Portobelo había sido suprimida 
j habían cesado las ñotas á mediados de este tíltimo 
9glo» y de que desde 1765 regía en otras provincias de 
América una ley de comercio libre. Extendió Garlos ni 
los efectos de esta lev al Río de la Plata en 1778, al 
crear su virreinato] y restablecer la real audiencia de 
Buenos Aires, é igualó el comercio del Plata al del resto 
de América, en virtud del reglamento general de comer- 
cio libre que promulgó en el mismo año 1778, cuya 
libertad consistiría en comerciar sin limitación con la 
Península y con las demás provincias americanas, aun- 



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134 BOSQUEJO HISTÓRICO 

que conservando la prohibición de comerciar con los 
estados ei[trai\|eros. 

Dosñe esta fecli i aceleró mucho el pro^areso de 
todo ei Rio Ue la Plata, sobre todo el de Buenos Aires. 
En los cinco años que corrieron desde 1792 hasta 1796 
no viajaban ya dos buques anuales entre España 
capital del virr»M¡].iio, sino quo iban 56 y volvían i7, 
término medio; y no se iimiuba á 2uO toneladas la 
exportación y á otras tantas la importación, sino que 
los efectos exportados á España anualmente impor- 
taron mas do 5 millones de pesos y no meaos de la 
mitad los importados de que se tomó cuenta en la 
aduana, á los cuales se agregó probablemente otro 
tanto que pasó de contrabando. 

Kl conicrrio lícito exclusivamente americauo, q\w 
había estado reducido al de his procedencias del Perú, 
tomó rápida extensión y aumentó en actividad. Los 
géneros recibidos de España en el mismo quinquenio 
íuri(Mi vendidos en mucha parte á comerciantes de 
Chile, del Perú, de Potosí y del Paraguay. Se les ven- 
dió además á los primeros crecida cantidad de yerba- 
mate y de muías. Y Buenos Aires recibió en cambio : 
vino, de ^íendo7a; aírnardienie, de San Juan: ponchos, 
trazadas y pieles, de Tucumán; tabaco, maderas y 
yerba, del Paraguay; azúcar, cacao, canela, arroz, 
sal, etc., de Lima ; plata y oro de alg^unos de esos países 
y de Potosí. Mucha importancia tomó también el 
comercio con la Habana, de donde recibió en cambio 
de sus productos primos y elaborados animales y vege- 
tales, sú azúcar, sus dulces, miel, cacao, café, aguar- 
diente, areneros de hilo, maderas, etc. 

Puede juzf>ai*se del aumento que se operó en el 
comercio exterior en los anos siii^^ientes, si se considera 
que las rentas de la aduana de Buenos Aires, que impor^ 
taron casi el término medio de 390 mil pesos en cada 



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DE Lk REPÚBLICA ORIENTAL BEL URU0UAT 135 



uno de los años corrí los desde 1791 á 1795, subieron 
eD 1802 á cerca de 858 mil pesos. 

Ccm estos adelantos comerciales coincidió un creci- 
miento inusitado de población. La provinria, que no 
contaba con más de 38,000 habitantes cuando se creó 
el virreinatOp tuvo á los veinte años 72,000* Y para 
fines del siglo había ascendido á 40 mil personas la 
población de la sola ciudad de Buenos Aires, y ;i 50 mil 
para 1807. Así se palpaban los electos de la libertad. 

Las guerras que tuvo que sostener £$paña con Ingla- 
terra en los primeros años del siglo XIX, no sólo en 
Europa, sino también en América, perjudicaron g^ran- 
demento ol comercio del Río de la Plata y las reiacioneí» 
con la Península, y red^je^on á penoso estado la 
hacienda pública y las industrias del virreinato. Esta 
^iUmciún se prolongó por la guerra de independencia 
ea que muy luego se empeñaron los españoles contra 
la Francia. Pueblo y gobernantes de Buenos Aires, 
tKosados por la necesidad, buscaban fuentes nuevas 
Je recursos. Se reunieron los hacendados, (1809) y 
pidieron al Virrey en elocuente memoria que se abriera 
d puerto ai comercio con Inglaterra, (que de enemiga 
se había convertido en aliada de los españoles) y la 
libertad comercial tomó entonces una extensión que 
nunca había tenido, y que iuíiuyó poderosamente, así 
el orden económico como en el político del Rio de 
la Plata, y aun en la suerte de la América española 
toda. 




136 



BObQU£JO HISTÓRICO 



SECCiÓiN Ui 

Sucesos políticos del Rio de la Plaia, hasta 1810 

Lo8 conquistadores de las tierras que antes de crearse 

el virreinato del Río de la Plata coiiij)us¡eron la provin- 
cia de Tucumán se habían servido, para someter á ios 
indios, de las armas y de las misiones religiosas. La 
experiencia demostró que, si bien por la ítaerza se 
vencía á los íikIí^vikis, no se ganaba su voluntaria 
obediencia v muciio menos su afecto, sobre todo si eran 
los bravos pampas ; mientras que por la persuasión y la 
blandura se les atraía, se les amansaba, se les habi- 
tuaba al trato de los europeos, y se conseguía su liruie 
adiiesión con relativa facilidad, particularmente si 
eran tapes ó guaranís. Los gobernantes djdl Paraguay 
tuvieron también ocasiones de experimentar la respeo* 
tiva eficacia de los dos medios ; y tal persuasión los 
indujo á favorecer elestablecimieuLode misiones u reduc- 
ciones en el Paraguay, en el Guairá, y en Buenos Aires, 
confiando la empresa á clérigos de varias órdenes. 

Las misiones lomaron mucho incremento, so])re todo 
después que la provincia de Buenos Aires se separó de 
la del Paraguay, debido á los poderosos auxilios de la 
Corona y al empeño con que á fUndarlas y fomentarlas 
se consaijrarüu los reliíriosos de la Compañía de Jesús 
en el lerri torio del Guaira. Emplearon en ello suma 
habilidad y constancia, combinando la astucia, la man- 
sedumbre y la violencia. Solían despertar la curiosidad 
de los salvajes por medio de la música y del canto* 
ruando los ttMiían cerca los e^chortaban ofreciéndoles 
tranquilidad, alimentos y otras vent^yas. Los indios se 



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DE LÁ REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 137 

dejaban someter á la vista de abundantes rebaños de 
ov^as« cabras y ganados mayores, y ante la perspectiva 
de no sufrir las inclemencias de la vida agreste 6 de los 
comendatarios. Los convertidos servían i)aru convertir 
ásu vez, pues de ellos se valían los jesuítas para hala- 
gar ¿inspirar conüanza á los inconvertidos. Cuando, 
Bagada á este punto la tarea, se temía no poder prose- 
guirla felizmente, se cercaba á los refractarios, se les 
obligaba á la obediencia, y la mañosa zalamería ope- 
raba el resto de la conversión. Así es como las reduc^ 
cienes progresaron rápidamente. 

H primer edificio de cada grupo, era una iglesia; 
luego se ediíicaban la escuela, los talleres, la cárcel, la 
mansión de los directores, el cabildo y las casas en que 
baliitarian ios indios. Las iglesias eran construidas de 
piedra y ricamente decoradas. Las casas eran de adobe, 
blanqueadas con una especie de arcilla, cubiertas de 
leja, y con anchos aleros á los lados. 

El cura párroco era el jefe ; él y sus ayudantes ense- 
Baban á los neófitos la doctrina católica, la lectura, la 
escritura, y los oficios que más conviniera ejercer; les 
proveían de cuanto necesitaran para vivir, asistían á los 
eotermos y presidían á su disciplina ó gobierno político, 
dvil, económico y religioso. Los indios elegían sus fluí* 
cío:, anos civiles éntrelos de su raza, aunque bajo la 
dirección ó el consejo de los jesuítas, lo que equivale á 
<iecir que las elecciones eran una ficción de las prácti- 
cas democráticas, adoptada para conciliar el instinto 
salvaje de libertad con la sumisión impuesta. 

Todos trabajaban y tenían su vivienda en terreno 
que poseía cada familia separadamente, y que culti- 
vaba. Los principales ramos de cultivo eran la yerbá- 
bate, el maíz, el algodonero y las raíces y legumbres 
que mejor podían producir las tierras. Los indígenas 
aprendían y ejercían también oficios, de los utilizables 




138 BOSQUEJO HISTÓRICO 

en el puet>io, y tejían lienzos las indias. A algunos se 
les perfeccionaba en la caligrafía, y se les empleaba de 
copistas de los documentos y libros que los padres 

escribían. Se ha ponderado el primor de algunos de 
estos trabajos. 

. Se les hacia creer que ganaban el precio de su labor» 
y que la propiedad rafz era suya. La realidad no era 

a?^í. enipoi'o. Toda la propiedad era común; es 'decir, 
eouiún de la Compañía de Jesús. Todos los producios 
de la industria se depositaban en grandes almacenes» 
Magistrados especiales distribuían diariamente entre 
los iiidividutís del pUf!»lo lo (pie lml>icran menester para 
satisfacer sus necesidades. Los jesuítas vendían lo 
sobrante. Exportaban en grandes cantidades la yerba- 
mate, la carne salada y los cueros. Se ha calculado 
que no poseían menos de dos ni ilíones de cabezas de 
ganado a mediados del siglo XVIIL Con el precio de lo 
que vendían adquirían los artículos europeos de que las 
reducciones carecían. Y todo era jiropiedad de la Com- 
pafiía, como lo eran el terreno y los edificios. Los 
indios no tenían, pues, más que el ^roce de los bienes 
comunes, en la medida que sus directores juzgaban 
conveniente. Por este medio y el poderoso auxilio de la 
educación reli¿^iosa consi-iiió la rompañía acumular 
grandes riquezas, esumular la ntl ion de los indígenas 
al trabajo, y afirmar su servidumbre; pero anuló la 
personalidad de sus siervos, incapacitándolos para 
obrar se^^ún su propia iniciativa. 

El guaraní era la len¿^ua (¡ue lodos usaban en la vida 
privada y en la ofícial; algo se enseñaba del castellano 
á los indios, pero á nadie hasta que lo hablase y á 
pocos hasta que lo entendieran mediocremente. Así 
aparentaban los jesuítas «pie satisfacían ei senuaaenio 
de las autoridades españolas, pero realmente conseguían 
tener á los naturales aislados del infliyo de la civiliza- 



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DE LA REPÚBLICA ORIEOTAL DEL URUGUAY 139 

dón colonial y sumisos en todo al de la Compañía de 
JesúSt para cuyo mejor efecto había ésta prohibido que 
los españoles residieran en las reducciones. 

IIX. ~ Los niuiicliieoB y 1m ledncdones JosafUm 

* Los roamelucos de la colonia brasileña de San Paulo 

empezaron sus violencias apoderándose de las lierras 
vecinas y de las tribus salv£^es próximas que pudieron 
doinmar. Cuando las tierras y los indios escasearon en 
aquellos parajes, los paulistas extendieron sus empresas 
hacia el poniente; invadieron el territorio ti e Guairá yaun 
penetraron en ei Paraguay. Exploraron así vastos desier- 
tos, situados entre las capitanías del Brasil y las reduc^ 
cienes de los jesuítas, obraron en ellos como dueños, 
láciliíantlo al gobierno brasileño la tarea de apropiarse 
de Matogrosso que más tarde llevó á cabo» y se apodera- 
ron en el Guairá de gran número de ganados y de indios 
reducidos, validos de que éstos no podían defenderse por 
falta de armas. Su acción devastadora fue tan inmensa, 
que se calcularon en muellísimos miles los ganados 
robados y en más de 60 mil los guaranís cautivos. 

Estos hechos infundieron terror en toda la extensión 
del Guairá. La j)ol)lación escapada al cautiverio huyó 
al Paraguay en parle, y el resto, que no excedía de \2 
mil personas de las 100 mil que habían sido antes de 
las malocas de los paulistas, abandonaron la provincia 
en lü31 y vini^M nll á poblarse á ambos lados del Uru-' 
guay, al Sud del río Y-guazfi, bajo la dirección del 
padre Montoya. Ciudad Real, Villa Rica, Espíritu Santo 
7 otras poblaciones de menor importancia fueron des- 
iniidas por los mamelucos. 

Éstos persiguieron á las poblaciones fugitivas hasta 
en sus nuevas posiciones, acometiéndolas solos ó alia- 
dos con naciones salvajes del Brasil ; pero, habiendo la 



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140 BOSQUEJO HISTÓRICO 

Compaíiia obtenido del rey permiso para ai^marse, los 
terribles invasores se encontraron después con resisten- 
cias iiue les costaron caras y al fln se retiraron escar- 

iii*Miíatlos, aunque dispuestos á connmiar sus actos de 
barbarie al Norte, aprovechando la anarquía y la debi- 
lidad del gobierno paraguayo. 

Los jesuítas ftandaron desde 1631, al Sud del Y-guas6« 
á ambos latios Jel üraffu?iy, nuiuerosos pueblos que han 
sido desigriados con el nombre colectivo de los Pueblos 
de las misiones. Las Misiones orievUales^ situadas al 
Norte del Ybicuy-guazü, constaron de 7; las Misiones 
occidentales de 23. De aqni que para designar la totah- 
dad de olios se haya oinplea<lo hxsta princi[)¡os del 
siglo XIX la expresión de los Treinta pueblos de las 
misiones. El número de los pobladores creció rápida- 
mente : á los cuatro años de la traslación reíoii«l.t eran 
más de 19 mil los hombres ol>li-ados á pairar el tributo 
personal» y ascendía á 125 mil el número de los indios 
de ambos sexos. Este número subió á 160 ó á 170 mil 
pai'a el año 1660. 

LX* — Poderío, Insarreedéa j extrafiamiento de los Jesuítas 

La Compañía de Jesús había adquirido en Europa, 
pura mediados del siglo XVlll, un gran poder intelectual 
y político, que debió á su saber y al tesón con que pro- 
curó influir en la vida privada y en la pública, á favor 
del ministerio relÍGfioso ([ue ejercía y del fanatismo do 
todas las clase .> sociales. L< >s hombres superiores, menos 
ofuscados que la generalidad por sus sentimientos mís- 
ticos, y más libres para juzgar la significación y la 
trascendencia de los traba,jos jesaiiicos, se persuadieron 
de que la Compañía no tenia por íin principal difundir 
las prácticas piadosas, sino que se servía de su sacer- 
docio para llegar al dominio del mundo. No alarmaron 



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0B LA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 141 

menos los trabajos que ejecutó en América. Se había 
apoderado de casi toda la enseñanza que se daba en las 

escuelas, los colegios, los seminarios y las universida- 
des; consiguió loner irresisiibie prestigio en todas las 
conciencias, y lo mantenía con especial cuidado en las 
clases más pudientes; gobernaba las reducciones con 
independencia casi completa del poder real. 

A estos hechos de carácter general vino á agregarse 
uno puramente accidental, pero que acabó de formar 
convicción acerca de la vasta y ambiciosa empresa* 
Habiendo celebrado en 1750 un tratado de límites los 
gabinetes de Madrid y Lisboa, según el cual sería el 
no Ibicuy-guazü una de las lineas divisorias de las 
posesiones americanas de ambas coronas, fiieron encar- 
gados el marqués de Valdelirios por España y Gómez 
Freiré de Andrade por Portugal para que dirigiesen los 
^rab^jos de demarcación. Como ios siete pueblos de las 
Misiones orientales vendrían á quedar en territorio 
portugués, los jesuítas se manifestaron dispuestos á 
buscar otro terreno, en las posesiones españolas, para 
trasladarse á él así que hubiesen recogido los productos 
de la tierra, resignándose con la dura necesidad de per- 
der sus fincas, y pidieron plazo. 

Mas lo utilizaron |)ara armar á sus guaranís y orga- 
uizar vigorosa resistencia á la delimitación tratada por 
los soberanos rivales. Asi que tomaron posiciones estra* 
líégicas escalonando sus fherzas, comenzaron las hostili- 
dades. Largo tiempo se em[)leó en neírociar un some- 
timiento voluntario; pero, siendo intuües ios esíuerzos, 
partieron á la vez tropas españolas del Plata, y tropas 
pcMrtuguesas del Brasil, obraron de acuerdo, y vencieron 
á los insurrectos después de varias acciones sangrien- 
tas, en las cuales las huestes de ios jesuítas perdieron 
miles de hombres» cañones, muchas otras armas y 
estandartes (1753-1756). 



■ 



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142 BOSgLLJi) HISTÓRICO 

La alarma que motivó la conducta de los jesuítas en 
los centros oficiales de Europa se manifestó por actos 

violentos. El ^jfohit'rau do Portiig^al decretó en 1759 el 
extrañamiento de la Comi^iñ::! de todo el territorio de 
la corona ; fué expulsada de Francia tres años después ; 
lo fué de España en 1767, y en seg^uida de varios esta- 
dos italianos. No filó desterrada del Brasil hasta el año 
17ti8. Los padres íueroa conducidos presos á Lisboa ; 
unos quedaron presos aquí y los demás flieron envía* 
dos á los estados pontificios. En el Río de la Plata 
tuvieron lu^'-ar el extrañamiento y el embarque para 
España en 1767 y 1768, de cuyo país fueron remitidos 
también á los dominios de la Iglesia. Tanto en el Brasil 
como en el Rio de la Plata se confiscaron sus bienes y 
se aplicaron <'l sostener estaI»le».Hiii<'nt()s de instrucción 
y de beneíicencia ; y los colegios, seminarios y univer- 
sidades que ellos dirigieron se confiaron á clérigos de 
otras órdenes. El papa Clemente XIV abolió la Com- 
pañía en 177o. 

LXL — El doMlolo de los temftot frosterlioi eoa el BtmO 

Ya se ha dicho (XXX) que, aun ruando los reyes de 
España y Portugal habían acordado en el trauido de 
Tordesillas que sus dominios de la América se dividie* 
ran por una linea meridiana que pasase á 360 leguas al 
Oeste de las islas do Cabo Verde, sliruit run discutiendo 
acerca de los puntos terrestres por donde pasa la línea 
ideal, y, por lo mismo, acerca de si ciertas tierras per- 
tenecían á una corona ó á la otra. De aquí resultó que 
mientras los adelantados que venían ;d Paramiay baja- 
ban en Santa ( 'atalina reputándola donunio dei monarca 
español, los portugueses sostenían que los de su rey 
llegaban hasta cerca del río Uruguay. Fuera de buena 
ó de mala fé, el hecho real era que las dos monarquías 



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BB LÁ REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUOUAT 143 

durante largo tiempo pretendieron que les pertenecía 
exclusivamente el territorio situado al Norte del río de 
la Plata, entre el Uruguay y Santa Catalina. 

Los españoles descendieroíi varias veces en las costas 
del Atlántico, del Plata y del Uruguay durante el siglo 
XVI, lucharon con los salvajes y ejercieron otros actos 
de autoridad ; pero incurrieron en el error de obrar 
íieiapre de paso á la Asunción del Paraguay y de mudo 
que sus hechos no podían considerarse sino accidentales. 
Ño tr£úeron ni una sola vez el propósito de sojuzgar 
i los charrúas y guaranís que poblaban las márgenes 
de los ¡orrandes rus do esta zona, y menos el de establecer 
coloüicis permanentes, pues el fuerte que hizo levantar 
Caboto en 1527 en donde el San Salvador echa sos 
aguas al Uruguay, los ranchos que edificó Juan Romero 
eii 1550 en dondo desagua el arroyo San Juan, y la 
m:onsimcción de San Salvador por Zarate en 1574 
fberon actos que no correspondieron á ning(m plan 
serio, y que, por esto mismo, carecieron de estabilidad 
' orno que todas esas construcciones desaparecieron al 
poco tiempo de iieciias. Pasóse también el siglo XVII 
sio que los españoles hubiesen hecho otra tentativa de 
ocupación enti*e el Uruguay, el Cuareim y el Plata, que 
una reducción de indios chañas ñindada liacia 1(350 por 
padres franciscanos en la pequeña y anegadiza isla del 
Vizcaíno, que queda cercado la desembocadura del río 
Negro, cuya reducción se llamó de Santo Domingo 
Soriano (1). 

No necesitaban más los portugueses, codiciosos de 
estas tierras, para defender su ambición, y para sentirse 
animados á extender sus posesiones. En efecto, las capi- 
tanías, sobre todo la de San Vicente, que, como se ha 
üicbo, era la más meridional, empezó á ensanchar sus 

(t) Se iraslatió cfte pueblo, al logar que Itoy ocupa, on el afio 1708. 



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144 BOSQUEJO HISTÓRICO 

fronteras occidentales, y el gobierno lusitano directa* 
mente autorizó ocupaciones que avanzaban en la zona 

disputada. Donó en 1054 las tierras de Santa Catalina á 
Francisco Díaz Vello; y, no habiendo tenido licinpo este 
para colonizarlas, porque fué muerto por un pirata 
inglés, el Gobierno Uevó á cabo la colonización oficial- 
mente con familias (]ue liizo conducir de las islas .Azo- 
res. Sus avances eoniinuaron muy luego hacia el 
Poniente, hasta llegar casi al río Uruguay, con cuyos 
hechos provocó las guerras y negociaciones diplomá- 
ticas que ¿e relaiaruii cu los siguientes artículos. 

LXn. — La C«lMÍ» iél 8sen««Bto 

Para el último cuarto del siglo XVII, habían llegado 
las desí^^racias de España, como se sabe, á un írrado 
extremo. Aprovechóse de ellas el regente de Portugal, 
don Pedro, para ordenar al gobernador de Río de 
Janeiro que ñmdase una colonia en la isla de San 
rfat)riel 6 en un {taraje próximo del río de la Plata que 
le pareciera más conveniente. El gobernador, que lo era 
el maestre de campo Manuel Lobo, se embarcó con 4 
compañías de á 200 hombres, con artillería y con 
varias familias de colonos, llegó á principius de D>sO al 
lugar indicado, estableció en la margen septentrional 
del Plata la colonia que denominó del Sacramento, y la 
fortificó. El gobernador de Buenos Aires reclamó la 
evacuación al de Río de Janeiro; éste se negó, alegando 
que la colonia estaba situada en territorio portugués; 
fué necesario recurrir á las armas. Las fortificaciones 
ftaeron asaltadas y tomadas el mes de Agosto del mismo 
año por un numeroso cuer^to de españoles, mulata s y 
guaranis de las Misiones en cuya operación se conduje- 
ron éstos valientemente. De la guarnición portuguesa 
murieron 200; los demás cayeron prisioneros, incluso 



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DE LA REPÚBLICA ÜRIEKTAL DEL URUGUAY 145 

el gobmiador Loba. El ejército de Buenos Aires tomó 

lodci ia artillería, armamento y municiones del vencido. 
Lobo falleció de pesar. 

Asi que el gobierno portugués tuvo noticia de los 
hechos ocurridos, entabló negociaciones, las cuales 
JitTon por resultado el tratado provisional Ue 1<)8I 
(7 de Mayo). Se estipuló en él que la colonia ÍUese 
devuelta á las autoridades del Brasil con sus armas, 
artilierfa, municiones y habitantes que permaneciesen 
en Buenos Aires; que el gobernador bonaerense bLiiu 
amonestado por su conducía; que el gobierno portugués 
restituiría las usurpaciones de los paulistas, sí las 
hubiese, y <]ue ambas coronas nombrarían comisarios 
para quo demarcasen el límite común de sus posesiones. 
Se nombraron las comisiones y se acordó que ios por- 
tugueses devolverían :iOO mil indios y los ganados 
robados por los mamelucos, y que los españoles podrían 
comerciar con el Sacramento. La colonia fué entregada 
on ios;;, pero hubo de parte de los portugueses tan 
poca disposición de llegar á una solución en la cuestión 
de límites, que los comisarios nada concluyeron, y la 
posesión del Sacramento, que había de ser de .muy 
corta dui'ación, se prolongó mientras la dinastía 
austríaca estuvo en el trono de España, y aún des- 
pués. 

Esta posesión flié disputada posteriormente por la vía 
<iiplomática sin éxito ninguno, pues la corona de Por- 
tugal la defendió á titulo de primer ocupante. Guando 
los borbones sustituyeron á los austríacos en el trono 
de España se renovó la cuestión y como los portugueses 
no cedieran, en cuanto éstos entraron en la liga que 
bvorecía la pretensión de Austria recibió orden el 
fotemador de Buenos Aires para que se apoderase del 
teramento. Fueron llamados otra vez los guaranís del 
Paraná y del Uruguay ; en gran número (4000) sitiaron 

to 



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140 BOSQUEJO HISTÓRICO 

la plaza á fines de 1704» y á los seis meses se retiró la 
orua tuición abandonando la artillería y las municiones, 

cuando llevaba ya aíios de ocupación ecnstante. 

Terminada la guerra de sucesión, celebraron los 
españoles y portugueses el tratado de Utrecht de 1715 
(Febrero). Los primeros se obligaron á entregar la 
colonia rvn un territorio liiniiado pui el alcance de un 
cañón; y ios scí^nindos se obligaron á resii luirla Siempre 
que los españoles ofreciesen dentro de año y medio un 
terreno equivalente. Al cumplirse este acuerdo preten- 
dieron los portuíj iK ses que como antes de 1705 habíanse 
poblado en otros punios de la orilla izquierda del Plata, 
debía devolvérseles, además del pueblo, los otros 
terrenos que habían abandonado por la fuerza; pero 

España se atuvo ai iraiado de 1715 e hizo en 1716 la 
enti-ega según se había esupulado. 

No impidió ésto que los rioplatenses y los brasileños 
fflguieran disputándose terrenos, cuyas cuestiones eran 
ocasionadas en parte por la demora en efectuar la 
subrogación que en 1715 se había dejado pendiente. 
Después de un asedio infructuoso á la colonia (1735) y 
de laboriosas negociaciones vino á acordarse por el tra- 
tado de 1750 que anuló todos los tratados anteriores y 
estableció la línea ([ue en lo futuro bci)araría los domi- 
nios del rey de Portugal de los del rey de España. En 
cuanto al territorio oriental del Uruguay interesaba, la 
línea partiría de la barra del Chuy, seguiría por las 
cumbres de las montañas h-ista hallar el origen del Río 
Negro, de aquí hasta la principal fuente del Ibicuy, y 
luego á lo largo de este río hasta el Uruguay. Así, pues, 
la colonia del Sacramento vendría á ser del rey de 
España y las Misiones orientales del rey de Portugal : 
y para que no hubiera duda á este respecto, ambos 
monarcas se cedieron expresa y recíprocamente esos 
territorios. Se quiso dar tanta firmeza á este tratado. 



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1)E LA REÍ^ÚBLICA ORiLMAL DKL URUGUAY 147 

que se pactó su subsistencia aun cuando sobreviniese 

Li.ú ru¡ilura entro las dos coronas. 

Los comisarios nombrados por ambas partes comen- 
zaron su tarea por el extremo Sud de la línea ideada, 
sin mayor diñcultaj) ; pero ellas fueron apareciendo y 
creciendo sei:ú:i avanzaban hacia el Norte, no sñlo por 
la oposición que hicieron los jesuítas de las siete 
misiones orientales del Uruguay, sino también porque 
algunos de los puntos indicados en el tratado de 1750 
no tenían correspondencia en el terreno, do lo cual se 
originaron frecuentes discusiones insolubles. Se vio así 
que el tratado no era fálcimentc ejecutable; y ya por 
ésto, ya porque ninguno de ios dos gobiernos estuviera 
satisfecho de haberlo firmado, convinieron en 1701 anu- 
larlo completamente, volviendo las cosas al estado que 
habían tenido antes de 1750. £s decir que continuaría 
el Sacramento en poder de los portugueses y las Misio- 
nes en poder de los españoles. 

En el mismo ano celebió Carlos III con Luis XV, de 
Francia, el Pació de familia de donde resultó que 
España y Portugal se encontrasen en guerra, y que, 
por orden de su gobierno, tomase la isla San Gabriel y 
sitiase el Sacramento el gobernador de lUienos Aires, 
que lo era el famoso general don Pedro Ceballos. El 
sitio duró 25 días. £1 jefe de la plaza, don Vicente da 
Fonseca, tuvo que capitular el 20 de Octubre de 1762, 
aunque con los lioaores de la guerra. Los vencedores 
tomaron en el puerto 2G buques ingleses cargados, y en 
k plaza mercancías y efectos de guerra valuados en 
más de 20 millones de pesos. 

Pocos días después llegó una escuadra anglo-lusitana 
de once buques, que venía á reforzar la guarnición con 
SOO hombres. Al saber su jefe que los portugueses 
hftbían capitulado, se propuso retomar el pueblo é hizo 
ftiego á sus fortificaciones. Hacía 4 horas que se s>oste- 



i 



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nía, cuando se incendió e! Lord Clwe, de 54 ca&oncs, 

que tenía á honio 340 hombres. El buque se perdió; de 
hus tripulantes be .salvarou soiumeüte 76 y el resto de 
la escuadra se retiró. 

Mas sobrevino la paz en 1763; y como las potencias 
sentaron en principio la restitución de todo lo que 
hubiesen tomado duranie la guerra, abordaron particu- 
larmente sus majestades Católica y Fidelísima que se 
devolviesen la colonia y la isla de San Gabriel á los 
í>ortugiieses, lo cual verificó Ceballos á fines del mismo 
año, entregándolos artillados como entuban cuaudu 
fuen)n tomados. 

Esta paz no se hizo efectiva en el Río de la Plata, 
debido á que las usurpaciones de los portugueses con- 
tihuaron sin emboi:*). Tanta magnitud tomaron en los 
doce afios siguientes, que Carlos 111 vióse obljirado.-i 
emprender la guerra nuevamente y á mandar be^o las 
órdenes de Ceballos, que vino con el tftulo de Virrey, 
doce buques de guerra > unos cien transpon. 'S ron OOiX) 
hombres de desc^mbaKo. V^ta expeibciou llegó al rio 
de la Plata en Mayo de 1777, tomó el Sacramento sin 
hallar casi resistencia, y se dispuso á llevar adelante la 

campañ a, ruando la iiilrrrtimpií'» la i;<jUcia dr que los 
reyes Ixdigerantes habían celebrado ua tratado preli- 
minar de límites en San Ildefonso, el mes de lictubre 
del mismo año. 

Se declaro vn el : que se ratilirabaii li>s tratados de 
de 1715 y de 1703 en iodo aquello que acttial- 
mente no se derogase; que pertenecerían privativa- 
mente á la corona do España los terrenos de las dos 
in;trgen<:s del Plata y did Uruguay, liasia donde desem- 
boca el río Pequirí ó Pepirí-guazú, em[)ezando la línea 
divisoria en el arroyo Chuy y corriendo por la margen 
de la laguna Merim y las cabeceras del río Negro y de 
los demás que <iesa;zuan en el Uruguay hasta las del 



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I»E LA REPÍ'BLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 149 

Pepirí ; que ninguna de las dos naciones ocuparía las 
lagunas Merim y Manguera, ni las tierras situadas 

entre ellas y el mai\ ni una faja t^ue se tni/^iría hasta 
el no Pepirí en todo lo largo de la línea, para que fuese 
oeutrai ; y que se nombrarían comisarios para que se 
demarcasen los límites. 

Esie tratado dió íin á la contienda de españoles y 
[loriugueses respecto de la colonia del Sacramento, la 
cual fué poseída por los primeros constantemente desde 
que, en cumplimiento de las estipulaciones de 1777, fué 
enti^egada al representante de Carlos líL 

LXni. La peuinsiiU de Mautevldeo 

Persiguiendo su propósito de a{tropiarse toda la costa 
del río de la Plata, y estando en paz las dos naciones 
rivales, el gobernador del Brasil ordenó que una parte 
de su escuadra penetrara en la bahía que bafia la base 
del «:erro Montevideo y ocupase la península que queda 
^ la parte opuesta. 

Así se intentó en 1720, pero no pudo llevarse á cabo 
la empresa, porque buques españoles que recorrían las 
«oslas descubrieron A los intrusos y los obliíraron á 
retirarse. Se repitió alguna otra vez la tentativa y se 
frustró igualmente* Pero en 1723 vino un navio con 
artillería y tropas, desembarcaron 200 hombres y cons- 
iruyeron un reducto. 

Así que este hecho fué conocido por el gobernador de 
Buenos Aires, que lo era el genersd don Bruno Zabala, 
se entabló un cambio de comunicaciones. Mas, como no 
consiíjuiera el gobernador esp¿tiiol pui este medio que 
ki6 ocupantes desistieran de su intento, despachó fuerzas 
mar y tierra para que los batieran. No hubo necesi- 
dad de derramar sangre : el jefe portugués se dispuso á 



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150 Bc>SQUEJO HIST6RIt\> 

evacuar la jíenínsuia en cuanto advirtió que ci enemigo 
lo amenazaba de cerca* 

El i^obernador ZaUala hizo construir fortiñcaciones 

entonces para impedir que en lo íuiuru se repitienin 
tentativas eonio la que acababa de abonar, y los porlu- 
grueses no disputaron más el dominio de este punto. 
Poco después (1T2()) ftindó Zabala la ciudad de San 
Feiipe y Sr^ntiago de Montevideo; rei)artió euire los 
pobladores los terrenos encerrados por los límites seña- 
lados á la ciudad, después de haberlos fraccionado en 
solares (pi<» tenían cincuenta varas de frente por otro 
tanto de fondo; reparfi*'» l<>s ierreno<; drl .jid.), tlividiiios 
en suertes de chacra, separadas unas de otras pov calU s 
de doce varas de ancho; y dispuso que lo restante de 
las tierras se dividiesen en suertes de estancia, que 
tendrían media leí^ua de frente y uua y mk «lia de fondo. 
La jurisdicción de Montevideo que-ló deierminada «le 
este modo : al Sud, el rio de la Plata ; al Oeste, el 
arroyo Jofré (Cufré); al Este, el cerro Pan de azúcar y 
la eu'^hilla que le siíjue en dirección al Norte, hasta 
tocar la cuchilla Gran'le ; y al 2\orte, esta cuchilla hasta 
las puntas del arroyo Jofré ; cuya superficie mide poco 
más 6 menos cuarenta lepruas cié oriente á occidente y 
veinticinco de Norte á Sud. 

LXIT« - £1 Ufo CSrui4e v las Misiones 

A fivor 'i- -I tratado de 1750 había iiv;iiizado la ocu- 
pación portuguesa, ix)r el Este y el Norte, hasta el 
arroyo Chuy y cerca del río Cuareim; es decir, por todo 
el Río Grande y las Misiones orientales; pero no habían 
usa lo <le reriprocidaí] devolviendo la colonia del Sacra" , 
mentó. Anulado atiuel tratado \íov el de 1761, delucron 
los portug'ueses volver á stis antiguos límites, desalo- 
jando los territorios de Río Grande y de los siete pue- 



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) 



DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 151 

i Jos de Misiones. No procc<lieron así, sin ombarpro; 
razón i>oi' ia cual Cebailos, gobernador de Buenos Aires, 
intimó tanto al ^biemo del Brasil como al jefe militar 
de Río Grande, que evacuasen las tierras indebidamente 
ocupadas, tan pronto como tuvo noticia del ultimo tra- 
tado. La reclamación fué reiterada en el siguiente año 
(1762) sin conseguir resoltado alguno. 

Uega poco después al Rio de la Plata la noticia de 
íiiio. como consecuencia del Pacto r^c familia, había 
esíiallado la guerra entre las dos curoiias de ia Penín- 
sula ibérica. Este suceso movió á Cebailos á conseguir 
por las armas lo que no había podido obtener amisto- 
samente. Tomí^ el Sacramento, como ya se ha dicho, 
marchó luego hacia el Este á principios de 1763 y tomó 
sucesivamente el íüerte de Santa Teresa, construido 
sobre el Chuy, el castillo de San Miguel más al Norte, 
V la ciudad de Río Grande de San Pedro al Oeste de la 
la^'una de los Patos. El fuerte de Santa Teresa estaba 
defendido por numerosas tropas (600 hombres según 
vmos, 1500 según otros) pero huyó la mitad de la guar. 
nición al ser sitiada y se rindió la otra mitad. No hizo 
ninguna resistencia San Miprucl. Y fué tanto el terror 
que se apoderó de la plaza de Río Grande, que huyeron 
las tropas y el ] ueblo dejándolo todo y ahogándose 
muchos al atravesar el río. El vencedor tomó toda la 
artillería, mt mas y municiones, y muchos prisioneros» 
La paz de 1763 obligó á devolver la colonia del Sacra- 
mento, pero no el territorio de Río Orando ; por manera 
que las cosas quedaron como se había pactado en 1761, 
poco más ó menos. 

Ni los rápidos triunfos de Cebailos, ni el tratado de 
1763 impidieron que los portugueses continuaran porfla- 
<iamente en la ejecución de su pensamiento de apro- 
piarse el Río Grande. Invadieron en 1764 algunos 
puntos de este territorio y pretendieron navegar en el 



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152 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



río de igual nombre. En 1767 atacaron la ciudad y la 
tomaron. El primero de estos hechos ftié reclamado por 

e\ «^^obernador de Buenos Aires; el segundo lo obligó á 
enviar un i Uvv\)o de S(H) hombres, el nial rci uperó la 
ciudad y reclamó el desalojo de los otros puntos ocupa- 
dos por los portugueses abusivamente, sin conseguirlo. 
Los usurpadores si^ruieron su obra. Estos hechos deter- 
minaron al rey de España á decretar la írrande expedi- 
ción de 1776, que vino al Plata b^jo las órdenes del 
virrey Ceballos. 

Al pasar por Santa Catalina, en Febrero de 1777, 
desr inbarcu íuerzas en la ensenada das Vanaveirds. El 
gobernador abandonó las fortificaciones y luego capí* 
tuló cediendo la isla y sus dependencias al rey de 
España. El virrey se propuso invadir por varios puntos 
el territorio de Riu (brande y ordenó al gobernador de 
Buenos Aires que maix^hara á la frontera con las ftierzas 
disponibles. Mas tiempos desfavorables forzaron á Ja 
escuadra á diriírirse al Río de la Plata. Entorpecido el 
plan por est.i contingencia, decidió Ceballos lomar el 
Sacramento, y volver luego á Kio Grande. Ya se sabe 
cómo Secutó este primer paso. Á los pocos meses se 
puso en camino hacia el Este ; pero se había celebrado 
la pa?: entre los nmnarcas español y portugués: y, como 
el iratudo (le límites de San Ildefonso dejaba el Rio 
Grande del lado de Portugal, cesaron las hostilidades y 
se devolvió Santa Catalina. 

Aunque los ]>ortu<Tnieses se connivieron despucs. 
durante varios años, volvieron, al concluir el siglo X VIH, 
á invadir, no todavía terrenos españoles, pero sí la 2ona 
neutral de la frontera que se extendía desde Santa Tecla 
hasta el Monte Grande. Y bastó que se supiera en el 
Brasil que babia estallado en la Península ibérica l¿í 
guerra de 1801 para que el virrey de Rio de Janaro 
ordenase una campafia y el gobernador de Río Grande 



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i)K LA RKI'CbLICA UKIEZsTAL del URUGUAY 153 



llamase á las armas á todos los desertores que quisieran 

tomarlas. Varios cuerpos de ejercito marcharon inme- 
diatamente y atacaron á la vez las guai'dias y pequeñas 
guaniiciones que tenían los españoles sobre la frontera, 
desde el Chuy hasta el Cerrolargo, y tomaron todos 
estos puntos. Fuerun atacados también los pueblos de 
las Misiones orientales en Octubre y Noviembre; los 
españoles^ desprevenidoSt no pudieron resistir con 
éxito, y los invasores ocuparon todo el territorio hasta 

el río Cuareim. 

Las tropas del Río de la Plata se dirigieron á su 
tamo á la frontera oriental para recuperar las posi* 
Clones perdidas. Los portugueses se refiraron, antes 

quo llegaran los españoles, tanto del Cerrolargo como 
de lüs Giros puntos más rueridionaies. Acaso hubieran 
hecho lo mismo si las fuerzas rioplatenses hubieran 
marchado á tiempo hacia el Norte; pero vino á impe 
dirlo la paz que los reyes de España y Portugal cele- 
braron en Junio del mismo año 1801, ios lusitanos 
alegaron que el tratado no los obligaba á abandonar 
las tierras conquistadas, y continuaron en posesión de 
ellas para siempre. 

IiXT. Lai lüTifloBes extravien». Primeros aetos 

de «ntonoinía criolla 

Las guerras de España dieron ocasión en todo tiempo 
á sus enemigos para intentar la usurpación de sus 
posesiones americanas ó, por lo menos, para Secutar 
exacciones y otros actos de prepotencia. El Río de la 
Plata fué en diversas épocas el objeto de empresas de 
esta clase. 

Estando en guerra Francia con España, vino el gene- 
ral Osmat, llamado el caballero Lafontaine, por orden 

de Luis XIV, en 1658, con tres naves, á apoderarse de 



i 




ir>4 BOSQUEJO HISTÓRICO 

la ciudad do Buenos Aires. La plaza se defendió con 
enei^ía. Los franceses perdieron á su general y el prin- 
cipal de sus buques, y tuvieron que retirarse. 

Otros franceses y alirunos holandeses y dinanianjueses 
trajeron en dixersas feclias, á distintos puntos del Rio 
de la Plata, amenazas más ó menos serías que nunca se 
realizaron. 

Los mái5 lemibles de iodos los invasores han sido los 
in¿§leses. Ya en 1582 (luiso apoderai'se de Martín García 
el corsario Eduardo Fontans. 

Cerca de dos siglos después tomaron posesión de una 
de las islas Malvinas. El virrev de Buenos Aires los 
hizo expulsar |)or la fuerza á mediados de 1770; mas 
Carlos III desaprobó el acto y mandó devolver la isla á 
los usurpadores, si bien con la condición no reclamada 
(le que más adelante discutirían los írobiernos el derecho 
de soberanía. Los ingleses poseen, todavía ahora, 
aquellas islas. 

Las perras en que Napoleón I comprometió á Garlos 
IV vu los ¡niineros años del siglo \IX dieion pretexto 
á Inglaterra para emprender la conquisia del Río de la 
Plata. 

Se vió en Noviembre de 1805 que entraba en la Bahía 

do Todos los Santos (Brasil) una escuadra ini^-lesa. El 
virrey del Plata, que lo era el mai-qu(^s de Sobre-Monte, 
sintió alguna inquietud cuando lo supo, se trasladó á 
Montevideo, y dictó allí algunas medidas; pero, como 
luego viniera la noticia de que la escuadra había 
lomado la dirección del Cabo de Buena Esperanza, se 
restableció la tranquilidad. 

La escuadra, en efecto, había ido á conquistar el 
Cabo, (que pertenecía á los holandeses) llevando á bordo 
tuerzas (¿ue obedecían á las órdenes del general lii\'u\ 
Baird. Pero, cuando ya nadie pensaba en ella, apareció 
en el río de la Plata (Junio de 1806) y desembarcó en 



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DE LA K£PÚfiLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 155 



Wüiime.s, íí pocMs Ippiins do Buenos Aires, los \7)in) hom- 
t)res que traía. La exj>edicic>a naval ern mandada por 
8ir Howe Popham; la tropa por sir Wiliiam Cars 
Heresford. La dudad de Buenos Aires conlaría una 
poblncitSn de 50 mil j)ersonas próximamente ; no tenía 
defensa ninguna por el lado de tierra ; había en sus 
depósitos mucho armamento, pero carecía de tropas 
veteranas, pues el virrey había enviado á Monte- 
video las que liaUía, pensariílo que <^stn era la plaza 
amenazada. Algunas milicias que salieron al enciientro 
délos ingrleses lUeron fácilmente derrotadas. El virrey, 
en vez de or^anisiar la defensa, huyó al interior con los 
caudales. Beresford intimó la rendición ; reuniéronse 
ios oficiales de la plana mayor y algunas corporaciones 
para delii)erar, los cuales resolvieron entregar la plaza, 
y los ingleses entraron en ella tranquilamente y ocupa- 
ron el fuerte y los cuarteles. 

En 4 uanto esto sucedió se dedicaron dos hombres á 
trabiyar por la reconquista : don Martín de Pueyrredon 
y el capitán de navio don Santiago Liniers. Francés 
era éste, que servía en la m arina ('Si)añola á favor de 
las relaciones de las dos naciones separadas por los 
Pirineos, y nacido en el Río de la Plata el otro. El pri- 
mero ordenó á los paisanos de la ciudad y sus cercanías 
íjue se le reunieran ; el seíj^runio ynn^ij sigilosamente á 
Montevideo, obtuvo allí 1000 hombres y cañones, ven- 
ciendo resistencias que le oponía la autoridad militar, 
regresó por tierra hasta el Sacramento, atravesó el río, 
^e puso de acuerdo con Pueyrredón. ii acarón la ciudad 
á mediados de Agosto, cooj>eró el pucijlo conduciendo 
á brazo los cañones y lanzando de balcones y azoteas 
toda clase de objetos ofensivos, y Bei*esford se rindió á 
su vez. 

No por eso desapareció el peligro. La escuadra so 
apoderó de Maldonado y se mantuvo en la boca del río 



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156 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



ílo la Plata bloqueando los puertos y osperaiiclo nuevas 
tropas para recomenzar en tierra las hostilidades. Lle- 
garon bajo las órdenes de sir Samuel Auchmuty v 

oniMiii^fs los in^'-losei. i a acarón y tomaron á Montevideo. 
(Ir ebrero de 1807.) 

Como recibieran poco después nuevos reftierzos, los 
ingleses, se dirigieron contra Buenos Aires en número 
de mas de 13 mil huiubies, mandados por el general 
^\'llitelocke. JUesembarcaron enia ensenada de Barragan 
á principios de Julio; derrotaron á Liniers cerca de 
Buenos Aires; el cabildo |»reparó la defensa dentro de 
la ciudad ; llevaron v\ asalto los invasores ; defendióse 
el pueblo ; el conibaie duró dos días y concluyó por 
la capitulación del general Whitelocke, quien se 
obligó á evacuar la capital del virreinato en el término 
de 48 horas y la ciudad <le MontevidtMj á los dos meses; 
cuyas cláusui<i> se cumplieron puntualmente. 

En estos hechos hay gloria colectiva, que alcanza á 
todo el pueblo por igual; pero hay algo más que, apa- 
reciendo á inant-ra de germen, debía desenvolverse 
rápidameiiie, uaiisiurmarse, evolucionar hasta tomar 
formas específicas distintas y obrar como fuerza eficiente 
en los destinos del Rio de la Plata. Ese algo es la inter- 
vención do la clase de los nacidos en America, en los 
sucesos de orden pú'^lico. En tiempo de paz ius espa- 
ñoles se habían bastado para desempeñar solos las fun- 
ciones oficiales; en tiempo de guerra, de una guerra 
inesperada que no dió tiempo á que un Ceballos trajese 
de España los soldados t'>paíioies que habían de defen- 
der la Am ! i a de los ataques del extranjero, ni á que 
balasen de las Misiones miliares de guaranis sin volun- 
tad ni aspiraciones propias, fué necesario admitir el 
concurso de cnollo.> y aiulaius, y darles participación 
consciente en un episodic» que era á la vez acto milit^ir 
y político* Débese al hecho, aunque no al propósito de 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 157 

bis isiones inglesas, que el pueblo americano haya 
asumido por primera vez en el püblico escenario del 
Plata un papel activo y espontáneo. 

SECCIÓN IV 

La revolución del Rio de la Plata 

LXTL — Se acentúan la antoaomia del TÍrreinato j la personalidad 

palitlea del element» amerletta 

Las invasiones in^^lesas tuvieron una trascendencia 
tan grande como inesperada en los destinos del Río de 
la Plata, y aun en los de la América española, si no 
como causa eficiente, como causa ocasional. 

Toda la numerosa población de criollos, mulatos, 
zambos é indígenas distaba mucho de estar satisfeciia 
de la dominación española. Se sabe cómo las tres últi- 
mas de estas clases eran consideradas en el orden pri- 
vado ! se les tenía por mwy inleriores, constantemente 
sometidas, condenadas á las ocupaciones que se repu- 
taban menos dignas ; es decir, pobres, si^jetas, cansa- 
das y menospreciadas. La conducta de las clases infe- 
riores era tran(iuila y resignada, pero no ptxiía ser 
tranca, ni su cordialidad tan íirme que i^esistiese á toda 
prueba . Los criollos ocupaban posición mucho más ven- 
ti^osa, sin duda, pero no escaseaban resentimientos y 
nvali'iades entre ellos y los españoles. Más conocedores 
de la naturaleza humana, y mejores apreciadores de los 
bechoSy no pensaban sin irritarse en que los europeos 
los excluían de las flinciones de la vida pública ; en que 
vxn en los cabildos, institución esencialmente |)0i)ular. 
ae reservaban los puestos más inüuyentes y se hacían 
aeompañar por los americanos más imbuidos por el 
lentiiníento de sumisión á los conquistadores ; en que 



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158 BOSQUEJO HISTÓRICO 

fec les liabíari notado sisiemálicaaien le libertades en las 
artes, en las industrias y eu el comercio, de que habían 
goeado no sólo los habitautes de Espafka, sino también 
las deuuLs ()n)vinrias americanas dominadas por espa- 
ñoles, y que iiabia ile las veuiajas de la instrucci(Mi pri- 
maria y profesional liabian sido excluidos como ninguna 
otra regfión del continente. Se creían, pues, tiumillados 
como nadie : su ahivez de raza se sui»lovaba á menudo 
y estallaba en reerinüaauone^ que pei iurbaban la pax 
de las familias, y la comunidad de desgracias favorecía 
la diftisión de estos sentimientos en las clases inferiores. 

Este era el estado frenmil d^- les ánimos cuando los 
ingleses vinieron á apoderarse del Uío de la Plata. No 
puede decirse que los americanos aspiraran á la inde- 
pendencia nacional, pero sí que tenían idea do las 

injusticias que sufrían, y que creían tener el derecho de 
ser igualados en lodas las ventajas á los españoles, de 
participar como ellos en la administiación pública, y 
hasta de influir en su suerte futura con libertad mucho 
más amplia que la acordada por los reyes á la Anu rica. 

La conducta del virrey Sobre-Monteen 1800, cobartie 
é inepta, y la de la clase militar, igualmente nula y 
bochornosa, exaltaron sobremanera el sentimiento 
patriótico de criollos y españoles e inspiraran el des- 
precio y las burlas de aquéllos, de zambos y mulatos» 
tanto más acerbos cuanto la hazaña de la reconquista 
les había mostrado á todos los elementos del pueblo 
cuán superiores habían sido en dignidad y^n bravura 
á los «jue tenían el encargo especial de deíender el 
honor y la integridad de los dominios de la corona. No 
es de extrafiar, pues, que cuando, vencido ya Beres- 
ford, se acercó el virrey á la ciudad para asumir el 
mando, se reunieran ludas las clases populares indis- 
tintamenic ante el Cabildo, pidieran á gritos que se 
prohibiera á Sobre-Monte la entrada, y que le obliga* 



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DE LA REPÚBLICA 0RI£2<XAL DEL URUGUAY 159 

hcn á delegar en don Santiago Liniers el mando militar 
) á trasladarse á Montevideo. (Agosto de 1800.) 

Nueva prueba de su incapacidad dió acjuí cuaudo los 
igleses abrieron su segunda campaña. Nada conveniente 
üis[)Uso ; se situó fuera de la plaza, al abrigo de riesgos; 
y, cuando el asalto, emprendió la retirada hacia la 
colonia del Sacramento. No bien se supo ésto en 
Baenos Aires, se apoderó del pueblo el furor, y deter- 
minó á las corporaciones civiles á reunirse con sus 
[Toliombres y á deliberar acerca de la de[)os¡ción del 
virrey. Se resolvió en esa asamblea de altos funciona- 
lios y de personas privadas suspenderlo en el mando 
político y militar; 'pasó el primero á la audiencia y el 
segundo á Liniers, (10 de Febrero de 1807) se enviaron 
tropas para aprehender al depuesto en donde se le 
hallase, y se dió cuenta de todo á la corte para que nom- 
brase un sustituto. 

Este acto, de audacia inaudita en aquellos tiempos y 
lugares, luvo todos los caracteres de una revolución 
verdaderamente popular. Y si el hecho es notable como 
efecto de la voluntad de Buenos Aires, lo es más aún 
l'oniue se operó con el concurso íranco de ios criollos, 
i¿ue obraron en esa ocasión obedeciendo á. su propio 
sentimiento y haciendo valer su voto como expresión de 
su propio derecho político. 

Carlos IV, sin darse cuenta, probablemente, de la 
gran significación de los acontecimientos, aceptó la 
d^KKsición decretada en Buenos Aires por criollos y 
españoles y tuvo la deferencia, acaso no del todo espon- 
tánea, de mandar al candidato popular los despachos 
de mariscal y de virrey inierino del [Río de la Plata, 
cuyo puesto ocupó Liniers á mediados de Mayo de 1808. 
Ya puede suponerse el aliento que tomaría el pueblo con. 
este triuni'o material y uior.il, y cuánto se robusteceríaa 
iis sentimientos políticos de la clase americana. 



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BOSQUEJO HISTÓRICO 



LXTII. — BompimlesU tmtrt «iMItt j ctpaMcs 

Si los sucesos inesperados de 1800 y ISuT ui vieron la 
¿grande importancia de dar ocasión á que el i>ueljlo pro- 
cediera de modo incompatible con el absolutismo del 
poder que mandaba en toda la América, y de que apa- 
recieran como parte de la fuerza i)()pular los hombres 
nacidos en el Plata, no la tuvieron menos los sucesos, 
igaalmente ínesiierados, que tuvieron lugar eo 1808 y 
á principios de 1809, porque Aiei*on causa de que se 
pronunciase el anlagonisnu) de criollos y esi». moles, 
aunque sin deíinii*se todavía el i»ensamieato de eman- 
cipar la América de la autoridad de los i^yes europeos. 

En efecto : así que Napoleón I obtuvo que su dinastía 
sucediera á la borbónica en el trono de España y de las 
indias por la cesión de Carlos IV, y que el pueblo de la 
Península negó la legitimidad de esa sucesión impix)vi- 
sando juntas de gobierno qu(^ juraban fidelidad á Fer* 
nando VIL secuestrado en Francia, surgieron do golpe 
vanos problemas, á cual más grave. ¿ Que 5>e pro- 
pondría Napoleón respecto de la América f | Qué pre* 
tenderían, en cuanto á ella, las Juntas de gobierno 
españolas t ¿ Que actitud asumnia iu América t No se 
tardó mucho en saberse. 

La abdicación de Carlos IV y la proclamación de 
Fernando VII se conocieron en el Río de la Plata tan 
pronto como lu pLi iuitieron los medios de comunicación 
usados ent(Mices. Se disponían lodos á jurar al nuevo 
rey, cuando se le avisó á Liniers desde Montevideo que 
graves sucesos habían ocuiTido en Europa y que aca- 
baba de llegar un emisario del emperador Napoleón. El 
emisario era el marques de Sassenay. Había salido de 
Bayona en Mayo ; vientos desfavorables habían obligado 
al buque de guerra que lo conducía á arribar en 



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Dfi LA. Rfil^ÚBLlCA OiUENTAL DEL URUGUAY 101 

Maldonado ; de ahí había pasado á Montevideo por 
tierra, y de aquí á Buenos Aires, á cuya ciudad llegó 
el 13 de Agosto. Se le recibió en el palacio real, situado 
en el recinto del fuerte^ pero Uniers no se atrevió á 
llamarlo ante sí hasta que hubo reunido en su despa- 
cho á los principales individuos de la audiencia y del 
cabildo, porque, como era francés y no se ignoraba la 
admiración que tenía por el grande hombre de la época, 
temió hacerse sospechoso al pueblo. Reunidas las per- 
sonas á quienes precipitadamente había convocado, 
hizo entrar al marqués de Sassenay y le preguntó en 
tono frío y seco, que comisión traía. El marqués entregó 
por toda respuesta una valija de despachos. En ellos se 
constataban los sucesos de Bayona, se bacía saber que 
Napoleón cedería en breve su derecho de soberanía á 
José Bonaparte, y se esperaba que el Río de la Plata se 
adheriría con jubilo á la nueva situación. La lectura de 
estos documentos irritó sobremanera á los españoles 
presentes. A^gnnos propusieron que se tratase como 
enemigo al marqués ; pero prevaleció la idea de que se 
le ordenara el inmediato regreso á Europa, por vía de 

Monievideo. 

No pudo salir buque alguno ese día, por mal tiempo. 
Uniers aprovechó la noche para conferenciar secreta- 
mente con Sassenay, á quién conocfa desde hacía seis 

ó siete afioís. El marqués había esperado ser mejor 
recibido por esta circunstancia. Liniers se excusó 
diciéodole que entre la dinastía borbónica y la de 
Napoleón, le sería más simpática esta última; pero que 
no tenía tropas re^^ulares, que toda su autoridad depen- 
día de la conibrmidad de sus actos con la voluntad 
popular, que cualquiera hecho ó palabra equívoca bas- 
tarla para inspirar sospechas, por haber nacido en 
Francia, y que lo más conveniente sería esperar á los 
sucesos y coniemporizar entretanto. 

n 



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162 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



La reserv a con que todo se hizo no impidió que se 
supiera en la ciudad la venida de Sassenay y lo esen* 
cial de la misión que traía. La emoción fíié inmensa» y 
la aversión al usurpador unáninít*. Todus pensaban en 
que el virrey <^ra írancés, y se preguntaban que pensa- 
ría el virrey. Liniers, temeroso de que el silencio diera 
facilidades á suposiciones inconvenientes se resolvió á 
publicar un maniíiesto. Pero, mientras por un lado 
tenia que satisfacer el patriotismo del pueblo, por otro 
debía tener en vista que Espafia tenia á la fecha por 
rey á un Bonaparte. Y si Espafia lo aceptara { cómo lo 
rechazaría América ? ^ Cómo podría rebelarse él contra 
el monarca cuya autoridad ya representaba probable* 
mente} La indecisión invadió su ánimo» y el manifiesto 
resultó ambiguo. 

La impresión que piudujo fué deplorable, pero no 
significó lo mismo ea ios americanos que en los españo- 
les. Éstos vieron en aquel documento la revelación de 
que Liniers se disponía á corresponder á la ambición 
del eniperadur de los franceses, y em[)ezaron á mirarlo 
como traidor á Espaüa. Los americanos, juzgando más 
fríamente las cosas, pensaban que si Espafia tenia el 
derecho de aceptar ó de rechazar á Bonaparte, la Amé- 
rica tema, por lo menos, el de pronunciarse sc¿^ún su 
propia voluntad, y el de aprovechar los sucesos para 
asegurar su autonomía; y, en tal concepto, se inclina- 
ban á hacer de Liniers el jefe de los intereses americanos 
del Rio de la Plata. Entretanto el virrey, nu atrevién- 
dose á pronunciarse resueliamenie en íávor del nuevo 
rey» ni de los españoles, ni de los americanos, procuró 
aplacar la exaltación de los segundos celebrando el 21 
de Agosto el juramento solemne del rey Fernando VIL 

A los dos días llegó don Manuel Goyenecho, enviado 
por la Junta de Sevilla para que hiciera conocer en el 
Río de la Plata y en el Perú el levantamiento de España 



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DE LA RKPCbLICA ORIENTAL DEL URUGUAY Hi3 



contra la dominación napoleónica. Esta noticia avivó el 

sentimiento de los españoles ; y, como el enviado, que 
había estado en Montevideo durante tres díns, refirió el 
entusiasmo con que esta citidad manifestaba su adhe- 
sión á Fernando VII y el odio con que se expresaba 
contra el francés que en Buenos Aires desempeñaba el 
virreinato, la aversión de los españoles á Liniers y el 
recelo que éste les inspiraba se ahondai^on de día en dia; 
y tanto, que se resolvieron á deponerlo y á nombrar 
una Junta, como las que habían nombrado las provin- 
cias esimüolas. El cabildu encabezaba estos trabajos, 
aguijoneado por el alcalde Alzaga, que gozaba de pres- 
tigio entre los espafioles ; pero« no atreviéndose á iniciar 
d movimiento en Buenos Aires, juzgaron preferible 
hacerlo estallar en Montevideo, aprovechando la cir- 
cunstancia de que españoles y americanos estaban uni- 
dos en esta ciudad en su odio contra el virrey y en su 
adhesión á los intereses de España, con cuyo fin se 
trasladó Alzaga á Montevideo. 

A su vez los americanos, seguros como estaban de 
que si prevalecía la influencia de sus antagonistas se 
verían ellos más sujetos y maltratados que nunca« por 
el interés de que el monarca ejerciese su poder sin 
recelos ni traba alguna» y de que no fuese menoscabado 
lo que ellos entendían que era derecho de los españoles 
de éjercer exclusivamente la administración de las 
colonias, y de intervenir en ella con su consejo ó con 
su opinión, trab^aban por aunar sus fuerzas y por 
extenderlas, así como procuraban decidir al virrey á 
que hiciera causa común con ellos. Pero el virrey no se 

libraba de su pusilanimidad. 
La oposición de los dos parados se extremó hasta 

Iue, al fin, el gobernador, el cabildo y las tropas de 
lontevideo se apartaron abiertamente de la obediencia 

que le debían á Liniers y constituyeron en Septiembre 



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164 BOSQUÜJO HISTÓRia) 

de 180S, en confoi-iiiidad ron las proposiciones de 
Alzaba, xinajutUa de gobienio destinada á conservar la 
fidelidad de los pueblos del Plata á España^ fuera cual 
fiiese su rey ó gobernante, y á combatir la autoridad, 
que ellos decían ^ napolróaica de Liiuers, así como 
la preiionderan- ia que no estaban lejos de tener los 
americanos de Buenos Aires, y que sería tan ñinesta en 
América para los intereses dinásticos de los borbones» 
como el despotismo de los buiia|)arte. 

Esta junta, el gobernador y el cabildo, empezaron á 
trabfijar activisimamente por conseguir la deposición 
del virr* \ y [\ov eliminar á los americanos de los nego- 
cios públicos. Mandaron á España comunicaciones y 
uuiisarios para inducir á la Junta central de la Penín- 
sula á que nombrase otro virrey más seguramente 
adicto á la nación española y activaron su correspon«» 
dencia con el cabildo y con los españoles más caracte- 
rizados de Hílenos Aires animándolos á que apresuraran 
su pronun( i amiento contra Liniers y los americanos. 

El cabildo de Buenos Aires, una vez que se hubo 
asefrurado de <iue los cuerpos milicianos de españoles 
que había en la plaza secundarían sus trabajos, exigió 
el r de Enero de 1809 á Liniers que depusiese el 
mando, y las tropas de catalanes, vascos y gallegos, 
formadas en la plaza, demandaron tambit^n á gritos que 
renunciase el virrey y que* se nombrase una junta de 
gobierno como las de España, Liniers, no atreviéndose 
á resistir á este aparato de fUerzas y á la autoridad del 
cabildo, firmó la renuncia de su cargo. Pero se inter- 
puso ei) st'2"uida la Legiuu de patricios, mandada por 
el coronel don Cornelio Saavedra, penetró en el fuerte, 
obligó á Liniers á retirar su renuncia, y éste, que se 
hizo de energía al verse así apoyado, disolvió los cuer- 
pos militares que no \o ins|>irabau coníiaii/a, desterró 
á Patagonia á los capitulares que encabezaron el movi- 



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4 



DE LA REPÚBLICA ORIENTAL BEL URÜOUAY 165 

miento y tomó otras medidas tondentes á consolidar su 
aatoridad. 

Los americanos dominaion, pues, enteramente la 
situación. Pero, si bien los trabajos de Buenos Aires no 
dieron el resultado apetecido, consiguieron las autori* 
dades de Montevideo que el gobierno provisional de 
España nombrase en Febrero del mismo año (IsuUj á 
don Üaltasar Hidalgo de Cisneros para desempeñar el 
virreinato dei Río de la Plata. Hidalgo llegó á Monte* 
video al terminar el mes de Junio, en donde se detuvo 
hasta enterarse de la situación de Buenos Aires v estar 
cierto de (^ue sería pacííicamente recibido. Los ameri- 
canos pidieron á Liniers que no entregara el mando, 
pero el virrey no quiso ser desleal á la causa de la 
monarquía española. Con todo, no se atrevió Hidalgo á 
pasar directamente á Buenos Aires, snio que lUe á la 
Colonia, solicitó que allí se le biciese acto de reconoci- 
miento, y después de veriflcado entró en la capital el 
3í) de Julio, sin qne nadie hiciera demostración que le 
fuera desfavorable. 

i Qué sucedería desde esto día ? i Se sometorían los 
americanos á los españoles volviendo á su condición 
aniigua, ó vencerían al nuevo virrey como vencieron al 
cabildo y á las milicias europeas ¡ Se verá pronto. 

LXVIII. — Regencia eb|»ii¿oIa ó regencia americana 

Se ha dicho en artículos anteriores de este libro 
(XXXIX) que América era un dominio de los reyes que 
sucedieron á Fernando, y España otro dominio, regidos 
cada uno por leyes y funcionarios distintos; y que, si 
Uen los dos dependían del mismo rey, como dos suelos 
[Hieden depender de un mismo dueño, no dependía 
América de España, ni España de América, como no 
depende un suelo del otro. Ahora bien : España y Amé- 



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100 BOSQUEJO HISTÓRICO 

rica aceptaron la abdicación que Carlos 1\ hizo de los 
dos reinos en favor de su hyo Fernando ; oms no acep- 
taron las abdicaciones que padre é h^o hicieron á la 
fVierza en Brivona, íü^mÍvo por ol rual era Fernando VII 
el rey legiumo para los españoles y para los america- 
nos. Pero, como este rey estaba secuestrado en Fran- 
cia, no podfa ejercer su poder; de cuya imposibilidad 
surííió la necesidad de <iue alcriiien lo ejerciera en su 
noml>re, mientras el secuestro durase. Los españoles 
asumieron entonces por momentos la soberanía y nom- 
braron la Junta central de gobierno y luego la Junta de 
rcürencia, con carácter temporario y jurando fidelidad á 
Fernando VIL Los americanos det)ieron asumir tam- 
bién la soberanía y constituir una autoridad que supliese 
la falta del rey, con independencia de las juntas do 
Esimfia, ya ijue la América era distinta ó independiente 
de eila. 

No se procedió así, empero. Las autoridades de Mon- 
tevideo nombraron la Junta en Septiembre con el fln 

de rebelarse contra LiniiM s, á quien juzgaban dispuesto 
á traicionar la causa española justificando su conducta 
con su lealtad al rey Fernando y con el ejemplo de las 
provincias de Bspíiña; prestaron obediencia á la Junta 
c^ntr.il. .idicta álos reyes cautivos; juraron obedecerle, 
y se dirigiei on á eüa pidiéndole que hiciera cesar el 
interinato de Liniers y nombrase nuevo virrey. La Junta 
central procedió así, y á la vez depuso al |?obernador de 
Montevideo y decretó la disolución de la Junta de Sep- 
tieml)re; y tanto el gol)ernador como la junta obede- 
cieron y cumplieron estos decretos, Á su vez Liniers 
que, si bien había vencido á los españoles apoyado por 
los americanos, no se atmvía á encabezar la política de 
estos, ni quería pasar por iníiei al rey, ni á España, 
dispuso que á los siete días de vencida la insurrección 
del cabildo se jurase solemnemente á la junta central 



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BE LA REPÚBLICA Oaii^NTAL DEL URUGUAY 167 

española y luego entreg(3 el puesio á Hidalgo de Cisne- 
ros, nombrado por ésta, contra la voluntad de ios 
criollos. Por lo que se vé que Liniers y las autoridades 
de Montevideo concordaron en reconocer cual poder 
supremo de América á la Junta ctiiLral de España, q€e 
ninguna delegación había recibido del rey, y que debía 
su existencia, al voto del pueblo español, pero ne al 
voto -de los pueblos americanos, como si la América 
íbera [pertenencia y dependencia del pueblo español. 

Las autoridades principales de Buenos Aires y de 
Montevideo incurrieron en la gravísima falta de con- 
fundir el pueblo de España con el rey de América. El 
sol>€rano de las Indias no lo era el pueblo español; lo 
era ei monarca que ocupaba á la vez el trono de España 
y el trono de las Indias y que €(jercía imperio absoluto 
en ambos reinos en virtud del derecho de sucesión, que 
era un derecho jiropio, segfm la constitución de la 
época. Si, pues, el pueblo español no era el soberano 
de Aniérica^ las autoridades instituidas por ese pueblo 
no tenían derecho alguno para atribuirse la soberanía 
deloírada de América, ni para ejercer el gobiernr) su- 
premo de la misma. Y, por lo tanto, el virrey del iíío de 
la Plata y el gobernador, ei cabildo y la junta de Mon- 
tevideo subrogaron la soberanía del rey por la del pue- 
blo español, creando entre el virreinato y España vín- 
culos de dependencia política que no habían existido, 
cuando más correcto habría «sido, dentro del orden de 
la monarqiáa, que el virreinato nombrara una Junta 
suprema que lo rigiera con entera independencia de la 
junta suprema española, mientras durase la acefaha 
del trono americano. 

Es muy probable que los autores de esta innovación 
ne se dieran cueiua clara de lo que ella signiíicaba, ni 
de la trascendencia que pudiera tener. Las autoridades 
Vie en Montevideo imponían estas soluciones eran 



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168 BOSQUEJO HISTÓRICO 

desempeñadas por españolas, y el virrov Liniers, deseoso 
ih' < ontemi3ori/ar con I(>s l emasuiares residentes en las 
dos bandas del Plata, obraba por la sugestión de sus 
adversarios. Dominaron, pues, en aquellas deliberacio- 
n<ft el Siuutiiiento y el interés de é^ios últimos, quienes 
estaban acosiuiiibrados desde antiguo á pensar que, 
siendo la América dominio del rey de Bspaña, era 
dominio de Espafta ó de los españoles ; cuya creencia 
luibia?,e formado inconscientemente á ra\ ür del hecho 
de ^ue los reyes hubiesen empleado los subditos de su 
reino de España en la administración de su reino de 
América. 

No todos los «'si>afiolo6 eran, sin embargo, de este 
sentir. El primer descendiente do Curios IV, que lo fue 
Carlota Joaquina de Borbón, y que no podía heredar á 
su padre en el trono de España mientras hermano» 
varones suyos vivieran, liabíase casado con el príncipe 
don Juan, de Portugal, que tomó la regencia por mea- 
pacidad de su madre. Como ya se ha dicho, estaba la 
fhmilia real portuguesa en el Brasil cuando ocurrieron 
las abtiicaciones v se<'aestros de Bavona. La infanta 
Carlota consideró sin esfuerzo que si alguien tenía el 
derecho de suceder á Carlos IV, en los tronos de España 
y de las Indias, á falta de descendientes varones que 
pudieran y quisieran sucederle, era ella, hija primo- 
pénita, no el emperador Napoleón ; cuyo razonamiento 
la indqjo á declarar públicamente desde Rio de Janeiro, 
en Agosto de 1808, que consideraba nulas la abdicación 
y cesiones que su padre y los demás individuos de la 
familia real habían hecho en favor del emperador de los 
franceses. 

Nadie estaba seguro entonces de que los españoles 

resistirían con éxito el poder colosal del que había reco- 
rrido toda la Europa de victoria en victoria. Los ánimos 
se inclinaban á creer más probable que la dinastía de 



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DE LA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 169 



los bonapartes había sustituido deílnitivameiue á la de 
ios borbolles en España^ Pero esa probabilidad no tenía 
tantos creyentes tratándose de América. Participando 
de estos pareceres, l.i inlaiita Carlota se hizo la cuenta 
de que si los reyes é intimes secuestrados en Francia 
DO recobraban su libertad, sería ella la sucesora legí- 
tima al trono de las Indias ; y que, de lodos modos, 
nadie teiiia Miejores títulub i>ara desempeñar la regencia 
en América, mientras durara el secuestro. Aunque ella 
DO se distinguía por su ciencia, y se la juzgaba casqui- 
Tana, debe reconocerse que la teoría monárquica en que 
apoyaba su pretensión era iimcho mjís correcta que la 
que liabia prevalecido en el Plata : el rey de América 
no podía ser reemplasado sino por sus sucesores legí- 
tíinoB ; y mientras ellos vivieran y estuvieran impedidos 
para ejercer la soberanía americana debían ser suphdos 
por una regencia establecida en América por el voto de 
los súbditos americanos. 

Ha le Alé difícil á su ambición inferir de aquí que, á 

falta de otros amjiarados por mejor derecho, debeiia 
ocupar la regencia de las Indias la sucesora eventual de 
Cariofi IV ; es decir, ella. Y« asi que lo pensó, pidió á 
SQ marido consentimiento para trabajar pov la realiza* 
ción de su concepto y abrió comunicaciones con el vi- 
rrey Liniers, con la audiencia, con el asesor del virrei- 
Dato, con el gobernador y el cabildo de Montevideo, y 
con numerosas personas prestigiosas, tanto españolas 
como americanas, de las dos ciudades principales del 
tlsusL^ exhortándolos á que se mantuvieran heles al rey 
Femando VII é insinuándoles la conveniencia de esta- 
blecer en Buenos Aires la regencia, ocupada por ella, 
convocando una corte ó asamblea nacional |)ara el 
electo, como habían acostumbrado los reyes, sus anie- 
oesorcs. 

Bl virrey se limitó á contestar con frases de cortesía. 



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170 BOSQU&JO HISTÓRICO 

Los espafiolí'á viendo la infjinta un apoyo íle sus 
pretensiones, \}or ser relíente de Portugal y del Brasil, 
se expresaron en términos satisfoetorios. Los ameri- 
canos de Buenos Aires pensaron que el halagar la ambi* 
ciuii de Caii(tt;i i>odrí;i s» r el medio, no sólo de que 
prevaleciera en la p(díii( a la voluntad de los america- 
nos, sino también de fUndar la autonomüía del Río de la 
Plata. Sos respuestas fheron, pues, muy cordiales y 
aliMitadoras ; m.iiidaron rornisionadíjs a Río de Janeiro 
para que sirvieran de intermediarios, y se dedicaron á 
formar un partido favorable al proyecto de emancipa- 
ción sobre la base de la regencia de la infanta. 

El problema no era, con todo, dolos más fáciles?. Los 
españoles, aunque vencidos en Buenos Aires en Knero, 
trabiyaban activamente por recuperar el terreno per- 
dido, mediante la autoridad de la Junta central de 
España, y espiaban todos los pasos de los cnullos. Río 
do Janeiix) era á su vez foco de intrifías y de ambi- 
ciones encontradas. Si el Principe don Juan había auto- 
rizado á la infanta para desempefiar en Buenos Aires la 
regencia, ía<' on \ ista (]o que así lleiraría á dominar en 
estas regiones. El coutra-aimirante inglés Sidney SmiUi 
apoyaba tales ideas, acaso sin otro propósito que el de 
ser agradable á la princesa. Pero el ministro de la 
misma nacionalidad, Straní^ford, niíis obli»2^ado por las 
miras del gabinete de la Gran Bretaña, se proponía con- 
trariar el proyecto de regencia, por creerlo peligroso 
para la inde|>endencia del Río de la Plata, que su 
pTtbierno quería favorecer, ya que la conquista le había 
sido imposible. Los agentes de los americanos bonae- 
renses (Peña, Padilla, Sarratea) protegidos por Strang<^ 
ford, cooperaban con éste sin indisponerse con la Car- 
lota. Todos se movían, |>ero con si^rilo. Lloaró im 
momento en que la situación tuvo que deUnii^se. Juz- 
gando la infanta que todo estaba suficientemente prepa- 



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DB LA RETÜBLICA ORIENTAL DEL ÜHÜOÜAY 171 



redo para que ella se presentara en Buenos Aires^ hizo 

redactar á su secretario el nianifiesto por el cual con- 
vocaría las cortes, y lo pasó en consulta á Smith, al 
conde de Galveas, (ministro del principe regente) á 
Strangford y al mismo regente. Los dos primeros se 
mamfostaron coníunjics con el proyecto do manifiesto, 
pero no ei tercero que desaprolxj la pretensión de la 
infanta ; y como los consejos del diplomático inglés . eran 
poco menos que órdenes para el gobierno, el príncipe 
don Juan retiró á su esposa la autorización que antes le 
4iera para asumir la regencia americana. Parece que 
también influyeron en esta determinación palabras que 
se escaparon á la ligereza de la pretendiente, según las 
cuales cuidaría ella, desde que subiese al trono, de no 
lener demasiadas amistades con los portugueses. 

Así terminó este episodio de la regencia, lo cual no 
obstó á que la infanta Carlota interviniera en los sucesos 
del Río de la Plata, ¡mxiliando á los españoles, durante 
la coiiuiiuacióa de su lucha coa los americanos. 

I#X1X« — Estalla j triunfa en Buenos Aires la rerolaelén 

americana 

El virrey Hidalgo no pudo conseguir atraei*se la 
adhesión de los americanos de Buenos Aires, por lo 
mismo que éstos perseveraron después de la caída de 
I.iniers en su obra revolucionaria. Al contrario : la con- 
trarieilad de que la Junta central de España Imí iese 
atendido las quqjas y recriminaciones de los españoles, 
privándolos á ellos de las ventajas adquiridas en Enero, 
exacerbó su ánimo y los estimuló á pretender míts y 
más á medida que el tiempo transcurría. En los años 
1806 y 1807 los americanos empezaron por intervenir, 
como flierza militar espontáneamente movida, con el 
propósito de salvar la independencia que los españoles 



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172 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



habían cumpromcudu, y luego se pronunciai*oa como 
poder político en la sustitución de un virrey por otro, 
pero en amitos casos en unión con los europeos. £n 

1808 y 1809 se rompe esta uiii«')n : los amtM icanos aspi- 
ran á más: quiet en la dirección de los negocios públicos, 
quieren ser autónomos, sofocan una conspiración de sus 
enemigos, conquistan la {ueponderancia, y, si bien 
desaparece del puder la personalidad por ellos elevada 
y sosteiuda, conservan todavía inüueucia bastante pura 
hacerse tener. Nuevos sucesos ocurridos dentro del 
virreinato vienen ahora á determinar un paso noás en 
el camino de esa revolución que se desenvuelve por 
grados, acercándose constantemente á desenlaces radi- 
cales. 

En efecto : cuestiones particulares habidas entre el 

arzohisfX) y el senado del clero de LaPlaiu interesaron 
al presidente de Charcas en favor del primero y á la 
audiencia en favor del segundo. £1 acaloramiento subió 
á tanto grado, que las dos partes ocurrieron á las 

Mrnias, decidiéndose los espaíudes á de fender al ¡íresi- 
dente v ios ainerii auos á la audiencia. Triunfaron estos 
el 25 de Mayo (1809) y depusieron á su enemigo. Aunque 
el suceso flié enteramente local y sin propósito alg-uno 
revolucionario, produjo el efecto de enemistar abierta- 
mente á españoles y americanos y de animar á éstos 
por el triunfo. £1 16 de Julio estalló otro movimiento 
en La Paz, capital de la intendencia del mismo nombre, 
pero de si /unificación muy distinta. Los aconieeiinientos 
de España habían causado honda impresión en todo el 
pueblo. Los españoles se propusieron adherirse á la 
Junta central de la Península ; poro los americanos se 
upusieron íi ello, nleirando (jue la America no dependía 
de España y sí suio del rey. Se levantaron, pues, á los 
gritos de « ¡Viva Fernando Vil! 9* « ¡Mueran los 
chapetones? depusieron las autoridades y constituye- 



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I>E REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 173 

ron una junta tuitiva, de cuyo desempeño se encarg«a- 
ron los mismos americanos, reformaroQ la administra- 
ción de la intendencia y levantaron tropas. 

Aunque ambas ciudades pertenecían al virreinato del 
Río de la Plata, dos virreyes se ai^resuraron á restable- 
cer el antiguo orden de cosas. El del Perú mandó 
contra La Paz numerosas fuerzas bajo 'las órdenes del 
ya nombrado brigadier don Manuel Goyeneche, nacido 
en America; v el de Buenos Aires envió al frente de 
1.000 hombres contra La Plata al mariscal Nieto, que 
habla venido de España juntamente con Hidalgo de 
Ctsneros. l^a audiencia de La Plata se sometió, recono- 
< ién<los6 impotente para triunfar. Goyenechc vrix ió á 
ios revolucionarios de La Paz, hizo degollar y ahorcar 
á varios de los principales, y consultó al virrey Hidalgo 
qué haría de otros, condenados á muerte ó prisioneros 
que nún (jin l ií)an. Hidalgo le ordenó que ejecutara á 
los primeros y que juzgara militarmente á los otros. 
Estos hechos se veriflcaron entre Octubre de 1809 y 
Febrero de 1810. 

La derruía de los americanos, la crueldad de Goyene- 
che, y la participación que en éstas sangrientas 
venganzas habia tomado el vhrrey Hidalgo exasperaron 
extraordinariamente la población americana de Buenos 
Aires y la decidieron á organizarse para poner fln á 
una situación que les era insoportable, en cuanto la 
oportonidad se presentase. No tardó. £1 18 de Mayo 
díó á conocer el virrey, por medio de una proclama, 
que los franceses habían obligado á los españoles á 
desalojar la Andalucía, y que la Península pasaba por 
difíciles momentos. Era necesario aprovecharlos. Los 
americanos, seguros de que se habían ganado la adhe-- 
KÍón de las ti * [jas de f)atricios, intimaron á Hidalgo f|iie 
renunciase el mando. Se somete la decisión al cabildo 
abierto» al cual concurriría lo principal de la ciudad, y 



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174 BuSgUEJO HiSlOKlCO 

la asamblea resuelve que, siendo incompatible el rc^^i* 
men ostableoido con la salud imblioa, se inbuuiyese una 
junta de gobierno, cuyos individuos se elegirían 
popularmente; y que« mientras esta elección no se 
verificara, gobernase una junta elegida por el cabildo 
cerrado. 

Los españoles consiguieron que esta junta provisional 
se compusiera de dos de ellos y de dos americanos 
(Saavedra y Castelli) presididos por el virrey. Pero, 
como tal noinhraiiiiento defraudara Ja voluntail de los 
patriotas, dirigieron estos una representación al cabildo 
exigiéndole que depusiera al virrey, mientras los 
mismos Saavedra y Castelli pedían personalmente á 
Hidal^j^o sil renuncia. Se tvunió el cabildo el 25 de Mayo 
para deliberar acerca de la renuncia y de la represen* 
tación, y pretendió imponerse al pueblo americano que 
llenaba la plaza de la Victoria ostentando como disUn* 
tivü cintas azules v I huicas; más la actitud de los 
patriotas^o obligó á aceptar la renuncia del virrey y 
á nombrar para la junta á los candidatos del pueblo 
americano. Este día Alé el último de la dominación 
española en Buenos Aires. 

Las intendencias tomaron diferentes partidos. Durante 
los meses de Junio y Julio se pronunciaron por la revo- 
lución varios pueblos de la Banda oriental ; pero los 
dominó Montevideo, que persistió en su obediencia á 
£spaúa. El virrey del Perú declaró (¡ue quedaban sepa- 
radas del gobierno del Rio de la Plata y reincorporadas 
al virreinato del Perú las intendencias de Córdoba, 
Charcas, La Paz y Potosí. En la primera de ellas se 
apercibieron para la guerra su gobernador Concha, el 
ex-virrey Liniers, y varios otros jefes y oficiales; y en 
las otras los generales Nieto y Goyeneche, el coronel 
Córdoba y otros niilitares realistas. La intendencia de! 
Paraguay negó también su obediencia á la Junta de 



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DE LA REPÚBLICA ORIBNTAL DEL URUQUaY 175 

Buenos Aires, si bien manifestáiiciole (jue mantendría 
con ella amistosas relaciones. 

Por 8U parte la Junta asumió desde el día de su crea- 

cióa una aciitaJ decididamente revolucionaria cun 
miras de largo alcance. Comprendiendo que Ja obra lan 
afortunadamente comenzada no podría terminar sino i 
fuerza de actividad y de energía, decretó el destierro 
del ex-virrey Hidalgo, cambió el peióujial de la audien- 
cia; tomó diversas medidas políticas y adminisirativas 
que le permitieron obrar desembarazadamente; mandó 
un pequefio ejército de 1,000 hombres contra las pro- 
vincias refractarias del Norte y otro de 600 contra el 
Paraguay; se dispuso á obrar sobre Montevideo; con- 
vocó una asamblea de diputados de todos los pue- 
blos, etc. 

La división del Norte se apoderó de Liniers, Concha, 
ei obispo Oreliano y vanos oficiales, y fusiló por orden 
de la Junta á cinco de los más comprometidos en la 
reacción* entre los cuales se contaron Uniers y Concha. 
Dominante la revolución en Córdoba, siguió marchando 
la fuerza patriota á las intendencias del Norte; derro- 
tada una vez y triunfante otras, consiguió que se ple- 
garan á la revolución las cinco intendencias del alto 
Perú y fusiló en la plaza de Potosí á Nieto, Córdoba y 
Paula Sauz, que habían cometido muy graves excesos 
ao pretexto de impedir insurrecciones (Diciembre de 
1810). En el mismo mes en que estas ejecuciones tuvie- 
ron lugar invadió Belgrano el Paraguay y se instaló 
en Buenos Aires el primer congreso del Río de la 
Plata. 



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LIBRO TMGERO 



La Banda oriental ¡lasla 18 JO 
CAPÍTULO I 

BL TERRITORIv^ Y lA FUNDACIÓN DE PCBBLOS HASTA 181 

LXX. • tm Uiidtts ét Im Bm*í Miestel 

españoles disiiiiiraieron, en la vasta extensión d 
tierra que poseveix)a al Este del río Urugruay, tre 
ratones y las denominaron da diferente manera* En 
una la situada al Norte del rio Negro, que desígnarot 
con el nombre de Misiones orientales. Eii la segunda 
mitad del siglo XVIII se discutió mucho si el territori( 
de las Misiones llegaba sólo hasta el rio Negro 6 si si 
extendía hasta el Yic, ÍYí) que ñuye á aquel. Los suce- 
sos de 1801 dieron lia al débale por el hecho de haber 
renunciado Carlos iV al dominio de los siete pueblos y 
de haber tomado posesión los portugueses hasta el "río 
Cuaray (Cuareim). Otra de las n^giones era la Mtuada al 
Este del río lagarón y de la laguna Merim, desde las 
Misiones hasta el Atlántico, denominada de Rio Grande* 
Y la terc^^ra era la comprendida entre el ri'^ Ne^ ^ 
Yic y el de la Plata, que es la que comunmeuie se Ua- 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 177 



naba Banda Oriental, antes del siglo XIX. Una vez que 
los portugueses poseyeron hasta el río Cuaray, el terri* 

torio oriental de los españoles quedó eiicenado entro 
t^ie no, el Uruguay, el Plata, la laguna Merim y el 
río Yaguarón, y se extendió á todo él el nombre de 
* Banda Oriental que á veces ftaé sustituido por el 
pomposo de - Continente Oriental 

£n ningún tiempo de la dominación es[)^iñola forma- 
ron una unidad administrativa las tierras situadas al 
Este del Uruguay. Todas ellas ñieron parte de la pro*' 
vincia de Buenos Aires. Cuando el hecho de poblarse 
algún punto, ó la necesidad de defender la integridad 
territorial determinó al gobierno de Buenos Aires á 
establecer autoridades civiles ó militares, señaló al 
lugar poblado ó fortificado una cantidad de superficie, 
«iue era su jurisdicción. Algunas veces varias jurisdic- 
ciones contiguas ó próximas formaron una unidad 
administrativa superior, regida por füncionaríos cen* 
trales, como fueron, por ejemplo, las Misiones, á tines 
del siglo XVIII y principios del siguiente. Pero otras 
veces la vecindad de los partidos civiles ,6 militares no 
era motivo para que éstos compusieran una sección 
administrativa superior, sino que cada un i ura inde- 
pendiente de los otros y todos se incluían en la unidad 
provincial de Buenos Aires. De esta separación fueron 
^mplo las primeras poblaciones y plazas militares de 
la Banda Oriental, las cuales no tuvieron entre sí víii- 
cn\o ninguno, á no ser el de su dependencia directa de 
Buenos Aires» como se verá más adelante. 

LXXI. — Tolderías, lagares j pueblos 

Habitada la Banda Oriental por indios salvajes, 
como se ha dicho ya» (III) los españoles no se propusie- 
ron seriamente combatir á los naturales ni poblarse en 



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178 BOSQUEJO HISTÓRICO 

esta regióa puede decirse que durante dos siglos. Eu 
todo este tiempo, ni aún después, hasta 1810, los sal- 
vajes carecieron de pueblos, porque las tribus eran 
lo<las miis ó menus enaates, |>or(¿uc uo leüiun asiciiio 
l\jo, ni las que se movían dentro de límites relativa- 
mente estrechos, como loe yaros. Cuando las circuns^ 
tancias las determinaban á detenerse temporariamente 
en algCm lugar, se veriíicaba lo que se ha llamado *¿ un 
paradero » ; y entonces los indigenaü armaban sus cho- 
zas sin orden, cada uno en donde quisiera, y allí se 
estaban hasta que las necesidades de la guerra 6 de la 
alimentación los decidiese á cambiar de sitio. Á esias 
poblaciones movibles se ha dado más tarde el nombre 
de tolderías 9». 

Los campesinos españoles ó descendientes de espa- 
ñoles edificaron casas, como se verá más adelante; 
pero aisladas y distantes unas de otras cuatro, seis, y 
hasta veinte ó treinta leguas. Cuando varías casas se 
erigían, diseminadas en el espacio de media, de una 6 
de dos leguas, lormabau ya un lugar Alguiios de 
estos lugares llegaron á tener capilla para 1810, pero 
muchos carecieron de ella, por la escasez de sacer- 
dotes. 

Los núcleos proitiauirnte urbanos se formaron con 
leuutud: algunos, de modo espontáneo; otros, delibe- 
radamenie, ya en una región, ya en otra, según las 
conveniencias políticas lo aconscjjaron 6 segCm el interés 
de los pai^ticulares sugii'ió. 

LXXn. — FimdadoKes «rbuai IumI* el 0«ste 

Las primeras j^ulilariones se íbriiiaroa hacia el Oeste. 
Habiendo algunos religiosos emprendido la civilización 
de los salviges que vivían al Sud del río Negro y al £ste 
del Uruguay, se aplicaron primeramente á reducir á los 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 179 

charrúas y consiguieron agruparlos bajo su obediencia 
dorante un poco de tiempo ; mas, como se mostraran 

refractarius respecto de las ideas y de la disciplina do 
k& misioneros, se cansaron pronto de vivir sometidos á 
eDos, los abandonaron y pasaron al Norte del rio Negro. 
No fueron asi los chanás. Pertenecientes á otra nación 
'le iubliiilu^ iiicís suaves, se acomodaron íacilmente á 
hí& reglas de la vida civilizada ; y, como los charrúas y 
minaanes los hostilizaban en la tierra continental, se 
resig-uaron á permanecer en una de las islas situadas 
en la desembocadura del río Negro y distinguida cun el 
ú&mbre de Vizcaíno. Esta fué la primera población 
estable que tuvo la Banda Oriental desde mediados del 

' siglo XVII, compuesta, toda ella, de indios, denominada 
nal ftueblü de Sanio JJoj/dngo SoHanOf y goliernada por 
m corregidor. Pero la isla era tan anegadiza, que la 
menor creciente del río la inundaba inutilizando los tra- 
¡Myos apícolas y liaciendo penosa la existencia, motivo 

I ¡or el cual los indios abandonaron su pueblo en ITüS. 

Otra reducción de indios se formó, poco más ó menos 
nada 1780, en la orilla del arroyo Espinülo^ cuyo 
aombre tomó. Sus progresos fueron muy lentos, y su 
iK^blición muy escasa, aun(iae al^^unos españoles se 
i^regarou á loá indígemis, razí jn i>or la cual no se creyó 
lecesario darle autoridades civiles para su gobierno. 
La necesidad de mejorar de condición indujo al ecle- 
mástico que dirigía aquel pequeño grupo á abandonar 
:^bién el pumo en 1800. 

Los pueblos que existían en 1810 en la zona Oeste de 
U Banda Oriental son : la colonia del Sacramento, y 
*fl Rt-al Carlos, fundados en 1680 ; Santo Domingo 
>:>riano, fundado en 1708; Víboras, que tuvo principio 
1780 ; Mercedes ó la Capillanueva, fundado de 1788 

i 4 1791 ; Dolores, fundado en 1800 ; y Rosario, fundado 



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180 líU^QlKJo HISTÓRICO 

Ya se sabe que la colonia del Sacramento debe su 

exii^lencia á los portugueses, y (jue éstos y los españo- 
les la ocuparon alternativaiiiente, hasta que recunooie- 
rou los primeros para siempre ei derecho de los según* 
do6. Tres veces la tomaron los españoles por la fuerza 
délas armas. Ka la primera (1680) la destruyeron, 
C ':nosi farra su pi oposiio contrario á tener j>uebios en 
la orilla izquierda del Plata; reedificada por los portu* 
guoses lue^''o, la conservaron los españoles desde que 
volvieron ?1 apoderarse de ella en 1705, hasta que la 
euire^Mron ñ sus autaj^onistas diez años después; peix>, 
cuando por última vez la asaltó Cevallos en 1777, la 
arrasó nuevamente, como si así imposibilitara ulterio- 
res contiendas. La jx)blacit)n se formó después de 1777 
por tercera vez y creció poco á poco, sin interrupción, 
en los tiempt^s ulteriores. 

' El puoblecito Real Carlos debió su origen al sitio que 

los españoles pusieron al Sacramento en 1680, y lia- 
Uióse al i>rincipÍ4i r////^;>u del bloqueo. Recibió su úkiuiu 
nombre recién en 1702, cuando Cevailos sitió por pri* 
mera vez la plaza portuguesa. 

Los indios que habían po!>lado la isla Vizcaíno so 
trasladaron, en seíjruida que la ahandunaroa con pei'- 
miso del gobierno de Buenos Aires, á la punta meridio- 
nal que forman los ríos Negro y Uruguay y fbndaron 
aquí un pueblo nuevo (1708) poniéndi^le el mismo nom- 
bre úA :il»aiidonado; es decir, Sanio i)i>iiiingo Suriano, 
el cual fué regido por uu corregidor, un cabildo, y iin 
comandante militar, abrazando su jurisdicción todo el 
espacio encerrado por el Uruí^uay, el Negro, ol arro^'o 
Grande, el Maciel y el San Salvador. Un siglo después 
su cabildo se corapunía de un alcalde y 4 regidoi-es. Lo 
presidía el comandante militar, que era nombrado por 
el virrey. Defendían este partido 7 compañías de mili« 
cias de caballería. Había dos i¿jlesias; una en el pueblo 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 181 

y otra fuera de él, y era relativamente hermosa la casa 
capitular, pero los demás edificios eran de muy escasa 
importancia. 

Lü pi'imero que hubo en doiulo está Mercedes, fue 
oaa capilla, dependiente de la parroquia de Soriauo, 
que 86 edificó en 1788 para servir á los campesinos que 
habitaban, acá y allá, en los parsyes próximos. Lla- 
mósele la Capilla nueva. Los terrenos adyacentes enijie- 
¿aron á poblarse poco después y ya en 1791 se juzgó 
ronveniente decretar el pueblo de Mercedes y dotarlo 
de antorídades administrativas. 

Los indios que en 1800 abandonaron el pueblo del 
Espiniilo se trasladaron con su director eclesiástico á un 
lugar situado más al Norte, en la margen del arroyo 
San Salvador, y fundaron otro pueblo. Unos lo deno- 
miiiaron en los primeros ticmi)OS Espiniilo, y otros ¿an 
Salvador ; pero lue^o recibió el de Dolores, con el cual 
se le conoció después. 

El Rosario no era, á fines de 1810, más que un 
[ equeüo caserío de pobre aspecto, que tuvo su ori^Lren 
en 1780 y que recién en aquel año recibió el título y 
el nombre con que se le conoce. Se le llamó anterior- 
mente, y aún después de 1810, con el nombre de el Colla, 
y también con el de VigUanciu, aunque este último fué 
Quiy poco usado. 

LXXUI — i uudaciüucs urbanas hacia el Esíe 

Las poblaciones más antiguas de la zona oí k iital son 
MaMonado, San Miguel y Santa Teresa, que tuvieron 
principio de 1730 á 1740. Maldonado, aunque dotado de 
\ka extenso y profundo puerto, progresó mucbo menos 
de lo que su posición mereciera, debido en mucha parte 
á que su distancia de la costa y lo arenoso del suelo 
dificaltán el transporte. San Miguel y Santa Teresa 



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182 BOSQUEJO HISTÓRICO 

fueron dos i>unios íortiíicados, que se fundaron : el pri- 
mero cerca del arroyo Chuy y del extremo Sud de la 
lag^una Merim, y el otro más al Sud, entre la laguna 

de iMi Hitos y li rosta del Ailantico, para defensa de 
las posesiones que españoles y portugueses se disputa- 
ban. Los pequeños caseríos que en su rededor se levan- 
taron, como qiie tenían vida dependiente de las guarni- 
ciones, deca}ciun en cuanto cesaron las invasiones 
lusitanas. 

Á mediados del siglo XVIII creó Cevallos el pueblo de 
San Carlos y á ñnes se formaron los de Rocha y Melo. 

Llamóse al primero MaMrma^o chico hasta qtie se le 
nombro patrono. Rocha dependió d<^ la parroí^uia de 
San Carlos durante algún tiempo, y Meio fué en su ori- 
gen una guardia encargada de estorbar el contrabando 

de los portuguoes. 

LXXIT* — Fwitetoiies orlMuias ea «1 Centro y al Korto 

La i niñera [>obla('ión que se fundó enlazóla centr:ü 
es la de San l'elip^* y Santia¿^o de Montevideo. Asi que 
Zabala obligó á los portugueses á abandonar la penín- 
sula de Montevideo, que habían ocupado y fortificado 
en 1723, (LXIII) hizo edilicar la f«»rtal«^7a de San Josc 
(1721) en el ángulo noroeste de la PiMonsula para pre- 
caverla contra ulteriores tentativas, y á los dos años 
fundó la ciudad, como ya se ha dicho, (LXIII) con 10 
familias que trajo de líu- nos Aires, ,i las cuales se agre- 
garon, mest's di spues del mismo año, otras trece pro- 
cedentes de las islas Canarias» que condujo don Fran- 
cisco Alzaibar, y en 1723 otras más que \inicron de las 
mismas islas v de Buenos Aii*es. 

Más de cincuenta años transcurrieron, desde que se 
ftmdó San Felipe y Santiago, antes que se iniciara nin* 
guna otra población dentro de los Umites de su terri- 



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DE LA REPÚBLICA ORIEm'AL DEL URUGUAY 183 



lorio. La primera que le siguió íué Guadalupe, de los 
Canelones, en 1774 segtin unos y en 1778 según otros. 
Sucediéronle después San Juan Bautista, del Santa 
Lucía, (1781) Pando, (1781 6 1782) San José, (1781 6 
Minas, (1783 ó 1781) Piedras, (1800) y Florida, 
( iswó) por lo que se vé que las poblaciones íkeron ale- 
jándose de las cercanías de Montevideo según el tiempo 
corría. Fliera de la jurisdicción se fundó además la San- 
tísima Trinidaíl de Porongos, (1803) entre la Cuchilla 
Grande y el río Yí. 

Cuando las tierras situadas entre los ríos Cuaray, 
Uruguay y Negro se separaron del vasto territorio de las 
Misiones (1801), existían des aldeas sobre la orilla del 
Uruguay : la de Belén, más al Norte del río Arapey, y 
Paysandú, al sud del río Queguay, fundadas respectiva- 
mente en 1800 y en 1772. No se a*?regó á éstas otra 
|x»blación, dentro del territorio septentrional del río 
Negro, en los años que corrieron hasta 1810« 

CAPÍTULO II 

EDIFICACIÓN DE LOS PUEBLOS 
LXXT. — Las calles j manzana» 

Algunos pueblos tuvieron origen completamente for- 
tuito, por haberse formado con ocasión de un estable- 
cimiento militar, como Santa Teresa y Meló, ó de un 
establecimiento religios»^, romo Mercedes. Pero los m;is 
deben su existencia al propósito de colonizar. En el 
primer caso se edificaron habitaciones al rededor del 
establecimionto militar ó relií2rioso paulatinamente, sin 
que interviniera otra \ uluniad ni otro interés que los 
individuales del poblador, y entonces cada uno edificaba 



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184 BUSsyLEJO HIM URICO 

en donde y como quería. En el segundo caso, como que 

la iniciativa partía de la autoridad pública, se procedía 
coii máb orden : so niecii;iii lus terrenos con arreglo á 
nn plan regular, se trababan ia¿i divisiones, y los adju- 
dicatarios construían sus casas y ^ercían su industria 
dentro de sus lotes deslindados. 

Los españoles no tuvieron en la Banda Oriental más 
que un lijto tle trazado urbano, el cual consistió en esta- 
i)lecer calles rectas y paralelas equidistanies, qui' se 
cortaban per))endicularmente, de modo que entre cuatro 
calles quedaba un espacio cuadrado de cien á ciento 
cincuenta varas de lado. Llamóse cuadra á este espacio 
primiuvaniente. Con el tiempo se aplicó ese nombre á 
cada uno de ios lados, y el de manzana á la su[)erricie 
cuadrada. Á este tipo se sujetaron los pueblos íundados 
por orden ó con autorización de los gobernadores 6 de 
los virreyes ; y á él se redujeron también, en cuanto el 

caserío empezara á í'urmar núcleo, los que nacieron sin 
concepto preconcebido. 

La colonia del Sacramento, aunqne edificada por los 
portugueses, siguió en éste punto un i I m ÍLíual al de 
los españoles. Á mediados del siglo XVIII tenía traza* 
das dieciocho calles largas y paralelas, dirigidas de Este 
á Oeste, las cuales estaban cruzadas por otras dieciséis 
que iban de Nurto á Sud. Entre unas y otras se habían 
señalado cuatro plazas. 

No se usaba poner nombres á las calles desde que se 
aprobara el plan del pueblo. Lo general era que se 
prescindiese de tales iiidicaciones hasta que la edifica- 
ción hubiese avnn/.ido muclio ; jicro, una vez que se 
pensaba en nomenciaiuras, se recurría al santoral para 
tomar de él los nombres. Muchos pueblos llegaron al 
año 1810 sin que hubiesen nominado sus calles. Mon- 
tevideo mismo recibió su nomenclatura en 1778, cin- 
cuenta años después de fundado y cuando casi todas sus 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 185 

calles estaban bien determinadas por las líneas de casas. 

No iuibo cii ese sistema sino un solo nombre que no 
fuera de santo» como se ve en seguida : 



CALLES LARGAS, QUE VAN DE O. Á E. 



San Mi^^uel (hoy Piedras) 

San Luis (Cerrito) 

San Pedro ó del Portón, 

(25 de Mayo) 
San Diego (Washington) 
San Gabriel, prolniiiíación 

oriental de ban Diego 

(Rincón) 



San Carlos (Sarandi) 
San Sebastián (Buenos 
Aires) 

San Ramón (Reconquista) 

Del Portón nuevo, lla- 
mada así por el vulgo 
(Santa Teresa) 



CALLES CORTAS, QUE VAN DE N. Á S. 



San José (Guaraní) 
Santo Tomás (Maciei) 
San Vicente (Pérez Cas 

tellanos) 
San Benito (Colón) 
San Agustín (Alzaybar) 
Santiago» continuación 

septentrional de S. A- 



gusíín (Solis) 
San Francisco (Zabala) 
San Felipe (Misiones) 

San Joaquín (^Treinta y 

Tres) 

San Juan (Ytuzaingo) 
San Femando (Cámaras) 



Era de regla que en todo plano de pueblo se desti- 
nase algún espacio para plaza pública ; pero éstas solían 
ser pocas, i)equeiias é innoniiucidas. Por lo reírular no 
tenia cada pueblo más que una plaza, de la extensión 
de una manzana. Montevideo tenía una también, que 
era el cuadrado comprendido entre las calles. San 
Gabriel» San i ci lÉando, San Carlos y San Juan. Á falta 
de nombre propio, se la designaba con el adjetivo de 
plaza Mayor. 



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186 



BiKSQLEJO HISTÓRICO 



Hubo on la Randíi < >neiU:ii hasta 1777, cuatro puüios 
fortiíicados : San Mi;?üel, Santa T^ ro^a, la Colonia del 
Sacramento y Monte\1cleo. San Miguel y Santa Teresa 
faeron dos fortalezas aisladas de la frontera, tan pronto 

ocupadas por españoles como por [X)rtugueses, como se 
ha visto. 

La Colonia fué fortiíicada desde que se fundó con una 
trinchera de madera, tierra y fagina; los españoles 
demolieron en el mismo año las construcciones de sus 

enemigos, poro éstos las rehicieron así que recuperaron 
la posesií^n del jtunio y las ampliáis ni do modo muy 
considerable. Cuando el gobernador Salcedo puso sitio 
á la plaza en 17:^, la pequeña península en que ésta 
descansa, dirigida do Este á Oeste, sirviendo de abrigo 
al puerto que ocupa la parte Noroeste, estaba defen- 
dida: por la hateria Santa Hita en d ángulo saliente 
del Norte; por la balería San Pedro de Alcántara en el 
ángulo saliente del Sud; por una torre 6 cubo hacia el 
medio del lado Norte, con frente al puerto, y por una 
línea de murallas fosadas que desde dicha torre it>a 
hasta la costa Sud para cerrar l;i [«'nínsiila por el lado 
do tierra. En el cpniro de la muralla li:ilna una ciuda- 
dola de cuatix) án^^-^ulos» en cuyo interior se hallaban la 
iglesia parroquial, el palacio del gobernador, el hospi* 
tal real y el hospicio de San Antonio. Fuera de la 
ciudadela, pero dentro del recinto fortiíicado, había un 
deiHxsiín de armas, dos capilla^, un roleg-it) do jesuítas, 
un molino de viento y bal «ilaciones de jefes, oíiciaies y 
tropa. Salíase del recinto fortificado por dos portones 
abiertos en ambas cortinas ó murallas, y por una puerta 
falsa que tenía la cindadela. Toda la población estaba 
fuera de murallas, formando dos barrios : el del Norte, 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 187 

sobre el puerto ; y el del Sud, sobre el borde meridio- 
nal. Entre ;iinl)os hnhín iin erran espacio libre que per- 
mitía á la artillería obrar en tiempo de guerra siu cau- 
sar daño á las casas. 

Las fortiñcaciones de Montevideo llegaron á rodear 
completamente la ciudad. Su construcción duró más de 
cincuenta años, ;í pesar de que, ya al empezar, trabaja- 
ron en ellas mil hoDihres traídos de las Misiones. En el 
año 1736 no había aún más que la fortaleza de Sau José, 
revestida con camisa de piedra y cal, fosada y con 
puente levadizo, la baieria vit^a que en 1723 levanta- 
ron los portugueses en el ání>ulo Sudoeste de la penín- 
sula, que los españoles re'^d¡íi(\'iroii hacia 1734; tres 
baterías pequeñas que se edificaron en la misma época 
y que se demolieron para mediados del siglo XVIII; y 
una muralla de piedra seca, en forma de zigzag, que 
defendía la villa por el lado de tierra, dando paso á 
ella por un portón situado á la altura de la < alie San 
Pedro. Hacia 17S0 se componían las obras defensivas 
de : las baterías del Muelle y de San Francisco y situadas 
en la costa Norte, con frente á la bahía ; del íUerte San 
José ya mencionado; de las baterías San Carlos y San 
Joaqwn, en la costa del Oeste; de la batería de Santo 
Tontas situada en el ángulo Sudoeste; la batería San 
Juan sobre la costa del Sud ; de una ciudadela, situada 
casi en el centro del lado Este, y de dos grandes alas 
amuralladas y prof\indamente fosadas que partían de 
la ciudadela y llegaban : una hasta la costa Norte, 
rematando en un o'bo ó torreón, y la otra hasta la costa 
Sud, terminando en otro cubo. X ambos lados de la 
ciudadela, contiguas á ella, había otras dos baterías, y 
hada el medio de la distancia de éstas á los cubos otra 
batería en cada ala. Se aumentaron los trabajos en 
seguida de las invasiones inirlesas, concluyendo una 
batería sobre el lado Sud, entre los de San Juan y Santo 



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188 



Tomás, y otra al Oeste, entre las de San Joaquín y San 

Carlos. Se haliía proyectado una línea terresire do 
murallas, á la distancia de un tiro de cañón de la ya 
descripta, pero no llegó á ejecutarse. Se salía de la ciu- 
dad al campo, primitivamente por un portón situado al 
Norte de la cindadela, en la dirección de la calle San 
Pedro ó d«d Portón, y últiiiiainrriie i>or el mismo y por 
oU'ü abierto cerca del cubo del Sud, llamado el Portón 
nuevOt Á la par de la calle á que dió nombre. A las 
baterías nombradas se agregaron otras dos para 1810 ; 
ana entre las de Santo Tomás y San Juan, que se llamó 
de San líaíacK y otra entre las de San Joaquiu y Sau 
Carlos que se denominó de Sau Diego. 



Los salvajes modificaron, [>ara el año 1810, el sis-» 

tema de edilicaciún quo t^ní i:i (Mi ludo se descubrió el 
Río de la Plata. Luí» ({iie se suuieueron á la raza con- 
quistadora adoptaron las costumbres de sus dominado- 
res. Los que no se sometieron, principalmente los 
charrúas y los mínuanes, siguieron haciendo viviendas 
portátiles, pero aprovecbando los cueros do animales 
vacunos y caballares. Coi iaban para ello tres ó cuatro 
g^jos iaxgos de ios árboles, los arqueaban, clavaban en 
el suelo ambos extremos de cada gajo de modo que 
éstos distasen entre sí algo más de media vara, y ten* 
dían sobre ellos uno ó más cueros. Dentro de cada 
habitación entraban dos persoiias y algunos hijos. Si la 
familia era más numerosa, se haciau cerca una ó más 
habitaciones iguales, y en ellas entraban las demás 
personas, arrastrándose. Otro cuero les servía de piso y 
de cama. 

Las casas de iu¿» rsjiafi(iK>s chacareros ó labradores 
eran ^ ranchos » pequeños y biyos, con pai-edes de 




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DE LA RETÜBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 18i> 

barro y techos de paja, dotados generalmente de una 

puerta y de una ventana muy chica. Los españoles y 
sus descendientes que viví¿iu eii los distritos pastoriles 
habitaban también ranchos; pero los huecos de puertas 
y ventanas se cubrían generalmente con cueros y á 
menudo con nada. Muchos, que no eran estancieros ni 
peones, carecían de casa y vivían en los montes con sus 
mujeres y sus hijos. 

La edificación urbana eia mucho más adelantada; 
pero áiñnn notablemente la de Montevideo de la de 
otros pueblos. Gomo éstos eran meras aldeas, de escasa 
población, no proi>orcionaron motivos suficientes para 
promover la fabricación de hidrillo y teja en sus inme- 
diaciones; y, aparte de que hubo tiempo en que aún 
en Montevideo faltaban ó no sobraban tales fábricas, la 
escasez de medios de comunicación dificultaba y enca- 
recía los transportes de aquellos materiales. No era fácil 
tampoco disponer en todo tiempo y en cualquier parte 
de arena y cal, ni de ol>rcros aptos, y la pobreza de los 
colonos era causa de que no pudieran pagar servicios y 
artículos demasiado solicitados ó procedentes de lejanos 
puntos. De ahí que en los pueblos del interior abunda- 
raii mucho las cho/ is de quincha (pared de cañas ó 
ramas y Ij.irro) ó do adobe, con techo de paja, porque 
estos materiales se hallaban á la mano en todas partes, 
y que los mejores edificios fueran de piedra asentada 
con barro y techados de paja, salvo casos excepcionales 
en que se empleara la teja para techar. Motivos pode- 
losos liabía para que la colonia del Sacramento estu- 
viese más adelantada á este respecto, y en reaUdad lo 
estaba. Sin embai^, casi todas sus 321 casas eran de 
tierra cruda á mediados del siglo XVIIL Paredes de 
ladrillo y barro se hicieron recién á fines del siglo 
XVIII y princi])ioá del XIX, pero en pocos pueblos. 

En cuanto á Montevideo, hacia 1745 no había todar 



190 



Büb4iU£JO HISTÓRICO 



vía más que un corto número de casas erigidas acá y 
allá. Hacia 178Ü, ya lerniiiiadas las principales obras 
de defensa, el número de casas había aumentado liasta 
cubrir totalmente loa írenies de alumnos manzanas cen* 
trates y ocupar más ó menos los de las manzanas del 
Nordeste, Este y Sudeste. Estaban aún casi despobladas 
las manzanas biLuada^ ^uijrt la calle San Benito (Colón) 
y la mar'^'^en occidental. \'eiiUc años má^ tarde la edifi- 
cación, naturalmente más compacta hacia el centro y 
el Este, se había extendido iiacia el Oeste, especial- 
mente entre las calles San Migruel y San Pedro y entre 
las de San Carlos y San Sebastian. Fuera de las Ibrtiíi- 
cacioiics no había nia-'^ 4110 alg"iinas poquihimas casu- 
chas, muy distantes entre si, á lo iai*go de la ohüa de 
la bahía. 

A los quince años de íUndada la ciudad, y aún de&> 

¡)U('s, eran todas las casas de un solo piso al nivel de la 
calle, bajas, y de pobre aspecto. Haliía algunas de pie- 
dra, techadas de teja; pero la mayoría eran de barro y 
tenían techo de p^ja, y no pocas estaban techadas con 
cueros de ganado mayor. Las casas de dos pisos apare- 
cieron al acercarse el fin del sig^lo XVIII, y su número 
no era crecido el añu I8lu. Todavía en el úluino tercio 
de aquel siglo no era raro ver levantar casas de impor- 
tancia con paredes de adobe; era común, aun tratán- 
dose de edificios públicos, construirlos con piedra tosca 
sentada en barro; después se emplearon con alguna 
frecuencia la arena y la cal cii ve/ dd barro, y más los 
ladrillos cocidos eu vez de la piedra, sobre todo en los 
pisos altos. 

Fuera cual íüese el material empleado, las paredes 
solían ser muy ^^ruesas. Una vara 6 vara y media, si 

erai: laacslras; niedia vara ó ali:o aias, si eran tabiques 
principales : tales eran las medidas comunes respecto 
de los pisos b^os. Se usaron el techo de p^a y el de 




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DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 191 



teja para cubrir las casas hasta fines del siglo XVIII. 
En esta época se empezaroa á coastruir con ladrillos, 
cocidos techos de dos aguas y horizontales (azoteas). 
Los pisos se cubrían en los tiempos más remotos : si 
eran interiores y de piezas destinadas á habitación, con 
ladrillo; si eran de deparlamentos destinados á depó- 
sito, almacén ó tienda, no se cubrían ó se enlosaban 
con piedra labrada. Después se empleó la baldosa en 
las habitaciones y primeros patios. 

Las casas tenían poca altura. Las piezas principales 
eran esi)aciosas por lo regular; las del Tundo solían ser 
pequeñas, agrupadas de modo que traían á la memoria 
la idea del laberinto. Las puertas y ventanas, tanto 
interiores como exteriores, se usaron pequeñas, excepto 
la del zsLgvián, que solía ser grande, \ , por lo mismo, 
teiiia uii¿i de sus hojas otra mucho más chica, que es 
la que se abría ordinariamente. Se usaban {iocd las 
puertas vidrieras, porque no se las reputaba bastante 
segaras. Así las de calle, como las del patio y las inte- 
riores eran de tablero cerrado, de madera gruesa; 
giraban sobre goznes ó alcayatas, y se las aseguraba 
con grandes llaves, pesados cerrojos v tuertes trancas 
de hierro. Se usaban escás trancas aún cu las puercas 
interiores que daban paso de una pieza á otra cuando 
en alguna de éstas se guardaban cosas de valor. Los 
vidrios de las ventanas eran de cortas dimensiones y 
estaban sosteuidos [)or montantes y travesanos gruesos. 
Su fragilidad estaba reparada por pesados postigos 
interiores y por rejas de robustos bari'otes de hierro 
encajadas al muro por el lado de fhera. Abundaban 
los grandes patios, como que el terreno costaba poco. 

No se buscaba la belleza ia ^^lugaiicia de los edifi- 
cios. Los balcones, cuando los había, descansaban 
sobre tirantes de madera que quedaban á la vista de 
los transeúntes, aunque blanqueados, por lo regular. 



l\)2 BOi^tKJO UISTÓIUCO 

Si $e quería ostentar buen p^to, se cubrían sus cabe- 
ceras culi una i.iMi horizoiitalinente clavada clt' uü 
extremo al otru del balcón. No se veían cornisas de 
ancho vuelo, ni más ornamentación que la forma 
arqueada de la parte superior de puertas y ventanas, 
los guardapolvos de i^ual curvatura, pilares tigurados, 
á menudo >ii. molduras, en las fachadas de más preten- 
sión de liiieb <lel siglo XMII, y algunos recortes y 
calados en los pretiles del frente. Y aun estos adornos 
solían ser de mal gusto y poco variados, cuando no 
eran deslucidos por la falta de reboques, pues harto se 
usaba dejar desnudos los ladrillos de las fachadas y aún 
lo>de los i)aüos,si l>ien blanqueados con cal. Tudu, en el 
conjunto y en los detalles, era tosco, despertaba la idea 
de tuerza y praducía una impresión de pesadez agravada 
por la monotonía. 

LXXYIIL ^ fii fafUseato ét Mtrm j caUei 

Las aceras, siempre y en todas partes estrechas, care* 
cieron de cubierta, así en Montevideo como en los otros 
pueblos, durante muchos años, por manera que se 

hacía din'cil transitar por ellas en días de lluvia y en 
los inmediatos. Pocos pueblos del interior se ocuparon 
antes de 1810 de prevenir de algún modo las molestias, 
privaciones y males que de tal estado se seguían. En 
Montevideo empezaron los vecinos más cuidadosos ¿ 
poner en los frentes de las puertas de calle piedras y 
cascotes. Se hicieron luego alirunas sendas, y por 
último se empezó á pavimentar en todo lo ancho las 
aceras, y se generaUzó esta mejora lentamente, en las 
cuadras más pobladas. Los pisos de ladrillo, colocado 
de plano ó de cajito, y los de cascajo fueron los más 
generales. La losa de piedra se usó mucho menos. 
Sin duda el motivo principal de haber atendido ton 



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DE LA REPÚBLICA OKiLNiAL DLL URUGUAY 193 

tarde y mediocremente á esta necesidad común fué el 
concepto grosero que se tenía de estas comodidades; 

pero en buena parte debió iiiíluir lainbien el teDior de 
que los carros y las bestias prefirieran las aeeras á las 
calles y destrozaran las obras, pues los vecinos y el 
cabildo se dieron á defenderlas cuidadosamente, desde 
los primeros años del siglo XIX. Estas defensas consis- 
tieron en postes plantados en el borde exterior de las 
aceras á la distancia do cuairo ó cinro varas unos de 
otros. Hacían tal oíicio, en los extremos de las cuadras, 
grandes cañones de hierro que se reputaban inservibles 
para su olgeto propio. Los postes preservaban contra el 
dafio de los vehículos y servían á los muchachos para 
ejercicios de salto; pero no impedían que los catiallos 
tomasen el lugar de las p-entes. Estos abusos su^^ii ieron 
ia idea de cerrar ios espacios clavando barras de ñerro, 
á manera de barandas, en las cabeceras de los postes; 
luego se agregó, en los extremos y en la línea 'eje de 
las aceras así embarandadas, un molinete de madera 
que, girando horizontalmente sobre el extremo de un 
poste, impedía el tránsito á los irracionales y lo estor- 
baba á los hombres. Y, como si tales medios no basta- 
ran para conservar los pisos, agregaron algunos un 
arco de hierro, sujeto un extremo á la pared y por 
el otro al poste esquinero y á tal altura que no {Midiera 
pasai* el jinete siu dar con la cara en el canto del hierro 
y estropeái^la. 

£1 pavimento de las calles faé desusado, antes de 
1810, en la Banda Oriental. Esta obra ha sido costosa 
en todo tiempo ; los pueblos del interior, pequeños, 
espaciados y pobres, no podían >ulVagarla; y su nece- 
sidad no era, además, muy sentida por las poblaciones, 
compuestas de gente fíierte, más acostumbrada á 
soportar molestias que á gozar de comodidades. Mon- 
tevideo, era, seguramente, la que miis había menester 

15 



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I 



194 BOSQUEJO HISTÓRICO 

de que sus calles se empedraran, ya por la clase de una 
parte de su población, ya por lo desigual y áspero de 

su snolo ; pero, si bien hnl»o quienes aspiraran á tai 
mejora, y quienes la intentaran, no se hizo nunca otra 
cosa que rellenar zanjones, cegar pantanos y empedrar 
veredas á través de las callos. Los propietarios empren- 
dían, de tarde en tarde, estas pequeñas obras en los 
frentes de sus casas, y siempre de modo incompleto y 
derectuoso, como se hacen estas cosas cuando se indi- 
vidualizan. Una vez, hacia 1775, se hizo un esfuerzo 
colectivo. No í'ué de grandes resultados; pero algunas 
calles quedaron más transitable?^ue lo estaban. 

LXXIX. — Lm» If ledas, eoBTeatos j eementerlM 

Los pueblos de la Banda Oriental se formaron por 

reuniones de indios salvajes reducidos, ó de lanulias 
españolas. En el primero de estos casos los indios obe- 
decían la dirección de clérigos y, por lo mismo, a! 
hacerse las chozas en que habían de vivir se hacía la 
ig-lesia en que habían de orar. En el segundo caso la 
autoridad disponía á veces que un sacerdote acompa- 
ñara á las familias, sea desde el momento de su insta- 
lación, sea alLi-ún tiempo después, en cuyos casos se 
destinaba alguna de las casucas á los oíicios reiigiüso6 
6 se la edificaba especialmente. Ks así que todos los 
pueblos de cierta importancia estuvieron dotados de 
iglesia, fuera parroquial ó dependiente de alguna pa- 
rroquia. 

Los materiales de las primeras que se erigieron no 

difirieron mucho de los empleados en la ediíicación 
general; pero f'sto no obstó á que la iglesia fuese, en 
todos los pueblos, la mejor de las construcciones, como 
que estaba consagrada al más grande y temible de los 

seres concebibles. Pocas se hicieron con el propóbiiu de 



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D£ LA K£PCBLICA ORl£I<iTAL DEL URUGUAY 195 

que sirvieran definitivamente; la ur^aMicia y la escasez 
de materiales adecuados á una fábric^i imponente y 
duradera obligaron á menudo á levantar edificios 
pequeños y ligeros» de carácter proylsional; pero muy 
luego empezaba la reunión de fondos para obra « más 
digna de su objeto sedaba fonna á un proyecto y se 
principial)ii su ejecución, l:i cual adelantaba á medida 
que se allegaban los medios. 

üo de muy diferente manera se hicieron estas cosas 
en San Felipe y Santiago* Los jesuítas que en 1724 
vinieron de Misiones con los indios llamados á trabajar 
en las obras de defensa, hicieron construir una capilla 
de pequeñas proporciones y muy á la ligera, porque 
sus neófitos no debían pasar dias sin ^ casa de Dios 

Hacia 1730 se propusieron los franciscanos establecer 
un hospicio en ]as dos manzanas limitadas por las calles 
San Miguel, San Francisco, San Luis y San Benito ; 
pero lueg-o se cambió el proyecto por el de un convento, 
y se edificó una pequeña iglesia de piedra y ladrillo 
asentados en barro, con techo de teja y entrada con 
atrio por la calle San Francisco, y á continuación, 
hacia el Oeste, el convento. Ambas secciones tenían su 
costado septi'ntrional sobre la calle San Miguel y se 
llamaron respectivamente convento é iglesia de San 
Francisco. 

En el mismo año se empezó á trabajar en otra iglesia» 
qm había de ser la matriz. Por ser lugar de prefe- 
rencia, se echaron las bases en una de las esquinas de 
la plaza Mayor ; es decir en la Nordeste de las forma- 
das por las calles San Gabriel y San Juan. Constaba de 
una sola nave de mediano tamafto, y de un bautisterio. 
Sus paredes fueron de piedra y barro ; su techo de teja. 
Por tanto, sus materiales y su factura fueron lo mejor que 
se acostumbraba. Los fieles pudieron verla terminada 
á los 16 anos de esfuerzos muchas veces renovados. 



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bos(v»i;ejo histórico 



La población creció, y progresaron las ideas edili- 

cias, y aumentaron los recursos. Por todo esto las iglc* 
sias existentes fueron juzgadas, para los últimos años 
del siglo XVIII, insuficientes y pobres. Se pensó en cosa 
que mejor satisficiera la fé y el arte ; y, como no tuviera 
Montevideo arquitectos capaces, se encomendaron los 
planos á peritos de Buenos Aires ; y la caja del virrei- 
nato proporcionó las primeras sumas de dinero que se 
invirtieron en l;i [U'oyectada obra. Los irabajos empe- 
zaron en el año iTUü, en la esquina Noroeste que for- 
man en la plaza Mayor las calles San Carlos y San Juan, 
empleándose ladrillos y argamasa inmejorables. A los 
veinte años estaban t43rraina(las las tres hermosas naves 
de la que ya se llamaba Matriz nueva ; pero faltaban 
la cúpula, las torres, el reboque exterior y varios tra- 
bajos interiores. 

Lo costoso de esta obra, que en su época era monu- 
mental, no arredró á los habitantes de Montevideo, sino 
que al contrario, sirvió de modelo y animó á imitarlo 
en menores proporciones. Es así (jiie ocho anos después 
de haber comenzado se puso la piedra fundamental de 
la capilla de la Caridad^ la cual fué, no tan grande como 
la Matriz nueva, y de una sola nave, pero como ella de 
materiales escogidos, de robustas formas y de aspecto 
agradable. Se la edificó en la calle Santo Tomás, entre 
las de San Diego y San Pedro, y estaba por concluirse 
todavía á los doce añus de enterrada la primera piedra. 

Las iglesias íUeron consideradas en mucho tiempo 
como lugares apropiados al entierro de los cadáveres. 
En los primeros años se abrían las sepulturas en el 
interior, en los corredores y en los atrios de la capilla 
de la cindadela, de la Matx'iz y de San Francisco. Cuando 
la población de Montevideo creció tanto que el interior de 
las iglesias no bastó para (hir sepultura á los muertos, 
San Francisco y la Matriz destinaron al objeto una parte 




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DE LA RKi^ÜBLlCA üRiEOTAL DEL URUGUAY 197 

del terreno contiguo desocupado que les pertenecía. Desde 

entonces se enterró á los militares en la capilla de la 
cindadela, á los pobros en el Campo Santo do cada ig-le- 
sia, y á los ricos en el interior ó en el atrio de ésta. 
Mas estos mismos campos anexos á las iglesias fueron 
estrechos para principios del siglo XIX ; razón por la 
cual mandó el cabildo que se construyese otro más espa- 
cioso fuera de muros. Estuvo situado este ('ampo Santo, 
desde que se le inauguró en 1.SU8, en la costa Sud, en 
ano de los ángulos que hoy forman las calles Durazno y 
Andes. 

LXXX. — LttB easas capllalares 

Sí la iglesia era el primer edificio público de toda 
población española naciente, la casa del ayuntamiento 
había de ser el segundo. Los reyes no ponían trabas al 

establecimiento de los cabildos. En cuanto un pueblo 
reunía cierto numero de habitanies en su núcleo y cer- 
canías, le era acordada la gracia de tener su autoridad 
municipal; y» creada ésta, era de regla que se le 
hiciese casa especial. Las primeras eran provisionales 
las más de las veces, porque la institución nacía, como 
es natural, sin que le precediera alojamiento. Pero muy 
luego se disponía el vecindario á sustituirlas por otras 
que se distinguiesen del común de las casas, aproxi- 
mándose, en importancia y en apariencia exterior, á 
las jg-Iesias. Un palacio municipal n aunque fiiese de 
aüobr, si era couipleto, constaba de tres d< partamentos: 
uno, consagrado á las funciones del cabildo y de sus 
oficios y empleados ; otro, adecuado para asegurar á 
los acusados y penados ; y otro para el cuerpo de guardia 
que había de defender al cabildo y custodiar á los 
detenidos y presos. No era frecuente que estas tres sec- 
ciones se reuniesen desde luego en las casas capitulares, 



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198 



B(>SQC£JO HISTÓRICO 



que harto se conseguía muchas veces con tener una 
sala (le st'Muneü ; pero la aspiracjou era reunirías, y 
se procuraba realizarla venciendo m<is ó menos diücui- 
iades. 

Podrá concebirse cómo se graduaban estas adqui- 
siciones en loe pueblos de segundo y tercer orden, por 

lo que ocurrió en Montevideo. La villa existió desde 
172t) ; pero tuvo justicia y regimiento álos cuatro años, 
cuando el número de habitantes requirió ios funciona- 
rios capitulares. En ese mismo año 1730 se adquirió la 
primera casa para su servicio, que se compuso de una 
sola pieza, sin acoesori(»s, loeliadade teja \ Cómo inter- 
vendría fi barro, cuandu siete años mas tarde hubo que 
decidirse á rehacer la casa ! Esta vez no se inido tam- 
poco hacer más que una sala* y de adobe ; la cual» sí 
aventajó á la primera en que Alé más grande, no en ser 
mas duradera, pues consta que á los poeof? afios hubo 
que demolerla para reemplazarla por cosa íiit jur. 

El tt rrer edificio que ocupó, en la plaza Mayor, el 
ángulo Nordeste que forman lias calles San Carlos y San 
Femando, excedió al segundo en el ntímero de depar- 
tamentos. El cabildo, el cuerpo de ¿^u.trdia y los proce- 
sados tuvirron el suyo respectivo, bajo el mismo techo. 
Aunque entiú el bai^ro como materia prima, también 
esta vez» la construcción se mantuvo en pie hasta los 
primeros años del siglo XIX. En esta época el palacio 
capitular podía sostener una comparación con la Matriz 
vieja sin £rrand<' niení^ua ; pero, enfrentado á la Matriz 
miei a, pareeia que su fealdad y mala construcción se 
acrecían, y el vecindario llegó á no poder mirar ambos 
monumentos vecinos sin cierto escozor, tanto más pun- 
zante, cuanto que la Caridad, aunque despacio, avan- 
zalia á lo lejos eoiji i rifando lialagiiefias esperanzas. Se 
hizo, pues, la resolución de <iüe el cabildo estuviera 
mejor alojado, porque así lo requería el decoro ; se enco- 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 199 



meiidaron los plnnos ; se presupuestóla obra en el con- 
cepto de que seria de piedras sillares y de ladrillos 
unidos con buena mezcla de cal y arena y de que cons- 
taría de dos pisos sólidamente abovedados ; y se inau- 
guraron los trabajos en 1801, los cuales este ban todavía 
atrusiulus ca 1810, ¡)ero no tanto que los niuntevidcanos 
no se sintieran ya satisieclios de realizíu^ tan hoiinosa 
fiibríca. 

LXXXI. — El imlaeio real 

Muchos años estuvo la Banda Oriental 411^ su 
primera autoridad militar tuviera una habitación ade- 
cuada. Cierto que las necesidades no fueron muchas en 
I08 primeros ; pero, según fué aumentando la población 
de San Felipe y Santiago, y multiplicándose la de su 
extenso distrito, complicóse el servicio, aumentó el per- 
sonal, y hubo que crear nuevas oficinas. Día llegó, pues, 
en que no bastaron los edificios comunes para el objeto 
y en que se pensara en hacer una residencia capaz de 
corresponder al fin que se tenía en vista, así por su 
extensión como por su apariencia. 

Se ideó el plan, se eligió el lugar y se hizo la obra. 
En cuanto al lugar, recayeron las miradas de los inte- 
ligentes en las cuatro cuadras ó manzanas limitadas por 
las calles San Pedro, San Francisco, San Carlos y San 
Beniio. El espacio era demasiado para ocuparlo com- 
j)letameüLe desde luego, pues en 1708, íecha de I:i fun- 
dación, no era menester fábrica de lanta miigniiud. Se 
acordó ocupar aproximadamente un cuadrado de cien 
▼aras por lado, que se situaría en el centro de las cua- 
tro manzanas. Pero, como las calles no tenían la direc- 
ción d(.' los puntos cardinales, y se quiso que los frentes 
del palacio la tuvieran resultó que los ángulos del edi- 
ficio vinieron á dar en las calles que cruzan las men- 



200 BOSQUEJO HISTÓRICO 

cion.'Klas cuatro maiiz.'in.t^, muy coiva de ellas, y que 
delante de cadu lado ú*A {ialacio quedara disponible ua 
espacio iientagonal. fistos espacios hubieran servido 
para despejo, higiene y embellecimiento de la residen- 
cia d< 1 ^M)bierní); mas ediflcííronlos los particulares, de- 
jando Pijiiv sus propiedades y la pública una calK». 

El eduicio ucupó casi lodo el cuntorno del terreno, 
dejando en su c«Mitro un gran patio cuadrado. £n el 
punto medio del lado Norte estaba la portada, muy 
ancha, con fi^oznes clavados en marco de piedra sillar. 
A su izquierda estaba el departamento del cueri>o do 
•guardia, que era una pieza peijueña, muy baja, con 
paredes de piedra y techo de teja, á la cual entraba 
escasa luz por %*entanas de cortas dimensiones provis* 
tas de rejas de hierro fuertísimas. Seguían al cuerpo de 
;,'uardi i, hacia el Este, hasta la esquina, otras piezas de 
i^ual constru<^ción, con puertas al patio y pe(|ueñas 
ventanas ;í la cidle. Los lados Este, Sud y Oeste, esta- 
ban ediílcados con ladrillo y cal, á no mayor altura que 
el íVente. El gr<>bornador tenía sus habitaciones en el 
lado Oeste; una capillita ocupaba el medio del lado Sud, 
frente á la entrada; á su i/«iuierda estaba el salón de 
recepciones; lo demás era paralas oílcinas del ser- 
victo pCiblico. Todo era, por dentro y ítaera, sencillo, 
sin la menor ornamentación, de asi>ccto casi mísero. 
La portatla era m;ís propia de un cuartel que de un pa- 
lacio de gobierno. Hacia se tuvo la buena idea de 
í'ormar un jardín en el gran patio, el cual mejoró la 
impresión que causaba el aspecto general del ediñcio, 
y se empezó A edificar con ladrillo y mezcla de cal una 
sección de dos pisos en el ángulo Noroeste, que sola- 
meí.ti' hal*;,i estado cercado hasta e!Hen('e>. Ta! era la 
mansión de ios gobernadores, que generalmente se desig- 
naba con el nombre de £1 fuerte. 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 201 



LXXXn* — Los depósitos de ayas iiotoMe 

Se habrá notado que todos los pueblos del interior, 
fundados hasta 1810« están sobre ia orilla ó muy cerca 
de algún río ó arroyo. Han tomado esta situación : algu- 
nos por gozar de las ventajas de la comunicación flu- 
vial; y todos, por tener á la mano las maderas y la leña 
que los montes podían proporcionarles, y por la facili- 
dad de proveerse de agua potable. Tenían, pues, un 
servicio abundante de este artículo tan indispensable 

a la vida. 

Por ser el agua del río do la Plata salada en las 
cercanías de Montevideo, los habitantes de esta ciudad 
tuvieron que recoger el agua llovediza y que usarla 
exclusivamente en los primeros años que siguieron á la 
fundación. Emi)learon para el electo pipas y tinajas, que 
culocaban comunmente en los ííngulDS de lus [>atios, y 
á las cuales caía el agua de los techos por medio de 
caños de hojalata ó de conductores de t^a. Mas, suce- 
diendo que las lluvias no se producían periódicamente, 
que aquellos recipientes no bastaban para recoger toda 
el agua que pudiera neresitarse hasta la lluvia pi óxima, 
y que con írecuencia se descomponía el líquido cuando 
más se le necesitaba, este medio de provisión distó 
mucho de satisfacer las necesidades, y tal deficiencia 
motivó que se abriese en el recinto fortificado el llamado 
Pozo del Rey. 

Ck)mo su agua, aunque ahundante, era salol>re, no 
hizo todo el bien que se esperaba. Pero no tardó un 
vecino en abrir otro pozo fuera de las fortificaciones, 
cerca de la playa de la bahía, sobre la orilla del 
arroyuelo de las Canarias. Surgió aquí agua potable; 
la pohlación se sirvió de ella durante mucho tiempo á 
lalta de agua llovediza y el autor de la benéfica obra 




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202 Bo^yCEJU msTüKICO 

tUTo la satisfacción de que lo recordaran á menudo los 

consumidores agregando al pozo el nombre de Masca^ 
renos. 

Ci t'ció la población; el servicio de las pipas y tiu^jus 
siguió siendo inseguro y el del po20 llegó á ser insuft* 
cíente. El descubrimiento de Mascareñas enseñó á otros 

en qué lugar podría hallarse buena agua. No era 
meiii^it'r, por lo mi5?nin, otra cusa í{\\Q- aprovechar ia 
lección, y la aprovechó la autoridad haciendo abrir 
otros poeos en las inmediaciones de aquél, que por ser 
obra de autoridad se llamaron Pozas del Rey. 

Confiar en ellos equivalía á poco menos que ponerse 
á merci'í! del enemigo cada vez que la plaza íiiese 
sitiada, aparte de lo molesto costoso que era su bene- 
ficio. Los dueños de casas se decidieron, por evitar 
tales inconveniencias, á abrir en sus fincas aribes ó 
cisternas; y tanto se aficionaron á ellos para fines del 
siglo XVII, que en adelante los hicieron de enorme 
capacida l, {lerfcctamenie iiiqicrmeables v abovedados, 
b^jo de tierra. No tuvo nunca Montevideo agua tan 
ponderada como la de lluvia que se recogía en estos 
recipientes casi inagotables. 

LXXXin. — finrernediides, médlMS, renediot r liaepltoles 

Como que las costumbres alteraban poco el orden de 
la naturaleza, la salud fué excelente en pueblos y cam- 
pos durante muchísimo tiempo. Pero, como nadie era 
inmortal, ni cjsíaba del todo exento de irregularidades 
de vida, ni libre de accidentes imprevistos, ocurrían de 
tarde en tarde enfermedades y, por lo tanto, necesidad 
de curarlas. 

Los salvajes adultos y varones, aficionados á embo- 
rracharse con aguartlitMiio, ó con inirl de abejas iV'r'aicn- 
tada ^K}r medio del agua (chicha) sentían en el estómago 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL tKUÜÜAY 203 

los efectos del alcohol ; juzgaron que este órgano era el 

aíiiento de la embriaguez, é iiidajcroii de aquí» seírfm 
parece, que allí se radicaban todas las eiiíermeüades 
que padecían. La lógica, que á ningún ser animado 
&ita, los condujo á sentar como regla terapéutica que 
la vuelta de los enfermos á la salud dependía de extraer 
el mal del estómago; y, no hallando nada más ade- 
mado, curaban todas bs enfermedades chupando con 
gran fuerza la piel de la región gástrica. No todos 
debían ser aptos para aplicar con buen resultado este 
tratamiento, pues había indios que se ocupaban espe- 
cialmente en curar. Eran los médicos de la tribu. 

Los campesinos españoles, criollos y mestizos, no 
tenían médicoSt es decir, personas dedicadas especial- 
mente á curar, ni los necesitaban, pues creían á toda 
persona cristiana más ó menos dotada de la capacidad 
de sanar ciertas enfermedades. Es así que cuando alguno 
se enfermalia pedía la asistencia de indígenas liautiza- 
dos, ó de vecinos de su propia raza, y, á falta de aqué- 
llos y de éstos, del primer transeúnte que divisaran. 
Tanta confianza inspiraban las prescripciones de estas 
personas, que el paciente las t jecutaba sin poner nunca 
en du<la su eficacia, por más peregrino que fuera el 
medio curativo. 

£n los pueblos del incerior, y aún en Montevideo 
durante medio siglo, poco ó nada tuvieron que hacer 
los médicos diplomados, ni los farmacéuticos. No se 
usaban otros remedios tpie algunas hierbas medicinales, 
cuyas virtudes eran cunocidas por cierto nfimero de 
mi^eres de las diversas clases sociales. Producido un 
caso de enfermedad, se ocurría á los buenos oficios de 
la señora Tal 6 de la china Cual, y nadie pensaba en 
más para sanar de calenturas, catarros, cólicos y con- 
tusiones. La primera botica la tuvo Montevideo en 176.S, 
y por ese tiempo hallaron ocupación los facultativos 




I 



204 bo.si^UEJO HISTÓRICO 

Bnfermero lo era todo el mundo con la mejor voluntad, 
de modo que á nadie faltaba, llegado el caso, quien lo 

cuiíl.'iiM, ¡»*»i- \)ocn^ í|ue fueran sus amistades. 

Euipero, segúa íue civciendo la ciinlad, so aumentó 
la clase de loa pobres, tan privados de familia como de 
fortuna, y, por lo mismo, también la necesidad de que 
la ñlantropía de los vecinos se ejercitase con más fre- 
cuencia. V, ' oiiK) nunca son tan fáciles, ni tan útiles, 
los actos de iM^nelicencia ejecutados individualmente 
como los asociad(>^ . 'ombinando el sentimiento de amor 
al prójimo con la idea de la economía, sugirieron al 
vecino don Francisco Antonio Maciel el proyecto de 
constituir una asociación con el ñn de auxiliar á los 
condenados á muerte en sus últimas horas, y «4 los 
cnlermos pobres. Asociáronse en 1775 unas pocas per- 
sonas bajo el titulo de Cofradía del señar san José y 
caridad^ y desde el aflo siguiente se consagraron al 
segundo de aquellos humanitarios oficios. 

Al [irincipio i)oin.'in los coírades y recog^ían en el vecin- 
dario S' Ui uuilmenie cantidades do dinero, nombraban, 
pagaban y enviaban enfermeros á los necesitados y 
daban á cada uno de éstos dos reales diarios, mientras 
durase la enfermedad. Mas, como esta manera de asis- 
tir no careciese de inconv»^nientes, v el Cabildo avan- 
zalia lentamente en la jirepararioii de un Im^ini d, por 
faltarle ios insdispensables recursos, se resolvió Maciel 
á convertir en hospital provisionalmente una casa suya ; 
lo dotó con 12 camas y, tomando sobre sí los gastos 
que la asistencia causara, iiiaiiíJruró en 1787 el Asih de 
caridad. El Cal)iMo terminó en el año siguiente el Jíus- 
pitai de igual nombre, lo entregó á la cotradia de que 
era hermano mayor el caritativo Maciel, llamado justa- 
mente el Padre de los pobres, y se trasladaron á él las 
camas y los enfermos del Asilo. 

Diez años despucs de inaugurado el Hospual de can- 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 205 



(hd se fundó, por resolucióa de las autoridades de Bue- 
lÁji, Aires, un hospital rmiitar que ocupó el terreno limi- 
tado por las calles San Benito, San Francisco y San 
Higaei» y por la orilla septentrional de la ciudad, bajo 
et nombre de Hospital y barracdn de la marina. Se 
confió su administración interior á los reli^nosos betle- 
mistas, y se asistieron en él lus enfermos del personal 
ele la marina de guerra, de las fuerzas que guarnecían 
la ciudad, y de la clase de presidarios. 

LXXXIV. — Edificios destinadab ú diversiones populares 

El primer ediíicio erigido en Montevideo, con destino 
á diversiones populares, de que se tiene noticia íue una 
[dm de toros. Se la edificó hacia 17 7d, según se dice. 
Era de forma ochavada por dentro y fuera, y ocupó la 
cuadra encerrada por las calles San Diego, San Carlos, 
maíllo Toaids v San José. Existia aún hacia 1790. 

Mientras hubo plaza de toros no iiubo teatro. Vínole 
ea 1794 al portugués Cipriano de Mello la idea de 
hacer levantar el primer edifício aplicado á las repre- 
sentaciones, y realizó su pensamiento en el callejón 
pe conducía dul Fuerte á la calle San Pedro, enue las 
de Santiago y San Francisco. La casa de la comedia, 
(gue asi se le llamó) importaba el principio de un pro- 
greso importante ; pero no había en ella el lujo, ni la 
elegancia, ni las comodidades de los teatros de hoy en 
día. Li techo, cuya armazíui de madera era muy sólida, 
era de teja y estaba sostenido por toscas vigas (jue del 
caballete venían á buscar apoyo en el suelo, intercep- 
tando el paso y la vista de los espectadores. £1 piso de 
la platea era de ladrillos. A ambos lados había dos 
hileras superpuestas de palcos y una de asientos espe- 
ciales para las mujeres ( la cazuela). Desde el techo 
pendían varios aros de madera que se mantenían en 




2üi) BOSQUEJO UISTÓaiCO 

posición horizontal y bajaban ó subían por medio de 

cuenias. El i)r>rde superior esos aros <*staba provisto 
de cierto núm<n*o de tubos conos de hojalata, ea los 
cuales se aseguraban velas de sebo, fabricadas á baño. 
Esos aros eran, pues, los candelabros ó arañas que 
servían para alumbrar la sala en los días de fiesta. 

CAPÍTULO m 

POBLACIÓN DE LA BANDA ORIENTAL HASTA 1810 
LXXXV. «- l*(»blaciáii de MoiiteTideo 

La pequeña península en que está situada la ciudad 
de Montevideo era habitada por alguna que otra 
persona que vivían en casuchas de piedra ó de adobe 

(lis'MJiiiiadas á lariras distaucias. Decretada la imiiiación. 
se establecieron iumediatamt'iite s ('» lo lauiilias venidíis 
de la Banda Occidental, y luego, hacia fines del mismo 
año, llegaron otras 13, procedentes de las Canarias, que 
fueron traídas por Alzaybar. El mismo condujo en 1728 
unas 30 familias más de las mismas islas, á las cuales 
precedieron y si;Lmieron otras qu<^ haljían residido en 
varios puntos de la jurisdicción de Huenos Aires, y que 
se trasladaron animadas por el Cabildo de la capital. 

La población no aumentó en los primeros tiempos 
con mucha rapidez, puesto que en 1770 contaría algo 
más que mil individuos d(^ lodas las edades y sexos. 
Seí^ún algunos testimonios, hacia 1800 el número fué 
de unos T.'oo dentro de muros y otros tantos íUerat 
diseminados en las chacras ; pero, el padrón formado en 
1803 por orden del cabildo no constató mayor número 
que el do 4722, comprendiendo los blancos, los indíge- 
nas, iob uegros y los mestizos de todas clases que vivían 



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DE LÁ REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 207 

la ciiidaíl v suburbios. Creció enlósanos siLuientcs, 
y luogo disminuyó, sobre todo fuera de muimt con 
motivo de las invasiones inglesas; por manera que 
hacia 1810 no excedía, ó excedía poco, la cantidad de 
habitantes, de la que había sido en 1803. 



No se puede determinar qué progr^s hizo la pobla- 
ci/>n «le la Banda oriental, fuera de ' Montevideo, hasta 
el año 1810. Sólo se tienen los datos que publicó Azara, 
relativos á los últimos años del siglo XVIIl, en los cua* 
les se incluyen los habitantes dei núcleo de cada 
I>ueb1o y los de su distrito rural. Son éstos, compren- 
diendo á Montevideo : 



LXXXTI. — Población dei resto del ptd» 



Región dei Oeste 



Colonia del Sacramento. 
Real Carlos .... 
Soriano 

Víboras 

Mercedes 

Dolores ó Espiniliü « . 
Rosario ó Colla . . . 



300 
230? 
1.700? 

1.500 ? 

850 l 
1.300 ? 

300? 



6.150 



Región del Esle 



Maidonado 

San Miguel 

Santa Teresa 

San Carlos 6 Maidonado chico . 

Rocha 

Meló * • 



2.ÜÜ0 ? 



40 

120? 
400? 

250 
820 



3.630 



A la vuelta 



9.780 




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2Ü8 



liüü>gL£JO HISTÓRICO 



De la vuelta 0.780 

Región del Centro 

Guadalupe ó Canelones . , « . 3.500 
Santa Lucia ó San Juan Bautista. 4fiO f 

Pando 300 ? 

San José .'>5fl ? 

MiniiS 450 

Piedras 800 { 5.860 

15.Ü40 



LXXXTn. - P^UadóB tttel de ím Hmmém Oriental 

Sumando las poblaciones do Montevideo y del resto 
del país se tiene el total de :^.985, á que ascendía 
aproximadamente, el número de habitantes en 1800. 

}\}v i'l incremento de esta población y por haberse 
fundado ¿iusieriurmenie laFlorida, la Santísima Trinidad 
de Porongos y Paysandú, creciu aquella ciíni para 1810 
en términos que no es posible precisar. No falta quien 
suponfira que llegó hasta 60 ó 70 mil ; pero este número 
es indudablemente exagerado. 

En Cí>ta ijublación entraban los españoles, los iiuh- 
gcnas, los negros, lus mesii/A>s, ios zambos y los mula- 
tas. La mayoría era do españoles y mestizos. Cuando 
aciuéUos empezaron á colonizar la Banda Oriental eran 
muchos los indiV'enas y rarísimos los negros ; pero el 
nú moro de éstos aumentó mucho para 1810, sobre todo 
en MontcN idri», en que íbrmaban el tercio de toda su 
población; y el de aquéllos, ai contrario, disminuyó, 
por la persecución que motivaron su carácter indómito 
y sus costumbres dañinas. Mientras los españoles no se 
propusieron ocupar esto territorio los ohamias perma- 
necieron ea la zona limítrofe del rio de la Plata ; mas 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 209 



desde quo se fundó Montevideo y que los colonos 
empezaron á tomar posesiones en el interior, se some- 
tieron las tribus de origen goaranítico y los más de los 
charrúas se Alejaron continuamente hacia el Norte, no 
sin disputar en sani^rientas luchas sus posesiones, siendo 
de notarse que quedaron en su lugar, durante algún 
tiempo, tribus minuanes venidas del otro lado del 
Uruguay, hostilizando, aunque sin éxito de importancia, 
á los pobladores europeos. Para el último cuarto del 
siglo XVIII los charrúas refractarios á la civilización 
habían transpuesto el río Negro, diezmando de paso, 
según parece, á los yaros semi-amansados que vivían 
entre ese río y el San Salvador, y á los bohanes que 
residían poco más allá. Los minuanes vagaban entre 
tanto al Sud del río Yic, atacando hoy una aldea ó una 
estancia, mañana otra, y sufriendo repetidas ])ersecu- 
ciones de los espíinoies. Ya para finer> del mismo siglo 
los charrúas y minuanes indómitos, reducidos á muy 
corto número, habían pasado el Cuareim, y sólo venían 
al Sud, en partidas de pocos hombres, para ejecutar 
cori*''i'ías. 

Las tribus indí'j-enas amansadas s(* repartieron en 
las estancias, chacras y pueblos fundados por los con- 
quistadores. Los demás continuaron durante la domina- 
ción española la vida errante que llevaban cuando se 
descubrió el río de la Plata, con la diferencia de que su 
movilidad auui^'nió por el uso del caballo y por la con- 
tinua persecución de que eran objeto. Los negros 
residían en los centros urbanos y en las chacras princi- 
palmente, con las familias á quienes pertenecían. Los 
españoles y sus hijos habitaban en los pueblos y en sus 
establecimientos agrícolas ó ¡)astoriles, los últimos de 
los cuales estaban diseminados en el campo á grandes 
distancias unos de otros. £n la población rural es en 
donde abundaban más los mestizos, por la razón de 

14 



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210 BO^CEJO HISTÓRICO 

que, siendo muy pocas las mujeres españolas» lo8 hom- 
bres bc unían ;i las indias reduciüas > alas migeres que 
éstas generaban. 

Las clases mencionadas no se mirabaíf nada bien. 
Desde el principio de la conquístalos salviyes odiaron á 
los españoles, y éstos juzgaban á los salvajes y á los 
negros como á seres tan inferiores, qu< iuianif largo 
tiempo discutieron ios más doctos si ios indios i>oriene- 
cían ó no á la especie humana, siendo necesario que el 
Papa declarase la afirmativa. Aun así, muchos sacer- 
dotes se negaron después á administrarles sacramentos. 
Mejor concepto si* tenía de los mestizos ; pero ni éstos, 
jii los criüilüs, m:ujt(_-mau buenas relaciones con los 
españoles, aunque perteneciesen á una misma iamilia. 
Parece que esta aversión era mayor en Montevideo y en 
los pueblos que en el campo, acaso porque era menor 

la ignorancia. 

CAPÍTULO IV 

AUTORIDADES LOCALES 
LXXXVIll. — Ort^atii¿4iciuu geiierai del serrieio iiúUieo 

En los primeros ueiiiitos la Colonia, (cuando la 
poseían los españoles) Montevideo, Maldonado y Santa 
Teresa eran otras tantas comandancias, y se tuvieron 
en esos puntos muy })ocas autoridades subalternas. Los 

comandantes r'K'n ían principalmente autoridad mib- 
tar; la política, judicial y mani<Mpal convspoii' iia á los 
cabildos* Pero, así que las pol)lacíones empezaron á 
tener importancia se hizo sentir la conveniencia de que 
el gobierno de Buenos Aires tuviese en la Banda Orien- 
tal un auxiliar de mayor significación. Inducido por 
tales consideraciones el gobernador -\ndonaegui solicitó 



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D£ LA REPÚBUCA üKlfiMAL DEL LHUGUAY 211 

del Rey que dotase á Montevideo de un gobernador 

político y militar con las facultades correspondientes á 
la importancia del puesto; y, accediendo el Soberano, 
lo instituyó. El coronel don Joaquín de Viana fué quien 
recibió el primer nombramiento, y lo ejerció desde 
Marzo de 1751. £1 gobernador de Montevideo, como 
todos, debía ser nombrado por el Rey; pero estaba 
subordinado á la autoridad política y militar áv FUi'mios 
Aires, por ser la Banda Oriental parte de la provincia 
bonaerense. 

Desde entonces filé más cómplicada la organización 
administrativa de la Banda Oriental, sobre todo la de 

Montevideo. En la |>niiiL'i a década del siglo XIX era 
como se indica en los artículos siguienies. 



LXXXDÍ. — ÁBlorlMee de la ngi6« eentnd 

La autoridad política y económica de la ciudad de 
Montevideo y su jurisdicción era de.sem[)eñada : P por 
el gobernador, con un asesor y uu escribano de go- 
bierno; — 2** por un mmisira de la real hacienda^ con 
oficiales primero, segundo y tercero; ^ 3^ por un admi- 
msirador de aduana, con un contador, un vista, un 
alcaide, oficiales primero, segundo y tercero, un oficial 
dt' tesorería, uno ile administración y un escribano de 
registros; 4"* por uu admmisírador de la renta de taba'^ 
eos\ con un contador, un oficial, un tercenista (encar<> 
gado de la tercena 6 puesto en donde se vendía el 
tabaco) y un mozo de almacenos; 5° por un adminis- 
trculor de la renta de correos, con un contador y dos 
oficiales. 

La autoridad militar estaba á cargo : I"" de un estado 
mayor de plaza con un gobernador, que lo era el poli* 

tico y jefe de la real armada, con un sar¿,'-onio mayor; 
2^. un comandante niüÜar de matricida, con un ayu- 




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212 . ÜOáglliJu HISTÓRICO 

dante, un asesor y un escribano; 3^. un capitán del 
puerto con dos escribientes, un asesor, un escribano, 

üii vidria del rcrro, un i)nicti( 0 lu.ivor, uno de nombra- 
mienio y tres supernumerarios ; 4'' un cuerjjo político 
de artillería con un ayudante de contralor, (el contralor 
residía en Buenos Aijres) un guarda-almacén y su ayu- 
dante, y un maestro mayor de montajes; una sec- 
ción del rrnl cue^^po de iníjenwros del virreinato. 

Las l\ier/:is (jue urdinariamente dependían déla auto- 
ridad militar eran : 



2 compañías de milicias del i*eal cuerpo 

de artillería 230 plazas, 

2 eouipaiiias de naturales, del mismo 

cuerpo 210 — 

1 batallón de voluntarios de infantería 

con 8 compañías de flisileros y 1 de 

firranaderos 094 — 

4 escuadrones de voluntr^rios de eaba- 

Ueria, de ti*es compaíiias ca la uno • 700 — 
1 compañía de pardos granaderos • • 100 — 
l compañía de negros granaderos . • 60 — 

l/.rJ4 plazas. 



Además había un cuerpo de hlandcngves de la fron^ 
terüf compuesto de 8 compañías de á 100 plazas cada 
una, creado en el año 1799, y un escuadrón de 900 pla- 
zas de caballería estacionado en el Yí. 

El ui>üstadero ó esi.u ión naval del Riu de la Plata 
era administrado por un comandante general de ma- 
rina» que durante algún tiempo lo íUé el gobernador de 
Montevideo y funcionaba con un asesor y un escribano; 
por una secretaría de la comandancia, con un ayudante, 
"Vi^^dos escribanos, un portero, y un interprete de lenguas; 



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I 



DE LA REPÚBLICA ORIKNTAT> HEL URUGUAY 213 

por UDa nuiyorfa con un oficial de órdenes y un escri- 
biente; por una junta de apostadero que presidia el 

comandanta ^'-eneral, constaba de 1 vocales con un 
secretario y un asesor; y por un ministerio de bajeles, 
con un ministro principal, dos agregados y dos escri- 
bientes. £1 número y clase de buques de guerra era 
variable; pero generalmente era de una fragata» dos ó 
tres corbetas y veinte y luuLas lanchas cañoneras y 
obliteras, aparte de varios bergantines, faluchos y 
místicos que se ocupaban en el servicio de la costa pata- 
gónica, de las Malvinas y de los ríos, y en conducir la 
correspondencia entre Buenos Aires y la Colonia. La 
escuadra, prefería apostarse en el puerto de Montevideo, 
I»nr ser más cómodo que el de Buenos Aires y que el de 
la Ensenada de BaiTagán. 

Las fiinciones judiciales, pohciules y municipales 
eran desempeñadas, en cada pueblo de la jurisdicción 
(le Montevideo, por su cabildo. 

No había en toda la Banda oriental otra autoridad 
eclesiíística que ios curas piírrocos. La ciudad de Mon- 
tevideo tuvo uno solo. Hubo otro en Canelones, y otro 
en las Piedras. 



X€. — AutarldadM de las rtffUmet del Oeste j Este 

El punto algo importante de la región occidental' era 
la plaza de la Colonia del Sacramento; pero esa misma 
importancia era militar más que política. Es así que no 
haljía en ella autoridades encargadas especialmente de 
funciones políticas. La policía, la justicia y las atencio- 
nes municipales eran servidas por el cabildo, y el cui- 
dado militar estaba á cargo de un comandante, quien 
disponía de 80 hombres de infantería y 2 escuadrones 
con 150 plazas de caballería. 

Hacia el Este había dos lugares importantes, que 




214 BOSQUEJO HISTÓRICO 

eran Maldonado y Santa Teresa, hajo el punto de vista 
militar, razón por la cual habla en cada ano de ellos 
un comandante. En el primero la ftierza era de 100 

liuinbres (\e infantería y 150 de caballería. Sobre la 
frontera del Brasil había un <»s< iiatliV.a ralullería, 
de 300 plaz;is. Además funcionaba en Maldonado un 
ministro de la real hacienda con un oficial. 

CAPÍTULO V 

COSTUMBRBS POPULARES 

XCI* ^ Práetieas religiosas 

Personas que luvieron relaei(Sn eon los charrúas y 
los minuanes aseguran que estos salvfyes no se entre- 
¿"aban á ninguna práctica religiosa á Unes del siglo 
XVin, y que no tenían idea de divinidad, ni de exis* 
tencia sobrenatural, ni ninguna otra que pueda califi- 
cai-sp de religiosa. Autores modernos Miptuien que 
alguna noción debieron tener, aunque vaga, de la vida 
Altura, puesto que enterraban sus muertos con armas, 
como para que usaran de ellas después de la muerte ; 
|)ero, éstas y otras costumbres que sin duda han tenido 
origen en creencias reliíriosas, bien pudieron ser obser- 
vadas por mera imitación hereditaria de usos pertene- 
cientes á pueblos místicos antiguos de que procedieran, 
habiendo olvidado las ideas á que en tiempos remotos 
correspondieran, pues ¡es m«4s fácil perpetuar actos 
externos <]iie sentimientos. Este p-^recer tiene en su 
apoyo la constancia de que ningún eiiarrtía 6 niiuuán 
hacía cosa que pudiera interpretarse como culto. El 
mismo casamiento, que en todas las religiones reviste 
formas especiales, ninguna tenía entre los salviyes que 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 215 

lo distinguiese de cualquiera acto civil, pues se reducía 
á pedir una mvi¡ev á su padre, obtener contestación 
afirmativa y llevársela consigo. Hombre y mujer vivían . 

juntos mientras estaban á su g'usto; y, cuando desapa- 
re("ía la buena inteliíi^eiicia, se separaban para unirse 
á otra persona de su agrado. 

Los mestizos que vivían en el campo, á largas distan* 
das de pueblos y capillas, habían aprendido de sus 
padres españoles sus ideas y prácticas religiosas ; pero, 
ya por la iiidifrrencia de las madres indígenas, ya por 
la ausencia de sacerdotes, aquellas impresiones se des* 
vanecieron poco á poco y apenas les quedaron, para 
principios del siglo XIX, la costumbre de bautizar á sus 
hijos, aunque fuera por sí mismos, cuando estaban cre- 
cidos ó eran ya mozos, y numerosas supersticiones. 

Los españoles y sus descendientes urbanos profesaban 
el catolicismo, y también los negros. Las creencias de 
los católicos de entonces diferían de las creencias cató- 
licas de hoy en día, en que se aplicaban con igual 
adhesión á todas las ideas que ens' üalía la Iglesia, en 
que lio abundaban quienes adiuitiesen unas y rechaza- 
sen ó pusieran en duda otras. Nadie estaba en relación 
con personas de otras religiones, ni con libre^nsa- 
dores ; nadie leía libros que no ñieran místicos, apro- 
bados por la autoridad eclesiástica ; nadie recibía el 
intlujo, por lo mismo, de ideas contrarias á las del eato- 
licismo. La fé era una, y se extendía con igual inten- 
sidad á las doctrinas que la Iglesia reputa indiscutibles 
y á las que, si bien admitidas por sus representantes, 
podrían ser discutidas. 

No sabiendo el vulgo distinguir lo que era de lo que 
no era de precepto, lo que mandaba la autoridad ecle- 
siástica de lo que aprobaba simplemente ó sólo toleraba, 
prestaba adhesión incondicional á muchas ideas extra- 
lias, y á supersticiones y pi*eocupaciones de todas da- 



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21Ó BOSQUEJO HISTÓRICO 

SOS, por {^roseras que fueiaii. No hal>ía liecho extraor- 
dinario ó sobrenatural que iiu se aüibuyese a las brujas» 
las ánimas solian aparecer de mil maneras, y los demo- 
niofi se entretenían en llevarse los pecadores en pleno 
dfa. Refiérese que mientras un misionero predicaba 
acerca de las \m\as (M Iníierno en v\ atrio de San 
Francisco á un iiUiut'j u>o ^^enúo que llenaba el anden 
y la sección inmediata de las calles, y del cual eran 
parte gauchos que oian el sermón montados en sus 
caballos, empezaron éstos á piafiu*. Asústanse algunas 
personas por atribuir el ruido á la presencia de los espí» 
ritus malos, iiriian que el deiiiuuio las persig:ue, huyen 
aterradas, comunican á los demás el espanto, y el pre- 
dicador se queda solo antes qifó se diera cuenta de lo 
ocurrido* 

Cuando algún criminal era condenado á muerte en 

Montevideo, la colradia <le San José y Caridad entraba 
en función con el lia de a^isur al penado en sus últimos 
momentos. 

Dos de ellos, que se reemplazaban periódicamente en 
los tres días de capilla, lo exhortaban á que se arre- 
pintiese y á que creyera en la misericordia de Dios ; y 
otros iban de casa en casa pidiendu iiniosna - para luen 
del alma del que van á ¿gusticiar. » Las donaciones eran 
aplicadas á los gastos del entierro. £n la hora de 
cutar la pena la hermandad acompañaba al condenado 
al lugar del suplicio cantando el Padre Nuestro, se diri» 
gía de allí á la iglesia y oraba por que Dios se apiadase 
del que iba á morir. 

Era costumbre rezar en las horas de comer, de acos- 
tarse y de d^ar la cama, como lo era santiguarse al 
salir de casa. Ningún niño ó joven se acostaba sin pedir 
lo bendiriuii a sus padres y abuelos, quienes la daban 
solemnemente acompañando sus palabras con la señal 
de la cruz hecha en el aire. Ai dar las campanas el 



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D£ LA KEPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 217 

toque de oración descubríanse los hombres la cab^a* 

todas las personas detenían su andai , li;ill)uceaban uua 
oración, y continuaban su camino 6 su tarea. Ningún 
sano omitía la misa, la coníesión ó la comunión en los 
días de regla, sin atraerse la reprobación de sus seme- 
jantes, y ningún enfermo quería morir sin que se le 
administrase el sacramento de la eucaristía. El viático 
iba á casa del moribundo y volvía á la iglesia pro- 
cesionalmente ; hombres y mujeres lo acompañaban 
orando por el alma del enfermo, y los transeúntes 
que hallaba al paso hincaban las rodillas en tierra y 
rezaban también, si no preferían unirse á los acom- 
pañantes. 

No se habría atrevido el pueblo á bañarse, durante el 
Terano» en aguas fluviales que no hubiesen sido hender 
ddas previamente : creía que la bendición tenía la vir- 
tud de disminuir el peligro de morir ahogado en los ríos, 

ya que la experiencia le probaba que el preservativo 
no era efícaz del todo. £1 más ó el menos dependía no • 
sólo de la bendición, sino también de la fé que en sus 
virtudes tuviesen los que se sumergían en la corriente ; 
ó, por k) menos, esta era una de las teorías con que el 
MÚgo explicaba los frecuentes casos de des^^racia. Ade- 
más una bendición hecha en cualquier día y sencilla- 
mente, sin testigos ni aparato, habría sido de valor 
dudoso, no habría satisfecho á los creyentes. Era nece* 
sario dar al acto cierta solemnidad, y verificarlo en día 
fijo. Así, pues, el <s de Diciembre partía de la iglesia un 
sacerdote precedido i)or la cruz y seguido por pueblo, 
y una vez en la orilla del río, se ejecutaba la ceremonia 
aolemnemente. Desempeñaban este oñcío, en Monte- 
video, los padres íhtnciscanos ; quienes se trasladaban 
procesionalmente al lugar elegido para baño público, 
al Norte de la ciudad, entre las calles Santo Tomás y 
San Vicente, al cual se llamaba Baño de los padres. 




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21S BOSQUEJO HISTÓRICO 

porfjiie allí refrescaban t.inibiéii su cuerpo los de la 
coiimniíl?>r| fio San Francisco. 

Las calamidades públicas eran motivo de que se saca- 
sen las imágenes de San Felipe y Santiago de la iglesia» 
V se las Ueyase en procesión por las calles principales. 
Acudían el Cabildo y hombres y mujeres en gran 
nüraoro, y rlcníros y seglar»^s unían sus [»reces para que 
Dios hiciera obrar á la naturaleza como los saplicantes 
querían: 

Se tenía la idea do que los actos religiosos eran más 

{srratos al Ser supremo si se ejecutaban en lugares 
osiN eiuhnenie consagrados, que en oira parte cual- 
quiera. Las iglesias eran, pues, muy concurridas ; y, 
como no se podía ir á ellas á todas horas, era general 
en las familias pudientes destinar á oratorio un depar^ 
lamento de las casas que habitaban. Guando él domi- 
cilio ostuba situado fuera de la ciudad, á considerable 
distancia de las iglesias, el oratorio asumía cualidades 
de capilla y servía á la devoción del vecindario. 

La religión católica ha interesado la imaginación de 
los creyentes dando macha solemnidad á sus fiestas, y 
liaí'ieu'lo en ellas ostentación do lujo. Cada iglesia de la 
Banda Oriental desplegaba, pues, en las grandes Tesii- 
vidades todo el boato que podía. Siendo Montevideo la 
población más pudiente y la de gusto más cultivado» 
natural era que aquí tuvieran más lucimiento las misas 
y las procesiones. Y, como el ser humano es imitador» 
el fausto de la iglesia estimuló el del pueblo ; por manera 
que las damas ponían empeuo en llevar á los actos 
solemnes cuantas riquezas podían en vestidos y Joyas. 
Menos ostentoso era el vestir de los hombres ; pero, en 
cuanto les permitían las costumbres, esmerábanse tam- 
bién ellos i>or lucirso. Qiiionos lo conseguían particu- 
larmente eran los capitulares, que en tales ocasiones 
asistían formando cuerpo, llamando la atención con sus 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 219 

vistosos trajes de gala. Ya para el año 1810 había 
adoptado el Cabildo la regla de hacerse preceder en las 

solemnidades por dos maceres y un clarín, uniformados 
ei>n capa encarnada, chaleco, calzón corto, media del 
mismo color que la capa y zapato de hebilla. 

XCU — Usos judiciales 

El principio imiversal que reiría entre los charrúas y 
minuanes era el de la libertad más completa que ima- 
^inarse puede, todavía á principios del siglo XIX. Cada 
tmOt hombre ó mi^er, podía, pues, hacer lo que qui- 
siera. No imponía obh'gaciones, ni el matrimonio ni el 
reconocimiento de un cacique. Ihiy más : si los jefes de 
familia acordaban un acto de guerra ó <le pillaje, el 
acuerdo no obligaba á nadie^ ni á los mismos que lo 
habían tomado, por cuya razón podían abstenerse ios 
que quisieran, sin que los otros lo tomaran á mal. Se 
comprende que en tal sistema no podía haber delitos, 
ni jueces, ni castigos; y, en efecto, no los había. No 
conocían leyes» ni los caciques ejercían autoridad res- 
pecto de ellos, ni se aplicaban penas ni acto alguno de 
cualquiera ofendía á los demás. Debíase ésto en gran 
parte á que, debiendo bastarse cada individuo á sí pro- 
pio, no ha! ía relaciones sociales: y á que el carácter 
taciturno que les era peculiar evitaba comunicaciones 
y reyertas. No se mataban ni se herían coh armas. Si 
alguna vez alguno era ofendido por otro, arreglaban 
los dos solos la cuestión á bofetadas, v continuaban 
luego como si nada hubiesen tenido. Como se vé, no 
diferían mucho de las bestias. 

Los campesinos oriundos dp españoles habían adqui- 
rido, en este punto, mucho de la condición del salvaje. 
No sentían la cólera, ni los afectos profUndos. No ambi- 
cionaban el compañerismo de los semejantes, sino acci- 



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220 BOSQUEJO U16IÜRIC0 

dentalmente y dentro de ciertos límites. Ni sentían 

uuüca lu necesidad du la autoridad judicial para reparar 
. hu.s agravios, sino que rc¿*»lví;ui todas las cuestiones^ 
fueran cuales fuesen, en combate singular á cuchillo. 
Los testigos de estos hechos no los denunciaban á la 
justicia, ni se prestaban á declararlos si eran citados. 
El individualismo de ostx)s gauchos no era tan absoluta 
romo el de los charrúas, pero estaba n.uclio mas cer- 
cano de él que del socialismo poUtico délas poblaciones 
civilizadas. El poder social, el poder del estado, era 
algo que no les hacía falta, ni les preocupaba. Ni tenían 
noción de los sentimientos humanitarios. Su estado de 
barbarie distaba |>oco del salvaj<\ 

Concuerdan ios icsiimonios eu que había muciia i*ec- 
títud de intención en las costumbres ur])anas españolas 
del siglo XVIII y principios del XIX. Los caracteres 
eran sinceros, leales y fjrancos. Las personas se consi- 
deraban entro si y se proU'í^íaii cuiUito pudiesen. La 
confianza era ihmiiada : los contratos apenas leníau 
que ser escritos, pues la palabra empeííada valia como 
si íbera documento. Era cosa corriente recibir cantida- 
des de monedas de oro y plata sin contarla^, por la fé 
que inspiraba la asev(^'raci<»n del pagador, y más de 
un caso han referido los ancianos, hasta hace jM»ca 
tiempo, de lomai^ en depósito y devolver bolsas ó tale- ' 
gas de dinero, sia que mediase formalidad de ninguna 
clase entre depositante y depositario. 

Los malhechores no abundaban, pues, en los pueblos 
y la [íolicía no necositaba do personal numeiuso para 
prevenir los dchtos, ni para aprehender á los delin- 
cuentes. Los funcionarios públicos que desempeñaban 
estos cometidos eran los alcaldes y los pocos alguaciles 
que los auxiliaban. Así que se tenía noticia de un delito 
cual(iui(*ra se buscaba al autor; y en cuanto se hallaba 
al que se presumía tal, el alcalde ó el alguacil daba tres 



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D£ LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL ÜRUaüAY 221 

jrolpps en el suelo con la vara que siempre llevaba, 
iavocaba el nombre de la justicia y daba la voz de 
preso. £n la mayoría de los casos no se necesitaba más 
para que el presunto criminal obedeciera ; poro, cuando 
así no sucedía, el alcalde ó alguacil salía á la calle, si 
no estaba en ella, daba los tres golpes con su vara y 
solicitaba en alta voz : ^ \ Favor á la justicia ! Los 
▼ecinos que tales palabras oían suspendían sus queba< 
ceres, se armaban con lo primero que les venía á la 
mano y cordan á prestar el auxilio de su ñierza. Entre 
todos reridi iii al desobediente, lo sujetaban, y becho 
esto bastaban pocos, 6 no era menester más (¡ue el 
representante de la justicia para conducir al aprehen- 
dido á la cárcel. 

No siendo firecuentes los crímenes, causaban mayor 
sensación que si lo fueran los pocos que se cometían, se 
les juzgaba más atroces, y se les casti^^'-aba con severi- 
dad aparatosa, porque escarmentaran ios que se sin- 
tieran tentados á salir del buen camino. Las previsiones 
de la Justicia se dirigían principalmente á los salvajes» 
á los campesinos y á los esclavos; á aquéllos, porque 
solíau acometer á los vecinos para robarlos ó matarlos, 
ó porque habían puesto fin á la vida de algún ofensor 
en íüensa de su natural indisciplina; y á éstos, porque, 
mirados como seres abyectos, se estimaba con particu- 
lar prevención y crueldad cualquiera desmán en que 
incurrieran. En Montevideo hal>ía oua dase que ocu- 
paba de modo principal á la justicia : era la de gente 
de guerra, la cual, por los hábitos de su oficio, solía 
dar pruebas excepcionales de estimar en poco la vida 
de los semejantes. 

Tales son las razones que movieron á la autoridad á 
umplcar perraanentemeaie medios adecuados para 
infundir miedo* En la cárcel del Cabildo había de con- 
tinuo una escalera destinada á castigos corporales. Se 



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222 



B06QÜEJO HISTÓRICO 



la empleaba pruforentemente para corregir á los escla- 
vos. Si huían del poder de sus amos, ó si hurtaban, ó 
si no servían como se les mandaba, ó si de cualquier 
otro modo faltaban á las reglas de la sumisión y no se 
corregían por los uiedios represivus empleados por los 
dueños, se les llevaba á la cárcel, se les despojaba de 
sus ropas, se les amarraba de pies y manos á la predi- 
cha escalera y se Ies azotaba sin->piedad. Luego se les 
conducía al hospital para que se curasen las heridas. 
Los autores de crímenes muy ¿^^raves solían ser ahorca- 
dos en público. Ilaria 1764 se plantó en Montevideo 
una máquina de ahorcar permanente, para que su sola 
vista intimidara. En 1803 se puso otra horca, perma- 
nente también, en la plaza. La primera sirvió para toda 
clase de condenados á la pena capital ; la segunda füé 
erigida pniicipalmciite contra los es* l.ivus. 

Los condenados á sufrir el ultimo suplicio eran pues- 
tos en capilla desde tres días antes del señalado para 
la ^ecución» á fin de que se reconciliasen con Dios y se 
dispusieran á morir resignados. Eran auxiliados en esta 
operación de la meiUe, pnr individuos de la hermandad 
que creara Maciel y por saceidoies. En la hora del 
suplicio, (las 10 de la mañana generalmente) se les 
conducía engrillados al patíbulo, acompañados por el 
clérigo y los cofrades y seguidos por troi)a > jior gentío 
liuiiieroso. El verdu¿;o ejeeüUiba la j>ena. El ajusticiado 
permanecía suspendido de la horca hasta la tarde, para 
que el pueblo lo contemplara. La hermandad y un 
sacerdote se dirigían orando, precedidos de un pendón 
negro y de la cmz parroquial, llevando velas encendidas 
en las manos y seguidos de pueblo, á la vez curioso y 
devoto, de la iírlesia al In^^ar del suplicio. Los hermanos 
tomaban el cadáver en andas cubiertas con paño negro, 
lo cargaban en hombros, lo conducían á la iglesia, se 
rezaba aquí el responso, y por último el cadáver era 




\ 

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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 223 

conducido con igual solemnidad al campo santo y 
sepultado. 

XCIU. — CeremoMlas mortuorias 

Los charrúas y minuanes no solían emplear con los 
cadáveres, hacia 1800, ninguna ceremonia de signifi- 
cación religiosa.' Así que uno moría llevaban el cuerpo 
á una colina y lo enterraban con sus armas. Á veces, 

como distinción, los amig-os ó parientes mataban sobre 
ei sepulcro el caballo que más hubiese apreciado el 
diiUnto. £ra inútil . preguntarles porqué hacían estas 
cosas, pues no conocían otra razón que la costumbre. 
La mujer, las hermanas, y las hijas adultas solían» 
coDiu señal de duelo, cortarse una ariicuLioión de un 
dedo de la mano, clavarse ea el brazo ó en el tronco 
del cuerpo ei cuchillo ó lanza del finado, y llorar y 
privarse la mayor parte de los alimentos durante dos 
meses. Los h^os adultos se privaban de alimentos 
duraníc dos días, luego se hacían atravesar el brazo 
por astillas distantes una pulgada entre sí, iban á un 
hosque, abrían un foso« permanecían una noche metidos 
en él hasta la cintura y luego se arrancaban las astillas 
y se sometían á dos días de abstinencia. Ninguno de 
estos sufrimientos era obligatorio, pero pocos los omi- 
tían, y nadie se daba cuenta del ña á que prác ticas tan 
attroces conducían. 

Los campesinos de raza blanca ó mestiza, si vivían á 
pocas leguas de alguna iglesia, vestían el cadáver, lo 
montaban á caballo con los pies en los estribos como si 
viviera, sosteniendo derecho el cuerpo con dos palos 
cruzados, y así lo llevaban al cura para que dispusiera 
su entierro. Pero, si la distancia era mayor, ó bien 
d€t|aban el cadáver sobre tierra, cubierto con ramas ó 
piedras, hasta que se pudriera la carne, ó bien descar- 
naban los huesos y airojaban los músculos y lus víscc- 



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2'¿i BOi>Ql.i¿JU HlbXÓKICO 

ras. Los que podían y querían hacían enterrar el esque* 

lelo cuando estuviuict íí:íi[)Ío y seco. 

En los pueblos era cosLumbre enterrar los cadáveres 
en las iglesias, después de los oficios que la Iglesia 
católica prescribe para tales casos. No se mezclaba 
menos la religión, en tales actos, según las costumbres 
de Montevideo. Mueit.i una |)ersona, se la vestía, no 
con sus r(»pas coiiiunos, sino con especial mortaja de 
significación religiosa. Si era varón» poníanle un hábito 
de santo ; si mcger, uno de virgen. Teníase la creencia 
supersticiosa de que estas vestiduras de santos valían 
para aproximar á la santidad á los fallecidos; y era 
mayor la fé si el hábiii» había pertenecido A algún 
clérigo, y mayor aun cuanto más tiempo el clérigo le 
hubiese usado. De aquí que fuese más meritorio 
amortajar con hábitos comprados en el convento, que 
con hechos ex profeso, y se pagasen más caros los más 
viejos. 

Los hombres tenían la suerte de contar con un con- 
vento de franciscanos; y éstos la de hacer buen comer- 
ció con la venta de sus tnges, pues se generalizó la eos* 
tumbre de amortajar con el hábito de San Francisco. 

Las mujeres era nieuus dichosas: no habitado convento 
de su sexo, no podían adquirir de monjas los hábitos 
preferidos, á no ser que los compraran en Buenos Aires 
á las dominicas ó á las capuchinas, lo cual era difícil y 
no estaba al alcance de todos. Tenían que conformarse, 
pues, con hacer la vestidura en cada caso, seirim la 
voluntad de la difunta ó de su familia, cuya elección 
recaía en el hábito de la Virgen del Carmen ó de la 
Virgen de los Dolores. 

No todos podían beneficiar d alma del finado con el 
empleo de tales mortajas, que gentes liabía que a|)enas 
ganaban para aümenlai^e i)ubremente, 6 que ni tanto 
ganaban. £stos infelices tenían que resignarse á cubrir 



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D£ LA REPÚfiUCA 0R1£NTAL DEL URUGUAY 225 

de cualquier modo los cadáveres de sus amados extintos; 

pero era cosuuiibre (lue empleasen tela blanca. 

Amortajado el radáver, se atendía al modo comu se 
le había de velar y de enterrar. Los pudientes manda* 
bao hacer ataúd más ó menos li^joso ; los menos pudien* 
tes lo alquilaban ; y los pobres eran conducidos en cami* 
lía. El hospital arrendaba sus cajas á las familias pudien- 
tes de ios que en iú morían ; las camillas eran pro- 
porcionadas püi' los padres franciscíums. Estas diferen- 
cias» aunque suücientes para graduar el estado de for- 
tuna ó el rango* no eran tan considerables como pudie* 
ra imaginarse, pues la ley ponía trabas á las manifes* 
taciones excesivas de la vanidad, prohibiendo que se 
forrara los ataúdes con cosa que no fuera coco, bayeta 
ó paño, y que se le ornamentara con más que galón 
negro y tachuelas ó tachones. Lo que no üsdtaba nunca 
en ellos es la cruz, hecha en la tapa, cerca de la cabe- 
cera, de modo que cayese sobre la parte más noble del 
cuerpo que dentro iba. El arte procuraba mostrarse en 
este signo de redención, adornándolo; pero dentro de 
límites esti^echos, porque no disponía para ello de más 
elementos que cintas negras ó blancas y tachuelas ama- 
rillas ó negras. 

Colocado el cadáver sobre una mesa, con las manos 
cruzadas soln e el pecho, entre cuyos dedos se asegu- 
raba una imagen de Jesús cruciíicado, se encendían 
cuatro velas en los ángulos de la mesa, y las personas 
amigas de la casa, y otras que sin serlo, acudían por 
devoción, velaban conversando poco y rezando mucho 
y muy gravemente por que Dios iuera misericordioso 
con el alma que había abandonado el mundo. 

Sucedía luego la conducción á la iglesia. Se hacía en 
hombros y de noche. El cortejo iba á pie, á paso lento, 
llevando en las manos faroles encendidos, que tanto 
servían en las noches obscui^as pax*a alumbrar el camino, 

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226 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



como para disponer á Dios en favor del finado. En 

iglosia seguían los rosarios y las oraciones con el ánii 
absii aído y serio, cuyo acto se hacía más imponer, 
por el silencio que le rodeaba y por la negrura c 
espacio, que apenas quebrantaban las pocas luces d 
túmulo. Después, ya de día, doblaljaii las campan 
Uistemeate, acudían los tíeles, el sacerdote oíiciaba 
responso 6 la misa, y el corteo tomaba á pulso el ataú 
6 al hombro la camilla, y se,dirigía al campo santo, « 
donde desaparecían para siempre los restos del tlifunt 
El estado de los ánimos cambiaba desde este moment 
Los acompañantes volvían á su habitual modo de se 
se encaminaban al domicilio de la iUmilia dolorida, coi 
versando de asuntos ordinarios, y al llegar á su destin 
se encontraban con una mesa bien provista de vim 
pan, queso, nueces, avellanas y pasas, ó de chocóla^ 
y bizcochueiüs, ó de ésto y aquéllo, según luera la cías 
de las personas invitadas. Si pertenecían á la más culi 
6 principal y eran adultos, se servía el chocolate á todo 
indistintamente ; si además había muchachos, porqu 
se había enterrado un niño, se les regalaba con pan 
queso, y las frutas mencionadas* Guando los invitado 
pertenecían á clase de gusto menos refinado, se reser 
vaba el chocolate para las mujeres. No era raro que ei 
los entierros de niños se obsequíase además, á los joven 
citos que habían transportado el cadáver, con moneda: 
de plata, de valor de uno á dos re.iles soltuh l.i posiciói 
del que pagaba. Así, pues, si alguna idea triste habíi 
quedado, se disipaba con esta especie de fiesta ; y tantc 
era el atractivo de ella, que más de uno se sometían i 
las penas del acto lúgubre, por ganarse el derecho ik 





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lA LA R£PCBiaCA ORIENTAL DEL URUGUAY 227 



JOS caluldos decretaban y cobraban impuestos para 

-Jer con su producto los servicios que les estaban 
y^ffi^idados ; pero, insuficientes á menudo para pagar 
i fistos ordinariofit lo eran mayormente para cubrir 
» enraordinarias erogaciones. En tales casos bien 
-ieran podido decretar contri buc iones temporarias ó 
oedales calculadas para que todo el pueblo concu- 
proporcionadamente á la posibilidad de cada 
• iüo ; pero solía preferirse el medio de las donariones 
l^ümáaeas, y ésias eran solicitada¿> casi siempre en 
oefldo de alguna obra á la caal no Aiera extraña la 
abd. , E:^ uaba retardada la constmcGídn de alguna 
^'tsa ó de algruna cárcel ? Se recun ía á los sentimientos 
<i pueblo - iban los limosneros de casa en casa y reu- 
la fondos ; volvían algún tiempo después si la pri- 
colecta no alcanzaba á satislacer la necesidad, y 
isseguiase el resultado. La alimentación de los presos 
n otro motivo de peticiones de igual carácter ; pero« 
^ permanente la necesidad, eran más continuas y 
^"alares las solicitudes. Había autorizado la costiiml)re 
^ im preso ñiera al mercado, vigilado por un guardia, 
«Oí conseguía cebollas y sios de unos, coles de otros, 
ri'Jtos de estos, patatas de aquellos, cuanto fuera 
liispensable para mantener la vida de los i¿ue habíta- 
la la cárcel. 

Los franciscanos invocaban igualmente la caridad 

¿.'"a proveerse de cumestiblos ; y cuando, por extraor- 
t&arios acontecimientos, se declaraba la miseria en las 
iiaes pobres de la ciudad, los hermanos legos salían á 
"^iir para los necesitados y luego repartían raciones á 
(Oeoes las demandaban á las puertas del convento. Se 
ibe ya que por medio de limosnas atendían también 



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228 



B06QUBJ0 HISTÓRICO 



los heruianos de San José y Candad á su doble ün de 
asistir á los ^justiciados y de mantener la casa de enfer- 
mos, cuyas limosnas consistían á veces en donativos 

periódicos permanentes, ya de dinero, ya de animales 
ú otras cosas. 

Todos estos actos se dirigían á favorecer á seres 
humanos, fueran indigentes, enfermos, presos ó diftin- 
tos. Pero el móvil que los determinaba no era tanto la 
sola idea abstracta del deber que todo hombre tiene de 
hacer el bien A sus semejantes, como era el sentí- 
miento religioso, la aspiración de ser grato á Dios ; es 
decir que se protegía al ser humano menos por consi- 
deración á la humanidad que por consideración al Ser 
supremo. Expresábase con- claridad este concepto esen- 
cialmente religioso en la constitución de la cofradía 
mencionada. Sus individuos se unían en provecho del 
prójimo, pero « á mayor honra y gloria de Dios » ; y si 
se ofrecían á conducir en sus hombros « á los pobres 
enfermos de Jesucristo ^ era porque contemplaban 
que tenían la dicha de carinar al mismo señor Jesucristo, 
que se representa vivamente en sus pobres, r 

XCY. ~ JUlMitM 

Grandes diferencias había, para {principios del siglo 
XIX, en el modo como se aHmentaban las varias clases 
de personas que poblaban la Banda Orienial. 

Los salvajes no comían más que carne asada sin sal. 
Las mij^eres solían desempeñar el oficio de cocineras. 
Encendían fhego sobre el suelo, sirviéndose de leña que 
tomaban del monte cercano. Cuando habían desapare- 
cido el humo y las llamas, y quedaban solo las brasas, 
aseguraban uu pedazo de carne en un palo puntiagudo, 
y clavaban este asador en la tierra, un poco inclinado 
hacia las brasas para que la carne recibiera mcyor el 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 229 



calor. Cuando ya consideraban asada la carne por el 
lado del fuego le daban laielta para que se asara del 
otro lado y quedaba terminada la operación. Se asaban 

á la vez varios pedazos de carne en otros tantos asa- 
dores. No se reunían los individuos de la familia íí 
comer en horas determinadas, sino que cada uno se 
apoderaba de un asador cuando tenía hambre, lo cla- 
vaba delante de sí, y comía hasta hartarse, sin impor- 
tarlo lo que hicieran los demás. Usaban como bebida el 
agua, la chicha y el aguardiente ; pero no estas últimas 
hasta (iue hubiesen concluido de comer la carne. Enton- 
ces bebían hasta emborracharse, pero solamente los 
hombres. 

Los criollos, mestizos, é indígenas reducidos del 
campo no empleaban en sus comidas legumbres, ni 
verduras, pues creían que las sustancias vegetales 
servían sólo para las bestias.^Su alimento único era la 
carne de vaca, asada, y la asaban exactamente como : 
los salvajes. Se parecían también á éstos en que no 
tenían horas señaladas para comer, y en que cada cual 
comía cuando quería. No tenían otro tenedor que los 
dedos de la mano, cuya grasitud se limpiaban, después 
de comer, frotándolos en las piernas ó en la bota de 
potro, si la tenían. Las únicas partes de la res que 
aprovechaban eran el costillar, el nui/ahambre y la 
picana. Lo dem;is lo arrojaban y dejaban podrir en las 
cercanías de sus casas. Cuando la lluvia les impedía 
asar la carne al aire libre, tendían un poncho y lo sos- 
tenían horizontalmente dos personas á cierta altara, y 
un tercero encendía el fuego y atendía al asador. 
Cuando alguno se enfermal)a y necesitaba caldo, muy 
pocos lo hacían eu olla ó puchero, sino que llenaban 
con agua una asta de toro, ponían dentro pedazos de 
carne, y sometían el todo al calor de brasas, cuidando 
de que el asta no se quemara. Entre las comidas toma- 



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230 Bosgufijo histórico 

han mate muy á menudo, y en los vúges se detenían en 
las pulperías para apurar copas de aguardiente. 

En las chacras y [Ablaciones urbanas se alinientabau 
las personas con carnes de vaca, de ternera, de aves, 
de peces, y con hortalizas. £1 asado ¿rozó de estimación 
en todas las clases de personas y faé el plato principal 
de muchas; pero no por eso faltaban el cocido, los 
guisos, los fritos y ciertos refinamientos del nnr culi- 
naria . se^úii íUerau el pueblo y la clase á que las íámilias 
pertenecieran. 

XCn. ~ Serrleioe urlmiiofl 

Es constante que cuanto uiás atrasado sea uu [)ueblo, 
menos divididas están en él las industrias, is'otábase 
esto en la Banda Oriental, comparando lo que sucedía 
> en las poblaciones de diferente grado de cultura. En los 
pueblos pequeños del interior no había mercados de 
bastimentos. Suplían su falla los vendedores ambulan- 
tes; pero éstos mismos apenas se ocupaban en proveer 
de carne, y, con menos frecuencia, de pan y hortalizas. 
Era bastante común que las íkmilias pobres, y algunas 
que no lo eran, tuviesen en su casa una pequeña huerta, 
en que recorrían legumbres, verduras, frutas y aún 
cereales, y un horno en que cocían pan. La costumbre 
de hacer el pan en casa era estimada, no tanto por lo 
económica, como por la bondad que se le atribuía, pues 
era preferido el pan casero, sólo por serlo, á todo otro 
hecho en panadería aun cuando la imbiera, que no la 
había en todas partes. 

Tuvo Montevideo época en que no aventajó á los 
demás pueblos b^jo tal respecto; pero, asi que la pobla* 
ción creció y que en ella entraron familias distinguidas 
y pudientes, empezó la industria de abastecer y no 
tardó mucho en exiendei'se y multipiicai*se. 



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D£ LA Rl!:PÜBLICA ORlEIlTAL D£L URUGUAY 231 

Ed los primeros tiempos se agre^^ó á la costumbre dé 
que cada íamilia tuviese su huerta y su horno. \i\ de 
que los hoiii tires de elhi emplearan los días ó los ralos 
de ocioencazary eu pescar. En cuanto se salíadei recinto 
fortiücado se hallaban en abundancia perdices y otras 
aves comestibles ; y, como la caza era libre en todo el 
año. los que tenían escopeta y municiones emprendían 
vi^e hacia medio día y regresaban por ia tarde eoii sus 
escarcelas repletas. Otros preferían por afición ó por 
necesidad la pesca* de donde resultó que varios puntos 
de la orilla Aiesen frecuentados con tal fin, dentro y 
íbera de fortificaciones. Luego vinieron los que se 
dedicaron a hi caza y á la pesca |)or oficio ; y tanto tra- 
bajaron, que ya á principios del siglo XIX tuvo el 
Cabildo que reglamentar ambas industrias por impedir 
abasos. Los que se dedicaban á pescar tenían sus depó- 
sitos en la calle San Joaquín, de donde se originó que 
fliera llamada esta calle fie los pescadores por el vulgo. 
Allí compraban los que comerciaban con el artículo, lo 
cargaban en palancas é iban á venderlo de casa en casa 
por precio ínfimo. 

La panadería tomó importancia en Montevideo ya 
antes de 1810. Para las familias acomodadas se fabri- 
caba pan de v uias clases con harina flor; para los 
pobres se hacia pan bazo ó de salvado y hogaza. Los 
panaderos no podían imponer al pan el peso, ni el pre- 
cio que querían, sino los que el ayuntamiento determi- 
naba, razón por la cual costaba poco este alimento. Se 
le vendía á razón de tantas lil>ras pui* peso, ó de tantas 
onzas por real. Era permitido dar á los panes varias 
dimensiones; mas no se podía cambiar la relación del 
precio con la medida. Bmpero, la baratura no puso fin 
á la costumbre de amasar y de cocer el pan en casa de 
muchas ñimilias. No se hacía esie trahajo diariauiunte, 
aino de Mntos en tantos días. La regia más ¿¿euerul era 



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2H2 BOSQUEJO HISTÓRICO 

(!<• \]u:\ vez por .Ntiiiana. El día del nmasijo era para las 
mugieres y para los mucliachos día extiaordiiiario, al*2ro 
así como de fiesta. Reuníanse las parientes y las vecinas 
más íntimas; dirigían el trabtgo de las esclavas, si las 
tenían, y, sino, unas hacían ana parte de la faena, otras 
harí iii Otra, V las más hábiles hacían tollas v bizcochos 
a cual niíis a^n-adables al ^''uslo y á la vista, con los 
cuales obsequiaban las dueñas á las auxiliares y á la 
gente joven. No era raro que dos familias se unieran 
para fabricarse sus panes juntamente, en cuyos casos 
los ol)sequios se hacían recíprocos, mejorados por gene- 
rosa emulación. Todos trabajaban aleíj^re mente ; la 
ami:?>tad í^e aianifestaba con es|>ontaneidad encantadora, 
y ganaban á la vez : la hacienda de las familias en 
ahorros, el cuerpo en vigor y el ánimo en nobleza y 
contento. 

Las lu.ri iii/as se hicieron también objeto de comer- 
cio. En Mízún tiein(K> ios vendedores las ofrecían á 
domicilio, solas ó juntamente con la carne, llevándolas 
en carretas. Después se estableció en la plaza Mayor la 
Plaza de ¡a verdura, y en la plazuela exterior de 
la cindadela la estación de las carretas de carne ; y más 
tarde, hacia 1^09. la Recorn^ para la venía de aves y 
de carne vacuna, al Este de la ciudad, en la calle San 
Carlos, próximo á la cindadela. La carne de cerdo se 
vendía en casas especiales. Los verduleros tenían sus 
puestos en la calle San Carlos, contra la acera meridional, 
mediante un dereclm une pagaban al Cabildo. Los car- 
niceros, antes de iUndarse la Recova, se estacionaban 
con sus carretas en la plazoleta mencionada y en ellas 
vendían. Las mi:geres iban todas las mafianas, solas ó 
con sus esclavas, segfm pudiesen, á hacer las compras 
de lo que hubieran menester, sumergiéndose hasta el 
tobillo en el barro en días de lluvia, v volvían á sus 
casas con la cesta de cuero (tipa) cargada de carne» 



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DE LA REPÚBLICA 0RI£1STAL D£L URUGUAY 233 

verduras y legumbres que apenas habían costado poco 
más que el trabajo de pedirlos y transportarlos, porque 
se tenía por dos ó tres cuartillos de real cuanta hortaliza 
pudiera comerse en 24 horas y por otro tanto una arroba 
de la mejor carne que daban reses gordas y sanas. 

Familias dueñas de alguna esclava, pero escasas de 
fortuna, solían aprovecliar la singular luLbilidad de his 
negras en fabricar mazamorra, empanadas y pasteles, 
y para hacerles vender el producto en beneíicio propio, 
ó las esclavas libertas se dedicaban á esa industria por 
su cuenta. Puesta su mercancía sobre cestas ó tablas 
cubiertas de blanco paño, y cargándolas con soltura en 
su lanuda cabeza, recorrían las calles las esclavas ofre- 
ciendo á voces « la buena mazamorra, y> las tortas y 
empanadas calientes i>, sin perjuicio de entrar acá y 
allá, en las casas de los parroquianos declarados. Á 
esta venta precedía de ordinario la que hacían tem- 
prano en la plaza de la verdura. Allí, en paraje que 
cada una elegía y conservaba permanentemente, se 
las veía aseadas y llenas de voluntad ofreciendo coa 
manera insinuante su mercancía á « la amita n conocida 
que pasara cerca de ellas, distraída acaso por asunto 
de más u rícente necesidad. 

No tcxlus los días iban al mercado ó recorrían las 
calles. Muchas de esas esclavas tenían otro Oficio en el 
cual no revelaban menos competencia : eran las lavan- 
deras de la ropa blanca que usaban sus duefios. Una 
vez en la semana, en cuanto se abría el portón do la 
ciudad, salían por él llevando solare la cabeza volumi- 
noso atado y una batea de madera, y se dirigían á los 
pozos de la Aguada» conversando unas con otras anima- 
damente, en donde pasaban el día cumpliendo su come- 
tido. Como no eran Hbres, ni muy consideradtis, tenían 
que devolver, cuidada y blanca como la nieve, so pena 
de azotes, la ropa que habían tomado descolorida y 



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234 iK'HtLiiJu nurruEiCo 

mugríeota. Por el rigor adqniríeroQ el hábito de lavar 
tan bien, que nadie pudo superarlas en nincún tíempo. 

Los frutos que producía la campaña y (|Uf '*ran desti- 
naditb á Montevideo eniraban |)or los |^H»ru>nes en pesa- 
das y chillonas carrei^is toldadas, tiradas por varias 
yantas de ba^es, é iban á sitnarae^ mientras descarga- 
ban y voMan á cargar con efectos de comercio* en la 
plaza de Lis carretas, terreno espacioso y despoblado 
silo al < k'sre de la calle San FrancÍM ü y al Sud de la 
San Sebastián, al cual llamaban vulgarmente el Hueco 
de la cruz. 

Los carreteros, %*e$tidos con d tnge usual de los 

gauchos, marchaban picana (aijada) en mano á los 
lados de sus carretas, numiados eu caballos de larga 
cola, no del todo amansados todavía. 

Mientras duraba la estación de las carretas en la 
placa se les veía en compaña de sus chinas w hacer 
lumbre en el suelo, al lado de los vehículos, para asar 
\os thur roscos y calentar el agua con que lialuan de 
cebar el mate; y luego, entretener el ocio - churras- 
queando ^ ó • mateando al rededor del fuego, sin 
peijuiciode regalarse con tortasy empanadas compnulas 
allí mismo, al lado del fogón, á las negras que acudían 
secruras de despachar su mercancía espolvoreada de 
azúcar. 

Toda esta gente y otros campesinos que venían á la 
ciudad con diversos motivos solían proveerse de las 
piesas de montar á caballo ó de vestir que les hiciera 

falta, con lo que sostenían una pane muy importante 
del «^omercio de Montevideo. Los comerciantes que 
tales cosas vendían ocupaban con iirefereucia la cuadra 
de la Caile del Portón (San Pedro) situada entre las de 
San Femando y la muralla, pero sobre todo la cuadra 
de la calle San Femando que quedaba entre la calle 
Pedro y la plaza Mayor, por ser estas dos cuadras 




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DE. LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 235 

de pasige obligado para todos los que venían de flxera* 
La economía no había alcanzado á convencer aún en 

aquellos tiempos de que se gana más vendiendo barato 
que vendiendo caro, porque el baratero vende mucho y 
el carero poco. Los negociantes de la calle San Fer- 
nando juzgaban (con criterio en verdad harto generali- 
zado) que quien necesitara un rebenque, un bozal, un 
ñ^no ó un chiripá había de comprarlo á cualquier pre- 
cio; y que, siendo secura la venta, mejor sería cobrar 
diez que cmco. Pronto adquirieron la merecida reputa- 
ción de careros y, como si el serlo fu^ra atributo pecu- 
liar de los oriundos de Judea, llamáronles judíos los 
gauchos y hasta la calle de San Fernando tomó el nom- 
bre de Calle de los judíos, 

"Muchas cosas se debieron á la falta de nociones de 
economía, que hoy se atribuirían á torpe avaricia, si se 
repitieran. Naturalísimo parece que en cuanto alguno 
haya reunido una cantidad de dinero que para nada 
necesita, la coloque en un banco ó la preste á especu- 
ladores ó comerciantes por un interés de tanto por 
ciento. En el siglo XVIII no tenía bancos la Banda 
Oriental, ni la costumbre de colocar el dinero á rédito. 
Cuando alguno necesitaba una cantidad accidental- 
mente, la pedía á un amigo, la recibía siu contar ni 
documentar, y la devolvía al poco tiempo en la misma 
forma. Se hacían favores con ilimitada conñanza, pero 
no se comerciaba con la moneda. Cada cual se mane- 
jaba con la propia, no con la ajena; y, si reunía canti- 
dades sobrantes, las guardaba en su casa. En esto de 
guardar se empleaban precauciones curiosas, por temor 
de robos. Algunos ocultaban la plata y el oro, que eran 
exclusivamente de cuño español, en el techo, entre los 
turantes. Otros llenaban botijas, y las enterraban higo 
del piso de una habitación; ó en cavidades de la pared, 
cuidadosamente disimuladas; ó fuera de las habitacio- 



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nes, bigo de tiem. Bl dueiko del dioero guardaba el 
mayor secreto acerca de estos escondites, aun respecto 

i\f su jíFuj ia üimilia; ouya reserva ha dado margen con 
íreouenriA a quc, mueri" roj»eiuinamenie el acaudalado, 
hayan permanecido los caudales soterrados é ignorados 
durante machos afios, hasta qae por acaso se han 
encontrado con ocasión de demolerás algún edificio ó 
de construirse otro. 

No es iie exaañar tamo ivüin an l^s lu. es de la 
ciencia económica, cuando escíiseabiui las que propor- 
ciona el arte de la iluminación. £n efecto : gran mayo- 
ría del pueblo se alumbraba de noche, en el interior de 
las casas, con velas de sebo de forma cónica, que las 
fauiilias lui'-ian <]ii«- compraban hechas, ouya r:il>rica- 
ción consistía en bañar un pedazo de pábilo en seí)o 
derretido repetidas yeces, hasta que adquiriese la vela, 
por superposición de capas de sebo» el volumen que se 
quería darle. Las personas pudientes usaron desde 
cierta óptica esias velas en los dopartamentos del servi- 
cio, y candiles más ó meaos vistosos en las piezas prin- 
cipales ocupadas por la íamilia. No se iluminaron las 
calles de modo alguno hasta 1795. fin esta fecha sacó 
^ Cabildo á licitación el alumbrado de las calles prin- 
cipales, el cual se hizo duiaiiio muchos afi^s con velas 
de sel»o, doble más largas que las comunes, cuya luz se 
resguardaba del viento con faroles suspendidos de pes* 
cantes de hierro asegurados en la pared. Al ponerse el 
sol salían los negros foroleros con una escalera al hom- 
bro y una nieclia encendida en la mano, á encender las 
\ elas. Como estas se consumían poco después de media 
noche, los africanos volvían ai trabígo de reponer y 
encender las velas en la hora oportuna, provistos de su 
escalera y su mecha, y de yesquero, piedra do chispa y 
eslabón, ó de pagúelas. 



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D£ hX REPÜBUGA 0R1£^TAL D£L URUGUAY 237 



XCTII* ^ B«ereos y dlTersIones 



Nunca fueron los charrúas y minuanes afectos á nin- 
gún género de diversión ; y la proximidad de los espa- 
ñoles no los movió á cambiar de costambres en esta 

parte. Es así que á principios del siglo XIX no se entre- 
tenían en juegos, ni en bailes, ni en cantar. Carecían 
de todo instrumento musical, no celebraban reuniones 
de pasatiempo, y ni el caballo engendró en ellos otro 
género de ^ercicio que el necesario para adiestrarse 
en su empleo. 

Los campesinos criollos y mestizos süli¿iii,al contrario, 
reunirse, y amaban la música, el canto y el juego. Sus 
reuniones solían ser accidentales y tenían lugar en las 
pulperías. £1 que tuviese algda dinero invitaba á todos 
á beber aunque le ftiesen desconocidos. El pulpero 
llenaba un ííran vaso con aguardiente, (pues no era el 
vino agradable al gaucho) y el obsequioso lo daba 
sucesivamente á todos, hasta que el líquido concluyera. 
Luego se repetía esto mismo varias veces, mientras 
hubiera dmero que gastar. Los invitados tenían que 
aceptar, porque lo contrario era ofensivo, y estas ofen- 
sas provoca 1)1 II duelos á cuchillo, que á menudo costa- 
ban la vida á los actores. Mientras se bebía, un guita- 
rrista (que nunca faltaba) lucía su habilidad tocando y 
cantando iris^ que disponían á la melancolía por el 
asunto desgraciado de los versos y por lo aflictivo de la 
música. Se solía aprovechar estos éncuenti'os para 
satisfacer la gran pasión del gaucho, que era el juego 
del naipe. Tendían en el suelo un poncho, se sentaban 
en cuclillas teniendo bigo del pie la rienda de su caba- 
llo, y jugaban hasta que hubiesen perdido cuanta 
poseían, incluso la camisa. Si la del ganadur valía 
menos que la ganada, la regalaba al vencido. 




Grandemente aficionada á los paseos ñié la población 

montevideaua, acaso |'or([iie no abundaban otros medios 
de amenizar el iieini)o. Siendo a*rresie y desiiruai el 
terreno que quedaba fuera de la linea de ibrUÜcacioneSt 
la gente no paseaba en él sino á caballo, en los domin- 
gos y días de fiesta, coyas cabal^^atas, en las cuales 
solían reunirse hombres y mujeres, tenían por tenia:;» .• 
ordinariamente las ináro'enes del arroyo Mi^ueleie. Los 
paseos á pie se hacían dentro de murallas» en el espacio 
despoblado que había hacia el Oeste y el Norte, sobre 
toda la línea del puerto; y hacia el Bste» entre la 
muralla y la línea de casas. Tal era el paseadero lla- 
mado - del recinto muy freciientadu lodos los días 
por las personas pudientes, y ¡)or toda clase de perso- 
nas en los días de descanso. En verano» las horas de 
paseo eran la maflana y la tarde ; en invierno, el centro 
del día, como que en la primera de estas estaciones se 
salía á respirar aire fresco y en la segunda á jrozar la 
suave temi)eratura del sol. Este era el lin higiénico. 
Más ó menos, uníasele el propósito de coquetear, que 
no era exclusivo de las miyeres, pues si ellas se esme* 
raban en sus vestidos, en sus adornos y en su tocado 
por llamar la atención de los paseantes, no menos se 
esmeraban los hombres, entre quienes hubo coquetones 
que han dejado tras de sí duradera iama de tales. Por 
lo cual bien puede decirse que la higiene era, para 
muchos, más que la causa, el pretexto de aquella tan 
saludable como amena costunilire. 

Gustaban también del iniile las poblaciones urbanas. 
Un casamiento, un bautizo, un cumpleaños, eran moti- 
vos que en los pueblos del interior obligaban á bailar; 
y cuando por cualquiera causa que no fliera una des- 
gracia indujera á la íamilia á suprimir del programa de 
la fiesta aquella manera de divertirse, no necesitaban 
de sugestiones ios asistentes para traer un guitarrista. 



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D£ LA RBPÚBUCa ORIENTAL DEL URUGUAY 239 

si no lo había' entre ellos, é improvisar un baile que 

les hacía pasar alegremente las horas. 

En Montevideo era el baile modo ordinario de cele* 
brar aconiecimientos señalados, no sólo del orden pri- 
vado sino también del oficial. Se desplegaba en él todo 
el li^o que se podía, según la clase á que las personas 
pertenecían, y eran afamados los que solían dar detor- 
rainadas familias. Pero á todos sobrepujaban en magni- 
ficencia los que daba el gobernador, en los salones del 
palacio real, en los grandes aniversarios. 

Bailaban también los esclavos, y tenían sus candom- 
bea la particularidad de que, sobre ser africanos, se 
verificaban todos los domingos por la tarde, al aire 
libre, en la misma calle del Portón nuevo. Los amos 
habían contribuido á establecer esta costumbre, auto- 
rizándola; con lo cual satisfiicían la afición de los 
negros, á la vez que estimulaban su buen comporta- 
miento, pues sólo daban el permiso dominguero si el 
servicio había sido bueno en la semana transcurrida. 
Cuando el esclavo se conducía de tal modo constante- 
mente que inspirara estimación á los amos, éstos lo 
recompensaban regalándole vestidos usados y aún ador- 
nos, por que se lucieran. Bien í[ue estas dádiv is no 
siempre significaban reconocí iinento de méritos contraí- 
dos, pues influía, y no poco, el vanidoso empeño de los 
amos por que sus esclavos se distinguieran de los otros. 

Bailaban los hombres con su caoAapI sobre el muslo 
derecho, desde que tenían 16 años de edad hasta que 
t42nían edad muy avanzada; pero, obteniendo permiso 
previamente, podían bailar desde que tenían 8 años. 
Las mujeres no podían entrar en dansa antes de haber 
cumplido doce afk)8. Hombres y nnijeres bailaban á un 
tiempo, ordenados en dos filas, al son de un tambor de 
mucha longitud y poco diámetro que un hombre percu- 
tía con ambas manos, ó de marvnbas cuyas lengüetas 




240 BOSQUEJO HISTORICO 

metálicas aseguradas sobre el hueco de un mate ó cala- 
baza, hacían vibrar con los dedos. Los ilanzanies aceu- 
tualiau el compás de la música con palmoteos y cantos 
que no cesaban mientras duraba la pieza de magi, de 
luboUif de mosambtque^ de iacúa^ de banguela 6 de 
lucamba^ que cada nación tenía sus bailes peculiares y 
formaba prupo aparte. 

Acudía a presenciar esta divei'sión iii. i ;>uriia |»artx3 
de la población blanca, sin que las clases se distinguie- 
ran en ésto de otro modo que por el tiempo de perma- 
nencia. La más sencilla se pasaba las horas sin acor- 
darse de penas, y se retiraba pesarosa de que tan 
velozmente hubiese corrido la tarde. La más entona !a 
se detenía poi*o: recorría los candombes afectando 
cierta indiferencia ó desden, pero no sinüendo menos 
deseo que la otra de solazarse libremente. 

El candombe revestía excepcional solemnidad y brillo 
una vez en ol año, el día de leyes. Cada - nación de 
esclavos u nía un rey, cuyo carino era presidir sus reu- 
niones y dirigir sus actos colectivos. Se le elegía por 
tiempo determinado y se le reelegía si se conducía á 
gusto de sus súbditos. Todos estos tenían voto en la 
elección y bastaba que uno solo observase una candida- 
tura para que la elección no se hiciera liasta dilucidar 
la justicia de ios cargos. Las naciones ei*an, pues, emi- 
nentemente democráticas. Además todas ellas el^ían 
un rey principal común, también temporario y reelegí- 
ble, por lo que se vé que formaban una confederación. 
Esius x'eyes vestían el día 6 de Enero unilbruie de ^ran 
gala, lucían condecoraciones, eran acompañados por 
ministros y corte lijosamente vestidos, recibían el 
respetuoso homencge de toda la población africana, 
oían misa especialmente celebrada y visitaban á las 
autoridades públicas, de las cuales recil)ían corteses 
cumplimientos. Saii^lechos los deberes respecto de Dios 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 241 

y del Gobernador, sus Majestades y el séquito, rodeados 
por geniío numeroso, se encaminaban al logar que se 
les había preparado en el candombe, y allí, £?ravemente 
sentados, honraban á sus felices vasallos. K.síos, por su 
parte, realzai);\n la solf innulad así por la compostura 
con (iue obraban, como por el liyo que desplegaban. 
Los vestidos de seda, raso ó terciopelo que sus primi* 
tivas dueñas habían degado de usar, salían nuevamente 
á desempeñar papel ; yá nadie sorprendía que sobre 
ellos luciesen collares y otras alhajas do subido precio, 
que la bondad ó el buen humor de algunas amas ó 
- niñas « habían proporcionado á título de préstamo. 
En esos días se aumentaba el atractivo de la fiesta 
adornando la sala de recepciones que cada nación 
tenia, la cual senía asimismo para solemnizar el día 
de difuntos. Pero la sala que A todas sobrepujaba en 
e8])]endor, y también en signiíicación humanitaria, era 
la de gunga, dedicada especialmente á las ánimas, por- 
que en ella velaban los africanos á todos los de su raza 
que hubieran muerto sin dejar deudos ó en pubreza tal 
que no tuviera la familia con que costear el entierro. 
Terminado el velorio en la gunga, asistían los negros 
al entierro, el cual se hacía decentemente á expensas 
de la c£ya común. 

.Psi que se construyó la plaza de toros se compuso una 
cuadrilla con un picaflor, du^ iianderiiieros y cuatro 
capeadores, (|ue no se sabe si habían ejercitado la pro- 
fesión en España, ó si se ofrecían por aficionados. Es 
de suponerse lo último, porque en las corridas que 
luego se dieron aparecieron emboladas 1 is astas de los 
toros. No habiendo espadas, se sui)rimía el último 
« tercio « del toreo, que consiste en matar la res. La 
gente iba muy decidida á las lides de tauromaquia; y 
no sólo los hombres, que también iban en buen número 
las mi^eres, y de las principales, las cuales se hacían 

la 



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242 fiO6Q0BIC> iii«t6ríoo 

notar [>or su entusiasmo y \yov la á?enerosidad con que 
roí res[>undían á picadores y banderilleros que les brin- 
daban una suerte» sobre todo si la ejecutaban con 
valentía y arte. 

No se estrenó la Casa de eomediás de modo más 
halagüeño para el arle ([ue la plaza de toros, pues 
fueron aficioaados los que representaron la primera 
{Heza. Pero se consiguió más tarde que trabajasen allí 
las compañías que venían para Buenos Aires; y pndie- 
ron los montevideanos oír excelentes actores y actrices 
y ver bailarines de nota, todos de la escuela española. 
El público se afieionó al teatro de tal modo, (]ue muy 
pronto faltó lugar. Se produjo entonces una seria com- 
petencia de clases sociales. La aristocrática se quejó 
de que la media ocupaba una parte de los palcos y 
lunetas que ella necesitaba para sí. El Grobemador y el 
Tahildo, resolvieron jue se atendieran primeramente 
los pedidos de las fauaiias ó personas de distinción, y 
que, hi^o que estuvieran satisfechos, se cediesen á los 
buiigfueses los que quedaran disponibles; y, como no 
era tarea que cualquiera pudiese desetapeñar la de 
resolver quienes ¡Kírteneeían i la primera categoría y 
(¡uienes á la se-^'-unda, asumió el mismo Cabildo el 
encargo de vender los asientos aplicando según su cri- 
terio la regla establecida. 

XCVin. — £1 resUda y el i^mt 

Los charrúas y rninuanes no adelantaron nada^ 
durante la dominación española» en cuanto ai vestido, 
al adorno de su cuerpo y al muebliye. Al pasar del 
si^o XVIII al siguiente andaban los varones, ( asi todos, 
enteramente desnudos. Solo al^^auios, y en la estiri jón 
fHa, se ponían nna especie de camiseta sin mangas, 
bocha de pieles, ó se envolvían en algún poncho, si lo 



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DE LA REPCBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 243 

conseguían de cualquier modo. Las mujeres se cubrían 

también con ponchos ó con ra misas que sus pariros á 
maridos robai>an ú obtenían (1< otro modo; y cuando 
DO, se pasaban sin nada. Hombres y mujeres eran muy 
sucios : no se peinaban sino con los dedos; ni se lam- 
ban la ropa, ni el cuerpo; motívo por el cual despedían 
un olor nauseabundo. Se bañaban, empero, en verano 
por refrescarse. Así limpiaban aljsro el cuer^x); mas 
apreciaban tan poco esu limpieza, que luego se ponían 
sus andnjofi mugrientos. Bn cuanto á muebles, no los 
tenían de ninguna clase. Puesto que se acostaban^ 
siempre de espaldas, sobre un cuero ó sobre la uen a; 
que se sentaban sobre los talones; que montaban los 
caballos en pelo, si eran hombres, y muy ligeramente 
ensillados, las mi^jeres; que comían del asador clavado 
en él suelo, y que no se lavaban, no necesitaban camas, 
ni sillas, ni mesas, ni lavatorios, ni recados. Siendo 
guerreros exclusivamente, bastái)ales el freno y la 
lanza, que los portugueses proporcionaban á muchos de 
ellos, ó las flechas que en defecto de lanza llevaban en 
' un carciy sujeto á la espalda, cuyas armas eran' las 
únicas que usaban hacia él fin de la dominación espa- 
ñola. 

Los campesinos que vivían sin trabajar, apenas se 
vestían con un chiripá de bayeta y un sombrero viejos, 
si no eran ladrones. Los que se dedicaban á trabjyos 
pastoriles, como peones, agregaban al chiripá y el som- 
brero un calzoncillo blanco, un poncho y - botas de 
poU'o - i^iiechas con la piel de potro ó de ternero,) y los 
que podían, no todos, usaban camisa. Sus mujei es no 
usaban otro vestido que una camisa ajustada á la cin- 
tura con una cuerda. Andaban siempre descalzas. Los 
hombres y mujeres de esta clase de población eran 
generalmente sucios, porque no tenían ropa ^ou que 
mudarse la que tenían puesta y porque no les intere- 



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"¿4^ BOSQÜÜJO UmÓRICü 

saba la limpieza. Las inujcros que no eran tan desasea- 
das lavaban su única < ainisa de tiempo en tiempo, en 
el rio 6 aiToyo más próximo, y se estaban desnudas 
mientras duraba la operación. Bn los días de lluvia 
conservaban seca su ropa» los que tenían que andar 
fuera de casa ó carecían de ella, poniéndola bajo el 
recado. Recibían A agua sobre la piel» y iueiro que 
cesaba de llover se volvían á vestir. Su ajuar era ion 
escaso, casi, como el de los salvajes. Algunos tenían 
una cama compuesta de cuatro palos y un cuero, sin 
colchones ni ropas ; pero los más se acostaban en el 
suelo, sobre un ciicro ó sin na<i.K Rara vez se veía un 
tosco banco en sus « hozas ó taporas : se sentaban en el 
cráneo de un animal vacuno ó caballar, ó en cuclillas ó 
sobre los talones. Todo lo que poseían además, era el 
barril con (|ue traían agua del próximo arroyo, un vaso 
de cuero para bel)erla, una caldera t»n que calentaban 
agua, el maie, y un mal recado de montar, compuesto 
á menudo de jerga, carona, lomillo, cojinillo y bridas, 
todo pobre y deteriorado, y muy frecuentemente de solo 
bridas y jerga. Pero á nadie faltaba el cuchillo puntia- 
gudo y adiado, que le servía para varios trabajos 
menudos, así romo para dcfcnflerst» de un adversario, 6 
para consumar una venganza ó un acto de justicia, ó 
para matar bestias por necesidad ó por placer. 

Entre los campesinos acomodados había algunos á 
quienes daba por ser lujosos, sol)re todo cuando iban al 
pueblo. Su traje en tab^s casos solía consistir en rhiriiuí 
amplio, calzoncillo muy biaaco que rematara en ñeco, 
tirador ancho adornado con monedas de plata, botas de 
potro, espuelas de grandes y ruidosas rodigas, chaqueta, 
hermoso poncho y sombrero. Su puñal, sujeto á la cin- 
tura por el tirador, era [troiula de arte y de precio. 
-No llevaban peor vestido el caballo, ai cual ponían : en 
la cabeza, las bridas y el bozal, que sostenía la manea; 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 2Í6 

el largo maneador al rededor del pescuezo; sobre el 
lomo, el cómodo recado, compuesto de bajera, carona 
inferior, jerga, carona superior, lomillo, cincha, enci- 
meraj estriberas, (aciones) estribos, cojinillos, pellón^ 
sobrejjcllón ó sobreptiesio y sobrecincha; las boleadoras 
á un lado del recado» sijgetas por tientos traseros del 
lomillo; y, sobre el anca, el lazo enrollado con arte. 
Pero si los campesinos eran propietarios y no vivían 
muy lejos de .Montevideo, su traje era más urbano y 
menos pretencioso, y se componía de calzado, calzon- 
cillo blanco, calzón corto, chaleco, chaqueta, poncho y 
sombrero. Las telas eran bastas, por lo común, en las 
lupas de uso diario, y no había prolijidad en el iiiudo 
de llevar las diversas piezas, ni cuidado en su conser- 
vación ; mejor era ei U'fiye destinado á lucir en señala- 
dos días; pero el poncho había de ser excepción de la 
regla, porque era la prenda de liyo, y quien lo pudiera 
había de llevar sobre sí uno de los afamados que se 
imiiortaban de Tucumán. Las mujeres, aun(iue vestían 
algo mejor que las de los trabajadores, andaban bas- 
tante desahñadas : no eran el liyo ó la coquetería sus 
pasiones sobresalientes. 

En los pueblos la gente menos acomodada usaba 
también calzado, calzón y chaqueta, de más ó uicnos 
buena calidad, según sirvieran en los días de trabajo ó 
en los de ñesta. Las miyeres llevaban calzado bajo y 
falda corta, que permitía á las coquetas lucir ei pie bien 
formado y la bordada media. 

En Montevideo todas las clases cuid;il)an más que en 
otra parte de aparecer <'on ele<^'"an<*ia, de manera fjue, 
aunque las tbrmas principales fueran iguales, sobresalía 
el interés en la calidad y en los adornos. miyeres 
pudientes usaban vestidos de seda, raso y terciopelo, 
bordados de oro, ricas mantillas y joyas de oro, enri- 
quecidas con perlas y brillantes. Los hombres se vestían 



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1^40 Bu.^UlKJO HISTÓRICO 

j)ara los bailes y solemnidades oficiales ó eclesiásticas 

con zapato de hebilla, media de seda, cabón hasta la 
rodilla, caüiisa de ele^rante pechera y puños con vuelos, 
corbata blanca y aacha, chupetín de raso y frac. Loa 
individaos del ayuntamiento usaban en tales ocasiones 
medias de seda negra, sapatos adornados con hebillas 
y piedras, calzón, chupetín de raso blanco bordado de 
ovo, canaca negra, capa carmesí y sombrero de tres 
picos. 

Los cuer|x)s militares vestían todos calzón, chupa, 
solapa, collarín con galón, casaca, y vuelta. £1 uniforme 
-de los diversos cuerpos se distinguía ; en que la casaca 

de^unos (blandengues, por ejenii>lo) era corta y la de los 
otros h\r*yZ;i ; en que los calzones eran de diferente 
color, (azul ó blanco) y en que los botones eiun blancos 
«n unos y dorados en los demás. 

XCHú — Is«UiUMl«i«t eeo«ósiif Si j Mralm 

Las reliH ion.'s (|ue hasta ahora se han notado en las 
<:ostumbrcs de las gentes saiv^e, campesina y urbana 
se observan con poca diferencia en las inclinaciones 
económicas y morales de estas tres clases de la poblar 
ción uruguay a, en el último cuai^to del siglo XVIII y al 
comenzar el XIX. 

Loa charrúas v minuanes se habían adiestrado 
extraordinariamente en el uso del caballo. Lo montaban 
en pelo, lo manejaban por medio de riendas, con ó sin 
íbeno, y hacían con él lo que querían. Cada individuo 
tenía su cjíIkiHo. Si 1<> perdía ó se lo mória, no tenía qne 
es[)erar de lus demás de la tribu que le dieran ó le pres- 
taran otro : tenía que proporcionárselo por sí, robáo- 
<iolo ó conquistándolo al enemigo. Si en una familia no 
había tantos caballos como personas, los que hubiera 
^ran para los hombres ; las mujeres y los muchachos 
andaban á pie. Es decir que el individuo se ocupaba de 



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DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 247 

ai, no de los demás, y que el más fuerte se imponía al 
más déhíL La regla era el egofsmo puno, de la cual 
estaim excluido por completo el altruismo egoísta, cuy^ 
concepción no alcanzaban. 

No conocían otro género de actividad que la guerra, 
el pillaje, ^ caza y el comercio de cambioSr.Cuanddrfle 
descubrió éí río de la Plata se fabricaban sus ani^ y 
se dedicabaa á'pescar y á cazar toda clase de animales; 
pero, en quanto el país se cubrió de ganado vacuno y 
caballar y los portngueses empezaron á cambiarles 
trenos y lanzas por caballos y vacas, descuidaron sus 
primitivas industrias, y se limitaron á matar reaes |Mtra 
alimentarse y á arrearlas al Brasil para cambiaCrtas por * 
las [X)(|uísimas cosas que usaban. 

La villa individual y aislada que hacían, y su carác- 
ter misantrópico y ensimismado, les privaba de ocasiones 
de contrariedad» por lo que eran raras las reyertas entre 
sí, y nunca se hacían daño con la& armas. Pero eran 
crueles é implacables, no sólo con los conquistadores de 
raza blanca, sino también con las m.ís inofensivas tribus 
aborígenes ; esto es, con todos los que no fueran ellos, 
á quienes robaban y dañaban cuanto podían. 

Los campesinos de raza española igualaron á los sal- 
vajes en el dominio del caballo. Habituaban á sus hijos 
á Miidar en él desde poco después de nacer ; y, como no 
andaban veinte varas sino á caballo, y á menudo tenían 
que recorrer larguísimas distancias de 20, 30 y más 
leguas, se hicieron consumados é incansables cabalga- 
dores. Por cerril que fuera un potro ló montaban con 
rapidez sorprendente, so sostenían en él sin perder el 
equilibrio ni ser arrojados, como adheridos á su lomo, 
aunque mucho y muy furiosamente se encabritase ó 
corcobease el potro, hasta que se rindiera de fatiga ; y 
era seguro que toda vez que el animal tropezase y 
rodara había de caer de pie el jinete. 



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248 BOSQUEJO HISTÓRICO 

El mucho andar á caballo los hizo perezosos de pier* 
ñas, razón por la cual no recorrían ninguna distancia 
y hacían lo menos posible á pie. Si varios se reunían á 

convers.ir, no se apeaban, aun<|iie coiivei'Síirnn «luranie 
horas ; cuaiulo iban á pescar, habían de eeliar la red á 
caballo ; no sacaban a^ua del po/o, sino á caballo ; no 
hacían barro de otro modo que pisándolo con las paUis 
del caballo que montaban vni traían del cercano monte 
cantidad alirunade leña, aunque solo fuera un pequeño 
brazado de ramas, sino an asuandolo por una cuerda 
atada á la cincha del recado. 

Se vé por ésto cuán holgazanes eran. El pastoreo^ 
profesión principal i que se dedicaban los trabajadores, 
lo hncían del modo más neulii^^ente imaginable. Los 
animales pai ían con libertad «mi dilatado camix), y se 
esparramaban por todo el á pumo de invadir la pro- 
piedad de otro hacendado. Entonces (esto se hacía una 
vez por semana) el pastor recorría al galope los con- 
tomos de la estancia, y espantaba las reses hacia el 
centro a fuerza de ^mmios y de siIl)idos, y con el au.KÍlio 
de numerosos perros que le seguían. Nada más hacían 
en el resto del tiempo, si no era domar algún potro. 

Tampoco empleaban las mujeres el tiempo en traba- 
jar, siquiera fliese en cocinar ó en coser. Lo único que 
hacían era barrer su vivienda, encender fue^^o, calentar 
agua para el mate, y acaso cel)arlo, si no había hombre 
que quisiera ahorrarles esa incomodidad. 

Como el ser humano necesita emplear sus facultades 
en algo, si no las aplica al bien tiene que aplicarlas al 
mal. Es así que, careciendo los campesinos de la afición 
al uabajo, se aficionaron al jueíro, á las apuestas y á 
beber, como se ha visto en el artículo XCVIL De ahí 
derivaban frecuentemente sangrientas riüas* Pocas veces 
jugaba el gaucho sin clavar el cuchillo á su lado : lo 
hacía para advertir que no perdonaría una trampa ; y 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 249 

bastaba que la sospechase para desafiar al adversarlo ó 
para acometerlo con menos caballerosidad. Horas y 
horas pasaban en las pulperías bebiendo y refiriendo 
hazañas. No era raro que la imprudencia ó baladro- 
nada de alguno hiriese el amor propio de otro, ó que 
sirviera de pretexto para desahogar resentimientos ante- 
riores, de lo cual se seguían también escenas de sangre. 
Ciiamlo el juego ó los convites les consumían el dinero, 
rohabaii caballos ó vacas, los llevaban al Brasil para 
venderlos y, si bien en muchas ocasiones operaban así 
sin experimentar lance desagradable, á veces tenían 
que afrontar peligros, en los cuales, vencidos 6 vence- 
dores, ponían á prueba su bravura. Kvd cosa corriente 
que matasen animales ajenos para alimentarse, y nada 
extraño que lo hicieran por satistacer el gusto de matar. 

Estaban, pues, familiarizados con el derramamiento 
de sangre, al punto que tanto les daba apuñalear ó 
degollar á personas que matar vacas. Tan natural les 
parecía esto, que lo hacían sin repugnancia, sin odio, 
sin exaltarse, y sin (jue la víctima se quedara. Los que 
presenciaban el hecho no procuraban evitarlo, ni lo 
censuraban luego de consumado, porque lo consideraban 
lícito. 

Por otra parte>arecían de vergüenza, de delicadeza, 
de pudor y del respeto que las personas se deben entre 
sí. Padres, hijos y extraños de diferente sexo se nnra- 
ban y se trataban con la mayor libertad, desde los 10 ó 
12 años, sin que á nadie pareciera inconveniente esta 
salvajez tomada de los charrúas y minuanes. 

Lo dicho conviene á la generalidad de la gente cani- 
pesina« Pero una porción de ella tenía la condición de 
ser movida por inclinaciones más depravadas. No se 
stgetaban á ninguna clase de trabajo, ni accidental- 
mente. Recoi rian el país en todas direcciones, come- 
tiendo toda ciase de violencias. Asaltaban estancias. 



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' Bi)§QUEJO HISTÓRICO ^ 

cbacras y pequeñas poblacioneB.; robaban, inceadiaban, 
asesinaban y tenían en conslante alarma á la ijiento jr 

vn continuo niovi miento á la justicia ; pero su impu- 
ni liad era casi secura, porque les favorecían los extensos 
4^poblados del Sud del río ^'eg^o, los desiertos dei \ 
Norte, los bosques inexplorados y la acogida protec- 
tora de las poblaciones portuguesas qae medraban con 

el fruto (le sus saii^nentas depredaciones. 

Las po})la<"ii>nes urhanas eran mucho más cultas, 
morales y laboriosas, como que en ellas se concent ra V>aii 
iodos los elementos de la civilisación uruguaya. Tales 
cualidades sobresalían, mucho más que en otra parte, 
en Montevideo, por-jue aquí estaba el asiento de las 
principales autoi idados locales de la Banda Oriental, en 
su puerto se apostaba ordinariamente la escuadra del 
río de la Plata, y á tan numerosos funcionarios, machos í| 
jde ellos de clase distinguida, se unían sus familias y 
otras personas de condición análoga vinculadas á ellas 
de diversas maneras. 

Sin embargo, pei*suadidos los españoles y sus hijos 
criollos de que la raza á que pertenecían era de especie 
muy superior á la de los negros y americanos aboríge- 
nes, y pudiendo disponer de ellos con mucha libertad y 
por poco precio, se habituaron á encoiiícndarles toda 
clase de scr\ irius, por nobles que fueran, y por muy 
acostumbrados que hubiesen estado á desempeñarlos 
.por sí mismos. Resultó de aquí á los pocos años que i 
siendo desempeñados por seres despreciados, los oficios, 
les tomaron repugnancia los españoles y criollos por 
pensar que, si los ejercieran, se rebajarían á la condi- 
ción de los negros ; por manera que ningún español ('> 
criollo urbano quería ser otra cosa que clérigo, abc^ado, 
empleado público ó comerciante, que eran las únicas 
profesiones consideradas dignas ; y, aún el comercio, no 
por lodos. 



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DE LA REPÚBUGA ORIENTAL DiBL URUOUAT 25i 

Es así que las mtyeres de la raza conquistadora uQ 
^amumautabaa á sus hijos, ni los educaban en los pH- 
'líieros aeia altos de édad, sino que los conñafoaa: á 
.negn^» mulatas, índiaa y mOBlieas* |.(toé^podiia a|ifUr> 
der de gentes tan mal c^msideradás esa infancia? Es 
así también que no se hallaba mujer ni bombre blanco 
que quisiera ejercer los servicios domésticos, ni los 
oficios ó artes mecánicos, á no ser que lueran recién 
llegados de España y no encontraran otro modo de 
vivir ; que en cuanto lo hallaran abandonaban aquél por . 
no merecer el menosprecio de sus compatriotas, ni 
i«;ualarse A lus esclavos. 

Mas como eran muy pocos los que podían dedicarse 
á la carrera eclesiástica y á la abogacía, pues no había 
c6mo aprenderlas, y como á los empleos públicos eran 
llamados los espafioles preferentemente, y no todos 
podían ser comerciantes, se siguió el becho de que si 
los españoles llevaban vida poco activa, los criollos la 
llevaban ociosa ; salvo que, como no les íáltara dinero, 
ae entretuvieran en disiparlo. La continuación de este 
modo de obrar engendró la idea de que malgastar for- 
tuna era propio de gente principal é indicio de buen 
tono. 

Tal manera de ser y de gastar aüojó los resortes 
morales de muchos que, gozando de consideración 
social por el puesto que desemp^ban en la adminia- 

ti'ación, no ganaban lo bastante para acompañar á los 
ricos en sus prodi*rali(lades y disipaciones. De aquí 
surgieron abusos de confianza, sobre todo en los admi» 
nistradores de la hacienda, confabulados con los prin** 
cipales que tenían su asiento en Buenos Aires. La 
malversación se efectuó durante algún tiempo sin que 
fuera notarla; pero, como el móvil era satisfacer deseos 
de grandeza, lo desproporcionado del lujo con los noto- 
rios recursos legítimos llamó la atención, hizo nacer 



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252 BiíSQI EJO HISTÓRICO 

sospechas y aurnt^ niar la vi«jilancia y, por fin, descu- 
bierlos los dosfab-us y rohorhos á íines c1el si^lo X^'I^, 
ilurante el virreinato del marqués de Loreio so sometió 
á los autores conocidos á la acción de ia justicia en 
procesos que mucho escandalizaron al pueblo, pues 
éste ora coiitM almi lue iiom^ado y abundaban en él los 
caracteres austeros. 

CAPÍTULO VI 

INSTRUCCIÓN DEL PUEBLO 

Lo dicho en los capítulos anteriores sugerirá fácil- 

monte la idea do que distaban mucho los campesinos, 
hasta 1810, do pensar en escuelas; y, en efecto, calve- 
cieron completamenio de ellas. 

No flieron más afortunados» bigo este respecto, los 
lugares y los pueblos, pues tampoco tuvieron escuelas, 
salvo dos 6 tres excepciones. Una de éstas parece haber 
sido Santo Doiuiiiíro Soriano, pues se ha dii liu tjuo los 
religiosos que gobernaban la conciencia de los pobla- 
dores chañáis les enseñaban el catecismo y algunos 
rudimentos de lectora y quizás de escritura. Los jesuí- 
tas íUndaron en la (íolonia del Sacramento un colegio, 
mientras gobernaron .illi los portu^^ucses, y eii-íeñaroii 
a loei', a escribir, á contar v la .locrrina crisiiaua á la 
juventud. Pero, expulsada la Compañía de Jesús, pasó 
el establecimiento á religiosos de otra orden y más 
tarde fué suprimido, cuando los españoles tomaron y 
arrasaren por última vez la Colonia. 

Los jesuítas sostuvieron también en Moní' \ ideo una 
escuela desde 1744, durante más de veinte afios, esto 



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l)E LA HEl^BUCA ORIENTAL DKL ÜRÜGÜAY 253 

es, hasta que ftieron extrañados. Los padres francisca- 
nos continuaron después con ella, en la cual admitieron 
á los niños y jóvenes que contribuían con una cuota 
laeiisual. Vino en 1796 á hacerle competencia una 
escuela laica, pero tan impregnada como la otra de 
sentimiento religioso, cuyos beneficios eran limitados á 
quienes pudiesen pagar uu precio mensual á su director, 
quc k» liu ilua Mateo Cabral. Los tres estableeiuaeatos 
fueron dedicados á los varones. 

Considerándose que las mujeres no necesitaban ins- 
trucción, porque no tenían en que aplicarla, no se había 
pensado en abrir escuela alguna para ellas. Pero siendo 
de otro parecer la señora María Ciara /abala, esta- 
bleció en 1795, b¿go la dirección de sor Francisca, una 
escuela para niñas pobres, cuya asistencia estimuló 
decidiendo que la enseñanza ñiera gratuita. Los varo- 
nes no tuvieron quien Ies brindase el beneficio de la 
gr.iLuídaíl, hasta que en 1S09 acordó el Cabildo fundar 
una escuela exclusivamente para ellos, la cual, con- 
fiada á la dirección del padre Arrieta, fué la primera 
escuela oficial del país. 

En todas esas escuelas se enseñaba la religión, á leer 
y <*í escrilúrun [míco. En algunas se ayi^egaban nociones 
tie ariimelica, v en la de niñas se cosía. La escnicla 
pública enseñó además gramática y ortografía. JSo se 
prohibió que asistieran á ella los niños de color, pero 
sí que se sentaran con los blancos y que se mezclaran 
con ellos. Todos los alumnos tenían que ir diariamente 
á oir misa, conducidos por los a\ udanies. Éstos iban 
además á buscarlos á sus domicilios para la hora de 
abrirse las clases, y á devolverlos asi que terminaran. 
Én cambio podían recibir una gratificación mensual de 
4 reales, de quienes voluntariamente quisieran darla. 

La asistencia á estas escuelas era escasa y la ense- 
ñanza muy defectuosa. Se ensenaba la lectura por el 



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¿S4 BOSw^fc-ÍO HISTÓRICO 

método del da, ba; la escritura, empezando en palotes 
y eígaieiido con letras aaeltaa; la doctrina y la gramá* 

tica reteniendo de luemoria la palabra de los textos, 
nada ó mal entendida; y los rudimentos de aritmética, 
como la gramática en cuanio á las definiciones y reglas 
y prácticamente las aplicaciones. Como los ejercicios 
prácticos de esta última asigoatora tenían por antece- 
dentes las definiciones y reirías, no se entraba en aqué- 
llos mientras no se supiesen éstas; y como todas la¿» 
materias se estudiaban en opúsculos impresos, no se 
iniciaba su aprendi2^je hasta que los niños supieran 
leer. Debiendo, pues, estudiarse las asignaturas en 
orden sneesivo, el curso, aunque limitado á tres 6 oua- 
tiu \ Hiuv elemental, snlia ser oxcesivauiente duiaiiero, 
y adeaias penoso vn sumo grado, ya por la aridez <le 
los métodos y procedimientos, ya porque el níüo tenia 
que ocupar las horas de clase con una sola materia 
cuando más variación reclamaba su edad. La disciplina 
era tan cruel como la meto(lolo«zía rutinaria que se 
aplicaba : se restringía de todos modos la espuinaneidad 
de los niños; se contrariaban todas sus inclinaciones y 
necesidades mentales, y cuando éstas, cansadas de 
sufrir la opresión, se rebelaban aunque fuera sin mala 
voluntad por segundos y á hurtadas, venían á restable- 
cer la disciplina ia paimeia, los azotes y otros castigos 
no menos torpes. 

CI. — Llbrerins y peri6dií'08 

La acción de la escuela no era auxiliada poi ninguna 
biblioteca ; y apenas puede decirse que en los primeros 
años del siglo XIX hubiera librerías y publicaciones 
diarias ó periódicas, porque solamente en Montevideo 

existía una pequeña casa en que se vendían unos cuantos 
libros de devoción y de teología, y recién en 1S07 se 



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DE LA REPf BLICA UHIENTAL DEL URUGUAY 255 

fttñdo un pcnódico, titulado La estrella ^déí iSud, que 

apareció semfinalmente, en inglés y en castellano, desde 
el 23 de Mayo hasia el 4 de Julio ; es decir, durante un 
Bflés y doce días. Dieron á luz esta publicación los 
ingleses cuando se apoderaron de MonteTideo y la ter- 
minaron asi (lue pactaron en Buenos Aires el desatójo. 
Se dedicó á demostrar que España era incapaz de hacer 
progresar la America, á hacer simpática la dominación 
inglesa, y á publicar documentos oüciales y avisos del 
comercio. 

£1 segundo periódico que tuvo Montevideo fué la 
Gaceta de Montevideo, que apareció el 13 de octubre de 

1810 por la Imprenia de la Caridad, redactada por fray 
Cirilo de la Alameda y Brea, franciscano de vasta eru- 
dición, que había venido huyendo de Madrid por temor 
á los frianceses. Se aplicó principalmente á publicar 
documentos favorables á los españoles de Europa en sus 
relaciones con Francia y á los españoles de Montevideo 
en sus relaciones coa los revolucionarios de Buenos 
Aires. 

■ 

■ 

CU- — Grado de iuütrueeióu del pueblo 

Los hechos expuestos en los dos artículos precedentes 
prueban que tenía que ser crasa la ignorancia de la 
gran mayoría del país, puesto que le faltaban todos los 
medios de instrucción. Los salvajes no tenían idea sino 
de lo que veían. Los campesinos de los distritos pasto- 
riles no sabían más que los salvajes ; ni leían, ni escri- 
bían, ni teníau nociones de número, salvo alguno que 
otro español que hubiera traído de su patria estos cono- 
cimientos. Entre los campesinos agricultores la igno* 
rancia era también generalísima, aunque no tanto como 
entre los otros, porque había en esa clase ni;ís españo- 
les, y porque pertenecían á ella indios que habían emi- 



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25G 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



grado de las Misiones después de la expulsión de lo 
jesuítas, y que venían sabiendo leer y escribir algo, P^r- 
su pereza invencible, la influencia del ambiente y h 
falta de medios fueron causas «le que su poco saber ii< 
se transmitiera á los liyos y desapareciera á los poco: 
años. 

En los pueblos abundaban también mucho los que nc 

leiüiih ninguna clase de instrucción, pues los pri^let^- 
rios, aun los procedentes de Europa, eran en extr emo 
ignorantes. Y lo eran también muchos que figuraban 
en clases suj)eriores. Es así que cuMudo, á los cuatro 
anos de fundada Montevideo, juzgó el general Zabala 
que la cantidad de población requería ya ser gobernada 
[)«)r autoridades civiles y creó el cabildo disponiendo 
que fueran nombrados para componerlo las personas 
más distinguidas por su saber y cualidades sociales y 
morales, se vió forzado á declarar que se admitirían 
para regidores, y hasta para el alto puesto de alcalde, 
personas que no supieran escriba* ni leer, por quienes 
lirmarian otros que lo supiesen. 

A medida que pasaron los años y que la población 
urbana creció, y que vino complicándose la administra- 
ción pública y requiriendo mayor numero de funciona- 
rios de todas clases, se agregaron numerosas personas 
de clase civil y militar relativamente instruidas, algunas 
doctas, que formaron, sobre iodo en Montevideo, un 
considerable núcleo de ilustración, si es permitido abra* 
zar con la significación de este vocablo á todos los que 
liabi.ui recibido enseñanza elemental y superior. Como 
es de presumirse, ios liijos de éstos fueron los que prin- 
cipalmente recibieron lecciones de sus padres, y fre* 
cuentaron las pocas escuelas que quedan mencionadas, 
pero no los únicos; por manera que la instrucción 
elemental coasistente en lectura, escritura, cálculo, y 



tica se extendió para 1810 á la juventud aristo- 





L 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 267 



crática y á buena parte de ia burguesa. Pero no pasó de 
ahí el saber de los criollos, porque nada más enseñaban 
las escuelas, porque faltaban colegios y universidades, 
y porque no había posibilidad, ni se tenia interés en 

leer otra cosa que obras ascéticas, cuino si este fuera 
el único medio de cumplir deberes y de ser teliz antes y 
después de la muerte. 

CAPÍTULO VII 

INDUSTRIAS 

CSn. — La g«uitel% la «griealtmni j la mlaerU 

Püdria discutirse si hubo en la Uaiida Oriental, antes 
de 1810, industria ganadera, dada la acepción ordina- 
ria que hoy tiene este vocablo; pero, admitido que la 
hubo, no es dudoso que su estado iüé rudimentario* Ya 
cuando se flindó Montevideo estaba cubierto él suelo de 
animales vacunos y caballares salv^es que se habían 
mulüplicado sin cuidado alí?uno de los hombres y que 
carecían de dueños. Repartido el territorio en suertes 
de estancia, cada estanciero se apropió el número de 
ganado que pudo y apenas se cuidó de otra cosa que 
de contenerlo dentro de su posesión. Según el plan del 
ftindador Zal» ala cada estancia debía constar de 2.700 
cuadras de lerreno y no debería tener cada propietario 
más que una estancia. Mas la ambición inventó medios 
para que cada uno acumulase en su dominio varias 
suertes, y aun extensiones inmensas, de modo que para 
1780 era imposible donar suerte alguna á los mucliísi- 
mo.> qiiü solicitaban tierras. 

Generalmente se pensaba que una extensión de 
cuatro ó cinco leguas cuadradas no eran demasiadas 

17 



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258 BOSQUEJO H18TÓRia> 

para una reinilar esuuicia, poniue el iranado, auiique 
no fuera muy numeroso, se esparcía mucho, sobre todo 
en épocas de sequía, ea busca de (>astos y de agua. Se 
encomendaba una estancia á la dirección de un capa- 
taz, y cada mil cabezas de ^nado á un pastor. Éste no 
so^ía a los animales, ni los conducía á los parajes 
más convenientes, ni lv>s mantenía reunidos, ni lus 
hacía volver por la taixie á un punto para que pasai*an 
la noche, ni hacía otra cosa que arrearlos á un lugar 
céntrico una vez por semana por que no pasasen la 
iVentera de la propiedad. Los dueños y capataces pen- 
saban á su vez que si la nainrale/a había íiastado para 
crear y multiplicar tan prodigiusameuie aquella riqueza, 
nada m^or podría hacerse que dtyar obrar á la natu- 
raleza, reservándose ellos la sola tarea de contener en 
sus tierras sus ganados, y de venderlos cuando hubiera 
comprador. La iranaderia l a, pues, todo, menos obra 
que algo debiera al trabajo del hombre. 

La agricultura se aplicaba al trigo y ai maiz princi- 
palmente, pero en cantidad insuficiente para el consumo 
interior, puesto que se tenia que importar todos los 
años una buena cantidad de Buenos Aires. La llena 
producía 12 granos por 1 al año, más {^>equeüos que ios 
europeos. Se cuiúvaimn algunas legumbres, verduras y 
firutas para el uso de los mismos agricultores y de las 
familias urbanas que no tenían huerta, aunque estos 
productos eran poco variados todavía hacia 1^00. En 
esta época se inu odujoroa de oíros i>aíses aiiiei'ieanos 
cl^lses de durazno desconocidas, y de Italia el damasco, 
de cuyo íhito vinieron dos carozos inadvertidamente 
mezclados con semillas de coles y lechugas. 

Se hicieron ensayos por explotar las minas de oro, 
plata, plomo y cobre cu; a existencia se creyó compro- 
bada en las venientes de los ríos San José y Santa 
Lucia y en el distrito de Minas, tomando aliento en las 



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DE LA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 259 

versiones que se corrían de que personas ineptas 
habían recogido laminitas de oro sin más ^íUerzo que 

el de lavar arenas y tierras. Lo cierto fué, empero, que 
todos ios que emprendieron trabajos de esta clase habían 
perdido tiempo y capital» ya para 1787. 

CIT..-* Indattrias derifadas de la ¡ganadería y de la a^neultiinu 

La pesca 

£n mucho tiempo no sirvió la ganadería sino para la 
alimentación local y para la extracción de los caeros, 
de la grasa y del sebo. La carne que excedía de la 

demanda de los carniceros ó de las familias era arrojada 
por no saberse que hacer de ella, y tainiiién lo eran, 
por igual motivo, las astas, los huesos, las pezuñas, etc. 
Este escaso aprovechamiento de los animales explica : 
por un lado, la extrema baratara de la carne, y por 
otro, la necesidad que tenían los ganaderos de poseer 
gran numei o de cabezas para que esta clase de i)ropie- 
dad les produjese una renta suñcienie. Los cueros se 
secaban, se utilizaban en parte dentro del país, y se 
exportaban en lo restante. Otro tanto se hacía con la 
gordura. 

La preparación de la cecina ó carne salada y seca se 
hacía en Buenos Aires desde ios primeros años del 
siglo XVII, segfín se ha referido en el libro primero ; 
mas no se ensayó en la Banda Oriental hast^' mediados 
del siglo XVIII, en cuya época emprendieron esta 
industria, con mal éxito y por poco tiempo dos herma- 
nos Perafan de la Rivera y Luis Herrera, habitantes de 
Montevideo (1754). Corrieron treinta y dos años para 
cuando Francisco Medina íündara otro establecimiento 
con más capital y más inteligencia de la materia ; pero 
falleció este industrial antes qae los resaltados corres- 
pondieran á su buena voluntad y su saladero desapa- 



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200 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



reció (1788). Más tarde se veriücaron otros ensayos, 
tomando en cuenta la experiencia de los anteriores y 
con resultados menos desalentadores, á los cuales se 
debió que esta industria permitiera abrigar esi)eraíizas 
acerca de su estabilidad y desenvolvimiento futuros, 
pero sin tomar cuerpo en los años que corrieron hasta 
1810. 

Ensayóse igualmente en algunas chacras y estancias 
la fabricación de quesos y de manteca, antes de 1780. 
No parecieron malos estos productos, á |)esar de que 
eran susceptibles de períeccionarse bastante, según 
opinaron entonces los entendidos ; mas, como el pro- 
greso de las industrias, sea en cantidad ó en calidad, 
necesita el estímulo del consumo, y no lo tenían fuera 
del país, y escasamente en el interior, los quesos y 
mantecas que se hicieron en corta cantídad*y á manera 
do prueba, no Uegó esta clase de producción á tomar 
los caractero-s de una industria. 

Una compañía inglesa, animada por el permiso que 
otorgó el Rey para que se explotaran las riquezas ani- 
males marítimas de estas regiones, se establooió en 
Maldonado para beneficiar cueros y grasa de lobos y 
grasa y barbas de ballena. Los resultados no correspon- 
dieron, empero, á las esperanzas, razón por la cual 
hubo que dar fin á este ensayo al poco tiempo. 

La agricultura alimentó la fabricación de la harina 
de trigo, cuya molienda se hacia en tahonas; es decir, 
en molinos movidos por caballos ó muías. Á mediados 
del siglo XVIIl estableció el jesuíta Rullo, en ei Mlgue- 
lete» en el punto llamado Paso del fnolino, uno movido 
por la flierza de este arro}'o ; y á fines del mismo siglo 
crií?ió Manuel (3campos en el mismo parai(^ otro movido 
por la fuerza del viento, los cuales elaboraron toda la 
harina que consumía Montevideo. 



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I 



D£ LA KJ¿PÚfiLICA ORl£JKTAL DEL URUGUAY 261 



La plaza mercantil más antigua de la Banda Oriental 
fué la colonia del Sacramento. Este punto, mientras 

estuvo á disposición de los españoles, no había desí)er- 
tado niiiiiún interés especial, ni motivos hubo para que 
lo despertara, porque, no estando permitido casi el 
comercio á los pueblos del Río de la Plata, y aunque lo 
estuviese, siendo para todos las mismas las leyes y 
autoridades, no había razón ninguna para esperar que 
la habilitación del puerto septentrional diera origen á 
un comercio próspero. 

Colonizado el punto por los portugueses, cuando ya 
no dependían del Rey de Espa&a, tampoco habría 
tomado importancia comercial si á ellos les hubiesen 
regido leyes prohibitivas como las españolas, ó si hubie- 
sen lespetado el orden le^ral establecido; j^eiu las rela- 
ciones políticas de los lusitanos con Inglaterra motiva- 
ron que ésta pudiera comerciar con plazas y posesiones 
de la nueva monarquía, cuya libertad se 'extendió en 
ocasiones, por motivos i^rualmente políticos, á otros 
estados europeos. Resultó de aquí que en cuanto las 
autoridades del Brasil cumplieron la orden de fundar y 
fortificar la colonia del Sacramento, los comerciantes 
portugueses, ingleses, franceses, y holandeses vieron la 
facilidad de introducir clandestinamente los productos 
de estos países en las posesiones del Rey de España y 
de exportar de ellas oro y productos americanos, sin 
más trab^o que el de mandar buques á la Colonia, 
tener aquí y en la isla de San Gabriel sus depósitos, y 
• pasar los artículos al interior de la Banda Oriental y á 
la occidental, burlando la vigilancia de las autoridades 
españolas, ó enTorpecieiidola por el cohecho. 

Así sucedió. AÜuyeron los comerciantes ála Colonia, 



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262 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



miel u ras fué poriuguesa, trabaiou relaciones con los 
comerciantes de Buenos Aires y coa los indios y campe- 
sinos del Uruguay, recibieron buques europeos y bra- 
silefios caiigados de mercancías, y se consagraron á .i 
introducir de contrabando estos artículos en los territo- ^ 
riuís vecinos y á recibir de ellos en cambio las carnes, 
cueros y harinas que habían de utilizar el viaje de 
retomo de las embarcaciones. Por tales causas se activó 
el comercio en términos que dieron mucho que pensar 
al Roy, á punto que los ruidosos sucesos militares y 
diplomáticos que se sucedieron después de la fundación 
(le la Colonia hasta 1777 fueron cnusados, tanto ó Ui.is 
que por el derecho que los soberanos pretendían tener 
en la pequefia tierra disputada, por los intereses indus- 
triales y comerciales que esa posesión peijudicaba ó 
favorecía. ^ 

Montevideo no fué plaza comercial hasta íines del 
siglo XVlil; pero, una vez que su puerto fué habilitado, 
lo prefirieron las naves al de Buenos Aires y al de la 
Ensenada de Barragán por su posición, por su mayor 
comodidad para cargar y descargar y porque en él esta- , 
ban más scíTuras durante los temporales. Su movimiento 
aumentó, pues, rápidamente, ccuaprendiendo el comer- 
cio de la Banda Oriental y mucho de la occidental. £n 
1795 recibió 34 buques procedentes de España, cuyas 
cargas im|)ortaban cerca de 2 millones de pesos fUertes, 
y despachó 3() con carga que valía cerca de 4 millones ^ 
y 800 mil pesos, la mayor pane en oro y plata, pues el 
valor de los frutos no excedió 075 mil pesos. En el 
decurso del afio siguiente la importación, hecha en 73 
buques, aumentó en 900 mil pesos y la exportación, 
que ocupó 51 embarcaciones, creció on 200 iii¡i pesos. * 
Los fnitos exportados en esto afio inijM'i íai'on c*erea de 
4 -millón y 100 mil pesos, por .manera que hubo un 
aumento de 300 y tantos mil pesos. Para el año 1799 la 



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D£ LA K£PÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 263 

exportación de ftutos excedió de 2 millones de pesos. 
El movimieni ) del puerto ftié, desde 1800 hasta 1800, 
ei que se expresa ea seguida : 

Bntradas Salidas 
1^00 ~ Ü 34 



1801 ? ? 

1802 188 169 

1803 84 67 

1804 134 47 

1805 109 73 

1806 49 55 



CAPÍTULO VIII 

SUCBS06 MILITARES T POLÍTICOS 
CTI. — Materia de este eapítulo 

Narrados ios liechos de armas y las cuestiones diplo- 
máticas que tuyieron por objeto, hasta 1801, el límite 
oriental de la gobernación y Virreinato del Rio de la 
Plata (arf lAII - LXIV), no li i} muiivo para volver 
á los mismos .sucesos en este capítulo, porque sería repe- 
tir su historia inútilmente y fuera de lugar. 

Se han referido también las invasiones inglesas y las 
relaciones políticas que sobrevinieron (art* LXV — 
LXIX) ; pero, como estos hechos, á diferencia de los 
otros, fueron de Buenos Aires en parte y en parte de la 
Banda Oriental, uo se habló en el Libro primero de los 
orientales más que lo indispensable para explicar algu- 
nos que se verificaron en la capital del virreinato, reser* 
vando para este Libro segundo el darlos á conocer más 
detenidamente, como corresponde. 



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264 



BOSQUEJO UlSTÓRirA) 



Muy poco digno de mención ocurrió en la Banda 
Oriental, hasta 1810, en los órdenes militar y político, 
fiiera de los sucesos á que se acaba de aludir; sin 
embargo, se dará una brevL* idea de los combates habi- 
dos con salvajes, campesmos, malhechores y piratas, y 
de las desavenencias habidas entre las autoridades 
militares y civiles de Montevideo, porque nada falte en 
el bosquejo de la época á que está consagrado el pre- 
sente libro. 

SECaÓN I 

Jjesof'de/ies iniernos de la Banda Oriental 
CTIL — Gaerra eon eiiarruas y mimuuiee 

Ya se sabe que los charrúas y minuanes, unidos en 
estrecha alianza y amistad, (aunque habitantes en ban- 
das opuestas,) por la gran afinidad de sus razas, carác- 
ter, instintos y costumbres, se entretenían en robar, 
incendiar y matar, no precisamente por defender el 
territorio americano contra los invasores europeos, sino 
porque estaba en sus iiábiios ó modo de ser el llevar 
esta guerra destructora á toda agrupación humana que 
se distinguiese de la suya, aunque fuera salvaje y no los 
inquietara de manera alguna. 

Bastó que hacia 17:30 matara un español á un miauán, 
para que la tribu de éstos recorriera el campo en todas 
direcciones cometiendo toda clase de violencias, después 
de lo cual se acercó á Monievideo y desalío al coman- 
dante. El gobernador Zabala envió desde Buenos Aires 
50 dragones con orden de escarmentar á los vengativos 
indios, cuyo luiiiiero ascendió á 500. Los dragones se 
reforzaron con alguna gente de la ciudad y salieron á 
dar batalla ; pero tuvieron que retirarse sin lograr el 



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D£ LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 265 

escarmiento. Zabala hizo bajar entonces 500 indios de 
las Misiones. Los nunuanes reconociendo esta vez el 
peligro que corrían, se mostraron dispuestos á un ave- 
nimiento. Mas, si ellos suspendieron sus actos de ven- 
ganza, tuvieron continuadores no mucho menos dañinos 
en los súbditos de los jesuítas, razón por la cual hubo 
que devolver al lugar de su origen á los tales elementos 
de civilización. 

Aunque los salvajes no cesaron de robar y de matar, 
lo hacían individualmente 6 reunidos en pequeños gru- 
pos, de modo que bastaran, para persegairlos, lasñier- 
zas ordinariamente encardadas de la policía rural, 
hasta el año 1740 en que se pusieron de acuerdo ios 
charrúas y minuanes de todo el país para talarlo. 
Difundieron el terror por todas partes y tanto alarma- 
ron, aun á las autoridades centrales, que el gobernador 
Andonaegüi puso en movimiento las fuerzas de las Misio- 
nes, de Sania Fe y de la IJanda Oriental y dispuso que 
con arreglo á un plan general, cargasen simultánea- 
mente á los salvajes. Éstos huyeron al sentir cerca al 
enemigo ; pero, perseguidos rápidamente, ñieron alcan- 
zados y deshechos, pues los vencedores pasaron á 
rU( liillo aiui á los muchachos, como si así creyeran 
concluir para siempre con tan feroces enemigos. 

Todavía obligaron los minuanes y charrúas al gober- 
nador Víana, en 1751, á enviar tropas contra ellos. 
Sorprendidos, fueron vencidos en una acción y diezma- 
dos en otra, no porípie los vencedores desplegaran exce- 
sivo ri^or, sino porque no fué posible rendirlos mientras 
tuvieron vida ó estuvieron sanos. Estas tribus no que* 
daron exterminadas, pero sí muy reducidas y recelosas. 
Desde entonces no motivaron alarmas generales, con- 
íimiaron su retirada hacia el Norte, y no invadieron 
sino para empresas aisladas de pillaje. 



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266 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



CVnL — aaem«ott taiMM y eoKtniteidtotas. Artlfas* 

Scgfm > :ise ha dicho (artículo XCIX), liabía en hi 
Banda Oriental, aparte de los indios salvajes» numerosos 
campesinos que se entretenían liabitualmente en incen- 
diar y asesinar, ñiera por el interés de la rapiña, por 
venganza ó por el placer de hacer mal. 

Otros muchos, habitantes de los dominios españoles 
y portugueses, se ocupaban principahnente en exportar 
al Brasil grandes cantidades de ganado y de cueros, sin 
pagar los derechos que debían al Fisco, razón por la 
cual se Ies llamaba cotUrabandisUis. Pero, si bien se 
distinguían de aquellos candoleros en que tenían el ofi- 
cio de comerciar y contra b índear por cuenta propia, no 
eran, por sus modos de proceder, mucho menos baadli- 
dos que los otros. Robaban cuanto podían los artículos 
que habían de exportar; otras veces los compraban á 
vil precio, hajo la presión del temor que inspiraban ; á 
menudo se negaban á pagar lo mismo que habían con- 
venido, y veces hubo en que asesinaron á los vendedo- 
res por robarles el precio que llevaban. 

Los contrabandistas no go/aban de más fama por sus 
delitos, que causaban admii'ación por la audacia de sus 
empresas. Las autoridades españolas ponírui todos los 
medios imaginabies por combatirlos, pero sin éxito« 
Nadie conocía como aquellos los caminos del desierto, 
ni los vados de ríos y arroyos, ni los bosques, ni las 
escarpadas sierras. Á pesar de marchar con pesadas 
cargas ó crecidos rebaños, burlaban con frecuencia la 
persecución de guardas y milicias ; y, cuando no conse- 
guían frustrarla, se apercibían j)ara resistir, y aun para 
at^icar, libraban sangrientas batallas y pocas veces 
daban motivo á sus perseguidores para jactarse de haber 
hecho un escarmiento. Ya sabían los contrabandistas 



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DB LA REPÚBLICA ORIENTAL BEL URUGUAY 267 



que, si oran tomados con vida, pagaban con ella sus 
maldaJes. Esta segundad aumentaba su coraje y su 
tenacidad en la pelea, así como la crueldad con que 
Cjjecutaban sos represalias. ¡ Ay del enemigo que cayera 
en su poder ! 

Larga experiencia convenció al jjfobierno de que el 
contrabando y el vandalaje serían Interminables mien- 
tras no se recurriera á una medida extraordinaria. Esta 
medida consistió en atraerse á uno de los más afama- 
dos contrabandistas para confiarle la persecución de 
sus propios colegas y de los demfís malhechores. I.a 
elección recayó en José Gervasit) Anií^as, de quien so 
reterían episodios que lo caracterizaban como ser excep* 
cional. 

Artigas había nacido en Montevideo, el año 1758. 

Fueron sus padres don Martín José, hijo de don Juan 
Antonio, uno de los primeros pobladores de la ciudad 
nombrada, y doña Francisca Alzaybar. Don Martín José 
Artigas tenía buena posición social y era dueño de bie- 
nes urbanos y de valiosa estancia situada en la juris* 
dicción de Maldonado. Cuando su hijo llegó á la edad 
convcnieíite, lo envió á la escuela» y aquí le ensoñaron 
lo que entonces se enseñaba : la doctrina cristiana, la 
lectura y la escritura, en cuyas materias le comunica- 
ron medianos conocimientos. José Gervasio reveló desde 
pequeño carácter tan enérgico, tenaz, 6 irreductible á 
las reglas de la sociabilidad, que el padre decidió 
sacarlo de la ciudad y llevarlo A sn estancia, juzgando, 
sin duda, que el campo sería medio más adecuado que 
la ciudad para sus inclinaciones. 

Allá, entre gauchos bárbaros ó semisalvajes, el 
muchacho Artigas dominó el caballo, satisfizo con él 
sus naturales disposiciones de movimiento y de activi- 
dad, y se hizo más independiente y más insubordinado. 
La estancia no podía tenerlo muy 8i\jeto, porque las 



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268 ÜUÜWUEJO HISTÓRICO 

escasas ocupaciones de esta clase de establecimiento, 

como se sabe, consistían en nndar á caballo v eii viiq-ar. 
Pero, aun así, no podía el suportar la i)Osici()n subordi- 
nada que naturalmente había de tener : érale necesario 
no obedecer á nadie, dar rienda suelta á sus inclinacio* 
nes y m'andar en vez de ser mandado. 

Desertó, pues, de la estancia, se emancijx) de la 
familia y se dió á tratar cou salvajes y contrabandistas 
en cueros y ganados, cuyas relaciones cultivó en largo 
tiempo. La experiencia ha enseñado cuán fácilmente 
las personas cambian de modales, de lenguaje, de cos- 
tumbres, de sentimientos y de ideas, cuando de uii 
medio social pasan á otro distinto y permanecen en él, 
así como demuestra que este cambio se veriñca tanto 
más fácil y completamente, cuanto más ióvenes son 
las personas y cuanto más añnidades hay entre sus 
tendencias eongénitas y las costumfires del nuevo cen- 
tro humano. Fácil es, por tanto, imagiuai-se cómo inliui- 
ría la vida de la inculta estancia en las ideas, senti* 
mientes y hábitos del muchacho Artigas, y cuanto más 
barbarizadora sería con el trato de los salvajes y con los 
eoiiu ih iiidistas. Si su natural hubiese sido morige- 
rado, habríase pervertido for/.osamente por la inevi 
table imitación de las costumbres depravadas que 
imperaban entre los campesinos de aquella clase; 
indisciplinado, voluntarioso y violento como era, más 
considerables tenían qiui ser los efectos del contagio. 
Es así que, desarrollándose día á día su aíición á la 
licencia y á las aventuras, y su aversión á las leyes y 
reglas que moderan la vida de las poblaciones cultas, 
llegó tiempo en que ni el comercio con los bárbaros 
satisfizo las exigencias de su modo de ser, por lo que se 
decidió á ser contrabandista. 

Capitaneó al principio una pequeña banda. Concuer- 
dan los testimonios de la época en que no tardó en 



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DE LA HEPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 269 

atraerse la atención de los otros contrabandistas por el 

atrevimiento de sus empresas, por los medios que solía 
poner en juego y \)ov ia inteligencia, el valor y la cons- 
tante energía con que solía llevarlas á cabo, eludiendo 
^ unas veces, y venciendo otras temibles persecuciones. 
Los contrabandistas m€|jor templados prefirieron luego 
obrar bajo sus órdenes, de modo que llegó á aumen- 
tarse en número hasta 200, quienes ejercieron su oficia 
bárbaramente en gi^an extensión despoblada del país, 
sobre todo al Norte del río Negro, y en las comarcas 
occidentales del Río grande. 

Los hechos hicieron notar asimismo á las autorida- 
des que en la mucheduial)re que perseguían a muerte 
había tomado plaza una personaUdad que se excedía de 
lo común, y sonó el nombre de Artigas en todas partes 
Tenía él en alarma constante á los estancieros situados 
en la zona de sus excursiones; se le sentía hoy aquí, 
mañana allá; pero nadie le daba caza, por que nadie 
conocía como ól los accidentes del terreno, ni sabía uti- 
lizarlos como él los utilizaba, ni disponía de caballos 
más veloces y resistentes, ni de » muchachos^» más dis- 
puestos á afrontar cualquier peligix). Si alguna vez lo 
avistaban las milicias é iban en su seguimiento scí^niros 
de alcanzarlo porque le conocían fatigada la caballería, 
la banda capitaneada por Artigas mataba una parte de 
las bestias, se parapetaba tras de ellas, hacía nutrido 
fi^ego sobre el enemigo, lo diezmaba y lo obligaba á 
retirarse. Si las fUerzas eran numerosas. Artigas convo- 
caba otras partidas, dándoles instrucciones diri^^ndas á 
combinar su acción contra el enemií^ro, y ocurría ;í 
menudo que éste saliera disperso ó malparado. Tales 
contrastes, repetidos, acabaron por intimidar á los des- 
tacamentos policiales y á las milicias, los cuales esqui- 
vaban por último el encuentro con el famoso contra- 
bandista. 



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270 BOSQUEJO HISTÓRICO * 

Este es el personaje que el Gobierno se propuso 
emplear para combatir, no sólo el contrabando, sino 

también el robo y el asesinato que á los contrabandis- 
tas les servían írecuentemenie du aiedio. Pasando por 
encima de las leyes que castigaban severisimamente ^ 
estos delitos, las autoridades le ofrecieron él perdón y 
un señalado puesto en el ejército, en cambio de que 
persiguiera y ahuyeni u t á los malliechores de la cam- 
paña. Artigas, halagado i)or la propuesta, la aceptó: á 
condición, empero, (condición muy propia de su carác- 
ter) de que se le permitiera obrar como él juzgara más 
conveniente, sin que su libertad fuese trabada por 
nadie, ni por nada. La edad de Artigas andaba enton- 
ces por los 44 años; por manera (lue este hombre sin- 
gular se disponía á servir á su manera la causa de la 
civilización, cuando bacía más de un cuarto de siglo que, ' 
lejos de centros de población, mezclado con gentes de 
la peor clase, y llevando vi-hi -ompletamente nómada, 
sostenía guerra implacable contra ella. 

Artigas no ümtró las esperanzas á que debió su 
nueva posición. Se valió de las cualidades que le habían ^ 
dado sombría reputación de contrabandista para perse- 
guir á muerte á los que habían sido sus colegas y cama- 
radas. No les permitió momento de reposo; y, como 
conociera sus recursos, no le fué difícil vencerlos y 
apresarlos á menudo. Suprimió toda formalidad judi- 
cial : bastóle el conocimiento que tenía de los individuos t 
ú ([uienes ¡perseguía, i^ara ordenar la muerto de los que 
creía malos ó peligrosos. Sus órdenes se cumpiian inme- 
diatamente de aprehendido el reo, sin darle más espera 
que la necesaria para orar el credo cimarrén (1), Se 
empleaban generalmente formas crueles de dar la muer- 
te ; pero la más usada era la de enchipar; es decir que 

(1) Credo nal recordado. 



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D£ LA REPÚBLICA ORIENTAL D£L URUGUAY 271 

se envolvía al culpable en un cuero fresco, dejando 
fuera la cabeza; se cosía este cuero de modo que el 
cuerpo quedase oprimido dentro de él; se dcyaba al 
^ enchipoílo expuesto á los ardores del Sol; y como el 
cuero se contraía á medida que se secaba, el paciente 
fallecía después de sufrir dolores indecibles. 

Por tales medios consiguió Artigas sembrar el espanto 
entre los bandidos y ahuyentarlos, á la vez que tranqui- 
lizar á los pueblos campesinos, y modificar las impre* 
sienes que su nombre había causado antes de ponerse 
al servicio del gobierno. Arti^ras seguía siendo para 
lodos el liombrc terrible; pero, habiendo su acción 
cambiado de objeto, el habitante de las estancias vió 
en él, no ya al enemigo sistemático de los pasados tiem- 
pos, sino al protector de su vida y de su propiedad, 
cuyo carácter duro, indisciplinado é iracundo hal)ía que 
temer todavía, porque era un funcionario independiente 
é irresponsable de que por necesidad se valia la civili- 
zación. 

CIX. — Indlscij^iiia en las aatoridadoi de Monteridet. 

Según se ha visto en la Jniroducdón de esta obra, 
los españoles demostraron en el Paraguay una tenden- 
cia constante, muy pronunciada, á obrar con indepen- 
dencia individual, á la vez que á hacer prevalecer la 
opinión ó el deseo de cada persona respecto de las 
otras. Todos entendían que su dictamen debería seguirse 
y nadie quería seguir el de otro. Apenas había quien no 
reclamase para sí la mayor suma de libertad, al mismo 
tiempo que quisier;i imponer su voluntad á todos. Y, 
como es imposible que las dos tendencias se reaücen á 
la yez,''el resultado inevitable fué una serie de luchas y 
la prepotencia del más flierte. 

E¿yO mismo sucedió en Montevideo desde que se cons- 



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272 BOSQUEJO HISTÓRICO 

tituyó el cabildo. Cada capitular» persuadido de que su 
modo de sentir era el mejor, resistía al modo de pensar 

de sus cole-í^as ; no concebía ning-uno que pudiera estar 
equivocado, ni que en las asambleas, sean pequeñas ó 
numerosas, no hay otro modo de deliberar razonable- 
mente que acatando los menos la opinión de los más, 
para que ésta sea la que se cumpla mientras la mayoría 
no piense de distinta manera. De ahí resultó que las 
discusiones íUeseu ai)asionadas, que se manifestasen 
rÍYalidades, que la intriga ocupase el lugar de la razón, 
y que los capitulares, enemistados entre sf, se persi- 
guieran recíprocamente y se pelearan hasta en plena 
calle. Se comprende cuán despresligiad<i debería estar 
esta corporación eu concepto del pueblo. Á lo cual debe 
{Agregarse que el pueblo mismo vivía intranquilo, pues 
como unos grupos tomaban partido por unos capitula- 
t*es y otros por sus enemigos, formábanse bandos opues* 
IOS y apasionados. 

No menos influían los desórdenes del cabildo en sus 
relaciones con la clase militar. £s congénita en los 
hombres la disposición á abusar de la fuerza. Los mili- 
tares, que á la condición de hombres agregan el hábito 
<lc resolver por la íUcrza las cuestiones en que intervie- 
nen, se sienieii más impulsados que ninguna otra clase 
á usar de la fuerza para predominar. Si el cabildo se 
hubiese acreditado por su buen sentido y por su disci- 
plina, hubiera inspirado respeto, ya que no temor, á 
las auioiidades militares ; poro, desconcepiuadu como 
estaba, no sólo carecía de respetabilidad, sino que en 
ocasiones pi*ovocó con sus imprudencias los desmanes 
de comandantes y gobernadores de la plaza. Así se 
explica que Salcedo, gobernador del Río de la Plata, 
hubiese dispuesto que no se reuniera el cabildo en lo 
futuro sin permiso previamente obtenido del comandante 
de Montevideo (1740), y que éste se creyese autorizado 



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DB LA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 273 

para ordenar las sesiones capitulares ; para intimar al 
cabildo que se reuniera, no en la sala capitular, como 
mandaban las leyes, sino en el domicilio del coman- 
dante; y para qne se arrogara la atribución de ordenar 

al cabildo que tomara las medidas económicas que a' él 
• le parecían convenieiiies. El cabildo resistió cuanu) 
pado á estos abusos, y á veces con éxito ; pero otras 
veces el invocar sus facultades privativas le costó pena 
de cárcel. 

Estos escándalos entre cabildos y coman(l;nites se 
lücieroü más difíciles desde que el gobernador de Bue- 
nos Aires deünió las atribuciones respectivas de aque- 
llas autoridades (1744) ; pero, asi que la comandancia 
ñié sostitnida por la gobernación, continuaron con los 
gubernadorcs las desinteligencias v ios abusos do poder. 
El segundo de ellos quiso imponer al cabildo sus suce- 
sores (1771), y porque no le obedeció lo redujo á prisión. 
El cabildo, á su vez reeiigió dos de sus individuos ilegal- 
mente. El gobernador de Buenos Aires oyó las quejas, 
destituyó al de Montevideo y liesaprobó la conducta del 
cabildo. Esta sanción severa escarmentó á los goberna- 
dores Altaros de Montevideo. Con todo, catorce años 
después uno de ellos quiso anular la elección de capitu- 
lares ; pero no realizó su intento, porque el virrey de 
Buenos Aires lo desaprobó. 

SECCIÓN II 

Las invasiones inglesas 

ex. — CiMperaeióu de lu Banda Oriental en la 
recoQ4¿uibta de Buenos Aires. 

Se ha visto que la primera invasión que trtyeron á 
mediados de 1806 las fuerzas inglesas al Río de la Plata 

se dirigió á liuenos .Aires; que esta ciudad íuo tomada 

18 



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274 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



traiiiiuii:! mente por haberla abandonado indefensa el 
virrey Sobremonte; que mientras Pueyrredón se dedicó 
á organizar las milicias de fuera de la ciudad con el fin 
de reconquistarla, pasó Liniers á solicitar con el mismo 
fin las tropas que aquí había, y que, conseguido ésto, 
se unieron las fuerzas de los dos jefes y retomaron la 
ciudad de Buenos Aires, venciendo giono¡>amente á los 
conquistadores (LXV), 

Conviene volver á hablar de la reconquista para dar 
idea más circunstanciada del modo como cooperó la 
ciutl i'l de Montevideo. La «gobernaba á la sazón el 
general don Pascual lluiz üuidobro. Así que supo este 
militar que Beresford se había apoderado de la capital 
del virreinato, tuvo la intención de recuperarla con las 
fuerzas que tenía bajo sus órdenes, las eii-^les en l uena 
parte habían venido de Buenos Aires cuando se temió 
que la expedición al Cabo de Buena Esperanza viniera 
antes á Montevideo. Comunicó su pensamiento al cabildo 
y obtuvo la más decidida adhesión de este cuerpo ; mas 
como no tardara en roncebir temores, bastantes funda- 
dos en verdad, de que los ingleses intentaran apode- 
rarse de la Banda Oriental, Ruiz Huidobro cambió de 
propósito y se decidió á permanece en Montevideo, 
preparado para defenderla. El cabildo disentía del 
gobernador. El 11 de Julio le instó por oficio que se 
resolviera á reconquistar la capital ; y como Ruiz Hui- 
dobro no se considerara facultado para obrar, mientras 
el virrey no se lo ordenara, el cabildo le replicó por 
oficio del IS de Julio declarando en nombre del Rey 
que modiantt) la ausencia del Virrey, estaba el Gol>er- 
nador de la plaza facultado para emprender por sí la 
reconquista de Buenos Aires. 

En este estado de ánimo sorprendió liniers á Ruiz 
Huidobro y al cabildo. Liniers no negó que er i fundado 
el temor de que los mgieses atacaran á Montevideo; 



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DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL ÜRÜGÜAT 275 

pero ot^etó ; que no podrían tomarla sino después de un 
«tío y por asalto; que, como no contalMui con tropas 
soficíentes, tendrían que esperar la Uegada de reflierzos 

procedentes de Buena Esperanza; que, como la espera 
y las operaciones requerían mucho tiempo, podían 
muy bien los españoles reconquistar á Buenos Aires 
antes que Hontevideo corriese ningtíii peligro ; y, final- 
mente, que no pedía más que tropas, en cualquier 
número, pues él en persona mandaría la expedición. El 
consejo de guerra ante el cual expuso Liniers estas 
razones cedió y acordó confiarle 600 hombres. Muchos 
del pueblo se unieron á esta fherza, los acaudalados 
contribuyeron con capitales, y Liniers emprendió la 
maicha por tierra hasta la (oh^ni i, en donde se le 
incorporaron lUU milicianos ; cruzó el río de la Plata, y 
^ desembarcó en las Conchas, al Norte de Buenos Aires, 
* el 4 de Agosto, con cerca de mil soldados. 

Inmediatamente se le incorporaron quinientos hom- 
bres que lo esperaban, al día siguiente más de otros 
tantos, luego muchos más, y todos marchamn sobre 
Buenos Aires, cuyo pueblo se había apercibido para 
cooperar con entusiasmo. Al llegar á los arrabales el 
€áército reconquistador constaba de más de 4000 hom- 
bres. Ya se couo< el resultado: el 12 de Agosto se 
rmdieron las tropas inglesas después de una brava 
defensa, con banderas, estandartes, 124 piezas de arti- 
llería y 1600 fhsiles. 

Las dos márgenes del Plata celebraron su victoria 
< Mil transportes de alegría. El cabildo de Montevideo se 
apresuró á enviar la noticia al Rey, y á solicitar la 
gracia á que la ciudad se había hecho acreedora por 
su participación en el brillante hecho de armas, con 
cuyo objeto comisionó al alcalde de 2* voto don Manuel 
Pérez Ralbas y al licenciado don Nicolás Herrera, 
dándoles para los gastos la cantidad de 2o mil pesos. A 



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276 BOSQUEJO HISTÓEIOO 

osa iK'tición com?spondió el Rey acordando á la ciudad 
ei titulo de muy fiel y reconquistadora. 

CXI. — iBiifléB 4é ki Mtmi k k MiMitl !«• liifleM 

El triunfo alcanzado respecto de las tropas de I^eres- 
ford nu impidió que la escuadra, mandada por j^ü Home 
Popham, ( onimu&ra sus operaciones en la margen 
iaqiiierda del PiatEt coatando con activarlas á la lle- 
gada de las tropas que debían venir de Buena Espe- 
ranza y de In^^hiterra. Bloqueó el puerto de Montevi- 
deo, y así que se le incorporaron cen a de l.^no hom- 
bres procedentes del ial»o, llevo un simulacro de ata- 
que sobre aquella ciudad é inmediatamente se dirigió 
hada el Este y tomó á viva fuerza, á fines de Octubre 
(1806), á MaMouado y la isla de Gorríti. 

Popham mantuvo estas posesiones á pesar de ser 
inquietadas por ^TUpus de milicianos que procuraban 
privar á los invasores de animales y de productos de 
labranza, y de una expedición de tropas regulares que 
filé vencida. 

Entretanto se habían puesto en camino ó se prepara- 
ban en Inglaterra tres expediciones que vinieron á 
reconstituir y á aumentai' el poder de la conquista : 
una de cerca de 4500 hombres de tropa y numeroaoB 
obreros, bajo las órdenes de sir Samuel Auchmuty, en 
escuadra que mandaba el almirante Stirling; otra casi 
igual bajo fl mando del general Crawfurd, acompañada 
por la división naval del almirante Murray, ((ue se 
había alistado para conquistar á Chile, pero que luego 
recibió orden de cooperar con Auchmuty ; y la tercera 
de 1600 soldados, c v > jefe era el teniente genera 
Joiiíí W'iiiielocke. Stirliní,'- debía sustituir á Popham eu 
el mando de toda la escuadra v Wliitelot!ke debía 
ponerse al frente de todo el ejército, desde que se 



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DE LA. REPÚBLICA ORIENTAL DEL CRUQUAT 277 

hnbiesen reunido en el lugar de su destino. Las tres 
expediciones salieron de Inglaterra sucesivamente. La 
de AuchmQty llegó al Plata en los primeros días de 
Enero de 1807; la de CrawAird y la de Whitelocke 

llegaron en los meses siguientes. 

Auchmuty tonió el mando en jefe en cuanto vino, y 
resolvió apoderarse de Montevideo ante todo. Desem- 
barcó las tropas en el Buceo, en número de 5700 com* 
batientes de infantería y artillería y marchó por el 
camino de la ciudad, mientras la escuadra tomaba 
posiciones para bombardearla plaza. 

CXn. — PMpantlTM de*][oateTÍdeo iNim la defeM 

Montevideo estaba defendida por sus murallas y bate- 
rías, por 200 cañones, por míís de 30Ü0 soldados de la 
guarnií'ion y por 40t)ú blandengues y milicianos que el 
virrey Sobremonte iiabía reunido en las cercanías, los 
más de los cuales había traído de la Banda Occidental 
cuando, rechazado por el pueblo de Buenos Aires, resol* 
vió pasar á la otra Banda para protcí^erla contra la 
segunda camii.iña que los ingleses preparaban. Las 
autoridades militares, el cabildo y el pueblo rivalizaron 
en celo por apercibirse á la defensa y acumular víveres 
y recursos de todas clases. Se trajeron á los depósitos 
cuantos frutos de origen animal y vegetal se encontra- 
ron ; se pidiei oM fuerzas .i las autoridades de Buenos 
Airt s, y se obtuvo de Córdoba un empréstito de 300 mil 
pesos. 

CXni- — Frímeros triunfos de Im ingleses 

Así que los ingleses lomaron ol camino de Montevi- 
deo, se dispuso Sobremonte á estorbai les el paso. Salió- 
les al camino, pero sólo consiguió perder hombres y un 



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278 



BOSQÜBJO HISTÓRICO 



4 



cañnn. Reforzado con VAOO infantes de la plaza, atacó 
de nuevo al enemigo (19 de £nero de 1807); mas tam- 
bién le filé adversa la fortuna : huyó hacia las Piedras 
8U nomerosa cabaDería, y la in&nterfa quedó en m 
mayor parte muerta ó prisionera, pues sólo volvieron á 
la ciudad oou hombres de ius üínu que hahiaii dalido. 

£8ta derrota no intimidó á los defeosoi^es de la iiid»> 
pendencia, á pesar de su gravedad suma, sino que 
exaltó su patriotismo y estimuló su valor, acaso más de 
lo que hubiera convenido, pues si hion muchos hombres 
de buen sentido opinaron que lo acertado sería esj>erar 
el ataque dei enemigo, la dase militar se resolvió á 
librar nueva acción fuera de murallas, llevando el 
mayor número posible de fuerzas, excitada por el albo- 
roto de una parte del pueblo. Kl mismo día 19 se pidió 
caballería á Sobremonte. Ea el silente formaron más 
de 5000 hombres de las tres armas y salieron al encuen* 
tro de la división inglesa. La batalla se trabó á la altura 
del Cristo. Los híspano-amerícanos fueron derrotados 
Lamiáén en esta ocasión. Huyó la caballería; dejaron 
en el campo un cañón y mil cadáveres y heridos; 
muchos se desbandaron y el resto volvió á la ciudad en 
desorden. 

Los vencedores se acercaron á las fortificaciones 

inm^ ili i lamente, levantaron baterías, y comenz irun el 
fuego de cañón por mar y tierra con el proposito de 
rendir la plaza ó de abrir brecha para tomarla por 
asalto. 

CXIV, — £xjpeilÍeioiies mnxiliares de Buenos Aires 

El contraste del 19 de Enero se supo en Buenos Aires 
el 21, y el del 20 el 23. Á la primera noticia se ordenó 
que se preparasen para marchar los restos veteranos y 

un tercio de paraguayos y luego se levantó bandera de 




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BE lA REPÚBUCA ORIENTAL DEL ÜRCQUAY 279 



enganche ofreciendo doble sueldo á los voluntarios j 
peosión vitalicia para la íamilia de ios que iaildcieran, 
y se envió á Montevideo el anuncio de que inmediata- 
mente marcharían 500 y tantos hombres, y en seguida 

los cuerpos que se formaran. 

La [jiioiera expedición, compuesm de los veteranos y 
paraguayos, salió de Buenos Aires el 25, cruzó el río, 
siguió su marcha por tierra, forzó el cerco enemigo y 
penetró en la plaza sitiada desobedeciendo la orden que 
recibiera de Sobreraonie para que fuese á su campa- 
menio de las Piedras. 

Los voluntarios acudieron en buen número y pronto, 
pero poniendo por condición que serian mandados por 
Uniers, no por Sobremonte, de cuya nulidad nada 
bueno pudian esperar. La primera expedición dió á 
conocer estos heciios eu Montevideo, v el Cabildo se 
apresuró á comunicar al Virrey la necesidad de que 
íbera Liniers el jefe de la defensa, y de que se le fiEbcili- 
tasen medios de transporte. Pero Sobremonte, lasti- 
mado en su amor propio por la preferencia, y en su 
auiuiidad por que Liniers asumía mando sin su per- 
miso, prohibió al comandante de la Colonia que auxi- 
liara á la segunda expedición mientras no recibiera 
orden suva. 

Liniers partió de Buenos Aires el 30 de Enero al 
freiiie <le ¿óou soldados. Al llegar á la Colonia se cncon- 
iró sin caballos, sin muías, sin carros y sin víveres, é 
imposibilitado para conseguirlos. El calor era sofocante. 
Lenta y muy penosa había de ser la marcha, á pie, 
hasta Montevideo; pero la esperanza de ile¿;ar á tiempo 
para evitar un nuevo desastre lo decidió á emprender 
esa marcha, costara lo que costase. • Partió, pues, la 
ootomna. 



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2S0 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



CXT« — OenpMiéft i» la BabiU OrieaUl por los layleMs 

Tal decisión ñié inútil, porque los ingleses no dieron 
tiempo para que la segunda expedición llegara. Sos 
baterías abrieron en la muralla una brecha practicáble, 

hacia el Sud, para el 2 de Febrero. Sus iro[).»s dieron 
el asalto en la iiiaíirii¿,''ada del día :5, aprovechando la 
obscuridad de la noche; la lucha fué encarnizada ; j>ero 
al aclarar el siguiente día se habían apoderado de la 
ciudad y de todas las fortíñcaciones, excepto el parque 
de a i t i Hería y la ciudadela, que no tardaron en ren- 
dirse. De los valientes defensores de la plaza murieron 
más de 800; como 2000 cayeron prisioneros, y pasaron 
de 1000 los que huyeron atravesando la bahía. 

Auchmuty dictó medidas severas, reclamadas por el 
estado de las cosas, para asegurar su triunfo ; pero 
repniiiiií severament»^ los menores excesos de sus sol- 
dados; mand(') una fuerza para que protegiera al 
Cabildo ; dispuso que éste se encargara de la policía de 
la ciudad ; hixo respetar á todos los que tenían á su 
cargo alí^una fünción judicial ó municipal ; prohibió á 
sus marinos y tropas terrestres el andar por las calles, 
niuesua delicada del respeto que le inspirábanlos senti- 
mientos del valiente pueblo vencido, é hizo cuanto pudo 
porque el vecindario no tuviera razón de qu^ja. Pasados 
los primeros momentos nombró comandante de la plasa 
á Gore Browne ; public(S proclamas ase^rurando que res- 
petaría la relisfión y sus ministros, así eomo las propie- 
dades, particulares ó comunes ; puso en libertad á ios 
prisioneros que eran casados y á los que ejercían el 
comercio ó tenían su domicilio en la ciudad ; dió al 
comercio de importación fi'anquicias que hasta entonces 
habían sido desconocidas, que permitieron introducir 
inmediatamente gran número de artículos ingleses de 



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DB LA REPÚBLICA ORIBNTAL DEL URUGUAY 281 

USO couiún, (l.írnlo vida á un comercio activo que resta- 
bleció proiiio el ánimo de la población; y fundó un 
periódico, redactado en inglés y en castellano, el pri- 
mero que haya aparecido en esta ciudad, bcgo el título 
de « La Estrella del Sud cuyo objeto principal íüé el 
de propag-ar en el pueblo ideas y sentimientos liberales 
como mofiiü de hacer sini[»áuca la dominación inglesa. 

Ordenados ios negocios de la ciudad, continuó Auch-* 
moty ejecutando su plan de. conquista. Gomo se le 
hubiesen presentado Beresford y Pack, fletados de la 
prisión en que los habían tenido las autoridades de 
Buenos Aires (losde la reconquista, fné destinado el 
primero para apoderarse con 2000 hombres de las Pie- 
dras, Canelones y demás pueblos inmediatos, y ordenó 
al segundo que con otras fuerzas tomara á San José y 
la Coloniadel Sacramento, cuyas operaciones se llevaron 
á efecto, no ol)stante la hostilidad de algnnas caballe- 
rías milicianas, pues Liniers había regresado á Buenos 
Aires, al saber la caída de Montevideo, previendo que 
pronto sería atacada aquella ciudad y que allí haría 
ñdta la tropa que le seguía. 

CXVI. — JBeeoniiiibta de U Banda OrieaUL 

Los habitantes de Maldonado y Montevideo intenta- 
ron recuperar estas ciudades por medio de una conspi- 
ración que flié descubierta antes de estallar. Algunos 

de sus autores fueron condenados á sufrir la pena de 
muerte; mas Auciiüuity les hizo <:,nacia de la vida 
cuando ya estaban en el lugai^ de la ejecución. 

Á su vez se propuso Liniers desalojar á Pack de la 
Colonia, y encomendó esta operación al coronel don 
Francisco Javier Elío, hombre petulante y atronado 
que recientemente había venido de Eí>{»aíia. Lo nombró 
comandante general de la campaña uruguaya y le con- 



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282 BU6aU£J0 HLblOHlOO 

fió el mando de 1500 soldados. EUo prometió de pala- 
tea y por escrito que haría cosas extraordinarias ; pero 

fué rechazado en el ataque que llevó al Saci.iuiento, y 
sorprendido y compietamenie deslieciio cuando se pre- 
paraba á atacar por segunda vez con mayor número de 
ftierzas (Mayo de 1807). 

Entretanto habían Uegrado las divisiones de Crawford 
V (le \VhiteIocke, v éste habitt asuiüulo ei mando en 
jefe de ludo el ejercito infries, couio Murra\' el de toda 
la escuadra. £1 teniente general organizó todas las 
flierzas para lanzarlas sobre Buenos Aires y emprendió 
la campaña. Se sabe ya que ílié vencido al atacar la 
capital del virreinato y oblii^'^adu á abandonar todas las 
posesiones del Río de la Pinta U^XV). Así aso^niró Bue- 
nos Aires su independencia de los ingleses y reconquista 
la Banda Oriental. 

SECCIÓN III 

Revoluctunarios y reaccionarios 

CXYÍI. — OJerita entre XeateiMee j BiewM Airee. 

Desde hacía al¿jiin liempo »'X istia cierta animosidad 
sorda entre Montevideo y Buenos Aires. Nadie not6 
cuando tuvo principio, ni es £icU señalar las causas. 
Nació y se desenvolvió insensiblemente, sin que hubiese 
ocurrido nada que la justificara. Pero, si se buscan los 
hechos ñ las ( ircuiistancias que hayan concurrido á 
determinar el malestar, acaso se encuentren entre 
ellos : el carácter dado á la emulación ; las contrarie- 
dades de este sentimiento, causadas por la desigual 
posición que ambas ciudades ocupaban en el organismo 
administrativo, en el comercio y en el movimiento 



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BE LA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 283 

intelectual, y el espíritu descoDlentadizo é indisdpy- 
nado que distinguía á ios españoles y á sos descendien- 
tes americanos. 

La reconquista de Buenos Aires fué ocasión para que 
talos pasiones se manifestaran públicamente y para que 
se acentuaran más. Apenas llegó la noticia del liecho á 
Montevideo cuando se reunió el cabildo y resolvió 
envii^ al Rey una diputación costosa para hacerle 
saber que esta ciudad era la que había recuperado la 
capital del virreinato, y para í>olicitar las mercedes (¡ue 
por tan sefiaiado servicio merecía. Los bonaerenses 
vieron en este acto una jactancia iqjustifícable y pro- 
curaron desautorizarla alegando que, si Montevideo 
concurrió, fué principalmente con las tropas que poco 
antes había mandado Buenos Aires para aumentar 
sus defensas; que ese concurso no fué espontáneo y sí 
solicitado y arrancado por Liniers ; que todas las tro- 
pas procedentes de la Banda Oriental no alcanzaron á 
sumar la cuarta parte del ejército que atacó á los 
ingleses en Buenos Aires ; que tanto como la acción de 
este ejército influyó en la victoria la actitud del pueblo, 
cuyos ancianos, mujeres y niños habían peleado en las 
calles ó desde los balcones con toda clase de armas, 
con piedras y con líquidos hirvientes, motivos por los 
cuales, si era cierto que a Montevideo corres|)()ii(]ía 
una parte del irinnfo, no lo era menos que otra parte, 
la mayor parte, correspondía á Buenos Aires. 

Cuando- sobrevinieron los ataques de 1807 á Monte- 
video y á Buenos Aires, se disputó mucbo también 
acerca de si [)odía compararse la rendición de la pri- 
mera con el triunfo alcanzado por la segunda sobre el 
poderoso ^érciio de Whitelocke, y no fué poca la 
fiierza que hicieron los de la capital arguyendo que el 
apoyo prestado por Montevideo en 1806 había sido 
retribuido con creces en 1807, puesto que Buenos 



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284 BOS<3UBJ0 HiSTÓRiCO 

Aires sola había salvado su independencia y rescatado 

toda la Hauda Oriental, que ya había sido dominada 
por las fuerzas de Inglaterra. 

Las pasiones se enardecieron, sin que bastara para 
contenerlas la considmMsión de qae todos eran xnieia- 
bros de una misma colectividad ; de que nadie hacía 
^acia acudiendo á combatir al enemigo común, porque 
al concurrir con el vecino atendía tanto á su propia 
deftosa como á la defensa del otro ; y que para partíci*- 
par de ia gloría de 1800 no era necesario atribuirse á 
sí pn^pio más eficacia que la real, ni negar á los coope- 
radones la justa proporcií^n con que obraron. Este 
estado de los ánimos fue truto de una rivalidad de mal 
género, en la cual no había nobleza, ni justicia. 

Otros hechos vinieron pronto á alentar la inquina. 
Habiendo desalojado los ingleses la plaza de Montevideo 
en ios pnuieros días de Septiembre (i8uT), la Audiencia 
y Liniers« que desempeñaban el mando político y mili* 
tar del Río de la Plata (LXVI), nombraron á Elío para 
que ejerciera Interinamente esas ñincíones en Montevi* 
deo. El ( ibildo le dió posesión el 14 de Septiembre; 
l»ero no sm sentirse lastimado en su derecho, porque 
pensaba que, mientras faltara un gobernador nombrado 
por el Rey, correspondía al Alcalde de 1^ voto el ejer« 
ciclo de las (Unciones políticas, cuya opinión manifestó 
reservándose el derecho de reclanKir. En otras circuns- 
tancias se habría debatido tranquilamente este punto; 
pero en aquellos momentos fué como combustible arro- 
jado á la hoguera. Españoles y crioUos no reconocieron 
en el hecho otra cosa que el propósito de vejar, y su 
exaltación aumentó. Efecto de ella ñió que el cabildo 
encomendara al síndico procurador una información 
destinada á acreditar que la reconquista de Buenos 
Aires ñié « obra de Montevideo y no de la capital, 
» como lo vociferaban sus habitantes y* y que algunos 



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DE LA REPÚBLICA OEIENTAL DEL URUGUAY 235 

meses más tarde decretara, para perpetuar la memoria 

de ese servicio y en acción de gracias ai Omnipotente, 
que todos los años, el 12 de Agosto, se celebrase una 
misa solemne con Te Deimi. 

£Uo vmo de Buenos Aires mal impresionado por la 
preponderancia que los americanos tomaban respecto 
de los españoles, y particularmente prevenido contra 
Liniers, porque á no ser espafiul atribuía que se incli 
nara en favor de los americanos más que en ei de éstos. 
Por otra parte, ambicioso, petulante y poco reflexivo, 
en ves de dedicarse á sosegar los ánimos, procuró disi- 
par las resistencias motivadas por el origen de su auto- 
ridad plegandose, con la exageración y el aturdimiento 
propios de su carácter, al partido de Montevideo eu las 
rencillas con Buenos Aires, pero dirigiendo sus tiros, 
no contra todo el pueblo bonaerense, sino contra Liniers 
y los americanos á quienes ésto accidentalmente acau* 
diliaba, sin darse cuenta del sentido en que los sucesos 
empezaban á desenvolverse. 

Se verá sin demora basta donde se llegó por este 
camino de resentimientos de un pueblo y de ambiciones 
de un atolondrado. 

CXmi.'— FtmiiUMiMileBto de MonteTldM wntn LiBim. 

Juta fvbenMftlni 

Se sabe ya cómo Goyeneche fomentó las disposicio- 
nes de Ello y de Alzaga contra Liniers y los americanos 
de Buenos Aires, ^ y como vino Alzaga desde Buenos 

Aires á luiiuir en el ánimo de Elio para que se pronun- 
ciara conti'a la autoridad del virrey y promoviese la 
creación de MUdijunéa de gobierno^ sem^ante á las que 
se habían constituido en España, para suplir al Rey 
mientras estuviese retenido en Francia (LXVII). Estas 
insiigacioncs encontraron preparado el terreno ; y tanto, 



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286 BOSQUEJO HISTÓRICO 

que ya el cabildo había consaltado al gobernador « si 
se esperaría orden del virrey » para proclamar á Fer- 
nando VIL cuvo advenimiento al trono aca])aba de 
saberse (T de Agosto de 1808) ; y, como obtuviese con- 
testación negativa, acordó al día ^guíente que se jurase 
al nuevo rey el día en que se cumpliera el primer año 
de la reconquista de Buenos Aires, cuya resolución se 
cumplió con la mayor solemnidad imaginable. 

Se presentó la ocasión de realizar el plan acordado 
con Alzaga, cuando Elío y el cabildo recibieron la pro- 
clama que dió Liniers después de sus conferencias con 
Sassenay (LXVII). Contestando el primero la circular 
con que vino aquel documento, manifestó al virrey que 
su persona le era sospechosa, que no pensaba como él, 
y que estaba dispuesto « á hacer la guerra á todo indi- 
viduo^ á toda provincia, y aun á la misma España, » 
si no combatiese al inicuo monstruo y* que había 
usurpado la soberanía de Fernando Yll. El cabildo se 
pronunció en sentido análogo contra Liniers y el pueblo 
se adhirió francamente á esa actitud. 

£1 virrey contestó la provocación suspendiendo en sus 
funciones á Elío y nombrando para reemplazarle» inte- 
rinamente al capitán de fragata Juan Ángel Michclona. 
Presentóse éste, sin que le acompañara fuerza ninguna, 
á tomar posesión del gobierno ; pero £lío se lo negó 
hasta que se resolviera en cabildo abierto lo que más 
conviniese. El cabildo se reunió inmediatamente; se 
dió cuenia en su seno de la susuLución de Elío por 
Michelena, y se acordó convocar á los principales hom- 
Ims de la ciudad para celebrar cabildo abierto el mismo 
día (20 de Septiembre). Abierta la sesión, discutióse el 
punto con gran calor y se resolvió : que se obedeciese 
j)ero no se cumpliese la orden dei virrey; que se recu- 
rriese ante la real audiencia de Buenos Aires, y aüa 
ante la Junta suprema de Sevilla, si necesario ftaera. 



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DE lA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUOUAY 287 

hasta conseguir (¿ue la susponsi»')!! de Elío fuese revo- 
cada; que mientras ese recurso no se resolviera conti- 
nuase el actual gobernador en su puesto,. y que se pro- 
cediera á nombrar una junta gubernativa que represen- 
tara en Montevideo á la suprema de Sevilla. En el 
mismo acto se eligieron los vocales de la junta, se 
acordó que la presidiera el gobernador, y se la declaró 
instalada. 

Michelena, perseguido Axríosamente por el populacho, 

huyó á Buenos Aires. El cabildo se dirigió poco daspués 
al de la capital expresándole que Montevideo había 
jurado morir por Fernando VII y lo cumpliría, y perse- 
guiría á cualquiera que así no pensase ; que Uniers 
babía dado pruebas de su afición al pérfído extemüna- 
dor de la real estirpe española ; y que ya no tendría á 
qui» !: Volverlos ojos, si el cabildo de Buenos Aires la 
abandonase, si no se empeñara porque cesaran « ios 
primeros fervores de la plebe i (5 de Octubre). Mas, 
como el cabildo de Buenos Aires, aunque animado por 
ideas y sentimientos ÍLruales á los (jue dominaban en 
Montevideo, y teniendo en su seno i>ersonas influyentes 
que preparaban una conspiración contra Liniers, no 
podía precipitar su acción, el de Montevideo confió á 
don Raimundo Guerra la comisión de presentarse ante 
la Suprema junta de Sevilla y de solicitar que por medio 
de una real orden ratificase la institución de la junta 
gubernativa y aprobase lo obrado contra Liniers, pro- 
hibiendo á éste ante todo que inquietase á diclia junta, 
á Elío ó al cabildo mientras la suprema autoridad de 
España no decidiese en la i)etición que por intermedio 
del señor Guerra se lo hacía. En las int ruco iones que 
éste recibió se le ordenaba que hiciera valer la circuna- 
tancia de que Liniers había adoptado « como sistema 
constante el proteger á la ínfima plebe, ^ rodeándose de 
las peleonas más despreciables, como - Peña, hombre 



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I 



288 BoSgiEJO HISTÓRICO ^ 

truhán, vil jr díscolo » á quien había tomado para [ ^ 
secretario ^26 de Octubre). * 

A lüS poros diaíi de íhisiradu la cons])iración espa- 
ñola de Buenos Aires, encabezada por el cabiidu de i 
eeta ciudad y auxiliada por las fuerzas europeas de la 
plaza (LXVU)t recibieron las autoridades de Montevideo 
una circular por la cual se les comunicaba la instalación 
de la Suprc//ia junta general de L'spaña c Indias y se or- 
denaba que se la recoauciora < 1 J de Enero de 1809). El 
gobemad(M: y el cabildo acordaron inmediatamente que ^ 
se procediera á prestar el solemne juramento de estilo, v 
y así se biso. ! 

Á los quince días llegaron don Baltasar Hidalgo de ' 
( iNueros, íjue venía a sustituir á Liniers en el puesto ile 
virrey y capitán general, y don Vicente l<íieto que venia 
á reemplazar á Eiío en el de gobernador d^Montevideo. ^ 
Y el 3 de Julio hizo conocer éste último al cabildo la 
real orden por la cual la Suprema junta general de 
Eí^paña e Indias ordenaba que se disolviese la Junta 
gul)ernativa creada el 20 de Septiembre* Todas las 
autoridades de Montevideo reconocieron los dos altos ^ 
ftincionaríos que quedan nombrados, EUo quedó sepa* 
rado del ^biemo, la Junta gubernativa se disolvió y 
se reaiaulaiun las bueiias reiacioues de Montevideo con 
el virrey de Buenos Aires , desde que Liniers cesó de serlo. 

Los hechos expuestos y los documentos extractados 
demuestran con toda claridad que la actitud asumida | 
por el pueblo y por las autoridades de Montevideo desde | 
el 20 de Septiembre de 1808, y por lo mismo la Junta [ 
gubernativa, no tuvieron ¡tor <*ausa otro móvil que el 
de combatir á Liniers como medio de vencer la prepon- 
derancia que habían tomado en Buenos Aires los ame- J 
ricanos respecto de los naturales y el sentimiento de 
ciiianci pación que einpezal»a ;i germinar en la cai)ital 
del virreinato; cuya conducta y junta gubernativa cesa- 



< 



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DB hk REPÚBUGA ORIENTáL DBL URCGÜAT 289 



ron en el mismo momento en que Liniers fue sustituido 
por Hidalgo de Cisneros, de quien ae esperaba que haría 
prevalecer la inflaenda espafiola. 

Demuestran también aquellos hechos y documentos 
que tanto el pueblo como el cabildo y el goberna»Ior de 
Montevideo no hicieron la menor distinción enire depen- 
der del monarca y depender de España, pues que Jurar 
ron y se sometieron á Femando VII cuando Carlos IV 
abdicó en su favor la corona, y luego juraron y se 
sometieron iírualnit'nte á la Junta suprema de Sevilla, 
cuyo nombramiento y autoridad no procedían del rey 
cautivo y si del pueblo español, con exclusión completa 
del pueblo americano. Reconocieron, pues, que la 
Banda Oncuial era dependencia de Espauc*, y por con- 
secuencia de su rey, á pesar de que hasta entonces el 
rey, España y los americanos habían estado de acuerdo 
en que América y España eran dos dominios del rey, 
no América de España, ni España de América 

(LXViíIj. 

Habiéndose dado al gobernador Nieto otro destino, 

vinieron despachos de la Suprema junta por los cuales 
se nombraba á Elío gobernador interino de la plaza de 
Montevideo é inspector y segado comandante de todas 
las tropas de Buenos Aires, en cuyo carácter se le reco- 
noció desde lue^ en aquella ciudad (12 de Julio de 
1809). Pero, no satisfechas la población y las autorida- 
des de Montevideo de la marcha que seguían en Bue- 
nos Aires los sucesos políticos, pues era visible que los 
criollos no se sometían á los españoles y se temía que 
un día ú otro procedieran respecto del virrey Hidalgo 
como hai>!an procedido respecto de Sobremonte, discu- 
rrieron acerca del medio de que se habían de v aler para 




V 



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290 



BUSQUJBJO HISTÓKICO 



que la revolución prevista de Buenos Aires no se exten* 
diera á la Banda Oriental. 

Este interés conservador Ue la dominación espaüuia, 
y probablemente también la ambición de Elío, sugirie- 
ron el pensamiento de solicitar de la Junta suprema que 
se erigiese á Montevideo en intendencia y capitimía 
general. Resuelto que el mismo Elío ]»artiera para 
España el 4 de Abril, se reunió el cabildo el 2 y acordó 
apoderarlo para que promoviese y activase la gestión, 
dando por causa no la verdadera» sino que, por ser 
limítrofe la Banda Oriental del BrasU, era necesario 
precaverse contra las usurpaciones á que su territorio 
estaba expuesto. 

La nueva intendencia dependería, como todas, del 
Río de la Plata; pero^estaría libre de la autoridad 
militar y política del intendente de Buenos Aires, posee- 
ría en sí misma esa autoridad y podn;i resguardarse 
con mucha mayor eíicacia de los peligros levoluciona- 
rios que desde la margen opuesta del río le amenazaban. 

€XX« — MttiteTideo eootni 1« retalneléii de BiiesM Aires 

PartiC Elío quedando el brigadier don Joaquín Soria 
como gobernador militar y el alcalde de primer voto 
como gobernador político, mientras no viniera á desem- 
peñar ambas funciones el brigadier don Vicente María 
Muesas. Pero los sucesos de Buenos Aires se produjeron 
antes que se esperaban. En cuanto ocuiTieron los de los 
días 20 á22 á eMayo de 1810, dirigidos á obtener la 
renuncia del vurrey (LXIX), envió éste su secretario, el 
capitán de fragata don Juan Jacinto Barga:?, para que 
diera cuenta en Montevideo de loque pasaba. Se reunió 
el cabildo, oyó la opinión de don Nicolás Herrera, de 
don Juan José Obes y del ministro provincial de la real 
hacienda de Guancavelica, y luego decidió pedir al 



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DE LA REPÚBLICA ORIKiNTAL DEL URUGUAY 291 

gobernador interino que decretara laclausm^a del puerto 
á todas las procedencias de la cai)ita! (34 de Mayo). 

Depuesto definitivamente el virrey Hidal^'o y lL-oIkIv. 
el virreinato por la revolución de Buenos Aires, vino el 
subteniente de infantería don Martín Galain trayendo 
manifiestos y proclamas y conduciendo oficios de la 
Junta revolucionarla y del ex- virrey, por los cuales se 
requería que las auiuridades de Montevideo reconocie- 
sen las creadas el 25 de Mayo. El cabildo se mostró 
dispuesto á prestar acatamiento cuando se. enteró de los 
pliegos, en el concepto de que los franceses habían 
hecho disolver la suprema autoridad de España y de 
que la Junta bonaerense gobernaría en nombre de 
Fernando Vil mientras éste no volviera á ocupar el 
tronp ; pero, no atreviéndose á resolver por si, llamó á 
los vecinos más caracterizados y á los principales fun- 
cionarios civiles, militares y eclesiásticos, incluso los 
ministros de la real hacienda, y esta asamblea decidió 
que la Junta de Buenos Aires fuese reconocida y que 
se enviase á ella un diputado, con las condiciones que 
proyectase una comisión en que estuvieron representa- 
das todas las clases i)redirhas, y que aprobase la misma 
asamblea en sesión del día siguiente ; es decir del 2 de 
Junio. 

La comilón se expidió y se reunió la asamblea para 
considerar el proyecto : pero el gobernador dió cuenta 

de que en la noche última había Iletrado un buque 
trayendo la noticia de que se había insta 1; ni* . pn España 
el Supremo consejo de regencia^ y se leyó una proclama 
que la Junta de Sevilla había dirigido á los pueblos 
americanos al cesar en sus funciones. La sorpresa flié 
tan grande como la alegría. La asaiiii>ita [»ron umpió 
en gritos de fehciiaciones y decidió en el acto que se 
reconociera al Consejo de regencia, solemnizando el 
acto con salvas de artillería, repiques de campanas, 



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292 BOSQUEJO HISTÓRICO 

iluminación general y Te Deuni, Y en seguida acordó 
que no se tratase el oT)jeu> para que había sido convo* 
cada, hasta ver qué efectos producía en Buenos Aires la 
noticia que todos festejaban. 

La Junta, que distinguió desde el día de su crea- 
ciüii entre el rey y España, pudo disfrazar sus ñnes ver- 
daderos anunciando que gobernaría en nombre de Fer- 
nando VII, ya porque no había que temerle mientras 
estuviese secuestrado por Napoleón y no era seguro que 
jaimís n^cuperase su corona, ya porque no creyera pru- 
dente desplegar de pronto con entera traiiqueza su ban- 
dera de independencia de reyes y pueblos ; pero no 
podía someterse al Consejo de regencia, porque habría 
equivalido á someterse á España. El efecto que produjo, 
pues, (MI su ániuio la noticia de la autoridad nuevamente 
constituida por los españoles no había de ser del agrado 
de las autoridades y del pueblo de Montevideo. Sin 
embargo no desesperó de atraerlos á su causa, sino que 
comisionó al Dr. don Juan José Passos, su vocal secre- 
tario, hombre de mucha respetabilidad, para que con- 
venciese al cabildo y al pueblo de Montevideo de que 
la unión estaba ¡en el interés de todos, pero que no 
podía basarse en el reconocimiento del Consejo de re- 
gencia. 

El cabildo lo oyó el 14 de Junio y decidió convocar 
para el día siguiente á los altos funcionarios militares, 
políticos y de hacienda, y á los más respetables vecinos. 
El doctor Passos expuso ante eUos cuáles habían sido 
los motivos por que se había croado la junta, cuáles 
eran sus fines, cuáles hal)ían sido y serían en general 
sus actos, y qué razones tenía para no reconocer al 
Consejo supremo de regencia, entre las cuales enunció 
la de que su instalación no era aún conocida oñeial- 
mente. Retirado de la sala de sesiones así que terminó 
su pensado di¿>curso, deliberó la asamblea y resolvió 



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DE LA REPÚBLICA ORIEJ^TAL DEL URUGUAY 293 

que no se reconociese la auu ridad de la Junta, ni se 
admitiese pacto alguno de amistad ó unión, mientras 
ella no se sometiera á la soberanía del Consejo de regen- 
cia» que ya Montevideo había reconocido. 

Aunque la reacción contra los actos revolucionarios 
de Buenos Aires era general en Montevideo, había una 
mmoria, poco significativa al parecer, que simpatizaba 
con la causa de los americanos de la capital. Ya á fines 
de 1808 se distinguió en este sentido, dando prueba de 
carácter, el síndico procurador general don Tomás Gar- 
cía de Zúñiíra, que alundoní^ su puesto y se au-sentó por 
no reconocer la autoridad de la Junta gubernativa, 
cuyo hecho fué causa de que el cabildo lo declarase 
indigno de que en ningún tiempo se le confiaran fun- 
ciones concejiles. Se sabía á mediados de 1810 que Gar- 
cía Zúíiiga n(» era o\ único partidario de la revolución, 
y se temía que éstos se entendieran con los cuerpos de 
infantería ligeray de Voluntarios del Rio de la PkUa que 
habían venido de Buenos Aires á ocupar la plaza cuando 
la desalojaron los ingleses, en 1807. Eran, pues, vigi- 
lados los sospechosos, y frecuentemente injuriados los 
jefes y oficiales de los mencionados cuerpos. 

Los recelos y las ofensas se agravaron desde que el 
Dr. Passos estuvo en Montevideo ; y tanto, que el gober- 
nador Sorui se propuso someter aquellas fuerzas citando 
para el efecto las milicias á su8 cuarteles y acantonando 
las fiierzas de la escuadra en las azoteas del llamado 
Barracón de la marina. Los cuerpos así amenazados se 
retiraron á la cindadela y al cuartel de dragones, y sus 
comandantes y jefes se (| nejaron al cabildo de los 
liltrajes de que eran objeto, pidieron reparación, y exi- 
gieron que se embarcara inmediatamente la marina y 
se sepasase de su puesto al mayor interino de la plaza, 
como medio de evitar desgracias que recaerían en el 
pueblo, concluyendo por responsabilizar al cabildo por 



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294 



BO^a^l'EJO HláXÓRICO 



las consecuencias peijudictales qae sobreTinieran (12 

Reunidu este cuerpo con asisíeacia del gobernador 
militar Soria, del oidor de la real audiencia, del asesor 
del gobierno y del consultor don NicoUb Herrera, se 
acordó que el señor Herrera y dos regidores invitasen 
á jelV'- <ie los cuerytos queji^sos para celebrar ea 
seguida una cooíerencia • amigable ^ con el cabildo, 
con los dos gobernadores y con todos los demás jefes 
militares de la plaza. Los invitados comparecieron sin 
demora, iííu\ distantes de sospechar que se les había 
armado un lazu indigno. Así que entraron á la sala se 
presentí un grupo de populacho pidiendo á gritos sus 
cabezas. Se decretó en el acto la prisión de los qae 
habían comparecido para conferenciar amigablemente, 
y se disolvieron los cuerpos que ellos mandaban. Los 
sostenedores de la sumisión á España adquirieron así 
la seguridad de que podrían obrar libremente en lo 
futuro. 



Se sabe el proyecto que tuvo la infanta doüa Carlota 
Joaquina, princesa del Brasil, de hacerse proclamar 
regente por los pueblos del Río de la Plata, y de ejet^ 

cer la soberanía del virreinato mientras no pudiera 
ejercerla Fernaudo VII (LXVIII). Ese proyecto, alentado 
por el contra-almirante inglés Sidney Smith, autorizado 
durante cierto tiempo por el regente del Brasil* y tole- 
rado por el ministro Strangford, quedó sin efecto por 
un súbito cambio en las disposiriones del ministro de la 
Gran Bretaña y d^l príncipe regente; pero no por eso 
renunció completamente la Carlota á intervenir en la 
política del Río de la Plata con esperanzas más ó menos 
vivas de realizar su aspiración. 



CXXL — Ofieios de i« primesa CarWU 



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DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 295 

Los sucesos de 1810 le presentaron buena conyuntura 
para hacer uaa prueba cerca de las autoridades de 
Montevideo, que eran las que m^or podían acogw su 
intervención, por la comunidad en la defensa de los 
intereses de Fernando VIL Es indudable que en este 
caso obtuvo el apoyo del marque :i de Casa-Yrujo, emba- 
jador de España cerca de la corte de Portugal, aunque 
es probable que éste no hubiese comprendido todo el 
alcance del pensamiento que aún acariciaba la prin- 
cesa. 

Los oficios que ( ^ta dirigió con tal motivo á las auto- 
ridades de Montevideo llegaron el 12 de Agosto de 1810 
á su destino, y se limitaban á acreditar á don Felipe 
Contucci para que comunicase las proposiciones de 
doña Carlota y tratase de que fueran aceptadas. Con- 
tucci trajo también pliegos del embajador español, en 
los cuales se decía que la princesa deseaba venir en 
persona, para esforzarse con sinceridad y buena fé por 
calmar los ánimos y sofocar los movimientos revolucio- 
narios del virreinato. El señor Contucci arengó al cabildo 
y terminó otreciéndole en nombre de su Alteza serení- 
sima fberzas y cuanto la ciudad pudiese necesitar para 
defender los derechos de su hermano, el rey de España. 
La corporación contestó á la infanta que agradecía 
mucho su ofrecimiento, atisteniéndose de aludir al 
proyecto de venir al Río de la Plata ; y contestó al mar- 
qués de Gasa-Yriyo que la venida de su Alteza no era 
conveniente, ya porque despertaría recelos en las 
demás provincias del virreinato, ya porque sería peli- 
srrosa la introducción de fuerzas extranjeras en un país 
que carecía de las bastantes para contenerlas en caso 
de necesidad. 

Estas respuestas demuestran lue sí Montevideo no 
q\iería la libertad y la independencia que le ofrecía 
Buenos Aires, tampoco aceptaba el peligro de caer 



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2üG BOSQUEJO HlíaXuKlCO 

bigo el dominio de los portugueses, aun cuando apa- 
rentemente la gobernase una infanta española. Quería 
perienecor á España, y uo pcrtenecerse á sí misma, ni 
á nadie más. 

CXXll. — £1 f^Uernadur Vij^et j lati Cortes ireiiefmks 

Transcurrió lo restante del año i8iu sin que ocurrie- 
ran novedades de bulto. 

Como los gobiernos político y militar estaban desem- 
peñados provisionalmente, el Consejo de regencia nom- 
bró para ambas funciones al mariscal de campó don 
(la^i'ar Vigodet. Llegó éste á Montevideo en los prime- 
ros días de Octubre y tomó posesión del cargo en 
seguida. 

El 16 de Diciembre prestó el gobernador ante el 

alcalde de primer voto juramento de reconocer la auto- 
ridad de las Cortes generalc>s (\ne en España habían 
sobrevenido al Consejo de regencia, y el ayuntamiento 
y las demás autoridades militares, civiles y eclesiásti- 
cas, lo prestaron á su ves ante el gobernador. 

Al proceder así se mostraba Montevideo consecuente 
consigo misma. Pues que había declarado su voluntad 
de pertenecer á España, lógico era que recunociera y 
obedeciera todos los gobiernos que España se diese ó 
aceptase. 



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UfifiO CUARTO 



Portugal, España, el Brasil y el Rio de la Piala 
desde 1811 fiasta 1820. 

CAPÍTULO I. 

PORTUGAL T BSPAlfÁ D£ 1811 Á 1820 
CXXin. -* El reino áe Poriosai ea iot aioB 

Se ha referido en los artículos XXIll y XXVII cómo 
obligó Napoleón I á los reyes de España y Portugal á 

hacerse sus aliados con el propósito de traicionarlos y 
apoderarse de estas naciones, como las invadi(5, y cómo 
los ingleses tomai^ou posesión de Lisboa y la familia 
real portuguesa vino á establecerse en el Brasil. 

Bl Portugal vino á ser así teatro de la guerra que se 
hacían Francia é Inglaterra. El pueblo lusitano no se 
resignó a .ser mero espectador de esta lucha, sino que 
se pronunció en contra de los Iranceses, formó ejércitos 
y constituyó en Oporto una Junta de gobierno, la cual 
obró de acuerdo con los ingleses. Vencida la última 
invasión de las tropas imperiales en 1810, quedaron los 



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298 B*>SQÜEJO HISTÓRICO 

portugueses gobernados por ana regencia á nombre del 
Rey, que i>ermanecía en el Brasil. 

Los portugueses estal)an descontentos porque el 
Reír«*nte Juan no había querido regresar á Lisboa 
cuando pasó el peligro de la invasión francesa, y por- 
que, mientras la ausencia de la corte privaba al Por* 
tuf?al de muchos hombres de importancia y de mache 
Unllo, se aj)rovechaba el Brasil para engrandecer su 
poder y su prestigio. 

Habiendo muerto la reina doña María, el regente se 
proclamó rey con el nombre de Juan VI y elevó el Bra- 
sil al rango de reino, y formó el Reino unido de Porkb* 
gal, Brasil y Alnrrrves (1S15), cuyo acto aumentó los 
celos de los subditos europeos. 

Además, don Juan había nombrado á Guillermo Carr 
Beresford, por sugestiones de Inglaterra, generalísimo 
de los ejércitos de Portugal. Beresford desplegó una 
severidad que desairad/) profundamente á sus subordi- 
nados, y sirvió la política de su patria favoreciendo á 
los partidarios del absolutismo de don Juan VI, en con- 
tra de las ideas liberales que habían cundido en toda 
la península ibérica. 

Todos estos motivos de disgusto determinaron un 
levantamiento de las tropíis, las cuales en unión con el 
partido liberal convocaron Cortes (1820). Éstas dictaron 
una constitución que devolvía al pueblo la soberanía y 
dispusieron que el Rey fuese á Portugal, para ejercer 
allí sus funciones, cuya voluntad se cumplió (1821). 

GXXIT. — La fnem de la ladepenieaela MpaMa 

Vencidos los franceses en Portugal, fueron combati- 
dos en España por los ejércitos unidos de españoles, 
ingleses y portugueses, mandados en jefe por el general 
Wellesley, más tarde duque de WelUngton. Este ilustre 




D£ LA REPÚBUCA ORIBNTAL DEL URUGUAY 299 

*raorrero venció á los franceses en Arapiles (1812) y en 
Vitoria (1813), los obligó á retirarse á Francia é invadió 
tras de ellos el territorio de esta nación enemiga. 

España concluyó entonces la heroica reconquista de 
su independencia, y eUa y sus aliados tuvieron la gloria 
<le haber probado^al mundo que no eran invencibles los 
ejércitos del Gran Cupitáa de la época. 

€XXy. — Política Ubenl y iemoerátiea de Espaiia eu los aoos 

1811-14 

Creadas por el pueblo, con entera independencia de 
!a monarquía, las juntas de gobierno (|ue se instituye- 
ron en todas las provincias cuando Napoleón sornestró 
al rey en Francia» obra del pueblo fueron la Junta 
suprema que flincionó sucesivamente en Arai^uez, en 
Sevilla y en la isla de León, y el Supremo consejo de 
regencin que se instaló en este ultimo punto (XXTIl), 
Recordando los españoles sus cories de la £dad media, 
tan celebradas por su origen democrático como por su 
poder, creyeron oportuno convocarlas, ahora que eran 
soberanos. Eligieron, pues, diputados, y las cortes se 
reunieron en la mención m la isla, el 24 de Septiembre 
de 1810, animadas, como lo estaba la prensa y una 
^an parte del pueblo, de espíritu ultraliberal y revo- 
lucionario. 

Su primer acto de importancia Alé proclamar y jurar 

por rey legítimo á FernanUo VII, y declarar nula la 
cesión que éste había hecho de la corona en favor de 
Napoleón. Luego nombraron una comisión para que 
proyectara la constitución política de España; y, habién- 
doseles presentado este proyecto en Diciembre de 1811, 
lo firmaron, Juraron y proclamaron en Marzo de 1812 
con extremadas demostraciones de entusiasmo. 

Esta constitución, conocida con el nombre de del año 



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300 



doce^ notable por las drcunstancias y por la época en 

que ñié dada, declaró que el territorio español com- 
prendía biS posesiones de África, Asia y America, en 
las úitimab do las cuales se citaban como otras tantas 
provincias, Nueva Granada» Venezuela, Perú, Chile y 
el Río de la Plata, agregando que en cuanto las cir- 
cunstancias lo permiüerun se haría por una ley consti- 
tucional una división más convenienie del territorio 
español. 

Disponía además que eran españoles todos los hom- 
bres libres nacidos y avecindados en los dominios de 

las Españas ; que la wdy 'um espaiiula era la reunión de 
todos los españoles de auibos li^misfeyHos ; que esa 
nación no era ni podía ser patrimonio de ninguna fami- 
lia ni persona ; que la soberanía residía esencialmente 
en la nación, y por lo mismo á ésta exclusivamente per- 
tenecía el derecho de establecer sus leyes fundamenta- 
les ; y que eran ciudadanos los españoles que por ambas 
líneas traían su origen de los dominios españoles de 
ambos hemisferios y estaban avecindados en cualquier 
pueblo de los mismos dominios. 

Todos los ciudadanos votarían en la elección indirecta 
de diputados, según una base electoral que sería idén- 
tica en ambos hemisferios, y esos diputados formarían 
las Cortes, compuestas de una sola cámara. Estas Cor- 
tes legislarían con el Rey ; el Rey desempeñaría el 
poder ejecutivo, y ius tribunales y jueces administra- 
rían la justicia civil } criminal. Cada pueblo de más de 
1000 habitantes tendría un ayuntamiento elegido en su 
totalidad indirectamente por el pueblo, al fin de cada 
año. En cada jtroviucia de ambos hemislerios habría un 
jefe político nombrado i)or el Rey, y una diputación ele- 
gida indirectamente por el pueblo, y presidida por el 
jefe político. 



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D£ LA REPCbLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 301 



CXXVL — Beaeetón absolutista de 18U á 1820. 

Vencidos los franceses en España y fugritivo en Fran- 
cia el rey José Bonaparte, entraron triunfalmente las 
Cortes en Madrid causando entusiasmo indescriptible 
<5 de Enero de 1814). Los negocios de Napoleón I no 

iban mejor en el resto de Europa que en España. Sus 
generales habían sido derrotados en varias acciones por 
los ejércitos de la Europa coaligada, defeccionaban sus 
aliados y él se había visto necesitado de regresar á 
Parfs para preparar nueva campaña contra los enemi* 
<^os que, alentados por el triunfo, cuuüauaban sus mar- 
chas para invadir á Francia. 

En circunstancias tan apuradas entró Napoleón en 
tratos con Femando VII y por último le dejó en liber- 
tad. Bl Rey entró en España el 22 de Marzo. Ejército 
y pueblo lo aclanLui; {)ero él piensa más <mi recuperar 
las facultades .suprimidas por la constitución del año 
doce, que en mostrarse agradecido. Al pasar por 
Gerona, Reus, Zaragoza y Daroca, hace reunir juntas 
para que se pronuncien acerca de si había do jurar la 
constitución. Don Francisco Javier Elío, que lo acom- 
pañaba hf'cho un absohitisia acérrimo, considtó, al lle- 
gar á Valencia, á los oftciales del ejército sobre aquel 
punto ; y, como ellos le manifestasen que defenderían 
al poder real con todos sus antiguos derechos, firmó 
Fernando VII (4 de Mayo) un manifiesto contra las 
Oortes, la constitución y la prens.i lil)eraU en el rual 
negó autoridad á las primeras y validez á las segundas, 
y tomó el camino de Madrid escoltado por un cuerpo de 
caballería, el cual vociferó en todos los pueblos del trán- 
sito contra las instituciones democráticas. Inmediata- 
mente se procedió á encarcelar y á desterrar á regen- 
tes, diputados y á los liberales más caracterizados, se 



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302 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



declararon disueltas las Corles por orden del Key y se 
anuló la constitución. 

Desde este momento faltó la tranquilidad en España. 
A menudo conspiraban los pueblos 6 se sublevaban 
cuerpos del ejército, movidos por la aspiracicm de aca- 
bar con el al»solutismo y de restablecer la democracia 
liberal ; pero estos pronunciamientos abortaron todos y 
sus promotores ó jefes fueron condenados á la últuna 
pena. 



Cuando el Rey y sus consejeros juzgaron que el abso- 
lutismo estaba suíicient^raente consolidado en el ejér- 
ciU) y en el pueblo de la Península, pensaron en defen* 
der sus posesiones de Cérica con un esfuerzo supremo, 
ya que los anteriores habían sido ineficaces, y resol- 
vieron embarcar en Cádiz un ejército numeroso í^ue se 
reunió en Andalucía. 

Cuando estaba pronto para emprender el viaje, reu- 
nió uno de los batallones, su segundo comandante, don 
Rafael del Riego, en las Cabezas de San Juan y lo 
sublevó a] grito de « ; Fuera tiranos. Viva la constitu- 
ción! (r de Enero de 18:^0.) Cinco ó seis mil hombres 
se adhirieron en el acto al movimiento, toni ron la isla 
de León, se apoderaron del capitán general y del minis- 
tro de marina, y salió Riego con 1500 hombres á reco- 
rrer la Andalucía. Pero, habiéndose deelaraclo en contra 
suya el ejercito y la escuadra, combaiiJo incesante- 
mente y perseguido, no le quedaban ya más que 400 
soldados y se consideraba perdido, cuando supo que la 
Corana había hecho causa común con él, que también 
se habían plegado las tropas enviadas para dominarla, 
que la idea revolucionaria se extendía, y que, ame- 



CXXVn. - KeToladón del año leiate 





DE Ul república, oriental DEL URUGUAY 303 

drentado el Rey, se habfa sometido y aceptado la cons- 
titución (1(1 ano doce (7 de Marzo) (1). 

Se abriei oii entonces las cárceles, volvitroa á España 
los proscriptos» se reunieron las Cortes, y los liberales 
86 entregaron á realizar de golpe sus ideales, empe* 
zando por suprimir monasterios y conventos. Este cam- 
bio político que aceptó el rey forzosamente, alarmó á 
sus partidarios y á las potencias que componían la Santa 
Aiianza. Aquéllos empuñaron las armas en muchos pun- 
tos; éstas dirigieron comunicaciones al gobierno liberal 
para que cambiase de conducta; y como tal pretensión 
fuese dignamente rechazada, invadió á España un 
ejercito francés de 100 mil hombres y restauró el poder 
absoluto de Femando VII (1S23). Riego y otros perso- 
niyes suñneron la pena de muerte ; muchos la de cár- 
cel 6 la de destierro ; muchísimos liberales fiieron ase- 
sinados. 

CAPÍTULO U 

EL BRASIL J>B 1811 Á 1820 

CXXVm. - Progresos dei Btatúi ta los «ios ISU-ao 

La venida de la Corle de Portugal á Río de Janeiro 
(XXVII) impulsó mucho el progreso del Brasil en todo 
sentido, el cual fbé fovorecído por continuada tranqui- 
lidad durante varios años. 

Aumentóse el número de los habiiantes y mejoró 
considerablemente la clase de los que procedían de 

(I) Ha. Frandico Javier Elio, á i|ttieii ol Rey litbía premiado por m adhe* 
ii6n dándole lacapitawa general de Vslencia, fué preso por los revoluciona- 
rioSf prooeiado y condenado á muerte en 1820. Se le di6 libertad luego; pero 
en Mna subteración de loidados se le condenó otra vei y le le aplicó la pena 
de garrote (IStt). 



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I 



304 BOSQUEJO HISTÓRICO 

Eiiro|>a, ]uies no sólo añuyeron la aristocracia y altos 
ñmcionarios do Porrug-a! y los representantes y marinos 
de todas las naciones amigas, sino también gran 
número de comerciantes, sobre todo ingleses y portu- 
gueses, y i>er8onas que profesaban las letras, las artes 
y las ciencias. Rió de Janeiro y Bahía fueron las ciuda- | 
des .i tionde principalmente acudieron estos factores de i 
civilización. 

Creáronse numerosas poblaciones requeridas por el ¡ 
aumento de inmigración y por la extensión de las indus- 
trias, y aumentaron y se enriquecieron las que existían 

ya por erincremenin de las industrias, ya por la acti- 
vidad creciente del comercio de importación y de expor- 
tación, entre cuyos ramos figuró la trata de negros 
africanos. 

(JXXIX. — Actos oliclales eu lo^ auo^ lbll-¿0 

Organizada* 1 1 administración y regularizadas las 
fimciones, pensó la Corte en ejercer su inüi\jo fliera de 
las fronteras de su dominio. La alianza con España con- 
tra los franceses le permitió en 1812 intervenir con 
fuerza armada en la liaüUa ()riental, con el doble pro- 
pósito de deiender los derechos de Fernando VII ame- 
nazados por la revolución de Buenos Aires y de coi\ju- 
rar el peligro que corrían sus propios dominios de reci- 
bir el contagio de las ideas de libertad y emancipación 
que tan resueltamente obraban en la¿3 regiones del 
Plata. 

Cuatro años después, vencido el enemigo común de 
Espafia y Portugal, se habían aflojado naturalmente 
los vínculos estrechísimos que habían unido á estos dos 

países; y como el Río de la Plata no obedecía ya ni á 
España, ni á su rey, consideró Juan VI que podía 
emprender libremente la conquista de la Banda Ohen- 

s 

i 



1 



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DE LA REPÚBLICA ORIBKTAL DEL ÜRUOUaY 305 

tal, y que le convenk emprenderla, para favorecer 
económicamente á sus pueblos del Sudoeste y para 
asegurar la estabilidad del régimen monárquico abso- 
luto que hacía pesar en todos sas dominios. Envió» 
pues, tres ejércitos á la vez, que penetraron en la 
Banda Oriental ; uno por el Norte, otro por el Nordeste 
y otro por el Sudeste, los' cuales se apoderaron del 
país, luchando con los campesinos, pero hallando 
acogida entusiasta en Montevideo y en centros urbanos 
(1816-17). 

A la vez que esio sucedía, los políLicus que rodeaban 
á Juan VI, cediendo á la iníluencia de las ideas que 
habían triuntado en ,1a constitución española del año 
doce en cuanto al concepto en que debieran ser tenidas 
las colonias, pensaron en la conveniencia de elevar las 
posesiones brasileñas á la dignidad y preeminencia de 
estado; pero, así oomu los españoles compusieron un 
solo reino con España y los dominios de América, 
África y Asia» los portugueses prefirieron hacer del 
Brasil un reino distinto» igual en consideración y en 
derechos á los de Portugal y Algarves, uniendo los tres 
bajo líi autoridad de la misma coroua, y conservando á 
las demás colonias su signiricación de tales. El Rey 
acogió con agrado esie pensamiento y promulgó en 
Diciembre de 181d la ley erectiva. 

Juan iv había conferido á los primogénitos de la 
corona el título de príncipe del Brasil. Erigido en 
reino esta posesión, y unido á Poriu^-al y Algarves, 
necesario era que aquel título se acomodase á la sitúa- 
cito creada. De ahí que en Enero de 1817 dictase el 
Rey una ordenanza por la cual confería á los primogé- 
nitos el título de principe real de los reinos unidos de 
Portugal del Brasil y de '^os Algarves y el de duque 
de Braganza, 

Dos meses después contraía matrimonio el príncipe 

20 



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BOSQUEJO UISTÓiUCO 



don Pedro con la archiduqnesa Leopoldina, hija del 
emiicrador de Austria, y el 0 de Febrero de 1818 era 
coronado don Juan VI, |X)r aclamación, rey de Portu- 
gal, del Brasil y de los Algarv^, en presencia de loa 
altos flmcionarios eclesiásticos, ciTiies y militares y 
del pueblo que habla concurrido de todas partes. 



La revolución de Buenos Aires, que tanto temía la 
Corte, interesó la atención de los pueblos brasileños é 

hizo nacer en ellos ideas y sentí niienlos que se armoni- 
zaban |)oco eon la monarquía absoluta y aun coa la 
integridad del Brasil. 

Los primeros que los manifestaron en la vía de los 
hechos ftieron los pemambucanos. Qu^osos por las 
arbitrariedades de la administración y por lo excesivo 
de los impuestos que sufrían, se resolvieron á procla- 
mar su inde|>6ndeucia á principios de 1817 y constituye- 
ron un gobierno provisional á sem^anza del que se 
había instituido en Buenos Aires en 1810. Una parte 
del pueblo se adhirió á la revolución; pero otra parte 
se conservó fiel á la monarquía y se fortiíioó en Serin- 
haem y en Tamandaré. Los pernambucauos atacaron 
varias veces en esos puntos á los realistas, sin conse- 
guir vencerlos. Los habíanos se pronunciaron también 
en flivor del Rey; el i^obemador mandó tro{)as por 
tierra y el pueblo equipó una ilota. Ei pueblo de Río de 
Janeiro contribuyó á su vez con fuertós sumas para 
costear otra expedición, en la cual fueron cuerpos vete- 
ranos y de voluntarios. Los pemambucanos, mandados 
por abogados y sacerdotes, extremaron sus esftienos; \ 
pero, habiendo perdido la acción decisiva de Ipojuco, ! 
(10 de Mayo) y disuelto su gobierno, tuvieron que 
someterse. Sus jefes principales fueron ahorcados. 



CXXJL. 



Kef«lMÍ6M f^fslara 




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DE LA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 307 

Machos de los comprometidos sufrieron la pena de cár- 
cel y otros fueron condenados á destierro. 

No por eso se borró en el ánimo de los brasileños el 
pensamiento de sacudir la opresión del absolutismo. Se 
extendió, al contrario, sordamente y ñié tomando tal 
vigor, que sólo necesitaba ocasión propicia para resol- 
verse en hechos. La ocasión vino con la noticia del 
movimientoliberal que había triunfado, con diferencia 
da poco tiempo, en España y en la nación portuguesa. 
Los brasileños se conmovieron profundamente. £Ü Rey 
publicó su intención de enviar á Lisboa al principe don 
Pedro [íara que se pusiese de acuerdo con las Cortes; 
pero se insurreccionaron los pernamhucanos el mismo 
año 20, y luego, en Enero y en Febrero de 1821, los 
pueblos de Pará, de Bahía y de Río de Janeiro, todos 
los cuales proclamaron la constitución jurada por las 
Cortes lusitanas, jurando íidclidad al Rey. Ésie, sin 
poder y sin voluntad para resistir, ordenó al Príncipe 
que desde ios balcones del teatro jurase en nombre 
suyo, ante el pueblo y las tropas, « que veneraría y 
respetaría la santa religión de todos, y observaría y 
mantendría la constitución establecida por las Cortes 
de Portugal » (27 de Febrero). El orden constitucional 
nació y el absolutismo desapareció en el Brasil, ese día, 
para siempre. 



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308 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



CAPÍTULO III 



£L KiO DE LA PLATA D£¿>D£ 1811 HASTA 1820 

La guerra de la independencia 

CXXXI. — Estodo de la reToInción en Méjico, 
T«M»iel% N«ef« Gnuuid% (talto, Perú y CJiUe deim á 1816. 

La revolución se había extendido en toda la América 
española con mucha Aierza inicial, para 1811. Pero, 
después de r^ultados lisonjeros, había decaído ea 

Méjico de 1813 á 1816 hasta tal punto, que, conside- 
rándola vencida, el virrey avisó ai Soberano q^ue no 
necesitaba ya más tropas/ 

Los americanos de Venezuela y Nueva Granada 
batallaron terriblemente, movidos sucesivamente por 
el hábil Miranda y por el genio desordenado de Bolívar, 
consiguiendo á veces triunfos gloriosos y otras veces 
suíHendo espantosas derrotas, triunfos y derrotas que 
debilitaban sin cesar el número de las tropas revolucio- 
narias, sin posibilidad de reparar tales pérdidas como 
los españoles reparaban las suyas <^on las expediciones 
que venían de la Península, La más importante de 
todas, compuesta de numerosa escuadra y de cerca de 
^11000 hombres de desembarco, que obedecían á las 
órdenes del general don Pablo Morillo, afianzó la domi- 
nación de Venezuela y redujo á Nueva Granada para 
: 1816, á costa de torrentes de sangre cruelmente de- 
' iramada por ambas partes* 

l En Quito (Ecuador) flieron definitivamente vencidos 





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DB LA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 3üU 

los revolucionarlos á fines de 1812 y los españoles 
gobernaron allá en paz continua hasta 1822. 

En el Peni había dominado tranquilamente el virrey 
Abascal hasta 1814, por manera que pudo atender con 
sus tropas á la defensa de la causa real ya en el Ecua- 
dor > Nueva Granada, ya en las intendencias septen- 
ifionales del Río de l;i l'l.Ua. Aprovecháronse en Agosto 
los indios para rebelai*se contra la dominación espa- 
ñola. Su jefe Pumacagua se apoderó de Cuzco, estableció 
una Junta gubernativa y organizó divisiones militares, 
una de las cuales envió hacia el Norte, otra á las inten* 
dencias argentinas limítrofes, para obrar en combina- 
ción con Buenos Aires, y la tercera, que mandó él per- 
sonalmente, se dirigió al Sud. Pumacagua obtuvo triun- 
fos importantes y tomó Arequipa; la del Este se apo- 
deró de la Paz ; la del Norte se encontró con una resis- 
tencia superior á sus (berzas. Pezuela mandó entonces 
una división contra Pumacagua. Éste fué derrotado. 
Así que se pronunció su derrota, sus propios adeptos lo 
mataron, y tras este hecho reaccionaron sucesivamente 
todos los que se habían insurreccionado, y la paz quedó 
restablecida durante el año 1816. 

La revolución fué perjudicada en Chile, durante los 
años 1811 y 1812, por la rivalidíid del doctor Juan 
Martínez de Rosas y el comandante Miguel Carrera. 
Este último aprovechó la ocasión de haber sufrido 
Rosas dos reveses en Valdivia y Concepción, para 
desterrarlo á Mendoza y asumir la dictadura (Octubre 
de 1812). El virrey del Perú mando una expedición al 
principiar el año 1813. Carrera fué desgraciado durante 
la campaña que se abrió y fué destituido. Sucedióle O' 
Higgins» cuyo hecho filé motivo de escisiones entre ca- 
rreristas y o* higginistas, que los españoles aprovecharon 
para adquirir ventajas. El descontento del pueblo causó 
su caída y la vuelta de Carrera ai poder. Los españoles 



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310 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



reciben del Perú nuevas tropas, mandadas por el gene- 
ral Osorio. O'Higgins se une noblemente á su riyal 
para combatir al enemigo común ; pero flieron destrosa- 

dos auilx)s en Kancaínia (Octubre de 1814) y oblig<idüs 
á atravesar los Andes, hasta Mendoza, micnuas su 
vencedor entraba en Santiago, calurosamente victo- 
reado por el pueblo» 

Kl mismo día en que el general Belgrano invadió con 
600 hombres el Paraguay, llevando el propósito de favo- 
recer el pronunciamiento de los naturales y criollos en 
contra de las autoridades españolas, cuyo jefe político y 

miliuir era desde 1809 el gobernador don Bernardo de 
Volasco, que gozaba de general estimación (LXIX), 
obtuvo una pequeña ventea que le permitió adelantar 
desembarazadamente hasta el río Paraguarí. Aquí tuvo 
que batirse con ñierzas superiores. La acción le ñié des- 
tiivorable. Careciendo de elementos para coniinuar la 
campaña, emi)rendió la remirada. 

Llegaba al Tacuari con 235 hombres cuando fué 
sorprendido por cerca de 2000 de las tres armas, man- 
dados por paraguayos, que lo atacaron á la vez de cua- 
tro puntos. Se defendió heroicamente, pero no consiguió 
otra ventaja lüi litar que la de inipunerse moralmente 
al enemigo y un armisticio honroso (9 de Marzo), á 
íkvor del cual se retiró sin ser molestado, y repasó el 
Faraná á fines del mencionado mes. 

Los sucesos políticos que inmediatamente se produje- 
ron en Para^T^uay, de los cuales hablaré en la sección 
siguiente, libraron á la Junta revolucionaria de Buenos 
Aires de todo peligro por aquel lado y fué innecesario 
recurrir á otra campaña para hacer triunfar la revolu- 
''■'S^i^n en la provincia paraguaya. 

i 

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D£ LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 311 



CXXXin* — La guerra en las ínienétú/6ÍM del 
N0r(e, de im á 

Ln victoria de Suipacha, la ocupación de Cotagaita y 
los fusilamientos de Potosí (LXIX) contribuyeron á pres- 
tigiar la revolución en las intendencias del Norte y á 

inspirar roníi.iii/a en el triunfo definitivo, la cual pare- 
cía tanto iijá« íundada, cuantx) se suponía que España, 
aplicada toda á combatir la conquista francesa, no podría 
destinar ^ércitos á la defensa de las posesiones de Amé- 
rica. Este razonamiento hubiera sido exacto, si la revo- 
lución hubiese estallado dos años antes, ó si la guerra 
de la independencia española hubiese durado algunos 
años absorbiendo lodas las fuerzas de la Península; 
pero ya se ha visto que los españoles no tardaron en 
conseguir posición ventrosa y en poder atender á las 
necesidades de la guerra americana, sobre todo desde 
que los franceses evacuaron la Península. 

En las intendencias sei)tentrionales del virreinato del 
Río de la Plata se señaló el año 1811 por una sola 
acción de importancia, que es la de Huagui (26 de 
Junio), ganada por los españoles. Las tropas revolucio- 
narias quedaron tan debilitadas, que tuvieron que reti- 
rarse hasta Tucumán, permiiierido á Goyeneciie que 
dominara toda la región del Norte del virreinato. 

£1 año de 1812 se inauguró con otra victoria de los 
españoles, conseguida en Nazareno (12 de Enero), á 
la í'uaJ siguió pronto el envío de [una divisi('»n de 3000 
hoDibrcs, bajo las ordenes del general Tristán, ({ue debía 
avanzar hacia el Sud y coni binar sus operaciones coa 
las fuerzas de Montevideo. Belgrano, que había tomado 
el mando del ^érdto argentino (Marzo), avanzó $ su 
ves hacia el Norte ; pero reconociéndose impotente para 
luchar con el general Tristán sin arriesgar la suerte de 



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312 BOSQUEJO HISTÓRIOO 

la revolución, emprendió la retirada hacia el punto de 
partida, buscando un centro de recursos más favorable. 
La vanguardia española alcanzó á la retaguardia argen- 
tina en las Piedras, al Sud de Jujuy, y fué vencida. 
Empero, esto ni) impidió que Rpli^rano siiruiera su reti- 
rada, ni que Tristán viniera tras el. Solicitado el 
primero por los tucumanos para que no continuara su 
contramarcha, y reforzado su ejército por caballería 
campesina, que por primera vez entraba á cooperar en 
acciones militaren, se resolvió á esperar allí al ejército 
enemigo. Libróse la batalla en Tuciimán. La victoria 
favoreció esta vez á los americanos de Septiembre) 
en condiciones tales, que Tristán tuvo que retirarse con 
los restos de su ejército. 

Belgrano {n(^ tras de él durante el resto <1l*1 año y en 
los dos primeros meses de 1813. Lo alcanzó en Salta y 
lo forzó á rendirse (20 de Febrero). Bste desastre 
ind^Jo al general Goyeneche á renunciar el empleo que 
desempeñaba, y le sucedió el br;;^'^adier Pezuela, que 
gozalM de reputa^aón militar. Belírrano, alentado por 
sus triunfos, había avanzado hasta más allá del Poto^, 
y determinado á Pezuela á abrir una nueva campaña. 
Los españoles derrotaron á los americanos en Vilcapu^ 
gio (1" de Octut)re) y en Aj/ohio,ia (14 de Noviembre), 
obligaron á Belpraiio á repiegarso con los 1000 hombres 
que le quedaban, otra vez sobre Tucumán, dominaron 
de nuevo las intendencias del Norte, y se vinieron 
hasta Salta, en donde ñieron tenazmente hostilizados 
por las milicias gauchas que reconocían en Martín 
Güemes su caudillo. 

San Martín fué nombrado para suceder á Belgrano. 
Ocupó el lugar de éste ; pero, convencido luego de que 
la revolución no triunfaría mientras la guerra ftiese 
hecha con tropas improvisadas y en las reíriones que 
hasta entonces habían sido su teatro, concibió un 



Djgitiaed brGuiS^Ic 



0£ LA REPÚBLICA ORIBNTAL DBL URUGUAY 313 

nuevo plan, renunció el mando y se retiró á Mendoza, 
como gobernador y capitán general de Cuyo, para 
consagrarse á formar un ejército bien instituido y dis- 
ciplinado. 

Nombróse entonces al general don José Rondeau. 
Avanzó éste desde Tucumán, y, como Pezuela retroce- 
diese, continuó sus marchíis hacia el Norte, é inició 
operaciones en momentos en que se sublevaban los 
indios de Pumacagua (CXXXI). Viéndose Pezuela en 
medio de dos enemigos, pactó un armisticio con Ron- 
deau para operar libremente sobre Pumacagua; pero, 
así que recibió el continii^ente de Ramírez, ordeii<) <í 
éste que íuera contra los peruanos y se volvió él contra 
los argentinos, á quienes deshizo en Viluma ó Sii)e-sipe 
(28 de Noviembre) obligando á los restos vencidos á 
retirarse hasta Jujuy. 

Nunca volvieron, desde • luonces, los ejércitos argen- 
tinos á ocupar las intendencias de La Paz, Cochabam- 
ba, Chuquisaca y Potosí, las cuales fueron domina- 
das por los españoles. Éstos emprendieron varias expe- 
diciones hacia el Sud, entre los afios 1814 y 1816; 
pero no consiguieron pasar de la intendencia de Salta, 
porque aquí los contuvo el arrojo de los gauchos de 
Güemes. 

CXXXIT. - La fsem ca la SaNa Ofiwtal Ms lau luMtft ISie. 

Rechazadas las proposiciones que el Dr. Passos hizo á 
Montevideo en nuuibre de la Junta de Buenos Aires para 
que se adhiriese á la revolución (CXX), la Banda Orien- 
tal se dividió en dos partidos: uno, empeñado en defen- 
der la dominación española, que se componía de la 
población de Montevideo principalmente; y el otro 
compuesto por la población americana rural, que se 
plegó á la causa de Buenos Aires. 



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314 BOSwlKJO HISTÓRICO 

Montevideo declaró la gaerra á la Junta bcmaerense 
en Febrero de 1811, se apoderó Inego de la Colonia y 

de Maidunado, bloqueó los puertos de la Banda Occi- 
dental, y autorizó el corso. 

Pocos días después de aquella declaración se protmn- 
ció Mercedes en contra de la dominación española, 
mandó tropas el gobierno de Buenos Aires, formaron 
en la vanguardia las milicias orientales, y, tomadas ya 
San José, las Piedras y la Colonia, ei tyercitx) sitio á 
Mmtevideo (I"" de Junio). 

La plaza sitiada solicitó entonces el auxilio de la prin* 
cesa Carlota, invocando su interés en defenderlos dere- 
chos de su hermano. El Regente envió á Diego de 
Souza con un ejército (Agosto), que inspiró el temor de 
que aunasen su acción sobre Buenos Aires; por un lado 
Goyeneche que, victorioso en Huaqui y dominador del 
Alto Perú, podía correrse al Siid, solo ócombiiiMiido su 
moviniioiito con el de fuerzas procedentes de Chile ; y 
por otro lado la escuadra de Montevideo y los ejércitos 
unidos de la Banda Oriental y del Brasil» Este plan, 
cuya reah'zación hubiera concluido con la revolución de 
Buenos Aires, fué concebido: pero el ministro inglés 
acreditado en Río de Janoiro impidió que se llevara á 
cabo, mediando para que los beligerantes celebraran un 
armisticio (20 de Octubre) á consecuencia del cual se 
retiraron el ejército portugués al Brasil y el argentino 
á la Banda Occidental, y se esuiLlcrieron relaciones 
cordiales, en el concepto de que los americanos segui- 
rían gobernando en la Banda Occidental y los espafiioles 
en la oriental. 

Este arreglo no tuvo Rectos duraderos. Rotas las 
relaciones durante el año 1812, se organizó en Entre- 
ríos un ejército, el cual atravesó el l^rufruay (12 de Octu- 
bre), triunfó en la acción del Cernía (31 de Diciembre) y 
puso sitio por segunda vez á la plaza de Montevideo. 



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DE LA REPÚBUCA ORLEKTAL DEL URUGUAY 315 

Los sitiados recibieron de España 200U hombres en 
los meses de Agosto y Septíembre de 1813; losiadepen* 
dientes improTisaroii y confiaron á Brown una escoa. 
drílla, con la cual bloquearon la plaza (Abril de 1814) 

y dominaron la escuadra española (14 de Mayo). Cerca- 
dos los realistas por mar y tierr;i, sin esperanzas de 
triunfar é imposibilitados de recibir víveres, se rindie- 
ron al general Alvear mediante una capitulación (20 
de Junio). 

Cesó en este día para siempre la dominación (¿ue los 
españoles ejercieron en el Río de la Plata. 

CXXXY« — La gaem Ae la independenda eontni 
B9•al^ desie m7 hasta 182a. 

Lo expuesto en la presente sección enseña que para 
fines de 1816 habían triunfado completamente los espa- 
ñoles en algunas regiones de América y que la causa de 
loa americanos desfallecía de modo notable en las demás 
rumies, excepto en el Río de la Plata. Era tácll presu- 
mir que el poder de España se dirigiría antes de 
mucho contra Buenos Aires y sus dependencias. La 
grande expedición con que Morillo fué á \Y'nezueia en 
1815 había sido preparada para el Rio de la Plata; y, 
si entonces no pudo ese ^ército aplicarse al ñn con que 
había sido organizado» nada obstaba á que el pensa^ 
miento del Gobierno español se realizase ahora. Se sen- 
tía la imposibilidad de resistir con rxito á Uil operación 
y ios ánimos mejor templados empezaban á preocuparse 
p<tf la suerte de la América. 

Tal íüé el momento en que San Martín decidió llevar 
la ^"-iicn a al centro mismo de los recursos que el ene- 
migo tenía en América, es decir, al Perfi, apoderándose 
desde luego de su opulenta capital. Podía tomar el 
camino del Norte, ya trillado en anteriores campañas. 



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316 BOSQUEJO HISTÓRICO 

Ó el del mar Pacíñco, pasando por Chile. Optó por este 
último. £1 17 de Enero de 1817 emprendió la marcha; 
su pequeño ejército, dividido en dos cuerpos, atravesó 

la coiíiillera de los Andes por los pasos de Uspaliata y 
de los Patos; se reunió en el valle de Acoaca^^ua en los 
primeros días de Febrero; triunfó en Chaccíbuoo el U 
del mismo mes ; filé sorprendido y disperso en Cancha- 
rayada el 19 de Marzo de 1818; pero, rehecho en 
seg-iiida, ol)tuvo el 5 de Abril la esplendida victoria de 
Maipa, que dejó á Chile dueño de sus destinos para 
siempre. 

En Agosto de 1820 partió de Chile con un ejército de 

de argentinos y chilenos ; desombareó en Perú en Sep- 
tiembre, y tonii) á Lima en Julio de 1821. 

Mientras San Martín obraba en Chile, Bolívar, que 
se había retirado vencido á Jamaica y á Haití, invadió 
otra vez el territorio de Venezuela y adelantando entre 
derrotas y victorias, hizo proclamar l;i ropúblicá vene- 
zolana en 1818, pasó A Nueva Granada, unió los dos 
países en un solo estado bajo la denominación de Eepár 
blica de Colombia (1819), y volvió á Venezuela para 
prose^ír acá la guerra. 

Así como San Martín había concebido su plan de ir 
á combatir la dominación española en el mismo centro 
de su poder americano, para obUgar al enemigo á reti- 
rarse de las intendencias septentrionales del Río de la 
Plata; Pezuela, que había sido nombrado virrey dd 
Perú, pensaba que el mejor medio de impedir á San 
Martín que Secutase su proyecto era traer la guerra 
hasta Buenos Aires. £1 general don José de la Serna, 
que había tomado el mando militar del Alto Perú, 
aumentando las fuerzas con otras que había traído de 
España, abrió, pues, en Enero de islT la campaña 
ideada por Pezuela, enviando delante de sí la vanguar- 
dia b^o las órdenes de Olañeta. La expedición avanzó 



DE LA REPCbUCA ORIENTAL i>£L LKLüUAY 317 

lachando con mochas dificultades y se apoderé suceei* 

vamente de Jujuy y de Salta. 

La Serna debía seguir á Tucumán, auxiliado por 
refuerzos que había recibido ; pero la noticia de que San 
Martín habla triuníado en Chile, la hostilidad tenas é 
implacable de los gauchos de Güemes, y también él 
haber sabido que fuerzas argentinas habían penetrado 
en el Alio Perú y >ubievaban sus poblaciones, decidie- 
ron á La Serna á desistir de llevar adelante sus opera- 
ciones y á retirarse á su punto de partida. 

Coando llegó, con sus tropas y bagsyes muy dismi- 
nuidos, sonaba por todas partes el noiübre de Lain idrid, 
jefe de las fuerzas argentinas que habían invadido las 
intendencias del Norte. Había obtenido ventajas impor- 
tantes; pero, derrotado luego, tuvo que retirarse á su 
vez y los realistas quedaron dominando aquella comarca. 

Esa dominación era ¡)erturbada, empero, incesante- 
mente por partidas de americanos» muchas de ellas 
procedentes de Jiyuy y de Salta, que llevaban á los 
realistas ataques imprevistos y les impedían obrar con 
libertad y tener ase^^-irada su alimeniación. La necesi- 
dad de alejar tan muleríios enemigos y de proporcio- 
narse víveres indico á La Sorna á disponer que Olafieta 
y Yaldés entrasen en el territorio de Ji^uy á principios 
de 1818, y Olañeta y Cantírac en 1810; pero estas ope- 
raciones carecieron de proi>üSÍLü u^ausceiideiiial y de 
verdadera imporiancia. Todavía en 18JU se dispubu el 
general don Juan Ramírez, sucesor de La Serna, llevar 
una campaña á Jiiguy y Salta ; más no se lo permitieron 
las ventajas que San Martín conseguía en el Perú, las 
cuales obIi¿^aiun ai virrey Pezuela á oponerle toda¿> las 
tuerzas que leaia disponibles. 





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I 
I 



318 BOSQUEJO HISTÓRICO 



CXXXn. — La fi€m «Mtr» la Mafiftrta portufueM, 
Ma 1817 tete 182D 

Los argentinos dominaban, pues, sin dificult.id todo 
el territorio que se extiende al Sud de Jujuy ; pero divi- 
didos y debilitados por incesantes luchas internas, no 
pudieron impedir que los portugueses aprovecharan 
este estado de anarquía para apoderarse de la Banda 
OhentaL Penetraron en ell.a por %'arios puntos en 1816. 
La división de Lecor, que invadió i>or el Sudeste, mar- 
chó en dirección á Montevideo y tuvo la fortuna deque 
el Cabildo y el pueblo de esta ciudad salieran á recibirle 
con grm solemnidad y extremado entusiasmo (20 de 
Enero de ISIT). La división de Cur ulo penetró por el 
Norte y luchó con ios campesinos é iiuii^^enas del país, 
de £Qü*e-rios y de Corrientes, hasta iS2ú, en cuyo ailo 
quedó terminada la conquista y asegurada la paz de 
esta provincia, que en adelante se apellidó cisplatíiM. 

SECCIÓN 11 

I 

Sucesos poiiiicos desde 1820 

I 

CXXXYU, — La poliUe« en el Parafuaj (1811-1830) 

Las proposiciones de paz, amistad y comercio que ¡ 
Belgrano había hecho, antes de abandonar el Paraguay 
al jefe que lo había atacado en el Tacuari, c^n el ánimo 
de divulgar entre sus oficiales y soldados paraguayos 
ideas de independencia fueron conocidas inmediata- 
mente y dieron el resultado que el autor había tenido 
en vista (CXXXII).- 

£n cuanto aquellos oficiales llegaron á la Asunción 



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DE lA R£PÜBUCA. ORIKMXAL DEL URUGUAY 319 

coriiuiiicaron sus nuevas ideas a varios personas 
influyentes; éstas las apoyaron y ordenaron, y la guar- 
nición se proauació* £1 gobernador no opuso resisten- 
da; por manera que los revolucionarios pudieron cons- 
tituir un gobierno provisional, compuesto del mismo 
ex-go be mador Velasco, el doctor José Gaspar de Fran- 
cia y don Juan V. Zebalios, el cual convocó una Asam- 
blea de diputados. 

Esta asamblea» instalada á mediados de Junio (1811) 
declaró que el Paraguay se gobernaría á sí propio y 
enviaría dipuiaJos á la Junta de Buenos Aires, cuyas 
leyes y decretos no obligarían al Paraguay sino después 
que ñiesen aprobados por la asamblea general de esta 
provincia. Es decir que los paraguayos, al emanciparse 
del poder español, asumieron su autonomía interna y 
conservaron con Buenos Aires las relaciones propias 
de una coníéderación, las cuales fueron consagradas en 
un tratado que los gobiernos de ambos países celebra- 
ron el 12 de Octubre. 

Una segunda asamblea, reunida dos años después, 
declaró rescindido ese tratado, constituyendo de hecho 
la independencia del Paraguay ; abolió el triunvirato y 
lo sustituyó por dos cdnsuleSt que lo íberon el Dr. Fran- 
cia y don Fulgencio Yegros. El Dr. Francia tuvo tanto 
ascendiente respecto de su coleara, que fué el verdadero 
gobernante, aunque cuidara de nu parecería. IIal)iendo 
este político astuto conseguido que el congreso de 1814 
se compusiera principalmente de parciales sayos» se 
hi£0 nombrar dictador único por 5 afios ; gobernó satis- 
fictoriamente y se sirviu de la coníianza que inspirara 
para que el congreso de 18it> lo nombrase dictador 
perpetuo. 

Desde este momento gobernó tiránicamente ; seimpuso 
á todos por el terror y aisló el Paraguay del mundo 

entero, privándolo absolutamente de toda comunica- 




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320 BOSQUEJO HISTÓRICO 

ción, porque no cundiesen entre sus habitantes las 
ideas liberales y el espíritu deiiiocrático de otros pue- 
blos, y principalmente las ideas y las prácticas revolu- 
cionarías de las provincias argentinas (1). 

CXXXTm. Orados de elTflIzaeióii iel Bfo de 1a Plata, 

de XHU á 

Sería imposible tener un concepto claro y verdadero 

de los hechos políticos que se sucedieron en el Río de 
la Plata desde 1*^11 hasta 1820, si no se conociesen el 
grado de civilización del pueblo y sus tendencias con- 
génitas. £8ta consideración me determina á darlos á 
conocer desde luego, aunque con menos latitud que la 
dada á este mismo asumo en la parte relativa á la 
Banda Oriental. 

La población era urbana y rural» ambas muy diferen- 
tes entre sí« La rural, compuesta de naturales, mestizos 
y criollos principalmente, era la más ignorante y la de 
más incultas costumbres. Los naturales eran, en frmn 
parte, salvajes, y, pór lo tanto, carecían en absoluto 
de las ideas y de los hábitos morales y jurídicos cuyo 
régimen constituye en los centros civilizados el consor- 
cio del orden con la libertad individual. No respetaba» 
la autoridad {)riblica, ni el honor, ni la vida, in la iraii- 1 
quilidad, ni la propiedad ; disponían de personas y 
cosas á su antojo, y siempre con formas groseras, á 
menudo crueles. 

Los criollos y mestizos que habitaban en los campos 
tenían costumbres menos primitivas que los naturales 
de quienes acabo de hablar; pero eran muy ignorantes > 
también, y muy ineducados. Aventajaban á los salvtges 
en que aprovechaban algo más las indusüias de los 

(i) Fraofiia gobernó asi baila el «fio 1810. 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 321 

pueblos civilizados en el vestir, en su alimentación y en 

su vivienda; pero tenían igual desprecio por el orden 
regular propio de la civilización, por los atributos físi- 
cos y morales de las personas, y por la propiedad. No 
acostumbraban dirigir su conducta por la razón* sino 
que seguían ciegamente los impulsos de sus pasiones 
torpes ó de sus necesidades fortuitas, complaciéndose 
en abusar de su fuerza. Estas poblaciones bárbaras no 
se contenían por otra causa que la impotencia, pues el 
temor les era casi desconocido. En cambio infundían el 
terror y lo explotaban sin el menor miramiento. 

Las pobUciones urbanas tenían ideas, sentimientos y 
costumbres más morigeradas y regulares incompara- 
blemente; pero distaban mucho unas de otras bajo el 
respecto de la civilización. Las pequeñas ciudades y 
pueblos del interior conocían la obediencia á la autori- 
dad y el respeto de las personas y de las cosas, pero 
dentro de límites restringidos. Sus costumbres eran 
sencillas y rústicas; carecían do todo refinamiento; y, 
siendo, además, extrema la ignorancia, las pocas rela- 
ciones sociales que se observaban se debían al bábito 
impuesto por los gobiernos; por manera que quedaba 
ancho espacio para que los individuos obraran libre- 
iiieiite. 

Según se acercaban los pueblos á Buenos Aires ó á 
Montevideo» y según aumentaban en habitantes y en 
comercio, su grado de civilización avanzaba, se compli- 
caba, y ganaba en delicadeza. Los tres centros más 

cultos del Río de la Plata, (prescindiendo del Alto Perú), 
-eran Buenos Aires, Montevideo y Córdoba, pues en 
estas ciudades se concentraban principalmente el 
talento, el saber, el comercio, las industrias, las altas 
fíinciones de gobierno y la cultura de las relaciones 
privadas, así como á ellas ailuí m l:is personas y fami- 
lias de posición más ó menos encumbrada, de más ó 

21 



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322 BOSQUEJO HISTÓRICO 

menos significación que procedían de Europa, de Rio 

de Janeiro ó de Estados Unidos. 

Puoíle decirse, pues, que iiabía en el Río de laPlaiü 
dos grados extremos de cultura humana: el entera- 
mente salvqje^ que era el grado mínimo, y el entera- 
mente cMHzado, que era el grado máximo. Entre estos 
dos grados había otros dos; el bárbaro, que se acoroaba 
mucho al salvaje, y el semi-civüizadOy que se aproxi- 
maba al civilizado. Los salvajes y los bárbaros compo- 
nían la mayoría de la población rural; los semi-civiU- 
zados componían la población urbana. 

Los centros civilizados del Río de la Phita tenía:, 
dentro de sí el brillo, la elevaoiuii moral y el desenvol- 
vimiento intelectual de las ciudades europeas, y dife- 
rían inmensamente, por lo tanto, de las muchedumbres 
bárbaras y salvajes, que mxi la negación encarnada 
de todos los principios económicos, morales y jurídicos 
que regían á los pueblos civilizados. 

Se sigue de lo expuesto que el estado general de la 
civilización del Río de la Plata no difería esencialmente I 
del estado de la civilización particular del Uruguay, que 
con latitud he descripto en el libro segundo. 

CXXXK* — Tendencias centralistas j leeallataa* 

La gran diferencia de civilización que acabo de 
hacer notar, no impidió que constautenieiite obrara ea 
todas las clases del pueblo ua sentimiento vigoroso y 
tenaz, en virtud del cual se consideraban, salvaos, bár^ 
baros y civilizados, hyos de una misma patria, miem- 
bros de un solo cuerpo, esto es, argentinos. 

Con todo, no debe inferirse que en esta unidad de 
ftenümiento patrio se confundían todos los sentimientos 
de carácter político. Los salvajes, que siempre habían 
formado numerosas tribus independientes, tenían la 



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BE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 323 



costumbre secular de crear su cacique y de obedecer á 
él solo dentro del territorio que temporaria 6 perma- 
nentemente ocuparan. Aun cuando las necesidades de 
la guerra los obligara á unirse con otras tribus, cada 
una conservaba su personal i dad y su orí^anización. No 
concebían, pues, estos pueblos la fusión de tribus en 
una gran colectividad, ni que los caciques nombrados 
por ellos flieran sustituidos por fimcionarios que per- 
sonas extrañas les impusieran, ni que la voluntad indi* 

vidual de cada salvaje fuera siiitlaiitada por la voluntad 
de terceros, sobre todo si estos les eran descunocido^. 
£1 saivige era, pues, por sus ideas arraigad¿is y por sus 
inveterados hábitos» eminentemente localista ó indivi- 
dualista intransigente. 

Los bárbaros, clase formada durante la dominación 
española, no coui¡>usieron trilius ni tuvieron oacituies; 
pero su género de vida los habituó á mirar su voluntad 
como razón suprema de sus actos, á odiar á todo fun- 
cionario impuesto que veníera á restringir su autono* 
mía personal, y á reconocer la autoridad moral de los 
individuos de su clase i^ue se distinguieran por la auda- 
cia, por la bravura ó por la inteligencia. Dependiendo, 
por otra parte, la facilidad y el éxito de sus empresas 
del conocimiento del terreno y de las relaciones que 
tuvieran, la necesidad y el sentimiento se unían para 
hacerles (¡uerer especialmente la región en que se 
habían criado, que conocían palmo á palmo y en que se 
reunían todas las condiciones de su existencia desor- 
denada. £1 bárbaro era, pues, tan regionario é indivi- 
dualista como el salvaje. 

Los pueblos civilizados, íí su vez, se habituaron al 
gobierno semi-autónonio de los cabildos y de las inten- 
dencias, el cual, si bien no ñivoreció el desarrollo del 
individuahsmo, y acostumbró á reconocer y á respetar 
la autoridad de funcionarios centrales, engendró el>en- 



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324 BOSQUEJO HISTÓRICO 

ümiento de las entidades locales, se llamasen pueblen 
ó provincias, y formó el hábito de considerar estas divi- 
siones administrativas como unidades políticas organi- 

zñ(\f\% en la unidad total del virreinato. De aquí queloi 
liuei)los civilizados tuviesen ideas, sentimientos y hábi- 
tos de subordinación á una autoridad ceutral á la ve¿ 
que ideas, sentimientos y hábitos de autonoinfa regio- 
nal, en cuyo último concepto concordaban con el modo 
de ser de las poblaciones bárbaras y salvajes tanto como 
en ol j>rimero diferían. 

La masa de la población bonaerense participaba de 
las ideas y hábitos regionistcLS de las demás poblaciones 
civilizadas, porque recibió, como las otras, el inflijo de 
las práctica^ iiiunicipales. Pero, si bien tenía también, 
y en alto grado, el sentimiento do la un dad total admi- 
nistrativa, no era igual ai de los otros pueblos. Así como 
éstos habían recibido de más ó menos lejos, y sieDapfS 
indirectamente, el impulso del poder central, el bonae- 
rense tuvo ese poder en su propio seuo desde] que se 
instituyó el virreinato del Río de la Plata, y no sólo ¿t* 
acostumbró á ser gobernado directamente por él, sino 
también á ver que desde el palacio real de Buenos Aires 
se gobernaba á todas las intendencias. Así, pues, mien- 
tras la práctica de ia adiiiiiüstración local lo determi- 
naba á considerar á Buenos Aires y su jurisdicción con 
personalidad propia, con autonomía interna, y la prác- 
tica de la administración general le hizo^concebir el vi- 
rreinato como un todo, complejo sí, pero indivisible, su 
condición constante de pueblo cnpitaleño lo lamiliariz<5 
con la idea de la preeminencia administrativa de Bue- 
nos Aires y le inoculó la creencia de que había de par- 
tir de allí necesariamente toda dirección general. 

No era ésta la única diferencia en el modo de conce- 
bir el gobierno central. La constitución del virreinato 
había sido uoitaria : centialista en las altas funcioneSt 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 325 



descentralizada en las b¿yas. Gomo que los pueblos 
veían y tocaban esta última parte mucho más que la 

primera, fué débil en ellos el sentimiento do i¿i centra- 
lización y fuerte el sentimiento contrario, en cuanto se 
debió al iníliv¡o de los hechos que constituyeron las expe- 
riencias y prácticas constantes. Pero, como los hombres 
superiores que había en el seno de esos mismos pueblos 
percibiún los mismos hechos que las muchedumbres, y 
además las relaciones con el gobierno central (}ne éstas 
confusamente vislumbraban, no tuvieron nunca ideas 
descentralistas tan vigorosas y exclusivas como la 
mayoría de sus comprovincianos. 

Buenos Aires difería también bajo tal respecto de los 
otros pueblos civilizados, por la fuerza natural de los 
hechos. Sus habitantes aprendieron á distinguir la admi- 
nistración local de la general; pero, como ambas se 
ejercían diariamente á su vista, tan acostumbrados 
estaban á una como á la otra, cuya circunstancia fué 
causa de que el pueblo porteño no fuera exclusiva- 
mente centralista, ni exclusivamente descentralista, 
sino que participaba de ambas tendencias, en mayor ó 
menor grado, según fuesen la cultura intelectual y el 
medio social á que las clases pertenecían. 

CXL. ^ Unitarios y federales en 1811 

Las tendencias populares de que he dado breve Idea 
se manifestaron en actos políticos de importancia desde 

que se inició la guerra por la independencia. Habiendo 
estallado en Buenos Aires la revolución que abolió el 
virreinato, necesario fué que la primera autoridad revo- 
lucionaria se constituyese en Buenos Aires, con hombres 
allí residentes. Y, como el movimiento no tuvo un fin 
local, sino que se propuso transformar el estado político 
de todo el Río de la Plata, natural fué también que la 



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326 BOSQUEJO HISTÓRICO 

autoridad revolucionaria asumiese poderes generales, y 
llevase su acción á todos los puntos del extingoiéo 
virreinato. 

Esto poder, si Ijien estaba justificado por \ci necesi- 
dad, lo estaba á condición de ser ratiíicado y de que no 
subsistiera sino mientras los pueblos del Rio de la Plata 
constituyesen un gobierno según su voluntad. Com- 
prendiéndolo así la Junta del 25 de Mayo, se apresuró 
á solicitar el reconocimii uto, que todas las provincias 
le prestaron, y á convocar una asamblea de diputados 
de todos los pueblos que se hubiesen adherido á la 
revolución, para que dictara una carta flindamental y 
organizara las funciones administrativas (XLIX). 

Llegaron de provincias para el mes do Diciembre 
(1810), doce diputados elegidos por los cabildos; es decir, 
por los cuerpos en que con más íUerza obraba el espí- 
ritu localista. Al tratarse de instalar la asamblea 
constituyente se notó que estos diputados pretendían 
agrouarse á la Junta para ejercer no sólo facultades 
constitutivas, sino también las ejecutivas que la Junta 
ejercía, porque entendían que toda la suma del poder 
público debía pertenecer desde lue^o á todo el país, y 
ser desempeñado por sus representantes. 

El presidente Saavedra y otros individuos de la Junta 
se adhirieron al ])arecer de los diputados provincianos; 
el secretario Mariano Moreno y otros se opusieron, 
alegando que se había convocado una asamblea consti- 
tuyente, no una asamblea ejecutiva, y que sería una 
monstruosidad confiará un congreso. numeroso el ejer- 
cicio del poder ^ecutivo, sobre todo de un poder ejecu- 
tivo revolucionario que necesitaba obrar con mucho 
vigor, gran rapidez y unidad de vistas. Pero estos moti- 
vos, si ]»ien atendibles, no eran los que más determina- 
ron la desinieligencia. Lo que había más transcendental 
era que la Juuta se componía casi completamente de 




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DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 327 



porteños y los provincianos querían intervenir y preva- 
lecer; era también que Moreno, aunque profesaba las 
doctrinas del federalismo, pensaba que este sistema no 
debería adoptarse mientras el país estuviera necesitado 
de desplegarla mayor energía en la guerra por la inde- 
pendencia, al paso que sus opositores venían animados 
por el concepto de que, abolidas las viejas instituciones 
los pueblos no tenían superiores á sí mismos, habían 
adquirido su autonomía y tenían el derecho de conser- 
yarla y de hacerla valer. 

La íiracción encabezada por Moreno jfüé vencida en el 
seno de la Juiua constituida el 25 de Mayo ; ingresaron 
los doce diputados provinciales, y Moreno renunció el 
puesto que ocupaba (2 de Enero de 1811), La Junta 
quedó compuesta, pues, por una pequella minoría uni- 
taria y por una mayoría federalista, la cual comenzó 
sin. demora á obrar ile acuerdo con sus ideas. Uno de 
los ]>rimoros actos do esta asamblea fué decretar que los 
antiguos gobernadores fuesen reemplazados por juntas, 
dotadas con las atribuciones que aquéllos habían tenido, 
y que esas juntas, que residirían en la capital de las 
provincias respectivas, fuesen elegidas por éstas. El 
derecho electoral no pertenecería, por otra parte, á una 
clase de pueblo desde entonces, sino que lo ^ercerían 
liasta los indios (10 de £nero). 

Los que pensaban como Moreno se consagraron á 
difundir sus ideas por la prensa aumentando la actividad 
de la Sociedad patriótica, fundada en 1810, la cual se 
ocupó en sesiones públicas de asuntos de interés gene- 
ral, aunque sin el propósito de derrocar por la fuerza la 
situación creada en Diciembre del año anterior. Tenüe* 
ron, sin embargo, los federalistas que tal propaganda 
pusiera en peligro la duración de su poder ; y, habién- 
dose resuelto A asegurar su posición por la violencia, 
organizaron un pronunciamiento de pueblo inculto y de 



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92S 



BOSQUEJO HISTÓRIOO 



tropas, que estalló en la noche del 5 al 6 de Abril y i 
exigió que flieran separados de la Junta ios cuatro uiú- I 
taños que en ella habían quedado, y que se desterrasen 1 

varias personas conspicuas de la ciudad, que como I 
aquellos cuatro opinaban. Así se hizo, sin pensar en | 
las pasiones que nacerían, ni en las consecuencias que 
podrían seguirse. 

Pocos días después se cumplían órdenes de la misma 
Junta sustituyendo al unitario Bel^ano por el fe<iera- 
lista Rondeau en el mando del qjército que se organizaba 
en la Danda Oriental para oponerlo á los realistas de 
Montevideo, y realizando otro de no menor transcen- 
dencia. Artigas, que había desertado del ejército español 
por desavenencias con su jefe (CVIII), y presentíidose 
á la Junta á principios del año (1811), fué nombrado 
para que cooperase en la sublevación, ya comenzada, 
de las poblaciones campesinas de la Banda Oriental, en 
cuyo encargo decidió la consideración de que, por ser 
prestip"ioso el oíicial de lílnndenirues entre aquellas 
gentes, y nacido en el mismo territorio, era el más indi- 
cado para atraer á las muchedumbres bárbaras y sal- 
riges y para encabezar el poder localista que aqueUas 
masas de población, á la par que todas las argentinas 
análogas, representaban. Como Artigas desempeñara su 
cometido á satisíacción de la Junta, decidió ésta, en 
consonancia con sus ideas de federación, que los uru- 
guayos formaran en la vanguardia del ejército que Bel- 
grano había empezado á organizar, y que Artigas fuera 
el jefe de ellas. Así sucedió que, al tomar Rondeau el 
mando superior, lo presentó como comandante de las 
milicias orientales ; y presidiendo, por lo mismo, un 
grupo de combatientes distinto de los demás, cuya dis- 
tinción se definía ]>or sus caracteres locales. Artigas fué 
destinado, pues, por la Junta de Buenos Aires, para que 
encarnara en su patria, desde el primer día de su apa- 



DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URÜGÜAY 329 

rición en la escena revolucionaria, las tendencias des- 
centralistas ó federalistas que ella representaba desde 
fines del año anterior, y que quería hacer prevalecer 
en la constitución argentina. 

Entretíinto la Junta se desautorizaba por la falta de 
nervio en la dirección de la guerra y por ios desacici tos 
que cometía, defectos debidos principalmente cá su com* 
posición numerosa y heterogénea ; y la necesidad de un 
cambio, sentida por todos, se impuso al saberse, tras la 
desgraciada terminación de la campaña del Paraguay, 
el desastre de Huaqui. Cc< Hondo entonces la Junta á la 
presión de las circunstancias» resolvió dividir el poder 
público en dos cuerpos : uno formado por ella misma 
con el nombre de Junia conservadora^ que desempe- 
ñaría funciones legislativas, y otro de tres personas que, 
con el norn)>re de Poder cjecutiro, ejercería íacultailes 
administrativas (23 de Septiembre). Los triunviros pri- 
meramente designados para el desempeño de este poder 
íheron Chiclana, Paso y Sarratea, quienes á su vez nom- 
braron para ministros sin voto á Rivadavia, López y 
Pérez. 

La Junta promulgó á los veinte días (12 de Octubre) 
la primera constitución política del Río de la Plata, 
titulado Reglamento de la Junta consermdora^ en la 
cual se organizaron separadamente los poderes legis- 
lativo, judicial y ejecutivo. Se declaró en ese documento 
que después del secuestro de Fernando VII « reasumie- 
ron los pueblos el poder soberano » que habían transmi- 
tido al rey « con calidad de reversible pues los hom- 
bres tienen ciertos derechos « que no pueden aban- 
donar ; que para que sea legítima la autoridad de 
las ciudades de « nuestra confederación política r? es 
necesario que nazca del seno de ellas mismas; que 
comprendiéndolo así mandaron sus diputados ; y que 
habiendo palpado éstos que no es compatible el 



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330 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



gobierno de muchos con la unidad de planes, decidienn 
reservarse el poder legislativo y confiar á otros ciuda- 
danos el ejcculivo y el judicial. 

Esta constitución dió al estado el nombre de Provin- 
cias Unidas del Rio de la Flaia, como para signitícar la 
naturaleza federal del organismo. Dispuso que la Junta I 
sería conservadora de la soberanía de Fernando Vn, I 
por cuya razón í^ozaría del título de alteza y de los 
honores correspondientes; y que le incumbiría privativa- 
mente declarar la guerrat celebrar tratados, crear tri- 
bunales y empleos, y nombrar los individuos del poder 
ejecutivo. Declaró que el Poder ejecutivo sería indepen- 
diente, pero que respondería por sus actos á la Junta 
conservadora, y que sus individuos ejercerían el empleo 
durante un año. También declaró que el poder judicial 
sería independiente y res^ionsable. Nada dispuso acerca 
del gobierno de las provincias, sin duda porque ya 
había decretado t|ue cada una se gobernase á sí propia , 
por medio de autoridades de su elección. ^ 

£1 triunvirato que desempeñaba el poder ^ecutivo 
juzgó que la corta duración de sus ñmciones lo inhabí* 
litaba para satisfacer debidamente las necesidades de 
la revolución, y que esta cláusula y la de sujetarlo á 
responder ante la Junta conservadora importa l)an anu- 
lar la independencia de los poderes y erigirse dicha 
Junta en árbitro absoluto del destino de los pueblos, 
cuando sus facultades la autorizaban solamente para 
dictar la constitución del estado. 

Sohcitó el dictamen del cabildo y de una asamblea 
de personas caracterizadas, y resolvió rechazar él 
Reglamento j desconocer la autoridad de la Junta y pro- 
mulírar un Estatuto provisional del gobierno superior 
de ¡as Pi^ov indas Unidas (22 de Noviembre), por el 
cual instituyó tres poderes generales : un triunvirato, 
que se renovaría cada seis meses por terceras partes. 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 331 



con facultades legislativas y ejecutivas amplísimas ; 
una asamblea general, compuesta por el ayuntamiento 
y por los diputados de las provincias, cuyo cometido 

sería elegir ius u iunviros y autorizar las resoluciones 
del triunvirato cuando afectasen á la libertad y existen- 
cia de las Provincias Unidas; y los tribunales encarga- 
dos de administrar la justicia. Se declaraban partes 
del Estatuto los decretos que garantían la libertad de 
imprenta y la seguridad individual. Esta constitución 
regiría hasta que funcionara el Congreso nacional y no 
podría ser alterada mientras tanto sino con acuerdo de 
la Asamblea general. Fué jurada el día 1." deDiciembre. 

Pocos días después (6 y 7 de Diciembre) se sublevó 
una gran parte del regimiento de patricios so pretexto 
de que los jefes querían hacer cortar la trenza que 
entonces usaban los soldados; pero, como resulro del 
sumario levantado que la sublevación se dirigía á resta- 
blecer la Junta conservadora disuelta por el Tríunvi* 
rato, el gobierno condenó á muerte á 11 sargentos, 
cabos y soldados y decretó que los diputados íaesen con- 
finados en sus provincias en el término de 21 horas. Es 
decir que en el gobierno central quedó triuníante el 
partido unitario al terminar el año 1811. 

Natural sería suponer que este cambio político verifi- 
cado en la capital hubiera producido una ti*ansforma- 
ción completa en el organismo de las i)rovincias. No. 
sucedió así, empero. Si bien la Junta federal decretó 
que los pueblos nombrasen juntas gubernativas, no se 
cumplió este decreto más que en las ciudades de Cór* 
doba y Mendoza. En todas las demás continuaron gober- 
nando los tenientes gobernadores y los comandantes, 
como hasta entonces. El triunvirato no tuvo que alte- 
rar, pues, la constitución de los poderes sino en Córdoba 
y en Mendoza, restableciendo en aquélla la gobernación 
y en ésta la tenencia. 



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332 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



CXU.» Lft raceUii eipaiol» 4« ISIS 

El Triunvirato se consagró, desde los primeros dias 
de 1812, á satisfacer las necesidades de la guerra por 

la independencia y á organizar la administración. Con- 
fiscó los bienes de los españoles ausentes, reglauientó 
la Justicia» hizo sustituir la escarapela española por la 
blanca y celeste en los ejércitos» abolió el uso de pasear 
en lo futuro el estandarte real durante las solemnida- 
des, inau^'-uró la bibiioteca publica, prohibió la impor- 
tación de esclavos y declaró libres á todos los que desde 
un aflo después pisasen el territorio de la república, 
nombró gobernadores intendentes y tenientes goberna- 
dores para las provincias, etc. (Enero á Junio). Lógico 
habría si<l'> que cambiara por unitarios los jefes Ron- 
deau y Artigas que la Junta federal había mandado á 
la Banda Oriental como representantes agentes de su 
sistema político. Se abstuvo, sin embargo, de nombrar- 
les sustitutos. Ii:ual lolerancia oljservó en otros i)untos. 

Eutreianto los caliildos del interior habían nombrado 
y enviado representantes á Buenos Aires, para que 
compusiesen una Asamblea provisional de las Provin- 
cias Unidas. El 4 de Abril se reunieron 33 de Buenos 
Aires y 11 provincianos, y la asamblea se instaló, dán- 
dose á sí la calificación de suprema. El Triunvirato, 
que miraba con desconfianza la intervención de las 
asambleas en los negocios públicos, porque pensaba que 
debilitaría el vigor que la guerra necesitaba, no pudo 
tolerar qne la de Abril se denominase su[)rema es 
decir, superior al Triunvirato, y decretó á los tres días 
la disolución de aquel cuerpo, prometiendo al país que 
inmediatamente convocaría otra asamblea. Esta pro- 
mesa se cumplió en Junio. Los cabildos fueron solicita- 
dos de que enviasen diputados con poderes bastauíA^s 




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D£ LA REPÚBLICA 0RI£1<ITAL D£L URüaUAY 333 

para formar un plan de elección sobre la base de la más 
perfecta igualdad pulítica, para señar la fecha en que 
se reuniría el Congreso, y pai-a aprobar tratados inter- 
nacionales. 

Este programa, si no podfa satisfacer las tendencias 

democráticas del pueblo, puesto que el Triunvirato se 
reservaba la omnipotencia legislativa y ejecutiva en ios 
asontos nacionales; tampoco debía impresionar bien á 
los españoles por el concepto de que la futura asamblea 
tuviese poderes ^ para concluir y sancionar tratados 
internacionales porque imfiortnha, no ya organizar 
una situación tempoi'aria de colonias sometidas á 
España ó al Rey» sino acentuar el carácter definitivo 
de estado independiente [que había asumido la revolu- 
ción desde 1810. Este propósito, pública y solemne- 
mente manifestado, serviría para justificar trabajos 
internos dirigidos á restaurar el dominio de los espa- 
ñoles. 

Pero esos trabajos existían desde antes. Se había 

concebido el plan de que Goyeneche corriera de 
Norte á Sud, de que los españoles residentes en Buenos 
Aires se pronunciaran en momento oportuno, y de que, 
cooperando las fuerzas de Montevideo, se asegurase el 
triunfo y se escarmentase á los americanos de estas 
regiones como Goyeneclie hal)ía escarineatudo á los 
del Alto Perú anteriormente. Goveneche comenzó sus 
movimientos en Mayo, operando con éxito sobre Cocha- 
bamba, pero retardando su marcha al Sud. La coope- 
ración de Montevideo fué anulada por el armisticio de 
Abril. Los peninsulares de IUilíios Aires quedal>;in, 
pues, tii una situación desventajosa. Sin embargu se 
resolvieron, bajo la dirección de don Martin de .Vlzaga, 
á sorprender á la guarnición y á deponer el gobierno, 
en cuanto los preparativos estuviesen terminados. Un 
negro, esclavo de uno de los comprometidos en la con- 



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334 BOSQUEJO HiSTuKlCO 

juración, denunció el proyecto el 1/ de Julio. Los cons- 
piradores fueron presos. Alzaba y rj7 cómplices, casi 
todos del alto comercio, fueron fusilados, y desbaratóse 
el proyecto de restaurar.la dominación de £spaüa. 

CXUL — La Lugiü Lautaro, el Triluivimto j los íederaies en IbVi. 

Los americanos residentes en Inglaterra y en España 
habían constituido en aquellos países asociaciones 
secretas con el fin de realizar la independencia de Amé- 
rica y de establecer la república en los nuevos estados. 
Llamábanse logias, y tenían el apelativo Lautaro. San 
Martin» Alvear, Zapioia y otros argenünos, residentes 
entonces en España» pertenecían á la Logia Lautaro, 

Así que esos personajes vinieron á Buenos Aires (9 
de Marzo de 1812) fundaron otra Logia Lautaro, en la 
cual ingresaron personas de significación política. La 
Logia se aplicó activamente á influir en el gobierno y 
en el ejército, ó mejor dicho, á dirigir sus actos, ya 
íbera atra^^endo á su comunidad á los que ejercían altas 
funciones, ya fuera haciendo ocupar estas funciones 
por sus afiliados, ó trabajando en el ánimo de gober- 
nantes y jefes militares, á manera de consejeros ofi* 
ctosos. 

La Logia no conseguía, empero, asegurar su prepon- 
derancia en los actos gubernauvos. Uno de los triunvi- 
ros se inclinaba en favor de los federales y otro (Sa- 
rratea) dejaba su puesto por haber transcurrido el tiempo 
de su cargo. £1 6 de Octubre se reunió la Asamblea 
convocada en Junio. Había en ella representantes uni- 
tarios V federales : v como éstos no alcanzaran á com- 
poner mayoría, negaron entrada á dos diputados del 
otro partido por conseguirla. Dominantes los federales 
en la Asamblea por este acto, era seguro que reempla* 
zariau al triimviro saliente por uno i^ue pensase como 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 335 

ellos ; y, por consecuencia, que volverían á regir en las 

dos ramas del gobierno general los hombres del aüo 
once. Así sucedió. 

La Logia se resolvió entonces á imponerse por la 
flierza, ya que contaba con la adhesión del cabildo, de 
los jefes militares y de una parte del pueblo. San 
Maríín, Alvear, Pinto, Ortiz Ocampo y otros hicieron 
marchar las tro|)as á la plaza de la Victoria cerca de 
inedia noche (8 de Octubre) ; concurrieron además el 
ayuntamiento y ^^^rupos de pueblo, y, todos de acuerdo, 
dirigidos ó estimulados por Monteagudo, depusieron á 
la Asamblea v á los triunviros v coiistuuvcron nuevo 
triunvirato (Passo, Rodríguez Peña, y Alvarez Fonte). 

El nuevo gobierno se apresuró á convocar la asamblea 
nacional en condiciones más aceptables que las que 
hasta entonces habían regido. Decía en su manifiesto 
que *í el eterno cautiverio de Fernando VII había hecho 
desaparecer los últimos derechos de España La 
incertidumbre política había « hecho flotar de un 
gobierno provisorio en otro »», creando odios y descon- 
fianzas. El mantenimiento de la república requería la 
reforma general de la administración y era tiempo do 
que el pueblo, ejerciendo libremente sus derechos» 
deliberase acerca de su flitura suerte. En vez de enco- 
mendar á los cabildos, como hasta entonces, la elección 
de diputados, se mandó que cada ciudad, dividida en 
ocho secciones, ehgiese popularmente y en voz alta 
ocho representantes, y que éstos, á su vez, nombrasen 
de acuerdo con el ayuntamiento, los diputados que 
habían de ir á la Asamblea. Estos diputados tendrían 
poderes ilimitados para constituir la nación según la 
voluntad del pueblo. 



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.33G 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



CXLm. — EX gobierno unitario y la oposieién íederai 

de 1813 á 1815 

La Asamblea general constituyente se instaló con 
mayoría de unitarios el 31 de Enero do 1813 y procedió 
.desde luego como poder legislador de un estado inde- 
pendiente y libre, sin que el Triunvirato le pusiera 
reparos por tales atribuciones, Duiaate este año abolió 
el Tribunal de la inquisición, declaró al estado indepea- 
«diente de toda autoridad eclesiástica extranjera y pro- 
hibió que profesasen en órdenes religiosas hombres ó 
mujeres menores de 30 años ; creó la moneda nacional 
4e oro y plata, declaró feriado el día 25 de Mayo, y 
aprobó la marcha patriótica escrita por López , abolió 
los títulos de nobleza y mandó arrancar del frente de 
las casas las armas y demás distinciones que la signifi- 
casen ; declaró libres á todas las personas que naciesen 
•ó residiesen en el territorio de las "Provincias Unidas, 
prohibió el uso del tormento é hizo quemar por el ver- 
dugo, en la plaza» los instrumentos que se empleaban 
^n darlo ; reglamentó la enseñanza de los libertos y pro- 
liil)ió que en las escuelas se aplicase la pena de azotes ; 
promulgó un Estatuto por el cual organizó el poder 
ejecutivo. 

En el mismo año (29 de Noviembre) fueron separados 
.de la intendencia de Córdoba los territorios de Mendoza, 

San Juan y San Luis, para constituir la nueva intenden- 
cia de Cuyo. Sus autoridades principales residirían ea 
Mendoza* 

Entretanto las provincias se mostraron inquietas 6 
-desordenadas. En la intendencia de Salta, en que se 

comprendían las teniente -gobernaciones de Jujuy, Cata- 
marca, Tucumán, y Santiago del Estero, los gauchos, 
armados por la necesidad de contener á los españoles 



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DE LA RE1>ÚBL1€A ORIE^ÍTAL DEL URUGUAY 337 



en el Norte, alimentaban las pasiones de candillos tan 
bárbaros como ellos, que obedecían las órdenes del 
coronel Martín Miguel de Güemes. En la intendencia de 
Córdoba los gobernadores se ven forzados desde 1811 á 
luchar sin tregua con los federales, á quienes dirige el 
deán Funes, hasta que en Junio de 1814 una revolución 
derroca al intendente y declara que no quiere depender 
en lo futuro del gobierno nacional. La insubordinación 
federal de Córdoba se extiende á la intendencia de 
Buenos Aires, y estimula á Artigas y demás caudillos 
para aliarse y marchar contra la capital de la Repú- 
blica, hala^nindo la vanidad y la ambición del primero 
con el título de protector. 

Mientras se vencía á los monarquistas de Montevideo 
y en los meses subsiguientes, los federales estuvieron 
en guerra encarnizada con el gobierno nacional en toda 
la intendencia de Buenos Aires, como lo estaban en 
Córdoba. En Corrientes derrocaron al teniente-gober- 
nador, reunierou un congreso })ruviucial,y se declararon 
separados de la autoridad central bajo el protectorado 
de Artigas (1814). Los que se distinguieron en las peri- 
pecias de esta campaña fueron el coronel Juan Bautista 
Méndez, los caudillos Blas Basnaldo, Cano y Antonizo, 
y el coronel Genaro Perugorría, delegado y represen- 
tante de Artigas, á quien éste hizo dar muerte por 
haberse convertido á la causa del Directorio. 

En Entre Ríos descolló, entre los secuaces del regio- 
nalismo, losé Ensebio Herefiú. Los gauchos y los sal- 
vajes lo hicieron su caudillo. Se sublevó contra la auto- 
ridad central. Habiendo el tenienfe-f»obernador do 
Santa Fé (general Eustaquio Díaz Véiez) recibido orden 
de someterlo, tuvo Hereñá la fortuna de salir victoríosot 
y tras el triunfo hizo declarar ambas regiones indepen- 
dientes de la autoridad de Buenos Aires y semetidas al 
protectorado de Artigas (Marzo de 1815). 



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338 BOSQUEJO HISTÓRICO 

En la Banda Oriental Artigas, que ya en 1811 come- 
tiera el acto inhumano de llevar tras de sí violentament/í 
toda la población de su provincia (14 ó 15 mil personas 
de todas edades y sexos) al retirarse á Entre Ríos caando 
se levantó el primer sitio de Montevideo, qae había 
tenido graves desavenencias con el gobierno nacional, 
que había hostilizado al ejército que vonía á sitiar por 
segunda vez, en lsl2, á los realistas de Montevideo, 
que había expulsado durante este sitio de acuerdo con 
Rondeau, al unitario general en jefe Sarratea, que luego 
había qiici ulo inq)oner su voluntad en la elección de los 
diputados para la Asamblea constituyente, que poco 
después desertara con sus secuaces del ejército patñota 
abandonando los puntos que ocupaba eñ la línea de 
asedio (181.3), mancomunó sus esfuerzos con los caudi- 
llos de Comentes y Entre Ríus y envío sobre la plaza 
uruguaya tomada por Alvear á sus tenieníes Rivera y 
Otorgues para que siguieran aquí la campana comenzada 
en Córdoba. En esta ocasión fué derrotado Otorgués 
primeramente por Alvear y después por Dorrego ; pero, 
éste lo fué á su vez por Rivera en Oiiayai^os (Enero de 
lsi5). Solicitada la acción del gobierno de tantos puntos 
ajjartados, y careciendo de tropas para acudir á todos 
á la vez en sostenimiento de su autoridad y del orden, 
mandó que las de Montevideo evacuasen la plaza y se 
retirasen á Buenos Aires (23 de Febrero). 

Es decir que Ins huestes federales de las intendencias 
de Córdoba y de Buenos Aires dominaban la mayor 
parte del territorio al comenzar el año quince, y se 
hablan puesto de acuerdo, bajo el protectorado de Arti- 
gas, para coinl)atir á los unitarios (|ue ejon'ían el 
guhiei [i » nacional, hasta vencerlos en el mismo centro 
de su poder, la capital argentina. 

Á este estado de los asuntos internos se agregaba, 
como se recordará (CXXXIII), que ios ejércitos que sos- 



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I>B LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL tJRÜOUAY 339 



tenían en las intendencias del Norte la guerra con los 
realistas venían sufriendo una serie de terribles desas- 
tres desde Octubre de 1813, que permitieron al general 
Pezuela avanzar triunfalmente h;ist;i Salta. El i^^nhierno 
de las Provincias Unidas se reconocía, por lo mismo, 
impotente para resistir á la vez á la dominación de 
Espafia y á la prepotencia de las clases bárbaras del 
pueblo. Como si estas desgracias no flieran bastantes, 
se produjo honda división en la Logia Lautaro, 
siguiendo una parte al ambicioso Alvear, y otra parte 
al sesudo San Martín, pues ambos se enemistaron por 
la diversidad de sus opiniones y de su carácter, y flié 
necesario que el último aceptase el mando del ejército 
del Norte y lue^o la gobernación de Cuyo, para que el 
otro obrara sin desvirtuar sus móviles patrióticos por 
las sugestiones de la rivalidad* 

Resuelto, sin embai^ de tantas desgracias, á agotar 
los esfuerzos en favor de la libertad y del orden, la 
Asamblea abolió el triiinviralo y concón Iró el poder 
ejecutivo en un solo director (22 de Enero de 1814) que 
lo fué desde luego don Gervasio Posadas. Se pensó que 
con esta medida seria más enérgica y rápida la acción 
del gobierno. Además se decidió disminuir la jurisdic- 
ción territorial de los cfobernadores intendentes, ya 
porque así cumplirían éstos mejor sus cometidos, ya 
porque se restringiría en extensión y en ñierza el influyo 
de los caudillos regionales. Así, pues, se separaron de 
la intendencia de Buenos Aires, formando con ellos 
otras tantas intendencias, el territorio de la Banda 
Oriental (7 de Marzo do 1814), el de Entre Ríos (10 de 
Septiembre) y el de Ck>nientes (en la misma fecha); y 
se separaron de la intendencia de Salta los de Tucu- 
mán, Catamarca y Santiago del Estero, para formar la 
provincia de Tucumán (8 de Octubre). 

Pero, como estas medidas no impidieron que los gau* 



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340 



£OSQU£JO HISIÓRIOO 



chos y salvajes triunfaran en las provincias reciente- 
mente creadas, y como ya se tenían noticias de que en 
España se aprestaba una fuerte expedición de 15 mil 
hombres destinada al Río de la Plata (la misma que 
después tuvo que ir á Venezuela — CXXXI) y mandada 
por el famoso general Morillo, los poderes públicos 
nacionales perdieron la esperanza de que el país se 
salvara por sus propias ñierzas, y á caer de nuevo bs^o 
el poder absoluto de los reyes españoles prefirieron 
deber la indei»endencia á las potencias europeas, aun- 
que fuera á condición de regirse por una monarquía 
constitucional. De ahí que Rivadavia y Belgrano fuesen 
enviados á Europa en Agosto (1814) para negociar la 
independencia con Inglaterra y con España á la vez. 

En guerra el país con propios y extraños, se juzgó 
que operaciones tan múltiples, desarrolladas en tan 
vasta zona, requerían una suprema dirección militar. 
Renunció Posadas su empleo en Enero de 1815 y vino 
Alvear á reemplazarle cuando apenas contaba 28 años 
de edad. Más violento que reflexivo, y bastante orgu- 
lloso para no pedir ni oír consejos, á pesar de su inexpe- 
riencia, apartó á San Martín de la intendencia de Cuyo, 
en donde preparaba su gloriosa expedición al Pacífico, 
lanzó un decreto severo contra Artigas, amenazó con la 
horca á los que alterasen el orden público, llamó á las 
armas á todo el pueblo, y mientras mandó un ejército 
contra las montoneras victoriosas de Córdoba, de Santa 
Fé y Entre Kios, que b^jo las órdenes de Artigas se 
encaminaban á Baenos Aires, se dirigió al Gobierno de 
Inglaterra manifestándole que el Río de la Plata quería 
pertenecer á la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obede- 
cer á su gobierno, vivir traoquüamente ai amparo d& 
su protección. 




1 



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D£ LA REPÚBLICA ORIBNTAL DBL URUOÜAT 341 

CtXLiy. ^ Las subleTaelones de TTQamnngra j FonteziélM» J la 
itfolaeiéM federal de ¿nme Aires USl^i 

Habiéndose pensado á fines de 1814 en nombrar á 
Altear para que mandase el ejército del Norte, que 

estaba bajo las órdenes de Rondeau, y temiéndose que 
no lüera bien recibido, envió el Gobierno varios jefes y 
oficiales como para preparar una buena acogida; pero 
el ejército se pronunció contra ellos en Tucumán y el 
general en jefe dió orden de que se les tuviera presos. 
Este hecho haré concebir que el nombramiento de 
Alvear pai*a director del estado no habia de ser del 
agrado de Rondeauly de los jefes que le seguían. Se 
hallaba el ejército en Huamanga (Perú) cuando recibió 
la noticia. Allí mismo declaró que le negaba su recono- 
cimiento; es decir, que no se sometía á su autoridad 
(30 de Enero de 1815). 

Por su parte la división enviada al encuentro |de los 
montoneros aliados mandados por Artigas, que de Santa 
Fé se dirigían á la capital de las Provincias Unidas, 
según liabía propuesto Córdoba, se sublevó al llegar á 
Fontezuelas (provincia de Buenos Aires) obedeciendo 
á los coroneles Ignacio Álvarez Tbomas y £usebio Val- 
denegro, quienes hicieron causa común con los federa- 
les (12 de Abril). Dos días después intiiiiaron al gene- 
ral Alvear que renunciase el mando. El 15 el cabildo 
y los federales de la misma capitad apoyaron á los suble- 
vados de Fontezuelas ; y Alvear, viendo armados en 
contra suya al ejército y al pueblo, abandonó el poder 
el día 18. La Asamblea se disolvió enseguida. 

Convocóse inmediatamente en la ciudad una asrim- 
blea, y ésta, coi^untamente con el cabildo, nombró al 
general Rondeau para que desempeñase el empleo de 
director, designó al coronel Álvarez Thomas para que 



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342 üusguKJO HISTÓRICO 

lo ctferciese mientras no viniera el nombrado, y consti- | 

luyó una Junta de observación con facultades constitu- i 
cionales y le^rislativas (20 y 21 de Abril). I 

En los días subsiguientes el cabildo de Üuenos Aires 
lialagó á Artigas con los títulos de ilustre y benemérito; 
el gobernador aliado de Córdoba le envió una espada 
de oro cubierta de pouijíosas inscripciones; el director 
intei iiio iiizü apreJicader y en^TÍllar, por coiii placerle, 
á los unitarios más caracterizados que habían íigurado 
en él primer directorio y en la asamblea, y la Junta de 
observación se ocupó de redactar un Estatuto provi- 
sional PARA LA DIREOCIÓN Y ADMINISTRACIÓN DEL 

ESTADO, en coniuiULudad cou las doctrinas del federa- 
lismo. 

CXLY. - La MMtttmMa éb im 

Las sublevaciones militares no merecen a[)rol)ación 
en ningún caso, porque nada hay más sometido por su 
naturaleza á la ley de la obediencia, que el ejército. Los 
que sirven en él deben tener ciencia é inteligencia para 
cumplir las órdenes que reciben directa ó indirecta* ^ 
mente del Poder ejecutivo, pero no para juzgar el 
acierto 6 desacierto de esas órdenes, y menos para I 
rebelarse contra ellas. El ejercito no es un poder polí- 
tico; los militares que en él sirven no pueden ni deben 
ocuparse de política; el militar que quiera ser político 
debe renunciar antes el empleo que tenga en el ejército. 
Esta es la buena doctrina. Su infracción es indisciplina, 
y nada liay tan funesto como un ejército indisciplmado, , 
aun cuando pueda suceder alguna ves que un acto de . 
insubordinación salve momentáneamente de un peligro. ' 

Las sublevaciones de Huamanga y de Fontemelas 
fueron actos vituperables, tanto más cuanto que, 
habiendo sido consumados por tropas regulares, fomen- 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 343 



taban y en cierto modo autorizaban los desórdenes de 
las milicias campesinas, compuestas de gauchos y de 
salv£yes. Debe decirse, empero, no como justificación, 
ni como atenuación del delito, sino como simple aseve- 
ración de un hecho, que la sublevación de Fontezuelas 
tuvo, al lado de su faz mala, la de haber su[)rimido el 
motivo de que las muchedíimhiv's bcárl)aras que seguían 
á Jos caudillos coligados bajo iu dirección política de 
los cordobeses y la jefatura militar de Artigas conti- 
nuaran su marcha devastadora hacia Buenos Aires, y 
la de haber dado ocasión á que vinieran al |)oder indi- 
vidualidades cultas, en vez de las sirnestras que lo 
habrían tomado, si hubiesen sido los campesinos quie- 
nes entraran en Buenos Aires y constituyeran las nue- 
vas autoridades. 

Debido á esta circunstancia, pudo componerse la 
Junta conservadora con personas ilustradas y promul- 
garse poco después (5 de Mayo de 1815) una constitu- 
ción, no perfecta, pero sí notable y plausible por más 
de un concepto. 

Componíanlo 8 secciones, en las cuales se trataron 
latamente estas materias : de los derechos y obligacio- 
nes de los individuos, del poder legislativo, del poder 
csfecutivo, del poder judicial, de las elecciones y fluicio- 
nes electivas, del ejército y la armada, de la seguridad 
individual y la libertad de imprenta, y de la Junta de 
observación. 

Todos los habitantes, fueran nacionales ó extranjeros^ 
gozarían de estos seis derechos : la vida, la honra, la 

libertad, la igualdad ante la ley, la propiedad y la 
se^ruridad, y dcl)erían respetar la religión católica 
apostólica romana, que sería la del estalo. Todos los 
temires, mayores de 25 años, nacidos y residentes en 
el país, serían ciudadanos activos y pasivos. Gozarían 
de la ciudadanía activa todos los extranjeros (menos los 



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344 BOSQUEJO BISTÓaiCO 

españoles) mayores de 25 años, con 4 6 más años de 

residencia en el país, que tuvieran propiedad inmueble 
óalg'una prole.MÓn útil y supiesenleeryescribir; y podrían 
ser elegidos para tercer luiciones públicas, no siendo 
las de gobierno, desde que tuvieran 10 años de residen- 
cia, y aun para las de gobierno, si renunciaran á toda 
ciudadanía extranjera. Toda autoridad que privase de 
un derecho político ilegalmeute incurriría en la pena del 
tallón. £n cambio todo hombre estaría obligado á 
someterse completamente á la ley y á obedecer, honrar 
y respetar á los flincionaríos públicos. 

El i>oder le«?¡slativo residía originariamente en el 
pueblo. Lo ejercería en nombre suyo la Junta de obser- 
vación, en lo que fuera más urgente, hasta que se reu- 
niera el Congreso general de las provincias, en la ciudad 
de Tucumán. 

El poder ejecutivo sería desempeñado en todo el 
teiTiiorio por un director del estado, elegido todos los 
años. Le incumbiría, entre otras cosas : el mando y 
oiiganización de las ñierzas de mar y tierra ; la conser- 
vación del sosiego público ; la administración de los 
fondos ; d nombramiento de sus ministros, de agentes 
diploma lieos y consulares, y de jueces ; el fomento de 
las industrias; el negociar y concluir tratados. No 
podría disponer ninguna expedición militar íbera de la 
provincia, sin previo consentimiento de la Junta de 
obser\ ación, reunida con el Cabildo y el Tribunal del 
consulado. 

El poder judicial seria desempeñado por los tribunales 
y jueces ya instituidos. 

ferian elegidos : el dii^ector del estado, los di|in lados 
que formaran el congreso general, los cabildos, los 
gobernadores de provi^ieia y los individuos de la Junta 
de observación. £1 pueblo elegiría directamente cierto 
número de electores, y éstos, reunidos en asamblea. 



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DE LA REPÚBUCA ORiENTAL DEL URUGUAY 345 

designarían los flmcionarios. Los tenientes^bomado- 
res serían nombrados par el director, de una terna que 

le presentaríii el cabildo de la capital de provincia. 

Las fuerzas de mar y tierra serían administradas 
segrün disponían las ordenanzas. Pertenecerían á la 
milicia cívica todos los habitantes amerieanos» aiü como 
los exira^eros que tuviesen más de 4 años de residen- 
cia en el país, desde que hubiesen cuinplicio 15 años de 
edad, hasta la de 60. La fuerza armada obedecería al 
Director ; pero soló á la Junia de obset^vación, desde 
que ésta y el cabildo declarasen que aquél había clau- 
dicado ó que obraba contra la salud y la seguridad del 
estado. 

Las acciones privadas de los hombres que no afecta- 
ran al orden público estarían exentas de la autoridad 
de los magistrados. Nadie estaría obligado á lo que la 
ley no mandase clara y expresamente, ni privado de lo 
que ella no prohibiese del mismo modo ; ni podría ser 
penado, ni confinado, sin forma de proceso y sentencia 
legal. Todo hombre tendría el derecho de resistir con 
la fuerza la prisión de su persona ó el embargo de sus 
bienes, si se intentaran ÍUera de orden 6 sin las forma- 
lidades legales. El auxiliar esa resistencia no se repu- 
ta! la criminal. Sería libre iu manifestación escrita del 
pensamiento. 

La Junta de observación se compondría de 5 vocales. 
Éstos serían inviolables, estarían exentos de toda auto- 
ridad, y sus flinciones durarían todo el tiempo que las 

del director del estado. 

Basia el resumen que acabo de hacer para que se 
comiu^eada el valor doctrinal de la constitución de 1815. 
Ninguna 6 casi ninguna de sus disposiciones sería anti- 
cuada hoy en día, á los ochenta afios de haber sido 
promulgada ; muchas merecen todavía el juicio de avan- 
zadas ; algunas han de parecer de un radicalismo atre- 



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346 BOSQUEJO HiSTÓKICO 

vido, y no faltan arttcnlos que los pueblos más liberales 

miranan como innovadores y peli^n^osos. He escrito eon 
bastardilla los que me parecen más dignos do atención. 
Esto demuestra cuanta era la ilustración jurídica de los 
autores, y cuan liberal su criterio político. 

Sin embargo, el trabajo revela que no tenían un con- 
cepto perfecto de la federación, á pesar de su ciencia. 
La federación es un organismo de estados, regido por 
dos principios fimdamentales. — l.« Cada estado fede^ 
rodo es autónomo respecto de todo lo que ^ él solo le 
iiitcresa de modo |)articular. Su puel)lo atiende á sus 
necesidades peculiares, según su opinión y su voto por 
medio de un poder que constituye, de otro que legisla, 
de otro que ju^a, de otro ú otros que desempeñan las 
demiás clases de fbnciones administrativas. — 2.* Los 
intereses comunes á todos los estados federados son 
satisfechos por autoridades igualmente comunes; es 
decir, por un poder constituyente, por un poder legis- 
lador, por otro judicial, por otro ejecutivo; cuyos pode- 
res son federales, porque el estado complejo que forman 
los federados es un estado federal. — En este sistema 
cada estado federado es independiente de los otros y 
del federal en cuanto á su organismo interno atañe; 
pero depende del estado federal en cuanto interesa á 
la comunidad de la federación. 

Ahora bien: la constitiición del año quince consagra 
los principios federativos en cuanto organiza los pode- 
res generales y estatuye que cada provincia elegirá el 
gobernador que desempeñe el poder ejecutivo de la 
misma ; pero no los consagra en cuanto omite las fun- 
ciones constitucionales, las legislaturas y los poderes 
judiciales de provincia y dispone que los teniente-gober- 
nadores sean nombrados por el director, lo que ímpor" 
taba crear poderes antagónicos con los del gobernador. 
Esa constitución es en parte federativa ; pero tiene más 



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DE LA HEPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 347 

de unitaria. Si la asamblea unitaria derrocada la 
hubiese dictado, sería una expresión de sus principios 

ligeramente ruud i lirados por dar á los caudillos la satis- 
facción de sei- ^olipniadores de sus provincias; pero, 
dictada por unu junta revolucionaria que proclamaba 
la federación, revela: ó bien que los mismos federales 
ilustrados temían que su sistema político diera ñmestos 
resultados si se adoptaba netamente, ó que no se tenía 
todíivía entonces idea exacta de lo que era la federación. 

Lo que interesa ver ahora es cómo cumplieron las 
proyincias y el gobierno central la parte federativa de 
la constitución y cómo la parte unitaria, 

Cl^LTI* — Las prOTinHas durante el léglneii 
íedenü. 1S15-17. 

£1 director interino nombró para ministros de 
gobierno, de hacienda y de guerra respectivamente: á 
don Gregorio Tagle, político hábil, ílexible y poco 
escrupuloso; á don Manuel obligado, y al general Mar- 
cos fialcarce. El gobierno convocó la asamblea consti- 
tuyente, retiró los poderes que Posadas y Alvear habían 
dado á Rivadavia y á Belgrano para negociar en Europa 
la independencia, y cediendo á exigencias del partido 
vencedor más que á sus propias concepciones, nombró 
una Comisión civil de justicia y una Comisión militar 
qfecutíva para que procesaran á los individuos del par- 
tido contrario que de algún modo se hubieran distin- 
guido. La primera desterró ó confinó á numerosos ciu* 
dúdanos espectables por el solo hecho de haber sido 
partidarios del gobierno vencido ; y la segunda proce- 
dió de igual modo respecto de militares á quienes no 
se les halló más delito que el de haber cumplido el 
deber de ser fíeles al gobierno de quien habían depen- 
didOy y aun llegó á hacer fusilar á uno. 



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348 



B08QUBJ0 HISTÓRICO 



. Se tuvo la esperaiusa de que cesara ó disminuyera el 
desorden de las provincias, y se confirmó al ver qm 
Artigas, el más implacable, turbulento y temible de 

todos los cau lillus, cuyo poder había llegado a :su ajx)- 
geo por la uiuóii de las cuatro provincias y la teniente- 
gobernación que habían reconocido su protectorado, 
enviaba desde su cuartel general de Santa Fé «< al muy 
benemérito pueblo de Buenos Aires » una proclama en 
la cual procura l)a jusficar su conducta pasada, le daba 
la enliorabuena y haría votos porque »• nada fuese capaz 
de contrariar la unión de todas las provincias « y en lo 
futuro no se viese en todos otra cosa que x una sola 
gran familia de hermanos (29 de Abril). » 

Sin embargo, no sucedió así. Aunque en la provincia 
de Tucumán siguió írobernando el general Araoz por- 
que, si bien nombrado por Posadas, se adhirió á la 
causa federal» la provincia íUé agitada por el levanta- 
miento del coronel Juan Francisco Borges. Este caudillo 
depuso al teniente-gobernador de Santiago del Estero, 
ocupó su lugar y negó obediencia al gobernador Araoz 
(Diciembre de I81G). Belgrano, que mandaba á la sazón 
el ejército del Norte y era capitán general de las pix>vm- 
cias que librase del poder de los españoles, tuvo que 
marchar 'contra Borges. Lo venció y lo hizo juzgar. 
Se le castigó con la última pena. 

En la provincia de Salta asumió el gobierno el cabildo 
{Mayo de 1815); pero el mismo día iué obligado por el 
coronel Güemes á convocar al pueblo» y el pueblo, com- 
puesto en su mayoría de los gauchos que seguían al 
famoso caudillo federal, lo proclamó gobernador. Lo 
irregular de esta elección no impidió que gozara el poder 
hasta i>ocos días antes de su muerte, ni que lo ejerciera 
con absolutismo desenfrenado, aunque reconocieodo que 
su provincia pertenecía á la Unión y conservando con 
las autoridades, nacionales tratos tan cordiales como 



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DB LA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 349 

ñieran compatibles con su natural indisciplina, con su 
arbitrariedad y con suis torpezas. 

La revolución federalista había llevado al gobierno 
de Córdoba al coronel José Javier Díaz, quien se creyó 
segforo en él, durante algunos meses, por contar con la 
protección de Artigas. Pero se encontró con que la 
toniente-gol)ernación de la Rioja no le obedecía, sino 
que 8edeciara))a se[)arada de su dependencia. Ck)nsiguió 
que el capitán José Caparrós» de acuerdo con una firac^ 
ción del pueblo, depusiera al teniente-gobernador 
(Abril de 1816); mas éste no tardó en recuperar el poder 
y se conservó independiente del gobierno provincial. 
Algunos meses después (Septiembre) el mismo Díax 
tuvo que luchar con el comandante Juan Pablo Bulnes, 
y (taé vencido. Las autoridades centrales nombran 
entonces para sustituirle á don Ambrosio Funes. Bulnes 
le resiste, mas el nuevo gobernador triunfa jí fines del 
mismo aüo, el tederaiismo y el protectorado de Artigas 
se interrumpen, y vuelve entonces la Rioja á la sumi- 
sión del gobernador (Diciembre de 1817). 

Se eligió el gobernador intendente de la provincia de 
Buenos Aires á los quince días de promulgado el esta- 
tuto, y el elccLo permaneció en el puesto los tres auos 
que esa constitución sellalaba. Pero no porque la pro- 
vincia hubiese estado en paz. £1 día anterior á la elec- 
ción el coronel Valdenegro y el mayor Enrique Martí- 
nez intentaron ua motín militar contra el comandante 
de armas y los generales Viamunt y Díaz-Vélez ; j>pro 
fueron aprehendidos y desterrados. También en Santa 
Fé eligió el pueUo el teniente-gobernador poco después 
de publicado el estatuto, cuya elección recayó en el 
mismo que desempeñaba interinamente las funciones, 
(Fraricisco A. Candioti), federal decidido que tuvo per- 
maneatemente enarbolada la bandera separatista. SI 
cabttdo entabló comuDicaciones con el director, dis* 



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350 B06QUBJO UISTÓRIOO 

puesto á emanciparse del protectorado de Artigas, 
cuyas milicias habían infundido temor en los habitan- 
tes, y consintió en que viniesen fuerzas de observacióa 
(1500 hombres) destinadas á contener á los revoltosos 
(Agosto) ; por manera que tanta Inquietud inspiraban los 
federales campesinos al gobierno de su partido, como 
habían inspirado al unitario. 

Habiendo fallecido el teniente gobernador, se eligió el 
sustituto; se hizo arriar la bandera de Gandioti, y se 
cambió el personal de la administración. La situación 
parecía modiíicada en el sentido de sacudir la prepoten- 
cia de Artigas; pero en Marzo del año siguiente (1816) 
se sublevaron dos compañías enviadas contra los indios, 
de una de las cuales era teniente Estanislao López. 
Estas fuerzas se reunieron con otras que Artií^^as liabía 
enviado desde Entre Ríos y todas, obedeciendo órdenes 
de Mariano Vera, á q^ien proclamaron teniente-gober- 
nador, sorprendieron al teniente-gobernador y al gene* 
ral Yiamont, jefe de la fuerza de observación, obligando 
al primero á huir y al segundo ácapiíul,M¡ . 

El direolorio nombró entonces al ^'^cueral Beigrano 
para que con nueva división obrase sobre Santa Fé. 
Belgrano, prefiriendo un avenimiento á la guerra, 
encomendó al general Díaz Vélez que tratase con Vera ; 
y eíeniv.iiiiente se puso de acuerdo, i)ero para sulile- 
vai'se contra Belgrano y contra el Director, cuyo pacto 
se firmó en Santo Tomé (iTde Abril). Belgrano ñié 
preso; las tropas se adhirieron al tratado, y Álvarez 
Thomas renunció el poder. 

La Junta conservadora y el cabildo nombraron enton- 
ces al brigadier Antonio González Balcarce. El tratado 
de Santo Tomé íüé ratificado; pero no por eso hubo paz 
con los federales ariiguistas de Santa Fé, pues el mismo 
Díaz Velez tuvo que marciiar 'M)[Ura rl L,^obernador 
Vera, quien llegó á la capital de la teniente-gobernación, 



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DE LA RfiPÚBUGA. ORUSKTAL D£L URUGUAY 351 

luchando con dificultades de todo género (Agosto); 
mas también filé obli¿^cido á retiraise y á sufrir pérdi- 
das. Los veucedores, cuyo director militar fué Estanis- 
lao López, cometieron numerosas crueldades durante 
esta campafia y aun después del triunfo. 

Es decir que los federales de la teniente-gobernación 
de Santa Fé estaban divididos en aríigimlas y eii ciíUi- 
artiguistas. Los mismos artiguistas no estaban confor- 
mes con Artigas en cuanto á los vínculos que los liga- 
ban. Aquéllos miraban á éste solamente como aliado 
protector ; éste entendía que debían estarle absolutamente 
sometidos. De esta diferencia de conceptos nació (iurante 
la'campaña que acabo de referir un episodio que demues- 
tra bien el sentimiento del pueblo santafesino y las pre- 
tensiones del caudillo uruguayo. Proclamado Vera 
teniente-i;^( íbemador por las tropas sublevadas, recibió á 
un cüjnisioiiado de Artií^as, don Ramón Toribiu Fernán- 
dez, que exi-jrio en iM^mbre del Protector que Vera impu- 
siese una contribución al pueblo y se la diese juntamente 
con la artillería, fusiles, tercerolas y demás armas que 
el general Viamont había dejado al capitular. Como su 
demanda no fuese atendida, redujo á prisión al Goberna- 
ilor, lo remitió al Paraná, ordenó á Hereñú que Ic 
remachase una barra de grillos y lo pusiese en un cala- 
bozo, por rebelde á las órdenes del Protector, y al día 
siguiente convocó al pueblo para que eligiese otro 
teniente-srobernador (í) y 10 de Mayo de 1816). Pero el 
j>ueblo se reunió armadt» para imponerse al comisionado 
de AiHigas, á quien exigió que hiciera regresar á Vera 
en completa libertad. Fernández, amedrentado, obede- 
ció y Vera fué recibido el día inmediato por el pueblo, 
y aclamado con estrépito. 

Hereñú asumió la p:obornarión de uiui parte de la 
provincia de Hntre Ríos en 1815, y la ejerció con la 
protección de Artigas hasta Diciembre de 13171 desde 



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352 BOSQUEJO HISTÓRICO 

la ciudad de la Bajada del Paraná. Le obedecían otros 
caudüius entrerriaiios secuadarius, tales C( «mo Evaristo 
Carriego, Gervasio Correa y Gregorio Samaniegro, que 
tercian su poder semi-autónomo hacia el Sud. Sa 
dominación fhé combatida por el directorio federal 
mientras estuvo cu Santa Fé el general Dkxz \*élez, pues 
éste mandó contra él una división bajo las órdenes del 
coronel Federico Hoimberg ; pero Hereüú resultó vence- 
dor é intervino luego en la rendición del general. Desde 
entonces no sufrió persecuciones del directorio federal ; 
pero sí la rivalidad de Francisco Ramírez, caiidillo de 
la Concepción del Uruguay, y la prepotencia avasalla- 
dora de Artigas, quien disponía de las personas y de 
las cosas de Entre Ríos para sus empresas como si le 
pertenecieran. Hereñú y sus tenientes ya nombrados 
llegaron á considerar con mayor aversión el despotismo 
del Prot-ector desde que éste hizo nombrar al coronel 
José Francisco Rodríguez para gobernador. Entonces se 
decidieron á emanciparse de él en cuanto hubiese oca- 
sión favorable. Se presen t<') cuando los portugueses 
invadieron la Fíanda Oriental (CXXIX). Ol'liirado Arti- 
gas á contraer toda su fuerza á la defensa de su provin- 
cia, y debilitada por lo mismo su acción exterior desde 
los desastres del Arapey y del Catalán, creyeron fácil 
Hereñú y sus secuaces pronunciarse contra la domina- 
ción del caudillo oriental, reconociendo la autoridad 
del directorio. Este pronunciamiento se verificó en 
Diciembre de 1817, apoyado por flierzas nacionales; 
pero no estuvo destinado á tríuníár, como se verá 
poco después (CXLVIII). 

También en la provincia de Corrientes se sucedieron 
las revueltas durante el régimen federal. Baaoaldo había 
nombrado un gofomiador en 1816. Á éste sucedió otro 
en el mismo año. Fué depuesto á su vez por los antí 
artiguistaSy pero volvió al poder inmediatamente. Le 



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U RBPtiBLIGA. ORIENTAL BBL ORUaUAT 858 

siguió en 1816 Méndez, artiguista. Los que no querían 
la tutela del caudillo oriental le hicieron la guerra, 
pero Alerón vencidos otra ves y sus Jefes enviados al 
campamento de Artigas. Al ser repuesto, Méndea 
ordenó, por obedecer á su Protector, que se forzara al 
servicio de las armas á cuantos pudieran llevarlas, 
mientras el indio misionero Andrés Tacuarv, llamado 
también Andresito Arti^^as, y más comunmente Andre* 
SÜO9 hüo adoptivo del Protector, hacía otro tanto en 
las Misiones, disputando á los paraguayos el dominio 
de este territorio. Todas estas fuerzas eran para el ser- 
vicio de Artigas. Las indiadas reunidas en Corrientes 
se coníiaron al mando del coronel José Francisco 
Bedoya ; pero éste, en vez de emplearlas segf6n la volun* 
tad de Artigas, 'se sublevó, depuso á Méndez, se puso 
en comunicación con el gobierno nacional, convocó un 
congreso de correntinos é hizo confirmar el nombra- 
miento de gobernador que ya babía recibido de sus sol* 
dados (1817). 

Por su paurte la provincia oriental soportaba pruebas 
no menos duras. Vencido Dorrego en Guayabos, y 
abandonada la plaza de Montevideo por las tropas nacio- 
nales, entró rn ella Oiorgués y se arrogó ei mando. Los 
actos de salvajismo que él y sus soldados cometieron 
horrorizaron tanto á la culta población de Montevideo, 
que Artigas tuvo que ceder al clamor de sus mismos par- 
ciales sustituyéndolo por Rivera y enviando más tarde 
á don Miguel Barreiro para que gobernase según sus 
instrucciones y como deloí>'ado suyo. 

Así que cayó el poder de los unitarios, el nuevo direc- 
tor nombró comisionados para que tratasen la indepen- 
dmcia de la Banda Oriental. Artigas desechó en abso- 
luto la proposición de la independencia y opuso un 
proyecto por el cual declaraba que la Banda Oriental 
era una provincia argentina y estaría sv^eta á la cons* 



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354 BOSQUEJO HISTÓRICO 

titución que dictase el Congreso que pronto había de 
reamarse, á la vez que exigía que las provincias de Cór- 
doba, Entre Ríos y Corrientes, y la teniente-goberna- 
ción de Santa Fé permanecieran l)i\jo la protección de la 
provincia oriental y soiiietidas ~ á la dirección del Jefe 
de los orientales » mientras voluntariamente no quisie- 
ran separarse. Los comisionados del directorio federal 
procuraron transigir repitiendo al día siguiente su pro- 
puesta de que la Banda Oriental fuese independiente y 
a^wgando (jue las pro\iiicias de Corrienies y Entre 
Ríos quedarían en libertad para i tenerse b¿yo la protec- 
ción del gobierno que quisieran. Pero Artigas, que no 
quería la independencia de su patria y si la mayor can- 
tidad de poder posible para imponerse en su [provincia 
y ñiera de ella, rechazó también esta propui^si.i y que- 
daron rotas las negociaciones (Junio de 1815). Esta 
ruptura fué la que determinó al director Álvarez á man- 
dar sobre Santa Fé la fuerza de observación que 
comandó el general Viamont. 

Los portugueses aprovecharon (\sta coyuntura para 
invadir la Randa Oriental, como queda referido 
(CXXXVI), y de ahí que en las Misiones, en Corrientes y 
en Entre Ríos se apresurasen los caudillos artiguistas á 
reunir indiadas para oponerlas al invasor del Urugaay. 
Bl gobierno argentino propuso todavía arreglos á Arti- 
gns, cou el íin de re|)eler iodos unidos los ejtu'ciios \K)r- 
tugues'es, mas el caudillo incorregible pretirió la domi- 
nación portuguesa al avenimiento con el gobierno nació* 
nal, y ñié motivo de que la causa de la independencia 
uruguaya quedase vencida en el decurso de 1817. 

De lo expuesto se deduce que si los unitarios habían 
sido impotentes para hacer respetar la autoridad de su 
gobierno y para someter por la fuerza á las poblaciones 
de las provincias antes de 1816, no füé menor la impo- 
nencia de los federales ilustrados que se apoderaron del 



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DE LA REPÚBUCA OKI£NTAL D£L URUGUAY 355 

gobierno en Abril de ese año, como que Salta, Córdoba, 

Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos y el Uruguay no se le 
subordinaron, ni se ocuparon de cumplir, siquiera fuese 
aparentemente, las disposiciones del famoso estatuto 
PROVISIONAL. Las pocas provincias que estuvieron en 
buenas relaciones con el gobierno general no aprove- 
ciiaiuu la paz para organizarse constitnrional ni arlnii- 
nistrativamente, y á las otras les sirvió su separación 
de hecho solamente para vivir en permanente estado de 
guerra, y sometidas al cacicazgo de caudillos locales y 
á la prepotencia arbitraria de Artigas, más ó menos 
duramente ejercida, soí^ün fueran las distancias ñ que 
estuvieran del cuartel general ó la talla de los mando- 
nes. En ninguna de ellas hubo constitución, leyes, ni 
cosa parecida; ni las personas, ni las cosas, estuvieron 
sujetas a reglas civiles iii políticas. Imperaba la volun- 
tad variable de los que disponían de la fuerza. Ni entre 
ellos, ni ellos y el pueblo, existieron relaciones que, 
siquiera fuese embrionariamente, pudieran reputarse 
federativas. Artigas dominaba unitaria y absoluta- 
mente, cuanto le era posible, á su pueblo y á los que 
le tenían por protector; y cada jefe subordinado domi- 
naba en su distrito tan unitaria y absolutamente como 
pudiera. Esas provincias diferian poco, por su organi 
zación política, de las tribus salvajes. Ni podía espe- 
rarse otra cosa del estado de civilización de la mayoría 
de sus pueblos, que era, como se ha visto, la barbarie 
de los campesinos (XGI y sigts. GXXXVIII). La federa- 
ción mal entendida por los hombres ilustrados que se 
llamaban íe(ler:i!*'>, no era para los pueblos otra cosa 
que la libertad de tener caudillos locales, ni para los 
caudillos era más que la libertad de mandar y disponer 
de todo como querían. Hubiera podido esperarse de 
caudillos civilizados que su omnipotencia ñiese morige- 
rada por ideas científicas y por sentimientos humanita- 



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356 



ríos; pero los salidos del seno de la barbarie no podían 
tener otras ideas y sentimientOB que los inherentes at 
grado prímitiTO de su caKora Intelectoal y moral ; por 

manera que era inevitable que el uso de su poder fuese, 
como fué efectivameate, bárbaro. 

CXL> n. — La Tnelta ai redimen aiütario (ISie-lSl 7j. 

Los sucesos del año 1815 y de j)niicipiüs dei sigruiente 
demostraron al director Alvares Thomas qae la aplica* 
ción del Estatuto provisional no se realizaba en las pro- 
vincias, é impedía al gobierno obrar segl&n lo requerfan 
las ciminsiancias. Deseoso de poner remedio á estos 
males, en vez de someter el punto á la Junta de obsei- 
vación, como debió, hizo un llamado al pueblo de Bue- 
nos Aires, se reunió éste en el Colegio, amplió las fhctil- 
tades del directorio y nombró una comisión para que 
reformara el Estauuo (Febrero de 1810). La Comisión 
se expidió en los primeros días del mes siguiente y el 
pueblo fué citado para considerar el proyecto; pero 
luego se juzgó más prudente postergar la promulgación 
do las modifleaciones hasta que el Congreso se proiiuii- 
ciara á su respecto (Ai)ril). 

Como en esos días ocurrió además el suceso de 
Santo Tomé, en que se pactó la deposición del director 
(CXLVI), Álvarez Thomas renunció su empleo y la Junta 
de observación y el cabildo nombraron al brigadier 
Antonio González Balcarce, según ya se ha dicho (10 
de Abril). Poco tardó en manifestaiáe en Buenos Aires 
una ardiente oposición de federales y unitarios. Aqué* 
líos pidieron á Balcarce que la provincia se constituyese 
federau va mente, sin perjuicio de la obediencia que se 
prestaiia á las autoridades centrales; los últimos 
rechazaban tal pretensión. Balcarce apoyó á los fede* 
rales; el cabildo á los unitarios. Sucediéronse los 






BB LA RBPÜBUCA ORIENTAL BEL URÜGUAT 357 

tumulios, pero la voiaciua üei pueblo dio el triunfo á 
ios unitarios (Mayo). La consecuencia Aié que el 
Cabildo y la Junta de observación destituyeran á BaK 
caree y que lo reemplasaran por ana Cmnisién gttber^ 
nativa, compuesta de un capitular y de ua mieuibro de 
la Junta (11 de Julio). 

Las proYÍncías habían sido invitadas entretanto para 
que eligieran representantes y los enviasen á Tucumán, 
según el Estatuto prescribía. Esta era la oportunidad 
en ([ue todas concurrieran á hacer valer sus opiniones 
y á decidir lo que más bien les pareciera. Pero Artigas, 
que no podía estar en paz con nadie, ni quería someter 
su ambición á la decisión libre de una asamblea, pro- 
hibió á las provincias que le reconocían Protector, que 
mandaran diputados á Tucumán é invitó á las misnius 
y á las demás que los enviasen á Paysandú, para que 
allí se celebrase el congreso constituyente, b^jo la 
la dirección y la protección del cau«üllo. 

Aunque algunos diputados acudieron á Ptiysandií, 
fueron pocos y se frustró el proyecto. Á Tucumán fueron 
los de las provincias de Buenos Aires (excepto ia 
teníente^bemación de Santa Fé), Cuyo (que la compo- 
nían las jurisdicciones de Mendosa, San Juan y San 
Luis), Salta (en que estaba compr< n lido el territorio 
de Jiguy), y Tucumán (que la componían la sección del 
mismo nombre y las de Catamarca y Saniiago del 
Estero^ Á estos diputados se unieron también los de 
Córdoba (de que era parte la Rioja), así que los fede- 
rales artiguistas fueron vencidos por los que no admi- 
tían el protectorado de Artigas (OXLVlj, y los délas 
provincias del Alto Perú (Cochabamba y Cbuquisaca). 

El congreso se instaló en Tucumán el 24 de Mareo de 
1816, compuesto en su mayoría de representantes fede- 
rales, algunos de mucha talla intelectual, y todos ani- 
mados por sentimientos patrióticos. La minoría de uni^ 



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BOSQUEJO aibTÓKlCO 



tarios había ido de Buenos Airea principalmente, qaie> 
nes, avezados ya en la política, llevaron ideas definidas 

y concoixl antes. Los federales, fjue poco habían figurado 
en la vida pfiblira, !Iovan>n el senliniienlo reg-¡«>nal 
decorado con el nouibre de /edei^alismo, que andaba 
entonces en boca de todo ei mundo, pero sin tener con- 
cepto claro de lo que era el sistema político así llamado, 
y, por consecuencia, sin unidad de doctrina ni de pro- 
pósitos liiiales (Iri(M-uiinatlos. Los representante^ del 
Alto Perú se distinguían de todos los otros \k*v su pcn- 
Famiento de que se restableciera el antiguo imperio 
pemano de los incas, extendido hasta el Rio de la 
Plata, con la capital en el Perú. 

El iiitlujo ({\h' los (11 ¡)ii i:\dos unitarios, y íiiás quo ellos 
la siluaeión de l.i> proviucias ejercieron en la mayoría 
de los que se tenían i>or federalistas se reveló pronto en 
el nombramiento de la persona que había de desempe- 
ñar definitivamente el directorio, el cual recayó en d 
coronel mayor Juan Martín do Pueyrredon, disputado 
por San Luis, decidido sostenedor de las doctrinas uui- 
tarias (3 de Mayo). 

£1 día 9 de Julio proclamó solenmemente y por una- 
nimidad la independencia de las Provincias unidas. 

Los dii)Utados del Alto Perú aprovecharon estos 
momentos, en que el patriotismo iiacia coiiíVaterni/ar á 
todos los individuos del congreso, y en que el orden 
interno, así como ios peligros exteriores, aumentados 
ahora con la actitud que los portugueses asumían, 
reclamaban medidas que acreditasen la nacionalidad m 
el concepto del nmndo entero, para proponer que se 
adoptase la forma constiLuciunal de la monarquía Tom- 
plaJa, llamando al trono la dinastía de los incas y res- 
tableciendo su capital histórica de Cuzco (12 de Julio). 
Se cambiaron opiniones á este respecto en varías 8esio> 
lies, pero la moción quedó sin votarse, porque la discu- 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL ÜRUaUAY 359 

sión demostró á sus autores que uo podría triunfar. 

El director Pueyrredon ocupó su puesto á fiues del 
mismo mes de Julio. Bl Congreso se trasladó á Buenos 

Aires, reabrió aiiui sus sesiones en Mayo de 1817, y en 
Diciembre sancionó la constitución del eslado, que deno- 
minó REGLAMENTO PROvisoRi»^. Estc documento tomó 
por base el estatuto de 1815, del cual. copió literal- 
mente muchas disposiciones y aun secciones enteras ; 
pero diíiere de 61 en varios puntos importantes. Uno 
de éstos es el que dispone que los í^obernadores de pro- 
vincia sean nombrados por el director del estado* en 
vez de ser elegido por el pueblo. £s decir que desapa- 
reció de la constitución la disposición federativa que 
contenía, y quedó sancionado el régimen unitario, aun- 
que se dispuso que el nombramiento se haría dentro de 
la lista de cuatro á ocho elegibles que todos los cabil- 
dos presentarían al director. Muchos de los diputados 
que hablan ido al congreso imbuidos por sentimientos 
federales más 6 menos indefinidos se adhirieron á la 
restauración del sistema unitario, sin renunciar por eso 
á sus idens especuladvns. La causa que decidió á la 
mayoría á votar el proyecto fué, según más tarde lo 
expresó en un documento memorable, « el estado tan 
n deplorable en que se hallaba la República cuando se 
<p» instaló el Congreso nacional : ... los ejércitos disper- 
jf sos y sin subsistencia; una lucha escandalosa entre 
» el gobierno supremo y muchos pueblos de los de su 
9» obediencia; el espíritu do partido ocupado en luchar 
I» una facción con otra; ciudadanos inquietos, siempre 
91 prontos á sembrar la desconfianza com[)) imiendo el 
corazón de los incautos; ... en fin todo el estado camí- 
1» nando de error en error de calamidad en calami- 
« dad, á su disolución política n ... No menos que de 
impedir que la autoridad degenerase en tiranía, se 
9» había cuidado de que la libertad del pueblo no dege- 



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«• nerase en liceDcia. Huyendo de las juntas timiattiia- 

r lidiS (que se formaba 11) para las elecciones de jetes de 
T los pueblui, relbrmiüüaíse las formas recibidas y no 
9 se dio lugar á principios subversivos de todo el 
» orden social : ae limitó el circulo da ia acdéa 
m popular ála propuesta de elegiblea. Füé aafcomD 
« le consiguió la tranquilidad. » 

La constitución de 1817 fué, como la de 1815, muy 
democrática, pues declaró ciudadanos activos á todos 
los hombres mayores de 25 años que hubiesen nacido 
en el pais ó que» habiendo nacido en el extraiqera, 
tuviesen cuatro afios de residencia, «perderán algún 
arle ú oücio y supiesen leer y escribir. Los extranjeros 
serían ele^^ibles, además, para los t'iii[>leos de la repú- 
blica, en cuanto tuviesen diez años de residencia; y 
para las Amcioues de gobierno» si renunciasen toda otra 
eiudadanfa. 

CXLTIli. — Lm fKivlMlat y «1 gMeim «dtMrl*! «a 1S18 y 

La provincia de Salta continuó arbitrariamente domi- 
nada por Guemes desde que se promulgó la constitiicióo , 

unitaria, en los años 1818 y 1819; cuya dominación 
toleró el directorio, porque careció de fuerza para impe- 
dirla» y porque Güemes fué en ese tiempo el único poder 
que pudiera contener» y que efectivamente contuvo i 
los realistas en las provincias del Alto Perú. 

La provincia de Tucumán se conservó también fifOS^ 
^^ada hasta fínes de 1819. Pero Araoz, que había conti- 
nuado sus comunicaciones con Artigas, y luego <^o^ 
Ramires» después que cesó en el qjeicicio del gobieriK) 
(CXLVI), indvyo á un oficial á que se sublevara coa ] 
parte de la guarnición (Noviembre). Fueron arrestadoA 
el jefe de las tropas y el general Belgrano, (ipie estaba . 
postrado por uua enfermedad)» destituido ei gobem^^^ 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 3(il 

7 proclamado Araoz como tal. Araoe protestó que obe* 
decerfá al CJongreso, puso en libertad á Belgrano, y 
estuvo en el gobierno provincial hasta principios de 1820. 

Aunque vencido Artigas por los portugueses en 1817 
(CXLVI), intentó reabrir nueva campaña en 1818» reu- 
niendo en Entre Ríos, Corrientes y las Misiones corren- 
tinas cuantos gauchos é indios pudiera. Su atención 
estaba toda entera absorbida por las necesidades de 
esta guerra. No teniendo pueblos que gobernar en su 
provincia, porque se habían sometido á ios portugueses, 
todo su empeño se contrajo á imponer á sus aliados sus 
órdenes, para que lo auxiliasen con elementos de gue^ 
rra. Pero, sin capacidad militar, no disponiendo sino de 
bárbaros y de salvajes indis( iplinados para oponerlos á 
las tropas reo-ulares del enemigo, y con su autoridad 
muy quebrantada en Santa Fé y en Entre Ríos desde 
que perdió la campaña de 1817, resultó definitivamente 
vencido en la de 1818 y 1819 y obligado á abandonar 
para siempre á su patria, en seguida de las derrotas del 
Arapey v del Catalán (Enero de 1819). 

Ú triunfo de Bedoya (CXLVI) uo puso término á la 
guerra de los partidos correntínos; pues, si bien su 
poder no hubiera sido superado por los artiguistas de 
Corrientes, contaban éstos con la indiada misionera que 
recoiiocia la jefatura del cacique Andresito. Bedojra 
pudo gobernar sin temor de ser depuesto mientras los 
misioneros estuvieron entretenidos en defenderse de las 
dos invasiones que el general portugués Chagas les 
Uevó á mediados de 1817 y principios de 1818 con el fin 
de impedir que vinieran á engrosar las fuerzas con que 
Artigas operaba en el Uruguay; pero en cuanto se 
repusieron de los desastres de la tíitima invasión fueron 
traídos por Andresito contra el gobernador Bedoya en 
número de 2000, triunfaron, peneitraron en la ciudad 
de Corrientes y restablecieron en el poder la influencia 



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I 



302 BOSQUEJO HISTÓRICO 

artígaista devolviendo el gobierno á Méndez (Octabfe 
de 1818). Andresito consolidó esta sitoadóo permane* 

ciendo en aquella ciudad durante sieie i^eses, hasta 
i^ue invadió á su vez el Brahil en H19, en couibiii ación 
con la última campaña que Artigas alMÍó en su país. 
Los enemigos del despotismo artiguista aprovécharoii 
la ocasión para rebelarse ; i^ero el irlandés Pedro Camp- 
bell, tenido por almirante de la escuadrilla de Artigas, 
y su auxiliar y compatriota Juan Tomás .\sdet les 
salieron al encuentro, los vencieron (Mayo), decapitaroa 
á los jefes, exliibieron sus cabezas en la plasa pública 
de Corrientes y se entrei^aron á toda clase de excesos. 

Estauislao Ló|>ez había adquirido en Sania Fé noto- 
riedad y prestigio durante la guerra de 1817 (CXLVI) y 
se sirvió de estas ventajas para hacer sublevar una 
ñierza contra el teniente-gobernador Vera, obligar á 
éste á que renunciara, y sustituirlo en el gobierno 
(Julio de 1818). Santa Fé había sido hasta entonces 
parte de la provincia de Buenos .Vires. López la declaró 
provincia y se llamó á sí el primer gobernador, cuyos 
títulos ñieron consagrados por los hechos de larg^> 
tiempo, pues la doniinación de Estanislao López duró 
veinte años. Ental)ló on seguida relaciones amistosas 
con Artigas y con Entre Ríos, y abrió una campaña 
contra la provincia de Buenos Aires cuyo territorio 
septentrional recorrió diflindiendo el espanto en las 
poblaciones. Penetró asimismo ct) la provincia de Cór- 
doba y derrotó en la Ben-adura al coronel Bustos 
(7 de Noviembre). Habiendo el directorio puesto en 
campaña un ejército considerable bajo las órdenes de 
Balcarce, López se replegó sobre su provincia y batió 
la caballería enemiga (27 de Noviembre). 

Retirado el ejército nacional hasta la frontera de las 
^qa provincias, sustituido Balcarce por Viamont, y 
Hpi^uiixada la caballería, continuaron las operaciones 




DE UL REPÚBUCA ORIENTAI. DEL URUGUAY 3Ü3 



con esta arma. López ftié derrotado por Bustos en él 

mismo paraje en que éste lo había sido por aí^uél 
{18 de Febrero de 1819); pero, rehecho prontamente, 
venció á su vez á la cabaUeria de Víamont, mandada 
por Hortiguera, en las Barrancas (10 de Marzo). Con- 
siderándose empero López impotente para luchar con 
la infantería y la artillería del directorio, así como el 
cyército del directorio lo era para luchar con la caba- 
llería santafecina, ambas partes reconocieron la necesi- 
dad de poner término á la campaña por un acuerdo, y 
celebraron un armisticio temporal en el Rosario (5 de 
Abril 1819), al cm^l so sijjruió otro que se ajustó (12 de 
Abril) en San Lorenzo con el general Belgrano (quien 
venía también contra López), estableciéndose que las 
tropas nacionales se retirarían de Santa Fé y Entre Ríos 
y las santafecinas se irían hacia el Norte de la provin- 
cia, y que ambas partes estipularían un tratado de paz 
en el término de un mes. 

Mas, aunque el director nombró sus representantes, 
y éstos esperaron muchos meses, López no correspon- 
dió : ni principio, porque el entrerriano Ramírez no 
concurría; y luego, porque el general chileno José 
Miguel Carrera (CXXXl), que quería volver á Chile 
venciendo con el auxilio ai^entlno al partido que en su 
patria i^obernaba, indujo a López y á Ramírez á renovar 
las husiilidades contra el gubiei no nacional esperando 
que por este medio volvieran los federales al poder y lo 
protegieran después en su empresa contra el gobierno 
chileno. El caudillo santafecino aprovechó este tiempo 
para dar á la [provincia el estatuto provisional, que 
fué su primera constitución (26 de Agosto), y luego 
terminó los aprestos militares para la campaña contra 
Buenos Aires. Esta guerra comenzó en Octubre y con- 
tinuó en todo lo restante del año y en 1820. 

Rebelado Hereñú y sus secuaces contra el gobernador 



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a54 



BOSQUEJO HI8T6rIOO 



con que lo había suplantado ArUgas y cuaira la prepo- 
tencia de éfite, y habiendo conseguido ^ue el gobierno 
nacional lo a{M>yara con 50D hombres que confió al 

coronel Luciano Montesdeo<*n, se pronunció Ramírex en 
favor del proteciorail» uru^.niayo (rXLVI), y comenzó 
la guerra venciendo á Moaiesdcoca en Ceballos (Diciem- 
bre de 1817). £1 Director envió inmediatamente ai gene- 
ral Balearte con otros 500 hombres. Se reunieron con 
éstos los de Herefiá, y por su parte Ramírez atrajo á 
sus filas á cuantos había en Eíiire Ríos aptos para i 
pelear. Las dos fuerzas se encontraron en el Saucesito, 
cerca del Paraná, el 25 de Mano (1818)» y apenas tra- 
bado el combate, se declaró la derrota de Balcarce. £1 
Directorio no quiso prolongar esta gfuerra. Quedó, pues, 
Ramírez con el prestitrio que le hahian dad(^ sus triui.- 
íüs, y no descui lú el hacerlo valer para erigii'se ea I 
aeñor de Entre Ríos con el título de Supremo entre^ 
rnano,y para organizar militarmente toda la provincia. 
Tranquilo respecto de Bueuos Aires y aliado de Santa i 
Fé y de Arti^^'-as, marchó sulire Corrientes con el propó- 
silo (Je vencer á Bedoya y reponer á los artiguistas en < 
el gobierno ; pero al penetrar en el territorio vecino 
supo que Andresito operaba ya con éxito y se retiró, 
dando cuenta de los hechos á Arti^^^s, y diciéndole que 
había convidado á dicho Andresito á bajar al Sud» 
para (^ue marchara contra los portugaleses >» (Agustu 
de 1818). Tuvo que luchar en seguida con Uerehú, que ' 
invadió la provincia y penetró hasta Gualeguaychá, 
mientras el general Balcarce respondía á las hoatilida- 
des iniciadas por el caudillo de Santa Fé; pero triunfó 
pronto de su adversario. Cuando el general José Miguel 
Carrera pasó de Montevideo á Entre Ríos y Santa Fé 
con ánimo de inducir á los caudillos de estas provincial 
á qae en vez de celebrar la paz con Buenos Aires n»n- 
pieran el armisticio y prosiguieran la guerra, Ramírez 




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DB LA RBPÚBUCA ORIENTAL DEL URU0ÜAT 365 

aceptó la proposición^ se alió con López y ambos hicie- 
ron la campaña que éste recomenzó en Octubre de 1819. 

CXLIX. - £1 gobleno wdtario es xm j 1819 

Transcurrió el afio 1818 sin que los poderes nacionales 
realisanm algún acto político de excepcional importan* 

<Ha, á no ser el envío á Europa, por indicación de la 
Logia Lautaro, del sacerduie don Valentín Grómez, 
filósofo, hombre de letras y orador sagrado de reputa- 
ción, que había desempefiado papel importante en los 
sucesos revolucionarios ; cuyo envío tuvo por objeto 
solicitar de las potencias de primer orden, dirigiéndose 
primeramente á Francia, que asegurasen la indepen* 
dencia del Rio de la Plata, nueva y seriamente amena- 
zada por la expedición de 20.000 hombres destinados á 
Buenos Aires, que se preparaba en Cádiz (CXXVII). El 
Congreso sancionó el 22 de Abril de 1819 la constitución 
definitiva del estado y aprobó un extenso manifiesto 
dirigido á demostrar que los principios adoptados eran 
los más convenientes al país y estaban autorizados por 
la experiencia del Estatuto provisorio de 1817. 
Declaró que el estado profesaba la religión católica, 
apostólica romana. Dividió el poder legislador en dos 
cámaras : una de representantes y otra de senadores, 
en lo cual se separó de las constituciones anteriores. 
Confió el poder ejecutivo á un director, que sería nom- 
brado por las mencionadas cámaras cada cinco años, y 
y encargó al presidente del senado el suplir al director 
en caso de enfermedad, acusación ó muei*te. Creó una 
alta corte (le justicia, cuyos individuos serían nombra- 
dos por el director. Especilicó los derechos de la nación 
y de los habitantes del estado. 'Dió reglas para la 
reforma de la constitución y mandó que rigieran las 
leyes, estatutos y reglamentos ya promulgados , en cuanto 



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366 BOSQUEJO HISTÓRICO 

BO 86 opusieran á esta constitución, mientras la legisla- 
tura no los reformase. Esta constitución fué incompleta 
en varias de sus seis secciones, aun después del apéndice 

que el Con^^vsü aprobó á los ocho días; peiu ningún 
defecto tan notable como el de haberse omitido la 
declaración terminante y clara de si el estado se regiría 
por el sistema unitario ó por el federal, y las disposiciones 
que del principio declarado debían derivarse. La cons- 
titución no trató OvSie punto capitalísimo, (jiie t«niía 
dividido á todu el pueblo en bandos proíundainenie 
enemistados. Esta falta de franqueza, 6, mejor dicho, 
esta omisión tan notable debió por fiierza desagradar A 
todos los i»arti(los, y aun darles i)asepara que interpre- 
taran In constitución en sentidos opuesto*!, seírún á cada 
uno conviniera ; es decir que provocaba la anarquía. 

Pueyrredon, que ya estaba cansado de gobernar, 
renunció el directorio á los pocos dfas de promulgada 
l¿i Lonsuturión. El roiiírresu nünit>ró al j^eneral Rondeau 
para que lo sucediera hasta la elección de ia^ cámaras 
legislativas (O de Junio). 

Entretanto don Valentín Gómez, que había entablado 
relaciones diplomáticas con el ¡^^jbiemo francés, recibía 
(1.° do Juüio) la propuubia de que el Río de la V\ 
adoptase la íonna de gobierno monárquica constitucio- 
nal, llamando al trono al duque de Luca, heredero de 
la corona de Etruría, he^io la protección de Francia. Se 
allanarían las dificultades que España pudiera oponer, 
puesto que el candidato estaba ligado á los Borbones ]>or 
la línea materna, y se conseguiría interesar á Portugal 
casando al príncipe con una princesa del Brasil. £1 j 
Sr. Gómez expresó que no podía tratar sobre esta base, 
porque carecía de instrucciones; pero envió la proj)uesia 
al director y Hondean la pasó al Congreso. El proyecto 
fué leído en la sesión del 27 de Octubre y discutido y 
aprobado, con la condición de que no se le opusiese In- 



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DE LA REPÚBLICA ORlEISi AL DEL URUGUAY 307 



glateira» en las de 3 á 12 de Noviembre, juzgando que 
de tal modo quedaría asegurada la independencia, se 

pondría liii a la espantosa indisciplina de los partidos y 
del ejército, y volvería al dominio de las Proviucias 
Unidas el territorio usurpado por los portugueses. Los 
sucesos ocurridos muy luego en España y en el Rfo de 
la Plata impidieron que estas negociaciones deplorables 
continuaran. 

€L. LaestáitMÍe de 1830 

Recomenzada la ^^uerra entre Santa Fé y el gobierno 
central, contando la primera con la alianza de Entre 
Ríos, pasó Ramírez el Paraná con fuerzas, se unió con 
las de López y las que habían venido de Corrientes y 
Misiones, y tomó el mando en jefe. Por su parte el 
director Rondeau salió á campaña y reunió un ejército, 
algo ináb numeroso que el del enemigo, y había orde- 
nado que se le incorporase el llamado auocüiar del Perú, 
mandado por el general Cruz, en el cual se hallaban los 
caudillos Juan Bautista Bustos (de Córdoba) y Alejandro 
Heredia (de Tucumán), y algunos jefes de línea, como 
José María Paz, Gregorio Araoz de Madrid, y otros. 
£ste ejército marchó hacia la provincia de Santa Fé y 
penetró en ella en los primeros días de Enero ; pero, al 
llegará la posta de Arequito (sobre el río Carcarañá), 
se sublevó la miuirl bujo la dirección ile lUistos, Paz y 
Heredia (8 dej Enero), se le plegaron poco después otros 
grupos y, habiendo tenido el general Cruz que dejar el 
mando, lo tomó Bustos y se dirigió á Córdoba, aban- 
donando la causa dt'l directorio y sin querer aliarse á 
López y Ramírez contra liuenos Aires, á pesar de los 
esfuerzos que hizo José Miguel Carrera por atraerle. 
Con todo» quedó establecida la comunidad del interés 
general. Las flierzas mandadas por Ramírez tomaron el 



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36é 



nombre de Primera dirisión : las lü.*: c iadas por Bustos 
se <icn«>íXimaroa Segunda décrntrn : y ambos com ponina 
«i EJéraio ftderaL 

Al día sigipeiite da ocamr la Abfericite de Af^^ 
T en rormÍTencia ttm fot aotores según se piensa, si 
proTi'in'MÓ en San Juan al grito f!e « \ Viva la federa- 
ción * « ei capitán Mañano Menduabai contra 6l 
teníente-gobemador (cuñado suyo) y asumió el goliiemo 
apoy^ándose en el voto de las milicias y de una parte del 
pufíblo. Ant^s de dos meses se proclamó que San Jaan 

fíApí^raha de la provin<ia de Cuy'> píira formar vinñ 
autónoma, y el mismo Mendizabal fue eleirido primer 
gobernador. San Luis siguió el templo federalisla de 
San Joan (1* de Marzo) y, por oonseenencia, quedó 
dividida la provincia de Cuyo en las dos mencionadas y 
y en la de Mendoza, que tomó nombre propio y también 
se declaró autónoma. Bu el mismo mes de Marxo et 
comandante Juan Felipe Iharra depuso al teiye&te» 
gobernador de Santia^ro del Estero, hizo reunir ana 
asaiijhtAa y ésta n^si^lvió ásM vez que Santiago se sepa- 
raba de la provincia de Tucumau para cousütuir una 
por si sola, aatóooma en su (»tien interno y sometida 
federativamente al Congreso nacional. So primer gober- 
nador lo fué el mismo Ibarra, quien se hizo dar por las 
cámaras provinciales el íjrado de bris'adier ¿reneral y 

mantuvo en el poder durante una larga serie de años. 
Tucumán yCatamarcase proclamaron entonces inde- 
pendientes, formando ambas la RepátUca féderál d$ 
Tucumán, cuyo presidente fué el general .\raoz ; pero 
al aíiu sii^iiionte (Agosto) se emancipó Catamarca da 
Tucuiiiáü y se constituyó en provincia autónonin Como 
que Güemes era y hacia lo que quería á fiivor ó á pessr 
de todos los sistemas políticos, no cambió las relaciones 
de Salta y Jujuy con la República, ni con el g-obierno 
nacional ; sino que, aplicado constantemente á cerrar á 



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9 

DE lA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 369 



lu£> españoles el paso hacia el Sud, declaró la guerra á, 
Tucumán porque no le auxiliaba como él quería (1). 
También ibé derrocado el temente-gobemaidor de la 
Rioja á los pocos dfas de haber ocurrido la sublevación 
{\e Arequito ; los revolucionarios se declarai (jii separa- 
dos de la provincia de Córdoba, se constituyeioii eu pro- 
vincia federal y nombraron gobernador al general Fran- 
cisco A. O. de Ocampo, que había promovido y dirigido 
la insurrección. En Enero se acercó Bustos á Córdoba 
con el ejército de Arequito, hizo reuuü una asamblea 
en Marzo, y ésta convirtió á Córdoba en provincia autó- 
noma y nombró á Bustos para gobernador, cuya domi- 
nación cyerció durante muchos aflos. 

Entretanto, privado Rondeau de la cooperación de 
los 4.000 hombres que en Arequito defeccionaron, y 
desmoralizada la tropa que bajo sus órdenes tenía, tuvo 
que suiíír en Cepeda la derrota de su caballería (1."^ de 
Febrero) y (lue retirarse con la infantería y la artillería. 
Ksie liecho y lo mal que andaban los asuntos políticos 
en la provincia de Buenos Aires, lo decidieron á renun- 
ciar el directorio (7 de Febrero). Continuó desem[)e- 
üaudo este empleo el que ya lo tenía interinamente, don 
Juan Pedro Aguirre; pero á los tres días el general 
Miguel Estíiiiislau Soler, comandante de las fuerzas de 
la provincia, intimó al Cabildo que noliíicase al Direc- 
tor y al Congreso que quedaban depuesto el primero y 
disuelto el segundo. La notificación se verificó el 11 de 
Febrero; el 12 cesó el Congreso declarando disuelta la 
unión de las Provincias Unidas de Sud-América, y el 

(1) Fué fenddo por los tucumanot en Abril de 1821. Creyendo lotsalieAos 
propicia la ocasión para sacudir el yugo del temiUe caudillo, lo depusieron 
en Ilayo ; pero, Gfiemet desconoció la autoridad de esa resolncidn» folvió á 
Sella con las montoneras que babia salvado de la derrota y iom6 U dudad 
<30 de Mayo). Oebo días después lo sorprendieron aquí los espaAoles, Güemes 
•e retiró bierido y murió á los pocos dias (17 de Junio). 

U 



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370 



BOSQUEJO HISTÓRIOO 



13 asumió el Cahikio el Lrobierno provincial y la pro- 
vincia de Buenos Aires se declaró, á su vez, soberana é 
independiente. SI 16 se nombró en cabildo abierto á 
don Manuel Sarratea para que ejerciese la ñinción de 

gobernador. 

Seis días después de su nombramiento salió el gober- 
nador Sarratea con dirección al ejército federal» que se 
acercaba á Buenos Aires. Al dfa siguiente» esto es» el 

23, celebró con Ramírez y con López, en la capilla del 
Pilar, una convenciún por la cual se restablecía la paz 
entre las tres provincias signatarias y se estipulaba : 
que, aunque la nación» y especialmente las provincias 
contratantes se habían pronunciado en favor de la 
federación, se sometían á lo que deliberase uu congreso 
de diputados que se reuniría dos meses m?ís tarde ; que 
las divisiones de Santa Fé y Entre Ríos volverían á sus 
respectivas provincias; que sería libre la navegación 
del Paraná y del Uruguay para las provincias amigas ; 
que el Conirreso general de díi-ut idos desliiidaría los 
territorios de las provincias; que se procesara á los que 
habían ejercido el gobierno nacional» para que quedara 
justificada la guerra declarada por Santa Fé y Entre 
Ríos; y que se enviase una copia de este tratado al 
capitán general del Uruguay, don José Artigas, para 
n que, siendo de su agrado» entable desde luego las 
f> relaciones que puedan convenir á los intereses de las 
m provincias de su mando, cuya incorporación á las 
« demás federadiis se miraría como uü dichoso aconte- 
9> cimiento. « 

Estas palabras demuestran que ya Ramírez y López 
no consideraban á Artigas como protector» ni como sim- 
ple aliado de quien no pudiesen prescindir. Negociaban 

por sí, con toda libertad y sólo üieiicioiiaban al cau'ííllo 
uruguayo en uno de los artículos íinales para expresar 
que podía unirse á las provincias federadas» si quería. 



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DB LA RBPÚBUCA ORIENTAL BBL ÜRÜOUAY 371 



Ramírez se encargó pronto de impedirle aun ésto. 
Habiendo Artigas huido para el territorio conrentino en 
cuanto flié derrotado en el Tacuarembó, llamó en su 

auxilio fuerzas de Misiones, Corrientes, Entre Ríos, 
Santa Fé y Córdoba. Recibió algunas de ai^uellos terri- 
torios, pero no de los últimos. £1 tratado del Pilar lo 
alarmó además» porque sus tenientes se le rebelaban en 
él. Decidió, pues someterlos, empezando por Entre Rfos. 
Estaba todavía Ramírez en el Pilar cuando supo que 
Artigas había invadido su provincia. Inmediatamente 
pubUcó un manifiesto (23 de Marzo) anunciando ai 
» gran pueblo de Buenos Aires ^ que partía para 
n escarmentar á un enemigo orgulloso que intentaba 
r> ocupar el territorio de Entre Ríos insolentado por los 
ft mismos fratricidas que quisieran ver soibcado en el 
n continente todo género de libertad. Ramírez se 
encontró, al irolver á su provincia, con partidas de 
Hereñá que se habían levantado en contra suya; pero 
las dominó y abrió su campaña contra el cau«lillo 
uruguayo. Artigas derrotó á Kamírez en las Guaclias 
(13 de Junio) y Ramírez á Artigas en el Paraná, en el 
Sauce de Lema, en el Rincón de los yuquer(e$,en Moco- 
reta, en las Tunas y en los Árboles, en el me¿ transcu- 
rrido desde el 24 de Junio hasta el €^ de Julio. Artigvas, 
vencido y perseguido, se vió obligado á pedir refugio en 
el Paraguay, en donde el dictador Francia lo tuvo con- 
finado hasta que murió (1850). Ramírez se hizo entonces 
jefe supremo de Entre Ríos, Comentes y Misiones, 
cuyos territorios reunió cou el titulo de República de 
Entre Rios, 

CU. iBfereneUs generales 

Los hechos expuestos desde el artículo CXXXVIII 
demuestran que to4o el pueblo del Río de la Plata 



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372 BOSQUEJO HISTÓRICO 

estuvo dividido, desde 1810, en dos bandos : uno lla- 
mado uniiario, y otro llamado federal. » Unitarios it 
hubo en toda la extensión de la república, en todas las 
clases sociales; y en toda la república, en todas las 
clases dei pueblo, hubo también « federales » Pero lus 
sucesos revelan que las palabras « unitario n y *t fede- 
ral « no tenían, respectivamente, signiñcación idéiu 
tica en todo el país. 

Los unitarios ilustrados de Buenos Aires v de las 
provincias entendían que el unitarismo que ellos profe* 
saban era un sistema constitucional democrático, en el 
cual las ñinciones gubernativas estaban organizadas de 
modo (jue todas recibiesen la dirección, en todo el país, 
de un centro único, amique complejo, residente en la 
capital del estado ; es decir, de un solo poder legisla- 
tivo, de un solo poder ejecutivo y de un solo poder 
judicial. Los unitarios que pertenecían á las clases bár- 
baras admitían la unida J del poder supi^emo, i)erü sin- 
darse cuenta de sus relaciones orgánicas con las túncio- 
nes administrativas de todo el país y con la soberanía 
popular. Entendían que un hombre ó un congreso nom- 
bra ba gobernadores para las provincias y que éstos le 
debían al^'^una obediencia, pero nada más. El unita- 
rismo era para ellos una especie de monarquía auto- 
crática nacional, algo así como un gran cacica^. 

Á su vez los federales de las clases cultas tenían idea 
de que la federación consiste en que cada provincia 
tenga su centro gubernativo independiente, su poder 
ejecutivo y su poder judicial, organizados sobre la base 
de la soberanía democrática; en que la nación tenga 
también su centro gubernativo general, es decir sus 
poderes legislativo, ejecutivo y judicial, organizados con 
la soberanía del pueblo; y en que los gobiernos nacio- 
nal y provinciales funcionen en esferas distintas, aun- 
que exactamente correlacionadas. Había diversidad de 



r iQitri fi hy <r¡nnfl[r 



DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY S73 



pareceres cuando se trataba de aplicar este principio, 
pero el principio, en sf mismo, era clara y uniforme- 
mente concebido por los hombres ilustrados. Pero cosa 

muy distinta era el federalismo para los bárbaros y sal- 
vajes de todo el Río de la Plata. Los íoderales de estas 
clases sociales sentían satisfecho su sentimiento cuando 
dominaba en la provincia ó en ana sección de la provin- 
cia un caudillo surgido de la muchedumbre á fevor de 
su bravura, de su inteligencia, de su audacia y de su 
desenfreno ; cuando ese caudillo se apoderaba del poder 
arbitrariamente y arbitrariamente lo ^ercía, halagando 
las pasiones de sus secuaces y arrimando' y atormen- 
tando de mil maneras á sus adversarios, sin subordina- 
ción á la autoridad superior, un poniendo s\i volunUid 
como ley, y cediendo sólo ai móvil de sus intereses per- 
sonales ó al poder de otro caudillo á quien temiera. 
Eran, pues, estos federales la antítesis de los otros; su 
'concepto no tenía nada común con el federalismo pro- 
piamente tal, sino que, al contrario, consisíiá en un uni- 
tarismo ultra, que concentraba todos los poderes, la 
soberanía y la administración, en un solo individuo, 
que era el déspota de la comarca, sin ley ni respon- 
sabilidad. 

De aquí se sig'ue que tanto en los unitarios romo en 
los federales había dos grupos separados por diferencias 
proftmdas. Uno de ellos, compuesto de individuos más 
6 menos ilustrados, se caracterizaba por sus tendencias 
orgánicas; el otro, compuesto de gentes incultas, se 
distinguía por sus tendencias anorgánicas. Los unita- 
rios y federales del primer grupo concel)ían la constitu- 
ción del estado como un sistema, más ó menos compli- 
cado, pero en el cual se correspondían todas las partes, 
segfni principios fijos, respecto de los cuales no desem- 
peñaban los hombres otro papel que el suboniinado de 
realizarlos del mejor modo que pudieran. Los unitarios 




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371 " BOSQUEJO HISTÓRICO 

y federales del segundo grupo no concebían ningún sis* 
tema de ideas constitucionales, y ni que el hombre 

debiera sujetar en el gobierno sus actos á principios 
dados. Para ellos no había nada superior al caudillo 
que los manda])a, ni en lo físico, ni en lo moral, 
excepto la fuerza física opuesta que no pudieran contra* 
rrestar. 

Siendo, pues, la ¿^raii mayoría del país compuesta de 
gentes de esta última especie, debió suceder natural- 
mente que las tendencias orgánicas fuesen impotentes 
para neutralizar las tendencias anorgánicas. De ahí 
que ni los unitarios, ni los federalistas ilustrados hayan 
conseguido, sea desde la capital de la república, sea 
desde las capitales provinciales, someicr á los pueblos 
á las reglas de gobierno propias del unitarismo ó del 
federalismo, y que la desorganización y la arbitrarie- 
dad hayan sido, desde 1810 hasta 1820, hecho3 cons- 
tantes y generales á pesar de todas las constituciones 
que se han promulgado y de haberse sucedido en el 
gobierno alternativamente los federales y los unitarios. 
Y, como es más enérgica la afinidad entre las tenden- 
cias orgánicas, aunque divididas por intereses políticos, 
que la afinidad de las tendencias orgánicas con las 
anorgánicas del mismo nombre, se explica que con 
sanas intenciones hayari venido unitarios y federales 
de las clases cultas á ponerse de acuerdo, por servir al 
interés común y superior de la civilización, al dictar las 
constituciones de 1817 y 1819. 

Los sacrificios que estos avenimientos suponen no 
podían, empero, modificar el modo de ser de las mache* 
dumbres y tenían que contribuir á enervar el carácter 
de las mismas clases civiles y militares en que deberían 
apoyarse el congreso y el directorio. Si, pues, los 
gobiernos unitarios y federales de los primeros años 
fueron débiles, no obstante la disciplina de sus tropas 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUOÜÁT 375 

regulares, porque debieron emplearlas en defender la 
independencia nacional y no pudieron ejercer su auto- 
ridad en la mayoría de las provincias* más débiles fue- 
ron los últimos años de la década, porfjue, además de 
liaber tomado extensión v fuerza el caudillaje bárbaro, 
cundió la indisciplina en el escasísimo ejército que 
tenía á sus órdenes y no podían contar con él. 

Es así que el gobierno nacional resaltó vencido en la 
Provincia oriental por una derrota como la de Guaya- 
bos; que no pudo auxiliar á Hereñú en Entre liíos sino 
con ejércitos de 500 hombres; que no haya podido con- 
tra Güemes lo qae pudo Tucumán; y que Ramírez y 
López lo hayan obligado con menos de 1600 montoneros 
á firmarla convención del Pilar. Los ^robiernos milia- 
rios y federales no tuvieron otro a[)oyo efectivo que el de 
Buenos Aires y su provincia. El dia en que aun este les 
faltó, se vinieron al suelo, quedó acéfala la república y 
las provincias se desmembraron y se declararon autó- 
nomas, si bien perseverando en el propósito do íurinar 
un solo estado y de reconstituir más tarde un congreso 
nacional. 



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LlfiltÚ QUINTO 



La Banda Oriental de iSíi á i820. 
CAPÍTULO I 

LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA DE 1811 Á 1814 

SECCIÓN I 

La guerra de la independencia, íSii'iSí4. 

CUL * XoBteTÜeo ea ««cm Wk Bseaos lint <1S1D. 

El ConscQO de regencia que los españoles hablan ins- 

liluíílo en la Península no se limitó á nombrar goberna- ¡ 
dor político y militar para Montevideo á lines de 1810 | 
(CXXII), sino que además designó á don Javier £lío 
para que rigiese el virreinato del Río de la Plata, arro- , 
gándose así en nombre de España la autoridad qae 
solo en el Rey habían reconocido los ríoplatenses. Elío 
llegó á Montevideo en la jirimera (¿uincena de Enero 
de 1811, prestó juramento, ante el Cabildo, el 19, y en 



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J>£ LX REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 377 

los primeros días de Abril obtuvo que esta corporación 
nombrase tres electores de diputado para las Cortes, 
quienes nombraron á don José Antonio Fernández, y, 
por excusa de éste, á don Rafael Zufríategoi, con cuyo 
acto quedó consumada la sumisión de los montevidea- 
nos á España. 

Mientras así se procedía en el orden interno, ei vi- 
* rrey Elío procuró que la Banda Occidental imitase á la 
oriental, dirigiéndose (15 de Enero) á la Junta guber- 
nativa de Buenos Aires, á la Audiencia y al Cabildo 
por ofi' io en que les expresaba que las Cortes extraor- 
dinarias eran el centro de unión de todos los españo- 
les ; que las divisiones surgidas en el Río de la Plata 
debían desaparecer, porque á nadie serían útiles sino al 
enemigo común; que por su parfe olvidaba todo lo 
pasado y ordenaba la suspensi«')U de las lio.siilidades; y 
que esperaba que las autoridades do Buenos Aires, ins- 
piradas por iguales sentimientos» reconocerían y jura- 
rían las Cortes generales, enviando á ellas sus diputa- 
dos, así como el alto cargo de que Elío venía investido. 
— La Junta contestó el 21 : que el solo título con que 
Elío se presentaba á un gobierno establecido para 
defender el derecho de h$ pudflos libres contra la opre- 
sión de los mandones constituidos por un poder arbi- 
trario, ofendíci la razón; que no estaba lejano el 
momento en que los diputados de todas las provincias 
habían de deliberar con todo el poder de su voluntad y 
de sus luces ^ cuáles eran los derechos y los deberes del 
pueblo á que obedecen y el poder legitimo que haya de 
mandarle; y que lo mejor que pudiera hacer para man- 
tener la armonía general, era desnudarse de su inves- 
tidural de virrey, abstenerse de atentar contra la digni- 
dad de la respetable asociación poliHca del Rio de la 
Plata, y esforzarse por que entrara en buen camino el 
grupo de refractarios que residía en Montevideo. La 




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378 BOSQUEJO HISTÓRICO 

Audiencia y el Cabildo respundieron el 22, descono- 
ciendo también taato la autoridad del virrey como la de 
las Cortes generales. 

En consecuencia, Elío mandó cerrar el puerto á las 
i'omunicaciones con Buenos Aires, envió Íuli/lis á la 
Cclonia bajo las órdenes de Muesas, y declaré) luego la 
guerra al gobierno (13 de Febrero), caliücáadolo de 
rebelde y revolucionario, y reputando traidores á cuan- 
tos lo componían y lo sostuviesen. En Marzo reforzó la 
escuadrilla que bloquea !)a los puertos enemigos, mandó 
otra al Uruguay, autorizó el corso y coüíió la coman- 
dancia de la Colonia á Vigodet, quien partió con tropas 
de Montevideo. 



CLin* — La campaña de U Banda Oriental toma el ^artiáe 
de Baenee Airee eentra Meatefidee (mi). 

Belgrano, mientras marchaba al Paraguay (LXIX), 

y al pasar por Entre Ríos, había hecho trabajos dirigi- 
dos á decidir á los orientales á proniiii Marse en favor de 
la independencia. Respondiendo á esas gestiones, el 
puebleciUo de Belén, situado en la desembocadura del 
Yacuy en el Uruguay, füé el primero en pronunciarse. 
Si^'^uióle Soriano, en donde dieron el grito Pedro Viera 
y Venancio Renavides, y en seguida Mercedes (28 de 
Febrero), cuyos sublevados, que obedecían al coman- 
dante de milicias Ramón Fernández, recibieron la pro- 
tección del batallón 6.* llamado de Pardas y morenos^ 
mandado por Don Miguel E. Soler, que la Junta guber- 
nativa había situado anteriormente, con otras fuerzas, 
en la margen occidental del Uruguay. 

Ocurrió al mismo tiempo otro hecho que influyó 
mucho en el pronunciamiento de los campesinos. José 
Artigas, que, como ya se ha dicho (CVIII), había co- 
rrespondido coa celo terrible á la esperanza que induyo á 



DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUOÜAT 379 

las autoridades españolas á perdonarle sus delitos y á 
eocouieudaiie la persecución de los baudidos y contra* 
bandistas entre quienes había pasado casi toda su vida» 
filé llamado á Montevideo é incluido, primero como 

oficial, en las milicias (|ue tan mal papel hicieron frente 
de los invasores in^L^^leses, y íil ti mamen te en los blanden- 
gues que Muesas llevó á la Colonia, de cuyo cuerpo era 
^ente (OLII).. 

• No tardó en indisponerse con su jefe ; y como éste le 

repriiniera con severidad, desertó de las lilas realistas, 
y. se presentó á la Junta de Buenos Aires con iiaíaei 
Hortiguera, ofreciéndole ambos sus servicios, que flie- 
ron aceptados. La Junta incorporó á Artigas en el ^ér* 
cito patriota con el grado de teniente coronel, le ordenó 
que marchase á sul luvar á sus comprovincianos y 
le conüó tropas, aiaias y dinero, instruyendo á la vez 
á Soler para que le auxiliara toda vez que ñiera necesa* 
rio* Artigas desembarcó poco después cerca del arroyo 
de las Vacas, y se dirigió hacia el Norte, buscando la 
incorporación de los que ya luchaban por la indepen- 
dencia en los territorios de Soriano y Mercedes. 

Los sucesos empezaban, pues, á tener importancia, 
y era indispensable someterlos á una dirección inteli- 
gente. La Junta se fijó en Belgrano para esta dirección. 
Le ordenó en Marzo (¡ue fuera al nuevo teatro de la 
guerra. El eminente ciudadano tomó el resto de tropas 
que había salvado en la expedición al Paraguay, y con 
cerca de novecientos hombres más que se le enviaron 
de refuerzo, llegó á Concepción del Uruguay á [uinci- 
pios de Abril y pasó á Mercedes en momentos en que 
estaban divididos por desavenencias Artigas, Soler y 
Benavides, y en que varios caudiUejos se dirigían á la 
Junta de Buenos Aires quejándose unos de otros y aspi- 
rando todos á los primeros puestos de la milicia. Fué 
reconocido como representante de la Junta en un ^ér- 



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380 BOSQUEJO HISTÓIUGO 

cito que ya contaba coa más de :>0(MJ combati^^ntes v 
dispuso que José Artigas insurreicionase el centro de 
la provincia, Manuel Artigas el Norte y Benavides el 
Sod« 

Cuando Belgrano se ocupaba de poner en ejeciirión 
su plan do operaciones ocurrieron en Buenos Aires los 
hechos políticos que excluyeron del poder á ios unita- 
ríos y elevaron á los federales (CXL). Esta partido, 
interesado sobre todo en que sus ideas políticas y su 
influjo se íreneralizara]), decid¡«> su>uiuir á Belgrano 
por Rondeau, y confiar á Artigas un puesto adecuado 
para que fomentase en los pobladores bárbaros y en el 
ejército el espíritu regionalista, contando con que 
podría disponer de esa fuerza contra ol partido que aca- 
baba de caer. Así sucedió que Rondeau, apenas fue 
reconocido general en jefe, presentó Artigas al perrito 
como comandante de las milicias uruguayas, como jefe 
natural de ellas. 

CUY* ' Prhi«nM «itenielones entre los indepeatf eates j Im 
reallitiB inirwyM* ÁttHm 4e \m FMm (1811)» 

La popularidad siniestra de que gozaba Artigas entre 

los habitantes do la t'aun'afia y los liala*TOS que para 
ellos tenía la revolución, tanto jHtn[uc .nC diriíría c^mu'a 
ios españoles, malqueridos por la severa persecución 
que habían hecho á los que llevaban la vida desarre- 
glada propia de la barbarie campesina de aquellos 
tiempos, cuanto por el p nero de vida que permitía, 
sobre todo bajo la dirección del renombrado coman- 
dante de milicias ; habían atraído á las columnas revo- 
lucionarias gran número de secuaces, pertenecientes en 
su mayoría á las clases bárbara y salvige que consti- 
tuían entonces lo más de la población rural del Sud del 
río Negro. Al advertir esto el virrey Eiío, mandó en 



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DE L.V REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 381 



todas direcciones circulares amenazadoras; comisionó 
á Don Diego Herrera para que matase á cuantos hallara 
en actitud hostil, á la hora de conocido el hecho ; y 
escribió á los curas párrocos induciéndolos á que exhor- 
tasen á sus feligreses á defender al gobierno ; pero todo 
fué inútil: las poblaciones se levantaron en masa y los 
curas fueron los que dieron el ejemplo en muchos para- 
jes. Se cuentan entre estos : Don Valentín Gómez, cura 
de Canelones, que fué después notable figura de la revo- 
lución del Río de la Plata ; su hermano Don Gregorio 
Gómez, cura de San José, y Don Santiago Figueredo, 
cura de la Florida. 

Sintiendo entonces el Mrrey la necesidad de destruir 
el centi'o que tenía el levantamiento en Canelones, 
decidió atacarlo con vigor y mandó contra él un cuerpo 
compuesto de las tres armas. Artigas no esquivó el 
combate : se adelantó, llegó hasta San Isidro (Piedras) 
y allí se encontró con una fuerza de más de 1200 hom- 
bres y cinco cañones. Se trabó la batalla (18 de Mayo) 
y triunfaron los revolucionarios, tomando más de 480 
prisioneros, incluso su jefe Posada, 23 oficiales y la 
artillería. 

Esta victoria, que valió á José Artigas el grado de 
coronel, fué de trascendencia : VigoJet abandonó la 
Colonia á Benavides (2G de Mayo) ; se retiraron á 
Montevideo las partidas destacadas y muchas personas 
más, conocidas por realistas ; y Elío, receloso de algu- 
nas person^as que había dentro de Montevideoy temeroso 
por los enemigos que había fuera, expulsó numerosas 
familias y pidió socorros á la princesa Carlota, del 
Brasil, invocando el interés que ella tenía en defender 
los derechos de la corona de España. 



382 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



CLT. ^ Primer sitio de Xonterideo {l^lh 

No tardó Rondeau en incorporarse á las faerzas 
victoriosas con el cuerpo de las que había conservado 

hojo sus inmediatas órdenes, con las cuales compuso el 

ejército de la revolución un total de 5.000 hombres. 
JElondeau marchó con todo el ejército sobre Montevideo ; 
llegó á su frente el 1.^ de Junio y el mismo día declaró 
que la plaza quedaba sitiada. 

Aunque los sitiados tenían abiertas las comunicacio- 
nes por 1,1 { arle del río, la escasez se hizo sentir ])or la 
imposibilidad de introducir por tierra los ganados y 
vegetales que eran indispensables á su subsistencia. 
Las guerrillas se sostuvieron animadas, causando algu- 
nas pérdidas de vidas, pero uilluyendo en cambio en el 
ánimo de las milicias, muchas de las cuales recién se 
veían comprometidas por primera vez en hechos de 
guerra. Un feliz asalto dado por sorpresa» durante una 
noche, á la pequefia guarnición de la isla de Ratas, es 
el episodio más imporMní<i ocurrido en aquel tiempo : 
jíroporcionó á los patriotas algunos soldados volun- 
tarios y crecida cantidad de pólvora, que falta les 
bacía, 

CLVI, — La tre^ de Ibll 

Aunque había sido muy satisfactoria hasta ahora la 
suerte de la causa de la independencia en la Banda 
Oriental, el éxito de la revolución del Río de la Plata se 

hallaba seriamente aaienazado. El ejército del Norte 
había sulVido el descalabro de Htiaqui, se había retirado 
á Tucumán, y las tropas realistas de Goyeneche se 
disponían á correrse al Sud (CXXXni). Por otro lado« 
la princesa Carlota, estimulada por las instancias del 



DE LA REPÚBLICA ORlEííTAL DEL URUGUAY o83 

virrey Elfo, había consegtiido que el gobierno portugués 

enviara un ejército en auxilio de la plaza sitiada, el 
cual invadió en Agosto (1811) bajo las órdenes del 
general Diego de Souza (CXXXIV). Se recelaba adeuiás 
que los españoles residentes en Buenos Aires se prepa- 
raban para cooperar con los ejércitos y con la escuadra 
que defendían la causa de la dominación española. Y, 
como era visible que todas estas fuerzas obraban com- 
binando sus movimientos, se temía que no pudiera 
Buenos Aires resistir su acción. 

Bn tan críticos momentos fúé indispensable sustituir 
las armas por la diplomacia, á fin de conjurar el peli- 
gvOf postergando para momento más oportuno la 
empresa de combatir á los realistas de Montevideo. Se 
abrieron las negociaciones en los primeros días de 
Septiembre y al mes y medio se alcanzó á celebrar una 
tregua, en la cual se estipuló : que la Junta explicaría 
su conducta á las Cortes generales y socorrería la guerra 
de independencia de la Península; que las tropas revolu* 
cionarias desocuparían enteramente la Banda Oriental ; 
que el Virrey haría retirar las tropas portuguesas á las 
fronteras de su territorio ; que cesarían las hostilidades 
y el bloqueo de ios puertos ; que se mantendrían rela- 
ciones amistosas, y libres las comunicaciones por agua 
y tierra, etc. (20 de Octubre). 

CLTn. — La rvttnia de ArtIgM á Entre Biee {Ibll) 

Concluida la convención, forzoso era que las partes 

lo cumpliesen lealmente. El gobierno de Buenos Aires 
ordenó que Rondeau se retirara á aquella ciudad con 
las fuerzas venidas de occidente, y que Artigas se diri- 
giera al Norte y pasara al departamento de Yapeyú, 
situado en la margen derecha del Uruguay, con las 
milicias orientales, para cuya seguridad se pusieron á 




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384 



BOSQU&FO HISTÓRICO 



las órdenes de su jefe el cuerpo veterano de blanden- 
gues, 8 piezas de artillería, y tres oficiales distinguidos, 
y se le dió un buen repuesto de municiones. Además se 
nombró á Artígas teniente gobernador del departamento 
mencionado, para li alagar sus instintos de mando y de 
independencia iieibonal. Las fuerzas de Rondeau se 
embarcaron sin demora. Las de Articas emprendieroa 
su retirada también; pero este caudillo, acostumbrado 
desde su juventud á ser voluntarioso y á emplear me- 
(lio8 propios de las clases l)árbaras á las cuales perte- 
neció durante más de treinta años, no cumplió la ordea 
de retirarse, ni en el tiempo, ni del modo como lo 
hubiera cumplido cualquiera jefe disciplinado, sino que 
entendiendo que el mejor modo de mostrar odio al 
invasor era dejar desierto el país y destruidas las 
poblaciones, dividió su caballería engrupes, la repartió 
en toda la región meridional y la empleó en obligar á 
todas las familias que hallaban á su paso á que le 
siguiesen rii la retirada lenta hacia el Norte (1>. La 
muchedumbre íisi Ibrzada á emigrar* dejando sus bienes 
y renunciando á sus comodidades y costumbres, ascen- 
dió al número de 14 ó 16 mil personas, las más de las 

(1) Este lieclio. que no es el ¿oico de sm clase que Arti^s haya realizado, 
4**1(110 se Vt ná nui> rulelanfe, f»s descriplo como acción <!e salvaje crneldnd por 
r tTif-MUjir.! alíeos que se li.'in ocuparlo il»^ «'!. Don Nicolás <1« Vc«!;->, oriental, 
á miK'ii iij |>'ii>,)f^ aeus.irse de |t,iicialiilail, dice en una de sus memorias: 
«... Porque < s de sal»ei- (jue, al al/aiiiiejilu del f)r¡mer sitio, Arli{;as nrrasiru c»»ii 
ludos los liaLtilajilca de la cauij>afia... su> eoiuaudaiiifs ainonazabau coa la 
muerte á los» que eran morosos y uu íuei ao pocos los que suíi icrou la crueldad 
«le los Mtélices de Artigas. Este bombre ioQexible parece que te complacta 
en la Mugre que bacía derraoMr, y en vene seguido de tan numerosa pobla* 
ctón. Aquí principia una época de detorganisaeióo, crueldades y anarquía que 
nos desgradaría si se biciese de ella mención circunstanciada. > (Go&scoóu 
Lasas.) Pei-sonos dignas de fé, de aquelUi época, tales cono don losé Tripeni, 
me han rererido ese suceso en términos, que concuerdancon los de Vedia. Me 
relató episodios que parecían ínTerosimiles á quienes no tuvieron idea de lo 
que eran las milicias de Artigas. 



Üig i i i iiod b y GoogLe 



DE LA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 385 

c!i s tuvieron que hacer el camino á pie, y muchas 
que peiecer de fatiga, de pesar y de miseria antes de 
Uegar á su destioo» pues eran ancianos, miyeres y 
niflOB. 

Artigas llegó al Salto llevando tras de sí el inmenso 

sf<|UÍto en el mes de Diciembre; cruzó el río Uruguay 
en el Salió Chico y se situó en el Ayui Grande, en donde 
las desgraciadas familias continuaron sufriendo los 
rigores de la intemperie, el hambre y v^ámenes de 
todas clases. Muchas ilian á ocultar su desnudez en los 
montes, ó á guarecerse contra la persecución de la 
soldadesca; otras muchas veían desaparecer sus miem- 
bros por la acción de la miseria y de los instintos 
feroces de los que tenían en sus manos la fiierza. Aquel 
campamento confuso de mujeres, hombres y niños de 
todas ciases era un foco de corrupción y uü manautial 
inmenso de lágrimas. 

i LVUI. — La retirada de los portugueses (1S12) 

El ejército portugués había penetrado en la Banda 
Oriental dividido en dos cuerpos; uno de ios cuales, 
mandado pór Maneco, se dirigió al Arapey, y el otro, 
b^o el mando inmediato de Souza, cruzó el río Yagua- 
rón y marchó hacia Maldonado. Celebrada la ti^gua 
de C^ctubre, y viéndose que, si bien la infantería y la 
artillería sitiadoras habían vuelto á Buenos Aires, las 
caballerías se habían detenido á Secutar actos de hosti- 
lidad inhumanos, Souza, en vez de regresar al Brasil, 
d^'-idió continuar SUS marchas hacia el Oeste. Esta reso- 
lución, muy fundada en un principio, no lo fué desde 
que las milicias uruguayas llegaron al Daymán y se 
dispusieron á pasar el Uruguay, desalojando comple- 
tamenio el lorritorio que habían ticupado. Sin embargo 
el general portugués permaneció en el país y siguió su 

S5 



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386 



BOSQUEJO HIST6&IG0 



marcha haci¿i el Oeste. En Marzo se acercó á Monte- 
video, recibió de las autoridades de esta plaza cumpli- 
mientos y provisiones, y de aquí se dirigió hacia el 
Norte^ cuando ya no había enemigos á quienes pudie- 
mn temer loe españoles. 

El Triunvirato reclamó por este avance de los pLu tu- 
^ueses ; Vigodet, capitán general de Montevideo, cod* 
testó que, como Artigas hacía aún uso del temur y de 
la seducción para usurpar propiedades y perseguir á los 
habitantes, con más empeño que nunca, sus aliados no 
volverían al Brasil mientras tales hechos no cesaran 
(Enero). 

Bsta respuesta íüé justa en su fecha, pues na era 
razonable que el ejército auxiliar cumpliese lo tratado 

mientras Artigas lo violaba ; pero desa[)areció la causa 
de la permanencia de Souza desde que la caballería 
argentina pasó á Entre Ríos, y Souza no se mostraba 
dispuesto á transponer la íh^ntera brasileña. Nació de 
aquí el recelo de que los realistas se proponían conti* 
nuar la guerra en el territorio occidental, y la decisión 
del TriuMvii'ato en virtud de la cual se encomendó la 
organización de un nuevo ejército y la fortiíicacióa de 
algunos puntos del Paraná y del Uruguay, y se mandaron 
á Artigas tropas, pertrechos, armas y dinero. Los por- 
tugueses, á su vez, obtu\ieron refuerzos, hasta com- 
pletar los números de 5.000 hombres y 30 piezas de 
artillería. 

Así preparados los independientes y los realistas para 

recomenzar la guerra, un cuerpo de ejército portugués 
invadió el leiriiorin de las Misiones y otro avanzó hasta 
el Itapebí, añuente del Uruguay; mientras Artigas 
mandó á Otorgués contra el primero. Soler salió al 
encuentro del segundo. Ninguna ventaja pudo conseguir 
Otorgués ; pero Soler hizo retroceder á la columna ene- 
miga hasta más allá del Arapey Grande. 



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DE LA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 387 

Bstos preparativos y encuentros parciales eran, por 
parte de Bnenoe Aires, efectos de la necesidad más que 

de la conciencia de su {XHier. Go^eneche se desemba- 
razaba de ios enemigos que tenia en las intendencias 
del Norte para nutrchar libranente liacia ia ca[Htai del 
Rio de la Plata ; los patriotas no habían hecho nada 
que los desquitase de la derrota de Huaqui, y los asuntos 
internos preocupaban al Triunvirato (CXLT y OXÍJI). 
La guerra que parecía inevitable en la Banda Oriental 
oon espadóles y portugueses habría expuesto á graves 
peligros la cansa de la independencia. 

Por fortuna era mal mirada por el g^obiemo de la 
Gran Bretaña la posibilidad de un triunfo de las armas 
portuguesas en el Río de la Plata, y el ministro inglés 
residente en Río de Janeiro medió porque la Corona de 
Portugal y el Triunvirato pusieran fln amistosamente á 
la situación diílcil en que se halLibun, dejcindo en liber- 
tad á americanos y españoles para que resolvieran solos 
sus diferencias. Por efecto de esta mediación vino á 
Buenos Aires el teniente-coronel Rademaker en carácter 
de enviado extraordinario de Portugal y celebró el 
mismo día (20 de Mayo) un armisticio indefinido, con- 
trayendo la obligación de hacer retirar ai Brasil las 
divisiones portuguesas en el tiempo más breve posible. 
En cumplimiento de este pacto emprendió el general 
Soujza su retirada hacia Bagó el 11 de Julio. 

CUX. - ReMióli M mtmA Artigas aS19) 

Así que se aseguró el alejamiento del ejército portu- 
gués, el Triunvirato resolvió que su presidente, el gene- 
ral Sarratea, fuese con tropas ai campo de Ayuí» orga« 
oisase el ejército y emprendiese operaciones contra los 
realistas de Montevideo. 

Sarratea se encontró al llegar á Entre Ríos, con el 



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388 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



cuadro desoiailor del campo de Ayuí, eu donde las caba- 
llerías bárbaras de Artigas habían corrompido todo, y 
cuyos excesos era inevitable que desmoralizaran á las 

tropas regulares que había mandado el Triunvirato para 
prevenir la invasión portuguesaque temía. Así que Ilesró, 
se dio á conocer como general en jefe del ejéix^ito y 
ordenó que se dispusieran á marchar todas las filenas 
que se habían reunido en el Ayuí. 

Estos hechos pro<lujeron en Artigas honda irritación. 
El teniente de blandengues, que de pronto se había visto 
hecho teniente coronel, y que luego había triunfado en 
las Piedras y recibido en premio el grado de coronel de 
milicias, llegó á envanecerse tanto, que aspiró á man- 
dar en jefe la^ operaciones del Uruguay. La llegada de 
tropas y de abundantes materiales de guerra á Ayui 
fomentó sus ilusiones y le índigo á comunicar al Gobierno 
que esperaba órdenes para mandar contra las Misiones 
las fuerzas correntinas y para ir él con el grueso del 
ejército al Brasil y situarse en Santa Tecla, que sería la 
base desús operaciones. Si el Gobierno quería solamente 
que los portugueses se retiraran, bastaría ese moTi- 
miento para conseguirlo ; si quería que se les atacara, 
vendría sobre Souza y lo haría pedazos, 
cualquiera de los dos rusuliados, írín contra Monte\ideo 
y la rendiría inmediatamente. En su presunción desme* 
dída se creía capaz de todo y no se imaginaba que el 
Gobierno pudiera pensar en otra persona para confiarie 
el mando supremo del ejército. 

Sí I pívsa del)ió cnusarlc el ver como había bastado la 
diplomacia para hacer retirar álos portugueses; pero 
sorpresa é indignación el que, prescindiéndose de él y 
de sus planes, se nombrara á Sarratea para que man- 
dara en jefe la seí^un la campaña contra Montevideo. 
Sucedió pues, que, si bien no se rehusó á reconocer al 
general, trasmitió la orden á las tropas « sin exigirles 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 389 



que la obedecieran >» (1); y, cuando aquél dispuso la 
marcha de los cuerpos sobre Montevideo, Artigas mandó 
á los comandantes y oficiales que se quedaran en el 
Ayuí con él. Marcharon inmediatamente, sin embargo, 
el regimiento de dragones de la patria, mandado poi- 
Rondeau; el regimiento núm. 6, de Soler; el regimiento 
de granaderos, de Terrada, y el regimiento de la 
estrella, de French. Por el momento quedaron en el 
campo de Artigas los cuerpos de línea mandados por 
jefes orientales; pero, disgustados también ellos por su 
proximidad á las hordas artiguistas y por la soberbia é 
indisciplina de Artigas, no tardaron en incorporarse al 
ejército de Sarratea don Ventura Vázquez con su regi- 
miento de 800 blandengues, Baltasar Vargas con su 
división de más de SOO caballos, el comandante Viera 
con 700 infantes, y algunas otras partidas. La caba- 
llería de Artigas quedó reducida entonces á 900 hom- 
bres que mandaba don Manuel Artigas, 400 que seguían 
á Barta Ojeda, 70 blandengues, y una compañía de 80 
que mandaba el capitán Tejera. 

Grande fué el enojo de Artigas. Creyendo que su 
nombramiento de jefe de la caballería oriental lo había 
hecho dueño de todas las fuerzas que sus paisanos 
mandaban, exigió con insolencia que se le devolvieran 
los cuerpos que habían desertado de su campamento ; 
y, como Sarratea no lo complaciera, resolvió hostilizarlo. 
Sucedió, pues, que cuando el ejército se puso en marcha 
hacia el arroyo de la China, dejando en observación 
sobre el Salto los cuerpos que mandaban Soler y Váz- 
quez, Ai'tigas se quedó en el Ayuí en concepto de 
rebelde. 

(1) Lo reGere asi el mismo Artigas en ñola que dirigió al gobierno del Para- 
6 "ay. 



390 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



CU* — Sefniia «uqNdb Mrtim MMUeiMM (IglSO 

Entretanto la situación política y militar del Río de 
la Plata empeoraba* Apenas salió Sarratea de Buenos 
Aires (IH de Junio de 1812) estaUó la conspiración 
espaíiüla encabezada por Alzaga (CXLI); Bclí^rano se 
veía farzailo á contramarchar hasta Tucumáu» seguido 
por los realistas (CXXXIII), y estaba Tiva, aun^ 
sorda, la lucha entre el Triunvirato unitario y loa féde- 

rales (CXLII). 

El írobierno pensó en mandar la mayor parte del 
cyérciio de Sarratea á Belgi^ano, para que contuviese ei 
avance de Tnstán, asegurando previammte la coqH* 
nuación de )a tregua con la plaza de Montevideo, y con 
tal motivo hizo proposiciones á Vig-odet (que había 
quedado ea lugar de Elío) y al Cabildo, procurando 
persuadirlos de que la Banda Oriental debería adherirse 
á la situación creada en la occidental (28 de Agoalo de 
1812); pero estas autoridades contestaron á los pocos 
(lías (4 de Septiembre) que no huinillarían con el some- 
timiento las glorias de Montevideo; que hacían al 
gobierno de Buenos Aires responsable de las consecuen- 
cias de la guerra, y que, si quería la unión, procediera 
á jurar la carta constítucional promulgada en Marzo 
por las Cortes. 

Frustrado este pensamiento, consultó el Gobierno ai 
general Sarratea acerca del modo como podría anzi* 
liarse á Belgrano sin desatender al enemigo del Uru- 
guay (22 de Septiembre). En tal ocasión opinó el 
teniente-coronel Vedia que el tern Lorio oriental (su 
patria) no debía ser abandonado, expresando : que 
subsistían los clamores de las personas y &milias ente- 
ras perseguidas y arruinadas menos por los enemigos 
que por la desenfrenada licencia de las. bandas de Arii- 



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DB LA RBPÚBtiIOA ORIENTAL DRL URUGUAY 391 



gas; qae estos males se agravariao, porque tanto los 
unos como las otras se eatregarfan sin obstáculo á 
mayores violencias ; y que si era inevitable llevar las 

armas al Oeste, era también necesario dejar sobre el 
enemigo del Este el regimiento de dragones y el de 
infantería námero 4 hejo el mando superior del coronel 
Rondeau, ya que el coronel Artigas había probado que 
ni por sus conocimientos, ni por su inteligencia militar 
estaba habilitado para llevar la guerra á los realistas 
de Montevideo. 

Bn este estado estaban las cosas de la Banda Orien- 
tal cuando se supo en Buenos Aires que Belgrano había* 
triunfado en la batalla de Tucumán y perst-guía al 
ejército vencido (CXXXIÍI) y cuando el movimiento 
unitario del 8 de Octubre disolvió la Asamblea federal, 
reconstituyendo el Triunvirato y concentrando en él la 
soma de los poderes públicos (CXLII). No hubo desde 
este momento razón para vacilar; el Gobierno se decidió 
á abrir la segunda campaña contra Montevideo, y, j)or 
tanto, Sarratea organizó la vanguardia con tres escua- 
drones de caballería, el regimiento G.*" de Soler y el 
4.** de Várquez, y varios cafiones, y le dió por jefe á 
Rondeau. Partieron sucesivamente estos cucri)os del 
arroyo de la China y del Salto, y al llegar al Cerrito, 
anunciaron á la guarnición de Montevideo el segundo 
sitio con una salva de artiUeria (20 de Octubre). Poco 
después llegó Sarratea con el grueso del ejército. 



Así que los realistas se vieron sitiados pensaron que 

á someterse á los rigores del cerco sería preferible dar 
una batjílin á los sitiadores, por la espcMíinza de que, 
si resultaran vencidos, renunciarían á su empresa. Pre- 
paráronse los sitiados con tal fin en los dos meses que 



CVXh - La «Mita M CmU» (ISIQ 




392 



BOSQÜEJO HISTÓRICO 



siguieron y saüerun el 31 de Diciembre en número da 
1600, reforzados por piezas de artillería, resueltos á 
poner á prueba su suerte antes que llegase el grueso 

del ejército de Sarratea. 

La batalla, que al lírinciiau pareció favorable á ios 
realistas, terminó por el trimiíb de los independientes, 
después de haberse conducido las dos partes con bra- 
vura. Rondeau, Soler y Ortiguera se distinguieron en 
la acción; el segundo mereció ser ascendido al grado ' 
de coronel del mismo re^rimiento niunero 6, á cuya 
cabeza desalojó al enemigo de la cumbre del Cerrito, ¡ 

clavando por su propia mano la bandera de la patria. « 
Entre los muchos muertos que tuvieron los españoles 
se eontaron el brigadier Muesas, el capitán Liñán y 
otros oliciales. 

CLXn. iirti^as f«Tor«ce á h*^ sítiAdos de Montevideo, ho«>tflfza 
al ejército sitUdor, j obliga ú iSarratea ¿ reuaneiar el mandt». 
(1812-13. 

Artigas no se quejó directamente al grobierno por el 
nombramiento de Sarratea, pero escribió á personas de 
Buenos Aires que le servían de agentes y de cons^eros, 

expresando amargas recriminaciones. Los amigos pro- 
curaron amansarlo invocando los inteieses de la patria 
y lo apurado de las circunstancias. Uno de ellos, Fran- 
cisco Bruno de Rivaroia, fingiendo hábilmente que par- 
ticipaba de su contrariedad, procuró convencerlo de qne 
el gobierno había procedido con sujeci n á jitformes 
que se le bal '1:111 dado, no por hacerle dafiu ; se mostr<'> 
afligidísimo por que Goyeneche, victorioso en Vilcapugio 
y Ayohuma, venía á marchas forzadas hacia Buenos 
Aires, y temeroso de que pronto llegara á Santa Fé y 
dominara el Río de la Plata; le inculcó qu»^ la Uiagni- 
tud de los peligros exigía que todos los buenos patrio- 



]>£ LA. REPÚBUCA ORI£NTAL DEL URUOUAY 3d3 

tas olvidaseü sus rencillas y se uniesen contra el ene- 
migo común, y lo exiiortaba á que se recoiioiliase con 
Sarratea y obrara de acuerdo con él, ya contra Montc- 
video« ya contra Goyeneche, manifestando á la vez al 
gobierno que le animaban los sentimientos más patrió- 
ticos (20 de Septiembre de 1812). 

Artigas aceptó la indicación de escribir al gobierno 
manifestándole sus resentimientos. El gobierno, deseoso 
de satisfacerle, envió á Alvear para que tratase con él, 
y Ri\ aróla le escribió recomendándole el enviado, reco- 
mendaiidolo que hablaí<e con franqueza, asegurándole 
que lo que el gobierno quería era transigir, y felicitáíi- 
dose de contar con que todo podía tenerse por arreglado. 
Pero, desgraciadamente, habiéndose enfermado Alvear 
por una rodada que dió su caballo ai llegar al Arroyo 
de la China, no pudo llegar hasta el campamento de 
Artigas, ni éste acceder al pedido que aquél le hizo de 
qae se reunieran en Paysandú, y no pudieron entablarse 
las negociaciones entonces. 

Hubieran podido iniciarse poco después, si todos 
hubiesen estado animados por buenas intenciones ; pero 
un agente desconocido de Artigas (1) le envió á princi- 
pios de Noviembre una carta en que se disputaban el 
predominio la adulación, el fanatismo y la maldad. 
Según ella, era « picaro ^ el prol)ierno; «francmaso- 
nes y* los hombres de la situación; ** cuadrilla de 
pillos f» componían las personas que venían en el ^éi- 
• cito; Artigas era un « redentor de la América n, y el 
autor de la carta estimaba más su vida que la propia. 
No se trataba en verdad de otra cosa que de asesinar al 
coronel de las milicias uruguayas y era necesario que 
éste se precaviera contra todos. Contra tales maquina- 
ciones Artigas debía oponer su alianza con el Paraguay 

(1) £1 Sr. Fregetro supone «¿ue sea Santiiigo Cardoto. 



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394 BOeQüSJO HIOTÓRIOO 

sin pérdida de tiempo, y luego imini.^r á Sarratea que 
con sus tropas abamlonase la Banda uncntal. so peua 
de obligarlo por la filena de las armas. Ya habla lle- 
gado la ocasión en que Artigas pudiera « hacer resonar 
su nombre por el inundo y era menester aprofecharhu 

Arriáis puílui'le^ir entre el consejo sensato y patriótico 
de Ri varóla y el desatentado y antipatriótico de su des- 
conocido agente. Su inclinación al desorden, su eneooo 
y la violencia de su carácter lo decidieron á ejecutar el 
último. Estaba ya en relaciones con el Para'^iiay ; fal- 
tábale perseguir á Sarratea, é hizo más: persi^^uio la 
causa de la independencia. Se vino |X)r la isquierda del 
Uruguay hacia el Sud; alcansó en el rio Negro la comí* 
saría y el parque del ejército y se apoderó de ellos ; al 
lle^^ar al Yí escribió una larga ó ininteligible carta á 
Sarratea, que concluía intimándole que se fuera á la 
Banda Occidental y que, si lo quería, se llevase tam- 
bién el ejército dejándole los auxilios que necesitara ; 
después, desde Santa Lucía-Chico, mandó en todas 
direcciones destacamentos con orden de hostilizar á las 
tropas sitiadoras, y esas partidas interceptaron las 
comunicaciones que Sarratea y los demás individuos de 
las fuerzas patriotas mantenían con el gobierno y pue- 
blo de Buenos Aires, se apoderaron de los bueyes, 
caballos y carros del ejército que encontraron pasta nilo 
ó en servicio, alearon cuanto animal pudiera servir 
para alimentar ó movilisar á la tropa 6 para transpor- 
tar artículos 6 heridos, y aprehendieron las ñienas que 
Sarraiea li¿ibía hecho situar á lo lar^^^o de la mariden 
del río de la Plata y del Santa Lucía para que impidie- 
sen á los sitiados el proveerse de viveres« perautíendo, 
por lo mismo, que la plasa estuviese abastecida aban* 
dantemente de carne fresca. 

Desde el mes de Diciembre hasta mediados de 
Febrero de 1813 hubo entre Artigas y Sarratea un con- 



i 



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DE LA KEPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY. 305 

tinuado cambio de comanicaciones. Así que Sarratea 

recibió la intimación de abandonar el inando, contestó 
que, si de ésto dependía la unión, no se opondría, sino 
^ae daba cuenta al gobierno, y que lo invitaba á espe* 
rar la reaolucidn saperior, suspendiendo las hostilida- 
den entretanto en beneficio de la causa común. Artigas 
maniíestó que accedía, pero sus rigores continuaron con 
los sitiadores al mismo tiempo que favorecía á los sitia- 
dos. Sarratea le escribía procurando persuadirlo de que 
debia cesar en esta conducta, que ponía en peligro al 
ejército y alentaba á los realistas ; Artigas le contestaba 
que no cumpliría sus óidenes, mientras el írobierno no 
decidiese su separación del mando. Varias comisiones 
de yeciuos y de jefes intervinieron por llegar á un ave* 
nimiento, sin conseguirlo. Entretanto, Artigas llegó 
hasui mantener comunicaciones reservadas con Vicfo- 
det, y Sarratea .1 llamarle traidor en un bando en que 
prometía el perdón á los desertores que abandonasen el 
campo artiguista. 

Esta situación era por demás angustiosa; y, yaque 
el gobierno lardaba en decidirla, resolvieron Rondeau, 
Vedia y otros jefes reclamar de Sarratea que renunciase 
el mando nombrando un sustituto mientras el gobierno 
no designara á quien definitivamente debiese reempla^ 
zarlo. Sarratea consintió en irse con los jefes orientales 
á quienes Artigas no quería ver en el ejército, nombró á 
Roadeau con calidad de interino y se ausentó junta* 
mente eon Javier de Viana» Vázques, Valdene^, Bal- 
tar j el Canónigo Figueredo. 

Rondeau nombro <1 Vedia para mayor ^^eneral ; y 
como el gobierno coníirmó estos nombramientos, acej)- 
tando por necesidad los hechos producidos. Artigas 
avanzó con sus caballerías basta la línea del sitio y 
ocupó el puesto que se le designara, en el ala izquierda. 

£1 ^ército sitiador se compuso entonces de más de 



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396 BoiigULJu HISTÓRICO 

seis mil hombres divididos así: — Dimsién de Bumog 

Atre^rRegímientode granaderos, de Terrada; regimiento 
n.' íi, de Soler; roírimicnto de la Estrella de French ; 
regimiento de arciüería; regimiento de dragones de la 
patria, de Rondeau. — División de Artigas : Regimiento 
de Blandengues; regimiento de Manuel Artigas ; 
regimiento n.** 3, de Frui iuoso Rivera; reurimiento de 
« aballería. de Fernando Oior^ues ; regimiento de caba- 
llería, de Blas Basualdo, 

C LXIII. - Artii^aii AeserU del ejército sitiador (1813-U) 

El sitio coniiauu regularmente en todo el año 1813, 
aunque no sin que se sufrieran graves agitaciones de 
carácter político provocadas por Artigas, de las cuales 
se hablará en el capítulo que vendrá después de éste. 
Hastü decir por ahora (jiu', habiendo i)rocedido los pue- 
l)ios de las provincias á elegir diputados para la Asam* 
blea genersd constituyente que se reunió en Buenos 
Aires en Enero de este aüo (GXLIII), pretendió Artigas» 
instigado {xyr sus amigos los federales de Buenos Aires, 
que el pueblo se sometiese á su voluntad en la ehíc< ión, 
y que los diputados obedeciesen en el desempeño de su 
cometido á las instrucciones que él les diera. Como 
nadie había autorizado á Artigas para ^'ercer actos 
políticos, pues era un simple jefe militar de la milicia 
uruíTuaya. y menos podía arrogarse la soberanía que 
por derecho pertenecía al pueblo, ao le obedec-ió éste, 
sino que obró con libertad, s^gún su propia opinión. 

El despecho de Artigas fué tan grande, y su modo de 
manifestarlo tan opuesto á la razón, que desertó del 
sitio en la noche del 21 de Enero de 1814, dejando des- 
cubierta el ala izquierda de la línea, pues se llevó toda 
la caballería que tenía á sus órdenes, excepto la que 
mandaban su hermano Manuel v el mayor general 

V 



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DE LA REPÚBUGA ORIENTAL DEL URUGUAY 31)7 

Pagóla, quienes so ne;[^aron patrióticamente á seguirle. 

La deserción de Artigas y sus secuaces, gravísima en 
cualquier caso por su naturaleza, lo era más en aquel, 
por las circunstancias especiales que concurrían. La 
plaza de Montevideo negociaba dinero y víveres en el 
Brasil por medio de sus cuiiiisionados el regidor Manuel 
Durán y el Dr. Mateo Magariños y había recibido fon- 
dos del Perú, y de Cádiz refuerzos de tropas que suma- 
ron varios miles de soldados. Otras provincias se mos- 
tral>an insubordinadas y obli^ban al Gobierno á divi- 
dir en ellas su poder ó A tolerar los des<>rdenas por 
imposibilidad de reprimirlos. Y Beigrano, después de 
triunfar en Tucumán y Salta, había sido deshecho en 
Yilcapugio y Ayohuma. La Asamblea, alarmada por 
tales hechos, y suponiendo que hasta cierto punto se 
debieran á que el Triunvirato no podía d- sidegar bas- 
tante energía, se decidía á sustituudo poi' un direcu>r 
unipersonal (GXXXXII y GXLIII). Artigas había defec- 
cionado, pues, la causa de la independencia en momen- 
tos aníTUstiosos, y romprometieudu seriamente la posi- 
rión de los sitiadores, que el gobierno se juzgó necesi- 
tado de levantar el sitio por no poder sostenerlo. 

En consideración á tan enorme gravedad del delU^, 
el director Posada, de cuyos tres ministros eraA"brien- 
tales el de gobierno (Nicolás Herrera) y el de guerra 
(Francisco Javier de Viana) expidió ei 11 de Febrero 
un decreto en el cual hizo la historia de la conducta 
pública de Artigas, lo declaró infame, privado de sus 
empleos, fuera de la ley y traidor á la patria, mandó 
que se le persiguiera y se le matara en caso de resis- 
tencia, y ofreció seis mil pesos á quien lo entregara vivo 
ó muerto. 



Di 



398 BOSQUEJO HISTÓRICO 

Decidido el Directorio, después de Taciladones con- 
tinuadas, á prosegair el sitio de Montevideo y á actirar 

las operaciones para rendir pronto la plaza, á fin de 
consagrar su atención iuego á la guerra del Norte, ' 
oixlenó á Brown, marino inglés que deaempeHaba el 
mando superior de la escuadrilla argentina, que ataeaae ' 

las naves españolas mandadas por Romarate, que domi- I 
naban la entrada del Uruguay y el Paraná. Brown , 
ñlé feliz en su primer encuentro con los españoles; pero 
consiguió al dia siguiente (12 de Marzo de 1814) tomar ' 
la ida de Martín Oarcfa, cuya posesión aseguraba él , 
ejercicio efectivo del domimo en losgrandes afluentesdel 
Plata. 

Se bloqueó la plaza de Montevideo. La situación de i 
los sitiados era penosa, puesto que, impoaibilítadoa de 
recibir recursos por mar y tierra, tendxian que rendirse ' 

por hambre, si no conse^ruían triunüir de la escuadra 6 \ 
del ejército en una acción en que se conceniraseu todas 
sus fuerzas. Los realistas se decidieron á atacar las I 
naves que Brown mandaba. Las dos escuadras estaban i 
prontas el 14 de Abril para el combate. Componíase la 
argentina de cuatro corbetas, un bergantín y dos buques 
menores. La española constaba de cuatro corbetas, i 
tres bergantines, cuatro buques menores y numerosos 
lanchónos. La última salió del puerto, se retiró la otra, 
ambas se dirigieron hacia el Kste y tuvieron ese mismo « 
día un encuentro del cual resultó un buque español ' 
inutilizado. El resto de ese día y el 15 se pasaron < 
siguiendo los buques argentinos á los contraríos ; se 
acercaron el 16 y libraron el combate deflnitivo, que 
dió el triujiíü á las armas independientes. Se rindieron 
dos corbetas, un bergantín y una goleta españoles; 




PK LA REPÜBUGA ORIENTAL DBL URUGUAY 399 

íUeron incendiados un bergantín y una balandra y los 
demás íranaron en desorden el puerto de Montevideo. 
Cayeron en poder de los vencedores 33 oíiciales de mar 
y tierra, 2 capellanes» 2 cinj^anos, 380 hombres más, 
75 cafiones» 210 flisiles y una cantidad considerable de 

oLTos artículos de ¿^^uerra. 

El mismo día en que tuvo lugar este hecho glorioso 
para las armas argentinas, llegó el coronel don Carlos 
de Alvear al Cerrito con el otijeto de tomar el mando 
supremo de las flierzas sitiadoras, trayendo desde Bue- 
nos Aires un refuerzo de 1500 iiombres y algunos 
cañones. El 17 tomó posesión de üu puesto. Los realis- 
tas perdieron toda esperanza de obtener venteas, y 
aún de sostenerse. Comprendieron que» Tencidos en el 
rfo é impotentes para vencer en tierra, se acercaba el 
término de su resistencia. En tales circunstancias invitó 
el general Vigodet á Brown para celebrar un armisti- 
cío y el cai\je de prisioneros; pero el comodoro argen- 
tino contestó al día siguiente (19) que no admitiría con- 
dición alguna mientras no ftieran entregados al gobierno 
de Buenos Aires la ciudad de Montevideo, sus fortale- 
zas, arsenales, buques de guerra» y toda propiedad 
pública, permitiéndose á los militares que entregaran 
sus armas. 

Alvear tomó entonces medidas para precipitar la ren- 
dición. Vigodet no tuvo otro camino que tomar razona- 
blemente que el de entregar la plaza, y el 20 de Junio, 
á las 3 y media de la tarde, se obligó á entregarla por 
capitulación, el 22 ocuparon las tropas de Alvear la 
fortaleza del Cerro, y ol 2:1 guarnecían las dr- Montevi- 
deo, en cuyo día el general en jete dió un b¿indo reco- 
mendando el olvido de lo pasado y asegurando el res- 
peto de las personas y las cosas. Con la plaza cayeron 
en poder del vencedor 335 cañones, más de 8000 fbsUes 
y todas las embarcaciones, así como 8 banderas, 2 



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400 BOSQUEJO UISTÓRICO 

mariscales» 2 brigadieres, 7 coroneles, 11 tenientes 

coroneles, 5300 más de tropa, y cuanto había sido del 
dominio de los vencidos. 

Asi terminó la larga dominación de los españoles en 
el Río de la Plata. 

^kxxim 11 

Sucesos j^olUicos de 1811 á 1814 

CLXY* — Lo ^06 m ÁrtigM tn 1811 

Cuando Artigas desertó del ejército español por el 
enojo que le causó la amonestación de su jefe Muosíis, 
y se presentó á la Junta de Buenos Aires ofreciéndole 
sus servicios, tenía 53 años de edad y no se había seña- 
lado tle ningún modo en la vida pública. 

Era entonces un hombre de estatura regular, de 
aspecto gauchesco, pero simpático en su conjunto. Su 
cuerpo, medianamente grueso, solía ir vestido con desa- 
liño, llevando de ordinario poncho y sombrero de psya. 
Su cabeza bien formada, nunca erguida, esüiba cubierta 
por cabellos rnbios, ondeado.s, largos, revueltos con fre- 
cuencia. La cara era ovalada, pálida, de color blanco 
poco alterado por la intemperie, de carrillos descarna- 
dos, barba escasa y larga, fisonomía de expresión afa- 
ble comunmente, aiiiuine con rasgos enérgicos, fácil- 
mente variables. Tenia ojos azul-verdosos, dd mirada 
oblicua, coronados por c^as pobladas y rectas que se 
arqueaban hacia el exta*emo interno bajo la acción de 
la ira. La nariz, prominente y aguileña, se elevaba 
sobre una boca de perfil severo y dimensiones regulares. 

Artigas no carecía de cierta mteügencia natural ; pero 
sus concepciones eran poco extensas, generalmente 
superücíales y desordenadas. Era muy egoísta, domi* 



DE LA RET'ÜBLICA ORIK.MAL DEL URUGUAY 401 

nador^ intolerante, iracundo, y en extremo vengativo. 
Era tenaz en sus resoluciones. Sus malas pasiones tenían 

lar^j^a cluracióii, no ísC ¿suljoidiiiaban a ia reílexión pro- 
pia, ni razón había capaz de templarlas. Eminentemente 
indisciplinado por carácter y por costumbre, no tenía 
la menor idea del orden : ni sabia tenerlo en sus cosas, 
ni imponerlo á los hombres. No admitía por nada la 
menor traba á su libertad personal, ni podía haber quien 
respetase menos la libertad ajena, fuese individual y 
colectiva. A la vez que incansable en protestar que era 
justo, moderado» sufrido y resignado, era tlesmedido 
en la arbitrariedad y en la intemparancia. Por las cau- 
sas más ñí tiles tomaba las determinaciones más graves, 
posponiendo á su encono todos ios intereses de orden 
superior que fuesen incompatibles con su resolución. 
Pecaba por un gran exceso de suspicacia. Juzgaba á sus 
adversarios y á las personas á quienes tema alguna 
prevención, capaces de toda clase de infidencias y mal- 
dades; no les reconocía lealtad ni móviles sanos, y apa- 
rentaba ver, aAn en los actos más nobles de ellos, tre 
mendfts Infldencias. Tenía gran aspiración á exhibirse, 
lucra couii) fuese; tal presunción de sí mismo, (jue se 
consideraba capaz de superar á todos en las más difíci- 
les empresas; y tanta vanidad que se atribuía los éxi* 
tos de otros, por muy indirecta ó secundariamente que 
hubiese intervenido en ellos, en lo cual no hacía más 
(jiío personificar la inclinación general de los gauchos, 
de jactarse de proci^as imaginarias. 

Ya se sabe que en la infancia no aprendió otra cosa 
que á leer un poco y á escribir otro poco. Después no 
g'anó en instrucción, ni pudo adelantar, porque, si los 
medios eran escasísimos en Montevideo, ñdtaban por 
completo en el campo, entre los salvajes y contraban- 
distas con quienes anduvo Artigas desde su adolescen- 
cia hasta la edad madura (C-Clll). De ahí que no tuvie- 
se 



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402 BOSQUEJO H]fiT6RIC0 

ra, cuando se presentó á la Junta revolucionaria de 
Buenos Aires, nincruna instrucción, ni aun rudimenta- j 
ria, acerca de ning^a materia, á no ser las que hubiese 
recibido por propia experiencia en el trato con las pobia* ; 
cienes incultas hasta 1802, y con el personal del cuerpo 
de blandengues y con ciertas clases del pueblo desde las 
invasiones inglesas. Su ignorancia era, pues, crasísima, I 
ai extremo de no poder escribir, ni redactar una carta 
de pocos renglones. Servíase de terceros para toda su 
correspondencia; y como éstos cambiaban á menudo, i 
resultaba varia<lo el estilo, el sentido y el tono de sus 

comunicacioaes. ' 

Tai era, en verdad, el personaje que se ha visto figu- \ 
rar militarmente en el capítulo anterior. Los hechos 

referidos, en que él tuvo aliruna parte, concuerdan con i 
la descripción cjue acabo de hacer tan íieimenie como 
he podido. Véase ahora cómo se revela en los sucesos I 
políticos que se verificaron en la misma época, en los 
cuales desempeñó papel señalado. ' 

I 

CUTI. ^ Primera i^iarición de Articas eit el eseeaarlo poUtfee 

del FlaU (1811). 

Nombrado Artigas jefe de las milicias orientales por 
la Junta federal de 1811, para que fomentase el 5;enti- 
miento regionalista do los ut uiruayos (("LUÍ í, recibió de 
la Junta el carácter déjele del partido que en la Banda 
Oriental formase; y, como este partido existía ya yir- ! 
tualmente en las clases bárbara y salvaje del campo 
(CXXXIX), y entre ellas, por razón de afinidades natu- 
rales, írozaba Artigas de renombre y prestigio, sucedió 
espontáneamente que al destino político que le diera el 
gobierno de Buenos Aires se uniese la aquiesceneia ó 
sumisión de las muchedumbres campesinas. 

Este hecho, á la vez que halagaba el amor propio de 



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BE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 403 

Artigas, era mirado por los federalistas de Buenos Aires 
como digno ser utilizado en beneficio de su causa 
según á ellos mejor pareciera ; por manera que, intere- 
sados en ciarle dirección, se apresuraron á ofrecer su 
amistad al que habían instituido jeíé de los orientales, y 
á influir en su ánimo por medio de cartas y de emisa- 
rios, que le trasmitían, ya ideas generales relativas á la 
federación, ya consejos particulares respecto de lo que 
había de hacer en cada caso. 

Artigas no podía darse cuenta de lo que siguiíicaban 
muchas de las doctrinas abstractas, más ó menos frag* 
mentarías y no siempre correctas que se quería incul- 
carle, pero tomó de ellas las expresiones federación, 

causa de los pueblos ^ libertad - d»\s[ gotismo - , y 
otras análogas, les atribuyó la ace[)ción extraña que le 
sugirieran su modo de ser y sus hábitos, y se formó un 
concepto disparatado del papel que tenía que desem- 
peñar. 

Ya se ha visto (CLXII) que ius ((ue tomaron la tarea 
de dirigirlo en los trabajos federalistas no se ponían de 
acuerdo para acensuarle lo que en cada caso debería 
hacer, sino que cada uno lo instruía á su manera y 
todos diferentemente. Si Artigas hubiera podido dis- 
cernir lo que en esos consejos hubiera de bueno ó de 
malo, siquiera íbese de la manera aproximativa con que 
lo hace el buen sentido, hubiera suplido la falta de 
instrucción hasta cierto punto; perú, tanto como care- 
cía de nociones teóricas le faltaban inclinaciones sanas. 
Era, pues, forzoso que acogiera con preferencia las 
sugestiones que más se conformaban con su carácter, 
con sus costumbres y con sus pasiones, aunque íhesen 
las más antipatrióticas ó contrarias á sus propios inte- 
reses. 

En los primeros siete meses que siguieron á su nom- 
bramiento la conducta de Artigas tuvo carácter pura- 



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404 BOSQUEJO HISTÓRICO 

mentó militar; pues si Ijicn alardeaba ya el título de 
de los oíñentales, su sigriiílración ostensil)!^ era la 
(}ne había determinado el Gobierno al nombrarlo jefe 
de las milicias orientales. Pero» cuando se negociaba 
la tre^a de Octubre, hizo ñrmar á cierto número de 
vecinos una petición por la cual exi¿^ían del general 
Rondeau que no se negociara el tratado sin que con- 
curriera la voluntad de los orientales, ya que la suerte 
de éstos se decidía, Artig^as. había entendido que en un 
estado federal no podía decidir el Gobierno sin obtener 
en cada caso el asentimiento de tales ó cuales grupos 
de población, y suponía que un comandante en jete 
podía someter á tales pretensiones el cumplimiento de 
•sus deberes! 

Lo correcto habría sido hacer comprender á Artigas 
que la Junta federal de Buenos Aires, conii>uesta de 
diputados, cyercía el gobierno de la federación, por sí 
sola, en nombre de todo el Río de la Plata, y que la 
pretensión manifestada era subversivo de los más ele- 
mentales principios constitucionales; pero los federales 
de 1811 no percibían bien las consecuencias que podían 
derivarse de olvidar la diferencia enorme que hay 
entre la federación y el regionalismo anorgánico, y 
además tenían inter^ en no desagradar á Artigas, ya 
que con él contaban, como con tantos otros, para 
cxteader su influjo político y para cousolidarlo. Acorda- 
ron, pues, Rondeau y José Julián Pérez, comisionado 
por la Junta para intervenir en la negociación de la 
tregua, convocar una asamblea de vecinos para enten- 
derse con ella, no en el sentido de solicitar su beneplá- 
cito, sino con el íln de eludir la exigencia de Artigas 
sin darle motivo para creerse desairado. La asamblea 
se opuso á que se aprobara la tregua ; pero al fin se 
conformó con que se sometiera el caso á la decisión 
del Gobierno. 



DB LA REPÚBLICA ORIBNTAL DEL URUGUAY 405 

La decisión, impuesta por las circunstancias según 
se ha visto (GLVI), desagradó mucha á Artigas, pero 
la cumplió. No pudiendo entonces desempeflar papel 
alguno en la Banda Oriental, se apresuró á ponerse en 
coinunicarióu con caudillos de las provincias argentinas 
y con el gobierno del Paraguay. Á todos expuso los 
hechos ocurridos desde Febrero; censuró la flojedad 
con qu^se había operado sobre Montevideo, vituperó 
al ;-:ubierno porque iiabia levantado el sitio, ponderó el 
heroísmo y los sacrificios de los orientales, puso de 
relieve la posición que él había ocupado respecto de 
sus paisanos, aseguró que éstos lo habían nombrado su 
general en jefe, habló del ejército nacional en el con- 
cepto de que era meramente auxUiador de las milicias 
que él manilaba, y terminó invitaudolos á celel>rar una 
unión para la defensa de los comunes int43reses. Mucho 
insisüót particularmente en sus comunicaciones con el 
gobierno paraguayo, en la necesidad de la unión, así 
como en pedirle pertrechos de ¿^^lUTra, víveres y solda- 
dos, ofreciéndole en cambio animales vacunos. Aunque 
Artigas no definió los iines de la unión que proponía, 
manifestaba al pedir recursos que tenía en vista la 
invasión portuguesa, contra la cual quería prepararse ; 
pero, aun cuando no puede dudarse de (|ue tenía este 
propósito, no es menos visible el interés que lo movía 
á exhibirse como jefe de un pueblo, en cuyo concepto 
hablaba á nombre propio, como si esto fUera natural en 
el régimen federativo á que creía servir. 

CLXVil. — Lit tiipuUeióa de AbrU á la Ásambles de 181$ 

Cuando se estableció el segundo sitio de Montevideo 

habían reempl;i/;ido ya los unitarios á los federales en 
el gobierno nacional, y regía el Reglamento provisional 



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406 BüSijtEJO lUSTüRICO 

de Noviembre (CXL). Obligando á Sarratea á hacerse 

reemplazar por Rondeau en el puesto de genenü en jefe 
había conseguido Articas satisfacer su resentimiento 
(CLIX) y á la vez cambiar un superior unitario por otro 
que tenía más afinidades con los federales, y era natu- 
ralmente más inclinado á contemporizar, cuyas circons- 
tancias le avivaban la o.s[)eranza de seguir con eficacia 
•las instruccioiie.s i\U(' recibía de sus coparlidarios úr 
Buenos Aires y de las provincias, y de acentuar su pro- 
pia prepotencia. 

Obedeciendo, pues, á sugestiones políticas de « los 
caídos » y á ambiciones propias, asi ijue Rondeau sus- 
tituyó á Sarraiea en el siuo y que él se reincorporó ai 
ejército empezó á ocuparse de que los orientales fue- 
sen representados en la Asamblea general que en 
Buenos Aires funcionaba desde el 31 de Enero (CXLIL) 
Esta aspiración no podía ser más leí>"ítima, ni más 
legal, puesto que los pueblos habían sido invitados 
por los mismos unitarios á elegir representantes; 
pero el hecho debía producirse legalmente y Artigas, 
que no reconocía otra ley que su voluntad y (¡ue, si 
reconocía autoridades superiores, no por eso renun- 
ciaba la libertad de acatarlas ó de no acatarlas» » según 
más le conviniera, prescindió de Rondeau, que era 
su superior, no le importó la posición subordinada 
y puramente militar (juc tenía, y, asumiendo autoridad 
política que nadie había pensado en darle, llamó á su 
campo una junta de orientales, y á los pocos días com- 
parecieron once diciéndose « representantes de laíüerza 
armada, v y otros cinco que manifestaron haber reci- 
bido ^ de los pueblos « el coniiu omiso de nombrar otros 
tantos diputados para la Asamblea nacioaal. Todos se 
reunieron el 5 de Abril en el domicilio de Artigas. Éste, 
asumiendo la presidencia á título de Jefe de los orien-- 
tales^ les dirigió una alocución con el objeto de que 



DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 407 

resolviesen s¡ se había de reconocer la autoridad de la 
Asamblea constituyente de Buenos Aires, de que deter- 
minasen el número de diputados que se habían de man- 
dar, y de que instituyesen un gobierno provincial, 
acerca de cuyos puntos les manifestó lo que deberían 
resolver. 

Al informar á la asamblea acerca del motivo que le 
había inducido á convocarla, manifestó : « El estado 

actual de los negocios es demasiado crítico para dejar 
^ de reclamar nuestra atención. La Asamblea general, 
rt tantas veces anunciada, empezó ya sus sesiones en 
^ Buenos Aires : su reconocimiento nos ha sido orde- 
y* nado. Resolver sobre este particular ha dado motivo 
y* á esta congregación, porque yo ofendería altamente 
r* vuestro carácter y el mío, vulneraría enormemente 
y* vuestros derechos sagrados si pasase á decidir de 
r* una materia reservada solo á vosotros.^ 

La asamblea se sometió á las indicaciones de Artigas 
y designó cinco diputados para la constituyente de Bue- 
nos Aires, cada uno de los cuales llevó un poder subs- 
crito por el solo elector que le había dado su voto en 
nombre del pueblo que representaba. Además, .\rtigas 
les dió por toda credencial una carta para don Dámaso 
Larrañaga, y además instrucciones subscritas por él á 
su nombre propio, en que les ordenaba : — que pidie- 
sen la independencia absoluta de las colonias del Plata; 
que no admitiesen otro sistema constitucional que la 
confederación de todas las provincias que forman el 
Estado ; que promovieran la libertad civil y religiosa en 
la mayor extensión posible; que propendiesen á que el 
gobierno central y los provinciales se compusieran de 
los tres poderes legislativo, judicial y ejecutivo, inde- 
pendientes entre sí ; que señalasen como límites del te- 
rritorio que representaban, la costa oriental del Uruguay 
hasta la fortaleza de Santa Teresa, el cual formaría una 



408 BOSQVBJO HISTÓRICO 

provincia, llamada Provuwta orierUal: que ronsiguie- 
ran qoe la constitucióa asegurase á las provincias la 
forma de ^biemo republicana; que se opusieran áqoe 

ruor.i l iirii» Aires la capital del Estado; y otras cosas 
importantes que correspondían á este orden de ideas. 

Por otra parte, aunque la junta presidida y üomiiiada 
por Arügas había reconocido la Asamblea general cons- 
lituyeute, y se sometía á la constitución que érta 
dictase, ese reconocimiento no había sido liso y llano y 
sí á condición: de que se daría « una púhlic i s.ULsfao- 
n ción á los orientales por la conducu anuiiberal de 
» Sarratea,Viana y demás expulses de que se declara- 
ría c¡ general Arti^cas y sus tropas « verdaderos defenso- 
- res cl('l sistema de libertad proclaia.tdo en América 
de quo no se levantaría el sitio, ni se nombraría otro 
jefe para el ejército auanliadar, que Hondeau; de que 
se sacaría de Buenos Aires la capital de las provincias, 
etc.. etc. Además había fijado el número de los repre- 
sentantes uruguayos sei»arándose de las reírlas estable- 
cidas y sin consultar otra voluntad que la de Artigas. 

Se comprende fácilmente que la Asamblea general 
no podía aceptar tales cláusulas, depresivas unas sin 
más objeto que satisfacer el rencor personal de Artigas 
para con Sarratea, y tan limitativas de la autoridad 
nacional otras que se dirigían al solo fin de asegurar la 
prepotencia del caudillo. Se comprende también que 
tanto por esta raxón. y la irregularidad extremada 
los poderes, como poniue en ellos aparecía Artigas 
solo dando íacuitades é imponiendo condiciones, coniñ 
si él fUese el soberano del Uruguay» inevitable era que 
fuesen desechados los representantes. Y lo fueron, en 
efecto, así que se presentaron en Buenos Aires (Junio). 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 400 



CLXYIII. — Constitución del gobierno interno (1813). 

Así como algunos consejeros cuidaban de que Artigas 
favoreciese la causa federal acentuando el regionalismo 
ui'uguayo por cualquier medio y halagando sus inclina- 
ciones desordenadas, otros le hicieron ver lo falso de la 
situación que se había creado asumiendo un papel 
político dictatorial que nadie le había ofrecido é incom- 
patible con las buenas reglas de gobierno, así como con 
el puesto que ocupaba en el ejército. De aquí nació la 
idea de dar formas menos irregulares á la autoridad 
que Artigas se había arrogado, y con tal fin reunió él 
otra asamblea de 16 vecinos el 21 de Abril. 

Expuso que se notaban en la campaña desórdenes y 
abusos que él no podía impedir, porque lo tenían ente- 
ramente ocupado los deberes del servicio milit^ar ; por 
cuyo motivo había resuelto proponerles que resolvieran 
lo que mejor les pareciera. Se siguió á esto un cambio 
de ideas y se acordó que una Junta municipal enten- 
diese en la administración de la justicia y en los nego- 
cios de la economía interior del país, sin perjuicio de 
.las ulteriores providencias que emanasen de la Asam- 
-blea soberana del estado, de acuerdo con los diputados 
de esta provincia. Instituida esta autoridad, se nombró: 
á Artigas ^ para gobernador militar y sin ejemplar 
^ presidente de la Junta municipal ; « á Tomás García 
Zúñiga y á León Pérez para jueces generales ; á Santiago 
Sierra para depositario de los fondos públicos; á Juan 
José Durán para;we>3 de economía; al doctor José Revu- 
elta psLTSLjuez de vigilancia y asesor; á Juan Méndez y 
Francisco Plá i)ara protectores de pobres; al doctor 
Bruno Méndez para expositor general de la provincia y 
asesor de la Junta ; á Miguel Barrciro para secretario, 
y á José Gallegos para escribano público. 



410 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



Podía ol>jetarsc á este acto : que Artigas no estaba 
facultado para convocar la asamblea; que los congrega- 
dos habían sido llamados por Artigas, no elegidos por el 
pueblo, ni por los cabildos ; que la Asamblea delib^ 
en ol concepto de ser la Banda Oriental provincia, 
cuando aún no era más que parte de la proviuciu de 
Buenos Aires; que la elección de la Junta se inspiraba 
en los decretos del gobierno federal do 181 U qué habían 
"^sido derogados ; y que el gobierno nacional no había 
autorizado la constitución de un gobierno como el que 
acaba de instituii^e por la sola voiuntad de Artigas* 
Todo esto era inconciliable con los principios que regían 
á los estados civilizados. El gobierno nacional, com- 
puesto de personas iliLsu adas, ? toleraría tanto desa- 
rreglo ¡ i Reconocería, por el liecho de la tolerancia, la 
autocracia de Artigas y se allanaría á mantener con él 
otras relaciones que las puramente militares? Se vertf 
pronto lo que sucedió, 

CliXIX, — ÁDiiIaddii de los aeU» de Artigas j eooTeeaeldn 

de naero eengieso (181S). 

Ai saber Artigas que la Asamblea general coiisti- 

iuyente no había admitido los diputados que hizo nom- 
brar el 5 de Abril oi dcnó que el acta de nombramiento 
ÍUese íirmada por mayor número de vecinos, como si de 
este modo se pudiera dar legalidad á lo que no la tenía, 
encomendó al presbítero don Dámaso Larrañaga que 
procurase acordar con el gobierno nacional la adniisi<m 
de los mencionados representantes, y dirigió al mismo 
gobierno una extensa comunicación llena de acrimina- 
ciones, amenazas é insolencias (29 de Junio). 

El Gobierno, deseoso de no llegar á casos extremos, 
toleró el len«^uaje del caudillo y en detenidas conferen- 
cias expuso á Larrañaga su i*esolución. La Banda 



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DE LA REPÚBLICA. ORIENTAL DEL URUGUAY 411 

oriental mandaría á la Asamblea cuatro diputados; 
una vez que éstos ingresaran en ella, decidiría , la misma 
la coDStiiueión que regiría al estado; entretanto el 
Poder ejecutivo debería mantener el orden y hacer la 
g-uerra á los enemigos. Pero, si los orientales (querían 
arr^Ur m^or la administración, especialmente de la 
justicia, podrían reunirse los hacendados propietarios 
y acordar lo que estimasen más conveniente, para cuyo 
Infecto mandaba instrucciones al general Rondeau. 
(Fines de Julio.) 

Artigas tenía por regla llamar derechos, libertades, 
sufrimientos, heroísmo del pueblo á lo que suponía su 
propio derecho, su li tuertad, su sufrimiento ó su 
heroísmo, como si nunca tuviese presente su personali- 
dad propia, cuando era la única cuyo^ intereses y 
pasiones consultaba, y cuya voluntad procuraba impo- 
ner. Es así que la resolución del gobierno, que desco- 
nocía la legitimidad de los actos de Artigas, pero satis- 
faciendo ampliamente los intereses y la volundad del 
pueblo uruguayo, lo irritó y le indiyo á escribir al 
gobierno del Paraguay (á quien había estado instando 
que se confederase ó aliase con él en beneficio común y 
en contra del gobierno nacional), maiiitksiandolo que 
se prescindía del derecho de la Provincia; que se quería 
que se estuviese solo á las deliberaciones de Buenos 
Aires, y que » este extremo de servilidad ultrajaba á la 
justicia; r y que, por tanto, era indispensable ejecutar 
el plan de alianza que antes le había propuesto (26 de 
Agosto.) 

Debiendo convocarse al pueblo para que eligiese 
diputados y para que deliberase acerca de la organiea^ 

rión gubernativa que creyese más conveniente, según 
había resuelto el rrobierno, pretendió Artigas ser él 
quien reuniera el congreso y dirigiera sus t^ab^jo&. 
Rondeau no admitió la pretensión de su subalterno. 



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412 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



porque no se conforiiinha ron las instriiccioues que había 
recibido. Qu^óse Artigas al Gobierno por esta ofensa ; 
pero el Gobierno insistió en que faese el genei'al eu jefe 
quien convocase á los hacendados é instalase su con* 

¿^reso. 

No por esto se resií^nó Artifaras á ser mero espectador 
de las deliberaciones del pueblo. Al mismo tiempo que 
Rondeau pasó una circular á todos los cabildos dispo- 
niendo que el pueblo eligiese electores de diputados y 
que éstos se reuniesen en el Cuartel general el 8 de 
Diciemt)re, el Caudillo expidió otra circular disponiendo 
que los electores se presentasen en su alojamiento antes 
que en el Cuartel general, para instalarse allí el Con- 
greso (15 de Noviembre). Rondeau, contemporizador en 
este caso como siempre, ordenó entonces que los elec- 
tores se reuniesen, no en el Cuartel general, ni en el 
alojamiento del coronel Artigas, y sí en la capilla de 
Maciel, cuya determinación hizo saber á los electores el 
6 de Diciembre, justificándola con la reflexión de que 
debe apartaree del ruido de las armas y de toda apa- 
riencia de coacción el acto en que ha de manifestarse 
libre y espontáneamente la voluntad de los pueblos. 

CLXX. — £1 Contrrcso de Bfcfembre delihecm dCBeoiiAeleaAo 

la autoridad de ÁrUgas (1813). 

La elección popular vino á poner de manifiesto la 
ambición de prepotencia que extraviaba á Artigas y el 

antagonismo que existía entre él y la parte honesta de 
su pueblo. Ya el 8 de Noviembre, cuando reunidos los 
emigrados de Montevideo y los vecinos del Miguelete 
con el objeto de nombrar sus representantes para el 
Congreso que se proyectaba, compareció ante ellos el 
ayudante don Gregorio Afruiar, con un pliego en que 
Artigas ordenaba á los electores que se presentasen en 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 413 

SU domicilio el mismo día á fln de enterai^e de Jas actas 
del 5 y 21 de Abril, resolvieron aquéllos que quedaba 
sometido á la prudencia y discreción de los mismos 
9> electores el concurrir ó no, según lo estimasen conve- 
- niente, resi^ecto de no ser este un paso prescrito ea 
7i la circular que motivaba la reunión. r> 

Esta resistencia enérgica á las intenciones domina- 
doras del caudillo se acentuó aún más en el seno de la 
Junta electora, que se reunió, sin comparecer en el 
domicilio de Artigas, en la casa de dua i- 1 ancisco Maciel, 
situada á orillas del Mi^njelete, el 8 de Diciembre. Sus 
miembros, en número de veinticuatro, designaron para 
secretario á D« Tomás García de Zúñiga y para Prest- 
dente al general Rondeau ; aprobaron los poderes, algu- 
nos de los cuales aparecían otorgados por los emigra- 
dos de Montevideo ; y como otros tres se referían á la 
circular de Artigas, la Junta dispuso que antes de con- 
tinuar la sesión se citase al Jefe oriental para que com- 
pareciera al día siguiente á sostener sus pretensiones 
con todos los documentos y antecedentes que lucran del 
caso. Vueltos á reunirse los electores el día y. García 
Zúñiga y Don Manuel Francisco Artigas, comisionados 
cerca del hermano de este último, declararon que el 
Caudillo no quería presentarse á la asamblea; que se 
senna (icsaini<ln [lor los pueblos desde que no habían 
obedecido su mandamiento, y que no tenía documento 
ninguno que exhibir. Se resolvió por consecuencia que 
continuaran las sesiones en el^mismo lugar, se eligieron 
tres diputados para la Asamblea constituyente, distintos 
de los que se habían nombrado en Abril, excepto Larra- 
fiaga, y se nombró una Junta municipal gube?maíica^ 
dotada con las atribuciones de gobernador de provincia, 
reelegible todos los años, y compuesta en el actual por 
los señores Tomás García de Zúfii^^a. Juan José Darán 
y Remigio Castellanos, á quienes se dio posesión del 




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414 



cargo al día siguiente, y se les €4icomendó que residen- 
ciasen á los miembros del cuerpo municipal creado por 

Artigas puco antes. 

Tales hechos prodi^erou en el ánimo del Caudillo la 
más proflmda emoción. Acostumbrado desde su adoles- 
cencia á que todos obedecieran sus órdenes sin qni^ 
nadie se atreviera á contradecirle, juzíró quo i)0(lrí;i 
iTobeniar tan amocraiicameiUe los pueblos cultos coiui» 
las bandas de contrabandista» y le imtaba sobremanem 
el verse contrariado primeramente por el Gobierno 
nr^entino y después por los representantes de su mismi< 
pueblo, cuyo jefe se llamaba. 

»Apenas tomadas las resoluciones 1 día 9, ordeno 
Artigas á su secretario que le redactase uoa violenta 
comunicación en que apostrofaba á la Junta por la 
manera como había procedido; le mandaba que neviv 
case los decreu>.s votndos y aerefí'aba : - (^Mie sí<^!kIo I;i 

voluntad de iodos los pueblos que sus diputados asís- 
-» tiesen previamente á su alojamiento para imponerse 
91 de lo que él tuviese que proponer respecto de las 
- actas del 5 y 21 de Abril, y no habitando qiioridu 
-« verificar así, i^rotestaba, anulamlo lodo lo obrado |,>or 
91 el Congreso y pidiendo suspendiesen sus sesiones. - 
Entregó esta nota al Congreso reunido el 10« un ayu- 
dante de campo de Artigas. Se leyó en alta voz y t^l 
Congreso dis|)Uso que se contestara uianitesLando *¿ que 
no se haría innovación alguna en el acta celebrada ei 
día O del corriente, n Ei elector D. Juan Francisco 
Martines expresó « que no reconocía en la provincia 
9» oriental autoridad al^na sobre el Congreso ; - y 
liabieíido hecho moción I). Manuel Muñoz de Haetlo 
para que en la contestación á Artigas se le dyese que 
quedaban suspendidas las sesiones hasta la nueva con* 
vocatoria de los pueblos, quedó desechada por no haber 
quien la apoyase. 




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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 415 



CLXXI. - £1 Congreso de Blclern*» ttoelm <l«e la Banda Oriental 
es pi-ofinefasoMiftltayeélfolilenioj elige 4lMMes {im¡ 

El mismo día 10 celebró el Congreso otra sesión 
solemne, á la que concurrieron sus veinticuatro miem- 
bros (1), siendo Manuel Artigas y Ramón Cáccres los 
que representaban, á la fuerza armada, y declararoa: 
que « reunidos en Congreso general de esta Provincia 
» Oriental los Sres. electores libremente nombrados por 
Jilos veintitrés pueblos que la comiionen, inclusos los 
f» dos nombrados por los vecinos emigrados de la ciudad 
n da Montevideo, y dos más por los ciudadanos armados 

r que, por estarlo, se hallan fuera de sus bogares 

r acordaron en las sesiones de los días 8, 9 y 10 de 
n Diciembre del presente año de 1813, según parece de 
n sos actas, que debían declarar y declaiaban, usando 
» de la soberanía con que estaban autorizados, por 
- lii re y espontánea voluntad de los pueblos comitentes : 

que estos veintitrés pueblos con todos los terri- 

» torios de su actual jurisdicción, íonnaban la Provin- 
n cia Oriental; que desde hoy sería i-econocida por una 
5. de las del Río de la Plata, con todas las atribuciones 
r> de derecho ; — (jue su gobierno sería una junta 
n gubernativa compuesta de tres ciudadanos nombra- 

(l) Los roprcsentanics que firman esta nHa soa : Jua» Josc Oi lií y Juan Josc 
Duran, por Moulovid. o ; n;ulc»lnmc- .1.- M'u^nz. |»or MaUlonailo; .Tomás García 
dp Zúftiga, por Snn Carlos, por Puronyos y j,or S;.nla Lm ia ; Francisco SiUa^C 
Hocha ; Pedro Pcn z, por Santa Tfif sa ; José Nuñci. por Mclo; Mamiel HlMO, 
por Mercedes, Juan Fiuík.sco Mariiacu. iK>r Sanio DomiiigoSoriiiio ¿Uíonardo 
Fernández, por San Salvador; Pedro CaUUyud, por las Víboras; LuiS Rosa 
Briio, por la Colonia; Tomás Paredes, por Pa^sandá; Aodfés Darán, por 
Belén; HÍSáA SánelMt, por el Uiltai José Momel Pón», por Minas; Fclipo 
Fér», por San José ; Vic«te Yarda, por Piediw ; José Antonio Bamírc^ por 
Plnudo; Le6n Powel de Poralu» por Canelones ; Manuel Pcrcí, por PcfiaruI ; 
Benito Garda, por Pando ; Manel Artigas y Ramón Cácem, por los wano» 



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416 BOSQUBJO HISTÓRICO 

T» dos por la r»'prrs»Mitíi« lóri do la Provincia ; que 

y» procedió después á la elección de diputados represen- 
si tantos por esta Provincia para la asamblea general 

9» ordenando se publique esta acta con la mayor 

- solcuiuiflad en todos los campos del ejército, se comu- 
T ñique á todos lo^ pueblos \n>v sus resp(*ctivos repre- 
y> sentantes y ai Excmo. Sr. Director del Estado. »» 

CLXXIL — l)es|>ecliü de Art iLMs. Abandona el sitio ) í'ouvubloiui 
EMtre RÍO!» > í orrieiites 'Í81S-14;. 

No era posible hacer raás visible la oposición que 
existía entre Artigas y los representantes del pueblo 
urugua} o, y no es de notarse menos el valor cívico de 
que dió pruebas el Congreso en esos días memorables. 
Pero no podía parecer esa con- hit ia, á uii hombre como 
Artigas, sino un acto de rebelión á la autoridad que se 
había arrogado por sí mismo. Si hubiese estado dotado 
de tncHnacioneSf siquiera Aiese de inclinaciones demo- 
cráticas, que no mas j)odía esperarse de él, habría res- 
petado los heclios producidos, por nuicbo que hubieran 
mortificado su amor propio. Pero Artigas, que antepo- 
nía á todo SQ despótica voluntad, que no sabía mode* 
rar los ímpetus violentos de su carácter, y que carecía 
de criterio moral para ju/irar con elevación los hechos 
que se producían, no peii¿>ó desde a^^ueilos días de 
Diciembre sino en desahogar sus pasiones del modo que 
más lo sintieran los que reputaba sus enemigos, y 
resolvió abandonar el sitio con sus caballerías, dejando 
descubierta el ala iz(iuierda de la línea, que éstas ocu- 
paban. Todos notaron con estupor el hecho, ai aclarar 
el día 21 de finero de 1814. De los secuaces del caudillo 
no quedaban en su lugar más que su hermano Manuel 
Artigas y el ma}or general Pagóla, que se opusieron 
patrióticamente á seguirle* 



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BE LA REPÚBUCA ORIENTAL 1>EL URUGUAY 417 

Ya se sabe cuánta gravedad dieron las circunstancias 

á este hecho y la actitud que áhuniió el gol)iarno con 
motivo de el (CLXIII). La declaración de traidor, por 
muy justa q^ue fuera» no podía parecerle de otro modo 
que d más atroz de los ultrajes, que reclama venganza. 
Vens-anza reclamaba también la desobediencia de! con- 
greso uruguayo. Ima^nó que la más digna sería con- 
vulsionar los pueblos del occidente. El Paraguay le 
había contestado siempre con palabras muy cordiales» 
pero eludiendo mañosamente todo compromiso de 
alianza con el caudillo uru-^uayo. Debía estar conven- 
cido de que nada podía recibir de allá, más que buenas 
palabras. 

Pero no sucedía asi respecto de las otras provincias 
del Rio de la Plata. £1 regionalismo existía en sus bár- 
baros y salvajes tan poderoso ó más que en las clases 
bárbaras y salvajes del Uruguay ; y así como las clases 
cultas uruguayas eran ünitariaSt había provincias occi- 
dentales en que esas clases eran total ó parcialmente 
federalistas, y que se ocupaban en fomentar el regiona- 
lismo de los campesino^ y en excitar las ambiciones de 
sus caudillos, como se ha visto respecto de Artigas 
(GX.LiIII)* £$te caudillo se propuso* pues, ponerse de 
acuerdo con los caudillos de Misiones, Corrientes, Bntre 
Ríos, Santa Fé, Córdoba, etc., para obrar contra el 
Directorio, y dirií^ió á este Un sus pasos. 

Tomó con parte de sus fuerzas el camino del Norte, 
llegó en los primeros días de Febrero á Belén, pueble- 
cilio situado sobre el Uruguay, más allá del Arapey, y 
se puso en comunicación con los caudiUejos de Entre 
Ríos y Corrientes. Otorgués se situó sobre el mismo río, 
cerca de Paysaudú, en observación de las fuerzas 
que A Gobierno central tenía en Entre Ríos, y poco 
después pasó á esa provincia y peleó con las fuerzas 
nacionales. Fructuoso Rivera quedó cerca de Monte- 

27 



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418 B06QCBJO msTÓRioa 

video con instrucciones para liostilizar al ejército sitia- 
dor (1). 

£1 Directorio había formalizado la elección de Iob 
diputados orientales y dispuesto que se constitoyerwi 

autoridades locales. El interés de la paz lo había llevado, 
siendo unitario y centralista, hasta satisfar. r los senti- 
mientos regionales accediendo á que el pueblo consti- 
tuyese las autoridades que le parecieran bien* 

Pero estas buenas disposiciones no dieron resultado, 
lio sólo poniuo (juedó lastimado el or^fuUo de Artigas y 
se levantó éste contra la autoridad del Gobierno, sino 
porque la ira y las amenazas de Artigas obstaron á que 
los diputados se presentasen en la Asamblea y á que la 
Junta gubernativa ejerciera sus flinciones. 

(i) Im «ttlorídadei de Monletideo aprovedMiiNi It oettíóa ptra proponer i 
Artigas y á Oiorgués une reeooeiliecién fumiede en le luoiítidB á les enlori- 
dedM etpeflolee ; propeeidAa que ye el eBo snteríer le bebieo hecho por íeter* 
medk» de don Luii de le Reble, con ofreeieiienio de fredot, y de nando en le 
ceflipefte. No te tiene nolide completa drl cur%o que llevaron cites proposi* 
riónos; pero «^«^ ronoce una comunicación del mismo La Roblft Hiri^^ida en 
NoTÍembre de 1814, si Bncnrgedo de negocios de Espeta en Rio de imnekú, 
en la cual se á\cp ésto : 

€ Por noliifi^'^ fíiledignns rrcihitlas del Uio (irnrul»' «le San Pedro, pnreec que 
I los Jefes de In H-indr» Oriental Jn^/> Afíij^i-i v F«Mn;iii(<.» Oforgué* haa cojni- 
i sionado SU^ iii|uit.i<luá pulietido ;iu\ili' ^ ;>"rvi Cíiitliniifir in guCTf'a en Mombrt 
t del Señor liun herttando Y ¡i cunlra ioé rcOeidef de Butnot AireM. 

i EsAe incidente, que se halla revestido con lodo el carÁcier de vcrd.Kl, y 
t que demnestn el arrepeotiaMenlo de ertos tasaUos descarriados, y separa* 
t dos del lendero de la jnslieia, me ben estinutedo á elefarlo á eonedniente 
» de U. S.« femando la adjunta memoria que. aunque concisa, no deja de 

• indicar lai tenUjas que se seguirien á S. M.» á b Hedón y á les Pror incia» 
Americanas, de qoe ü. S. emprendiese una negeciecite eon aquellos man* 

» datarlos y qne los auiiliase fooMntendo los denos que en et * dia toe 

• animan. » 



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DE LA Ri^ ÜBLiCA ORIENTAL DEL URUGUAY 419 

Frustrado así el propósito del Congreso de Diciem- 
bre, el Gobierno nacional resolvió organizar la Banda 

Oriental en conformidad con el Estatuto que regía. 
Declaró que ella componía la Provincia mñental del 
Uruguay, y era parte integrante de las Provincias 
Unidas. Por consecuencia nombró gobemador-inten* 
dente á don Juan José Durán, y asesor suyo á don 
Remigio Castellanos. (7 de Marzo de 1814.) 

CAPÍTULO n 

EL GOBIERNO UNITARIO EN LA BANDA ORIENTAL 

1814-1815 



CLXXIY. — Se orfraniuui las funciones admlnigtxmUftts 

de MonteTideo. (1811) 

Asi que Alvear ocupó la ciudad de Montevideo, el 
Directorio nombró para gobernador político y militar y 
delegado extra(»*dinario del Director Supremo, al coro* 

nel D. Nicolás Rodríguez Peña, notable hombre público 
que desempeñaba la presidencia del Consejo del Direc- 
torio, y anunció ese nombramiento al pueblo de Mon- 
tevideo en una proclama que se publicó por bando el 
10 de Julio, dfa en que Rodríguez Peña tomó solemne* 
mente posesión de su cargo, teniendo por secreta i iu ;í 
D. Manuel Moreno, otro personaje de imporianeia. 
Todos estos sucesos se festejaron en Montevideo con 
grande entusiasmo. 

Al día siguiente nombró el cabildo las personas que 
habían de sustituirle en el desempeño de las fun- 
ciones municipales, quienes dieron á los pocos días un 
suntuoso baile en honor del general Alvear y de los 
demás jefes y oficiales que habían tenido participación 



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420 BOSQUEJO bist6rico 

en el triunfo ali aii/ado contra los realistas, y nombraron 
algo después al luismo Aivear regidor per[>etuo. 

En Agosto fué reemplazado Rodríguez Peña por d 
coronel E. Soler, y en Octubre los electores designados 

por el pueblo se roui.irion en la sala capitular y nom- 
braron dos diputados para la Asembiea í^eneral, que I.> 
füeron don Pedido Feliciano Cavia y don Pedro Fabián 
Pérez. 

CLXXV. — La pttm eon Artifas. Tnitaá^de pai. iX^Ui 

Vencidos los realistas, se acercó á la plaza Femando 
Otorgués con más de mil hombres é intimó á Alvear 

que se la entregase. Á la respuesta negativa se siíruió 
el sitio, por manera que Alvear creyó necesario ata- 
carlo; se le acercó, pero como se considerase relativa- 
mente débil con los 200 hombres que llevaba, pidió 
infantería y entretuvo, mientras no le llegara, al cau- 
dillo contrario con parlamentos. Reforzado para las 7 
de la noche del 25 de Junio» cargó á Oiorgués á las 9, 
lo disperaót tomándole prisioneros y considerable 
número de caballos y bueyes» y dispuso que se le per- 
siguiera. 

Pero como sostener una guerra con Artiíras equiva- 
lía á sostenerla con todas las provincias bañadas por 
las dos márgenes del Uruguay, y el Directorio necesi- 
taba más urgentemente sus ejércitos para oponerlos á 
los realistas del Norte (CXXXIII), se dispuso á u aiar la 
paz con el caudillo uruguayo. 

Fué Alvear el encargado de abrir las negociaciones. 
Las sostuvo con dos enviados de Artigas ; y se siguieron 
tan pronto y con tan buen éxito, que Rodríguez Pefia 
pudo dar un bando en Canelones el 22 de Julio, mun- 
cinndo los arreglos de paz hechos con los diputados de 
Artigas, el que fué seguido dos días después por una 



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DB LA. REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 421 

prociama publicada en Montevideo, encaminada á 
hacer olvidar los resentimientx)s {^asados y á establecer 
la tranquilidad en los ánimos del pueblo. Por conse* 
cuencia, regresó Alvear con sus tropas á esta ciudad» 
paáaiKlo en seguida á Dueños Aires, y el Directorio 
revocó (17 de Agosto} ei decreto que ponía á precio la 
persona de Artigas, declarándolo buen servidor de la 
patria, reponiéndolo en su grado de coronel de blan- 
dengues y confiriéndole el empleo de comandante gene- 
ral de la campaña de Monievidoo. El Cabildo de Mon- 
tevideo se adbirió también á estas inaniíestaciones de 
complacencia por una comunicación con que expresó á 
Artigas la saiisfocción que le causaba el ver asegurada 
la tranquilidad de la Banda Oriental. ^'^7 de Agosto.) 

CL2LXVL J(mm gnam m Artigas. (1S14«L>) 

Bien se comprende que la celebración de la paz entre 

el Gol)ierno nacional y Artigas obligaba á ambas partes 
á respetarse recíprocamente, á no hostilizarse en lo 
futuro. Pero Artigas, siguió dirigiendo á los caudillos 
de Entre Ríos y Corrientes en su rebelión contra el 
gobierno nacional, y auxiliándolos con (berzas de su 
mando. 

Ea vista de tal conducta decidió el Directorio abrir 
una campaña contra el caudillo uruguayo, á la vez en 
Entre Ríos y en la Banda Oriental. Mandó al general 
.\lvear con tropas á Montevideo y Valdenegro y Hor- 
tiguera irían á Entre Ríos para obrar contra lilas 
Basualdo, que había venido desde Corrientes al Uru- 
guay y de aquí liabía sido enviado para apoyar á los 
caudillos entrerríanos. 

Basualdo fué destrozado en el Rincón y perseguido. 

Alvoar combinó en Montevideo su plan «le campaña. 
Artigas estaba en las márgenes del Arerunguá, (depar- 



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tamento del Salto), dirigiendo las operaciones de Batre 

Ríos y los movimientos de Rivera y de Otorgues, el pri- 
mero de ios cuales se hallaba entre los ríos Negro y Yí, 
y el segundo en Marman^á, (departamento de Minas), 
ambos con fiiertes divisiones. Alvear dispuso que DÓ- 
1 ! marchase con parte ile las tropas contra O torgués, 
directamente desde Montevideo» mientras él mismo sal- 
dría por agua con otra parte da las tropas, bajaría m 
la Colonia, y se internaría en el país, tomando la direc- 
ción de Minas, á ñn de cortar á Otorgués la retirada. 

Alvear y Dorrt^^^n se acercaron al mismo tiempo al 
primer teniente de Artigas. Lo atacó el último y lo ven- 
ció, obligándolo á reAigiarse en el Brasil y tomando su 
familia, la artiUorfa, y cantidad de gente. (6 de Octubre.) 

(inseguido este triunfo, se retiró Alvear á Buenos 
Aires y Borrego marrlió contra Rivera; jxto este retro- 
cedió rápidamente hacia las posiciones de Artigas, bus- 
cando su apoyo. Cerca del Uruguay recibió 800 blanden- 
gues y tomó la ofensiva, obligando á Borrego á reple- 
garse á la Colonia. Habiéndosele agregado aquí Soler, 
marcharon de nuevo contra Rivera. Las ñierzas enemi- 
gas se encontraron en el departamento de Faysandú, 
sobre el arroyo Guayabos, que desemboca en el Que- 
giiay. Rivera derrotó completamente á Borre^'^o (10 de 
Eüoro de 1815) y decidió el e.viio íinal de esta campaña 
en favor de Artigas. 

C'LXXVn. — El inúndente y las trop«B del Direetarío mbnodoBSS 

la proTlMla ivteatal (18ir»;. 

El Directorio se encontró, después de la acción de 
Guayabos, necesitado de enviar otro ejército contra 
Artigas, ó de abandonar la Banda Oriental. No sión* 
dolé posible lo primero, porque más le urgía consagrar 
todos los esfuerzos á contener á los realistas del Norts 



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D£ LA REPÚBLICA ORIRNTAL DBL ÜRUOÜAT 423 

y á los caudillos de las provincias occidentales, se deci- 
dió por lo último. 

Eavió á Montevideo al doctor Nicolás Herrera para 
que tratara el apunto con Artigas. El Cabildo acordó 
cooperai en estáis neí2fociacioncs y dirls"ió una commiica- 
ción á Artigas y le envió dos capitulares, con el fin de 
inclinarlo á celebrar la paz* 

Las negociaciones se emprendieron con Otorgués, 
que ya había vuelto del Brasil y tomado el mando de 
la vanguardi i, y con él se acordó la desocupación de 
Montevideo por las tropas que la guarnecían, y su ocu- 
pación por las fuerzas artiguistas. 

La ciudad quedó evacuada el día 23 de Febrero. Dos 
días después entró en ella el comandante Yupes, con 160 
hombres, y al siguiente el mismo Otorgués. 

CAPÍTULO III 

EL HÉaiM£N AKTIOUISTA. 1815-1816 

SECCIÓN i 
El góbiemo de Artigas. 1815-1816 

CLXXVUL CmtltMléa é» Iw aatoridaies proTiaalalM. (1S15) 

Otorgués tomó, desde que entró en Montevideo, el 
título de comandante de armas. Su primer acto de 
alguna importancia consistió en hacer reunir el cabildo 
para tratar asuntos de importancia, mientras por otro 
lado preparó una manifestación del populacho con el 
fin de ejercer presión en el ayuntamiento. 

Apenas se abrió la sesión del cabildo b¿go la presi- 



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424 B06QUBJ0 HISIÓRIOO 

iloiicia que Otor^iós ^0 arrop^ó, se anunció vina muche- 
dniiil)re de pueblo americano que deseaba ser oída, da^ 
lodos eran soldados de Yupes y Otoiigués, á cuyo ttmit 
apareció Juan María Pérez. Otoi^és dió la venia^qw 
se pedía, entró Pérez, se^niido de la muchedumbre, y 
expuso : (|Utí habiendo cobrado su libertad el pueblo 
oriental, procedía que se nombrase nuevo cabildo, pu<* 
el actual era hechura del gobierno de Buenos Aires. B 
Síndico procurador halló que la petición era muy justo 
y propia de un pueblo libre. VA Calnldo resolvió lo único 
que hal>ria podido inipuneinente delante del roniandante 
de armas : que el pueblo designase electores y que estos 
eligieran cabildo. (26 de Febrero.) £1 nuevo cabiMo 
f|uedó instalado el 4 de Marzo, teniendo por alcalde 
(le priui' 1 N oto» con el ejercicio interino de gobernador 
¿M>Uüco, á don Tomás García de Zúñiga. 

Como la fama de brutal y sanguinario que Otoigues 
se había ganado tenía amedrentada la población, sobre 
todo á la española, García Zúñiga se apresuró á publi- 
car una proclama asemirando que todos los derechos 
serían respetados y procurando devolver la cranquilidaü 
á los ánimos ; (7 de Marzo) ; mas no bien había circulado 
este pai)el cuando Otorgués lanzó otro en que amena- 
zal>a von im()oner el casti<jro do muenc, dentro de 24 
lloras irrenii>iUi<'iiiente, á todo español que se mezclase 
en los negocios políticos de la Banda OrientaL 

Se vió entonces que las seguridades prometidas por 
el gobernador interino no tenían (berza para contener 
al temido eomandanle ; y se eslal)a bajo la impresiÓB 
de la alarma, justificada por la conducta licenciosa de 
los gauchos y salviyes que componían la fiierza pública, 
cuando tuvo que reunirse el cabildo para saber que 
Artigas había nombrado á Otorguós, precisamente, 
gobernador político y militar de la plaza, y para reco- 
nocerlo tal. 



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DB LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL ÜRÜOUAY 425 

Artigas había lomaüü el |>apel de soberano para sí, 
como se vé, sin esperar á que nadie se lo a^judicaset 
siguiera fttese con las estupendas irregularidades con 

ípie los de su clase hacían todas las cosas. Pero no se 
lardó en reparar esta inconveniencia y el cabildo de 
Montevideo, con ser uno solo de los veinUdós que había 
en la Provincia oriental y á pesar de que ni cada uno, 
ni todos los cabildos juntos tenían facultad para ello, se 
vió forzado por Otorgués ;í dar ;i Artipfas la representa- 
ción, jurisdicción y tratamiento de capitán general de 
la provincia, con el titulo de Protector y patrón de ¡a 
libertad de ¡os pueblos^ (25 de Marzo) y á pasar circu* 
lares á todos los pueblos para que se le reconociese por 
tal capiúu general. (2ü de Marzo.) 

CUXIX. — La ataialitrMióB ét <H4«piés. (ISlé) 

Varios de los capitanes más famosos de Artigas eran 
indios, como la mayoría de sus soldados. Entre las 

|K)cas rxcepciones se contaba Otorgués (1), vestido siem- 
pre de ciiaquetilia roja y bota de potro, cuya piel blanca 
y cabello rubio denunciaban su origen europeo ; mas no 
por esto era menos bárbaro que aquellos indígenas. Su 

gobierno fué el más terrible que haya tenido Mon- 
tevideo. 

No hubo familia honesta que no hubiese recibido 
brutales tratamientos ; la propiedad no mereció ningún 
género de respeto ; en las calles más centrales, á medio 

día se consentían impunemente actos de salvajismo, y 

(l>8e ha d¡S€Ulido este caudillo >»' llamo üforyuts ó Tonjui's. Sus contoin- 
pot áneus escribían el apellido de los dos modos, perú ipás (jeneraimeme dei 
prímero. Cn las actas del cabildo se dice Olorgm», Él lecreUirío Roto, de Aiti* 
gas, eiertbf a Ttrptk» La dileraiieía de eacritura deba iiaber tenido orí||eo ei| 
que Otorgues, que firmaba con batíante mala Icira^ ligaba la o y la t las méa 
veces diferenciando bien las dea letras, pero otras dejando abierta la o, como li 
fuese el Iraio inicial de una T* 



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426 BuSQLtJo uigrróRicu 

la TÍda dependía del cafiríclio de caalqiüen soldado de 

la guarnición. Dio bailes ofici .ei. á lo< cuales asisue- 
ron la¿> íainilias por temor, y cuando le pare?ió híen 
huo apagar las luces para atreniar á las numeres Biá« 
lespetaUes. üabía antorisado al molato Gay paim 
poaese en cuatro pies á cualquier espafiol, lo ensOlaae, 
lo rnuntase con espuelas y s*? ¡lasease así por las call^, 
Eise mismo Ga\ solía ser enviado á la iglesia ;:ian 
Francisco para que moataae á uno de los iagosé bicieR 
besar sus carnes traseras por las numeres godas q»a 
salían de oír misa. Un compañero de Gay, llamado Cas- 
Tillo, se ociipHt»'^ en fiZ'.»Tar públicamente a los españoles 
que no obedecían la ordeu de pisotear la bandera de su 
patria. Sus soldados podían con toda libertad alentar 
contra el honor de las damas, en pleno día, en las 
calles de Moiu^ video. 

En su tieiíi[iO se entregó á las llamas, en la plaza, 
gran parte de los archivos públicos. La administración 
pública no existíSt pues no se llevaba cuenta de ella j 
apenas se hacia otra cosa que repartir sin tasa entm 
algunos explotadores el producto de las exacciones con 
que arbitrariamente se abrumaba á los vecinos. 

Habiendo llegado la noticia de que once mil hombres 
estaban prontos para partir de España con direodón al 
Río de la Plata y de que en Río de Janeiro se hacía 
grande acojiio de víveres para la cxpeiiiclón, el Cabildo 
pidió al de Buenos Aires la unión para la común 
defensa, y solicitó del gobernador Otorgués que prohl* 
biese la exportación de harina, trigo y todo otro comes- 
tible para el Hrasii, que pusiese bui^ues á disposición 
de las familias que, buyendo del peligro, quisieran tras- 
ladarse á Buenos Aires ó ai Paraguay, y que permitiese 
^krribar los muros de la ciudad antes que el enemigo 
Begase. (2 y 3 de Mayo.) 

OLorgués resolvió entonces pubiicai^ un bando inti- 




DB LA REPÚBUGA. ORIENTAL DBL URUGUAY 427 



mando á todos los europeos solteros y casados que 
dcyaran el país. El Cabildo pidió la suspensión esta 
medida, pero ei Gobernador insistió en llevarla á efecto 
é instituyó una Junia de vigüaneiay compuesta de cri* . 
uii nales, con el lia de perseofuir no solo á los espafioles 
y demás europeos, sino también á las personas á quienes 
sojuzgase afectas á Buenos Aires. 

El Cabildo reiteró su anterior solicitud, estimulado 
por los ruegos de la población amedrentada. (9 de 
Mayo.) Otor^iés respondió entonces con una farsa, no 
tanto á las peticiones del Cabildo como á la orden que 
había recibido de Artigas para que pasase el mando al 
Ayuntamiento. Hízolo reunir, se presentó á presidirlo y 
expuso que, obedeciendo á su superior, resig-naba la 
gobernación; pero cuando se iba á proceder á la entrenfa 
del mando se precipitó en la sala una muchedumbre de 
gente de mala catadura y leyendo uno un papel que 
traía, manifestó que el pueblo se oponía á la renuncia 
del gobernador y quería que cesasen en sus fUnciones 
los capitulares, por no merecer ya su confianza, y que 
se procediese á elegir otro cabildo. Como el memorial 
leído no traía firmas, la Municipalidad declaró que el 
pueblo podía elegir á quienes quisiera, pero que eran 
necesarias las firmas del pueblo para dar cuenta al 
Caiuián general. 

£1 dia 1 1 se recibió una exposición con algunas fir- 
mas, por la cual se exigía el reemplazo de algunos de 
los capitulares. El Sr. García Zúfiiga opinó que debía 
devolverse el papel, pues siendo los que lo suscribían 
pocos y desconocidos, no podían invocar la representa- 
cióo del pueblo. El cabildo era incapaz de un acto de 
energía contra Otorgués. Resolvió, por tanto, abando- 
nar su puesto, convocando á ios electores para que 
renovasen todo el personnl. El cuerpo de electores 
aceptó la renuncia de Tomás García de Zúñiga y de 



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428 BOSQUEJO HISTÓRICO 

Felipe ("nríioso, pero con fu mó á los otros capitulares en 
sus [»uesti>s. (12 de Mavii). 

Otorgues peroianeció todavía hasta Julio en la Ciol)er- 
nación^ á pesar de las órüeües de Artigas, cometiendo 
crueldades, escándalos y desórdenes de todo género. 
Los haliilaiites que [uMlían huir, huían; los que no 
podían, vivían sin mouieiiLo de tranquilidad. Esto, y la 
disipación inaudita de los fondos públicos, merced á la 
cual no llegaban al Cuartel general todos los recursos 
que de allí se pedían, obli<?aron á Artigas á repetir siw 
órdenes en términos irritados, intimando al Cabildo «{ue 
asumiese el gobierno mientras no viniera el nuevo 
gobernador, y disponiendo que Otorgués marchase 
inmediatamente á la frontera para observar si los portu- 
gueses se prepanil)Mn á invadir solos ó jinuaujenie con 
los españoles que se espex*abau de la Península. 

Don Miguel Harreiro íu«' unu do los muy poeü> li-'"^" 
bres cultos que se consagraron al servicio de Artigas 
incondicionalmente. Le acompañó como secretario j 
consejero durante los dos sitios de Montevideo, por ma- 
ñera que á él se deben los documentos que Artigas 
lirmó con ocasión de los sueesos políticos de 1813. Erfi 
Ixombre de pasiones exaltadas; cuya exaltación íut 
causa de muchas ideas desacertadas con que índigo i 
Artigas á proceder peor que si buenos consejos hubie- 
sen moderado sus naturales impulsos. 

El scíior Barreiro regresó ai campo de Artigas, de i 
una comisión que le había llevado á Buenos Aires, 
cuando estaba ya decretada la deposición de Otoigttés. 
El 1^ de Agosto fUé nombrado para sustituirlo con el 
título de Delegado del Capitán general. Le acouipi^" i 



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I>E LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 429 

ñaría i^ructuoso iiivera como comandante g;eaerai de 
armas. 

La población de Montevideo, que conocía á estos dos 

personajes, no se sintió enteramente tranquila después 
Uei cambio de autoridades, |K)rque si á Barreiro le 
alcanzaba una parte déla fama siniestra de Artigas,. 
Kivera tenia la de ser el paisano más desordenado que 
militaba en las filas del Protector. Pero distaba mucho 
el primero de tener las formas y el cinismo brutales de 
Otorerués y el se^^'-undo de tener su j>erversidad; por 
manera que los ánimos esperaron mejorar de suerte. 

Barreiro correspondió al principio á esta esperanza 
aboliendo la Junta de vigilancia, disminuyendo las 
exacciones y procurando someter iodo á reglas de 
orden. Se esforzó asimismo por economizar en los gastos 
de la administración y por moralizar la percepción y 
distribución de las rentas. Las receptorías de las Adua- 
nas de Montevideo, Maldonado y Colonia habían cobrado 
arbitrariamente los derechos, v no se halu;i llevado 
cuenta de ellos, ni había en los dos últimos puntos 
quien pudiera llevarla. Barreiro recibió órdenes para 
que nombrara comisarios capaces de regularizar un 
poco su servicio, y en cumplimiento nombró dos que 
recorrieron los puertos y dieron instrucciones verbales 
acerca de los derechos que se habían de cobrar, de la 
manera como se habían de llevar los cuadernos, y de 
los tiempos en que deberían remitirse los derechos 
recaudados á la caja de Ai ügas. Como los comandantes 
habían sido los administradores de la hacienda en los 
pueblos, y como cada uno de ellos había procedido 
imitando á Otoiigués, Barreiro les retiró esa facultad» 
contiándola á ftihcionarios civiles. 

Obraba en todo dictatorialmente, dando á sus actos el 
tinte sombrío que tenía su persona, y sin inspirar con- 
fianza ni cuando hacía algo bueno; pero, diiería tanto 



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430 BOSQUEJO HISTÓRIOO 

hu aduuiji^stración de la de Otor^és, que todos se felici- 
taban par el cambio, aunque pocos estuvi^oa satis- 
fecboe. 

Á fines de 1815 habfan penetrado en la Banda Oriental 

partidas exploradoras del ejército portugués, que anun- 
ciaban una invasión más ó menos próxima. Á princi- 
pios de 1816 no hubo la menor duda de que los portu- 
gueses atacarían la provincia. Barreiro desplegó con 
tal motiTO todas las cualidades de sa carácter. Se 
preparó con ^ran actividad para l.i defensa, pero tam- 
bién con la crueldad que había en el fondo de sus senti- 
mientos. Amenazó con molidas severas á los enemigos 
de Artigas, encarceló á muchos, envió á otros mochos 
á Purifíctición, lugar de suplicio que Artijj^as tenía en 
el Hervidero, marpen del Uruguay, y se eusaüó parti- 
cuiaruicnte con porte&os y españoles. 

Renació el terror y abundaron pronto los enemigos 
del Delegado de Artigas, no sólo en el pueblo» sino 
también en la tropa urbana. El Cabildo, que debía ser 
autónomo [)or su constitución, carecía de libertad en 
absoluto; pues, presidido por Barreiro, no se atrevía á 
autorizar ni á hacer más que lo que su inflexible presi- 
dente qoisiera. De donde se siguió que también en este 
cuerpo tuviera, aquel, personas desafectas. 

Se manifestaron públicamente tales aversiones con 
ocasión de la orden que dió Barreiro para que saliese á 
campafia el batallón de cívicos. El cuerpo se sublevó, 
rediyo á prisión á Barreiro y á varios ciudadanos adic- 
tos al delegado, entre los cuales se eontal)an el regidor 
defensor de pobres, el secretario del Cabildo y el 
comandante de la artillería. (Madrugada del 3 de 
Septiembre.) 

El Cabildo se reunió á las nueve ¡le la mañana del 
misino día, y una cantidad de pueblo penetro en su sala 
á tratar de los hechos producidos. Los que encabezaban 



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D£ hX R£PÚfiU€A ORIENTAL DEL URUGUAY 43^ 

al pueblo expresaron que se había procedido contra el 
Delegado y sus parciales porque se habían hecho sospe- 
choflos, porque habían ordenado la salida del cuerpo 
cívico, 7 « por otras causas no menos atendibles. » En 
seguida loe asistentes manifestaron sn voluntad de que 
el Cabildo asumiese el •robiernr, militar y político de la 
provincia. El Cabildo contestó que acatando el manda- 
miento del pueblo soberano, procedería en todo con- 
forme á stt decisión. 

El Cabildo que, si bien no tenía que temer á Barreiro 
por el momento, debía temer á Artigas, se asusté do la 
posición en que se veía colocado y trató de evolucionar 
de modo que su responsabilidad quedase salvada. Dos 
dfas después los presos estaban en libertad; los del 
pronunciamiento habían ido á la cárcel ó recurrido á Li 
fuga; y el Cabildo daba un manifiesto al público pro- 
testando que, si había tomado el gobierno, había sido 
por evitar mayores trastornos, pero que restablecido el 
sosiego, debía continuar ejerciéndolo el señor Delegado 
del Capiiíin general y protector de los orientales, don 
José Artigas. 

Los acontecimientos militares que fliera de Montevi- 
deo se desarrollaban determinaron á Barreiro á aban- 
donar la ciudad en la noche del 18 de Enero de 1817, 
dejando al Cabildo encargado del gobierno. 

Así terminaron los dos años que duró el régimen 
artíguista en Montevideo. 

CLXXXI. - La aaU>€raeU de ArUgas (1815-1816) 

Artigas se encontró, cuando entró en la vida pública, 
con ayuntamientos en los pueblos, con comandantes en 
algunos, y con gobernador en Montevideo, y no alteró 

esta organización en los dos años en que la capital del 
Uruguay estuvo Ubre de autoridades nombradas por 



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432 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



gobiernos es])arioltís, argentinos ú portug-ueses, en los 
dos auos en que la Banda Oriental pudo constituirse j 
gobernarse como hubiese querido. Como no ae prestaba 
obediencia á ningún poder superior de fliera del teñí* 
torio, y la organización preexistenie requeiia uno, se 
lo arrogó Artigas; por manera que él fué l'I jefe déla 
administración pública» de quien dependían el gober* 
nador» ios comandantes y todos los demás ñincioiiaríús, 
como en 1814 habían dependido del Directorio de Bue- 
nos Aires, y como anteriormente habían dependido dd 
virrey. 

£n todo estado hay un jefe de la administración; pero 
los estados salvcges» los bárbaros y los civilizados difie- 
ren á este respecto en que los jefes de los primeros 
reúnen en sí solos todas ks funciones administrativas, 
como se v< > en ios caciques de las tribuSt ios jetes de ios 
otros estados dividen esas fiinciones entre varios fim- 
' cionarios de competencia especial, cuya división es 
tanto mayor, cuanto más se aleja el estado del salva- 
jismo y más se acerca al grado raás adelantado de 
civilización. Tales son los poderes ^ y aun los ministros 
y ciertas reparticiones que funcionan con más ó 
menos libertad, á los cuales están subordinados los 
demás funcionarios. Artigas no instituyó ninguna 
repartición de esta clase, ni tuvo ministros. No com- 
partió el gobierno con nadie : era poder ejecutivo y 
judicial. Es así que pedía cuenta al Cabildo de sus 
menor^ actos, y le ordenaba lo que había de hacer en 
cada caso; instruía á Barreiro hasta de los cueros que 
había de reclamar á determinadas pei^nas y de las 
confesiones que les había de exigir; disponía que se 
«confiscasen los bienes á éste, que se castígase con tal 
pena al otro, que se impusiese tal indemnización al de 
más allá; y no pocas veces condenaba á muerte en su 
propio campamento sin forma de juicio, como lo hizo 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 433 



con Don José Pedro Gorría (jefe de unas fuerzas corren- 
tinas que cayó prisionero en una acción de guerra), en 
su cuartel general á los dos meses de tenerlo preso. 

El centralismo de su poder fué tan riguroso, que 
privó á los cabildos de la autonomía que tuvieron mien- 
tras dominaron los españoles, y los convirtió en ejecu- 
tores serviles de sus órdenes, por manera que todos los 
funcionarios estaban estrechamente subordinados á su 
voluntad. 

La policía, la justicia, todos los ramos de la adminis- 
tración habían estado descuidados completamente. Ba- 
rreiro- atribuyó el hecho á que esas funciones se ejercían 
gratuitamente, y propuso á Artigas se resumiesen 
en un solo hombre. Pero el Jefe de los orientales 
no acogió la indicación, juzgando que no habría como 
retribuir sus servicios, ni sería fácil hallar quien los pres- 
tase mereciéndole confianza; y aun cuando lo hubiese, 
sería difícil que el pueblo tuviera la capacidad de dar 
con él ; en tanto que, desempeñándolos el Cabildo, aun- 
que sus miembros no habían inspirado la mayor con- 
fianza, podrían satisfacer, debido á que aquella corpo- 
ración 710 tenia otra misión que la de ejecutar, y á que 
influiría en su conducta la presencia de Barreiro y de 
Rivera. 

Los cabildos se guardaban muy mucho de no salir de 
su papel de meros ejecutores de las órdenes de Artigas, 
y de no atender la presencia de gobernadores y coman- 
dantes ; pero, á pesar de tan sumisa obediencia, solían 
ser objeto de terribles reconvenciones y amenazas, que 
hacían temblar á los infelices capitulares. Véase un 
caso. El cabildo de Montevideo, que era el más inteli- 
gente de todos, había recibid ' leí Protec- 
tor en Mayo de 1815 y dádod^ ' m^ior 
modo que pudo ; mas, como ; 
empeño, á comply-"' 



434 BO¿>QU£JO HISTÓRICO 

bi4 comunicaciones severlsimas que « lo Ueparai de 

sorpresa y sentimiento ^ por la dureza de los it-rminos, 
persuadido como estaba de ([ue « no había hecho más 
que adherirse á las ideas del general y observar perso* 
nalmente sos órdenes i». La desazón ñié tan grande, 
que el caMMo se apresuró á nombrar al regidm* don 
Antolín Reyna y al cura vicario dou Dámaso Vnioiiio 
Larrañaga para que se trasladaran al campo de Arti- 
gas, (en la costa del Uruguay) y lo convencieran de que 
« el Ayuntamiento abrigaba sinceros sentimientos por 
la felicidad de la provincia y de lo dispuesto que estaba 
á respetar y á hacer respetar sus órdenes »>. Y como el 
Cabildo temiese que ni esta embajada bastaría para 
aplacar las iras del Protector, aprovechó la ocasión de 
haber fhllecido Blas Basualdo, gran teniente dé Artigas, 
para ordenar que se le hicieran en la iglesia Matriz 
*í los honores correspondiL iiies á su clase con toda la 
pompa y sol&nmdad posibles* n Y por abundar más en 
pruebas de adhesión y carifio resolvió á los pocos días, 
haciendo constar que « por unánime consentimiento, » 
se enviase al Capitán general ^ ixa equipaje de vestido 
para que remediase su necesidad. ^ 

Los diputados Larrañaga y Rey na avisaron que 
habían cumplido satisfiictoriamente su cometido, 
habiéndose inclinado el general á la clemencia « pi^ri- 
niendo que nada habrían hecho si no trataba el Apun- 
tamiento de dar cumplimiento inmediato á cuanto él 
dispusiera s». Pero la clem^cia no impidió que ál 
mismo tiempo que la comunicación de los enviados reci- 
biese el Galttldo otra del mismo Artigas « quejándose 
fuertemente porque aquél no cumplía sus órdenes » 
como debía. 

Se vé que Artigas no concibió oiganizadóa gnbenia^ 
tiva propia de pueblos civilizados, ni aun de pueblos 

bárbaros ; que desnaturalizó las inidüiuciones más res- 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 435 

petaUes que d^aron los Españoles; y qao mandó 
exaetiuMiite como cualquiera cacique hubiera mandado 

una extensa tribu diseminada en siete mil leguas de 
territorio. 

Los puebLos salvajes, bárbaros y civilizados difieren 
también entre sí en que, mientras en los primeros es 
un solo hombre el soberano^ á único que se atribuye 

el derecho de hacer constituciones v leves, el derecho 
de imponer su voluntad á todo el pueblo, en los otros 
la soberanía se ejerce por un número tanto mayor de 
personas, cuanto más dvilisado es el pueblo. Es así que 
en ios pueblos salv^'es el cacique es el soberano de su 
pueblo y en los pueblos civilizados es soberano el 
uúsmo pueblo. Artigas no reconoció nunca el derecho 
de soberanía en el pueblo» ni en ninguna parte del 
pueblo, sino que se tuvo por solo y único soberano de 
su provincia. No obedeció nunca voluntad de nadie, 
fuera individuo ó pueblo, sino que se consideró con 
ilerecho para imponer su voluntad á ciudadanos y fun- 
cionarioSt del modo más absoluto que imaginarse puede. 
Se consideraba encamación de la Banda Oriental ; sus 
papeles traca á cada ren^i^^lón las expresiones « derecho 
del pueblo, y* « libertad de la provincia, » dignidad 
de los orientales, » « gloria del continente oriental >» y 
oteas análogas ; pero, entendió siempre que ese dere* 
cho, esa libertad, esa dignidad y esa gloria eran los 
sayos propios; por manera que no iiabiendo habido 
nunca quien más invocara los derechos del pueblo, no 
tobo quien más prescindiera de ellos, ni quien más 
absolutamente los aboUera. Todas sus ambiciones de 
prepotencia constituían el sistema. Ser amigo del sis* 
tema era ser obediente ciego de las órdenes de Articas; 
quien no se sometiera así, era enemigo del sistema, 
enemigo de Artigas. Artigas era el único soberano, 
por derecho propio; nadie sino él podía mandar; todo 



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436 



BOSQU&IO HISTÓRICO 



el iji lindo tenía la obligación de obedecerle ^asiva- 
menie. 

De ahí fluye que si el acamado caudillo solo concibió 
la forma de gobierno propia de las tribus salvi^les, no 
admitió otra fbrma de soberanía que la propia de los 

e.stados sahajes y bárbaros, en los cuales el pueblo 
carece por completo de derechos y un autócrata los 
^erce todos como suyos. £1 régimen de Artigas puede 
presentarse como tipo de absolutismo unipersonal. 

El modo de ejercer su autoridad omnímoda era siem- 
pre torriblo, cuando se trataba de españoles y porteños, 
ó de pei'sonas que íallaí in I la sumisión que les exigía; 
pero no tenía tal seTeridad para con los subalternos 
que abusaban de su posición. Ya se ha visto cómo tra- 
taba al Cabildo cuando éste no cumplía los maudamicii- 
tos á g-usio del Protector. 

En el mismo ano sucedió que, habiendo la suspicacia 
natural de Artigas tomado como olyetivo á todos los 
extranjeros, porque los supuso, con razón, poco satis- 
fecboN (le la barbarie que se lial>ía entronizado, ordenó 
que .se los mandaran á Purificación, en donde tenía él 
su cuartel general y acostumbraba escarmentar á los 
rebeldes, £1 cabildo, aunque sin flierza para resistir, 
procuró suavizar en los efectos la terrible disposición 
del «reneral, enviando los menos individuos <|ue |>udieva, 
y elidiendo para el sacriücio ios que menos cozxsidera- 
ciones merecieran. 

Irritado Artigas por tal benignidad, le increpó de 
esta manera : « U. S. nada me dice de la remisión del 
n resto de europeos que tengo pedidos. Ellos son el prin- 
m cipio de todo entorpecimiento, y los paisanos des- 
• mayan al ver la Maldad de los magistrados. No me 
!• ponga U. S. en el extremo de apurar mis providen- 
» cias. Ya estoy cansado de experimentar contradiccio- 
9» nes y siendo la obra interesante á todos los orienta- 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 437 



19 leSy ellos deben aplicar conmigo el hombro á soste- 
« nerla. El que no se halle capaz de esta resolución 
» huya más bien de nuestro sucio. Pocos y buenos 
f» somos bastantes para defender nuestro suelo del pri- 
9» mero que intente invadirnos. » £1 Cabildo trascribió 
este despacho á Barreiro, agregando : « que acaba de 
» acordarse agregar á la remisión de ese resto que 
» pide el Excmo. Sr. General, algunos otros cuya exis- 
1» tencia en este destino se gradúe opuesta á los sagra- 
« dos, dignos únes del sistema de la libertad. >» (Noviem- 
bre 20.) 

Sin embargo, cuando Baireiro le dió cuenta de las 
atrocidades de Otorgués, de sus desórdenes administra- 
tivos, y de la complicidad de algunas personas de la 
clase civil, en el mal man^o de los fondos públicos. 
Artigas castigó á estas tiltimas confiscando sos bienes, 
y reduciéndolas á prisión ó haricndolas malar; pero, 
en cuanto á Otorgués, se limiió á esta medida : - Hoy 
91 mismo salen para ToiSTués los documentos justiflcati- 
9» vos del pasado disgreño, para qne, convencido, reco- 
lé nosca su error. » 

SECCIÓN II. 

Relaciones de la Provincia Oriental 
con las occidentales. (1815 1817) 

CUXXII. — ArtígiB üq^AlttmtoflMeiaiisttíus 
él tadnlp de las ptoTlBdtt IttoiilM. (1S15)- 

La guerra entre el Gobierno de las Provincias Unidas y 

Artigas hat)ía desaparecido de la Banda Oriental } había 
desaparecido para siempre. Ya no tenían los artiguistas 
que defender su predominio en el territorio de su patria, 
ni aun contra sos compatriotas que se distinguían por 



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438 



BoSgLi¿J<> HISTüRICX) 



la inteligencia, la ilustración, la fortona 6 la postcián 

social, porque la casi totalidad habfa emigrado para 
Buenos Aires, 6 estaba á puiuo de emigrar. Podicin 
entregarse tranquilamente á la organización de su 
gobiemOt dejando también en libertad á los paebks 
occidentales para arreglar entre sí sus propias diferen» 
cías y dedicarse por completo á vencer al enemigo 
couian de la América, que se prepáral a en esos 
momentos para hacer nuevos y decisivos esfuerzos. 

Pero Artigas no se conformó con que se le d^araen 
aptitud para satisfacer su ambición dentro de los lími- 
tes de su provincia natfil; le halagaba el inflijjo que 
ejercía en las otras tres provincias litorah's, y aspiraba 
á ensanchar ese inüujo, á dominar en Entre Ríos, Co- 
rrientes, Santa Fé, Córdoba, Buenos Aves, y aun en el 
Paraguay, á ser la voluntad suprema ante la cual se 
rindiesen pueblos y gol)iernos. Todo lo que no fuera 
esto, nada le importaba, ni aun las derrotas que sufrían 
las armas independientes en las batallas de cuyo éxito 
dependía la suerte fbtura de la América dal Sud. 

Escribía el 28 de Diciembre de 1814 á D. Miguel 
Barreiro: « Vd. advertirá el nuevo semblante de nues- 

r> tros negocios £1 gobierno se baila apurado ade- 

n más de las convulsiones pasadas, tiene Vd. que Chile 
j» en Octubre fhé tomado nuevamente por los limeños, 
» con cuyo motivo han mandado todos los artilleros y 
ji mucha artillería á Mendoza. Pezuela (se^m noticias) 
» le ha derrotado en Tupiza la vanguardia á Rondeau, 
9» y cargó sobre él hasta el Tucumán. Donde se halla^ 
n ban ya en guerrillas. Alvear ha salido para arriba á 
» fines del pasado. Los caciques Guaicurúes que vinie- 
n ron á presentárseme y á quienes di mis instrucciones, 
» les hacen nuevamente la guerra sobre Santa Fé según 
» noticias de un pasado que hace 10 días salió de aquel 
» pueblo. — El Paraguay se ha decidido á nuestro 



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DE JJL REPÚBLICA ORIENTAL DEL UrAgUAT 439 



I» favor. Ya ha tomado á Misiones y apresado á 
» Matianda y demás que obraban allí por Buenos 

• Aires. Espero únicamente ^r momentos respuesta 

y* del <^ol)ieriio. Los oficios del Comandante de Fronteras 
n encargado por su Gobierno de darme parte son satis- 
M &ctorio8, pero ellos no llenan todo cd blanco de mis 

* ideas, mientras el Gobierno no delibere. Entretanto 
9 me dice dicho Comandante seguía sus marchas por 
y* el Paraná así á Ck)rrientes según las insinuaciones de 
n mi primer oücio á fín de obrar de acuerdo con nues- 
p tras tropas sobre Corrientes» etc. « 

Según se vé, las hostilidades del Paraguay, las devas- 
taciones de los indios guaicurúes, los triunfos de los 
españoles, todo lo que podía afli^^ir á los patriotas 
entraba en el número de los hechos que favorecían su 
designo. 

Mienü*as sus tenientes obraban en Entre Ríos y Ccí- 

ri lentes, y Barreiro se ociipaha en Río Grande, como 
agente diplomático, de manteucr relaciones amistosas 
eon los generales Diego de Souza y Curado, y con el 
Marqués de Alégrete, halagándolos de mil maneras. 
Artigas pasó al Arroyo de la china (Marzo de 1815) con 
el fin de dirigir personalmente la guerra contra el 
Gobierno nacional. i¿s decir que, no teniendo porque 
defenderaet agredía, invadiendo provincias que no eran 

CLZXXni- — El nircetorio propone r Artigas rechan 
la lüéAjpetttoeift de 1a Banda Oriental. (1S1&) 

Ta se conocen los sucesos que sobrevinieron hasta 
que, derrocado Alvear, le sucedió en el Directorio Álva* 

rez Thomás, como suplente interino de Rondeau, ele- 
vados por el partido federal triunfante. (CXLIII y 
CXLIV.) 



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4i0 * HlfiXÓRICX) 

Artigat ie mostró ocmteiitfafaBO por etie cuibio, atri» 

huyéndolo á sí solo aunque no influyó á no ser de modo 
indirecto y Icyauo, y satisfizo su natural jactancioso 
düngieiido « al muy benamérito pueblo de BoanosAirai» 
una proclama en que decía : « GuidadaDoa: Quando la 
m división escandalosa que se fomentó entre nosotros 
» llegó hasta el exceso de einpa[)arnos eu nuestra propia 
9 sangre y bacernos gustoi- por nuestra misma mano 
n todas las amaiigura8« loa malvados me prsasotaban á 
m vosotros como autor de aquellas calamidades, eacir 
w dando conmigo la intención iniqua que los movia 
« El prrito del dolor, decía más adelante compendiando 
I» su pensamiento, era el primer homenaje que rendía 
I» á los laureles con que me decoró la fortona, y aolo IM 
» flieron preciosos en cuanto ks consideraba Atílea al 

* restablecimiento de la concordia. Así es que desde 
m el carro de la victoria yo convidaba á mis adversarios 

# á la paz, yo les extendía mis brazos implorándola, 
» bafiando á vista de ellos coa mi llanto unas coronas 
9 que veía salpicadas con la sangre de mis compaisa- 
?» nos T.., Y concluía : *> Ciudadanos, Pueblo de Buenos 
9 Aires, vuestras bermanos los Orientales no dudan que 
» sus votos serán cogrsspondidos y abandonados al 
f» transporto de una perspectiva tan encantadora, dvi- 
» dan sus quebrantos, y hacen sacrificios al Dios Tuie- 
?» lar de la amistad de los Pueblos, para que al recibir 
9» las felicitaciones que á su nombre tengo el bonor de 
» dirigiros, nada sea capaz de contrariar nuestra unión, 
1» y en lo sucerivo solo se vea entre nosotros una sola 

» graride faraili;t do hermanos, » 

Lo8 cabildos de Buenos Aires y Montevideo se cam- 
biaron á su vez felicitaciones y protestas amistosas, y 
Artigas se retiró en Mayo á su cuartel general de Puri- 
ficación. 

Mas, aun cuando estas apariencias eran de paz y 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 441 

amistad, los federalistas fueron los que menos confianza 
tuvieron en el sosiego de Artigas ; y, como les convenía 
evitar toda complicación del lado del Oriente para con- 
sagrarse con libertad al servicio de los intereses nacio- 
nales, se decidieron á asegurar la paz sobre la base de 
la independencia del Uruguay, que permitiría á -\rtigas 
y á sus paisanos gobernarse como quisieran, sin pre- 
ocupcLF la atención de los vecinos. 

El Director comisionó, pues, á don Juan José Pico y 
á don Francisco Bruno de Rivarola para que trataran 
con Artigas en su cuartel general. Las conferencias 
verbales no permitieron precisar ningún pensamiento, 
por cuyo motivo creyeron los comisionados que debían 
formularse las propuestas respectivas en un proyecto 
de tratado. 

Artigas presentó el suyo el 16 de Junio, cuya cláusula 
capital decía : - Será reconocida la convención de la 
^ provincia Oriental del Uruguay, establecida en acta 
y» del Congreso del 5 de Abril de 18 13 del tenor siguiente : 
9 — La Banda Oriental del Uruguay entra en el rol 
jt para formar el Estado denorainado Provincias Uni- 
» das del Rio de la Plata, Su pacto con las demás pro- 
9 vincias es el de una alianza ofensiva y defensiva. Toda 
yi provincia tiene igual dignidad é iguales privilegios y 
y» derechos y cada una renunciará el proyecto de subyu- 
» gar á otra. La Banda Oriental del Uruguay está en el 
y» pleno goce de toda su libertad y derechos, pero qv^eda 
y» sujeta desde ahora á la Coyistitución que organice el 
y* Congreso general del Estado legalmente reunido^ 
f teniendo por base la libertad. »» (Art. V del proyecto.) 

Se vé aquí en primer lugar que Artigas continuaba 
queriendo que su provincia integrara la nación argen- 
tina bajo una constitución federal. En segundo lugar se 
nota la intención de que apareciera acatada por el 
Gobierno nacional la resolución que Artigas impuso á 



442 



BOSQUEJO HISTÓKIOO 



008 pardales reunidos informalmente el 5 de Abril, y 

prevaleciendo, por lo mismo, sobre la declaración aná- 
loga que hicieron los representantes iegiiiuK >s del pueblo 
congregados en Diciembre del mismo afio* £ste hadio» 
que prueba lo díscolo que era Artigas, tenia el incoo- 
veniente de que los actos de la Junta de Abril habían 
sido desautorizados tanto por los represemant^ doi 
pueblo oriental, como por los del pueblo de las otras 
provincias argentinas; p<Mr manera qne Artígaa venia 
á confirmar con nn pacto él hecho histórico de la 
unidad nacional, b^jo una forma tan arbitraria como 
Inaceptable. 

Su proyecto contiene otra singularidad notable, fiata* 
Uece en el artfcnlo 1/ que cada provincia rmniimciará 

el proyecto de subyugar á otra; pero dice el art. 13 : 
« Las provincias y pueblos comprendidos desde la 
» margen oriental del Paraná basta la occidental (del 

9 ümguqr) quedan en la forma inclusa en el primer 
n artículo de este tratado, ccHoao igualmente las de 
» Santa Fé y Córdoba, hasta que voluntariamente no 
» quieran separarse de la protección de la Provincia 
1» Oriental del Uruguay y dirección del Jefe de loe 
9 orientales. i» Bs decir que la regla universal consignadA 
en el artículo primero tenía una excepción y esa era á 
favor de la dominación exclusiva que Artig-as quería 
seguir ejerciendo en las cuatro provincias occidentales 
de Corrientes, Entre Ríos, Santa Fé y Córdaba, conquis- 
tadas á la República Argentma por la fiieiza de sus 
armas ó por ia iuíluencia de su voluntad. 

Por otros artículos reclamaba todo el armamento que 
Alvear había tomado á los españoles en Montevideo, 
gran cantidad de municiones de toda clase ; y nueve 
lanchas cañoneras armadas y listas del todo; exigía que 
Buenos Aires proveyese con instrumentos de lal)raiiza á 
ios labradores de la Provincia Oriental ; y pedía el pago 



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DB LA. REPÚBLICA ORIBNTAL DEL URUGUAY 443 

de doscientos mil pesos ea dinero, á titulo de indem* 
niiación por las pérdidas que hablan sufirido durante la 
guerra « los españoles en Europa ». Vot supuesto, i^ada 

se decía de los cinco y m;ls millones de pesos que la 
República argentina había í??ístfi<io para vencer el poder 
español que dominó la Provincia Oriental hasta Junio 
de 1814- 

Á este proyecto, no tan inconveniente quizás por lo 

que pedía como por los peligros que entrañal)a para la 
paz interior de las provincias del Plata, contestaron los 
representantes del Directorio al día siguiente con otro 
cuyas cláusulas resolvían de un modo definitivo y radi- 
cal las cuestiones de autoridad y dependencia que 
habían servido de pretexto á la anarquía. El artículo 
1.* decía así : — « Buenos Aires reconoce la indepen- 
m dencia de la Banda Oriental del Uruguay, renuneiando 
S9 los derechos que por el antiguo régimen le pertene- 
» cían, n Accediendo en parte á las pretensiones que 
tenia Artigas de dominar las provincias occidentales, 
se estipulaba en el artículo 5/ que las provincias de 
» Corrientes y Entre Ríos quedan en libertad de elegirse 
n 6 ponerse bi^o la protección del gobierno que gus- 
n ten f . De este modo quedaba Artiijas en aptitud de 
ser libremente el dueño absoluto de su provincia; y 
como tenia dominadas de un modo completo las de Co- 
rrientes y Entre Ríos» aseguraba el dominio que coercía 
en ellas. Otros artículos del contra-proyecto favorecían 
su situación, pues que Buenos Aires renunciaba .í la 
indemnización de lo que habíale costado la toma de 
Montevideo, se establecían derechos módicos para los 
principales ramos del comercio (4 por dentó), y se 
hacían promesas recíprocas de amistad con olvido de 
todo lo pasado. 

Artigas rechazó este proyecto, á pesar de cuantos 
esfherzos hicieron los representantes del Dkectorio por 



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B08QUBJ0 HISTÓRIGD 



que lo aceptara, siquiera fuese en sus bases capitales. 
No qoiso la independencia de su provinda. porque 
Importaba hacerle renunciar los proyectos de prepoten- 
cia que tenía para con los demás ; iio quiso que se limi- 
tara su autoridad á la Provincia Oriental v las 
' occidentales de Entre Ríos y Corrientes, porque se creía 
con derecho á coercerla en Santa Fé y Córdoba ; no 
admitió que se déjase al arbitrio de los pueblos entre- 
mano y correntino el decidir quién había de gobernar- 
los ó protegerlos, porque era cosa ya resudta por el ; ni 
consintió que Baenos Aires apareciera rmnnciando la 
indemnización á que tuviera derecho por los gastos de 
guerra hechos para independizar á Montevideo del 
poder de los españoles, y conservando las armas que 
les había tomado por e&cto de la capitulación. Qneiria 
que Buenos Aires se sometiera á su prepotencia» y qae 
le diera (berza para sostenerla y extenderla indefinida- 
mente. Era esto moralmente imposible, como se com- 
prende. 

CLXXXTf. — Naeras propuestas inútiles de aTenimiento. (1615) 

Quedaron, pues, rotas las negociaciones. Sin em- 
bargo, habiéndose reunido en PajBandú algunos dipu- 
tados del Congreso convocado en Mayo, (GXLVII) Arti- 
gas envió á Buenos Aires á los diputados don Miguel 
Barreiro, don José A. Cabrera, don Pascual Andino y 
don José García de Cóssio, con la misión de proponer 
bases de nna paz provisionalt cuyo objeto era contener 
los aprestos militares que el Director había empezado 
con ánimo de buscar por la fuerza la tranquilidad que 
no habia hallado ni en el propósito de consentir la 
desmembración del territorio nacional. Los diputados 
presentaron el 13 de Julio su « plan de concordia « y 
le dieron forma de tratado el 3 de Agosto, redactándolo 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 445 



en un solo artículo que decía : Habrá paz entre los 
n territorios que se hallan bajo el mando y protección 
n del Jefe de los orientales, y el Excmo. Gobierno de 
y* Buenos Aires. >» Como nada se determinaba aquí, y 
los diputados de Artigas carecían de poderes formales, 
el comisionado del Directorio, que lo era don Antonio 
Sáenz, les solicitó que pidieran poderes y expresasen 
cuáles habían de ser los territorios aludidos y las con- 
diciones de la paz. El Director escribió además pei*so- 
nalmente á Artigas por inducirle á allanar estas dificul- 
tades. Pero todo fué inútil : nada se consiguió y queda- 
ron las cosas como estaban. 

CLXXXT. — Qué cotiTenía más á los argentinos: si la enemistad 
áe Artigm 6 la ocupación de la Banda Oriental por los portu- 

Como se ha visto, la dominación de Artigas en la 
Provincia Oriental importaba, no la desmembración del 
estado, porque aquel caudillo quería ser argentino y 
rechazaba toda idea de independencia, pero sí una 
situación anómala caracterizada por la insubordinación 
permanente de la provincia á las autoridades naciona- 
les, y un gravísimo daño para la independencia y para 
la organización constitucional de todo el Río de la 
Plata, puesto que Artigas tenía convulsionadas ¡las pro- 
vincias, hacía permanente el estado de guerra, fueran 
unitarios ó federales los que mandaran, no permitía que 
los pueblos se consagrasen á vencer á los realistas, ni 
á resolver razonablemente sus cuestiones internas, y obli- 
gaba á agotar con él los recursos con que los poderes 
públicos podían contar. 

Pensando fríamente en esta situación, algunos indi- 
viduos juzgaban que la guerra que el Portugal traía á 
Artigas en 1816 (CXXXVl) era favorable á los intere- 



4é6 



ses de la colectividad argentina y aun á los de América, 
poiiiue, vencido Artigas, podiia restablecerse la unidad 
da las provincias, dar cohesión á su elementos, y desii- 
oar todas ana fiierzas al ti iunfo de la revolación sud- 
americana. Costaría esto la pérdida temporaria de la 
Banda Oriental ; pero las Provincias Unidas debían dis- 
ponerse á pcidciia en cambio de su tranquilidad, tanto 
más cuauto que ya hablan propuesto á Artigas su iad^ 
pendencia. Ea cambio ▼olvecian á la oonninidad Iras 
provineías que Artigas tenía separadas de bedio; y» 
sobre todo, se adquiría la libertad necesaria para obrar 
con ener{4Ui contra el dominadur secular. Tolerar la 
invasión portuguesa era para aquellos iodividiioe pre- 
ferir un mal menor A otro mayor. 

Sin embargo, no todos estaban seguros de que las 
miras de la corona se limitaban á ocupar tempora- 
riamente la Banda Oriental ; y esa insc^ idad por un 
lado, y pcxr otro el sentimiento aún vivo de la conF 
món á que siempre liafaía pertenecido d terriUnio 
uruguayo, excitaron el patriotismo del pueblo de Buenos 
Aires en el sentido de coiuribuir á repeler la invasión 
lusitana. 

£1 Gobienio tenía que optar por una ó por la otra 
regla de conducta. Optó por oponerse á los invasores, 

pero a condición de quo la provincia oriental, (|iie ibaá 
ser la favorecida principalmente, consintiese en regu- 
larisar su situación respecto del estado y del gobierno 
nacional; á condición de que fliese provincia ai^gentiaa, 
no de la manera anoi^gánica como quería serlo, sino 
como parte inteí?Tiinie del organismo argentino, como 
órgano componente del sistema constitucional estable- 
cido. Las Provincias Unidas consagrarían sos tesoros y 
sus vidas á defender la integridad de su organismo, 
pero no podían prodigarlos por defender á una provin- 
cia rebelde que no pensaba sino en sustraerse á los 



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DB hk BSBtBUÜk ORIENTAL BEL VRUGUAT 447 

deberes de tal y en pexjudicar de todos modos ála 
oomunidad. 

CLXXXYL * Actos del gobierno argeattM étkmam 
de 1a PrvflaeU Oriente* 

El l ian trazado requería que se negociase ante todo 
la unión con la Provincia Oriental, y qae, realizada» se 
procediera contra los portugueses. Pero el Director 

Pueyrredon, sabedor de que los portugueses obtenían 
triunfos y de que avanzaban rápidamente, se apresuró 
á mandar ai coronel Vedia cerca del general Lecor pri^ 
meramente y de Artigas deaimés. Manütetabaal primero 
que le cansaba sorpresa la invasión de la Banda Orien- 
tal, le intimaba que se retirase más allá de la irontera, 
y le insinuaba que estaba dispuesto á auxiliar la resis- 
tencia que los orientales preparaban. Á Artigas man- 
daba copia de esta comunicación» le pedia que fiatvore- 
ciese la misión del coronel Vedia, y hacía votos por 
que « estos momentos de peligro fuesen los primeros de 
n una cordial reconciliación entre ios pueblos identiñ- 
t» cados en los principios y objetos de la revolución de 
n América, y que el esflierzo nuestro conspirase á des- 
» iruir los proyectos de agresión de todo lirano usur- 
pador 

Salió Vedia de Buenos Aires con esiiis comunicacio- 
nes el 2 de Noviembre de 1816 con dirección á Monte- 
video, y de aquf el 16 hacia el campo de Lecor. Este 

general persuadió al coDiisionado argentino, mostrán- 
dole documentos, de que el Portugal no ocuparía terri- 
torio alguno al Oeste del Uruguay y del Plata, de que 
no consentida que los españoles pisasen el territorio 
que queda al Este de aquellos dos, y de que la ocupa» 
ción no tendría los caracteres de una conquista. Con 
iguales a&rmaciones contestó al Directorio. 



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448 B06QÜBJO msrrteico 

Vedia se trasladó en seguida al campamente áe 
Artigas, le exhortó á que entrase en negociacicoes de 
reoonciUacióii con el Gobierno de las Proyincias Uní* 
das, asegurándole que éste era el camino por el cual 
todo el iíio de la Plata correría á rechazar al invasor, 
pero que en caso contrario la Banda Orieatal se vería 
sola frente á los acontecimientos. Artigaa» que teoía 
noticia del desastre de India Muerta, que habfa aido 
vencido en toda la extensa línea de su defensa, que no 
podía esperar ya los favores de la fortuna, contestó que 
no permitiría qm nadie mandase en jefe sino él; y que 
en cuanto á arregios con los pórtenos, jra sabia Ba- 
rreiro lo qne baUa qne hacer. 

CLUXVIL ^Vm^ébwMm j detows ét la Fféviada OitssIÉl 

iwajwtsit ftr Artisai. qSig 

Mientras andaba el coronel Vedia desempellando sn 

doble comisión en favor de la provincia, Articas lanzó 
una circular el 16 de Noviembre, por la cual anunció 
qne quedaban cerrados todos los puertos de la Banda 
Oriental para Bnenos Aires, porque la guerra que el 

gobierno nacional seguía con S.inta Fó (CXLVI) T el 
comercio que aún mantenía con los puertos del Bi^tfü 
demostraban que estaba empeñado en aniquilar á los 
orientales. 

Barreiro, ignorante de este hecho, pidió pocos días 
después (el 30) al director Pueyrredon que auxiliara la 
plaza de Montevideo, b^jo las condiciones que creyera 
necesarias, que serian aceptadas. Barreiro y el Cabildo 
tuvieron por respuesta la queja por la clausura de los 
puertos }■ ia petición de que obtuvieran de Artigas la 
revocatoria dei decreto. 

Bsta denuncia dió ocasión á Barreiro para enviar á 
Buenos Aires, el 6 de Diciembre, á don Juan José 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 449 



Durán, alcalde de primer voto, y á don Juan Francisco 
Giró, regidor defensor de menores, facultados « amplia 

niiüte y sin liuiitaciuii aljama para que tratarnn" 
^ estipularan y conviniesen con el Supremo Gobierno - 
cuanto concierna al objeto de solicitar ios auxilios, 
cuyo poder fué acompañado de una nota en que el 
Delegado protestaba su vivo deseo de que la unión 
se realizara cuanto antes, y de otra en (jue el Ca- 
bildo insistía en sc^stener que la unión era necesaria, 
porqne siendo común la guerra, debería serlo también 
la defensa. 

BI 8 de Diciembre llegaron los comisionados á Buenos 

Aires, y el mismo día suscribieron el trauuio de amis- 
tad en que se estipulaba: que la Provincia Oriental 
juraría obediencia al Soberano Congreso y al Supremo 
Director, entrando en la unión como una de las tantas 
provincias que la formaban; que juraría la independen- 
cia nacional proclamada por el Congreso, enarbolando 
la bandera argentina y enviando diputados al Congreso; 
y que el Oobimio enviaría füerzas y auxilios para la 
defensa y para la guerra. Estas fherzas y auxilios 
debían ser, según el oficio con que los comisionados 
dieron cuenta de sus trabajos, 1,000 hombres, 200 quin- 
tales de pólvora, 100,000 cartuchos, 1,000 fiisiles, 8 
cafiones de bronce de gran calibre y algunos de tren, 
con varias lanchas destinadas á proteger las familias de 
Montevideo. 

Este tratado se celebró en Buenos Aires con salvas y 
repiques y el pueblo acogió con entusiasmo la unión 
con los orientales y la guerra con los portugueses ; pero 
Artigas desaprobó la convención por entender que nada 
debía tratarse con el Directorio sino el envío de auxi- 
lios, lisa y llanamente, y Barreiro comunicó estas ideas 
el 19 de Diciembre á sus comisionados, aun cuando no 
estaba de acuerdo con Artigas y se habían cumplido 



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450 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



exactamente sos instrucciones en el pacto del día 8 (1). 
Por su parte el Jefe de los orientales mandó quemar éi 

acta de la negociación de Montevideo, en Entre Ríos y en 
Corrientes. 

£1 pueblo y Gobierno de Buenos Aires, sorprendidos 
con tal proceder el mismo día en que iba á partir U 
primera expedición de troicas y elementos de guerra, 

dieron soñalos de proümdo desagrado. Se revocó la 
orden de embarque y quedaron las cosaca tu»mo estaban 
antes de las negociaciones, salvo la mayor exaltación 
de los ánimos. 

CLXXXVra, — La pttwaalllaA aifMrttwi de Ártígas 

Artigas fue enndillo oriental, porque nació en el i 
Uruguay y porque íue el jefe de los campesinos uru- 
guayos. Pero á la vez fúé caudillo argentino, porque 
obró constantemente en el concepto de que la Banda 
Oriental era un pedazo de la tierra argentina; y tanto« 
que rechazó en más de una ocasión las proposiciones 
que el Gobierno argentino le hizo para reconocer la | 

I 

(I) Debe comigiiane qae Barreiro preeedió en c&ia ocnsióa con más patrio • 
timo qoe forttleui de earácter. Aun deapaét d« rotee lea neeoeiacíonesv | 
eeerible et Bireelor PueyiredOB ertes pelebree, que enireseco de fai Mb 
orípnel que tengo ea mi poder c Si lodee leí fuenet de le Indep e nden ci a 

• del Sttd peeaaen á eeiebleeer eqol ta eueitel c^ral, poco cnidodo podrían ^ 
f dar loa que boüititiii por lea ledoa del Norte y del Oeste. Superada la i 

• actual eontienda, es preciso rctultaie el dr*concierio uhumtwoI da mmm^ 
a mmSgmf el fityne atiento de la Nfum S'arión que qtiertmoe famutr. To. 
B cuento con todo si V. E. llene la <li{;narión do pnnor el actinio en rsc punt.i 
i de YTsta... 1 (C^TPuntradón d«'l 1^^ de Enero de 1817.1 ve (|up á jv*s.-ir 
las niidoiias condenado H' S fultninaii.í<4 pnr Artigas, Rarrnr * -f^f^iia pencando \- 
obrando en el sentido «K- I ru r pfflos »!- 1 S le Dicicuíbie. S«? ve lambu-u qi.-: 
estos arrofjlüs ha fueron j>erliil.uiienie arrancados pur el Dircclor á los incautos 
comisionados orientales, como pretendió hacer rreer Arligaa, tino que fueron 
deliberadamente aurorisadoi por el Delegado dn éMe. La fordnd en que | 
Barreiro y Artigai entendian de muy opueata nanen el petríetiatto. 



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DE LA REPÚBLICA. ORIENTAL BEL URUGUAY 451 

independencia del Uruguay, y exigió sin cesar de él 
auxilios de armas, municiones y tropas por creerlo 
obligado ádárse las por el heclio desei* gobierno g-enerai» 
é intervino como ciudadano en los aconteciimontos 
internos de las otras provincias. 

Importa, pues, sacar de los hechos expuestos en esta 
sección y en la segunda, capítulo III del libro anterior, 
las ideas generales que sirven para caracterizar el papel 
que Artigas desempeftó como persons^je argentino. Y 
desde luego, puesto que se tuvo á sí propio por uno de 
los campeones de la federcxión, ocurre el interés de 
investigar si realmente lo fué. 

£1 sentimiento que impulsaba á los campesinos á la 
democracia, he dicho en otro lugar, los arrastraba á 
querer la independencia de las pequeñas colectividades. 
En pugna con esta tendencia, el régimen colonial acos- 
tumbró á las muchedumbres al espectáculo de las gran- 
des unidades políticas, cuya noción empírica debió pre- 
sentarse más oscura á medida que las distancias se 
alejaran de las ciudades. Pero lo que debió aparecer 
con claridad al sentido de las poblaciones incultas son 
las formas ostensibles de la división administrativa» ya 
en intendencias, ya en partidos ; son las autoridades que 
ííohernal'Mii en cada una de un modo visible, dentro de 
jurisdicciones determinadas. Esto es lo que principal- 
mente hizo su eéhicaciónf lo que les creó el hábito de 
vivir formando unidades menos extensas que la nacio- 
nal, pero más que la del distrito que accidental ó per- 
manentemente ocuparan las tribus indífrenas. 

La historia de esas dos fuerzas contrarias (el instinto 
y el hábito) es la historia de la organfeadón poliüca 
argentina. Los centros ilustrados que no se sentían 
compelidos sino por los hábitos creados por la educación 
colonial, tendieron á la unidad centralista ; las pobla- 
dones rústicas, en cuya voluntad influía con fuerza el 



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452 BúSQÜBJO HIST6RI0O 

ísenüuiiemo iiiiiaic» de la autonomía local y más débil- 
mente el hábito ad<]inrido de las extensas comuniones, 
bailaron la conciliación práctica de estas dos tendeadas 
en nn regríonalismo imbuido por el sentimiento de la 
nacionalidad que iiianienía l.i unidad íot.d á la vez que 
respetaba las aulonouuas jiarciaies. c onio el sentimienio 
natural era más poderoso que el hábito adquirido 
durante la dominación española» füé más vigoroea la 
rohesi(')n interna, autonómica de cada provincia, que la 
externa ó la Tuicionjil ; de lu que resulto que el cau- 
dillo, rei^reseniante de la primera, fuera más querido y 
res[)ctado que el Director Supr^o, representante de la 
s< gunda; y que se mantUTiera fácilmente la unidad 
provincial, mientras sufría la nacional perturbaciones 
que, aunque i<'iiii)orana8, lUeroii proíiuidas. Por lo que 
se vé (lue la mal llamada federación del ilío de la Plata 
no ftié obra de un hombre, ni de un partido, ni de una 
clase social, y sí de la acción recíproca de dos Alertas 
L,'t'iiorales creadas v robustecidas en el curso de tres 
siglos {>or la evolución paralela y próxima de dos estados 
sociales. 

£1 papel qae desempefió Artigas en el vasto escenario 

de estos sucesos, fué necesariamente limitado, porque 
estaba det^^rminada, antes que ól apareciera, la corriente 
de las ideas, extensa y poderosa ; porque oíros caudillos 
se repartieron en casi todo el país la representación de 
las flierzas activas de las provincias ; porque en parle 
de las clases cultas cundió la doctrina del federalismo 
oríranico (pío con el tiempo hal)ía de amoldar el reg-io- 
naiismo bárbaro ; y porque no tuvo Artigas genio ni 
poder bastante para apoderarse del prestigio de aquellos 
caudillos, ni de la autoridad inteligente de los federales 
ui h inos, suplantándolos ó dommáíidolos siquiera fuera 
de un modo accidental. Su conducta fué además contra- 
dictoria, y ésto esterilizó el inflijo más benéfico que sa 



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DE LA RETLBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 45.3 

^personalidad hubiera ejercido, si liubie.se obrado con 
unidad en lodas las esfeniS. 

En Gí'ecto, halagando el sentimiento ya formado de 
las provincias y sometiéndose aparentemente á él» nom- 
brd en Abril de 1813 diputados, los mandó al Congreso 
arg-entino y dio ^Tan circulación á las instrucciones que 
les dió. Esas instrucciones constituyen un documento 
notable, porque contiene los principios capitales del 
sistema federal, expuestos con claridad. Más tarde, en 
distintas épocas, expresó ideas análogas, aunífue no tan 
completas, ni con tanta corrección. Aunque las ideas y 
la redacción eran sy^^s» y el caudillo distaba mucho 
de entenderlas, apareció como gue sentía y sabia el sis- 
tema político cuyas bases le habían hecho ñrmar, y 
l>udo pi cieiidor el concepto de ser el caudillo dominador 
con que contaran las poblaciones campesinas. 

Si en sus relaciones prácticas cod las provincias 
hubiera dado el ejemplo de llevar al terreno de los 
hechos lo más indispensable de aquellas doctrinas, 
aunque fuera de un modo grosero; si hubiera respetado 
en las provincias que dominó el sentimiento localista de 
eUas, permitiendo que cada una hiciera de su autono- 
mía el uso que quisiera á la vez que reconociera al 
gobierno nacional á imitación de las otras provincias, 
Artigas habría intiuido benéíicamente en los instintos 
políticos de su pueblo campesino y de los pueblos cam« 
pesínos occidentales. 

Pero sus hechos eran o[>uestos á sus dichos : en nin- 
^na de las tres provincias que dommó durante unos 
pocos años dió señales de seníir la federación, no ya 
como la exponía en los documentos, pero ni aún como 
la entendían los otros caudillos. Ninguna tuvo algo que 
se pareciera á legislatura provincial; sus gobernadores 
oran nombrados por Artigas con prescindencia del voto 
de las localidades : no tenían atribuciones propias, inde* 



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454 



BOSQUEJO Ul&TÓRlGO 



|)endientes del poder de su Protector; eraa meros 
agentes de Artií^as, ruyas órdenes cumplían como 
cumplen nuestros jetes polilicos las del presidente 
de la República. Por manera que implantó éste en 
las proTíncías de m dominio» en oposicidii con las 
aspiraciones y costumbres localistas que constituían 
entonces el heclio federativo íundamental, un régimen 
unitario absoluto, más absoluto que el del coloniaje, que 
se vino al suelo tan pronto como el sentimiento auto- 
nómico pudo triunfar de la flierza del omnímodo 
caudillo. 

La discordancia fundamental de las doctrinas políti- 
cas que inconscientemente suscribía con los hechos 
políticos que realizaba nace de que Artigas hacía lo 

único que era capaz de concebir, en tanto que decía en 
sus escritos lo que sus secretarios le redactaban. Obra 
de éstos eran los documentos doctrinales; eran obra de 
aquél los hechos administrativos. Artigas suscribía las 
doctrinas, porque la federación le permitía en su con- 
ce|)to ser el señor de su |>rovincia y porque la palabra 
con que se desi^rnaha era el samo y seña de todos los 
que, como él, odiaban á los unitarios y federales ilus- 
trados que desde Buenos Aires pretendían sofocar el 
localismo anárquico y vencer al caudillige de las pro- 
vincias. 

Si, pues, acompañaba á estos en la oposición á la 
acción orgánica parteña y contribuía de este modo á 
mantener viva la resistencia de los pueblos que le esta* 

ban sometidos, y si por otra parte algo hubiera hecho 
Con las instnircioues de ISI.'Í en el sentido de dar á las 
tendencias instintivas de la campaüa algunas determi- 
naciones teóricas, era indudable que neutralizaba esas 
influencias con el ejemplo de su régimen unitario y de 
siLs ambiciones absorbentes. 
Por fortuna para la federación del Plata, no tai^o 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 455 

mucho Artígas en desprestigiarse por su nulidad militar 
y por el exceso de despotismo centralista con que abatió 
al princi[uo y sublevó luego las disposiciones federalis- 
tas de las provincias litorales. Merece notarse que 
Artigas tuvo contra sí tres de las entidades más cons- 
picuas de la federación argentina en aquellos tiempos, 
íjue se hicieroii notables de diversa manera ; llamírez, 
Güemes y Dorrego. 

Se ve clai amenté que Artigas no fué campeón del 
federalismo, ni siquiera en el sentido muy grosero en que 
lo flieron los otros caudillos argentinos. Todos estos 
caudillos se contrajeron í mandar como señores en sus 
respectivas provincias; respetaron la jurisdicción délos 
caudillos circunvecinos. Artigas se distinguió de todos 
por haber mandado en tres provincias, á veces en cua- 
tro ; y, por esto mismo, flié el único que estuvo habi- 
litado para presentar un ejemplo de cómo entendía él 
las relaciones interprovinciales y nacionales, por la 
organización que diera á las provincias que dominó. Si 
hubiese querido la federación, hubiera hecho con las 
provincias que dominaba un cuerpo federativo, reser- 
vándose para sí el gobierno general; pero nada que se 
pareciera á federación intentó. Si hubiera sido simple- 
mente regíonalista, hubiese respetado el regionalismo 
de los santafesinos, de los entrerrianos, de los corren- 
tinos, <lo los misioneros, y se hubiera limitado á man- 
dar en su región uruguaya ; pero nada respetó. Comba- 
tió á sangro y fuego el federalismo y el regionalismo á 
la vez. 

i Qué ideal tuvo, pues. Artigas? Se habrá observado 

que no era, ni podía ser la independencia oriental un 
hecho simpático á Artigas, porque ie habría obligado á 
conformarse con el gobierno de su sola provincia cuando 
pretendía dilatar su poder á las occidentales sin más 
limitación que la que le impusiera la suerte de sus 



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456 BOSQUEJO BISTÓRIOO 

armas. Su ambición de mando, que era su aspiración 
capital, se reveló déíiüe los laimeros días de la campa íia 
contra los españoles : se di6 inmediatameate el titulo 
de Jefe de los orieniaies y aspiró desde ese momento á 
la supremacía militar entre sus comprovincíanoe. Asa- 
mió en 1813 sin conseni i miento del general en jefe ni 
de ninguna otra autoridad, la dirección de la política 
interna en sus relaciones con las Provincias Unidas, 
convocó una reunión de paisanos suyos y les hizo nom- 
brar diputados, á quienes dió instrucciones en su pro- 
pio noinl>re, arrogándose la soberanía de la provincia. 
El mismo año intentó imponerse á ios electores que los 
pueblos designaron, y el rechazo de esa imposición que 
fué una de las causas que lo decidieron á abandonar el 
sitio, le pareció que lo autorizaba para disolví^r el Con- 
greso y anular sus actos, sin tener en cuenta para nada 
la soberanía popular. Hasta aquí se vé el hombre qoe 
quiere ser caudillo prepotente en su pafs. 

Se¡)ara(lo del sitio, se retira al Norte é invade la 
provincia de Entre Ríos y Corneales. Había en toda 
esta extensa zona algunos jefezuelos que se habían 
hecho de algún prestigio en sus respectivos lugares» 
pero ninguno que se hubiera atraído la adhesión de toda 
la provincia. Como Artigas gozaba ya de nombre, íacu 
le fué imponerse á todos aquellos oficiales oscuros y 
hacerse su jefe supremo. Lo consiguió pronto. Los 
españoles de Montevideo fheron vencidos entretanto. 
Artigas, dueño de toda hi campaña oriental y de la 
entrerriana y correnuna, exigió que se le entregara la 
plaza y lo consiguió á los siete meses de lucha. 

Desde este momento ejerció el poder absoluto en so 
patria. ¿ Renunció por eso el dominio de las provincias 
occidentales ? No: las gobernó con el mismo absolutismo 
que empleó en su provincia y dispuso de ellas como de 
cosa propia. No satisfecho con eso, pretendió avanzar 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 457 

al Ueste y al Sud emprendió trabagos subversivos en 
Santa Fé, en Córdoba y en la provincia de Baenos 
Aires, invadió la primera^ la dominó, y cuando triunfó 

la sublevación de Fontezuelas, pretendió imponerse al 
Directoiio í[\íc surgió de la insurrección. No consiguió 
esto ; pero intentó hacerse el árbítro do todo el Rio de 
la Plata, convocando las provincias al Congreso de 
Paysandú é impidiendo que algunas mandasen sus 
d licuados al de Tucumán. Más tarde envolvió al Para- 
guay en sus pretensiones de dominio y se ha visto que 
trató por último á Pueyrredon como si debiera subordi- 
nársele sin condiciones, á pesar de ser el Director de 
las Provincias Unidas. 

Esta y no otra fué la ambición suprema de Artigas : 
ejercer el poder en el Río de la Plata, ser su gober* 
nante absoluto y despótico» como lo Alé en las tres pro- 
vincias orientales del Paraná. 

Ante tauiañas aspiraciones, la idea de independizar 
la Banda Uruguaya habría sido un contrasentido, por- 
que mutilaba el proyecto fundamental reduciéndolo á 
la mínima proporción, anulándolo casi. Estaos tarazón 
porque no la acarició nunca, porque la rechazó rotun- 
damente cuando se le propuso. Contrario ásu ambición 
era también el regionalismo puro, porque importando, 
no una independencia territorial, pero sí una autono- 
mía local desligada de autoridades generales, era 
incompatible con el papel de jefe supremo, de Pro- 
tector mpremo de los pueblos con que se envanecía. La 
federación misma era inconciliable con la ambición de 
Artigas, porque éste no se conformó con ejercer el 
poder general de las provincias que consi^^aió sujetar á 
su dominio, sino que miervino eu todas las menudencias 
del régimen interior de cada una* Artigas no concebía 
otro modo de gobmiar que mandar directa y absolu- 
tamente, sin ley ni regla, en todo ; ambidonó mandar 



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I 



458 BOSQUEJO HISTÓRICO 

Ubi lodo el Río de la Plata y asi mandó las provmcias 
en que pudo. 

SEcaóN iir 

Heíaciúnes mUUares de la Provincia OrmUal 
con el gobierno portugués 1816^20 

CUUÜUX. - rroparathos (!e Portapil paim ianidlr 
el territorio onii^jF*» Vé>í& 

Conviniendo relatar aquí más detenidamente que en 
el libro tercero (GXXXV) los sucesos de la conquista 

portuguesa, empezaré consifrnando que, en cuanto la 
Corte de Portugal advirtió que Artigas había quedado 
solo en la Provincia de su nacimiento, juzgó buena la 
coyuntura para apoderarse de este territorio encu* 

brieiulo su verdadero designio con protestas de que la 
ocupación sería íenii>orana y no tendría otro fin que el 
de librar al desgraciado pueblo del despotismo de aquel 
caudillo. 

En conformidad con tales miras la Corona liizo venir 

de Portugal á Río de Janeiro cerca de 5000 hombres, 
(Mayo de IHIO) cuyo mando en jefe se conüó á Carlos 
Federico Lecor. Este general recibió el 4 de Junio unas 
extensas instrucciones, según las cuales debería atacar 
á Montevideo y ocupar militarmente toda la Banda 
Oriental, siendo después de conquistada una provincia 
del Brasil, separada de la de Río Grande por ios límites 
que se habían señalado en instrucciones dadas al capi- 
tán general de esta última. Para el efecto había venido 
ya una parte del ejército á Santa Catalina; Lecor reci- 
bió orden de venir al mismo punto con otra parto, y de 
desembarcar con el todo de los 5000 hombres de las 



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DE U RBPÚBUOA ORIENTAL DEL URUGUAY 459 

tres armas en la costa del Río de la Plata ; y se formaba 
otro cuerpo do ejército ea Río Grande, destinado á 
invadir por la finontera. 

CKC. — Bftiiación de la Provincia Oriental en 1816» 
M«4idas preparatorias de deléasa. 

La situación de Artigas no era nada satisfactoria 
cuando ocurrían los hechos narrados en el artículo 

anterior. Los dineros eran escasos; dos ó tres meses 
antes calculaba Artigas que no podrían mandarle las 
aduanas del litoral platense más que sesenta pesos, y 
debía á sus soldados los servicios de seis años. En 
Enero tenía hombres, pero no armas : sólo contaba dos 
pequeños cañones en su cuartel geiior.il y un:i ranUdad 
insuficiente de lanzas, sables y armas tío fuego. Á la 
diíicultad que para obtener arücuios de guerra le opo- 
nía la falta de moneda, se a^r^ba que carecía el 
comercio de Montevideo de tales efectos, salvo las ofer- 
tas que de cuando en cuando hacían vendedores ambu- 
lantes y contrabandistas. Trató de remediar estas faltas 
pidiendo recursos pecuniarios á Corrientes y Entre Ríos, 
▼estuarios á Santa Fé y Córdoba, y armas á Barreiro y 
á algunos comerciantes ingleses de Buenos Aires, que 
se les proporcionaban sigilosamente. Además, se^mn 
escribió á üarreiro á fines de Febrero, esperaba que 
después del tremendo contraste de Rondeau en Sipi-Sipi 
se vería obligado el Directorio á ceder á sus pretensio* 
nes, y que recibiría entonces las armas, municiones y 
demás elementos que necesitaba. 

Entretanto el Cabildo de Montevideo llamaba á las 
annas á los orientales, prometiéndoles vencer al ene- 
migo (22 de Junio); y Artigas ordenaba á Rivera que 
reuniese las milicias de Maldonado y se situase en 
Santa Teresa, mandaba otras divisiones á otros puntos 



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4G0 Boa^LKJO HISTÓKKX) 

de la frontera^ calculando las cosas de modo que sot- 

prendieran en tm mismo dia las guardias avansadas del 
eiHíiiiiiro, hacia conducir do Montpvid<'o á Canelones 
todo el tren volante disponible, armaba con 150G fusi- 
les que Xiozica le mandó desde Buenos Aires, los 400 
abipones y demás indiada que ae le enviaba de Entre 
Ríos y rorriontts para oníj:r()sar las filas, nünil)ra á 
Manuel Artigas para que sustituya á Rivera en la 
Comandancia de Montevideo y á Otorgués para jefe de 
vanguardia, da orden para que se confisquen los bienea 
de los portugueses y que se nombre un regidor para 
que los venda, pide que se le mande á su cuartel rr^ nc- 
ral á toda persona sospechosa, prohibe absolutamente 
la salida de toda persona de Montevideo, hace aumen* 
tar la artillería de la Colonia, ordena al Gobernador 
que auxilie las faerzas próximas á la plaza, bajo ame- 
nnzas de severas penas, y, por fin, se dispone á mar* 
cliax* d mismo Artigas de la villa Purificación para 
ocupar el centro de las operaciones* 

CXCI* — PUn de campjiña de Artigas. 1S16 

Lleno de confianza en sí misniíj, per^suadido de qtie 
no necesitaba imirse «< con los porteños » para triunflar 
de los portugueses, Artigas renovó en esta ocasión el 
mismo plan que haÚa concebido en Ayuí, en 1812, para 
perseguir entonces á los mismos portupnieses (CLIX). 

Mandada al indio Andresíto con ¿mK) hombres desde 
Corrientes á Misiones ; hacer marchar las iUerzas de 
Entre Rios al Mandisovi, más allá de la Concordia, para 
que acudieran oportunamente á donde fuera necesario : 
dirigirse él con las nnlicias del ( iiarfel general y del 
Río Negro hacia el paso de Santa María, aüuente del 
Ibicuy ; hacer correr á Otorgués con sus Aierzas y las 
de Cerro Largo por este punto hasta Santa Tecla ; y 



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DE LA. REPÚBLICA ORIENTAL DEL ÜRÜGUAT 461 



bacer ocupar por Rivera con las milicias de Maldonado 
las inmediaciones de Santa Teresa. Todas esas tropas 
habían de llegar á sas destinos á un tiempo. Las de 

Misiones atraerían hacia sí el ejército i)oriu¿;ucs de Río 
Grande y caerían solare él rápidamente los cuerpos de 
aquel punto, de Santa Maiia y de Sania Tecla. Lo mismo 
harían con el cuerpo de cgército del Sud Rivera y Otor- 
gaés. 

De este modo, decía Artigas con su vanidad sin igual, 
serían batidos los portugueses en detalle, separados por 
grandes distanciast y quedarían « descompaginadas 
todas sus ideas ; 9> vencidos en todas partes, les sería 
imposible tomar á Montevideo y penetrar en el terri- 
torio uriental. Tales eran las miras de Artií^-as y]sus espe- 
ranzas en el mes de Julio. ¡ No g& extraño, pues, que se 
negara á unirse con el gobierno nacional y á desistir de 
sus proyectos de conquistar el gobierno del Río de la 
Plata ! 

CXCII. — Flan ^¡waM» e» la lavaildii portafom. (ISl^ 

No obstante los planes de Artigas, el ejército portu- 
gués llevó á cabo los suyos con notable regularidad. Se 
dividió en cuatro cuer[»oí; : uno de 2000 hombres, man- 
dado por Curado, debía invadir por el Norte ; otro, bajo 
las órdenes de Süveira, de 1800 hombres, había de 
penetrar por el Este ; y el tercero, de 6000 hombres, 
bajo el mando de Lecor, invadiría por el Sud, quedando 
el general Pintos en Río Grande con 2000 hombres para 
ocurrir á donde llegara á ser necesario, y destacán- 
dose otras ítaerzas para operar en las Misiones. 



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462 BOSQUEJO HISTÓRICO 

Abrcu, que había marchado á defender las Misiones, 
libró batalla á las fuerzas de Andre^ito el 3 de Oruibre 
de 1816, cerca de San Borja« las derrotó y las obligó á 
volverá Corrientes. 

El general Carado mandó á Mena Barreto contra Ber- 
dún, que se había internado en el Brasil más allá del 
Santa María, y á Oiiveira Álvarez contra Artigas, que 
estaba en Corumbé, al Norte del Cuareim. Mena Ba- 
rreto derrotó el 19 de Octubre en Ibiracoahy á Berdún, 
y Oliveira Álvarez á Artigas el 27 del mismo mes en 
('orumbé, ú \)esav de ser muy inferiores en nt'imero sus 
fuerzas. Después de estas victorias el territorio brasi- 
leño quedaba libre de enemigos y Curado en disposición 
de penetrar en la Banda Orientsd por el Norte* 

CXdT. — Jf «réhft Lmot* D«mta de BiTen 
e» IftdlA Xaeita- 1S16 

La vanguardia do Lecor penetró por San Miguel y se 

apoderó en .V^u.>io de Santa Teresa, situada entre la 
laguna Merín y el Plata. Lecor, que permanecía en San 
Pedro del Rio Grande del Sud, comunicó desde aquí al 
Cabildo de Montevideo» el 24 de Octubre» que su gobierno 
se proponía restablecer el orden en la Banda Oriental 
y asegurar la vida y los derechos de sus habitantes 
contra las violencias de los artiguistas. Distinguidos 
orientales que le acompañaban y aconsejaban, escri- 
bieron en igual sentido á varías personas. Después de 
esto, avanzó Lecor con el grueso de su ejército. 

Una columna de 1000 hombres de las tres armas, des- 
prendida haio las órdenes de Pinto de Araugo Correa, se 



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BB Ul REPÚBUGA. oriental DEL URUGUAY 463 

encontró con las fuerzas de Rivera, compuestas de 
1.400 á L700 hombres de infantería y caballería, ea el 
parche llamado de la India Muerta* y allí tuvo llagar el 
19 de Noviembre una sang^rienta batalla, en la que 
salieron los orientales completamente deshechos. 

Lecor llegó en Diciembre á Maldonado, recibiendo en 
el tránsito numerosas partidas de milicias que com- 
pusieron un escuadrón activo y útil al invasor. 

Habíase dirigido el general Silveira á Yaguarón á 

principios de Octubre, lavadiú por ese punto el territo- 
rio oriental y se encaminó hacia el Sud, buscando la 
incorporación con Lecor. Desde que pasó por Yaguarón 
hasta que salió de Cerro Largo, se le unieron numero- 
sos grupos artiguistas que había dtetacados, y fueron 
agregados al ejército con sus respectivos oficiales, que 
conservaron por el momento sus grados y recibieron 
después otros mayores. El general Silveira siguió su 
marcha por la Cuchilla Grande. 

Al llegar al lugar deiíoaiinado de Pablo Páez tuvo 
una de sus avanzadas un encuentro con Otor<>'uó5, poco 
afortunado para aquella, pero sin importancia con rela- 
ción al movimiento que se operaba. Este siguió hasta 
las puntas del arroyo Cordobés, de allí al paso del Rey 
en el río Yí, donde está ahora el pueblo del Sarandí, y 
luego el arroyo Casupá, afluente del Santa Lucía 
Grande. Hasta aquí fué seguido el general Silveira por 
Otorgués, sin causarle daño. 

Al llegar á este punto se reunieron Otorgués y Rivera 
en el Tornero, arroyo que fluye al Santa Lucía Chico, y 
acordaron atacar al enemigo; pero poco después de 
comenzada la marcha retrocedió el primero y tuvo que 
seguir Rivera solo, incomodando á los portugueses en 



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464 B06QU£jro Hisrómoo 

su marcha á Minas, de donde se dirigieron á mediadus 
de Enero de 1817 á las posiciones que ocupaba Lecor 
en Pan-de-Azúcar, 

CXCTI. — Sefimiaeanipaiim de Artigas. Nueras demCaa 
4e Andreslto, de Latorre y de Artlgae. (ISIT) 

Después de las derrotas sufridas en Corombé y en las 
Misiones, se habían retirado Artigas al Sud del rio 

Cuareim v Andresito á Corrientes, en donde los dos 
caudillos trataron de reunir cuantas fuerzas pudieron. 
Artigas logró componer un total de 4»000 hombres, que 
dividió en dos grupos: uno de 600 ó 700 bajo su mando 
inmediato, que se situó en los Tres Cerros del Arapey, 
al Norte del río dei mismo nombre; y otro de 3,400 
próximamente, bajo las órdenes del mayor general don 
Andrés Latorre, jefe bravo, aunque incapaz, que ocupó 
un punto próximo al Cuareim. Andresito había formado 
un cuerpo de unos 600 hombres y ocupa l)a con ellos el 
Aguapey, al Norte de la afluencia dei ibicuy, íreute á 
Itaquí. 

El ejército del general Curado continuó sus marchas 

hacia la frontera, dejando al brigadier Chagas en las 
Misiones, y se resolvió á atacar las tres columnas arti- 
guistas una en seguida de otra. Ordenó á Ghagas que 
pasara el Uruguay y batiese á Andresito; destacó al 
comandante Abreu con 600 hombres para que fuera 
sobre Artigas y él con el resto de sus tropas quedó en 
situación de pelear con Latorre. Abreu atacó á Artigas 
el 3 de Enero y lo derrotó, tomándole el parque de 
reserva y caballadas; Curado se encontró el 4 con 
Latorre cerca del arroyo Catalán, y consiguió la victo- 
ria después de una sangrienta batalla, en que los valien- 
tes defensores de la independencia oriental perdieron 
mil hombres,^ la artillería y gran cantidad de caballos; 



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DB LA REPÚBLICA. ORIENTAL DEL URÜGÜAT 465 

y Chagas obtuvo resuluidus nnaiog-os contra Andresito 
el día 19, después de cuyo triunfo recoriió los pueblos 
de las Misiones occidentales^ los saqueó y los incendió 
bárbaramente, y robó cuantos ganados halló á su paso. 

Aquellas poblaciuaes fueron exterminadas para siem- 
pre. 

CXCTn. Avanza Lecor y entra en Montefideo, aclamado 

por el pueblo (Ibllj 

Lasopei aciones de Lecor no fueron menos afortunadas 
que las de Curado. £a cuanto se le incorporó Silveira 
en Pan-de-azúcar, siguió su marcha hacia el Oeste y 
llegó el 18 de Enero á dos leguas de Montevideo, sin 
ser molestado. Á pesar de la ruptura de relaciones con 
Artigas y del propósito de no intervenir en la guerra 
b%jo la dirección del caudillo uruguayo, el Directorio no 
había dejado de proteger á los orientales mandándoles 
artículos de guerra. Dos ó tres días antes de la aproxi- 
mación de Lecor, había recibido Barreiro la tiltima 
remesa, que consistía en 300 fusiles, 300 IbrnituraSt 
30.000 cartuchos de fusil á bala y dos cañones con cien 
tiros á bala y otros cien á metralla. Sin embargo, 
Barreiro jiiziK) que no podría sostenerse dentro de la 
plaza, dado el espíritu de ella y las fuerzas del invasor, 
y abandonó la ciudad precipitadamente el 18 de Enero 
por la noche con las pocas Aiensas que la guarnecían. 

Al día siguiente, á las 9 de la mafiana, se reunió el 
Cabildo para acordarlo que debiera hacerse. Sus indi- 
viduos pudieron expresarse con libertad por primera 
vez desde que el régimen de Artigas había imperado en 
la sala de sus sesiones, y usaron de ese atributo más 
noble del ser humano para estigmatizar la tiranía que 
había afligido al país entero. El Síndico procurador 
general (Bianchi) d^o que, viéndose libres de la opre« 

80 



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466 



BOSQUEJO HISTÓRICA) 



sión de la soldadesca, « se hallaban en él caso de decía* 
1» rar públicamente que la violencia había sido el motivo 

n de tolerar y obedecer á don José Artigas. Toniaiun 
la palabra en sabida los demás capitulares y todos 
estuvieron contestes en felicitarse porque ^ habia desa- 
sí parecido el tiempo en que su representación habfa 

estado ultrajada, sus votos despreciados, y ellos 
» estrechados á obrar del modo que la fuerza armada 
9» disponía, y vejados aún por la misma soldadesca y 
9> obligados á dar pasos que en otras circunstancias 
f» habrían excusado, n Luego declararon que « consul- 
tando los sentimientos de que cslaljan animados, debían 
pedir y admitir la proteccióa de las armas de Su Majes- 
tad fidelísima n. Y por fin acordaron comisionar al 
alguacil mayor don Agustín Estrada y al cura y vicario 
don Dámaso Antonio Larrañaga ^ para que eondujemn 
jí al liiisirísinio y excelentísimo señor general en jete 
» don Carlos Federico Lecor ^ el oficio que se les daría, 
y comisionar también al síndico don Jerónimo Pío 
Bianchi y á don Francisco Javier de Viana para que 
entregasen otro oficio igual al limo, y Excmo. señor 
jefe de la escuadra, Conde de Viana. 

Los oficios de la referencia expresaban que el Cabildo, 
ejerciendo el gobierno político y militar que había asu- 
mido, diputaba á los portadores para que acordasen 
las condiciones en que el ejc^rcito de S. M. F. podría 
ocupar la plaza, en el concepto de que no se proponían 
otra cosa que establecer el orden público y garantir á 
los orientales su tranquilidad individual, el goce de sus 
bienes rurales y urbaiius, de sus establecimientos, usos 
y costumbres, y la dispensa de las contribuciones con 
que se había empobrecido y exhausto. 

El cabildo recibió el mismo día la respuesta del 
general Lecor, consignada en la proclama (¡ue había 
dirigido á la Provincia, asegurando que el propósito de 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 467 



SU Soberano no era otro que libertar á los orientales y á 
los ríograndeses de los insultos del caudillo Artigas; 
que sus tropas no venían á conquistar, ni á arruinar al 
país, y sí á libertarlo de la opresión del enemigo. En 
tal virtud resolvió el Ayuntamiento que saliera en cuerpo 
al siguiente día con los demás tribunales para entregar 
las llaves de la ciudad al general Lecor y conducir á 
éste bajo palio hasta la iglesia Matriz, en donde se can- 
taría un Tedeum. 

Este acuerdo se cumplió el 20 de Enero, con asisten- 
cia de numeroso pueblo que aclamó en el tránsito al 
g-eneralísimo de las fuerzas invasoras. 



CXCVllI. — Artiiras, abandonado por los jefes reblares que se 
le habían unido, desiste de defender su eausa en el Snd (1817) 

Rivera ocupó las cercanías de Montevideo y se entre- 
tuvo en privar á la plaza de los animales conque había 
de alimentarse, y de perseguir á los paisanos que no 
habían querido engrosar con sus personas las filas de 
Artigas. Sucedióle en esta tai^ea, al cabo de algún 
tiempo, el sanguinario Otorgues; pero cometió en tal 
ocasión crímenes y escándalos tales, que « no podrían 
- recordar sin ira el pueblo y la campaña de Canelo- 
nes, V según la expresión que emplea Rivera en su 
memoria. 

De ahí resultó que Bauzá se decidiera á desertar con 
su batallón de 600 negros y tres piezas de artillería, así 
como los dos hermanos Oribe, Gabriel Velasco, Carlos 
de San Vicente, Atanasio Lapido, V. Monjaime y otros 
muchos oficiales, prevaliéndose de un bando del 9 do 
Junio (1817) en que Lecor prometía proteger á los que 
dejasen el servicio de Artigas. Fueron comisionados 
Monjaime y Oribe para ar reglar con el Barón las con- 
diciones de la r '"""■■^^jltagaucdaron concluidas y 



468 BOSQUEJO HISTÓRICO 

firmadas el 20 de Septiembre, obligáis loso aqiit^l a < N )n- 
ducir el batallón hasta el puerto de Buenos Aires eu uno 
de los buques de la escuadra, en el concepto de que ni 
ios jefes, ni los oficiales y soldados tomarían parte en 
ninísruna guerra contra el ejército nacilicador en el 
tónnino de un ano. be convino además que el batallóü 
de libertos verificaría la pasada acercándose <4 las fuerzas 
avanzadas por el Gerríto, y tomando desde allí ei 
ramino que conducía, pasando por el arroyo Seco, al 
campo do la panadería de A'idal, en donde ha luán de 
d< positar sus armas. Se llevó á efecto el hecUo ilei Z al 
4 de Octubre, aunque no se dieron las fuerzas á la vela 
liasta después del 8, durante cuyo intervalo hubo ¡neí« 
dentes desagradables motivados por la deserción de los 
soldados, á que, seofin parece, no era indiferente Lecor. 
Bauzá escribió á Pueyrredon diciéndole que obraba asi, 
« desengañado al fin de que la causa personal de 
« Artigas no era la de la patria, de que su tiranía los 
>» barbarizaba, de que no era posible fundar el orden 
^ con homl)ies qne lo detestaban por profesión. - El 
mismo y Oribe declararon ^ que no querían servir á las 
n Órdenes de un tirano como Artigas, que, vencedor, 
f» reduciría ei país á la barbarie; y, vencido, lo aban* 

y> donaiia. • 

Desde este momento los portugueses ejercieron fácil- 
mente su autoridad en las cercanías de Montevideo; 
Otorgués tuvo que irse hacia Mercedes, después de 
haber escapado diíícilmente de la tentativa de asesinato 
de uno de sus oficiales, y el íreneral Lecor pudo creer 
llegada la oportunidad de anunciar á los pueblos, como 
les anunció (29 de Diciembre), que «c los caudillos que 
9» usurparon el poder y la autoridad por la flierza, no 
n volverían á tiranizarlos. ?» * 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 469 



CXCIX. — Artigtis es leneido en sn tercera y última campaña 

(1818-1820; 

Triunfante la división de Curado en el Norte, avanzó 
en Febrero de 1818 hacia el Sud, más acá del Davnián. 
Entonces Artigas que estaba en Purificación llamando 
de Entre Ríos, Corrientes y Misiones indiadas que ya se 
resistían á auxiliarle, decidió abandonar precipitada- 
mente el punt(^ que ocupaba y á privar al enemigo de 
todos los medios de subsistencia, para contener ó difi- 
cultar por lo menos sus marchas. Hizo traer á la orilla 
oriental las embarcaciones de la entrerriana y dió orden 
para que todas las familias que habitaban la margen 
del Uruguay desde el Hervidero hasta Paysandú, 
pasaran á Entre Ríos en el término de dos horas, so 
pena de ser pasadas á cuchillo. 

El ejército se retiró hacia el Queguay; numerosas 
partidas se desprendieron de él con la orden de hacer 
cumplir las resoluciones del Jefe, y recorrieron en todas 
direcciones aquellos campos, arreando ganados, des- 
truyendo casas y sementeras y haciendo pagar con la 
vida la desobediencia de los infelices que no habían 
podido vadear el Uruguay, ó que no se habían atrevido 
á arrostrar las miserias que les esperaban en las costas 
desiertas de Entre Ríos. Las familias pudientes se tras- 
ladaron en gran número al Arroyo de la China, en 
donde Artigas tenía sus depósitos y las cajas del ejér- 
cito, por más seguridad. 

Pero Curado ordenó á Rentos Manuel Riveiro que se 
trasladase á ese punto con 500 hombres y lo atacase. 
Este jefe tomó una batería situada un poco más al 
Norte, con su guarnición de 600 soldados (19 de Mayo), 
y luego la población, en donde se apoderó del tesoro. 




470 BOSQUEJO HI8T6IUGO 

allí itíunidas estabaa tau temerosas de los excesos de 
Artigas, que solicitaron la gracia de ir á vivir en 
Paysandú* bajo la seguridad de las autoridades milita- 
res portuguesas. Su traslación duró cuatro días. 

Artigas llamó hacia sí con urgencia, desde el Que- 
guay chico á Rivera, que se hallaba al Sud del Río 
Negro, para que molestase al cgército enemigo y estu- 
viese posibiHtado de reunírsele en cuanto necesitara de 
(>1. líivera acudió; mas mientras éste iuquieUiba á 
Curado cerca de Paysandú, Beatos Manuel Hiveiro, de 
regreso de Entre Ríos, penetró con solos 100 hombres 
en el campo do Artigas, en donde había 800 in&ntes y 
400 de caballería, los dispersó ;i todos, y se a|>oderó de 
los cañones, municiones, equip^e, caballadas, etc., y 
hasta de Barreiro, su esposa y aJgunas otras personas 
caracterizadas (4 de Julio de 1818). Barreiro, el conse- 
jero, diplomático, delegado y ami^^o íntimo de Artigas, 
estaba eniinllado y comh'nado á la pena de niuertc, por 
haber permitido que Duráa y Giro tratasen con el 
Gobierno de Buenos Aires sin su consentimiento (1). 

Después del nuevo descalabro que tontamente sufHó 
Artigas, como para coníiiiiiai^ la nulidad que había 
demostrado en las acciones y disposiciones anteriores. 
Curado siguió extendiendo su dominación hacia el Sud 
y llegó hasta Mercedes. 

Artigas había perdido todo su poder y supresu^Jiio. No 
conseguía por nada que las provincias occidentales le 
obedecieran, ni quele mandaran reíuerzos(OXLViiI-CL.) 
Sus comprovincianos, k^os de responder á sus lia. 
madas, huían de él é iban á servir bajo la órdenes 
de Lecor ó á trabajar tran<iuilameiiie dentro del ya 
extenso radio dominado por sus tropas ó por su autori* 

íl) Uai reiro fué trasladado a Moiiteu.ioo cu calidad de prisionom de guerra 
y alojado < a una sala del Cabildo. Después se le llevo á un buque de guerra 
por descontentadizo y ¡>ara utayor segui idad. 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 471 

dad. Hasta los secuaces más señalados de Artigas abaa- 
donaban la causa dei altanero cuanto incorregible cau- 
dillo para adherirse á la del vencedor, que, aunque 
extranjero ¡ prometía respetar la vida, el honor y el 
derecho de trabajar tranquilamente! 

Entre esos desengañados de significación se contaron 
don Tomás García de Zúfiiga, en 1S18; el coronel Per* 
nando Candía, el comandante Simón del Pino, y varios 
otieiales, en 181U. El primero representaba á Aríij^^as y 
tenia su residencia oílcial en San José ; el segundo era 
la autoridad superior de Canelones ; los otros eran jefes 
de ítaerzas que les habían estado sometidas. El artigáis* 
ino se desmorona Ijii laato como por los golpes que reci- 
bía de los portugueses, como por su propia inconsistencia. 

Así abandonado por propios y extraños, Artigas 
huyó de la persecución de Curado, después del desas- 
tre del Queguay chico, hacia las puntas del Río negro 
y penetró en el Ui asil talándolo todo ásu paso. Artigas 
cedía inconscientemeate, por la terquedad natural de 
8u carácter, al concepto que en 1812 se había formado 
de ({ue para triunfar de los portugueses era necesario ir 
á Santa Tecla. Nada importaba para él la iiiversidad 
de circunstancias, por grande que fuera; nada ie ense- 
ñaba la terrible experiencia de 1816. Había concebido 
un plan ; y, como si ningún otro pudiera reemplazarle 
con ventaja, lo aplicaba en todos los casos. No podía 
darse mayor prueba de incapacidad, de presunción y 
de pertinacia. 

Fuése, pues, al Brasil, dejando á su país totalmente 
dominado por el enemigo; pero, si bien consiguió sor- 
prender con éxito á 500 hombres del mariscal Abreu en 
Guirapuitá chico (14 de Diciembre de 1819), se vió for- 
zado á retroceder hasta el arroyo Tacuarembó, perse- 
guido de cerca por el enemigo. No pudiendo eludur allí 
el encuentro, confió el mando á Latorre y aceptó la 



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472 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



batalla. Los portugueses la ganaroiit apoderándose da 

la infantería, de la caballería y de los bagajes {2:¿ de 
Enero de 1820). 

Aquí terminaron la conquista portuguesa y la vida 
pública de Artigas; pues con la sumisión de Rivera» 
que 86 verificó el 2 de Marzo siguiente, quedó pacifi- 
cada la provincia; y con la huida de Artigas, á Corrien- 
tes primero» y al Paraguay poco después (CL), se per- 
dió la personalidad suya en el oscuro y mísero confina- 
miento de Curuguaty. 

ce — La ealfft ée AiHgM 

Artigas dió pretexto A los portugueses para que inva- 
dieran en 1816, porque éstos alegaron, lo que era ver- 
dad, que las caballerías artiguisuis constituían un peli- 
gro permanente para las poblaciones de la frontera 
Inrasilefla, y que el Gobierno de las Provincias Unidas 
carecía de poder para impedir los excesos de aquellas 
bandas. La corte invocó la necesidad de intervenir para 
asegurar la tranquilidad de sus subditos. 

El director Pueyrredon tuvo el decidido propóolo da 
oponer A los invas(»es todo el poder material y moni 
que hubiera disponible en las Provincias Unidas, con 
la sola condición de que las autoridades uruguayas se 
reconocieran subordinadas á la autoridad nackmal, 
pues absurdo era que ésta tuviese deberes para con la 
provincia, sin que la provincia los tuviese para con la 
nación, según la posición de cada una. En cuanto el 
coronel Vedia insinuó estas condiciones, le contei^ 
Artigas que ya sabía Barreiro lo que había que haoer 
en cuanto á la unión ; pero que, en cuanto á la guerra, 
no admitiría que nadie fuese general en jefe sino él 
(CLXXXVI). M 

Ta se ha visto cómo pactaron la unión los *fimméf^ 




DE lA REPÚBUCA ORIENTAL DBL URUGUAY 473 



de Rarreiro, y cómo la desaprobó Artig-as, en los 
momentos eu que se iba á embarcar la primera expe- 
dicíÓD de tropas, armas y pertrechos de guerra 
(CLXXXVII). Interesados todavía los patriotas de las 
dos bandas en que se dieran pasos por disuadir á Articas 
de su empeño inseosato de combatir solo, con algunos 
millares de salviges» el poder de los portugueses, antes 
de reconocerse subordinado al gobierno nacional. 
Pueyrredun, que era de los más empeñados, nombró á 
don Marcos Salcedo para que se trasladase al campo 
de Artigas é instó á lion Victorio García de Zúñiga 
(nuevo representante de Barreiro), por que acompafiase 
al enviado. 

Pueyrredon modificó notMbhMiioine, en sus instruc- 
ciones á Salcedo, las condiciones del tratado anterior. 
Según éste, la provincia oriental se gobernaría á si 
propia en lo interior, y dependería del Congreso y del 
Directorio solamente en los asuntos de carácter nacio- 
nal. Y estaba acordado que sería don Marcos Balcarce 
el general en jefe del ejército, y Artigas su segundo. Bl 
deseo de oponerse á la invasión portuguesa flié tan vivo 
en Pueyrredon, que llegó á hacerle incurrir en la incon- 
veniencia de proponer : que Artigas renunciase entro- 
materse en los asuntos de Santa Fé (lo que signitíca 
que conservaría su poder sobre £ntre Rios, Corrientes 
y Misionfis); que hubiese paz y libertad de navegación 
y de comercio con las proviueias que á Artigas obede- 
cían; que don José Artigas conservaría la autoridad 
que tenia « en calidad de jefe, n así como sus oflciales 
pernumeoerían en sus puestos con loe grados que tuvie* 
sen, pero unos y otros en virtud de despachos que el 
gobierno nacional expediría [)ara legalizar su posición. 

Todo fué inütii: no se aüqi^ la tenacidad de .\rtigas, 
loe sucesos se precipitaron, y la provincia tuvo que 
eonrer la suerte que su caudillo le determinaba. 



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474 BOSQUEJO HISTÓRICO 

Los hechos vinieron bien proaio á demostrar cuánia 
había sido la obcecación del altanero caudillo. Creyén- 
dose un genio militar y presumiendo que sus monto- 
neras de salvajes y de í^auchos desordenados coiupuiiirin 
una fuerza incontrastable, en su orgullo desmetiido se 
foijó la ilusión de que en 24 horaa iba á desbaratar ka 
planes y los ejércitos del enemigo, y bastó una corta 
división de éste para hacerlo pedazos en los primeros 
encuentros y para reducirlo á la impotencia. Y por uo 
reconocer que su ambición Hr> mandar como supremo 
soberano en todo el Río de la Plata se estrellaba en d 
hecho de existir una autoridad nacional que él no podía 
eliiuiiiai' ni sqjuzL-ar, permitió (juelos uruguayos fuesen 
dominados por un poder que ni argentino era. 

Aunque á primera vista parece que la gran falta de 
Artigas fué el tener por su provincia natal una pasito 
tan extraviada como intensa, que lo arrastró á toda 
clase de desaciertos, el examen atento de ios hechos y 
del espíritu que anima su correspondencia prueba que 
aquella primera impresión no es verdadera. 

Si el amor á su provincia hubiera sido el móvil de 
sus actos, los hubiera dirigido á beneficiar a sus paisa- 
nos, aunque tuviera que ocupar el un puesto secunda- 
rio, ó que sacriflcar completamente su personalidad. 
Más de una ocasión tuvo de proceder así, antes de 1816* 
y no procedió. La invasión portuguesa fué un hecho 
que debió parecerie extraordinariamente peligroso para 
su provincia, ante el cual debió sugerirle el simple 
buen sentido la idea de reconciliarse con éí gobierno 
nacional por no caer bajo la dominación lusitana, que 
él odiaba; pero rechazó el avenimiento aconsejado por 
el patriotismo á los mismos secauces de Artigas. 

Pasando de la superflcie al fondo de los hechos se 
descubre sin dificultad que Artigas flié un {Nrototipo do 
egoísmo. En todos sus actos se vé el sello de sus cuali- 



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DB LA REPÚBUCA ORIBNTAI. DEL URUGUAY 475 

dados personales, entxc las cuales propondeiaba la 
ambición desmedida de mandar soberanamente á todo 
él mundo, fortificada por el orgullo, poruña pretensión 

jactanciosa insuperable, y por una tenacidad extraor- 
dinfiria de carácter. Se opuso á los gobiernos naciona- 
les, no porque éstos no mandasen en la provincia, sino 
porque no le mandasen á él ; y así como se opuso á que 
los ^biernos nacionales lo mandaran, se opuso á que 
lo mandara el puí^ldo de su proi)ia provincia. Vivió en 
guerra con gobiernos y con pueblos, con todos los que 
tuvieron algún derecho incompatible con su ambición, 
con su egoísmo. Y por servir á este egoísmo sacrificó la 
paz del Río de la IHata , bacriflcó la autoridad de los 
gobiernos nacionales; sacriíicó la autonomía de Santa 
Fé, de Entre Ríos, de Corrientes, de las Misiones; 
sacrificó la libertad, la autonomía y la tranquilidad de 
los orientales antes que invadieran los portugueses. 
Todo, ]>atria y hombres, lo pospuso al uueres de encum- 
brar su propia persona y de conservar su independencia 
individual. 

Así sucedió que, cuando invadieron en son de con- 
quista los ejércitos de S. M. F., rechazó el auxilio de la 
Autoridad nacional, porque se la ofrecía en el concepto 
de tal autoridad nacional ; reclamó para sí el mando en 
jefe, pero rechazó la proposición de que ese mando lo 
recibiera por nombramiento del gobierno nacional; y 
combatió á los portugueses, porque venían á destruii su 
prepotencia. No podía ocultársele que iba á sucumbir 
la provincia ; pero mostró que nada había de importarle 
la suerte del pueblo, mientras él no salvara su poder 
absoluto. 



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BOSQUSJO HISTÓRIOO 



bECUÓN IV 

Organización de la dominación lusüana 

COI- — La* fuiuiomes administrativas 

Ajust.íiulose Lccor á las instrucciones que traía» 
declaró vigentes las leyes españolas que hasta eQtoiice& 
habían regido, si bien sustituyó el escuda por el porto* 
gués en el uso interno de las oñcinas, y hacfa pasar 

Todos los actos á nombre del Soberano de Portu^gal y 
del Brasil. 

La Banda Oriental debía formar una capitanía con 
administración separada interina^ síaido Lecor su capi- 
tán general. Á los tres días de tomada la plaza había 

sido noMibrn.lo ol mariscal de caiiipo Sebastián Pintos 
de Arai^jo gobernador de la provincia, intendente de la 
real hacienda y presidente del Ayuntamiento. 

Después se creó, de acuerdo con el Cabildo, un tri- 
liiiiial (le justicia compuesto j)or tres abogados y un 
hombre bueno, bajo la presidencia del Capitán general» 
Los alcaldes regidores y el Consulado continoaroA 
desempefiando sus ftanciones judiciales segán los mismos 
procedimientos anteriores, cuyas sentencias eran ape- 
lables para ante el tribunal prodicho. 

Se instituyó un procurador de la Corona, para que 
defendiera los intereses del Soberano en los pleitos que 
se promovieran. Las aduanas continuaron administradas 

como lü habían sido« 

CCn. " litartiii de ewimio. Ubm sodalM 

Lecor se apresuró á tomar resoluciones tendentes á 
reparar los (j[Uci)runtos que había sufrido la fortuna pii- 



DE Ul república oriental DEL URUGUAY 477 



vada desde que estuvieron sitiados los españoles y, sobre 
todo, por las exacciones de las autoridades dependientes 
de Artigas. Entre estas medidas hubo una que merece 
citarse especialmente : fué la libertad amplia de comer- 
cio, en virtud de la cual podían exportarse todos los 
productos del país indistintamente, é importarse todos 
los que vinieran de añiera, cualquiera que fliese su pro* 
cedencia. En cuanto al pago del presupuesto, era la 
regla que las rentas sirvieran para abonar los trastos 
y empleados civiles, y que se remitieran ios sobrantes 
á la ci^ja del ^órcito, para ser pagada con ellos la lista 
militar. Se yé que el objeto político del conquistador 
era acomodarse en cuanto le fuese posible á los senti- 
mientos y costumbres del pueblo, como medio de Ixacerse 
tlácümen te tolerable y simpático. 

Contribuyó además eficazmente á ese mismo fin 
haciendo observar á sus tropas un orden que contras- 
taba con la barbara licencia de los soldados que les 
habían precedido, halagando á los curas párrocos de 
manera que éstos influyeran en la opinión de los feli- 
greses, y haciendo que los jefes y oficiales se insinuaran 
en las relaciones privadas y contrajeran con las familias 
viacuios esU*echos. 

C€in. — £1 Cabildo pide tiue la prbTincin sea auexada al BrasU 

Puede concebirse cuáles serían las impresiones que 
recibían los montevideanos, y el contraste que ellas for- 
maban con la vida que se llevaba durante el régimen 
de Artigas, en vista del siguiente hecho. 

El Cabildo frobernador, compuesto por los señores 
Juan José Durán, Juan de Medina, Felipe García, 
Agustín Estrada, Juan Francisco Giró y Lorenzo Justi- 
niano Pérez, resolvió pedir la anexión al reino vecino y 
mandó á la Corle de Río Janeiro sus dos miembros Giró 



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478 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



y Péraz con el encargo de que pusieran en las manos 
dal Rey una representación fechada el SI del misma 

mes de Enero, en que se vertían estos conceptos entre 
otros: que ix^prescntando los imebios si > na ios en la 
margen ijsquierda del Uruguay, *^ se aproximaba al 
9» trono de S. M. penetrado de admiración, de respeto s 
conñanxa en las bondades del Monarca poderoso á 
quit'ii Li Amóricn rulioi] il debe un esplendor que 
parecía seí^re^JTado de sus dcbünos, el Brasil su feli- 
9» cidad, y el Continente oriental del Río de la Plaüi 
n nada menos que la vida; que hacía siete años que 
^ estos pueblos habían empezado á sentir las dolorosas 
• conviilsiuntó una revolución inevitable en su ori- 
n gen, pero desgraciada y terrible en todas sus vicisi- 
9» tudes; que los habitantes de la provincia habían 
« hallado en los Brasiles un asilo contra la persecución 

- ó el íuror de Ivs partidos; que on los liiMinentos de 
su agonía, cuando la opresión, el terror y la anarquía 

^ en estrecha federación con todas las pasiones de una 
facción corrompida iban á descalcar el último golpe 

- sobre su existencia política, había interpuesto S. M. 
r su brazo poderoso, ahuyentó al asesino y los pueblos 
9> se hallaron rodeados de un ejército que les asegura 
n la paz, el reposo y la protección constante de un 
» Cetro que para ser grande no necesitaba de nuevas 

" conquistas. • 

Historiada así la época, exclamaba el Cabildo : - ¡ Coa 
f* cuánta seguridad corren á besarlo los hombros que 
poco antes se veían como extranjeros en su Patria, 

los (pie acosados y proscriptos no encontraban a 
quien volver ios ojos humedecidos con el llanto de 
tantos días 1 » Luego continuaba : *^ Este cuadro, 
señor, debe lisonjear á V. M« mucho más que el de 
los troí'eos que han ganado las armas del Ejército 
pacificador sobre las despavoridas cuadrillas de unus 



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LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 479 



71 hombres que no tardarán en sufrir el castigo de sus 
» excesos ó renunciar á sus errados caprichos... El 
91 Cabildo gobernador no encuentra un homenige digno 

» de la gratitud que respira para ofrecerlo á los pies de 
V S. M. ; pero si puede mirarse como tal el voto uni- 
» forme y el clamor de torios los Pueblos que repre- 
» aeota por la incorporación del territorio paciflcado á 
la NaclAn que lo ha preservado de tantos desastres, 
uniendo este nuevo Reino á los tres que forman el 
Imperio Lusitano, V. M. jamás se arrepentirá de 
» haber dado al Mundo esta última prueba de predi- 
n lección hacia nosotros y de amor á la humanidad. 
^ Nuestras calamidades no pueden tener otro término, 
r ni el iucendio de las pasiones se apa^^ará jamás, sino 
n por la mediáciÓQ de un potentado que tome bajo su 
inmediato amparo al infeliz Americano, que lo defienda 
» y sostenga contra el poder de las venganzas y le ha^a 
conocer las dulzuras nunca probadas do ua gobierno 
y> paternal y benéíico » 

CCIT. — El Cabildo cede territorios á Portagal. Xuctos limites 

* 

Los trabajos de política interna del Barón de la 
Laguna empezaron á dar resultados importantes desde 
los primeros días del año 1810. El Cabildo de Monte- 
video era conij)uesto por los hombres más distinguidos 
entre los que iirestai on adhesión á Arti^ras y al Portu- 
gal, y su autoridad no era visiblemente coartada. Pero 
Lecor trató de insinuarse en su ánimo por todos los 
medios suaves que le sugerían sus hábitos cortesanos y 
lo ronsÍ£rin6 en ta! grado, que llegó á ejercer un infliyo 
lanto más peligroso cuanto iba revestido de las formas 
de la persuasión. El propósito oculto de la Corona era 
el de anexarse la Provincia Oriental ; el ostensible era 
el de una ocupación temporaria ; podría llegar á reali- 



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480 



BOSQÜBJO mSTÓRIOO 



xarse el primero, ó solameui.«e el segundo, segúu eL giro 
que tomasen los acontecimientoSt cuyo futuro en 
incierto, ya por lo embrollado de la política europea^ 

ya por la actitud resueltamente coruraria á la ocupa- 
ción que asumía España, y ya tauibieii por las miras tit 
ulterior reiviadicación que dejaban traslucir en sm 
actos el Gobierno de las Provincias Unidas y los ciuda- 
danos orientales que se habían conservado adictos á la 
causa de la uiííou argentina. En previsión de las c*»iitin- 
geneiaa posibles, quiso el Barón de la Laguna asegurar 
algún provecho al Reino unido de Portugal» Brasil y 
Algarves, y trabajó en el sentido de desmembrar á 
territorio recientemente conquistado. El Cai>ikio acce- 
dió dócilmente á sus deseos en la primera ocasión que 
se le presentó. 

£1 Río de la Plata carecía de faros, por cuya rastfn 
era peligroso navegar en él. Naufra^'-ó un día la zumaca 
Pimpón pn el Banco inj^lés con perdida de su carga- 
mento y la vida de cincuenta pelanas. El iiecho prodigo 
honda impresión en Montevideo, y el Cabildo se apoyó 
en ella para proponer secretamente el negocio al BariSn. 

El oiicio, que es de 15 de Enero» hacía notar li 
grande utilidad que reportaría la navegación, si se ele- 
vara un faro en la isla de Flores; ponderaba la falta de 
recursos para llevar á cabo esa obra, que ya estaba ini- 
ciada; é invocando los poderes que habían dado los 
puehlos al Cabildo para promover las mejoras qw^ 
ju^aian convenientes» proponía principalmente dos 
cosas : L* que se trazara una línea por el Oeste de los 
ñiertes de Santa Teresa y San Miguel, por la margen 
occidental de la la^runa Merín, el río Yaguarón y el rio 
Arapey hasta su aüuencia en el Uruguay y que se agre- 
garan á la capitanía de San Pedro los dichos füertes y 
terrenos del Norte del Arapey; 2.* que el Portugal 
diera como indemnización las sumas que había entre- 



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BB hk REPÚBUCA ORIENTAL DBL URUGUAY 481 

«¿•ado iil ocupar la plaza para edifícios públicos y las que 
ftieran necesarias parn terminar el faro. 

El Barón contestó el 30 que le era satisfactorio 
emplearlas facaltades que había recibido de su Soberano 
i»ai ii dar un nuevo testimonio de los deseos que le ani- 
maban á hacer cuanto dependiera de su autoridad por el 
bien y felicidad de toda la Provincia, y que aceptaba la 
propuesta. El mismo día consignó el Cabildo el convenio 
en una acta reservada, y se i*¡(^cutó la demarcación de 
límites en Septiembre y Octubre por ios comisarios que 
nombraron el Cabildo de Montevideo y el Capitán gene 
ral de San Pedro. Esta cesión de vastos territorios, 
hecha por una corporación municipal, es quizás la 
menos justificada y la más informal de cuantas se hayan 
hecho espontáneamente* 



51 



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UBBO SEXTO 



DomiMCunm ¡uséUma y brasileña 

capítulo i 

LA ANEXIÓN AL R£iNO VSlíA) 

OCV. — Cmbm^ «t hmt 

Expulsado Artigas y sometidos Rivera y demás oficia- 
les que cnizaban el territorio con partidas de ^ente 
armada, quedaron concluidos los trabajos de pacifica- 
ción y pado Lecor entregarse completamente á los de 
organización j consolidación de sa poder. En cuanto á 
esto último, sus instrucciones le trazaban el camino que 
había de seguir : se le ordenaba que no contrariase las 
costumbres del pueblo y que admitiese en el ejército, 
con sus grados respectivos, á los jefes y oficiales qus 
reconocieran su autoridad. Se comprende que tales ins- 
trucción» s Ukíu (lii iijidíis á hacer fácilmente aceptable 
la dominación portuguesa, y no puede desconocerse su 
eficacia inmediata ; pero i no envolvía un grave peligro 
para esa dominación el hecho de conservar en sus pues- 



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DE LA RBPÚBUCa ORIBNTAL DEL URUGUAY 483 

tos y grados los hombres más influyentes que el pais 
teníat 

No tardó Lecor en apercibirse de esto, y consiguió 
que se modificase el personal de los cabildos, introdu- 
ciendo en ellos personas más adictas á la causa portu- 
gneM ; pero conservó en sus puestos á los militares, 
que debieron parecerle más temibles, en vez de conten- 
tarlos de otra manera. Es así que figuraban en el ejér- 
cito : Rivera, con el grado de coronel ; Juan Antonio 
Lavall^a, puesto en libertad en cuanto se hizo la paz, 
con el grado de teniente coronel ; Bernabé Sáenz, con el 
de mayor; Pedro Delgado, con el de ayudante ; Juan 
José Martínez, con el de rapitán cuartel-maestre ; 
Antonio Toribio, con el de teniente ; Julián Laguna, 
Ramón MansiUa, Bonifacio Isas (á) Calderón, Blas Jáu- 
regni, Manuel Lavalleja, Bernabé Rivera, con el de 
capitán ; Servando Gómez, Basilio Araiyo é Hipólito 
Düjníuguez, con el de teniente, etc., etc. Pronto se verá 
lo que importó para los destinos de la Provincia la incor^ 
poración de estos elementos al ejército activo de la 
Potencia interventora. 

CCTL " P^lflieade Boa Juan TIm nIsoMa 
é la Provisda Orienttl 

Pensó entonces D. Juan VI reg"ularizar y dar bases 
seguirás á las relaciones pacíficas con los países liiní- 
troíes, así como cumplir la promesa que había hecho á 
los orientales de no mantener flierzas en su territorio 
sino durante el tiempo Indispensable para asegurar d 
orden interior. 

Respondiendo al primer propósito, envió el ministro 
Pinheiro Ferreira á D. Juan Manuel de Figueredo en el 
carácter de agente diplomático cerca del Gobierno de 
iJucnos Aires, con instrucciones para que reconociese 



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4Si Bosquejo históhico 

la independencia de las ovincias y negocíase tratado» 

de come re iu y demás que son de uso entre naciones 
anugas, y recomendándole que tratara de convencer á 
estos pueblos, por su conducta pública y príTada, de 
que ninguna parte quería tomar la Corte en las disen- 
siones internas Jél Río de la Plata. 

KesiH)ndiendo al sciruiitlo propósito, se dirigió en la 
misma fecha (Id de Abril de 1821) al Barón de la Laguna, 
diciéndole que ^ siendo una verdad de primera intuición 
n que las cosas no pueden ni deben quedar ahí en el 
fí estado en que actualmente se hallan, tres son única- 
í» mente las hipótesis que es licito aseniai* sobre el estado 
n futuro de ese país, que hoy se halla ocupado por las 
9 armas portuguesas ; pues ó se une de una vez cordial 
w y francamente al reino del Brasil, ó prefiere ii..\>r- 

V purctrse á alguna de las otr.ís provincias vecinas, ú ql 
^ íin se constituye en Estado independiente. Que S. M., 
» absolutamente dispuesto á hacer todo cuanto pueda 
n asegurar la felicidad de esos pueblos, ha resuelto 

tomar por base de su conducta para con ellos en f^sta 
n ocasión, (lejiirles la elección de su futura suerte, pro- 
« porcionándoles los medios de deliberar con plena 
I» libertad biyo la protección de las armas portuguesas, 
f» pero sin la menor sombra de coacción ni sugestión, 

V la forma de gol)ierno y las personas que por medio 
9» de sus representantes, regularmente congregados, 
^ entendieren que son las más apropiadas á sus parti- 
» culares circunstancias. Que en esta conformidad 
7» quiere S. M. que V. E., tuinando en cuaniu fuera 
» posible por base las instrucciones que tanto en Por- 
19 tugal como en este reino del Brasil se adoptaron para 
9» el nombramiento y elección de los diputados que 
« debían componer las Cortes de este Reino Unido, 
» ha^^a convocar ahí unas ( unes extraordinarias en 
9> nCimero proporcional á la población de esa proviacia. 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 485 

f> de manera que ni sean en número tan apocado que 
9» la temeridad de los partidos las puedan aterrar 6 
9» seducir fácilmente, ni por otra parte sean tan nume- 
n rosas que resulte una funesta olocracia, parala cual 
y» tienen ya desí^rraciadamente esos pueblos una deci- 
f» dida propensión. » 

Se colocaba luego en la hipótesis de que el Congreso 
decidiera hacerde la Provincia un Estado independiente, 
que juzgaba lo más probable, y disponía que en tal caso 
hiciera recoger todas las fuerzas portuguesas y brasi- 
leñas y desocupase el territorio inmediatamente, ^mst 
tando con las nuevas autoridades los medios más acer* 
tados de guarnecer los puntos militares de la frontera. 
Pasaí)a después á la hip<'>tesis poco probable, pero 
posible de que el Congreso déeidiera la unión del 
reino del Brasil, y disponía que por ese solo hecho sería 
el Barón gobernador y capitán general de la nueva 
provincia. Es de notarse que nada se prevenía para el 
caso de la incorporación á las Provincias Unidas. 

En las instrucciones dadas á Figueredo se expresaba 
que, como la parte de la Banda Oriental militarmente 
ocupada ha perdido de hecho su inde[)Oi)donciá, se ha 
servido S. M. que ésta le sea muy solemnemente res- 
9» tituída á la faz del universo, para que en plena Uber- 
tad, sin la menor sombra de coacción ni sugestión, 
j» eiya aquella forma de gobierno y aquella constitución 
n que á sus representantes regularmente nombrados 
y» parezcan las más apropiadas á sus particulares cir- 
9» cunstancias ». 

T en las credenciales presentadas al Gobierno 
argentino se agregaba : Llevando al grado de su 
» mayor extensión estos sentimientos de sagrado res- 
9» peto, de que cum(de se hallen animados los gobier- 
« nos y los pueblos, unos para con los otros, ha man-- 
9» dado S. M. F. expedir sus reales órdenes é instrac-* 



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486 fioaauEJO hkóiuco 

n cioiies «1 Barón de la Laguna, general en jefe dd 

f* ejército de ocupación de la Banda OrienUl, á fin de 

* que hacieado congregar en la ciudad de Montevideo 
f» Oort€s generalaa da todo el territorio, y nomtmdas 
m de la manera mda libre y popalar* éetaa hayan da 

« escoger, sin la menor sombra de coacción ni suges- 
n tión, la Ibrma de «"O bienio y constitución que de 
» ahora en adelante estén persuadidos ser la m<ás apto* 
9> piada á sos circanatancias. — Una vea degida por 
n aquellas Cortes su independencia del reino del Brasil, 
« ya sea para unirse á algün (Uro Estado, cualquiera 
m que el pueda ser, están dadas las órdenes á las auto* 
V ridades portuguesas, tanto civiles como militarea» qoe 
n hagan imnediatamente entrega de sus comandoe y 
^ jurisdicciones á los correspondientes nombrados por 
j» las reteridas Cortes del nuevo Estado, y se retiren 

• para dentro de la frontera de este reino del Brasil, 
» con la formal y más solemne promesa de la parte de 
» S. M. F. que jamás sus ejércitos pasarán esta divisa 
^ en cnanto aquellos pueblos mantuvieren la actitud el - 
n paz y buena vecindad, á cuya sombra únicamente 
« pueden prosperar la agricoltmra y la industria, coya 
» prosperidad es el principal ot^eto de sus paternales 

n cuidados. » 

Aunque hay en todo lo transcripto una notable apa- 
riencia de lKMU*adez y de ingenuidad, no es de supo- 
nerse que el monarca juagara más probable la indepen- 
dencia de la Provincia que su anexión al Reino Unido; 
porque ¿ ( <'>njo habría olvidado la representación que le 
dirigió en 1817 el Cabildo gobernador de Montevideo, 
ni cómo puede pensarse que ignoraba el fin á qoe se 
dirigían loa trabi^los políticos de Lecor y de algunos de 
los prohombres uruguayos? Es presumible que don 
Juan VI obrara como obraba, porque estaba seguro de 
que sus deseos se cumplirían sin necesidad de recurrir 



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DE LA REPÚBUCA ORIENTAL DEL URUGUAY 487 



á medios menos inconvenientes, y porque esperaba que 
el proceder así favorecería su política para con las Pro- 
vincias Unidas; pero, como quiera que fUera, debe 
reconocerse que asumió una actitud que comprometía 
seriamente su posición actual respecto del Rio de la 
Plata y no menos la que hubiera podido surgir de los 
hechos siempre eventuales á que iban á dar lugar sus 
instrucciones. 

CCVll. — S« «HiToea mi pueblo pmra que resaelra aeerea de gn 

Independencia 

No tardó en dirigirse el Barón de la Laguna al inten- 
dente de la Provincia, que lo era D. Juan José Durán, 
manifestándole que su majestad el rey, consecuente 
con la liberalidad de sus principios políticos y la justi- 
cia de sus sentimientos, desea y es de su real voluntad 
que la provincia determinara sobre su ftituro estado y 
íelecidad ; y que por consecuencia mandaba que se con- 
vocase un congreso extraordinario de sus diputados, 
los cuales deberían reunirse el 15 de Julio y ser elegi- 
dos evitando cuidadosamente la influencia de ios parti- 
dos (Oficio de 15 de Junio de 1821). Durán pudo con- 
testar á esto que el Rey debía presumir la intención de 
no pertenecer al Reino Unido mientras la Provincia no 
manifestara otra cosa por su propia y espontánea ini- 
ciativa, agregando que no se congregaría por la volun- 
tad de un poder extraño ; pero, como era cosa ya acor- 
dada, el Intendente convocó los diputados, dictó pre- 
cipitadamente reglas electorales, y determinó el número 
de representantes con que había de concurir cada 
departamento. Simultáneamente se dirigieron á diver- 
sos puntos algunas de las personas más adeptas á la 
política portuguesa con la intención de dirigir de cerca 
las elecciones y de influir en los ánimos indiferentes ó 




488 BO^aUiyo HISTÓRICO 

indecisos, y la elección ge \\ev6 á cabo por los caMIdos 

uuidos á los alcald^'S teiritoiiaics. 

No saüsüzo á todos esto, porque se prescindió de k 
masa del pueblo, Uamando á elegir para asunto taa 
graye á corporaciones oficiales más ó menos eatrecha- 

moDto vinculadas á la situación que se creó en Er. n> 
de 1817, ni del agrado de lodos íucron los electos, pue^ 
se d^o en tono de censura que lo habían sido ios más 
obligados al Portugal, sefiaUndose á Durán« que era 
intendente y brigadier; á Bianchi, que era administra- 
dor de aduana, síndico procurador, comandante del 
resguardo, caballero de la orden de Cristo, diputado j 
agente secreto del gobierno; á Oarciay UambI, que 
eran miembros de ta Cámara de apelaciones y gosabaa 
sueldo; á Rivera, que era coronel del ejército portu- 
gués; á Larrafiaga, decorado con la cruz de Cristo; á 
Maldonado, que era ministro de hacienda; y así á 
otros; pero se reconocía á la vee la honorabilidad de 
los más y el hecho de que respondían á la opinión de 
una buena parte del país. 

OCmi. — C^MTMO 4e 1821. Deereta la aaexite al BelM VwU» 

Las sesiones del Congreso empezaron el Domingo 15 
de Julio, en cuyo día no hizo otra cosa que instalarse y 
nombrar presidente y sacratario. Lecor mandó acuar- 
telar todas las tropas y el r^miento número 2, que 
biyó para el efecto de á bordo, á pesar de estar pronto 
para diriírirse al Brasil, y así las tuvo mientras no con- 
cluyeron las deliberaciones del ( ingreso. Éste celebró 
otra sesión solemne el 18, asistiendo ios diputados de 
Montevideo, de sus extramuros, de Canelones, de Mal* 
donado, de la Colonia, de Mercedes, de Soriano, de San 
José y de Cerro-largo, en número de dieciséis, entre 
quienes se hallaban las personas más caracteriasdas^ 



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DE LA REPÚBLICA ORIEKTAL DEL URUGUAY 489 

-tales como Juan José Darán, Dámaso Antonio Larra- 

fia^a, Tomás García /úfiiga, Gerónimo Pío líiain hi, 
j^ejantlro Chucíarro, Francisco Llambí, Fructuoso 
lÜTera. Cuando se llegó á tratar el asunto del día, el 
' Presidente (Sr* Darán) propuso : Si, según el presente 
V9 estado de las circunstancias del país, convendría la 
T» incorporación de esta provincia á la monarquía por- 
9» tuguesa, y sobre qué ba^ ó condiciones; ó si, por 
9t el contrario, le seria más ventc^oso constituirse inde- 
«> pendiente 6 unirse á cualquiera otro gobierno eva- 
y» cuando el territorio las tropas de S. M. F. » 

Usaron la palabra los Sres. Bianchi, Llambí, Larra- 
^aga, y sostuvieron: que la Provincia oriental carecía 
de condiciones para ser independiente; que ni Buenos 
Aires, ni Entre Ríos, ni España podrían sostenerla en 
paz y seguridad ; que sería peligroso unirse á iiUeüos 
Aires, porque, celosas de su poder las demás provincias, 
▼erfan en la oriental una aliada de aquélla, y la envol- 
▼erian' en la guerra en que se hallaban; que por otra 
parte Buenos Aires y las demás provincias habían 
abandonado á los orientales ; y (jue, por consecuencia, 
DO quedaba otro camino que el de la incorporación á la 
nación portuguesa. Como nadie se opuso, quedó resuelta 
la anexión. 

* 

Al día sigoiaite resolvió el Congreso que cada dipu- 
tado consultara á sus comitentes acerca de las*condi- 
ciones de la incorporación; que diera sus apuntes á 
una Comisión especial, para la cual fueron nombrados 
loe Sres. Llambí, Larrafiaga y García ZOfiiga, y que 
ésta, con aquellos antecedentes á la vista, redactase 
•las cláusulas y las propusiese en una sesión próxima. 

Asi se lúzo, con una prontitud inusitada. Votadas las 



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41H) BOSQUBJO HISTÓRICO 

condiciones, se reunieron el Congreso, representando 
A la provincia cisplatina, y el Barón de la Laguna, 
reprefientaodo al Rey, el 31 de Julio del mismo aáo j 
acordaron : que la Provincia ofiental del UrugiUQr le 
incorporaba al Reino Unido de Portugal, Brasil y 
Vlirarves con la condición úe que el territorio deberíi 
considerarse un Estado distinto de los otros, b¿yo d 
nombre de Cisplaüno ; que sos limites serían el Océano, 
el Río de la Plata, el Uruguay, el Coareim, la GocIüUa 
de Santa Ana, el arroyo de Tacuarembó Grande, 
YaiTuarón, la laguna Mi ni , el arroyo San Mi^el y el 
Chuy; que gozara el mismo rango que loe demás de 
la mcmarqofa y tuviera su r^resentación en el Oob> 
greso nacional, conformándose con los principios qm 
esutbleciera la constitución <lrl Estado; que se con- 
servaran por entonces las leyes que no se opusiesen á 
los preceptos constitucionales ; que los cargos cone^i* 
les y empleos ftaeran conferidos á ks naturales, 6 habi- 
tantes casados ó avecindados en la Provincia, salvo el 
de capitán general, «n cuyo cargo continuaría el Barón 
de la Laguna ; que se aceptaban las bases de constitu- 
ción acordadas en aquel año por el Congreso general de 
la nación, etc., etc. 

El 1.** de Agosto solicitó el Congreso, á peticiófl dd 
Sr. Bianchi apoyada por el Sr. Larraíiaga, que se agre- 
gase al tratado de incorporación una cláusula por la 
cual llevarfan las armas de Montevideo la esfera armi- 
lar <le las armas portuguesas, y se usaría la escarapela 
militar de este reino con la adición «leí color celeste, á 
lo que accedió inmediatamente el Barón. 

CCX. — Se Jura el ¡meto de iiioorj^raeló& 

El cinco del mismo mes juraron el Congreso, eigeae- 
rai Lecor y todas las demás autoridades, y empleados. 



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DB lA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUOÜAT 491 



que obsen'arían ñel y lealmente las bases da la consti* 
tución nadoRal y el pacto de incorporación. Terminado 
jaramento, salieron del cabildo Lecor, los diputados, 

los capitulares, la cámara, el consulado y la comunidad 
de San Francisco, quienes de dirigieron á la Matriz con 
la oficialidad y algunos particulares que los esperaban 
en la plaza. Á una sefial hecha con la bandmi colorada 
que se había puesto en una de las torres de la iglesia, 
se empavesaron los buques y romjiin una salva de arti- 
llería de mar y tierra. Uíjose un Te Deum y hubo en 
seguida otra salva. Lecor invitó con un banquete á las 
personas más distinguidas, después del cual se dirigie* 
ron los convidados á oir una representación en La 
comedia, al tiempo que sonaban salvas y cohetes. Al 
levantarse el telón se vió expuesto un gran retrato de 
Don Juan VI, ante el cual se pusieron todos de pie, die-* 
ron vivas « al rey de Portugal y la Cisplatina oiientalf», 
y agitaron sus iyufiuelos, en tanto que la música tocaba 
una marcha y las damas arrojaban desde los palcos 
mofias azules, que prendieron ai brazo derecho los jefes, 
oficiales y demás concurrentes (1). Cantado un elegió al 
rey por la Petronila, siguió la representación. Tres 
días dui u Gil las fiestas, con [Unciones de teatro, salvas, 
iluminación y cohetes. 

CCXI. — lüdepeiideaeUi del BrasU 

El rey Juan VI, que, como se sabe, residía en Río 
Janrát), obligado por acontecimientos políticos de 
Europa, fUé requerido por las Cortes para que volviera 
á Lisboa. Partió dcijando á su hí)o como Príncipe 

Regente del Brasil, auxiliado por un consejo de tres 

(I) Alf^noi de lot olidalci poitogtietes liiblan entrado üeftndo ja mofla» 
tfidei en el bfüo deieeho* 



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49Z BOSQUEJO UISIÓRIOO 

iiiiiustros, y enconiendnndole reservadamente, se^ns^e 
cree, (¿ue si ova meiiesLer mdejiendizar el Brasil v 
hacerse su rey para conservar su dominio, procedien 
así. 

Las cosas se prepararon de modo que dieran esT<' 
resuluuiu. Las Cortes <ii>|tusi^ron que el Prínci[^ 
Regente se tra&ladara á Europa para completar su edu- 
cación, y que se dividiera el Brasil en cuatro provincias 
independientes entre sí, pero sometidas á la inetr6p< : 
(29 de Soptiembiv), cuyo act/» hirió el seiuiiiñento bra- 
sileño ya con movido por agiLaciones populares y mili- 
tares que enemistaron á los naturales con los portugue- 
ses. Aparentó el Príncipe que obedecía el mandamiento 
de las Cortes, al mismo tiempo que hacía publicar 1 n 
decretos y alental)a la difusión de numerosos folleue 
contrarios á la determinación del gobierno nacional. £1 
pueblo se pronuncia contra la partida del Príncipe, 
suspende éste sus preparativos de visge, y recibe poco 
después (13 de Mayo de 1822) de la lauiucipalidad el 
título de Príncipe Regente constitucional y defensor 
perpetuo del Brasil cuya decisión lué acogida con 
aclamaciones por el pueblo. Convocóse en Junio un 
congreso con el fin de que decidiera cuíll había de ser 
el réfrinirM! luturo ílel Brasil, y esa asaitiMea proclamó 
la independencia el 21 de Septiembre y saludó al Prin* 
cipe con el título de Emperador constitucional del Bra- 
sil, para cuya coronación se señaló él día 12 de Octubre- 

CCXn. ^ IMilsrlrlw que U iudependeneim ¿el Brasil oeaakMui 

en MoBteTide0 

« 

No se mantuvo el Estado Cisplatino indiferente á 

estos sucesos. Ya en Mayo de 1821, il saberse la par- 
tida del rey Juan VI á Lisboa, se iiabía levantado la 
guarnición portuguesa de Montevideo» mandada por el 
coronel Claudio Pimentel, exigiendo que se la conside- 



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DE LA REl^BLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 493 

rase parte del ^ército portugués y no del brasileño, y . 
que todas las autoridades jurasen la Constitución dictada 

|)(>r las Cortes de Lisboa. Le( or accedió prometiéndoles 
que serían mandados á su patria ; pero, decidido á ser- 
vir á la causa del Brasil, nombró una junta provisional 
de gobierno con el ánimo ostensible de calmar la 
excitación producida y con el propósito real de que 
triüiirai i su política, cuya junta se compuso del jefe de 
los amotinados, el mayor Nepomuceno y los capitanes 
Jeremías y Plana. Lecor se reservó la presidencia, y 
quedó así arreglado por el momento este incidente. 
Pero la tranquilidad no duró mucho tiempo. De los 
5440 hombres de tropa que tenía Lecor en la Provin- 
cia (1), había 2190 en Montevideo y de éstos eran 1770 
portugueses y solo 420 brasileños. Se les debían muchos 
meses de sueldo, no se veía próximo el día del embar- 
que y, aunque los americanos debieron mostrarse resig- 
nados por el interés nacional comprometido en su 
permanencia, ellos y los europeos fberon tan impacien- 
tes y tan descontentos estaban, que perdieron los 
respetos impuestos por la disci[)liMri, hasta el punto de 
sublevai^se cnico veces en dieciocho días (30 de Diciem- 
bre, y 5, 17 (de tarde y de noche) y 18 de Enero de 1822). 
Se les pacificó distribuyéndoles á cuenta un empréstito 
de más de doscientos mil pesos que se impuso á varias 
personas de las ciudad. 

CCXlil. — Dlftpoaieiones de Don Pedro I y de las Cortes de Lisboa 

respeeto del JBstado Cbplatino 

Los representantes de los Estados americanos habían 

recibido orden de trasladarse á Lisboa. Don Pedro trató 

* 

(i) Estaban distribuidos asi : En Montevideo : portugne^^e», lóOO infantes, 

310 rabnllos, 130 ni tillí^ncs; nmrncano^, ^''JfJ infantes, nrtillorrv^. — Fu la 
roLniiA. 500 7)or^!/;/"r>T<. En (axFLorír.s y StM Jos» ■6(K) cnli illos amencanftJt, 
En Maldosiaik), 3o0 poríuyucácfi. £a Cerro Lineo, 300 fnnenmnos. En Sonu>o, 
McRCC0ES,JliNCÓ3i DE Ualdo, bii»ta el Salto, 300 poriugueae» y 1200 atHtriccuios, 



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• 494 



B06QÜBJO BI8I6rICO 



de convencerlos de que tal paso no convenía á los inie- 
reseB brasileños, porque su presencia ea las Ccurtes, 
impotentd para modificar laa resoladones extremas de 
la mayoría portuguesa, serviría para autoriisarlaa. Los 
que aspiraban á la independencia, ya prevista por 
todos, se quedaron en Río Janeiro ; ios que se conserva- 
ban fieles á Porlugal, se fiieron á Lisboa. Los diputados 
del Estado Cisplatino, que lo eran Aparicio y Locas 
José Obes, y que habían salido de Montevideo el 13 de 
Febrero, se hallaban en una situación difícil, porque su 
actitud comprometía la que había de asumir el pueblo 
oriental cuando llegara la ocasión de resolver si coots* 
nuaría unido á Portugal y Algarves, 6 si se incorpora- 
riaal futuro imperio. Obes y Aparicio no se opusieron, 
. sin embargo, á la insinuación : accedieron á ella, 
persuadidos de que no le quedaba á su patria rn^or par* 
tido que el de seguir la suerte del Brasil, y permane- 
cieron en Río Janeiro esperando la reunión de la 
asamblea en que figurarían como diputados cisplatino?. 

Es de notarse que coincidió con esto la discusión en 
las Cortes de lisboa de la ocupación de la Banda 
Oriental. Los portugueses que la promovieron alegaron 
que debía restituirse el tí^rritorio á Esi>a]ia, porque 
había sido conquistado sin sombra de derecho ni jusii- 
cia« y era inconveniente agregarlo al Brasil. Los repre» 
sentantes de este Estado contestaron que los montevi- 
deanos se habían unido espontánea y solemnemente 
por no poder constituir una nación por sí solos; que 
para los brasileños era esta posesión un punto estraté- 
gico precioso, y tenía la ventaja de dar límites natu- 
rales al Estado. Se unieron algunos portugueses á los 
que así pensaban y quedó la cuestión aplazada. (Abril 
de 1822). 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 495 

CAPÍTULO II 

LA ANEXIÓN AL BR.^SIL 
CCXrV. — Oposiflón de portnfufses y brasileños en MonteTideo 

No todas las provincias quisieron ejecutar con buena 
voluntad el decreto que convocaba la asamblea legisla- 
tiva y constituyente. Hubo pronunciamientos en contra 
en varios puntos, que costó sofocar. El general Juan 
Carlos Saldanha, presidente de la Junta gubernativa de 
Río Grande, se había opuesto también, aunque no 
encontró apoyo en sus colegas. La Junta de Montevideo, 
dominada en su mayoría por su vice-presidente el bri- 
gadier portugués D. Alvaro da Costa, se mostró adversa 
al giro que tomaba la política de D. Pedro y dió una 
proclama (28 de Junio de 1822) al ejército y al pueblo, 
recordándoles sus pactos con S. M. F. y exhortándolos 
á que siguieran siendo fieles á Portugal. Lecor suscri- 
bió este documento á pesar de haber manifestado su 
disconformidad; pero remitió sin demora una copia al 
Príncipe dándole cuenta de lo sucedido y protestándole 
adhesión y obediencia. Don Pedro expidió un decreto 
(24 de Julio) por el cual quedaba suprimida la junta 
militar y se resumía toda la autoridad de la provincia 
en el general Lecor. Éste recibió además instrucciones 
para que diera de baja á todos los militares portugueses 
que lo solicitasen y la orden de que hiciera elegir la 
diputación para la asamblea constituyente convocada en 
Junio. 

La Junta no quiso obedecer el decreto, alegando que 
su institución dependía, no de la autoridad del PrínciiX5 
rebelde, y sí de la autoridad de las Cortes y del 
Gobierno de Portugal. Él general da Costa, su vice- 
presidente, temió que Lecor recurriera á la fuerza para 



496 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



disolver la corporación; y como no viera en él sino un 
traidor, se propuso deponerlo sublevando los cuerpo? 
Talaveras y ^'oluntarios reales, para cuyo efecto 
puso de acuerdo con los oficiales superiores que lo- 
mandaban. Las fuerzas se pronunciaron contra el g'ober- 
nador y comandante de armas, y proclamaron á da 
Costa en este doble carácter. Lecor tuvo que huir p^^ 
espitad a mente (11 de Septiembre) hacia Canelones, en 
donde tenían su cuartel general las tropas brasileñas. 

CCXV. — El pueblo de Monterldeo se decide por la reincorporarla 
A Boenos Aires. Xeroclaeiones con el (Jobiemo argentino 

Ambas parcialidades trataron desde este momento de 
comprometer á los orienUiles en favor de su respectiva 
causa. El brigadier da Costa ocurrió «á los cívicos de la 
ciudad y buscó el apoyo del Cabildo con insinuaciones 
más ó menos francas de que tal vez habría llegado al 
momento de verificarse la desocupación de Montevideo 
de acuerdo con la capitulación condicional de 1817. 
Creídos el pueblo y el Cabildo de que D. Alvaro procedía 
con sinceridad cuando dejaba entrever la posibilidad 
de que los orientales quedaran dueños de la situación, 
y alucinados ante tales perspectivas, no se preocuparon 
de otra cosa que de volver á la Unión del Río de la 
Plata. Desde principios de Octubre se publicaron com- 
posiciones en verso (1) y en prosa con el fin de exaltar 

' (i) Una de las composiciones en verso que aparecieron en Ins esquioas de 
las casas, es é>(a : 

¿ Cuál es el gobierno peor ? 
Lecor. 

¿ Quién dirige su carrera ? 

Herrera. 
¿Quién respira tir;inia ? 

Garcia. 
¡ Ridicula fantasía ! 
Pretenden esclavizarnos 
Y á todos asi encanarnos 
Lecor, Herrera y García. 



DB LA RBPÚBLICA ORIENTAL BBL URUGUAY 497 



el sentimiento público. El 22 apareció una proclama 
anónima en que se decía : « Orientales: ya tenéis sepa- 
n rado el Brasil de la Europa portuguesa, que es decir 
9> que sois libres para deliberar sobre vuestra suerte 
« futura con arreglo á nn artículo cisplatino acordado 
j» para cuando así sucediese. — Solo resta que pidamos 
9t un Cabildo abierto para en él acordar la forma de 
9> gobierno que afiance la se^ridad individual, la de 
ji la propiedad, y haga poner en vi^^or los derechos 
» usurpados á los dignos orientales, por una facción 
s» que dirigió la reunión de un congreso nulísimo en 
I» todas sus partes. » Y» después de algunos recuerdos 
históricos, concluía : « Entrar en convenio con Buenos . 
T Aires, debe serla decisión nuestra, porque ;il]í están 
9» los hijos de nuestros padres, y no en el territorio del 
f» Brasil; ésto es fácil, y tamMén se avendrán los 
m volontarios reales, porque la venganza dice que : 

t Calle Esputa la inmortal, 
» Oculte sus glorias Roma, 

u Calle el mundo, que ya asoma 
» La iiepública Oriental. » 

Á los pocos días apareció un periódií o revoluciona- 
rio, Ei Pampero; y el Cabildo, habiendo resuelto solem- 
nemente emancipar la Provincia del Imperio del Brasil 
y del Portugal, y reincorporarla á las Provincias Uni- 
das, se apresuró á pedir auxilios á Entre Ríos y Santa 
Fé> á proponer al gobierno argentino la reincorporación 
y á pedirle que mandara fiiersas para tomar posesión de 
la plaza de Montevideo. 

Influyó poderosamento en esta determinación una 
sociedad secreta que desde antes existía bíyo la deno- 
minación de « Los caballeros orientales en la cual 
figuraban algunos argentinos. Uno de éstos, el 
coronel D. Tomás Iriarte, que residía en Montevideo 

91 



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498 Bo;>QU£JO HISTÚKICO 

con licencia dd gobierno de Bnenos Aires, fúé enriado 

por aquella sociedad con instrucciones para tratar con 
el ministro Rivadavia, que lo era de gobierno y relacio- 
nes exteriores. 

Rivadavia tenia vivas simpatías por la cansa de la 
reincorporación ; pero pesaba también en sos delib^v- 
cienes hi consideración de que apoyarla era exponerse 
á romper con Pontugal y el Brasil cuando no estaba 
aún vencido el poder de los españoles. Por otra parte» 
era su colega en el ministerio de hacienda D. Manuel 
José García, que sentía un temor invencible al caudi- 
llaje anárquico de ia Banda Oriental, y que veía por 
esta causa en la ocupación portuguesa ó brasileña no 
sólo un hecho provocado por la actitud antí-^patriótica 
de la campaña, sino también una condición de paz y 
tranquildad para la República Argeniina. El ijoberna- 
dor Rodríguez inclinado á las soluciones modei^adas, se 
veía inducido á obrar con prudencia en la cuestión 
oriental por los infli^os encontrados de sus dos minis- 
tros. Así, pues, al paso que Rivadavia mostró al coro- 
nel Iriartc sus bentimientos pciMínales, le sijafnificó que 
el Gobierno argentino no podía asumir ia resi)onsabili* 
dad de un paso como el que se le pedia mientras los 
orientales no instituyeran una autoridad con poderes 
J)asf antes para proponer y acordar la reii c orporación, 
pues el Cabildo actual no los tenia; y, propendiendo á 
facilitar el resultado» agregó que si el brigadier da 
Costa entreg^aba la plaza al Cabildo y éste se unía á los 
propósitos de los Caballeros orientales ?», en tal caso 
tropas argentinas pasarían á üLUi)ar la ciudad de Mon- 
tevideo, lilvadavia autorizó al coronel Iriarte para que 
propusiera esto mismo al brigadier da Costa y le ofine* 
ciera para él y sus tropas buques de transporte hasta 
Europa, corriendo los gastos de vifiáe por cuenta del 
Gobierno de Buenos Aires. 



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DE Ui KSPÚBUCk ORIBNTAL WSL ÜRUOUAT 499 

COXTL - TnlNO^wM GaUMo eatre 1m umlmMu al ftmtt 

La sociedad secreta y el Cabildo recibieroii con desa- 
liento la respuesta de Rivadavia, por lo difícil que 
creían satisfacerla. Pero intentaron allanar las dificul- 
tades. Se dirigieron á varios jefes y otras personas 
influyentes de la campaña incitándoles á que se rebela- 
ran contra Lecor, y se empeñaron con al<2runos portu- 
gueses de la ciudad porque decidieran á la Junta 
militar presidida por don Alvaro, á verificar la entrega 
de las llaves como término de la ocupación pro^sionaL 
Fueron ineticaces estos pasos, no obstante haber moti- 
vado la sublevación de Juan .\ntonio Lavalieja y una 
parte de las fuerzas que mandaba. 

Don Lucas José Obes combatió indirectamente estos 
trabajos desde Canelones en un escrito que publicó el 
11 de Abril (182^^), rechazando la acusación de traidor 
que se le hacia de Montevideo y demostrando con 
expresiones elocuentes las ventigas de la actitud que en 
favor del Brasil había asumido desde que, de vii^e á 
Lisboa, se había detenido en Río Janeiro, y los benefi- 
cios que por esa estadía había recibido el Estado Cispla- 
tino. Ei coronel Fructuoso Rivera, que había sido invi- 
tado desde el 6 de Mayo á desertar de las filas de Lecor, 
demoró la respuesta liasta que le lle<j:ó de Río Janeii o 
ei grado de brigadier á que íué ascendido el 20 de Mayo, 
y contestó desde las Piedras (19 de Junio) en una 
extensa nota, escrita por pluma menos incorrecta que 
hi suya, que la independencia absoluta de los orients^es 
era imposible é inconciliable con la felicidad de los * 
pueblos. 

Mellen ser transcriptos estos conceptos, por refe- 
rirse á hechos en que ftaé actor principal él mismo : 

Señores: Guando se trata de un proyecto á cuyos 



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500 BOSQUEJO uigráRico 

n resultados están \ i neniadas cien generaciones, es 
j» preciso no dejarse deslumbrarde las ag:radabies apa- 
riencias de teoría brillantes. Nunca fué la Banda 
n Oriental menos feliz que en la época de su deagn* 
f> ciada independencia. La propiedad, la seguridad y 
r> los derechos más queridos del hombre en socie- 
f» dad, estaban á la merced del despotismo ó de la anar 
» quía, y loe deseos de los honlbres de bien eran inefi* 
n caces para contener el torrente de los males que opri- 
» mían á la paina. « 

OOXVU* — Áetftiid M brigadier H CMatate las prepoa lel a aw 

i» BwMs Átm 

f 

Se sometió á la deliberación de la Junta de ¿,^übierno 
la propuesta del gobierno de Buenos Aires, y fué motivi' 
de animados debates que se continuaron durante varias 
sesiones; pero, habiendo prevalecido la opinión nega- 
tiva, el brigadier da Costa expresó al enviado argén* 
Uiiu que si bien seríale forzoso desocupar la plaza desde 
que su Soberano no pensaba en poseerla permanente- 
mente, y preferiría en todo caso devolverla á sus due- 
ños naturales antes de entregarla ai Brasil, no podía 
ivsolver nada sin que le llegasen las instrucciones que 
había pedido á Lisboa. La respuesta del brigadier per- 
mitía esperar que la Corona de Portugal procedería con 
rectitud ordenando que se cumplieran las cláasulas de 
la capitulación de 1817, por cuyo motivo interesaba 
{n'olünp^ar la resistencia déla plaza ha^la que las instruc- 
ciones esperadas] llegasen. Asi fué que los orientales 
propendieron á engrosar loa cuerpos de naturales, áque 
habían ingresado desde antes algunos jefes y oficiales 
que residían en Buenos Aires y otros puntos de la Repú- . 
blica axgentina, entre ellos don Manuel Oribe. i 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 501 



CCXYIIl. — Las fuerzas de campaña se deciden por la anexión 

al Brasil 

Por su parte el general Lecor no se mostró menos 
activo. Pasó de Canelones á San José, donde estableció 
su residencia interina, y expidió una orden del día (17 
de Septiembre de 1822) en que manifestaba que, no 
siendo libre dentro de Montevideo, se había trasladado 
á aquel lugar para sostener su legítima autoridad, hacer 
ejecutar las promesas y ventajas que el rey había pro- 
metido á la división, y mantener en armonía las tropas 
y pueblos del país; declaraba que desconocía y rehu- 
saba como ilegítimo el nombramiento de comandante 
interino en la persona del ayudante general don Alvaro 
da Costa; ordenaba que no se ejecutasen en adelante 
las órdenes que dicho ayudante general pasase como 
comandante interino ó como presidente del extinguido 
consejo militar; prohibía á los oficiales, sargentos, 
cabos y soldados el prestarle obediencia ; y llamaba á 
su lado á los soldados, prometiéndoles la baja absoluta 
ó mandarlos á Europa, según prefiriesen. 

Además provocó manifestaciones públicas ruidosas 
que dieron fuerza moral «í su situación. El 12 de Octu- 
bre (1822), día designado para la coronación, aclamó 
ante las tropas brasileñas por emperador constitucional 
del Brasil y del Estado Cisplatino al príncipe don Pedro 
de Alcántara, haciendo jurar que guardarían y defen- 
derían la constitución política que dictase la Asamblea 
constituyente. Cinco días después reunió Fructuoso 
Rivera en el arroyo de la Virgen el regimiento de dra- 
gones de la Unión, cuyo jefe era; llamó aparte á los 
hermanos Lavalleja, á Sáenz, Delgado, Duran, Martí- 
nez, Laguna, Mansilla, Isas, Jáuregui, Bernabé Rivera, 
Toribio y demás oficiales, así como al secretaria 



502 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



Turreiro y al capellán fray Manuel Úbeda» á quienes 

instruyó del objeto que tenía el acto, y en se^^ruida 
arencó á todas las fuerzas, concluyendo con vivas 
á la religión, á la Asamblea constituyente, al Empe- 
rador, á la Emperatriz, á la constitución, á la incor- 
poración del Estado CSspIatino. Siguiéronse desear- 
g-as de fusilería y, días más l ude, un Te-Deum cele- 
brado ante el mismo reinamiento. Anaiogra deinostracióc 
hicieron sucesivamente el regimiento de caballería de 
la Colonia, las milicias de Maldonado, y las juntas capí> 
tulares de San José, Trinidad, Guadalupe, Colonia, 
Malduna<lo. Paysaiidú, Soriano, Mercedes, Tacuareml>ó^ 
Durazno, Minas y otro.s pueblos. 

Todas las actas contienen la exposición de motivos, 
que acusan la intervención de plumas háMIes y mor 
pocas, setrnn se iuíicre de la unidad del pensamiento 
que en ellas domma y de la analogía de las formas. La 
razón capital que se alega es la necesidad de poner téír* 
mino á la anarquía y la conveniencia de unirse al Bra- 
sil, cuya grandeza aseguraría el goce tranquilo de las 
libertades. Todo el país se iiabía adherido al Imperiu 
para tínes de Noviembre. No se había descuidado, 
pues, el Barón de la Laguna. 

CCXIX. — Aprestos mUitiires en Manterideo j en la emm^Mám 

Los aprestos militares habíanse hecho simultánea- 
mente con los trabólos de propaganda, dentro y fuera 
de Montevideo. Lecor llamó á su cuartel general todas 

las fuerzas que le obedecían, y las organizó, destinando 
Á la vang^nardia los hijos del país bajo las órdenes de 
Rivera. Pidió socorros al Emperador, noticiándole de 
cuanto acaecía; y el síndico Garda Zúñiga confirmó 
estos datos, asegurando que toda la provincia se pro- 
i^unciaba á favor del Brasil, en carta que escribió 




D£ LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 503 

(Septiembre de 1822) al diputado Lucas José Obes. 

Lecor ocupó la línea del Santa Lucía y se dispuso á 
sitiar la plaza. Da Costa, á su vez, que se vió privado 
de pronto de los recursos que recibía regularmente de 
Río Janeiro y expuesto á carecer de lo que le fliera más 
indispensable para sostenerse, se dirigió (Septiembre), 
ú su compatricio el bri^iradier Madcira, de Bahía, 
pidiéndole auxilios, ó bien buques para transportarse á 
aquel punto con sus tropas y relTorzarlo en la guerra 
que sostenía también aquel general con el Príncipe 
rebelde. Organizó en el ínterin su pequeño ejército, 
poniendo en la vanguardia los cívicos á las órdenes de 
D. Manuel Oribe. 

El 12 de Octubre hizo conocer en una orden del día 
los sucesos de Río Janeiro. ^ \ Bravos soldados ! les 
y» decía; el Sr. D. Pedro de Alcántara, heredero del 
91 trono portugués, v a á ser hoy proclamado Emperador 
9* del Brasil» privando así á su augusto padre del 
rf gobierno de la mayor parte de la monarquía. Cono- 
y* ced ahora si pueden emanar del rey las órdcnos y 
n autoridades á que os querían hacer dar crédito, y 
9 estad ciertos de que aquél que los reconociere es ene- 
n migo de la patria y va á cooperar á la desmembración 
n del imperio lusitano. 

PenBÓ da Costa poner lin con esto á la deserción que 
había sido numerosa en ios días precedentes, y aprove- 
chó la impresión para hacer salidas arriesgadas. Mandó 
algunas compañías de in&ntería y un escuadrón de 
caballeiía á guarnecer el paso del Miguelete y el 
potrero de Casavalle, estando la vanguardia brasileña 
cerca de las Piedras. 

Bl 20 de Bnero (1823) declaró Lecor sitiada la plaza 
de Montevideo por mar y tierra, con cuyo motivo 
avanzó la vanguardia de su ejército y obligó á da 
Costa á reforzar su posición de Casavalle con infantería. 



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504 B06QÜBJO HI8T6RI0a \i 

caballería y artillería. Algunas pequeñas acciones 
tuvieron lugar cles< !«^ cutooces: el 16 de Marso se eiicoo- 
traron las vanguardias, mandadas respectivaiiieiite por 
Rivera y D. Manuel Oribe, de cuyo choque sangriento 
resuli(i qiio el primero perdiera 50 hombres muertos y 
heridos, y 7 oficiales y 150 soldados pasados á \m 
fliersas del segundo, cuyas pérdidas dieron miniTM» 
relativamente. 

CCXX. — JU«plMUMla sriealteasptja UMnaée JUirtefUe» 

Bn todo este tiempo no cesó la prensa aigeatina de 

ocupai^e de los sucesos orientales y de tratarlos coma 
si fUeran propios de las Provincias Unidas. Los senti- 
mientos se maniiestaroQ uniformes en favor de la rein- 
corporación, y se sostenía la causa de Montevideo ooaa 
si fhera exclusivamente americana. Se anunciaba d«de 
pnüci[>ios de Febrero en el campo de Lecor que el 
gobernador de Buenos .\ires se disponía á entablar 
reclamaciones ante el Emperador, visto el resultada 
negativo de las gestiones hechas cerca del general pcn^ 
tiiíniés, y á pesar dt las aclamaciones de Octubre y 
>ioviembre, que eran tachadas de forzadas, por haber- 
las promovido el mismo jefe que disponía de las fuenas 
adictas al nuevo imperio. El Barón de la Laguna se 
fireparó contra esta clase de ar^^umentos, aconsejando 
al biiidico García Zuñií^a que, como oiiental, tratara de 
autorizar la anexión, invitando en su nombre exclusivo 
á los pueblos á que libre y espontáneamente maniferta- 
sen su voluntad. El Síndico expidió una circular coa 
este objeto el 1.'' de Abnl; en los días siguientes se pro- 
nunciaron todos los cabildos, excepto el de Montevideo, 
ratificando el voto solemne del afio anterior. 

En oposición con estos hechos acababan de aliarse el 
general Mansilla, gobernador de Entre Ríoó, y López, 



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DB LA REPÚBUG4 ORIBtrTAL DEL URUGUAY 505 



goberoador de Sa&ta Fé, coa ei fía de apoyar la causa 
de loB onentales moatevideanos coa na ejército que 
pasaría él Uruguay, á cuyo convenio se siguieron 
proclamas y providencias preparatorias (Marzo y Mayo). 
Rivadavia contribuyó por su parU3 á jKestiíxiar esa 
actitud, nombrando ei 2 de Abril á D. Valentía Gómez 
para que pasara á Río Jaaráo y exigiera la desocupa- 
ción de la Banda Oriental. Se suponía que el éxito no 
sería difícil, porque como el Emperador estaba en 
guerra con varias proviacias dominadas por portugue- 
ses» sobre todo en Bahía, donde se sostenía el 
brigadier Madeira con respetables fuerzas terrestres y 
jiiarítimas, siendo de temerse que Portugal apurara sus 
medias de acción antes de reconocerse vencido» se 
juzgaba que el Imperio entregaría á los arg^tinos la 
Banda Oriental con preferencia á aumentar el número 
de sus enemigos. 

Pero los hechos vinieron pronto á desvanecer tales 
esperanzas* Madeira de Mello fué siliado por tierra; la 
escuadra filé encerrada en el puerto por la brasile&a» 
que mandaba lord Cochrane ; y el bloqueo, decretado 
el 29 de Marzo, im|)osibilitó la entrada de toda clase de 
mercancías. Fueron frustradas varias tentativas auda- 
ces de (}ochraae y rechazados uao ó dos ataques de los 
sitiadores; pero empezaron á escasear las proeisiones 
desde principios de Mayo y eran tan insuficientes á 
fines de Junio, que se hizo imposible la prolongación 
de aquel estado de cosas. El brigadier Madeira hizo» 
pues» embarcar sus tropas con todos los comestibles y 

objetos de valor que pudo reunir y dejó el puerto el 2 de 
Julio, después de clavar los cañones y destruir los 
almacenes» oon trece buques de guerra y treinta y dos 
transportes w que se embarcaron también algunas 
íkmilias contrarías á la situación política del BrasiL Bn 
seguida entiai^ou en la ciudad los sitiadores; Cochrane 



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506 BOSQÜSJO msTÓRioo 

venció la resistencia que habían hecho los poruigTi€se< 
en Maranlmiii y en Pará» y se vió el limperador ei 
apütud de atender con libertad á las cmstíaofís áá 
Plata. 

Parece qin* estos hechos tuvieron indeciso lúgdL 
tiempo al gobierau de Buenos Aires, pues que ei seítor 
Gómm suspendió sa vi^e dorante algunos meses ; pen» 
se decidió en Agosto que partiera, y el enviado se pic^ 
sentó al Gobierno imperial el 15 de Septiembre exig-iendc 
la evacuación del llamado Estado Cisplatino, por b 
razón de que no existía acto en el cual los orientales se 
hubiesen declarado separados de la comunidad aigea- 
tina; estaba reconocida esa comunidad por el Portngal 
desde el armisLicio que firmó Radeuiaker en 1812; h 
ocupación de 1817 liabia sido con carácter de tem poni- 
na; eran nulas las declaraciones de anexión de 1^1 y 
\S22^ por haber sido hechas b^jo el poder de fa» 
bayonetas extranjeras; y querían en la actualidad los 
oi jemales p» rienecer á la iiepáblica Aiigentina y no al 
Imperio del Brasil. 

No contestó el gobierno brasilefto esta comunicación, 
ni otras que posteriormente recibió. Cansado de espe- 
rar, el señor Gómez cxi^^ió el 20 de Noviembre una res- 
puesta pronta y terminante, y declaró que cualquiera 
demora, así como la negativa de entregar la plasa de 
Montevideo, tendrían consecuencias muy graves, de las 
quenaílie sino el g^obierno del Brasil sería responsable. 
Aún así tuvo el comisionado argentino que instar en 
una conibrencia posterior (1"* de Diciembre) que la 
Ck>rona declarara cuál era su pensamirato acerca de la 
posesión disputada, y en esa ocasión le manifestó el 
ministro del ramo que su gobierno no podría dar una 
respuesta definitiva mientras no recibiese noticias que 
esperaba de Montevideo. 



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I 



DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 607 

CCXXI* — S« dedara solemneiuento la relaeorporaeida á las 

ProTlneiaíi Uuidas 

Esas noticias no habían de serle desagradables. Da 
Costa estaba en una situación análoga á la que había 

obligado al brigadier Madeira á abandonar la posesión 
tío Bahía; sitiado por tierra, blojiieado por .íí^^ua, y 
escaso de recursos. Las esperanzas que había tenido de 
recibir auxilios, se habían disipado además para fines 
de Septiembre, pues que ya se sabía en esta fecha que 
Madeira, lejos de mandarle los refuerzos solicitados, 
había tenido que ponerse eu vi^je á Europa, perseguido 
por la ñota de lord Cochrane. Preveían, pues» los 
sitiados, tanto portogueses como orientales, que la 
resistencia hecha por ellos solos no podría ser dura- 
dera, y ya no veían posible los primeros otra cosa qne 
tirmar una capitulación más ó menos honrosa» ni á los 
segundos quedaba otro recurso que ei de favorecer moral- 
mente las gestiones que hacía el enviado argentino en 
Río Janeiro, y alentar las disposiciones que habían 
mostrado ios gobernadores de Santa Fó y Entre KIos« 
cuya empresa había firacasado ya por falta de dinero. Á 
esto puede agregarse que probablemente conocían la 
ley recientemente promulf^rada en Buenos Aires (14 de 
Octubre), por la cual se autorizaba al Poder ejecutivo 
para que negociase con el general Da Costa todo lo 
concerniente á la entrega de la ciudad sitiada. 

Cediendo al influjo de estos motivos, se resolvió por 
fin el ( •abildo á dar el paso solemne que desde el prin- 
cipio de las n^ociaciones había exigido el ministro 
Rivadavia como una de las condiciones necesarias para 
apoyar en el terreno de los hechos materiales los deseos 

de los laoiitevideaiios. Fueron llamados á con^reíiarse 
los vecinos de la plaza y sus extramuros por medio de 



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508 BOSQUEJO BISrÓRIOO 

SUS representantes, y éstos declararon el 20 de Octubre: 
que la Provincia toda y especialmente la Capital, se 
ponían libre y espontáneamente bajo la protección de la 
provincia y gobierno de Buenos Aires, por quien es sa 
Toluntad que se hagan como y cuando convenga las 
reclamaciones competentes. £n seguida acordaron por 
unanimidad de votos: — « que declaraban nulo» arbi- 
n trario y criminal el acto de incorporacidn á la monar- 
y> quía ])ortugiiesa sanciüijado por el Coníri^eso de 1821, 
» compuesto ea su mayor parte de empicados civiles A 
91 sueldo de S« M. F., de personas condecoradas por él 
« con distinciones de honor, y de otras colocadas pre- 
w viamente en los ayuntamientos para la seguridad de 
3» a 11 u el resuluido; — que declaraban nulas y de nin- 
j» gún valor las actas de incorporación de los pueblos 
» de la campaña al imperio del Brasil, mediante la arbi* 
9» frariedad con que todas se han extendido por d 
« mismo Barón de la Laguna y sus consejeros, remn 
y> tiéndolas á íirmarse poi^ medio de gruesos destacá- 
is mentes de tropas que conduelan los hombrea á la 
^ filma á las casas capitulares» y suponiendo ó inv^n- 
9 tando Armas de personas que no existfan, ó que ni 
^ noticia tenían de estos sucesos, por liallarso ausentt^s 
» de sus casas ; — y que declaraban que estajProvin- 
y» cia oriental del Uruguay no pertenece, ni debe, oi 
» quiere pertenecer á otro poder, estado 6 nación que la 
^ del Río de la Plata, de que ha sido y es una parw, 
?» habiendo tenido sus diputados en la Soberana Asaia- 
9» blea Constituyente desde el año de 1814, en que se 
9> sQstriyo completamente del dominio espafiol euro* 
« peo 9». Esta acta Aié notificada al brigadier da Costa, 
que nada dijo, y al gobierno de Buenos Aii es. 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUQUAT 609 

CCXXU. - Capttnlaeión de MontoTideo 

Á los tres días se batieroü los buques que bloquealian 
á Montevideo con los que tenían los poitugueses, apa- 
reciendo éstos vencidos. Tan floja ñié la acción y tan 
distantes estuvieron las dos líneas enemigas, que la 
generalidad se persuadió de que no li;il)ía sido otra 
cosa que un simulacro preparado de acuerdo por ambos 
jefes para motivar la rendición de la plaza. Bl hecho 
es que al dia siguiente (24 de Octubre) se inició un cam- 
bio de notas entre Lecor y da Costa que terminó por 
un acuerdo estipulado el 18 de Noviembre y ratificado 
el 19, según ed cual se embarcarían con destino ¿ 
Europa las tropas de Portugal; se reunirían al cijército 
imperial los dos batallones de libertos y los dragones de 
la provincia: se disolvería el cuerpo de cívicos; serían 
i^petadas las autoridades civiles y militares en sus 
personas y bienes, cualesquiera qae ftiesen sus opinio- 
nes políticas ; y se entregarían á un destacamento impe- 
riai la fortaleza, puertas de la ciudad, guardias y esta- 
biecimieutos públicos. Este pacto no se qjecutó mientras 
no obtuvo la aprobación de la Corona, pero quedó defi- 
nida la posición de los actores. Los jefes, oficiales y 
muchos particulares que se habían adherido á la causa 
portuguesa roino medio para conser^fuir la incorporación 
de la Provincia á las Unidas del Rio de la Plata, se 
ausentaron dirigiéndose á Buenos Aires, Santa Féy 
Entre Ríos, en donde ya estaban Juan Antonio Lava- 
lleja y otros oficiales, desde que, conocida su subleva- 
ción, fueron perseguidos tenazmente por Rivera (1) y 
obligados á emigrar. 

(1) lAfalkja tnvo iiim afcaptne á eabiUo en pelo, y no m detuvo haHa 
que panoCid en Bnln Riot. 



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510 



BOSQUEJO ilISTÓKlCO 



Como es de saponer, estos hechos dieron á la política 
del Imperio una base más firme que la que había tenido, 

porque al hecho de las aclamaciones repetidas se habí i 
agreg'ado el de la pobcsiun de todo el país, que no 
cosa de poca importaucia para los que no conocen m^ior 
derecho que el éxito de la fuerza. Por manera que, al 
ser urgido el gabinete de Río Janeiro por el Comisio- 
nado de Buenos Aires (notas del 27 de Enero y 5 de 
Febrero de ls24) para que couiestai'a sin más demora 
á la exigencia del Gobierno argentino, respondió el 
ministro Carvalho de Mello (6 de Febrero): que la 
voluntad conocida de la Provincia Oriental era la de 
incorporáis al I>rasil, por cuyo motivo, si esa voluntad 
había de tener algún valor en el caso presente, no 
podía Buenos Aires pretender que dicha provincia se le 
uniera ; que, aun cuando así no fliese, no podría resol- 
ver nada el Poder rjecutivo del Imperio, desde que 
corresponde á los cuerpos legislativos enajenar ó ceder 
cualquiera porción de territorio ocupado; j que 
la petición del Gobierno argentino envuelve un ataque 
á los derechos del Brasil, adquiridos con grandes sacii- 
ficios en virtud de convenciunes solemnes. E! sefi^r 
Gómez pidió álos siete días sus pasaportes» protestanilo 
contra las pretensiones de la Corona, y se retiró á Bue- 
nos Aires, á donde llegó el 12 de Abrü, después de 
haberse salvado difícilmente del naufragio que sufrió en 
el Banco Ingles ci buque en que iba. 

Se pensó que después de esto no cabía otra cosa que 
una declaración de guerra, y muchos la esperaron en 
el Plata y en el Brasil ; pero no tenía el Imperio por 
qué hacerla y Buenos Aires no estaba en aptitud de 
tomar la iniciativa, porque ni habían desaparecido los 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 511 

efectos de la desorganización nacional de 1820, ni la 
guerra con los españoles había llegado á un estado tal 
que pudiera tranquilizar los ánimos. Aún cuando esta 
actitud pasiva no ftiera la que mejor se armonizase 
con la que asumió el comisionado en sus primeros pasos 
diplomáticos, las circunstancias no permitían tomar 
otra por el momento. 

CCXXIT. — Juramento de la eonstitnción Imperial 

El Emperador, al contrario, sin enemigos dentro y 
sin temores serios respecto de Portugal, podía obrar 
libremente, consumar en su seno la revolución política 
y en el Plata la conquista de la Provincia Oriental. 
Rechazó el proyecto de constitución que había aprobado 
la Asamblea constituyente, disolvió este cuerpo, pre- 
sentó al Consejo de Estado otras bases constitucionales 
y, redactado un nuevo proyecto con sujeción á ellas, 
fué sometido á la aprobación directa de los pueblos, 
mediante la declaración que hizo el Senado el 17 de 
Diciembre (1823) de que ninguna objeción tenía que 
hacerle y que lo juzgaba digno de la aceptación de los 
ciudadanos. Se remitieron copias á todas las provincias. 
En la oriental fué aprobado el proyecto durante el mes 
de Febrero de 1824 por el Cabildo de la capital interina 
(que lo fué Maldonado mientras duró la contienda de 
los dos generales) y de los demás pueblos de campaña, 
con la condición de que fueran respetadas las cláusulas 
del pacto de unión de 1821. 

Como las fuerzas portuguesas desocuparon la plaza 
de Montevideo el 24 de Febrero, entraron á ella civ 
seguida las brasileñas, se instalaron las autoridades, y 




&\Z B06QUSJO UI6T6RI(X> 

las sabias máximas de su ^bierno; que por lo misím 
9 defería coa sumo júbilo y entusiasmo á dar el mayor 
9 aprecio y estima al proyecto de constítución qjie 
n habla redactado el Gooaejo de S. M. ; y que si antes 

no había procedido así, á i>esar de estar persuadidc' 
r> de iu conveniencia por comunicaciones del limo, y 
9 Excmo.Sr. Gobernador y capitán general Barón de 1 
» Lagaña, era debido á que no había estado expeditp 
n para manifestarse con toda la espontaneidad Teqaerídb 
r pai I dar incquívo<\'is señales de adhesión á la causa 
9» del Braaü, que de buena voluniad se sigue..,. » 

Ya antes que se dictara esta acta» que tanto se hace 
notar por la ftdta de carácter de sus firmantes, habíase 
promulgado en Río Janeiro la constitución y habla 
jurado el Emperador - que mantendría la religión c<au>- 
m lica apostólica romana y la integridad é indiviaibüi- 
« dad del Imperio; que observaría y haría observar la 
n constitución política de la nación brasUefia tal como 
»» se le había presentado y había sido acepuula i>or el 
1 pueblo; que observaría y haría observar iguaUaente 
91 las leyes del Imperio ; y que aseguraría el bieaester 
ft general del Brasil mientras dependiese de sus poder. * 
Al juramento del Emperador siguió el de sus súbditos. 
El acto se celebró en Montevideo el 9 de Mayo con la 
fórmula de « Juro por los Santos Evangelios obedeo^ 
91 y ser fiel á la constitución política de la nacida brasí- 
?» leña, á todas sus leyes y al Emperador constitucional 
r> y defensor j)crpeiuo del Brasil, Pedro I. -» Concurrie- 
ron, además de los funcionarios públicos, numerosss 
personas de las más caracterizadas, y se fest^ el hecho 
con repiques, salvas, l^Deum é iluminadoBes. 



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DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY 513 



CCXXV. — DlsiKKleioiies prüieipaies de la eonstitueién Jurad» 

Las dis|M)sicioues principales de la constitución jurada 
son las siguientes : — £1 imperio del Brasil es la aso- 
ciación política de todos los ciudadanos brasilefios. Su 

territorio será dividido cu provincias. Su ¿joIjí* rao es 
monárquico, hereditario, conhiitucional y representativo 
y la dinastía reinante es la de D. Pedro I. Son ciudada- 
nos los que nacen en el Brasil, los que nacen en el 
extranjero de padre ó madre brasileño (con ciertas limi- 
taciones), los portugueses que residen en el Brasil desde 
la declaración de la independencia y los extranjeros 
naturalizados. Los poderes políticos son : el legislativo, 
el moderador, el ejecutivo y el judicial. Todos los pode- 
res em man de la nación, la cual es representada por el 
Emperador y la Asamblea general. La religión católica 
apostólica romana es la del imperio; pero son permiti- 
das todas las religiones, siém